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viernes, 14 de noviembre de 2014

La melodía como evolución

En el Ruta 66 de este mes entrevista Jorge Salas a Lee Ranaldo y le aborda con un tema tan viejo como el r'n'r: la evolución musical a traves de la desaceleración y el encuentro con la melodía. No es mal tema este. Refiere Jorge a declaraciones de Gareth Liddiard, vocalista de The Drones, al respecto, viniendo a decir que a cierta edad tocar rápido ya no tiene gracia.

Creo que el bueno de Gareth no estuvo muy afortunado en formular la frase aunque creo entender que el trasfondo es el mismo que se depura del comentario de Ranaldo al respecto: que con el paso del tiempo aparecen lecturas más profundas sobre todo, la música también, y esto le hace a uno ir fijandose en detalles y realzando matices que se escapan en el ataque necesario y brutal (por instintivo) sobre los intrumentos que se hace a edades tempranas.

No hay obligación de versionar en clave de punk la inacabada de Schubert como no la hay tampoco en convertir a cuarteto de cuerda el Oi!oi!oi! de los Cockney Rejects, cada cosa tiene y debe tener su lugar y su tiempo. Sin embargo para este falsario tiene un interés especial la evolución desde sonidos primarios a estructuras más complejas (sean estas ortodoxas según la teoría musical y la armonía, o completamente rompedoras (aunque la atonalidad o el ruido no tengan nada de rompedor a estas alturas de la película)). De hecho la combinación suele dar resultados fabulosos. No hay como juntar la rebeldía y la fuerza, el instinto primario, con la evolución y el enmarañamiento del conocimiento. Hay casos a doquier, desde Fermín Muguruza en tierras cercanas hasta Joe Strummer en el cajón de la memoria.

A veces estos cambios se toman años. No se trata de volantazos y derrapes sino de transformaciones que uno puede ir persiguiendo trabajo a trabajo. Comprobando el cambio de colaboradores y productores, la disolución y reconstrucción de bandas. Como es el caso que me trajo a la memoria el artículo de Salas, la banda que formaron Steve Jones y Paul Cook cuando los Sex Pistols se fueron al garete: The Professionals. No es una banda muy conocida, y tampoco recuerdo cómo llegué hasta ellos. En su trabajo homónimo de 1980 (publicado una década después) se puede encontrar uno de esos cambios infinitesimales que comentaba arriba. Es pequeño (no tan pequeño en cortes como Just Another Dream) pero decidido. Y me encanta. Ah la melodía, la eterna vilipendiada por cursi, por moña, pero lo jodido que es poder dominarla, comprenderla, e introducirse en ella sin caer en el tópico. Que se lo digan a McCartney o a Stevie Wonder, a los H-D-H o a Leiber&Stoller...

Cosas buenas a tod@s.




sábado, 6 de abril de 2013

Atajos, trucos, revoluciones

Hay grupos que tienes que conocer si quieres que los gafa-pasta no te claven sus miradas de desprecio por encima del marco de las lentes. Uno de ellos es Pixies. Los Pixies, que decimos por aquí. Y, por qué? . Pues porque los Pixies llevaron la música a unas coordenadas que sirvieron de punto de partida a muchas cosas a posteriori. Algunas de esas cosas mundialmente conocidas y tarareadas por todos. Es, como digo yo, el "truco argentino" (y que no se me enfaden por favor los argentinos con esto). Me explico.

He conocido algunos argentinos en mi vida. Como no existía vinculación alguna entre ellos más allá de la nacionalidad, entiendo que el lugar común que les encontré forma parte más de la indiosincrasia de su pueblo que de rasgos de caracter personales de cada uno. Uno de esos lugares comunes es el atajo. A un argentino nunca le falta una respuesta. Y no sólo eso, es que habitualmente la respuesta es un camino en línea recta entre algo conocido pero inexplicable a primera instancia, y algo conocido y explicable (no siempre de forma racional), aunque a priori desconectado completamente del origen. De los mil ejemplos que podría poner se me viene a la cabeza Darín respondiendo a García-Siñeriz que al contrario de las rebecas hechas de lana, la pelambre de las ovejas, del animalico vaya, no encoje (sobre el bicho) cuando se moja debido al flujo sanguíneo (en este caso el segundo punto tiene una explicación racional).

