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¿Por qué socialismo? (Albert Einstein)

¿Por qué socialismo?

Albert Einstein
Albert Einstein ¿Por qué socialismo?
En mayo de 1949 Albert Einstein publicaba este texto en el primer número de la revista Monthly Review, publicación “roja” que sigue asomándose a las librerías todavía hoy, contra viento y marea. Conviene releerlo ahora, en estos tiempos de gran confusión, en los que parece que hayamos olvidado cosas tan sencillas como las que el gran físico plantea aquí.
¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí.
Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil porque la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos– son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

 
Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿porqué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”
Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.
El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de éstos diferentes, y frecuentemente contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por si mismo; pero él depende tanto de la sociedad –en su existencia física, intelectual, y emocional– que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad” la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido –exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.
El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.

El mundo tal como yo lo veo 
Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos –que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos– en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.
Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo –no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional– puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.
En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción –aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

Albert Einstein ¿Por qué socialismo? 
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.
La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”. El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.
Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.
Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?
La claridad sobre los objetivos y problemas del socialismo es de gran importancia en esta nuestra era de transición. Dado que, en las circunstancias actuales, la discusión libre y sin trabas de estos problemas se han convertido en un poderoso tabú, considerado que la fundación de esta revista es un importante servicio público.
 
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Rosa Luxemburg contra el feminismo (Nuevo Curso)

Rosa Luxemburg contra el feminismo (Nuevo Curso)

Apoyados por los medios de communicación y el aparato de Estado en muchos países, la burguesía organizó grandes manifestaciones feministas el 8 de marzo 2018, en particular en España (en América del norte también) por la jornada de la mujer. El acontecimiento no tuvo tanta publicidad en otros países como en Francia por ejemplo. En esta ocasión, los compañeros de Nuevo Curso publicaron el texto a continuación que recuerda la posición del movimiento obrero sobre el feminismo. Este pretende ser por encima de las clases, aboga por el interclasismo y en realidad actua como un "movimiento" y una ideología totalmente burgués y contra la unidad del proletariado.

Rosa Luxemburg contra el feminismo (Nuevo Curso)

El feminismo aparece a finales de los años 90 del siglo XIX en toda Europa como "sufragismo". Las sufragistas defendían la ampliación del derecho al voto de las mujeres dentro del sufragio censitario (restringido a los propietarios), es decir, el derecho de las mujeres de las clases propietarias a participar en las dirección política del estado y la sociedad establecidas. En su batalla para hacer un hueco en las direcciones de las empresas y el gobierno a las mujeres de la pequeña burguesía y las clases altas, las sufragistas trataron pronto de ganar a las mujeres trabajadoras, mucho mayores en número y sobre todo mucho más organizadas. Las feministas proponían un frente interclasista de «mujeres» cuyo objetivo sería conseguir diputadas burguesas dentro del sistema censitario. Prometían representar el "interés común en tanto que mujeres" que supuestamente unía a las trabajadoras con aquellas burguesas del liberalismo radical inglés.
La izquierda de la IIa Internacional, con Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin a la cabeza se opuso radicalmente. Un año antes de la formación del primer grupo sufragista en Inglaterra, Zetkin había presentado en Gotha, el verdadero congreso fundacional del partido socialista alemán un informe sobre La cuestión de la mujer y las tareas de la socialdemocracia aprobado unánimemente. Desde entonces los socialistas alemanes se habían dedicado a organizar y formar a miles de mujeres de clase trabajadora, impulsado movilizaciones por el sufragio universal para ambos sexos. A parir del Congreso de Stuttgart de la Internacional, la Izquierda, con Zetkin y Luxemburgo a la cabeza, dan la batalla a nivel global. No contra un supuesto machismo de la dirección, sino contra las cesiones al feminismo de algunos partidos como el belga, que había aprobado en su congreso apoyar la ampliación del sufragio censitario a las mujeres de clases altas.
« El Congreso de la IIa Internacional celebrado en Stuttgart comprometió a los partidos socialdemócratas de todos los países a iniciar la lucha por el sufragio universal femenino como parte esencial e irrenunciable de la lucha general del proletariado por el derecho de voto y por el poder, en neta contraposición con las aspiraciones feminista » (Clara Zetkin).
El feminismo quería ampliar el sufragio a las mujeres de clases superiores, el socialismo hacerlo universal; el feminismo una reforma legal, el marxismo una revolución social.

