Estatua etiketadun mezuak erakusten. Erakutsi mezu guztiak
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“La población no ha sido movilizada, sino inmovilizada” — Miquel Amorós

“La población no ha sido movilizada, sino inmovilizada” — Miquel Amorós

 



El Estado con mascarilla


La actual crisis ha significado unas cuantas vueltas de tuerca en el control social por parte del Estado. Lo principal en esa materia ya estaba bastante bien implantado porque las condiciones económicas y sociales que hoy imperan así lo exigían; la crisis no ha hecho más que acelerar el proceso. Estamos participando a la fuerza como masa de maniobra en un ensayo general de defensa del orden dominante frente a una amenaza global. El coronavirus 19 ha sido el motivo para el rearme de la dominación, pero igual hubiera servido una catástrofe nuclear, un impasse climático, un movimiento migratorio imparable, una revuelta persistente o una burbuja financiera difícil de manejar. No obstante la causa no es lo de menos, y la más verídica es la tendencia mundial a la concentración de capitales, aquello a lo que los dirigentes llaman indistintamente mundialización o progreso. Dicha tendencia halla su correlato en la tendencia a la concentración de poder, así pues, al refuerzo de los aparatos de contención, desinformación y represión estatales. Si el capital es la sustancia de tal huevo, el Estado es la cáscara. Una crisis que ponga en peligro la economía globalizada, una crisis sistémica como dicen ahora, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de antemano ya preparados. El capital pasa a segundo plano y entonces es cuando el Estado aparece en toda su plenitud. Las leyes eternas del mercado pueden tomarse unas vacaciones sin que su vigencia quede alterada.


El Estado pretende mostrarse como la tabla salvadora a la que la población debe de agarrarse cuando el mercado se pone a dormir en la madriguera bancaria y bursátil. Mientras se trabaja en el retorno al orden de antes, o sea, como dicen los informáticos, mientras se intenta crear un punto de restauración del sistema, el Estado interpreta el papel de protagonista protector, aunque en la realidad este se asemeje más al de bufón macarra. A pesar de todo, y por más que lo diga, el Estado no interviene en defensa de la población, ni siquiera de las instituciones políticas, sino en defensa de la economía capitalista, y por lo tanto, en defensa del trabajo dependiente y del consumo inducido que caracterizan el modo de vida determinado por aquella. De alguna forma, se protege de una posible crisis social fruto de otra sanitaria, es decir, se defiende de la población. La seguridad que realmente cuenta para él no es la de las personas, sino la del sistema económico, esa a la que suelen referirse como seguridad “nacional”. En consecuencia, la vuelta a la normalidad no será otra cosa que la vuelta al capitalismo: a los bloques colmena y a las segundas residencias, al ruido del tráfico, a la comida industrial, al trasporte privado, al turismo de masas, al panem et circenses… Las formas extremas de control como el confinamiento y la distancia interindividual terminarán, pero el control continuará. Nada es transitorio: un Estado no se desarma por propia voluntad, ni prescinde gustosamente de las prerrogativas que la crisis le ha otorgado. Simplemente, “hibernará” las menos populares, tal como ha hecho siempre. Tengamos en cuenta que la población no ha sido movilizada, sino inmovilizada, por lo que es lógico pensar que el Estado del capital, más en guerra contra ella que contra el coronavirus, trata de curarse en salud imponiéndole condiciones cada vez más antinaturales de supervivencia.


El enemigo público designado por el sistema es el individuo desobediente, el indisciplinado que hace caso omiso de las órdenes unilaterales de arriba y rechaza el confinamiento, se niega a permanecer en los hospitales y no guarda las distancias. El que no comulga con la versión oficial y no se cree sus cifras. 