Llevando el "truco argentino" a lo que nos ocupa, la pregunta debería de concretarse en algo parecido a... de donde viene la distorsión de algunas guitarras y las alternancias de sonidos fuertes y bajos en los temas de buena parte de la producción musical rock alternativa americana de los 90?. Y la respuesta, el atajo, sería: Pixies. Por qué? por gente como Kurt Cobain y sus declaraciones a la hora de contextualizar algo tan de uso público como el Smells like teen spirit, sin ir más lejos.


 En este blog ya hemos mencionado que la cosa ésta de ensuciar viene de más lejos. Sin descubrir misterio alguno deberíamos de remontarnos a Detroit y a NYC, pero no toca hoy repetir lo ya dicho. Pixies (Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering) se forman en Boston en la segunda mitad de los ochenta y lo hacen para agitar un poco el cotarro a baja escala.


En el año 88 sacan su primer largo, Surfer Rosa, y éste fue, precisamente, el trabajo que me ocupó hace dos semanas.

Surfer Rosa pertenece a la cultura popular a estas alturas de la película. Al menos a un grupo reducido de cultura general, pero general al fin y al cabo. Quiero decir, poco podemos descubrir de esta galleta en la primevara de 2013.  Ví hace tiempo un documental acerca de los Pixies y lo que saqué en claro (y lo único que me ha quedado de aquel vídeo) es que Surfer Rosa fue para muchos de los músicos hoy día mundialmente conocidos, un shock perdurable e inspirador en el tiempo. Por poner un ejemplo de aquellos que no paraban de hablar maravillas del invento: Bono.

El disco tiene temas que llevo escuchando años. No puedo ya comentar Gigantic, o Where is my mind, y mucho menos aún Bone Machine, que siempre me ha parecido un tema muy stoniano desde el primer segundo en que la guitarra de Santiago se cuela en mitad de la percusión y encontramos las primeras voces. Y no puedo comentarlas porque las tengo dentro del ADN.

Una producción de un tipo indispensable en la música popular de los últimos años: Steve Albini. No es el momento de hablar de Albini, pero lo traeremos más por este blog. Hablar de Albini es, aparte de hablar de los Pixies, hablar de Urge Overkill, Pussy Galore, consecuentemente Jon Spencer Blues Explosion (ya trajimos el Acme por aquí), P J Harvey, los ya avanzados anteriormente Nirvana (con un Cobain impresionado por este trabajo y que a la postre forzó la colaboración en In Utero), The Sadies, incluso Cheap Trick. Todo acompañado por un elenco de artistas menos conocidos que tira de espaldas. Terrenos para caminar de sobra.

La línea de Albini nos lleva hasta John Loder, y lo menciono porque fue el ingeniero del Psychocandy de los The Jesus and Mary Chain, trabajo que también mencionamos en su día. Productores que dieron a sus trabajos un efecto de inmediatez, de desnudez y naturalidad que vino a significar una especie de confirmación del inicial DIY setentero pasado por la lavadora del final de siglo.

Me alargo demasiado hoy, pero es ésta una de esas bandas que dan juego. Volverán por aquí.

Os dejo con ese arranque que mencionaba. El principio de la revolución. Una guitarra de Santiago grabando un reconocible riff en nuestras molleras.

Cosas buenas a tod@s.


jueves, 21 de marzo de 2013

Cosas que hacer en Málaga

Un verano pasé por la feria de Málaga, en pleno mes de Agosto. Disfruté de la feria del centro agotando cada vaso y agitando el cuerpo con cualquier cosa que entrase por las orejas. Rodeado de bullicio es mas sencillo deshinibirse. Musicalmente tengo tres recuerdos de ese fin de semana: el Dragostea din tei de los O-Zone, el tarareo de las canciones de Calamaro y la presencia a través del tiempo y la gente de un grupo peculiar donde los haya, Danza Invisible.


Si no me hubiera tropezado en el camino con una obra tan bien parida como fue A tu alcance, me hubiera costado aproximarme a estos boquerones de pro hasta límites que hubieran podido llegar a su abominación. Peró allí estaba yo, en pleno 1988, con el vinilo entre mis manos. Con la sensación de que allí había grandes canciones. Uno de esos trabajos que no puedes dejar de machacar, una vez tras otra. Donde ninguna canción sobra y todas rebosan de ilusión, de vitalidad, emanando la energía del que comienza, del que se lo quiere creer. Píldoras de pop suficientemente edulcoradas como para satisfacer cualquier paladar y a la vez convenientemente cocinadas como para pasar el control más quisquilloso.

