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lunes, 17 de diciembre de 2012

Necesidades y superficialidades

El otro día volví a escuchar una frase que hacía tiempo que no oía. Venía a colación, colación muy de temporada, de qué regalar. Salió de por medio el tema de la música, de regalar un CD más en concreto. Una persona del corrillo comentó con cara de ligero desdén: "hombre, un CD... bueno, lo escuchas dos o tres veces, te hace gracias tres semanas... pero luego acaba arramblado y adiós".

No puedo vivir más lejos de ese comentario. No pretendo cambiar las ideas de nadie. Somos libres hasta cierto punto de elegir las cosas que amamos y entra dentro de la dignidad de cada uno que nadie le venga con monsergas respecto a lo que debe o no debe de amar. Pero, en cualquier caso, el comentario arriba citado respecto de un CD que te regalen me araña la chapa.

Ligando un tema con otro traigo hoy al blog a un grupo que, durante mucho tiempo, fue un conjunto de viernes por la noche. La banda sonora de mi ducha de las 19:00 horas, de rociarse el desodorante, de enfundarse la camiseta preferida, de palpar que la cartera estaba dentro del bolsillo posterior de los vaqueros y salir a la calle a quemar garitos y pelear hembras (que decía Serrat) con los colegas. Una banda que hace tiempo que se escurrió del mainstream y que, para muchos, se ha difuminado en la neblina del tiempo. Hablo del grupo de uno de los grandes del rock patrio Los Rebeldes de Carlos Segarra.


Y ligo ambos temas porque no puedo reprimir la sensación de que Los Rebeldes sería uno de esos grupos de los que el arriba mencionado pensaría que hicieron CDs que a día de hoy más vale que estén por ahí arramblados. Puedo escuchar frases del tipo "esa música es más vieja que la tós", o "eso ya está superado, ahora la música ha avanzado mucho, es bastante mejor". Disculpad la arrogancia del adjetivo pero si no lo suelto y me lo quedo dentro puede enquistárseme: "estimado comentarista, es usted un ignorante".

Los Rebeldes nacieron allá por el 79 de la mano del mencionado Segarra, Aurelio Morata y Moisés Sorolla. Dentro de una onda rockabilly catalana, encabezada por el entonces ya icónico Loquillo, que, de hecho, apoyó a Segarra en sus inicios como padrino musical, actuando como manager en sus interpretaciones e incorporándole a las suyas propias como músico. Versiones de lo más granado del rock cincuentero americano, en el caso de Segarra especialmente plasmado en sus covers del malogrado Eddie Cochran.

El primer trabajo del combo bajo su nombre (ya habían participado en Los tiempos están cambiando, el trabajo de Loquillo con Intocables del 80) ve la luz en 1981 bajo el título de Cervezas, chicas y rockabilly. En un momento donde el rock no era ni mucho menos el estilo dominante y cuando, desde Madrid especialmente, tomaban protagonismo las derivaciones de la nueva ola anglosajona y la incorporación de sintetizadores a las composiciones, gente como Loquillo y Segarra se agarraban a las raíces del rock cincuentero americano como a una tabla salvavidas. Generando el germen de lo que casi una década más tarde eclosionará como la etapa dorada del rock español.

Los Rebeldes volverán por el blog. Algunos de sus temas serán etiquetados dentro de la sección de himnos, y otros los recuperaremos por el simple placer de traerlos de vuelta a los oídos. Hoy me quedo con un tema del comienzo, precisamente aquel que daba nombre a su primera galleta. Una declaración de las intenciones juveniles y hedonistas de esta música del diablo que se dió en llamar rock'n'roll.

Cosas buenas a tod@s.


miércoles, 11 de julio de 2012

A escasos siete metros del escenario

Desde luego no fue Miguel Ríos quien lo inventó. La música se hace a los escenarios allá donde va y la remarcable gira del rockero granadino fue una demostración, la enésima, de que juntar cosos taurinos y rock&roll no es combinación que dé lugar a malos resultados.

Todo esto viene a colación de un himno que el otro día volvía a colárseme en la cabeza. Yo tendría catorce o quince años cuando vi por vez primera en directo a quienes me ocupan hoy. Quizás dieciséis, aunque no me salen las cuentas entonces. Después de una etapa de movida madrileña y una de heavy-rock, me vino la pasión por ese rock más callejero y desnudo que defendían grupos que iban desde Burning a La Frontera. Y toda esa generación de músicos tuvo un grupo significativo, posiblemente no el que más cuota de mi tiempo absorbió, pero sin duda uno de los de cabecera: Loquillo y los Trogloditas.

Como tantos otros grupos del momento la música de éstos me vino, via cinta de casette, de la mano de mis primos, todos ellos mayores que yo. Precisamente la canción que traigo hoy es una de las primeras que recuerdo en boca de una prima mía, sacando morritos y frunciendo el ceño balbuceando las estrofas para marcar la frase del estribillo al final. Cuando finalmente la escuché de boca del protagonista la reconocí enseguida, la había estado escuchando cientos de veces en la radio aunque me había pasado casi desapercibida.
Es curioso como hay melodías que se nos pasan por alto hasta que alguien nos las referencía y nos hace prestarles una diferente atención. Melodías que, escuchadas con cuidado, se nos acaban convirtiendo en banda sonora y las arrastramos años enteros sin explicarnos como habrían pasado tantas veces a nuestro lado sin habernos hecho volver la cabeza. Esto, ya pasa, no sólo ocurre con las canciones.

El caso es que aquella tarde de primavera en que asistí al concierto del Loco y los suyos, me pasé buena parte del concierto esperando este tema, con miedo a que no lo hubiesen seleccionado y tuviese que esperar mejor ocasión para oírselo tocar. No sólo me pasó con esta canción, pero hoy es la que nos ocupa.

La tarde empezó a caer y sobre una enorme sábana blanca que cubría el escenario se proyectaron las sombras de cada uno de los componentes del grupo mientras arrancaban los acordes de PiratasSergio Fecé, Ricard Puig Domenech, Jordi Vila y, como no, finalmente, Loquillo. Y allí me quedé con cara de vaca mirando al tren sobre el albero de la plaza. Los ojos como platos. Las orejas abiertas de par en par. A escasos siete metros del escenario.

Cayeron casi todas.
Como me ha pasado en otros conciertos el movimiento de la gente, los saltos, las cervezas... me apartaron del resto (o me aparté a conciencia, o fueron ellos los que se apartaron,... poco importa). Así recuerdo haber seguido y vivido el concierto a mi aire, saboreando la descarga de rock ibérico que me regalaron aquella noche en solitario. Sudando, bebiendo, escuchando, mirando.
Construyendo recuerdos, así se forjan los himnos, algunos tan enraizados en mi subconsciente como este Chanel, Cocaína y Don Perignon. Pura reserva.

Cosas buenas a tod@s.