Evidentemente, nadie señalará a los responsables de dejar a los sanitarios y cuidadores sin equipos de protección y a los hospitales sin camas ni unidades de cuidados intensivos suficientes, a los mandamases culpables de la falta de tests de diagnóstico y respiradores, o a los jerarcas administrativos que se despreocuparon de los ancianos de las residencias. Tampoco apuntará el dedo informativo a expertos desinformadores, a empresarios que especulan con los cierres, a los fondos buitre, a los que se beneficiaron con el desmantelamiento de la sanidad pública, a quienes comercian con la salud o a las multinacionales farmacéuticas… La atención estará siempre dirigida, o mejor teledirigida, a cualquier otro lado, a la interpretación optimista de las estadísticas, al disimulo de las contradicciones, a los mensajes paternalistas gubernamentales, a la incitación sonriente a la docilidad de las figuras mediáticas, al comentario chistoso de las banalidades que circulan por las redes sociales, al papel higiénico, etc. El objetivo es que la crisis sanitaria se compense con un grado mayor de domesticación. Que no se cuestione un ápice la labor de los dirigentes. Que se soporte el mal y que se ignore a los causantes.


La pandemia no tiene nada de natural; es un fenómeno típico de la forma insalubre de vida impuesta por el turbocapitalismo. No es el primero, ni será el último. Las víctimas son menos del virus que de la privatización de la sanidad, la desregulación laboral, el despilfarro de recursos, la polución creciente, la urbanización desbocada, la hipermovilidad, el hacinamiento concentracionario metropolitano y la alimentación industrial, particularmente la que deriva de las macrogranjas, lugares donde los virus encuentran su inmejorable hogar reproductor. Condiciones todas ellas idóneas para las pandemias. La vida que deriva de un modelo industrializador donde los mercados mandan es aislada de por sí, pulverizada, estabulada, tecnodependiente y propensa a la neurosis, cualidades todas que favorecen la resignación, la sumisión y el ciudadanismo “responsable”. Si bien estamos gobernados por inútiles, ineptos e incapaces, el árbol de la estupidez gobernante no ha de impedirnos ver el bosque de la servidumbre ciudadana, la masa impotente dispuesta a someterse incondicionalmente y encerrarse en pos de la seguridad aparente que le promete la autoridad estatal. Esta, en cambio, no suele premiar la fidelidad, sino guardarse de los infieles. Y, para ella, en potencia, infieles lo somos todos.


En cierto modo, la pandemia es una consecuencia del empuje del capitalismo de estado chino en el mercado mundial. La aportación oriental a la política consiste sobre todo en la capacidad de reforzar la autoridad estatal hasta límites insospechados mediante el control absoluto de las personas por la vía de la digitalización total. A esa clase de virtud burocrático-policial podría añadirse la habilidad de la burocracia china en poner la misma pandemia al servicio de la economía.


El régimen chino es todo un ejemplo de capitalismo tutelado, autoritario y ultradesarrollista al que se llega tras la militarización de la sociedad. En China la dominación tendrá su futura edad de oro. Siempre hay pusilánimes retardados que lamentarán el retroceso de la “democracia” que el modelo chino conlleva, como si lo que ellos denominan así no fuera otra cosa que la forma política de un periodo obsoleto, el que correspondía a la partitocracia consentida en la que ellos participaban gustosamente hasta ayer. Pues bien, si el parlamentarismo empieza a ser impopular y maloliente para los dirigidos en su mayoría, y por consiguiente, resulta cada vez menos eficaz como herramienta de domesticación política, en gran parte es debido a la preponderancia que ha adquirido en los nuevos tiempos el control policial y la censura sobre malabarismo de los partidos. Los gobiernos tienden a utilizar los estados de alarma como herramienta habitual de gobierno, pues las medidas que implican son las únicas que funcionan correctamente para la dominación en los momentos críticos. Ocultan la debilidad real del Estado, la vitalidad que contiene la sociedad civil y el hecho de que al sistema no le sostiene su fuerza, sino la atomización de sus súbditos descontentos. En una fase política donde el miedo, el chantaje emocional y los big data son fundamentales para gobernar, los partidos políticos son mucho menos útiles que los técnicos, los comunicadores, los jueces o la policía.


