Con su obra «Técnica y civilización»
(1934), Lewis Mumford nos legó un análisis muy completo de la relación
existente entre el desarrollo tecnológico y la transformación cultural
-y por tanto también económica- que las sociedades occidentales han
sufrido en los últimos siglos. Su análisis está plagado de imágenes con
una gran capacidad evocativa. Una de ellas es la de mina. Para Mumford,
en la mina se encierra de manera paradigmática el núcleo de la mirada
hacia el mundo que la ciencia moderna inauguró en el s. XVII, una mirada
que supuso una discontinuidad radical en la relación entre el ser
humano y, la que a falta de otro término menos problemático, llamaré
naturaleza
El minero, que sólo cuenta con la tenue luz de su candil para
iluminar su caminar a través de los angostos túneles del subsuelo, no es
capaz de captar formas o colores. Se diría que incluso los olores,
inundados por el del sebo caliente, desaparecen allí. Esta fuente
artificial de iluminación es también la responsable de que el día, y con
él la mayor parte de los ciclos naturales, quede abolido. Este
aislamiento convierte a la mina en el espacio por excelencia del
trabajo. Trabajo concentrado, sin posibilidad de distracciones,
extenuante. En las galerías no se puede hacer otra cosa que no sea
picar, amontonar y arrastrar. Es más, en la evolución del régimen de
trabajo de los mineros Mumford encuentra también una síntesis de las
transformaciones que fue sufriendo la economía en general. Durante la
Antigüedad el trabajo de extraer minerales de las entrañas de la Tierra
fue cosa de esclavos y prisioneros de guerra. Para el agricultor, el
ganadero o el artesano, una actividad como la minería a duras penas
merecía el estatuto de trabajo. De ahí que el desarrollo de las técnicas
metalúrgicas más avanzadas fuera relativamente tardío. Este desarrollo
vino precisamente de la mano del inicio de las asociaciones de
trabajadores libres -es decir, que funcionaban al margen de las
estructuras gremiales- que en el s. XIV comenzaron a hacer de la minería
su oficio en los territorios de la actual Alemania. Inicialmente
pobladas por desheredados y marginales, las minas comenzaron a situarse
en el centro de la vida social gracias al aumento de la demanda de
minerales que siguió al desarrollo armamentístico y el papel central de
éstas en el juego de la primera financiarización. Aunque no me detendré
demasiado en ello, Mumford identifica con el nacimiento y extensión del
capitalismo la rápida proletarización del trabajo en la mina -que
prefiguró la explotación generalizada del mundo industrializado del s.
XIX- y el uso de las minas reales como aval y elemento especulativo. De
hecho, llega a señalar que hasta la misma noción de valor del
Capitalismo, basada en la escasez y la fuerza de trabajo humana, deriva
de la primitiva ocupación de extraer minerales de la tierra haciendo
únicamente uso del pico y el músculo humano.
La mina, además, fue siempre un lugar repleto de peligros. Por un
lado para los seres humanos que la poblaban. Un minero nunca sabía
cuándo podía quedar atrapado por un desprendimiento o sufrir en sus
carnes el impacto de la explosión provocada por la interacción entre los
gases de la mina y su precaria iluminación. Pero no era necesario el
elemento catastrófico y azaroso para que su salud se viera mermada, la
prolongada exposición a la intensa humedad y, en general, a las duras
condiciones del trabajo en las grutas, era fuente de frecuentísimas
enfermedades crónicas como el reumatismo. Sin embargo, los peligros
trascendían a los propios cuerpos humanos para extenderse al resto de la
naturaleza. Mina siempre fue sinónimo de devastación en la forma de
tala de bosques, desaparición de animales, contaminación del agua, etc.
hasta el punto de que la vida humana llegaba a ser imposible en muchas
regiones mineras. En resumen, y siguiendo a Mumford, podríamos decir que
la mina fue el primer entorno completamente inorgánico habitado por el
ser humano, el primer paso de una cruzada que dura ya siglos contra la
vida en su carácter limitado y frágil, carácter que como seres humanos
compartimos.
Hoy nuestro mundo es una gran mina. Lo es en primer lugar porque la
artificialización del entorno ha alcanzado cotas que ni los más
aventurados críticos de los siglos pasados podrían haber imaginado.
Solamente hace falta pensar en la biotecnología y su capacidad de
modificar las realidades más básicas de los seres vivos, o en el tipo de
ciudades en las que se apiñan hoy más de la mitad de los seres humanos.
