Mostrando entradas con la etiqueta rock iberico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rock iberico. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de diciembre de 2014

Sobreproducción, y la percusión como invitación al trance.

Hay carreras que se expanden como el helio. Hay artistas con una capacidad de creación tal que cualquier intento de cubrir su obra con un mínimo de dedicación por mi parte es en vano en mi situación actual. Y ayer, leyendo a Juanjo Ordás en Efe Eme me di cuenta del asunto.
He estado esta semana escuchando un disco que hacía tiempo tenía en ese cielo de futuras alegrías que es la discoteca pendiente: Licenciado Cantinas de Bunbury.
Porque, además, es la de Bunbury una de esas reinvenciones que miro con interés, con sorpresa y con alegría. Reinvenciones que en una determinada generación han derivado curiosamente hacia sonidos latinos, sones caribeños, percusiones americanas adornando letras pasionales, trágicas en ocasiones.
Y viene aquí Enrique a juntar un puñado de temas de tipos tan desconocidos para mí como Louie Ortega o Pablo Casas Padilla. Y, claro, esto transforma el rosco en un trampolín hacia nuevos territorios, justo lo que mi maltrecha disponibilidad necesitaba.
Pues algo tendremos que hacer, tiempo al tiempo, pero dejar que pase por tu puerta el tren de esta manera y no rendirse a la tentación de cogerlo un ratito es una posibilidad que no me planteo.

Pero volvamos al disco.

Estaba el otro día en el coche, yendo de un lado para otro, con una amiga a bordo. Esta amiga y yo no tenemos una compatibilidad musical muy acentuada que se diga. Más por su limitado arco de atención que por rechazo mío a lo que le gusta. No tengo problema alguno en entregarme a Lady Gaga si se da el caso. De una forma o de otra ella es consciente de nuestra separación en este asunto, de forma que tras escuchar un par de temas del Cantinas me comentó que esa música estaba muy bien para viajar, que la veía muy propia de ir con el coche en un viaje largo, acompañando los cambios de paisaje y las gasolineras. Y pensé yo que se trataba de un tema de trance. De ese nivel de consciencia superior al que te lleva una percusión bien sincronizada. Recordemos que el mismo Bunbury definió este disco como un álbum de percusión (Quino Bejar on board Los Santos Inocentes) .

A mi me ha encantado, ¿qué queréis que os diga?. Me ha gustado cada tema. Y me ha gustado así, a pelo, sin haber escuchado las versiones originales de los mismos (tarea a la que me entrego ahora). La sonoridad tan diferenciada, que me impide entenderlo como un todo y más como una colección exquisita de canciones, algo parecido a una caja de bombones de diferentes sabores y base común.

Pasito más, y ahora a seguirle el paso a todo lo que le tengo pendiente. A este tanto como al que Ordas comentaba en el artículo que enlazaba arriba. Ya estamos como el conejo blanco de Alicia.

Cosas buenas a tod@s.



sábado, 16 de marzo de 2013

A las chicas no les gusta la frontera

Otro dia hablo del primer vinilo que tuve, o de la primera cinta. Hoy voy a hablar del primer CD.
Nunca, excepto aquella vez, me ha dado por participar en un concurso radiofónico. Pero lo hice. Corría el año 1990 y llamé a la radio porque hablaban de un grupo que había sacado un disco enorme (o eso decía el locutor). De hecho, el disco que les abrió las puertas del gran público.
Como les conocía y les amaba en silencio no me pude resistir.
Llamé. Acerté. Y dos semanas después tenía en casa el CD de Palabras de fuego.
El grupo se llamaba, se llama, La Frontera, y ha sido uno de los grupos de cabecera de este caminante, o lo fue durante una época.


Compartí este grupo en los mejores antros y con las mejores compañías. Forma parte de esa parte de la música que escapa a la música misma. Creo que esto es lo que, viviéndolo, te hace amarla, ligarla al ADN.

La Frontera tenía un hígado y un corazón. Ambos eran Toni Marmota y Javier Andreu. Oficio sobrado. Actitud demostrada. Del tipo del rock, digo. Un combo apartado, en ocasiones despreciado. Un pedazo de tierra libre. Un sonido propio. Una lírica diferente. Épica. Hay música que nunca debiera de salir de los bares aunque haya bares que pinchen otra música.

Hoy no quería escribir de ellos. Pensaba pasar unas líneas acerca de un paseo que he hecho a solas con el ipod metiéndome vía ótica el I talk to the wind de unos tarados que no se les ocurrió otra en el 69 que reinventar el rock. Pero llegué a casa, perdí el tiempo, jugué al fútbol, comí pizza, bebí Mahou, y sentí la necesidad de rescatarles. Robert Fripp me lo perdonará.

No entraré en detalles biográficos hoy. Ni contaré anécdotas de barra. Si da la casualidad de que los encontráis aquí y os preguntáis qué pintan, dedicad por favor unos minutos a abriros una cerveza y escucharles. No perderéis más de unos minutos. Y una cosa, si eres mujer, por favor, déjame un comentario, necesito tu opinión, por qué a las chicas no les gusta La Frontera?

Cosas buenas a tod@s.


miércoles, 16 de enero de 2013

Un charco llamado Ramoncín

Acabé de leer anoche algo que no sé si calificar de informe, librito corto, artículo largo,... el caso es que en unas cuantas páginas (unas cincuenta) recorría los grupos de rock y pop españoles desde finales de los 60 hasta la primera mitad de la primera década del nuevo siglo (para los que lean el post dentro de cien años, el nuevo siglo, ahora, es el XXI).
Como la subjetividad consiste en decir que algo te gusta o no y en que nadie lo ponga en tela de juicio, no diré que el escrito era subjetivo, porque no lo pretendía. Era objetivo en el sentido de decir qué grupo era o había conseguido qué. Esto, siempre, genera diferencias, pero es la savia del asunto.
Hablar de todo lo que allí se contaba sobra, pero diré que señalaba como hay grupos que, mal que nos pesen, han significado una versión de calidad del espíritu de fuera (Dover (¿?)) y otros, como El Último de la Fila, que simbolizan una carrera completamente hueca (¿?), como para oídos poco dados a la exigencia.

El caso es que hablando de unos y de otros el texto toma como punto de partida a los ya mencionados en estos posts Kaka de Luxe, y asume que fueron el primer grupo punk que hubo en España. Bueno, matiza, quizás junto a los W.C.? de Ramoncín. Y aquí quería yo llegar.