Lo que más debe de preocuparnos ahora es que la pandemia no solo culmine algunos procesos que vienen de antiguo, como por ejemplo, el de la producción industrial estandardizada de alimentos, el de la medicalización social y el de la regimentación de la vida cotidiana, sino que avance considerablemente en el proceso de la digitalización social. Si la comida basura como dieta mundial, el uso generalizado de remedios farmacológicos y la coerción institucional constituyen los ingredientes básicos del pastel de la cotidianidad posmoderna, la vigilancia digital (la coordinación técnica de las videocámaras, el reconocimiento facial y el rastreo de los teléfonos móviles) viene a ser la guinda. De aquellos polvos, estos lodos. Cuando pase la crisis casi todo será como antes, pero la sensación de fragilidad y desasosiego permanecerá más de lo que la clase dominante desearía. Ese malestar de la conciencia restará credibilidad a los partes de victoria de los ministros y portavoces, pero está por ver si por sí solo puede echarlos de la silla en la que se han aposentado. En caso contrario, o sea, si conservaran su poltrona, el porvenir del género humano seguiría en manos de impostores, pues una sociedad capaz de hacerse cargo de su propio destino no podrá formarse nunca dentro del capitalismo y en el marco de un Estado. La vida de la gente no empezará a caminar por senderos de justicia, autonomía y libertad sin desprenderse del fetichismo de la mercancía, apostatar de la religión estatista y vaciar sus grandes superficies y sus iglesias.


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Atrapado en papeles

Atrapado en papeles   



Poco a poco empezamos a superar la resaca de noche vieja. Parece que el año nuevo viene siempre cargado de promesas, aunque al llegar el siguiente año viejo pocas veces le pedimos cuentas. No puedo ocultar que el de este año tenía un sabor especial para mí, se han cumplido diez años desde que la policía chilena viniera a mi casa, colocara pruebas sobre mi armario, y me llevara preso. Una década. Se dice pronto y, a decir verdad, se pasa pronto, aunque ese espacio desde 2010 hasta 2020 esté lejos de encontrarse vacío.
 
Sin embargo, 2019 me ha dejado un regalito, que aún no he terminado de sacar del papel, un juguete con el que no sé bien qué hacer, que debería ser nuevo pero que llega un poco gastado por estos diez años. Pero ese regalo me ha servido para darme cuenta de cómo entiende la gente hechos así. No en vano, cuando en 2010 regresé de Chile a Euskal Herriak, mucha gente pensó que aquello era la victoria. No UNA victoria, sino LA victoria. Al parecer, en la cabeza de la gente los problemas de la persona que meten presa se han terminado, y terminado bien, el día que la sacan de la cárcel. Quizá por eso, no sé muy bien cómo sacar del papel ese regalito. ¿No había terminado todo bien aquel 2010?
 
Por desgracia, no. En 2010 el Estado chileno, por medio de sus bien educados jueces, me condenó. Es decir, a los ojos del mundo legal (que no justo), en adelante llevaría la marca de la culpabilidad, allá donde fuera. Y, además, tuve que abandonar Chile, y se me cerrarían para siempre las puertas a esa tierra. ¿Cómo explicar que lo que para mucha gente era una victoria solo significaba la derrota que más temía? En 2010 no deseaba regresar a Euskal Herriak. Mi abogado me tomó por loco cuando, después de conocer que había sido condenado, a la espera de cuál sería la última sentencia, en su casa, me preguntó qué preferiría yo. Nos era desconocida la pena que me impondrían, el fiscal pedía cinco años y, por tanto, existía el riesgo de volver pronto a la cárcel. Algo que para mí era más esperanza que riesgo: volver al talego. Para mí la cárcel era la única posibilidad de quedarme en Chile y tener a mi pareja de entonces, Vane, cerca. Así que, sobre mi cabeza planeaba el mayor miedo que había sentido desde que me encarcelaran, como un buitre hambriento.
 
Y así sucedió: me impusieron una pena menor que la cumplida, la dieron por saldada, y me esperaba la orden de expulsión de Chile. En Euskal Herriak me esperaban los aplausos y los vivas, parecía que habíamos conseguido algo. ¿Cómo hacer ver que había perdido, si estaba libre? Libre…, para huir de la tierra que había tomado por hogar. ¡Eso es libertad!
 