Esas ciudades esquizofrénicas que son capaces de conjugar la
desigualdad brutal encarnada en los slums y la promesa de las smart
cities con su panoplia de implantes tecnológicos y su creciente
capacidad de control enmascarada bajo la forma de un aumento de
libertad. Pero si las sofocantes avenidas del mundo contemporáneo son
las análogas de aquellas grutas y galerías de las minas del pasado, es
sobre todo por el tipo de ser humano que las habita, el hijo de la gran
mutación antropológica del siglo pasado. Lo que ayer fuera patrimonio de
pobres desgraciados condenados a la oscuridad perpetua y a la muerte
prematura es hoy el marco de relación hegemónico entre seres humanos y
entre éstos y la naturaleza. La atomización, la mercantilización de cada
vez más aspectos de nuestra vida, la personalidad-empresa del
neoliberalismo, la administración del mundo y su avance incuestionado...
Todo ello son ecos de la ceguera del minero, de su atrofia para todo lo
que no sean los aspectos puramente cuantitativos; pero sobre todo es la
forma refinada de una negación de la vida que nos lleva hoy a ver las
fronteras de nuestra condición humana desdibujadas hasta el punto de no
ser capaces ya de reconocerlas. Tampoco los peligros son menores. A la
catástrofe que supone hoy el funcionamiento cotidiano de la gran máquina
en la que se ha convertido nuestro mundo se le une una crisis
ecológico-social que, tras siglos de desarrollo larvado, comienza hoy a
dejar su capullo y dibuja un horizonte de disrupción a gran escala del
metabolismo de las sociedades humanas. Y ante todo esto parece que lo
único que somos capaces de hacer como sociedad es dibujar ventanas en
las paredes de la mina pretendiendo así que podremos salir de ella.
Los ejemplos abundan en la literatura, la filosofía, la economía o la
política. El transhumanismo, la ideología del crecimiento perpetuo o la
tecnofilia desatada de nuestras sociedades son algunos. En la mayor
parte de ellos se juega a negar los peligros y la realidad material de
nuestro metabolismo social para dar lugar a retóricas tan
tranquilizadoras como contrafácticas. La estrategia básica de estos
discursos es afirmar que todos los valores, mecanismos económicos y
consensos culturales que nos han llevado hasta el callejón sin salida en
el que nos encontramos hoy son los que, mutatis mutandi, nos sacarán de
él si tenemos la paciencia y la fe suficientes. Al fin y al cabo no
debemos subestimar el papel de primera línea que las mitologías
contemporáneas -el progreso, la tecnología, etc.- juegan en la extensión
y el éxito de este tipo de estrategias. Hay, sin embargo, una parte de
la población que no traga con algunos de los supuestos básicos de estos
discursos. Es para ésta para la que se reservan los discursos más
nocivos, aquellos en los que se afirma tomar como punto de partida la
precaria situación de nuestro mundo y, por extensión, en los que las
soluciones que se proponen pretenden ser también panacea de la misma. Un
ejemplo claro de este caso es el documental Mañana (Demain). Si
tuviéramos que resumir en unas pocas palabras lo que sus directores
-Cyril Dion y Mélanie Laurent- plantean a sus espectadores responsables y
ecológicamente concienciados en las dos horas de metraje, diríamos que
su objetivo es demostrar que a día de hoy contamos con suficientes
iniciativas pioneras en los ámbitos cruciales de nuestra vida social
como para que la transición a un mundo futuro, en el que todos los
comportamientos disfuncionales del cuerpo social quedaran superados, es
planteable y factible. Para demostrarlo proponen un viaje por todo el
mundo a la caza de distintos proyectos alternativos divididos en cinco
ámbitos: la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la
educación. El formato entrevista, predominante durante toda la película,
nos permite ir conociendo de manera cercana y personal las motivaciones
de los protagonistas de las iniciativas, la historia de las mismas, los
reflexiones en torno a su significación global y, en muchos casos, su
profunda solidaridad con los valores y lógicas dominantes...
