Mostrando entradas con la etiqueta Beijing. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Beijing. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de octubre de 2018

la ciudad prohibida filmada


La rebelión de los Bóxer permite la ocupación de Pekín por las legaciones de los países occidentales que han enviado sus tropas. España, desgastada por su reciente guerra con los Estados Unidos, solo envía a una persona: un joven diplomático llamado Luis Valera Delavat, hijo del escritor Juan Valera. Él nos cuenta en su libro Sombras chinescas, recuerdos de un viaje al celestial imperio la entrada por primera vez del ciudadano occidental en la Ciudad Prohibida. Aquello sucedió allá en el verano de 1900. Aquí vemos una de las primeras filmaciones: una panorámica de la ciudad imperial, tres años después, gracias a la Biblioteca del Congreso de los USA.

Puede decirse que Pekín era una población en gran parte desconocida para los europeos. Necesaria fue la invasión extranjera de 1900 para que, sin excepción alguna, esas puertas se abriesen de par en par a cuantos curiosos europeos y japoneses querían cruzar los umbrales de ellas y ver lo que se ocultaba detrás de sus enormes macizos batientes de cedro pintado de rojo.
Huida la Corte, huidos los mandarines civiles y militares, los guerreros blancos y los guerreros del Nipón que habían invadido a Pekín se instalaron donde mejor les convenía.
Lo vedado, lo invisible, se hizo entonces visible y franco para todos, comenta Valera en su libro.

miércoles, 23 de mayo de 2012

últimas compras y cubatas junto al lago de beihai

Amanecemos en un día triste, lluvioso. Vamos al mercado de baratijas Panjiayuan, que resulta ser un poblado y divertido museo, el más grande mercado de antigüedades de Asia. Aquí están todos esos cachivaches con los que la gente ha decorado sus casas: figuras de porcelana de Mao y obreros y campesinos caminando hacia el sol, piedras de jade, siluetas de papel  hábilmente recortadas, muebles antiguos, preciosas páginas ilustradas y caligrafiadas, máscaras increíbles, ábacos, gorros de niños, maletas, radios antiguas, juguetes... es todo tan barato que resistimos lo que podemos. Finalmente caemos y compramos unos carteles litografiados de Mao arengando a las masas, con algún fallo de impresión, y unas ilustraciones mezcladas con caligrafía, muy chulas, para Toña y Enrique.
En taxi nos acercamos al Templo del Cielo en el parque Tiantan Gongyuan, en el sur de la ciudad. Es un templo circular, de unos cuarenta metros de alto, con triple tejado de tejas vidriadas azules sobre terrazas de mármol blanco (dibujo). Enfrente hay un mercado de ropa donde compramos unos pañuelos de seda para las abuelas. Pruebo la MilkBeer, que es una extraña leche fermentada con burbujas (increíble), un invento chino como los polos de guisantes.

Quedamos con Javi en la Torre del Tambor, justo al norte de la Ciudad Prohibida, que se usaba para congregar a los vecinos o avisar ante una emergencia (nuestros campanarios). En el Taxi nos damos cuenta que nos hemos dejado las compras de Panjiayuan donde hemos comido, lugar al que no sabemos ni ir, ni indicar en chino al taxista. Una mata que no echó.
Javi nos mete por callejones a una concentración de hutong muy arreglados, en plan parisino, convertidos en bares para turistas. Subimos a una casita de madera, hasta una terraza. Es como una casita de árbol. Allí nos esperan Jose, Sara y Maruchi, sentados en unos sofás. Sobre el lago hay lamparillas flotando. Es Beihai, donde estuvimos ayer.

Tiananmen. Comentamos que El Zócalo, en el DF, no es ni la mitad de esta plaza. Al sur y entre callejuelas, llegamos a una casa tradicional llena de fotos de famosos. Javi me señala al embajador español y a su jefe. Este pequeño antro es famoso por su pato pekinés. Es un pato lacado, asado al horno y hecho pequeños filetes, con la piel crujiente, que se mojan en una salsa oscura y picante. Se meten en una olea húmeda con pepino y cebolleta, y se pliega cuatro veces. Luego nos ponen los huesos al ajillo, para apurar. Entre todos, incluidos los primos de Zaragoza que van a bozal quitao, nos comemos cuatro patos.