En 2019 me toco conocer otra consecuencia de todo eso. En 2017 había sucedido un anticipo, cuando quise volver de Buenos Aires a Euskal Herriak, pero en aquella ocasión fue corto y no le di importancia. En cambio, en febrero de 2019, lo que antes fueran 15 minutos se convirtieron en una hora. ¿De qué estoy hablando? De la fantasía que ha colocado rejas en este mundo: la frontera. Y de la representación burocrática de la frontera: la aduana. Una hora en la Oficina de Migraciones, sin grandes explicaciones, hasta que me dejaron pasar. Primero, tuve que informar a los agentes de dónde me alojaría (poniendo también a un amigo en el punto de mira), por dónde me movería, y en qué vuelo abandonaría Argentina. Esa es también mi libertad en Argentina. Raro, puesto que en ese país tengo residencia permanente, su papel plastificado. Ese que dicen que me otorga todos los derechos en Argentina. Pues eso son esos que llamamos derechos: paperechos. Que como nos los dan nos los pueden quitar. En eso consiste la universalidad de los derechos: cualquiera puede tenerlos, si posee la vía para conseguir los papeles adecuados. Llama a ese papel pasaporte, llámalo hipoteca, llámalo billete de 10 euros… Muéstrame el papel y te reconoceré el derecho que le corresponde. Hasta encaminarme al vuelo de vuelta no supe qué papel dificultaba mis posibilidades de movimiento: al parecer, un papel en el que Interpol apuntó mi nombre, y en adelante a ellos habrá que pedir permiso en cada aduana para que yo pueda seguir adelante o volver para atrás. Después de veinte minutos, una agente me recordaba que en 2010 perdí contra el Estado chileno.
 
En adelante, esta enorme prisión que nos rodea tendrá los barrotes algo mas apretados a mi alrededor. En cualquier caso, más amplios que los que guarda para otres, pues haber nacido en Euskal Herriak me da un paperecho de mayor calidad para tener un lugar en este mundo. Sabía que una habitación me había quedado cerrada, y sospechaba que delante se me cerrarían otras más, pero lo que era sospecha se tornaba certeza. Y no es el de viajar el sentimiento más arraigado en mí a día de hoy. Últimamente me ha tocado más que nunca escuchar cosas curiosas como lo del turismo sostenible. Algunes incluso reivindican el derecho al turismo. Claro, como todos los derechos, lo que piden es el paperecho al turismo. El turismo es una industria, creada por el capitalismo para alimentar los sueños de algunes de sus trabajadores seleccionades -¡afortunades nosotres, somos de eses trabajadores seleccionades!-. Pero es una de las industrias más destructivas, que nos entrega el placer de poner patas arriba culturas, economías y entornos.
 
En cualquier caso, aunque no tenga ganas de viajar, preferiría que los motivos fueran los que tienen otres muches en este planeta, es decir, la falta de recursos, o el que preferirían quienes mueren queriendo llegar a nuestras playas, no necesitar escapar de la matanza capitalista, y no una verja levantada por la ley. Pero toda esa gente nunca serán turistas… Así que, tranqui, nuestras maravillosas playas están cerradas para esas dos clases de humanos, seguiremos reservando el honor de pisarlas para quienes tienen paperechos, y si quien nos vende los helados no tiene todos los papeles, miraremos a otro lado, pues no queremos quedarnos sin helados en la playa. ¿También necesitamos algunes sin paperechos!
 
Pero me he ido por las ramas, habitual en mi caso, y hablaba del papel que aún tengo sin sacar totalmente del envoltorio. ¿Y qué mejor regalo que un papel? Un pedacito de paperecho, regalo de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos). En efecto, la institución internacional ha resuelto que existen indicios de que el Estado chileno vulneró mis derechos humanos y, por tanto, que mi caso es admisible para entrar en las causas de la Comisión. Hemos cruzado una frontera, por tanto, una frontera de papel. ¡Y siempre toca celebrar! De nuevo, ha llegado UNA victoria, en apariencia más humilde que la de 2010, pero más importante que aquella derrota disfrazada de victoria, seguramente, aunque solo indique que el camino continúa abierto. Y es que falta mucho para que el asunto termine.
 
Y sin saber muy bien qué hacer con el juguete, miro hacia Chile y no sé si debo agradecer haber salido de allí. Seguramente, de haberme quedado, ahora estaría de nuevo en la cárcel, o desaparecido, o torturado, o muerto, o violado, o habría perdido los dos ojos o, con un poco de suerte, solo uno. Pero no tengo paperechos para ayudar en la larga lucha que mantiene el pueblo chileno. No hay más remedio que verlo desde lejos, y recibir con angustia las noticias.
 