Luego vinieron otras aventuras de éstos y poco a poco me fui separando de su sonido. Aún les rastree las huellas unos años, hasta Clima raro, pero tengo que reconocer que finalmente se difuminaron entre la niebla de los nuevos discos que caían en mis manos.

Sin embargo aquel A tu alcance hizo que quedasen para siempre señalados. Danza, los Danza, tenían su germen en una banda de Torremolinos llamada Adrenalina, donde destacaba Ricardo Teixidó, al cargo de la batería y las voces (recuerdo eso que dicen que no hay vocalista que maneje mejor el pitch que un batería). Más adelante se transforma en Danza Invisible y deja el apartado vocal a uno de los frontman más característicos y personales del universo patrio, el gran Javier Ojeda.

Como tantos otros grupos del momento la influencia de la new wave inglesa se deja notar en sus composiciones. Julián Ruiz les produce y sale a la luz, en el 83, Contacto Interior, ya con Ariola. Pasando por un mini-LP en el 85 llamada Maratón, por fin llega en el 86 su primer trabajo sigtnificativo, un Música de Contrabando que ya traeremos por el blog. Un disco directo de por medio llegará en el 88 A tu Alcance y todo el mundo conocerá a Danza Invisible. Barreran comercialmente con Sabor de Amor y llenarán recintos y coparán listas durante años.

Comentaba en el arranque del post que Danza me había vuelto aquel mes de Agosto en que acudí a la feria de Málaga a través del tiempo y de la gente. Lo del tiempo se explica porque estoy hablando de, no me hagan mucho caso, el año 2005 o 2006 más o menos. Lo de la gente es porque un colega y yo nos quedamos en el ferial hasta donde marca el reglamento, es decir, la alboreá.
Tras ella nos acercamos a la puerta de entrada y nos pusimos en cola para los taxis (burgueses que somos algunos oiga). El caso es que en la acera de enfrente estaba la parada de los autobuses y en el suelo se sentaban corrillos de personas tan cansados y tan entretenidos como nosotros. Unas chavalas comenzaron a cantar una canción de los Danza y como si se tratase de algún efecto contaminante los corrillos de al lado comenzaron a corear el estribillo. En un efecto situado en el punto medio que va de la verguenza ajena al "voy a creermelo todo", aquella gente comenzó a cantar a los Danza durante unos minutos. Tres, cuatro temas quizás. Luego llegó nuestro taxi y nos sumergió en el amanecer sordo y largo del amante del vino nocturno.
Fue mi último encuentro con ellos, aunque fuese indirecto.

Consecuencias varias de aquel A tu Alcance, fue mi acercamiento a Van Morrison. Otro punto más a su favor. Y van mil.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 10 de marzo de 2013

Espacio para la digresión

En ocasiones comienzo poniendo título al post y luego me lanzo a escribirlo. En otras no ando tan despierto y primero escribo lo que se me va viniendo a la cabeza para, finalmente, buscarle un encabezado, como si de rellenar la tarjeta de entrega de un regalo se tratase.
Hoy empecé por el título porque tengo claro el concepto que quiero transmitir. La falta de acuerdo respecto al álbum que escuché esta semana. De ahí el uso de la palabra digresión, que viene a significar el acto de romper la línea del discurso para introducir un motivo que no tiene que ver con el que seguía la exposición original.

Los que me llevan hasta esa digresión son los que escriben sobre Porcupine, el que fue tercer trabajo de los británicos Echo and the Bunnymen. Tanto si voy a allmusic, como si abro mi ejemplar del 1001 discos... de Dimery, como si leo la Wikipedia o si recupero artículos de esos que tengo grabados o impresos, soy incapaz de encontrar una lectura uniforme sobre este trabajo. Lo que me queda clara es la polémica que despierta. Sin embargo le da espacio a uno a leer frases tan encontradas como que es un trabajo de fácil escucha hasta que necesita de repetidas dosis de dedicación para acabar encontrando el significado último que la justifica.