Sería largo y tedioso desarrollar un listado sistemático de todos los
proyectos, argumentos y comentarios que integran el documental y que
fundamentan la afirmación precedente. Sin duda en algunos casos la
defensa del orden establecido es tan transparente que el espectador
queda entre estupefacto y molesto. Por ejemplo, la inclusión de un
proyecto que tiene como objetivo utilizar a presos como mano de obra
para al instalación de grandes conglomerados de energías renovables
industriales. También la aparición de una fábrica de papel en la que
aprendemos que ser ecológico, o si queremos plantear la cuestión en
términos más amplios ser partidiario de una transformación social, no
requiere renunciar ni a la producción fabril ni a los males que le
vienen asociados. Si realizamos unos cuantos retoques ecológicos en
nuestra fábrica no sólo no tendremos que renunciar al productivismo, ¡de
hecho los beneficios aumentarán! ¿Qué más da que la división del
trabajo y la servidumbre maquínica de los trabajadores de la fábrica sea
deshumanizante y alienante? Siempre y cuando hagamos una modesta
renuncia al credo del crecimiento perpetuo, mostremos una concienciación
ecológica políticamente correcta y, lo más importante, demostremos que
todo ello no nos impide poder tener una empresa que genera beneficios en
el juego de la economía global, todo irá sobre ruedas. Es más, seremos
un ejemplo a imitar y nuestra empresa podrá disfrutar de publicidad
gratis en un documental progre. Nos podría servir de igual modo la
selección en el apartado de democracia del proyecto de renovación de la
constitución islandesa, movimiento que a lo más que aspira es a defender
al Estado frente a los envites de una economía globalizada cada vez más
agresiva. No entraré aquí en muchas consideraciones sobre el papel que
ha jugado y juega el Estado a la hora de pensar en los problemas que
nuestro mundo tiene y el modo de hacerles frente. Sin embargo, incluso
aquellos defensores de un papel activo y positivo de algo parecido a un
ente estatal en la labor de pensar el qué sea una sociedad libre y en
los modos de alcanzarla, estarán de acuerdo en que renovar la
constitución de un Estado liberal opulento con el fin de salvaguardar la
libertad de consumo de su población no es precisamente el tipo de
estrategia en la que deberíamos estar pensando. Lo anterior, en cambio,
no es lo peor que el documental nos reserva. Y es que en el grueso de
los casos problemáticos la defensa del statu quo recorre veredas más
sutiles, adopta estrategias de embozo que hacen dicha defensa más
peligrosa precisamente por inadvertida.
Una de estas estrategias veladas es el cierre interesado del plano, o
si queremos ser más claros, la omisión interesada de datos
fundamentales para comprender y contextualizar proyectos y afirmaciones
de los protagonistas de éstos. Quizá el ámbito en el que más se acusa
este defecto es en el energético. Al hablar de las iniciativas que
plantean hoy alternativas a nuestra extrema dependencia de los
combustibles fósiles, los directores nos llevan hasta Islandia de nuevo
para descubrirnos que el grueso del consumo energético de la isla
proviene de centrales geotérmicas, grandes instalaciones que aprovechan
el calor del interior de la tierra para generar electricidad.
De lo que no oiremos una palabra es de que las localizaciones en la
corteza terrestre en las que una práctica de este tipo es posible son
tan limitadas como errática su distribución, lo que convierte el caso
islandés en una tremenda excepción. La película también recala en el
despacho del alcalde de Copenhague, gracias al cuál aprendemos que una
gestión responsable y previsora de una ciudad es la solución a cualquier
problema de abastecimiento energético. Basta con imitar la gran central
de producción de energía eólica situada varios metros en el interior
del mar desde la costa danesa para garantizar de por vida el suministro
de las ciudades del mundo. Es más, si a esto le unimos políticas de
eficiencia energética y la imparable tendencia a la desmaterialización
de las sociedades occidentales desarrolladas –desmaterialización tan
falaz como verídica es la industrialización descontrolada y nociva de la
zonas que producen nuestras mercancías, p. e. China- lo que el
documental parece indicar es que sólo faltaría algo de voluntad política
para que la problemática energética fuera un capítulo cerrado para
siempre.