Viendo la que está cayendo lo fácil hoy sería escribir poniendo a caldo a Ramoncín.
Como no tengo conocimiento de causa, me abstengo de enjuiciar si ha hecho o dejado de hacer y si ha metido o no la mano donde no debía. Si ha actuado de forma delictiva, que caiga sobre él la ley. Y si no, que la gente sepa reponer el daño de la injuria y el pre-juicio.
Pero éste es un blog de música. O eso intento. Y Ramoncín, el vilipendiado Ramoncín, es músico. Le pese a quien le pese. Y, diré más, es un músico importante en la evolución y popularización del rock en este país.
Lo demás es extramusical. Por supuesto que afecta al personaje y su proyección pública. Todo el tema ese de los saraos-tertulias metiéndose en temas de opinión social o política. Desde luego todo ese comportamiento está algo alejado de la rock-actitud, del espíritu del punk, y de la rebeldía y la oposición al sistema. Una golosina para los más jóvenes, para comparaciones varias.

Pero musicalmente Ramoncín ha tenido un rol que no se puede obviar. En primera persona, con sus temas, y en tercera persona, produciendo e influyendo a otra gente. Si nos limitamos a escuchar su música, ponerla en su contexto, y conseguimos escapar del personaje una vez fuera de las tablas, encontraremos un puñado de buenas composiciones rock. Algunas dañadas terriblemente con producciones poco adecuadas, o demasiado maniqueas (hijas de su tiempo al fin y al cabo, tampoco cabe ensañarse), pero en más de una y de dos ocasiones, con fondos de composición correctos y letras acertadas, en una narrativa que no ha encontrado similitud en otros creadores ibéricos.

Conocí mucha gente flipando con el "rollo" de Ramoncín, con la transgresión de su propuesta. Y luego vi a muchos de ellos vendiéndolo al mejor postor, olvidándo rápidamente muchas de las cosas que les había sugerido. Parte de esto (aunque por diferentes razones) ocurre treinta años después con el indie. Tú puedes hacer una música cojonuda, pero, por favor, no te hagas rico a su costa. Los famosos no molan.

Ramoncín y W.C.? duraron poco, pero duraron lo justo. En un sentido diferente al de Berlanga, Márquez, Sierra y compañía, subieron al escenario la actitud, la provocación. En un sentido más parecido al de Toño con los Burning o El Morfi con La Banda Trapera del Río. Con un lenguaje directo y una pose chulesca, con una ambiguedad buscada (en Ramón y en Toño básicamente), interpelando al oyente, empujándole. Un rock urbano nuevo, diferente al que Vicente Romero elevaba desde Chapa. El rock de barrios de Madrid como Entrevías, Vallecas, del cinturón de las grandes ciudades (Cornellá en Barcelona). No ha vuelto a haber un sonido así. Y gente como Haro Tecglen o Llopis lo supieron ver a tiempo.

Ramoncín volverá por este blog, porque hay cosas que no se explicarían totalmente sin el rol que jugó. Unos temas del mismo.

Cosas buenas a tod@s.



lunes, 17 de diciembre de 2012

Necesidades y superficialidades

El otro día volví a escuchar una frase que hacía tiempo que no oía. Venía a colación, colación muy de temporada, de qué regalar. Salió de por medio el tema de la música, de regalar un CD más en concreto. Una persona del corrillo comentó con cara de ligero desdén: "hombre, un CD... bueno, lo escuchas dos o tres veces, te hace gracias tres semanas... pero luego acaba arramblado y adiós".

No puedo vivir más lejos de ese comentario. No pretendo cambiar las ideas de nadie. Somos libres hasta cierto punto de elegir las cosas que amamos y entra dentro de la dignidad de cada uno que nadie le venga con monsergas respecto a lo que debe o no debe de amar. Pero, en cualquier caso, el comentario arriba citado respecto de un CD que te regalen me araña la chapa.

Ligando un tema con otro traigo hoy al blog a un grupo que, durante mucho tiempo, fue un conjunto de viernes por la noche. La banda sonora de mi ducha de las 19:00 horas, de rociarse el desodorante, de enfundarse la camiseta preferida, de palpar que la cartera estaba dentro del bolsillo posterior de los vaqueros y salir a la calle a quemar garitos y pelear hembras (que decía Serrat) con los colegas. Una banda que hace tiempo que se escurrió del mainstream y que, para muchos, se ha difuminado en la neblina del tiempo. Hablo del grupo de uno de los grandes del rock patrio Los Rebeldes de Carlos Segarra.


Y ligo ambos temas porque no puedo reprimir la sensación de que Los Rebeldes sería uno de esos grupos de los que el arriba mencionado pensaría que hicieron CDs que a día de hoy más vale que estén por ahí arramblados. Puedo escuchar frases del tipo "esa música es más vieja que la tós", o "eso ya está superado, ahora la música ha avanzado mucho, es bastante mejor". Disculpad la arrogancia del adjetivo pero si no lo suelto y me lo quedo dentro puede enquistárseme: "estimado comentarista, es usted un ignorante".

Los Rebeldes nacieron allá por el 79 de la mano del mencionado Segarra, Aurelio Morata y Moisés Sorolla. Dentro de una onda rockabilly catalana, encabezada por el entonces ya icónico Loquillo, que, de hecho, apoyó a Segarra en sus inicios como padrino musical, actuando como manager en sus interpretaciones e incorporándole a las suyas propias como músico. Versiones de lo más granado del rock cincuentero americano, en el caso de Segarra especialmente plasmado en sus covers del malogrado Eddie Cochran.

El primer trabajo del combo bajo su nombre (ya habían participado en Los tiempos están cambiando, el trabajo de Loquillo con Intocables del 80) ve la luz en 1981 bajo el título de Cervezas, chicas y rockabilly. En un momento donde el rock no era ni mucho menos el estilo dominante y cuando, desde Madrid especialmente, tomaban protagonismo las derivaciones de la nueva ola anglosajona y la incorporación de sintetizadores a las composiciones, gente como Loquillo y Segarra se agarraban a las raíces del rock cincuentero americano como a una tabla salvavidas. Generando el germen de lo que casi una década más tarde eclosionará como la etapa dorada del rock español.

Los Rebeldes volverán por el blog. Algunos de sus temas serán etiquetados dentro de la sección de himnos, y otros los recuperaremos por el simple placer de traerlos de vuelta a los oídos. Hoy me quedo con un tema del comienzo, precisamente aquel que daba nombre a su primera galleta. Una declaración de las intenciones juveniles y hedonistas de esta música del diablo que se dió en llamar rock'n'roll.

Cosas buenas a tod@s.


viernes, 16 de noviembre de 2012

... y nació el "rock torero"

O al menos así le dió a Umbral por llamarlo.

Corría el año 1982 y el sello Tic Tac decidió editar un mini álbum recogiendo cuatro cortes de dos grupos punteros, gamberros e imaginativos del momento. Uno de esos grupos era Parálisis Permanente, el otro, el del rock torero, se llamaba Gabinete Caligari.

Y Gabinete lo formaban tres de los rockeros más emblemáticos que dió la época dorada del rock ibérico de finales del siglo XX, a saber: Jaime Urrutia (voz, guitarra), Ferni Presas (bajo) y Edi Clavo (batería).