Y a mí, tanta enjundia sobre un disco al que no he dedicado por causas propias (con la cabeza en otros sitios) y ajenas (escuchar música en un coche cuando llueve no es nada práctico ni útil) la atención necesaria, me genera confusión. Entre lunes y miércoles a mediodía las canciones sonaron bajo el golpe de la lluvia sobre el techo sin que fuese capaz de diferenciar más que las líneas mayores. De entender algo de lo que el señor Ian McCulloch decía ni hablamos. Aún así no interrumpí la radio. El miércoles por la noche la lluvia dio un respiro y pude por fin acercarme al sonido del LP de los de Liverpool. Y la verdad, la primera impresión fue estar escuchando a un David Byrne pasado de vueltas en un disco oculto de las cabezas parlantes. Lo que me costó encontrar fue a los autores de ese Ocean Rain que tantó me gustó.

Así que la primera lectura que traje fue que las canciones de este trabajo del 83 con producción de Ian Broudie eran meros pasajes de post-punk sin nada nuevo que aportar a la escena. Por lo que leo erré el tiro de pleno. Tendré que hacer los deberes y bucear en las letras de un atormentado McCulloch. Quizás lo que me confunde es el trabajo de producción que llevó a la banda a grabar el álbum por segunda vez incluyendo arreglos más comerciales cara a satisfacer a la compañía. Una decisión a la que sólo se opuso el guitarrista, Will Sergeant, y que, todo sea dicho, me quedaré con las ganas de escuchar para saber cómo se enfocaron y parieron primitivamente estas canciones.
Reconozco que los toques orientales de Sitar no acaban de quedar mal, pero en las primeras escuchas me chirriaban sabiendo que escuchaba a quien escuchaba.

En definitiva, que me deja algo tibio este trabajo de una banda por otro lado muy interesante. El regusto a ejercicio de marketing (con la aparatosa foto de portada incluída subiendo a Islandia a jugarse la vida en un paisaje helado) no me lo quita el pasado quetengo con ellos. Podrá aparecer en todas las selecciones de discos fundamentales del mundo, pero a falta de un acercamiento mayor, lo voy a dejar en el ipad pequeño que no cojo a menudo, o en una carpeta nueva que abriré: segundas oportunidades.

Poco he hablado de música, es lo que tiene la digresión.
El video de abajo contiene The Cutter en el inicio. Luego se queda en blanco más de dos minutos. Lo he elegido porque es el que ha tenido el sonido que me ha parecido mejor. En cualquier caso, una vez acaba la canción, siempre puede introducirse en la barra del navegador una dirección más interesante y leer, por fin, cosas de música.

Cosas buenas a tod@s.



domingo, 24 de febrero de 2013

Aktitud

Lo primero que se me vino a la cabeza al rescatar el primer disco de Kortatu fue la fiesta. Sé que esto sonará fatal a todo aquel que se haya sentido identificado con la parte más reivindicativa y nacionalista del combo euskaldun, pero yo no había nacido en la Euskadi de los primeros setenta ni era muy permeable a comprender los problemas de otros por aquella época. Don Vito y la revuelta en el frenopático o Sarri, sarri constituyeron la banda sonora con la que comencé a beber kalimotxo y a comprender que en la vida se podía tener una actitud diferente de la que nuestros padres nos habían contado. Era como andar escuchando a The Association y que cayese en tus manos un disco de The Rolling Stones.
Pero además la banda sonora no era oscura, o lúgubre. No sonaba a descenso a los infiernos. Era festiva, clara, optimista, abierta, alegre. Era perfecta. Por eso la oíamos todos.

Treinta años después, su escucha rescata esa sensación primera, es cierto, pero la edad permite realizar una segunda escucha sobre los temas. Esa que ningún punk que se precie soportaría.Esa postura que ya dejan bien criticada en el tercer corte de la galleta, La Cultura. Pero la he hecho. He pecado de todo lo que uno puede pecar cuando hace esa segunda lectura sobre un trabajo así, de soberbio, de pedante, de torero de salón, de burgués reprimido... pueden escoger lo que deseen.