La situación, por desgracia, está lejos de ser esa. En primer lugar
porque en ningún momento se hace referencia explícita a que un ámbito
tan fundamental como el transporte -especialmente relevante en tanto que
en el documental no se cuestiona la globalización con un fenómeno
nocivo, ni se plantea una necesaria descomplejización metabólica-
depende casi en un 90% de la energía fósil. Y por mucho que políticas de
fomento del uso de la bicicleta acompañadas de modificaciones
materiales concretas en los espacios urbanos puedan reducir el uso del
coche en el interior de las ciudades, caso que se ilustra también para
la capital danesa, el grueso del transporte internacional en la forma de
grandes cargueros transatlánticos y de camiones no puede ser sustituido
por bicicletas. Llega a ser irritante como los directores despachan la
cuestión del desmesurado consumo energético de nuestro mundo con una
entrevista a un profesor de Universidad que critica aceradamente la
utilización de pantallas publicitarias en el metro parisino... Bien, es
cierto que es una realidad dañina y energéticamente inviable pero, ¿en
serio creemos que nuestro peor problema a nivel de consumo es ese? Por
otro lado el tratamiento de las renovables que se vislumbra en todo el
metraje deja de lado dos realidades esenciales. La primera, su
naturaleza subsidaria de los combustibles fósiles. Ésta es especialmente
sorprendente que no se aborde cuando el ejemplo de producción eólica
que los directores eligen requiere para las labores de mantenimiento del
uso de ¡helicópteros! Aunque este sea un caso extremo, en general la
instalación, mantenimiento y sustitución de los generadores de
renovables necesitan utilizar energías fósiles en funciones no
electrificadas y que sólo podrían ser electrificables si se diera una
transformación bastante profunda del grueso de la infraestructura
energética.
Pero en segundo lugar, al dejar de lado la realidad de igual
modo limitada de los minerales que conforman e integran los generadores
-por ejemplo las tierras raras-, además de los costes sociales
elevadísimos que su extracción implica, se genera la ilusión de que la
extensión de las centrales de producción renovable no tiene frente a sí
límite alguno. A todo ello se une un silencio total sobre la cuestión de
la organización de la producción y la titularidad de las centrales. Ni
una sola palabra sobre el hecho de que las grandes centrales de
producción renovable son a día de hoy propiedad de las mismas empresas
titulares del grueso de la producción fósil, empresas que a lo largo de
las últimas décadas han despuntado por su violento centralismo y por su
prácticas terroristas con las personas que han defendido sus territorios
frente a su avance e invasión.
En otros ámbitos estas ausencias son también notables. Pensemos en la
asunción absolutamente acrítica del papel del Estado en nuestra
organización social, actitud que es especialmente pronunciada en el
abordaje de la cuestión de la educación. Al elegir como ejemplo de
enfoque educativo alternativo el encarnado en el sistema educativo
finés, los directores vienen a decirnos que no hay nada que discutir
sobre la existencia de la escuela o el monopolio estatal de su gestión.
También en el ámbito de lo económico resulta tremendamente llamativo,
como comentaba al hilo de la cuestión energética, que no aparezca ni una
sola mención a la globalización económica y sus dinámicas asociadas más
allá de el supuesto estado de crisis en el que se encuentra.
Eso lleva a que, cuando se aborda la cuestión de las monedas
alternativas, el discurso subyacente sea que éstas sólo tienen sentido
en el marco de una economía global con una moneda dominante que tiene
que de igual modo tender a serlo. Así, estas monedas alternativas no se
convierten en la posibilidad de desarrollar una mayor autonomía local al
reforzar la producción y el intercambio a pequeña escala, y por
supuesto ni por asomo se plantean como una estrategia de transición
hacia una desmonetarización que tras una fase de normalización del
intercambio local y de generación de redes de confianza pudiera
instaurar la posibilidad de un trueque. Nada de eso. A través de los
ojos de los directores estas monedas se convierten básicamente en la
condición de posibilidad de un ya imposible funcionamiento saneado del
capitalismo global. Es decir, frente a la huida hacia adelante
descontrolada de una economía mundial financiarizada que, sedienta de
beneficios, acumula en sus márgenes a población inempleable de la que no
puede ya garantizar la mera reproducción material, las monedas
alternativas se convirtirían en aceites que engrasaran el motor
económico alzándose precisamente como mediadores de la reproducción
material mediante la producción y el intercambio local. Todo ello con el
fin de que, en el uso dual junto a la moneda oficial, el mecanismo
pueda seguir su movimiento desenfrenado. Es hipócrita hablar de
alternativas económicas sin poner sobre la mesa que la única alternativa
posible es, como mínimo, una salida del Capitalismo. Lo económico juega
también un papel central en otra estrategia omnipresente en el
documental. Ésta consiste básicamente en ejercer un reduccionismo
violento en casi todos los proyectos que limita el rango de posibles
valores a encarnar a uno sólo: el productivismo. Quizá el caso más
paradigmático de ello sea la visita que los directores realizan a una
granja permacultural en la Normandía francesa. Allí, de mano de los
permacultores, descubrimos las miserias de la agricultura convencional:
su abuso de pesticidas y suelos, su enfoque meramente económico, etc.