No es el post de hablar de Gabinete. Es el post de hablar de ese primer trabajo que se editó de ellos, aquella cosa extraña junto a Parálisis en la que cada grupo colocó dos temas. En concreto de su tercer corte. Los Parálisis de Eduardo Benavente aportaron con Autosuficiencia y Tengo un pasajero, y los Gabinete con el tema que traigo hoy, Golpes, y con Sombras negras.

A estas alturas de la película me cuesta creer que alguien de más de 35 no haya escuchado Golpes por lo menos dos o tres veces en su vida, pero todo es posible. Una canción rompedora que ahora costaría seguramente sacar adelante, pero que en su tiempo se incluye dentro de una ola de libertad creativa y de iconoclasia radical. De las dos grandes temáticas caligarianas de los comienzos (sado y fetichismo castizo), Golpes se enmarca claramente en la primera. Provocación como vehículo.

De este álbum se editaron tan sólo mil copias. Se acabaron en un abrir y cerrar de ojos. Eso hizo que uno de los que sería sello emblema en su carrera, Tres Cipreses, decidiera re-editarlo. Por alguna razón que desconozco no repitieron la portada y acabó saliendo una fotografía diferente. En ambas dos figuras encontradas, dos especie de saleros-robot en la primera (o eso me ha parecido siempre a mi) y dos freakis de circo en la segunda. De glorioso blanco y negro ambas.

Imagen Imagen


Me gusta mucho el sonido de la guitarra en esta canción, así como lo delante que va el bajo. Se escucha perfectamente a los tres. Debe de ser eso que llaman algunos power trio, la mejor fórmula para el rock. Pero dejar que me regodee en la vocalización de Jaime. Enorme. Antes de que el estado actual copase todo (ando esperando la nueva ola punk que desmonte el tenderete que el indie nos tiene montado en la arena de la playa) había quien cantaba en este país haciendo gala de estar cantando. Leía el otro día a Loquillo en el Ruta diciendo que ya no quedan estrellas del rock, y añado yo: se ha matado al front-man. Es una pena, porque creo en el front-man, creo en Elvis, pero creo también en Javier Gurruchaga o en Alice Cooper. No es que odie el concepto actual, me cansa la homogeneidad (por extensión) de la propuesta.

Por eso, de vez en cuando, me pongo un disco de los Gabinete y recuerdo tiempos en los que la cosa daba más juego.

Golpes, un himno perverso, no hay duda.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Pequeñas historias de Benalúa de Guadix

Cuenta mi madre un chiste de forma un tanto recurrente. Un vecino de Benalúa se decide por visitar a un hermano que emigró a Alemania. Se dirige a la pequeña estación de autobuses del pueblo y pregunta: "un billete para Munich por favor?". El operario, que se lo mira, le responde "Verá usted, yo lo más que le puedo dar es un billete a Guadix, y desde allí usted mismo se busca la vida".
Llega el hombre a Guadix y, acercándose a la taquilla, pregunta:  "un billete para Munich por favor?". El empleado extrañado se mira la hora en el reloj de muñeca, levanta la vista y responde: "A ver, Munich no sé, pero sale un autobús a Granada dentro de media hora, si quiere le doy un billete".
Nuestro conocido llega a la estación de autobuses de Granada, se dirige a ventanilla y, optimista él, vuelve a preguntar: "un billete para Munich por favor?". La operaria le observa con incredulidad y le responde: "lo siento caballero, desde aquí lo más que puedo hacer es expedirle billete hasta el aeropuerto de Málaga, y allí usted mismo ya podrá preguntar"
Sin decaer en su empeño llega nuestro protagonista a Málaga y solicita un billete para Munich. Por fin, sin más demoras, consigue su tarjeta de embarque y vuela en busca de su hermano.
Tras una provechosa estancia nuestro ya amigo decide volver a su pueblo. Se acerca con su hermano a sacar los billetes de vuelta y, despistado y confiado solicita: "disculpe, un billete para Benalúa". A lo que la operaria alemana le responde "a Benalúa de las Villas o Benalúa de Guadix caballero?".

Bien, valga la anécdota para introducir que pasé por Benalúa de Guadix este verano y compartí, en excelente compañía, el día previo a un concierto de una banda de rock. Otro día comentamos esto si os parece. El caso es que la noche cayó, los focos se encendieron y el espectáculo comenzó. Y en medio de él: Los Deltonos.

Como no se trata de la banda más conocida del mundo, un par de apuntes sobre su ya larga trayectoria. Los Deltonos son un combo de cántabro de rock bluesero nacido a mediados de los 80 de la mano de su alma y líder Hendrik Röver. Me llegaron, tiempo ha, a través de su segundo trabajo, aquel Bien, mejor (1992) que visitaremos más adelante. Y lo cierto es que los tenía aparcados desde entonces. La ocasión la pintaban calva y la cogí por la melena.

En concierto los temas de su último trabajo, un La caja de los truenos que me ha acompañado esta semana. Leí durante los meses de verano alguna reseña al respecto, la mayoría insistiendo en el proceso de grabación directo de los temas. Hendrick ha preferido tener a la banda junta y sonando a la vez para intentar cazar el ambiente de la primera toma. Creo que el resultado lo expresa mejor que nada. Canciones cercanas, con una línea vocal algo baja pero muy creíble, como si se tratase de un ensayo general antes de meterse en estudio.

Y los temas de este trabajo son de esos que van entrando poco a poco. Me gusta más la melódica de Röver que su lírica. No acabo de entender la forma en que aprieta en ocasiones las palabras dentro de líneas que no dan ya más de sí. Sin embargo a la quinta, sexta escucha, eso se transforma en una especie de marchamos de la personalidad del compositor y pasa a ser creíble y conformar el esqueleto de la canción misma. Me pasa en Gasoil y chocolatinas sin ir más lejos, o en ese arranque genial de Lo que parece y esa segunda estrofa que tanto se me atragantó los primeros días. Por supuesto con El sector de los milagros. Aires a Quique González en A qué vino volver.

Sobre el escenario imprescindible el trabajo de esa sombra protectora que es Fernando Macaya.

El directo sonando espectacular. Puntuales y profesionales. La cosa esa a la que siempre recurre el perro viejo que ha tragado carretera: "oficio". Y después de 1000 kilómetros de furgoneta y show, el propio Hendrik destapando la maleta sobre la acera para sacar el merchandising y los compactos. La faceta de la carrera musical que no se observa desde casa. Allí me acerqué, allí le felicité y de allí me llevé esta galleta de temas menores pero sinceros. Dedicada en la portada al blog de su puño y letra. Luego, en frío, me ha dado verguenza escanearla y reproducirla. Me la quedo en la estantería.