Por eso, entiendo que para sus medios de comunicación mi noticia sea ridícula. ¡Cómo no lo va a ser, si cuando las cosas estaban más tranquilas también decidieron mirar para otro lado! Por suerte, existen medios libres, tan pequeños como imprescindibles, que debemos cuidar, pues la verdad solo encuentra a través de ellos rendijas por las que llegar a nosotres, y por eso intentan las autoridades cerrar todas esas rendijas, ser dueñas de todos los papeles, las únicas repartidoras de paperechos.
 
Me viene al recuerdo la lucha mantenida los últimos años vividos en Buenos Aires por mantener una de esas rendijas. Esa rendija se llamaba Antena Negra TV, pero tampoco nosotres teníamos paparechos, y Prosegur sí -para eso están las amistades en las instituciones responsables de dar papeles-, y tuvimos a dos compas procesades por comunicar. Y recordando esos días, me doy cuenta de que, si por casualidad me hubieran detenido a mí, habría aparecido ese papel mágico de Interpol y de pronto se habría materializado en la prensa el terrorismo anarquista. Lo hizo en 2013 El País, en los tiempos en los que el Estado español necesitaba alimentar la amenaza anarquista. Ahí aparecía mi nombre, el único que mencionaban. El escritor que parece tener pasado terrorista. Y ahí estará siempre, mientras la causa no termine de verdad. Luego, aunque termine bien, cualquiera sabe…
 
La cárcel no es el único castigo, ni el más duro muchas veces. El sistema tiene muchas maneras para intentar acallar voces.
 
¡Feliz papel nuevo!

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Biolentzia demokratikoa - Violencia democratica

Violencia democrática - Biolentzia demokratikoa :

Hurrengoan ere balizko terrorista baten izen, jarraipen eta erailketaz hitz egingo digute baina inoiz ez dizkigute beren ekintza beldugarrien zaurituez, begi galdutakoez edo hildakoez jardun askorik eskainiko, zergatik ote da hori???  Jarraitu Gaur Egun, Teleberri, Las Noticias de La 1, La 2, AntenaTres, Cuatro, TeleCinco, La Sexta,...  ikusten infinitorarte!!!
 


Joven de 17 años herido por flashball en Nantes






Yann Zoldan

Nadège Abderrazak, periodista de RT France

Yann

Franck

David

Guy Bernier

Constant
 
Bernard Ducerf
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VIA VASCA HACIA EL ESTADO VASCO vs. SENDEROS HACIA LA LIBERTAD

Hemen gertuan aurkitutako testu bat eskaini nahi zieNat estatista (nahiz hauek euskaldunak izan) orori... ea zerbait ulertzen edo ulertu nahi izaten diNaten/duzuen...

http://www.ekaitzaldia.blogspot.com

VIA VASCA HACIA EL ESTADO VASCO vs. SENDEROS HACIA LA LIBERTAD

«Nuestro objetivo es construir un Estado Vasco que haga realidad la justicia social y la soberanía plena, lo que no es solo una meta, sino el propio camino a seguir.» La hora de la voluntad popular, EHBildu y EHBai.


QUE ES EL ESTADO?

El Estado es una forma organizada de poder, que se puede amoldar a una monarquía,
una dictadura militar, a la democracia parlamentaria, al socialismo estatista, etc., repitiéndose
siempre esquemas similares: unos grupos dominantes ejerciendo el poder, unos cuerpos
represivos para mantenerlo, una moneda para pagarlos, un lugar -la escuela- de
adoctrinamiento a la moral y a los comportamientos del sistema; otros lugares -la prisión y el
siquiátrico- donde aparcar los diferentes tipos de disidentes. Siempre, el trabajo como
actividad básica y valor supremo y una legislación al servicio de la dominación. Por otra
parte, el Estado se circunscribe a un espacio geográfico que se podrá extender o reducir a partir de los conflictos tanto «nacionales» como «internacionales» dependiendo de su potencial
bélico y financiero. Dentro de lo que considera su territorio, incluye de forma arbitraria
lugares, individuos, pueblos, naciones, etc… a menudo diferentes. Les fuerza a tener un devenir
histórico, social, económico y/o cultural común al tiempo que los separa, por medio de las
fronteras, del resto de la humanidad.