Sin embargo, lejos de presentar la permacultura como una alternativa
emancipatoria, fácilmente replicable y, en mi opinión lo más relevante,
con un enorme potencial para la extensión descentralizada; lo único que
oímos machaconamente, una y otra vez, es que la permacultura es más
productiva y, por supuesto la palabra mágica, rentable. Este tipo de
enfoque centrado en la cuestión del beneficio se repite en muchas
ocasiones a lo largo del documental.
En resumen, y para no agotar al lector, se podría decir que en las
dos horas de película vemos como una y otra vez algunos de los dogmas
centrales de nuestra sociedad se repiten hasta la saciedad: el
tecnoptimismo, el productivismo, la monetarización,... Aquellos valores
de la mina que han conformado y dado aliento a nuestra civilización
salen indemnes de esta supuesta mirada crítica. Sobre todo en lo
relativo a la dialéctica entre naturaleza y técnica. Se podría decir que
enfoques como el de este documental dan una vuelta de tuerca a la
ruptura fundacional con la naturaleza que constituyó la partida de
nacimiento de nuestra civilización. Si durante siglos hemos vivido de
espaldas a la naturaleza creyendo que las galerías de nuestra cultura
industrial eran suficiente aislamiento de la misma, vemos hoy como el
nivel del agua de nuestra mina aumenta y el aire es ya casi
irrespirable. Sin embargo, lejos de salir de ella, lejos de romper con
esa mirada que nos separa del mundo natural, pretendemos hacer de la
naturaleza otra forma de técnica, nuestra intención es modificar el
mundo a una escala tal que la distinción orgánico e inorgánico deje ya
de tener sentido. Así, las soluciones básicamente técnicas en un sentido
elluliano que conforman la espina dorsal de la propuesta de cierto
ecologismo institucional bien reflejado en esta pieza de video, proponen
finalmente que la salida a los desastres de nuestro mundo social
administrado no es acabar con sus dinámicas, sino extender esa
administración al grueso de la vida en la tierra. Sólo de ese modo
podremos salvarnos, sólo así conseguiremos cambiarlo todo para
finalmente dejarlo todo igual.
Con lo anterior no pretendo decir que todas las iniciativas que
aparecen en el documental, o que más en general se plantean desde
ciertas trincheras ecologistas, sean nocivas o desechables. Algo así
sería un sinsentido. Por ejemplo, las iniciativas democráticas en los
pueblos de la India, la permacultura o la extensión de los huertos
urbanos, todas ellas reflejadas en el documental, forman para mí parte
de cualquier estrategia que se plantee hoy seriamente y de manera
radical la posibilidad de una autonomía política y material para el ser
humano. Como cualquier otro minero más forzado a vivir en el subsuelo,
¿cómo criticar a quién trata de hacer algo más amplia la gruta o traza
algún que otro dibujo en la pared para tratar de humanizar un ambiente
hostil hasta ese grado? Tampoco se debería interpretar de los párrafos
precedentes que yo tengo la solución definitiva, el camino infalible a
seguir, la visión preclara desde la que juzgar todo y a todos. La
crítica precedente se dirige más bien a productos como Mañana,
producciones culturales cerradas que al dar una determinada forma
instrumental a las iniciativas hoy en marcha, enmarcándolas a su vez en
un discurso muy determinado, generan la tranquilizadora ilusión de que
ya existe una solución a todos nuestros problemas, solución que además
debe ser estrictamente técnica. Sin embargo, lo único que hacen es
cerrar los ojos ante la profundidad y la verdadera naturaleza de dichos
problemas. Si seguimos creyendo que las ventanas que muchos se dedican a
dibujar en las paredes de nuestra mina son verdaderas salidas,
terminaremos por rompernos la cabeza contra la piedra en el intento de
escapar.
Adrián Almazán Gómez
Aparecido en la revista Ekintza Zuzena
Hablar
hoy de naturaleza nos coloca en una posición comprometida ya que, tal y
como reflexionó Bertrand Charbonneau en su obra «El jardín de
Babilonia», la modernización nos ha conducido hasta el punto de albergar
una noción de naturaleza básicamente hija de los efectos de la
industralización sobre las sociedades humanas. Sin embargo otros
autores, como Gary Snyder, no dejan de reinvidicar la existencia
positiva de «lo salvaje» como un otro del mundo humano. En fin, la
querella asociada a la dicotomía sociedad/naturaleza es antigua y no
tendría sentido tratar de finiquitarla en un texto como este.