Rosa Luxemburgo y la izquierda de la Internacional contra el feminismo

La batalla ideológica se va haciendo cada vez más intensa con los años. Rosa Luxemburgo comparte en su correspondencia su rechazo íntimo al argumentario "moral y espiritual" del feminismo y las invocaciones al "desarrollo de la propia personalidad" cuando lo que estaban en realidad reivindicando las feministas era la igualdad entre hombres y mujeres de las capas en el poder dentro de ese poder. Tiene claro que "la mujer" no es un sujeto histórico por encima o al margen de las clases sociales y por eso le produce un rechazo profundo la reivindicación de un supuesto "derecho de las mujeres" que beneficiaría a las trabajadoras al margen de la evolución del movimiento de los trabajadores en general y la lucha contra el capitalismo.
Para Luxemburgo, las feministas intentan usar el rechazo de los trabajadores a la opresión de la mujer en una forma de desviar la lucha y consolidar un sistema que entonces acababa su fase históricamente progresista, del mismo modo que hacía el nacionalismo manipulando la resistencia a la opresión cultural-nacional :
« El deber de protestar contra la opresión nacional y de combatirla, que corresponde al partido de clase del proletariado, no encuentra su fundamento en ningún «derecho de las naciones» particular, así como tampoco la igualdad política y social de los sexos no emana de ningún “derecho de la mujer” al que hace referencia el movimiento burgués de emancipación de las mujeres. Estos deberes no pueden deducirse más que de una oposición generalizada al sistema de clases, a todas las formas de desigualdad social y a todo poder de dominación. En una palabra, se deducen del principio fundamental del socialismo.» (Rosa Luxemburg, La cuestión nacional y la autonomía, 1908).
Para Luxemburgo el feminismo no es una "lucha parcial", sino la desviación a favor de las mujeres burguesas y pequeñoburguesas de los sentimientos que alimentan la lucha socialista contra toda forma de opresión.
En Die Gleichheit, el periódico dirigido por Zetkin, deja claro que el poder de las mujeres beneficiadas por el sufragio censitario nacía de su posición social en la burguesía y la pequeña burguesía y que la reforma legal del derecho a voto que proponían afianzaría ese poder; sin embargo, las mujeres trabajadoras solo podían afirmarse a través de las luchas obreras mano a mano con sus compañeros de clase.
« Las defensoras de los derechos de las mujeres burguesas desean adquirir derechos políticos para participar en la vida política. Las mujeres proletarias solo pueden seguir el camino de las luchas obreras, lo opuesto de poner un pie en el poder real por medio de estatutos básicamente jurídicos.»
Por eso denunciaba denunciaba cualquier organización «de mujeres» y todo «frente de organizaciones de mujeres», pues se daba cuenta que organizarse en un mentiroso espacio interclasista solo servía para engrosar el poder de las capas pequeñoburguesas (y, como veremos, patriotas) que sostenían al feminismo y dividir al movimiento de clase.

El 8 de marzo contra el feminismo

Luxemburgo tiene tan claro que la organización de grupos exclusivos de mujeres no puede abrir la puerta ni al interclasismo ni a la separación de la clase que cuando Clara Zetkin le invita al primer congreso de mujeres socialistas se burla en una carta a Luisa Kautsky : « ¿ Es que acaso ahora somos feministas ? » escribe. Pero Luxemburgo sabía que si Clara Zetkin organizaba grupos de mujeres socialistas era por lo mismo que la II Internacional creaba grupos de jóvenes : para llegar con su programa al conjunto de la clase trabajadora y no solo a los trabajadores de grandes concentraciones obreras en sus centros de trabajo. Aunque en la Alemania de la época había muchas mujeres en las fábricas, la mayoría de las mujeres obreras se dedicaban a trabajos no industriales, a la crianza de sus propios hijos y a industrias basadas en trabajo doméstico.
« No hay más que un sólo movimiento, una sola organización de mujeres comunistas - antes socialistas - en el seno del partido comunista junto a los hombres comunistas. Los fines de los hombres comunistas son nuestros fines, nuestras tareas » (Clara Setkin).
La creación del 8 de marzo como jornada de lucha, de huelga, en 1910 bajo el nombre de Día de Solidaridad Internacional entre las mujeres proletarias a propuesta de Zetkin es parte de lo mismo. Se trata de afirmar el carácter socialista y obrero del movimiento por el sufragio realmente universal, es decir, incluyendo la consecución del voto por las mujeres. Es decir, la creación del 8 de marzo fue parte de la lucha de las mujeres de la Izquierda de la IIa Internacional por los derechos democráticos de todos los trabajadores y contra la idea feminista de la "unión de las mujeres", « contra la que he luchado toda mi vida » como escribiría Rosa Luxemburgo.
R.Luxemburgo y C.Zetkin se enfrentarán a la formación de cualquier organización o movilización interclasista "de mujeres". Contra el feminismo "crearán" el 8 de marzo: una movilización unitaria de todos los trabajadores.

El momento de la verdad

El momento de la verdad que demostraría el fondo y la razón de la batalla de la izquierda de la IIa Internacional contra el feminismo vendría con la guerra mundial.
Las sufragistas "exigen", literalmente, a los gobiernos la incorporación de las mujeres al esfuerzo de guerra y la carnicería bélica. En premio, el gobierno británico concede en 1918 el voto a los 8 millones de mujeres de familias más pudientes, todavía lejos del sufragio universal. Es lo que ahora la prensa celebra como "conquista del voto por las mujeres" olvidando decir que solo eran unas pocas.
En cambio Zetkin y los grupos de mujeres obreras convocarán la primera conferencia internacional contra la guerra en mitad de la represión más salvaje de los internacionalistas por parte de todos los gobiernos. Es el primer acto político organizado por un grupo de la IIa Internacional contra la guerra en un momento en el que Luxemburgo, Rühle o Liebcknecht están ya en prisión.
« Conducir a los proletarios a liberarse del nacionalismo y a los partidos socialistas a recuperar su entera libertad para la lucha de clases. El fin de la guerra no puede ser alcanzado más que por la voluntad clara e inquebrantable de las masas populares de los países beligerantes. En favor de una acción, la Conferencia hace un llamamiento a las mujeres socialistas y a los partidos socialistas de todos los países: ¡Guerra a la guerra! » (Declaración de la conferencia Internacional de mujeres socialistas contra la guerra).
El 8 de marzo de 1917, la manifestación del 8 de marzo en Petrogrado que, como era tradicional, organizaban los grupos de obreras socialistas convocando al conjunto de trabajadores con independencia de su sexo y afirmando reivindicaciones para el conjunto de la clase, se convertirá en el detonante de la Revolución Rusa.
La guerra saldó toda duda: las feministas "exigieron" a los gobiernos ser parte del esfuerzo de guerra y participaron en el reclutamiento para la carnicería ; el 8 de marzo socialista en Petrogrado abrió la Revolución mundial.
Nuevo Curso, 12 de febrero 2018.
RL, .
(Publicado en http://igcl.org : 22 de septiembre de 2018)


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