El Estado es la instauración de una relación social que se fundamenta en la división entre los que mandan y los que obedecen, ejerce el poder político gracias a la institucionalización de éste, que lo separa de la sociedad y lo transforma en una estructura de dominación y que consiste en el control de la producción de sociabilidad, es decir, de las relaciones humanas. La estructura de la dominación emerge en función de la institucionalización del poder político, lo que permite que la instancia política se autonomice de la sociedad. Sami Nair afirma que: “El mecanismo representativo convirtió la desigualdad real de las clases en el igualitarismo abstracto de los ciudadanos, los egoísmos individuales en una impersonal voluntad colectiva, lo que de otro modo habría sido el caos en una nueva legitimidad estatal”.

Nos quieren convencer de que no hay alternativa ni al Estado ni a sus instituciones, que pueden ser a lo sumo algo mejoradas, perfeccionadas, vestidas con “rostro humano”, pero nunca superadas, abolidas. Que la independencia sólo es posible a partir de la creación de un «estado propio». No existe tal posibilidad ni desde una perspectiva nacional ni desde una perspectiva social. El estado se mantiene siempre por encima y contra la población a la que gobierna. Todos los estados están siempre al servicio de unos grupos dominantes. Queda claro que la dominación continuaría siendo esencialmente la misma. No ha existido nunca un estado que fuese la libre expresión de la población, esto significaría que ha perdido sus atribuciones hasta tal punto que ha dejado de ser estado.

El estado es siempre un fenómeno administrativo-represivo, un fenómeno jurídico e institucional creado para someter a la población. Un hipotético “estado vasco”, un “estado socialista vasco”, son tan sólo diferentes variantes administrativo-represivas, pero nunca serán el pueblo.

Todos los estados están siempre al servicio de unos grupos dominantes. No existe el estado ideal que representa a toda la comunidad nacional.

La independencia es la ruptura con toda forma de dominación, la no delegación de la
propia capacidad de decisión y actuación. Es por eso que la independencia es esencialmente individual antes que nacional, y, por descontado, mucho antes que estatal.



La Vía Vasca es un proceso de transformación y de autoorganizacion. La hora de la voluntad popular, EHBildu y EHBai.


«Allá donde llega el estado no hay ni autoorganización, ni autogestión.»

Los pueblos, las comunidades, son capaces de ocuparse de lo suyo, de organizarse por su cuenta, de funcionar y satisfacer sus necesidades reales sin la tutela del Estado, Chiapas y Kobane son dos buenos ejemplos. Lo que ahora es una excepción, antes era la regla. Fundadas en la autoorganización como «totalidades indivisas» y autonómas, que construyen desde abajo una instancia de poder colectivo que conjura permanentemente la monopolización del poder y la división de la comunidad. Una organización social basada en la autonomía, la libertad y la indivisión; en constante lucha contra la división de la comunidad y la emergencia de prácticas de tipo estatal. Eran «comunidades contra el estado». Vestigios de esas comunidades han perdurado en de la Montaña Vasca hasta nuestros días. Su organización social se basaba en el apoyo mutuo, la solidaridad, en las formas de organización comunitaria y de la propiedad de la tierra, el batzarre (asamblea vecinal soberana), auzolan (trabajo entre vecin@s) y el artelan (trabajo para la comunidad).Vivían en un régimen igualitario, de usos y costumbres elegidos por ell@s mism@s, ajenas al poder estatal y antitéticas de éste, igualmente ajenas al sistema económico, social y cultural por él organizado. Hoy día aún quedan rescoldos de todo lo anteriormente descrito. Sólo están a falta de que se les sople.

En otro contexto, en los últimos años del franquismo y los primeros de la reforma de éste, ciudades, pueblos y barrios así como centros de trabajo y estudio de Hegoalde vieron como la asamblea se volvía la organización imperante.


POR UNA VIDA EN COMUN

El individualismo es un invento moderno del siglo XVIII”. Foucault.