A la mañana siguiente todos salimos de Benalúa, unos a recorrer 1000 kilómetros de vuelta, otros a re-encontrarnos con familias desperdigadas, algunos a afrontar retos profesionales con olor a etapas quemadas y horizontes nuevos. Todos dejando Benalúa en silencio de nuevo, habiendo firmado un trozito de una más de sus pequeñas historias.


Os dejo con un disparo de Hendrik y Fernando.

Cosas buenas a tod@s.


viernes, 7 de septiembre de 2012

Sonrisas ladeadas

Contaba Serrat en ese himno llamado Los Fantasmas del Roxy, tema que un día pasará por este blog, que había una vez, en un banco, una cajera desparramada por la sonrisa ladeada del fantasma de Clark Gable. Desde ese justo momento desee tener yo una sonrisa ladeada. Y la buscaba frente a un espejo. Y nunca daba con ella... Así las cosas no me quedó más alternativa, me la inventé.
Esta noche la saco a pasear. Y lo hago por un colega que sigue este blog con extraña fruición últimamente. Creo que es él. No conozco nadie más en su ciudad.
Él me abrió algunas puertas a algunos grupos, imagino que lo hice yo con otros. El grupo que traigo hoy lo conozco porque él se empeñó en ello. Vinieron, sonaron, y se quedaron. Se llamaban Los Flechazos, y, si no los conocéis, no podéis imaginaros hasta dónde puede llegar el pop nacional, el surf y la movida mod más carnavalera.

Como esta entrada es una sonrisa ladeada, no explicaré cuando empezaron, ni de donde son, ni cuantos trabajos lanzaron ni por qué se separaron. No hablaré del productor ni comentaré qué me parecía Alejandro Díez al frente de la banda. Pasaré por alto el día que les ví en directo y la impresión fría y escéptica que me llevé. Hablaré hoy de la cara iluminada de Los Flechazos.


Los Flechazos es una banda para conocer cuando uno tiene veinte años. Y es importante porque la mitad de la emoción se encierra en poder creerte sus letras. No es que mantengan un nivel muy uniforme, pero hay un buen puñado de ellas (podría citar seis o siete rápido) que merecen estar en lo más alto de la escalera de color  del juego. Hoy traigo una de ellas.

Para mí son canciones que te llevan a una de dos conclusiones:  pedirte la primera o pedirte la siguiente.

Luego pasa el tiempo y queda la música. Para mí personalmente ha envejecido muy bien. Me fastidia un poco que se haya grabado tan baja, pero si algún "jersey-de-cuello-vuelto" me lee se encargará de ponerme en mi sitio. El resultado no ha perdido fuerza. Y puede ser, lo decía antes, porque aún me creo las letras.

La canción de hoy se llama La chica de Mel.
Si tienes la suerte de no concerla, párate aquí y escúchala (la tienes más abajo).
Si, amigo, ya la conoces, qué te puedo contar? por ejemplo, que me gusta que hay que darle más de una vuelta para reconocer de qué está hablando realmente. Esto me hizo girar al principio. Los guiños a NYC, a Breakfast at Tiffany's, a Mel Ramos,... hasta el punto de haber tenido varias interpretaciones y haber estado encantado con cada una de ellas. Por eso mismo no diré la mía. Que cada cual saque la propia.

Volverán por aquí. Sin duda.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 26 de agosto de 2012

Un ejercicio de arrogancia

Escuchar a Los Ilegales no es un ejercicio de arrogancia (como su vocalista y alma, Jorge Martínez, decía que era el rock'n'roll) sino un placer inexcusable y hasta me atrevería a decir que de obligada práctica. Especialmente en éste su primer y homónimo trabajo, un producto del 82 que, gracias a alguien con dos dedos de frente, fue relanzado en el 2005 por los propios miembros del grupo para disfrute de la chavalería.


Y empezaré por el valor icónico del álbum. A mi parecer la gran portada del rock ibérico de los 80. Incluso diría que la gran portada del rock ibérico de todos los tiempos. Una foto de la genial Ouka Lelé presentando a un tipo maduro y desesperado segundos antes de descerrajarse un tiro en la sien. Impactante y a la vez agridulce con el juego de colores cálidos haciendo hasta...¿agradable? la escena. Postal muy propia para estos tiempos revueltos donde la mitad de la población desespera por buscarse la vida y la otra mitad desespera por poder respirar mientras lo hace. Tiempos de rock'n'roll apropiados para recetas sin copago a base de píldoras guitarreras y sonidos ácidos y cortantes como los de los asturianos.

Y por supuesto, dentro, las canciones.
Éste es un trabajo del que podría pararme casi en cada tema. No es que todos los diecisiete temas (la re-edición contaba con un jugoso añadido sobre los doce cortes del trabajo inicial) sean obras maestras, pero podría sin mucho margen de riesgo citar algunos rápidamente como canciones del más alto nivel de la música popular patria. Léase Tiempos nuevos, tiempos salvajes, Yo soy quien espía losjuegos de los niños, Me sueltan mañana, ¡Hola mamoncete!, La casa del misterio o La fiesta.

Y me gustan los dos componentes básicos de la fórmula, letra y melodía. Las letras de Jorge no son gratuitas. Dentro de la aparente simplicidad juegan con la ironía y la capacidad de sorpresa, de pregunta o de indignación del oyente. Con su intranquilidad incluso, si me permitís. Adentrándose de pleno en la incorrección política para dar a luz cortes como Heil Hitler!, del que el propio vocalista y compositor diría años después que había sido un ejercicio de provocación calculado, dirigido a escandalizar y meter el dedo en el ojo a los hippies que no una forma de alineación con grupos de extrema derecha. El caso (y esto es más de mi propia cosecha) es que cierta juventud cercana a esta tendencia sí que asumió a grupos como Los Ilegales (o Los Nikis, sin ir más lejos) como altavoces más o menos dicharacheros de sus planteamientos. Mucha parte de esa masa ligada con grupos ultras de clubes de futbol de grandes ciudades. Me pregunto, sin embargo, qué actitud tomarían estos chavales delante de temas (sigamos centrados con Los Ilegales, que de eso va el asunto hoy) como Princesa equivocada (de la que Maná podría hacer un cover cualquier día y la práctica totalidad de su parroquia la tomaría como composición original) o No me acaricies el pelo (de la que el mismísimo David Summer podría salir airoso). Posiblemente avanzaban la cinta. O posiblemente se quedaban en la espuma de la superficie de un par de frases intransigentes y no hacían el más mínimo análisis musical de lo escuchado. Eso sería entrar en cultura.
Y me quedaba la otra mitad, la melodía. Esas guitarras, con sus reminiscencias ska, la directa, sencilla pero eficiente producción (pensémos cuándo se hizo y de qué grupo por aquel entonces hablamos). Unos golpes melódicos en algunos temas sencillamente geniales.

