Silvestre #1

Querida Valle:

Te mando el último poema que he escrito. Ya no nos vemos mucho pero sé que, aunque los tiempos hayan cambiado y estemos más distantes, debemos de estar juntas en algún otro plano, quizás metafísico, en el que seguimos nuestras interminables conversaciones; ese plano en el que viven los significados cuando salen a tomar algo sin los significantes. ¡Qué pedante me está saliendo esta carta!

Te escribo en formato papel porque sabes que me gusta recuperar esas cosas antiguas que, de sencillas, eran bonitas. Ahora el mundo se ha vuelto muy loco, casi apocalíptico, todas las canciones de las radiofórmulas hablan del fin del mundo, como si la guerra de monedas o la inflación o el coeficiente de caja del 0% o la expansión cuantitativa infinita o la crisis del dólar fueran algo más que un simple espejismo. Todos vamos a vivir nuestro propio apocalipsis, que es nuestra propia muerte. Y la vida tiene un 100% de tasa de letalidad (más que les pese a los tonti-transhumanistas).

Lo importante y en lo único en lo que podemos invertir es en amor. Y no en un amor cualquiera, en el AMOR a Dios y a las personas de carne y hueso que en la vida real amamos. Supongo que a los avatares digitales, NPCs y bots zombies que vemos por las calles y los vagones del metro también tenemos que amarlos como al “prójimo” pero la verdad es que me cuesta y se me escapa el cómo. No hace falta que te cuente más, lo hemos hablado durante horas en esas conversaciones imaginarias que tenemos en ese “otro plano” que vive en nuestras neuronas pero que jamás ha sido explicado ni por la lingüística ni por la ciencia en general.

Te escribo también en papel porque ya sabes que todo lo digital es usado por los refritos de la IA para apropiarse de la creatividad y el conocimiento humano escrito de los últimos 5.000 años. ¡Qué ilusa la gente que tiene blogs! ¡Qué tontos éramos! Nos creímos todo ese rollo ciberpunk de la libertad de expresión, de que todo el mundo podía compartir la cultura en internet y blablablá. Todo al final era para eso, para que todo lo que escribimos y compartimos en internet alimentase de contenido a Google y, después, acabase en el negocio de la IA y sus grises granjas de servidores. ¡Y toda la izquierda haciendo de comparsa de la Big Tech con el combate por el copyleft y contra esos rancios pijoprogres de la SGAE! Si es que somos bobos de remate. Al final todo era una lucha por el reparto del pastel y por delimitar qué trozo o porcentaje correspondía a cada uno, a los viejos conocidos de aquí y a los grandes monopolios digitales de allá.

Bueno, a lo que iba, te mando un poemilla (o quizás sería mejor llamarlo “algunas frases sueltas”) que he escrito, a ver qué te parece.

Firmado: tu amiga Katia

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Silvestre

Nací como una flor silvestre,

cuando nadie me esperaba,

nadie me planificaba

y no era el momento propicio.

Soy neandertal en el siglo XXI,

sirena en el asfalto,

extraterrestre en la tierra,

aborigen en la ciudad.

Y, sin embargo,

estoy aquí.

Veo cosas que vosotros no veis,

pienso diferente,

soy la nota disonante

de esta sinfonía ridícula

que todos bailamos.

Pero sí estaba de alguna forma en el deseo divino

que es más inteligente que todos nosotros juntos.

Porque si hubiera que pensar para respirar

estaríamos todos muertos.

Por eso, las cosas más importantes y básicas,

Dios no las dejó a nuestro libre albedrío,

porque sabía que nos olvidaríamos de ellas.

Y a la vez, algunas de esas cosas tan importantes

tuvimos que regularlas y ordenarlas,

porque ya no estábamos en el paraíso…

Hoy nos enseñan a normalizar el dolor y negarnos a nosotros mismos.

Sin embargo, por alguna razón que no soy capaz de entender,

(quizás esa biblia para niños vieja que acabó en mis manos)

siempre tuve clara la diferencia entre el bien y el mal.

(Incluso aunque intentaran convencerme de lo contrario).

(O a los niños como yo nos trataran de hacer creer que lo malo era bueno,

que era aceptable e incluso deseable).

“Nunca aceptaste el divorcio de tus padres”, me dijo una vez un profesor de instituto algo psicoanalista.

Ahora sé que, efectivamente, nunca lo acepté porque jamás renuncié a la verdad y a lo auténtico.

De una forma intuitiva sabía que lo que rompe en dos a un niño jamás puede ser algo bueno.

¿Queríais que lo aceptara? ¿Que diera mi bendición a algo que era malo para todos y sobre todo para mí?

Pues no. No acepté tampoco las llamadas de teléfono como sustitutos patéticos de una relación humana real.

En definitiva, ahora ya mayor veo que nunca acepté el simulacro.

Ahora hay miles de etiquetas y taxonomías para clasificar todas las personalidades existentes en el mundo.

Las clasificaciones van cambiando cada pocos años, al albur de grupos de decisión y expertos

que tienen en sus manos el mayor de los poderes: el poder de inventar palabras.

Jamás pensé que ya camino de vieja me daría cuenta de este secreto

(en realidad contado a gritos):

somos gobernados por los signos y las representaciones.

Y, tú, como yo, flor silvestre,

no tienes todavía nombre,

y, por tanto,

no existes.