El caso es que la conclusión primera a la que llego es que ya no se hacen discos así. Y me duele que así sea. Ya no hay gente como Fermín Muguruza, quiero decir con la edad y la (permítanme el palabro) aktitud que Fermín, su hermano Íñigo Muguruza y Treku Armendáriz tenía cuando sacaron esto a la calle. La situación por la que atravesaba el País Vasco tras la llegada de la democracia era ciertamente caótica. Con un estado político muy atomizado, especialmente en lo que a izquierda se refiere. Con una identidad nacional entendida de forma muy diferente por distintas capas de la sociedad. Con una crisis económica unida a un incremento de la demografía que no ayudaba a estabilizar la vida de las personas. Pero, miremos bien de lo que hablamos, ¿no podríamos acaso encontrar algunas de estas características en la España actual?. Sin embargo no me he cruzado aún con ningún grupo protesta al nivel de estos Kortatu, o de unos Cicatriz, por no hablar de unas Vulpess. Ni siquiera algo parecido a unos primeros Barricada. No he oído que haya una nueva oleada punk, un neo-punk en castellano salido de las comunidades con mayor tasa de paro y corrupción. Por eso digo que no queda ya gente como Fermín y los suyos. Hay más gente que es como yo.

Pero tuvimos a Kortatu. Y Kortatu personifica una forma de entender la vida como músico. Lejos de las majors, de los grandes festivales, de los concursos de televisión. Los Kortatu, como decenas de grupos hermanos, midieron el asfalto de Euskadi y aledaños hasta conocerse cada centímetro de carretera. En actuaciones reducidas, dándose a conocer gracias al boca a boca de sus seguidores. Moviéndose con convicción política, sin duda, pero también con amor a la música. Las canciones de este Kortatu, su primer LP, son trallazos que, para mi sorpresa, han aguantado increiblemente bien el paso del tiempo. El disco me sigue sonando fresco. Algunos temas podrían haberse grabado el mes pasado. Se queda uno con las ganas de escuchar en sus letras referencias a sombríos personajes que nos trufan la actualidad en los diarios a día de hoy.
En ese aspecto los Kortatu se aproximaban a la filosofía de unos Clash como portavoces de la crítica socio-política. Se decía de Strummer, Jones y los suyos que si te leías los titulares de la prensa, ya sabías de qué iban a ir las letras de las canciones de su siguiente trabajo.

Kortatu, el disco, fue el primer larga duración de los vascos, justo después de un trabajo ya mítico conocido como el disco de los cuatro, una edición del mismo año (1985) en que el mismo sello (Soñua) agrupaba temas de éstos junto a Cicatriz, Jotakie y Kontuz Hi!. Y creo que no erramos mucho el tiro si le etiquetamos de disco de referencia del rock nacional. En él se han mirado muchos grupos después. Copiando líneas de bajo de algunos de sus temas, imitando la actitud y el desenfado (que no la falta de atención ni compromiso) en la ejecución. Es un disco que hay que escuchar, pero sobretodo es un disco que hay que vivir. Acercarse a alguna fiesta de un pueblo del norte, lograr que el cuñado de una vecina le meta a uno en su peña, cargarse de razones espirituosas para aguantar el vendaval, y acercarse, pasada la medianoche, al concierto que dan unos chavales en la plaza del ayuntamiento. A poco de suerte que se tenga, alguna versión caerá. Será lo más cerca que, a día de hoy, se pueda estar de aquello.

Se me agolpan las ideas en la cabeza y no quisiera dispersarme. Se me vienen ganas de hablar de la escena del llamado Rock Radical Vasco, o del papel y la evolución del mismo Fermín a través de diversas formaciones posteriores, pero dejaré esos particulares para futuros posts.
Unas palabras antes de marchar para dar paso al Sarri, sarri: un ska trepidante acerca de dos presos etarras que se escapan de una prisión. Una versión acelerada del Chatty, chatty de Toot and the Maytals. Escúchenla de fiesta. Suena mejor.

Cosas buenas a tod@s.






domingo, 17 de febrero de 2013

Canciones raras

Decía el protagonista del post de hoy: Yo no sabía que hacía canciones raras hasta que me lo dijeron.
Y, a estas alturas de la película, no puedo evitar la sonrisa al escucharle. Porque justamente eso fue lo primero que pensé acerca de su música cuando me la presentaron.
Luego pasé un tiempo intenso machacándola. Aproximadamente toda la primera mitad de los 90.
Se llama Silvio Rodríguez, es una piedra de base de la Nueva Troba Cubana y es, por encima de otras cosas y básicamente, cantautor.