Y dos nombres curiosos para acabar que tienen mucho que ver con el punto al que llegaron los asturianos. Una vez más (y van mil) Jesús Ordovás (comentarista y divulgador musical en mil frentes, Disco Express sin ir más lejos, o director del Diario Pop de Radio 3 desde el 79) quien les abrió las puertas de la masa, o, y esto sí que es una sorpresa que leo en La Fonoteca, Víctor Manuel (el de Ana Belén, sí), que metió mano y les pasó para su segundo trabajo a grabar para Epic (de la que era accionista) mediante la compra de la Sociedad Fonográfica Asturiana. Los empujones de ambos son los que hicieron que su nombre comenzase a circular de boca en boca en aquellos mediados 80 de movidas madrileñas y grupos de rock urbano.

Dos cortes de este su primer álbum para ejemplificar lo hablado. Pero no los más punteros, para esos tengo otros destinos que vendrán con el tiempo.

Cosas buenas a tod@s.



lunes, 20 de agosto de 2012

Surf ibérico

Los Coronas son un combo que poca presentación necesita a estas alturas de la película.
Se encuentran en mi lista de "debe" junto con miles de bandas y la última semana del curso acabado a  veintisiete de Julio se la dediqué a ellos y ese trabajo de música surf llamado, oh capacidad descriptiva!, Surfin Tecnochtitlan.
A mi lo de Tenochtitlan, dentro de la música, me trae el tema de Casany y sus Seguridad Social a la cabeza (tema que rescataremos en otro momento). Y poco me esperaba yo lo que me iba a encontrar en este álbum.
Instrumental quiere decir instrumental, con lo cual el mayor mensaje que hay es el implícito de reconocer la maravillosa técnica a las seis cuerdas que estos destilan. Le debo escuchas en silencio, sin el crujir de la carretera mascándome la goma de los neumáticos, sin los motores veloces que me avanzan por la izquierda ansiosos de comenzar la jornada, para hacer una de esas escuchas en que buscas las pistas con cuidado, separando los instrumentos en la cabeza saboreando cada nota. Es frikismo musical, pero como todo frikismo, es gozada pura para el que lo disfruta.

Disto mucho de conocer de la música surf algo más allá de las escuchas que la peli Pulp Fiction me indujo respecto del material de Dick Dale y sus Del Tones. Slides acentuadas que hasta se me antojan esperpénticas cuando el oído aún no se ha hecho a sus estructuras. Despertando en el neófito una sensación que me expresó una vez un conocido (y profundo ignorante del cante jondo) al espetarme sin siquiera inmutarse lo más mínimo "en el flamenco hay varios cantes? pero si el flamenco suena todo lo mismo. Es flamenco, y punto". Este sujeto, con el que no por esta razón, vaya por delante, ya no trato, hablaba con la valentía que el desconocimiento imbuye en sus adeptos (yo mismo en miles de campos). Sin embargo esconde una verdad inalienable y universal: cuando las diferencias entre distintos temas entran dentro de lo infinitesimal, de lo mínimo, de lo miniaturizado, el oído desentrenado pasa por alto las diferencias y tiende a englobarlo todo bajo la misma etiqueta. Me pasó inicialmente con Dale y, gracias al ejercicio realizado con él, no me ha pasado ahora con Los Coronas.

Si el solitario (porque no somos una gran comunidad) lector de este blog se atreve con la escucha y se sabe propietario de un oído similar, dése su tiempo, configure en la medida de lo posible el álbum como banda sonora de su cotidianeidad durante un par de semanas, haga de los riffs y los vientos su ruido de fondo particular fusionado al del crujir de las patatas friéndose en la sartén o las risas de los tertulianos del programa rosa de la televisión. Encontrará entonces, tras unos días, la definición precisa. Donde antes el mar se veía uniforme, comenzarán a distinguirse las olas. Que es música surf, de eso se trata.

Cosas buenas a tod@s.


miércoles, 11 de julio de 2012

A escasos siete metros del escenario

Desde luego no fue Miguel Ríos quien lo inventó. La música se hace a los escenarios allá donde va y la remarcable gira del rockero granadino fue una demostración, la enésima, de que juntar cosos taurinos y rock&roll no es combinación que dé lugar a malos resultados.

Todo esto viene a colación de un himno que el otro día volvía a colárseme en la cabeza. Yo tendría catorce o quince años cuando vi por vez primera en directo a quienes me ocupan hoy. Quizás dieciséis, aunque no me salen las cuentas entonces. Después de una etapa de movida madrileña y una de heavy-rock, me vino la pasión por ese rock más callejero y desnudo que defendían grupos que iban desde Burning a La Frontera. Y toda esa generación de músicos tuvo un grupo significativo, posiblemente no el que más cuota de mi tiempo absorbió, pero sin duda uno de los de cabecera: Loquillo y los Trogloditas.

Como tantos otros grupos del momento la música de éstos me vino, via cinta de casette, de la mano de mis primos, todos ellos mayores que yo. Precisamente la canción que traigo hoy es una de las primeras que recuerdo en boca de una prima mía, sacando morritos y frunciendo el ceño balbuceando las estrofas para marcar la frase del estribillo al final. Cuando finalmente la escuché de boca del protagonista la reconocí enseguida, la había estado escuchando cientos de veces en la radio aunque me había pasado casi desapercibida.
Es curioso como hay melodías que se nos pasan por alto hasta que alguien nos las referencía y nos hace prestarles una diferente atención. Melodías que, escuchadas con cuidado, se nos acaban convirtiendo en banda sonora y las arrastramos años enteros sin explicarnos como habrían pasado tantas veces a nuestro lado sin habernos hecho volver la cabeza. Esto, ya pasa, no sólo ocurre con las canciones.

El caso es que aquella tarde de primavera en que asistí al concierto del Loco y los suyos, me pasé buena parte del concierto esperando este tema, con miedo a que no lo hubiesen seleccionado y tuviese que esperar mejor ocasión para oírselo tocar. No sólo me pasó con esta canción, pero hoy es la que nos ocupa.

La tarde empezó a caer y sobre una enorme sábana blanca que cubría el escenario se proyectaron las sombras de cada uno de los componentes del grupo mientras arrancaban los acordes de PiratasSergio Fecé, Ricard Puig Domenech, Jordi Vila y, como no, finalmente, Loquillo. Y allí me quedé con cara de vaca mirando al tren sobre el albero de la plaza. Los ojos como platos. Las orejas abiertas de par en par. A escasos siete metros del escenario.

Cayeron casi todas.
Como me ha pasado en otros conciertos el movimiento de la gente, los saltos, las cervezas... me apartaron del resto (o me aparté a conciencia, o fueron ellos los que se apartaron,... poco importa). Así recuerdo haber seguido y vivido el concierto a mi aire, saboreando la descarga de rock ibérico que me regalaron aquella noche en solitario. Sudando, bebiendo, escuchando, mirando.
Construyendo recuerdos, así se forjan los himnos, algunos tan enraizados en mi subconsciente como este Chanel, Cocaína y Don Perignon. Pura reserva.