Volvemos al lago de Beihai. Los cubatas tienen que ser con Fanta de naranja. Hunai me dice que se ha pasado al gin-tónic. Yo bebo la ginebra con Sprite. Aquí, junto al lago, se está en la gloria, refresca. Dibujo a la basca mientras hablan: Javi, Robert, de Zaragoza, que se ha comprado un sable de artes marciales que no sabe como pasará en la aduana, su primo también maño, la becaria francesa y su primo de visita, que se traga todos lo partidos de fútbol y me dice que ha muerto Gil de un derrame cerebral, y Elena. 
Hoy tiramos el presupuesto. Los cubatas son carísimos y esta gente lleva un ritmo muy fuerte. Me río de la movida de Madrid, dice Javi. Hago cuentas, en realidad sólo hemos gastado 700 dólares, unos 539 euros en todo el viaje. Mañana ya nos vamos.

martes, 22 de mayo de 2012

el templo de los lamas y el parque beihai



Bajo en bicicleta, con una parada a desayunar leche de soja y porras. Recorro los hutong, sus casas tradicionales a dos aguas con una pared acristalada al patio, al sur. Bicicletas oxidadas en callejones de un metro de ancho con las paredes marcadas con una x. Próximamente serán derruidas por real decreto para hacer rascacielos que vistan de progreso las Olimpiadas.
Entro en el Palacio de la Paz y la Armonía, el más importante templo budista de la orden Geduck de budismo tibetano y el segundo mayor de Beijing, después de la Ciudad Prohibida. Un museo precioso sobre el budismo en el Tibet con hojas caligráficas que podría estar horas mirando. La penúltima estancia es un templo muy alto con un buda de bronce de veinte metros. Llueve, me siento bajo una visera alada de un pequeño templo. Dibujo.
El mercado callejero tiene cantidad de frutas, hortalizas y demás plantas completamente desconocidas para mí. Huevos gigantes y otros azulados. Botes con otros sumergidos. El suelo está lleno de plantas. Los niños duermen sobre lo que parecen lechugas.

Visitamos el Museo de Historia. Expo sobre Hong Kong. Los palillos para contar los sacos cargados del puerto. Esos zapatitos que deformaban los pies. Personajes de cera que dan miedo. Confucio, Mao y una colegiala en un camión.
Paseamos por el Parque Beihai, antiguo jardín imperial, con su campana blanca boca abajo. El Lago y el Islote del Jade Floreado. El jardín botánico con sus plantas de agua. Cenamos, junto al lago, pollo con cacahuetes, ternera agridulce y arroz con berenjenas. Oímos a los Arcane, un grupo de gitanos del norte de China, y nos vamos a la piltra.

sábado, 19 de mayo de 2012

la ciudad prohibida y los niños acróbatas


Hoy dedicamos el día a la ciudad imperial. De ella nos llegó el primer relato en el libro Sombras chinescas, de Luis Valera, que entró en 1900 con las legaciones occidentales, después de la Sublevación de los Boxer, como único miembro de nuestra legación. Aunque menos ajetreada, quisiera yo imaginarme su entrada a la vez con el asombro de tanta belleza, a la que yo añadiría paz. Pues, a pesar de la gente, es la tranquilidad, el sosiego, lo que domina. Del Sur al Norte más bello se hace. Hasta el último hall, con sabinas chinas milenarias, piedras extrañas, pagodas de tejas vidriadas amarillas. Y desde allí ese impresionante horizonte de cerámica del color del sol con siluetas de dragones y otros animales mitológicos.

Comemos en un restaurante público con 23 camareras de uniforme. Nos toca la dulzura personificada, de piel blanquecina y gruesos labios. La comida muy bien. Con la sandía viene el recuerdo de las sandías de Padre Miguel, y luego de mi padre. Y yo aquí en China, siguiendo la tradición, le doy la primera rodaja a Beni y, luego, mi corazón.