El concepto de comunidad tiene que ver con el de acción colectiva”.

El único proceso constituyente que consideramos necesario e inaplazable, es el de la construcción de la comunidad en lucha contra el poder y por la libertad, la justicia y la igualdad. El que busque acabar con la opresión sin querer convertirse a la vez en opresor. Ya que es en la práctica y sólo en ésta, donde se puede visualizar y potenciar las ideas de libertad, por eso debemos desconfiar de las teorías que provienen de la seguridad y la acomodación de intelectuales. Hay que pensar desde la práctica, buscar en la experiencia de libertad, más libertad.

El compartir actividades y resolver situaciones problemáticas en común permite entender el mundo de otra manera y liberar las mentes y corazones de ataduras, ambiciones y egoísmos. Practicar la solidaridad, creando comedores comunitarios para l@s necesitad@s, por ejemplo; la autonomía alimentaria cultivando huertos en común, organizando nuestro tiempo libre y el de nuestros niños y niñas, la des-educación, la fiesta y la juerga; en fin, auto-organizar y autogestionar nuestras vidas en común, desde el mismo instante de nacer hasta el momento de morir. Estas prácticas harán que cada vez sean menos los “yo” y más los “nosotr@s”, prueba evidente de que vamos por el buen camino. Hacer ver que se puede vivir de otra manera, que la afectividad, el respeto mutuo, la comunicación cara a cara, cuerpo a cuerpo y las reflexiones no tienen por que ser algo que se queda en la intimidad del hogar o en el cada vez mas reducido núcleo de amistades. De ahí la importancia de lo local, del barrio, donde las miradas puedan tejer nuevas sensibilidades y empatías; como la amistad, la vecindad, la simpatía, el respeto,... que tod@s las deseamos y tod@s las tenemos, muchas veces bajo la dura costra que la infelicidad ha ido acumulando sobre nuestro ser.

Se trata de construir otro tipo de relaciones sociales, basados en la autonomía, el apoyo mutuo, en recuperar saberes e identidades en estrecha relación con la madre tierra y el «entorno» natural, volver a la raíz.

La comunidad se constituye desde el “hazlo por tí mismo”, es decir a traves de la” acción directa”.


POR DONDE EMPEZAR?

No existen ni los bosques, ni los desiertos helados o ardientes en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de la sociedad de la servidumbre, fuera del Estado”.

El territorio junto con la comunidad son los dos elementos indispensables para experimentar otras maneras de vivir. El robo de las tierras comunales, junto a la plusvalía usurpada por el capitalismo a la clase obrera, han hecho que la propiedad privada permita la existencia de la abundancia para un@s poc@s y la carencia para la mayoría. La desigualdad invade todo el entramado social, y es el mayor obstáculo para que se den unas relaciones basadas en el apoyo mutuo. Tendremos que empezar con lo que disponemos, ampliandolo con la reapropiación de forma colectiva del territorio/espacio ocupando tierras, casas y locales en desuso, poniendo en practica la no-economía, ruralizando ciudades y pueblos urbanizados, la creación de huertos para el autoabastecimiento, etc. Sin olvidar que la propiedad es la principal fuente de poder social y su defensa constituye lo que se oculta detrás de la denominada Razón de Estado. Por lo que este último no nos lo pondrá fácil.

Pero antes que la propiedad o el capital está la autoridad, y no estamos hablamos sólo del aparato coercitivo del Estado o de sus edificios y símbolos (Ejército, gendarmes, cárceles, escuelas, edificios administrativos... etc), nos referimos sobre todo a los mitos y creencias que hacen de él una fortaleza aparentemente inexpugnable y que nos advierten que no se puede vivir sin autoridad, que es una utopía, que no merece la pena intentarlo. En nosotr@s está hacer buena la utopía de vivir en un mundo en armonía con la naturaleza, en paz y libertad, sólo nos falta confiar en nuestras propias fuerzas. Y oponernos a cualquier estrategia que posponga la realización de nuestros sueños a unos tiempos que nos dicen serán mejores o más propicios. No hay tiempo que perder. “EL FUTURO ES EL PRESENTE”.


Rustici in bagaudam