Hace un tiempo mencioné a Pablo Milanés por culpa de uno de sus temas, Para Vivir, una canción cruda pero directa. Si la música de Pablo me acerca más a la imagen, la de Silvio me trae más a la literatura, a la abstracción y a la libre interpretación que la de aquel. Y hoy me apetecía traerle al blog a raíz de un pequeño documento cubano que encontré en youtube y que dejaré enlazado al pie de estas líneas.

Si no conoces a Silvio y le escuchas por primera vez posiblemente te pase lo que suele ocurrir con gente como Neil Young. Su voz aguda, su melismática forma de cantar, puede que te distraiga. Hay que reposarlo. Dejar que pasen un disco tras otro sus diferentes temáticas. Romper ese muro que a menudo encontramos desde este lado del Atlántico para comprender sin caricaturizar las músicas del otro lado. Por sus sones antiguos, por su simplicidad instrumental, por sus letras. Pasa cuando intentamos traducir un rock'n'roll de los 50 y pasa cuando, sin traducción, atacamos un tema cubano, nicaraguense, chileno (lo que me recuerda que tengo otra entrada en el "debe" del blog).

Roto ese prejuicio, digerida esa sonoridad y esa lírica, aparece entonces al autor sensible (que no cursi), el letrista fantasioso, más sofisticado de lo que a primera vista parece. Un constructor de melodías especiales. Cuando una canción de Silvio logra encontrar el camino desarrolla un juego irrepetible.

Y hoy quería traer el blog uno de sus temas. No el más conocido, ni el más complicado. No es ni su mejor melodía ni su letra más conseguida, pero, veréis, a veces las cosas tienen que encajar de forma que te hagan volver la vista hacia un sitio determinado. Las razones son infinitas. Un vacío, una crisis, un viaje sin vuelta atrás... o una causa más inevitable, mundana y desconcertante, caer enamorado.

Me quedan muchos caminos por andar. Éste no. Este lo pisé hasta que pude. Y no me da la gana de sacudirme del todo el polvo de las botas.

Cosas buenas a tod@s.



Documental: Que levante la mano la guitarra.
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4

sábado, 16 de febrero de 2013

El regreso de MarkII

Los que saben de esto dicen que el rock británico basa su modernización en tres pilares, a saber, Black Sabbath, Led Zeppelin y mis compañeros de viaje de la última semana, los Deep Purple. Podíamos decir que tenemos en este trio las bases de la formación del rock moderno.

Y los Purple, como tantos otros longevos combos, han tenido sus altos y sus bajos, sus discos aclamados y sus denostadas galletas. Más cerca de lo segundo que de lo primero se encuentra lo que anduve oyendo estos días, un trabajo del 84 llamado Perfect Strangers.

Primera pregunta, por qué traigo como primer trabajo de estos dinosaurios del rock un disco tan comprometido y criticado? Primera respuesta: porque estaba escandalosamente barato. No me ha costado ni tres Euros! Así que dije: "ven con papi". Y aquí lo tengo. Ya, ya lo sé, como criterio musical deja mucho que desear, incluso como nota a pie de página del libro de las buenas maneras, pero hace tiempo que no me guío por los libros de "1101 discos que has de escuchar antes de morir", donde, por supuesto, no viene, y dejo que el azar juegue también su papel en mi elección.

Segunda pregunta: mereció la pena la escucha?. Segunda respuesta: Me he divertido de lo lindo. Me ha gustado. Ahora ya tendré el estigma del fuego grabado en la frente, pero la relación emocional que tengo con este sonido supera cualquier intento de falsario análisis musical. Me ha recordado mucho al Coverdale y el sonido Whitesnake que tanto machaqué justo por aquella época. Aunque Coverdale, que sí fue cantante de los Purple (del 73 al 76, es decir, antes de parir a la serpiente blanca), no aparece de ninguna manera en este vuelta a los ruedos de los de Hertford.
Me ha parecido eso que algunos llaman "rock sin pretensiones". Una entretenida película de sobremesa capaz de quitarte el sueño. Posiblemente no recordarás su argumento a la mañana siguiente, pero te ha hecho pasar dos horas de maravillosa desconexión.