Cosas buenas a tod@s.

sábado, 7 de julio de 2012

El Sachtmo y la movida de Vigo

No lo conocí, la distancia que separa Vigo del sur de España es (erá más entonces) demasiado grande como para permitirme haberlo hecho. Aunque, antes de entrar en detalles, habría que explicar un poco qué fue el Sachtmo.

Hagamos una analogía, la evidente, la más cercana al fenómeno Sachtmo, la madre del mismo y la respuesta inmediata: el Rockola. Rockola fue uno de los centros donde se gestó y se alimentó la Movida Madrileña. Lugar de encuentro (no de forma exclusiva) de los personajes principales de aquel movimiento socio-cultural que tuvo lugar en la España que iba pensando en dar carpetazo a la transición para hacerse a un orden nuevo de cosas. Bar, sala de conciertos, espacio de exposiciones, el Rockola fue la casa de todos de aquellos años.

En otra escala, a otro nivel, desde luego, pero con el mismo espíritu, encontramos al Sachtmo, en Vigo. Posiblemente, de forma contemporánea a Madrid, la segunda explosión de cultura juvenil (ligada a la música popular) más importante del momento tuvo lugar en Vigo. Y tuvo, qué duda cabe, un grupo seminal: Siniestro Total.

Los Siniestro de entonces (Julián Hernández, Germán Coppini, Miguel Costas y Alberto Torrado) comenzaron sus andanzas públicas, entre otros lugares, ahí, en el Sachtmo. Al principio sin nombre, bueno, mejor dicho, con un nombre diferente cada noche, pero con la convicción de estar formando parte de algo. Con tesón, y un ojo puesto inteligentemente en Madrid de forma constante, lograron que su ambición diera frutos cuando ese elemento indispensable del periodismo musical de este país (Jesús Ordovás) radió una maqueta de ellos en el programa Esto no es Hawai de Radio 3.


Me salto mil detalles y anécdotas, pero la historia de los Siniestro expresa perfectamente el devenir de un grupo de chavales enamorados de la música e intentando encontrar una forma de expresarla. Sin convicciones de vivir de ella en un principio, pero dejándose creer el cuento a medida que los acontecimientos se precipitan y avanzan. Tirando de coche, de tren, recorriendo mil veces el eje Galicia-Madrid para estar donde había que estar en cada momento.

Toda esa vida de grupo de chavales buscándose la oportunidad de tocar les pone en contacto con mucha gente del momento. Influyen más que son influidos, y comienzan a generar una huella que se deja notar en bandas que surgirán a partir de los cuatro miembros originales.

Germán comienza a juntarse con un multiintrumentista llamado Teo Cardalda para musicalizar algunas letras que no acaban de convencer, por serias, al resto de los Siniestro (especialmente a Julián y Miguel). De ahí nacerán los Golpes Bajos, y de éstos, a través de Teo, los Cómplices. Germán seguirá su andadura posteriormente como solista.
Miguel, por su parte, fundará Aerolíneas Federales. 
Julián, que ha ido generando una curiosidad por músicas más complejas como CAN o el mismo John Cale, entra en contacto con gente nueva, propia de ambientes más cultivados, y llega a establecer una relación con Antón Reixa. Si bien al comienzo la relación entre esta nueva gente y el resto de integrantes de Siniestro no va a ser sencilla, con el tiempo se transformará en algo natural y  cercano. Antón será una de las piezas fundamentales de Os Resentidos, de donde en parte saldrán Los Motores.
Incluso, basándose en bases de Julián, dan sus primeros pasos los Def Con Dos.

En definitiva, a principios de los 80 se genera en el entorno de la ría un núcleo de movimiento juvenil que dejará marcado el panorama nacional con su inventiva, su forma fresca y atrevida de atreverse con covers (versiones) de los clásicos,  con su punto irreverente y su infrenable ilusión. Tenemos la suerte de tenerles aún dando la barrila. No les desaprovechemos.

Canciones de Siniestro hay unas cuantas, y no quiero aquí gastar balas que van a ir, con todos los honores, en otras etiquetas. Como hablamos de los comienzos, dejémosnos caer por ellos.

Cosas buenas a tod@s.



viernes, 29 de junio de 2012

Con voz de niñato

Hubo un tiempo en que solía repetir que una diferencia entre la música nacional que se hacía en los 80 y primeros 90 y el escenario actual de finales de la primera decada del 2000 y comienzos de la siguiente era la diversidad de estilos personales que se barajaban entonces y la uniformidad (relativa) que reina ahora.

Por suerte tenemos hoy día voces nuevas personales e identificables como las de mi querido Jero Romero, pero hubo un tiempo donde eso era lo normal. Desde Manolo García a Jaime de Urrutia, de Jaime Ojeda a Javier Gurruchaga, cada uno introducía una forma de cantar completamente diferente al otro. Un timbre y una textura marca de la casa que dejaba, desde la primera sílaba, un marchamos diseñado a golpes de NDA y escarceos culturales limitados por una tecnología diferente (que no peor).

Una de esas voces era el descarado tono de niñato de ese artista como la copa de un pino que es Coque Malla. Así de claro. Para que vayan rasgándose las vestiduras los que piensen que esas coplas que nos regalaron (bueno, que les compramos) Los Ronaldos eran pachanga de orquesta de furgoneta para las fiestas patronales de pueblos de segunda.

Viví durante un tiempo con aquella anécdota (aún por contrastar) que mezcla a éstos con Chuck Berry. Cuando el arquitecto del rock vino por estas tierras realizó varias audiciones para decidir la banda que le haría de acompañamiento. Tras escuchar a unos cuantos no lo dudó, en cuanto Luis, Coque y el resto se pusieron manos a la obra los incorporó, cuenta la leyenda, de inmediato. No necesitaba la anécdota para escucharlos con obsesión, pero siempre ayuda a apuntalar pequeños huecos que le quedan a uno respecto de ciertas bandas no reconocidas por la crítica, digamos, "de culto".

Iré trayendo temas de ellos por el blog, con o sin explicaciones, pero ya tocaba dejar caer el primero. Y para ello me quedo con este Guárdalo con amor, título con quien alguien nombró, con buen ojo, un recopilatorio que saldría tiempo después.

Rock patrio sin complejos y con carga de sobra para mover las caderas y los codos (cada uno para lo propio).

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 13 de mayo de 2012

Escenario vacío

No tenemos ya a ninguno de los tres para sacarse palomas de la chistera. Pero les tuvimos. Les disfrutamos, y aún podemos rememorarlos en sus canciones, en las generosas grabaciones de que disponemos. Tres caballeros que defendieron, aferrados a sus guitarras, el rock en tierra extraña. Tres padrinos (como en la peli de Ford) de la música popular de este país: Enrique Urquijo, Pepe Risi y Antonio Vega.