Sondeando la colonia española en Beijing, veo dos sectores radicales. Uno ve a los chinos necios, de malos modales y cerdos. El otro como honrados y cándidos (se ponen nerviosos como los niños acorralados y te ayudan, si pueden, hasta el final). Son horteras, dicen, pero esa tradición de las artes de escribir o la jardinería (el amor al agua, las piedras...), la medicina natural, la orientación de las viviendas... son cosas serias.
Cenamos en la terraza del restaurante ruso Elephant. Sopa Solyanka y filete con puré de papas. En el Alpha hemos quedado con Sara, mánager del Jam Club. Nos pasa unas entradas para un concierto y nos presenta a un joven diseñador de ropa muy chula, la tradición llevada a la vanguardia. La ropa que lleva es la mejor muestra.

Quedamos anonadados con el espectáculo de los acróbatas. Niños que parecen muñecos capaces de todo. Ruedas metálicas que no paran, la cuerda floja hasta la máxima dificultad. Bicicletas sin manos, sin pies, boca abajo... hasta doce chicas en una bici que gira en el escenario. Contorsionismo, platos girando... una pasada. Pienso en esas infancias destruidas para llegar a hacer ésto. Como guiri, me sacan a hacer un poco el tonto entre número y número. Beni se parte de la risa.

viernes, 18 de mayo de 2012

la locura pekinesa

Muy agradable pasear por Pekín en la bici de Javi. Me siento feliz entre tanto ciclista. Voy por las avenidas hasta la Plaza de Tiananmen. Allí me siento frente a la entrada de la Ciudad Prohibida, con la foto gigante de Mao. Se me forma un corrillo de chinos alrededor, que cada vez es mayor y me hace más difícil dibujar, sobre todo cuando se empeñan en comprobar que soy real y mis pelos naturales. Finalmente, una pareja me deja a su bebé para la foto, y pongo cara de hombre peludo de feria, de alimentarme básicamente de carne cruda.
Subo hacia el norte, parando en los hutong. Casitas a dos aguas con patios de vecinos. Cerca de casa, me pierdo en una calle llena de puestos de verduras y huevos de tamaños y colores muy diversos, donde venden tortitas calientes con un huevo a la plancha y un brochazo de salsa. A dos jovencitas le enseño la chuleta que me ha hecho Maruchi, me llevarán a casa.

Vuelvo a  la plaza con Beni; satisfecha con las tortitas y la sandía que le he traído. La gente lanza cometas preciosas. Tiburones volando junto a caras, aviones y pájaros. No para de cruzar la gente los cinco puentes de mármol blanco. Ropa recargada y muy barata en el sur de la plaza. Caen unas tapas de pimiento picante y gambas con gabardina. Pruebo cervezas.
Rodeamos parte del foso de la Ciudad Prohibida, por el costado oeste (dos grandes parques con lagos) hasta la Puerta Norte. Allí baila la gente mayor a ritmo occidental. Callejeamos por los hutong. Los chavales llenan sacos con botellas de plástico. Todo resulta miserable. Beni preferiría irse de aquí. Hacia el Este llegamos a una avenida que nos saca del laberinto.

La zona de la Puerta Norte del Estadio de los Trabajadores está llena de bares y restaurantes. Gitanos chinos bailan flamenco. Hay un grupo de españoles. Los becarios lo pasan en grande. En el Alpha hay una fiesta que hacen dos peluqueras. Occidentales y chinos fashion. Una pareja pija gallega. Champán, dulces y el montón de estrellas de Polito Montañez. Un negro baila salsa en calzoncillos y calcetas blancas. En VICS chinas guapas y guiris bailan en un escenario. Miradas que desnudan. La locura china. Gracioso y bestia. A ellas les gustan los occidentales, pero a las occidentales no les gustan los chinos, de bruscos modales; por lo que ser occidental aquí es un privilegio, y ellas están en una situación complicada.
Salimos confundidos entre risas, buscando un taxi. Miramos hacia un ruido tremendo. Una moto con sidecar pasa en dos ruedas.