No sabría decir a quién debo más de los tres el consumo compulsivo de música, la escucha constante, el despertar de la pasión por el ruido. Geniales los tres, cada uno en su terreno. Valientes en el sentido literal del término. Suicidas también, avanzados. Quisieron explorar el camino y conocer a dónde llegaba. Sacarle a sus instrumentos y a sus cerebros la última gota de esencia de inspiración, de locura, de genio.


No pretendo hacer de este un post de datos. No mezclaré aquí las discografías ni las fechas con las sensaciones. Ni siquiera entraré en cada uno. Dejo esto para otro momento. Hoy me crucé con un tema de Antonio que se llama Antes de haber nacido y se me vinieron los tres a la cabeza como un disparo.

Sólamente por eso quería dejar un tema de cada uno aquí. Por si alguien tiene la suerte de no conocerles y se encuentra de boca con sus músicas.

Cosas buenas a tod@s.





miércoles, 11 de abril de 2012

La edad de la inocencia

Perdemos la inocencia en el primer momento en que somos capaces de ver que la tuvimos y no hacemos ya pretensión alguna por ocultarlo. Todos pasamos por ahí y llevarlo de la mejor manera posible ayuda a sacar mayor partido de su paso y a convivir de forma más llevadera con su sombra alargada. El que aún mantiene sobre esa inocencia una actitud de enfrentamiento, de ridiculización o de sorna, posiblemente se encuentre recorriendo todavía el camino de su pérdida.

Todo, también la España musical moderna, tuvo su edad de la inocencia. La vivió allá en los años sesenta, de la mano de un grupo de jóvenes con más ilusión que escuela que soñaban con emular lo que otros explotaban fuera de nuestras fronteras, en Inglaterra fundamentalmente y, más adelante, en Estados Unidos. Jóvenes universitarios la mayoría, muchos burgueses, de vuelta de estancias en el extranjero otros. Ansiosos todos por romper con las aburridas tradiciones de sus padres y de su entorno. Ávidos por sacudirse el polvo de la música pasada por oficialidad y pandereta. Primero como un inocente movimiento underground. Más adelante como una institucionalización para acabar convirtiéndose en el nuevo mainstream del panorama nacional, encontrar sus espacios en radios y televisión, y generar una tendencia iconoclasta y rompedora.

Tocar una guitarra eléctrica en la España de los sesenta no era tarea sencilla. En primer lugar por haber dado espacio a que la simple idea apareciera. En segundo por hacerse físicamente con el instrumento. Serían muchos los nombres que habría que ir listando, y no es tampoco objeto del post el honrar a todos ellos de forma particular sino el de señalar con el dedo a los iniciadores de todo. El paso pequeño pero decidido de ellos primero, y de cada uno de los que ha venido detrás después, hacen del escenario musical patrio actual el que es.

Mirados con prejuicio y escepticismo pueden provocar la risa. Ninguno de ellos pasó por lo que tuvo que pasar Chuck Berry para haber de creerse su música como él lo hacía. Por eso aparecen tan cándidos. Como meros imitadores, sí, pero como decididos emprendedores en un terreno desierto y desagradecido. Y, como en toda época, hubo también de todo. Trozos de carbón que acabaron en diamante y oportunistas sin madera que se subieron al carro para conocer más chicas que nadie o salir por la radio en las tardes de domingo. Algunos iremos trayendo al blog. Y alguno (y alguna) que hará rascarse más de una cabeza. Si tenemos que meternos en algún charco nos meteremos. Creo que hay mucha verguenza ajena en este campo y mucho juicio a priori.

Y como todo cabe empezarlo con un primer paso, este primer paso va a ser el traer aquí al que para mí fue el mejor grupo de esta época. Me gusta tanto que lo traeré más de una vez. Incluso algún himno personal les pertenece. Una alineación mítica. Un supergrupo que formaron originalmente Fernando Arbex (batería), Juan Pardo (voz y guitarra), Antonio Morales "Junior" (voz y guitarra) y Manuel González (bajo). De vuelta de formaciones anteriores como Los Estudiantes o Los Pekenikes, estos cuatro juntaron fuerzas bajo el auspicio de Luis Sartorius, el que era, a la postre, director artístico de Philips (leo en La Fonoteca). Habían nacido Los Brincos.


Los Brincos fue posiblemente el primer combo completamente "moderno" que tuvimos. "Moderno" por la forma en que afrontaron sus temas, buscando no sólo la autocomposición, sino adjudicando la autoría de los mismos al grupo como una entidad. Trabajando un marketing profesional y avanzado: cuidando el look, la promoción en canales como radio y televisión. Entendiendo el producto de una forma profesional. Utilizando de forma decidida el castellano en sus temas. Incorporando motivos locales y generando una vertiente nueva, produciendo la metamorfosis del merseybeat en lo que será un arrebato de autodeterminación más adelante por la segunda hornada setetentera de rockeros nacionales.

Como vendrán más, contaremos más cosas de ellos en otro momento. Escuchad por favor esta entrada de guitarra y estos arreglos vocales en falsete. Empezábamos a creérnoslo, éramos capaces de hacerlo...y lo hacíamos bien.

Cosas buenas a tod@s.


sábado, 4 de febrero de 2012

Efectos secundarios de La Gramola

Ayer recuperé un pequeño vicio (de los confesables), y volví a dar la tabarra un rato con música diversa en el muro del Facebook. Creo, por suerte, que nadie me ha borrado de su lista de amistades. Al menos de momento.

La tecnología, esa fría dama de mirada inexcrutable, tiene la culpa. Como lo pasé muy bien acompañando el cortado, el chupito y el cigarro de Vegafina con los acordes del rock y los comentarios de los colegas, pensándome estoy en serio el pasar por algún supermercado (o donde demonios se compren estas máquinas), soltar la mosca y dejar que el último Dual Core de turno entre a formar parte del mobiliario doméstico.

Pero, particularidades aparte (¿por qué "aparte" se escribe junto? no hay forma de generar reglas pnemotécnicas así), ayer me decanté por el rock urbano patrio, esa extraña subcategoría con marchamos de tortilla de patatas y jamón serrano con Rioja.
Y lo hice con bandas como Leño, Barón Rojo, Obús, Extremoduro, Platero y tú o los Burning.

Como precisamente estuve hablando por la mañana de los hermanos Castro y tarareando (mentira, canturreando el estribillo) el "Picos de Oro", se me ha ocurrido esta mañana al despertarme, que se merecerían, tanto como cualquier otro grupo, tener cuanto menos una mención en esta amalgama de "pseudo-artículos" (como los llama un antiguo buen amigo, hoy mero "conocido lejano").

Conocí a los Barón por los vinilos de mi hermano. Él fue quien me enseñó a tener la paciencia de escuchar las letras. En reconocer ese fondo que el rock de finales de los setenta se afanaba en incluir en todas las canciones en este país recién salido de la nevera, la cara oculta de una moneda que presentaba por su otro lado el hedonismo, la superficialidad y la frugalidad del movimiento Movida personificado en, Kaka de Luxe a la cabeza, los niños bien de la burguesía madrileña.


El rock urbano nació en la periferia, en los barrios obreros de la capital, en La Elipa, en Vallecas, en San Blas, en Carabanchel. Se adueñó de los garitos más infectos y, sobretodo, de la calle, de los parques y de las plazas. Lo recogió el sello Chapa y lo amamantó hasta convertirlo en un consistente aunque secundario oscuro objeto del deseo. La parte positiva es que ha sobrevivido a todos los demás. Aún se puede escuchar a los Barón en concierto. Ni Derribos Arias, ni Aerolíneas Federales ni Parálisis Permanente (snif Poch), pueden decir lo mismo aunque fuera a base de alineaciones diferentes a la original. Y no creo que esto sea demérito de los que se quedaron en el camino, pero sí que es cromosoma de los que resistieron. Por no saber hacer otra cosa, por vivir el rock más allá de la industria, por entenderlo como una elección igual que el cirujano secciona tejidos en silencio o la panadera descarga bandejas de medias lunas de madrugada.

Los Barón Rojo aparecen en escena tras la salida de los hermanos Castro (Armando y Carlos) de un grupo previo, Coz. Coz, en sus inicios, fue banda de sonido metalero en sentido estricto. Junto a los Castro se encontraban Tony Urbano (que acabaría más tarde llevando el bajo de los Leño) y Juan Márquez, que fue el verdadero alma de los Coz como tales, y que fue quien los llevó a la comercialidad por la transformación hasta conseguir ese rock and roll delicioso y sentimental que es Las chicas son Guerreras. Para entonces los Castro habían saltado por la barandilla y nadaban camino de otra orilla.

En 1980, uniéndose a Hermes Calabria y a José Luis Campuzano, dan a luz al gran nombre del metal español (como particularidad y espacio dentro del rock). Y con ellos llegó el espectáculo. Los estadios, los watios, el show business aplicado al rock. Ellos y Miguel Ríos abrieron los estadios de futbol y las plazas de toros al rock multitudinario con un único cabeza de cartel. Larga vida al rock&roll, Volumen Brutal, Metalmorfosis, En un lugar de la Marcha o Siempre estáis allí han quedado para demostrarlo.

Recuerdo un comentario en la radio de la época en que los Héroes del Silencio comenzaron a vender discos de forma notoria en Alemania. Ante un corrillo de contertulios encantados de haberse conocido, alguien, ni idea de quién, apostillaba que no estábamos ante una acontecimiento singular en la música popular ibérica. Ya años antes un grupo de aquí se había encaramado a las listas alemanas y británicas. En aquella ya lejana primera mitad de los 80. Y no era otro que los Barón Rojo.

Larga vida al Barón.

Cosas buenas a tod@s.



lunes, 23 de enero de 2012

Himnos

Casualidades de la vida, se me cruzó en el camino hace unos años una persona que, sin pretenderlo, me educó respecto a la música y a la actitud ante ella. Tiempo después la perspectiva me permitió distinguir entre mi antigua actitud y la corriente.

Y es que hubo un tiempo donde no buscaba canciones o melodías, buscaba himnos. Temas en los que sentirme identificado de alguna forma, bien por el lugar de donde venían los que lo interpretaban, bien por la historia que contaban,bien por los protagonistas que utilizaban, bien por los sitios donde los oía o la gente misma que los conocía y los cantaba. En aquella época, más que nunca, la música era un nexo de unión más, un vehículo de comunicación tan directo como el idioma mismo.

La contrapartida a todo esto era el inmovilismo. Si la música es un medio de comunicación, las dos partes que pretendan comunicarse deben de conocerla y saber utilizarla. Aquí llegaba mi punto final. De forma que volvía a la parte que me permitía esa comunión una vez y otra.

Hoy es diferente. Gracias a ello he llegado a sitios que desechaba al instante con anterioridad. A esto ayuda cambiar de forma de vida, tener el doble de edad, en definitiva, haber cambiado el rol que la música juega (que no su importancia). Y, en parte, no deja de tener su cierta tristeza. De una forma instintiva la música jugaba antes un papel práctico indiscutible (como decía, de pura comunicación), hoy día es más una especie de objeto de estudio, atrayente, sí, imprescindible, también, inevitable en mi caso, pero buscado, y en consecuencia integrado. Más artificial, si se me permite la expresión, que antes.
Peaje o no de una vida medianamente ordenada, la música no se ha esfumado, pero sí se ha transformado.

Sin embargo, aún hoy, de tanto en tanto, escuchando alguna nueva canción, las ondas me traen el viejo perfume de los himnos, y aprieto el "||<" del equipo una vez, y dos, lo pulso una tercera incluso con cierto sentimiento de culpa. Y me encuentro prestando atención a la letra no ya para entender lo que dice, sino para memorizarla. Para transformar esa nueva cosa que escucho en ese produto que tanto he fabricado antes.

Por todo esto el otro día pensé que era hora de hablar también de los himnos. Y, para empezar por uno cualquiera, mejor empezar por uno de los grandes.

"La Torre de la vela" era el sexto corte que los granadinos 091 incluyeron en su tercer LP: "Debajo de las piedras".
Posiblemente por la referencia explícita del título, la canciòn se convirtió en todo un himno entre los seguidores más cercanos, los de su misma ciudad. Por si faltaba alguna pretensión, un riff conciso y adictivo de Lapido daba la puntilla.


Cosas buenas a tod@s.

jueves, 12 de enero de 2012

Cerca

Hablé en un pasado y en otros sitios de gente como Nu Niles y Fuckin' Bollocks. Hoy toca hablar de otros que tal bailan. Se llaman Biscuits y son de Vilanova.
Demuestran que, con ganas, se puede hacer rock aquí.

Los podéis encontrar en varios sitios, en su myspace (donde, en el momento de publicar este post tienen colgado aún su anterior LP (Cinnamon Fade Out)), en el spoty (Memorabilia (2011) y Cinnamon Fade Out (2009)) , incluso en su desactualizado blog, aunque no creo que valga de mucho leer qué hacían en 2005.

Cuenta Eduardo Ranedo en el Ruta de este mes que digieren de muy buena manera las influencias de un rock hecho a la manera clásica para reportar canciones redondas, de esas que te enganchan precisamente por estar guisadas a la manera tradicional.
Yo he estado escuchando Memorabilia y me ha gustado, poco más puedo decir. Eso, y que los que opinan que la música está muriendo debieran de darse un paseo por el subsuelo de la industria.

Cosas buenas a tod@s.