Pero el título del post reza: "El regreso de MarkII", y he pensado que la pincelada del post podría ir por aquí.
Las bandas que extienden su vida en el tiempo suelen pasar por cambios en sus formaciones. Incluso The Beatles tuvieron a Pete Best. Deep Purple no fue menos, y significativos cambios han ido sucediéndose en su alineación a lo largo de los años, del 68 hasta el presente.
A cada una de esas alineaciones, que clásicamente se cuentan en número de cuatro pero que alargando la fórmula hasta la actualidad podemos extender hasta el doble, se le denomina Mark, seguido por un número romano que indica su orden cronológico. Así la MarkI fue la formación original de los Purple, la que cumplimentó los tres primeros álbumes de la banda entre el 68 y el 69. Tras ella, evidentemente, vino la formación que nos ocupa, la MarkII.
La MarkII fue una alineación a recordar. Para los que nos gusta la cosa ésta de la música es como citar al Madrid de Don Alfredo o al Barça del Dream Team para un futbolero. Hablamos de unos tipos que respondían a los nombres de Ian Gillan (voz), Ritchie Blackmore (guitarra), Jon Lord (teclados), Roger Glover (bajo) y Ian Paice (batería). Casi nadie.

La MarkII dió luz a la época dorada del grupo, del 69 al 73. Cuatro trabajos de referencia que, éstos sí, pueden encontrarse en los libros de las cosas a escuchar antes de morir. No los citaré porque, con tiempo y una caña, es mi voluntad pasar por ellos. Tras el 73 vino Coverdale, y, en el 76, el parón.

En 1984 vuelve a encenderse la luz roja del estudio y los Purple abren los ojos por segunda vez. Y con la MarkII al completo. Sus integrantes se reunen dejando a un margen sus actuales ocupaciones (unos en Rainbow, en Whitesnake junto a Coverdale otro, en los Black Sabbath o incluso trabajando junto a Gary Moore alguno). Y paren, en mi parecer, un disco de factura de oficio sin mácula. Volviendo al símil futbolístico, uno de esos partidos en que el gran equipo se pone el mono de trabajo y saca un solvente dos a cero frente a un equipo de categoría inferior. Sudando la camiseta lo justo, sin florituras cara a la galería, pero de forma seria y profesional. Sin desmerecer al contrario (en este caso el público), y consiguiendo sacar adelante el reto.
Se puede culpar a este disco de no reinventar el rock'n'roll, pero cuántas bandas quisieran haber sido capaces de hacer un trabajo tan compacto y exacto como este?.

Lo dicho, rock'n'roll de factura perfecta. Otro día hablamos de genialidades.

Cosas buenas a tod@s.



domingo, 3 de febrero de 2013

Puntos de referencia

Hace unos meses traíamos a estas líneas a The Chemical Brothers. Éstos adoptaron este nombre toda vez The Dust Brothers parece ser que les "alertaron" con acabar en juicio si no cambiaban la idea de llamarse como ellos. El ejercicio de los que acabaron llamándose Chemicals no era otra cosa que reconocimiento explícito, pero a los segundos les pareció ir demasiado lejos el hecho de calcar su denominación.
Los Chemical devolvieron irónicamente el golpe con aquel primer trabajo titulado Exit Planet Dust

La admiración de Rowlands y Simons por E.Z. Mike y King Gizmo  estaba basada en el planteamiento que estos segundos hicieron del sampleo. La utilización de trozos de temas ya grabados para formar un collage sonoro sobre el que sobreponer, por ejemplo, fraseos como los del grupo que nos ocupa hoy: Beastie Boys. Una unión, la de los Dust y los BB plasmada en un trabajo del 89 titulado Paul's Boutique. Una galleta que pasa por ser un hito del hip hop y uno de los discos de referencia de la historia de la música popular.

Los Beastie Boys eran Adam "MCA" Yauch, Michael "Mike D" Diamond y Adam "Ad-Rock" Horovitz. Nacieron como tales en el Nueva York nueva-olero de primeros de los ochenta y, en su comienzo, mezclaron sus fraseos con el hardcore y post-punk de bandas como los Dead Kennedys o los Misfits, en antros de relumbrón y solera como el CBGB o el Max's Kansas City (los templos del underground de la gran manzana de finales de los 70).
Los BBs era blancos y de clase media. Rompieron con el arquetipo del rap del momento. Atrajeron un nuevo público hacia un nuevo estilo y desplazaron hasta ese mismo estilo la provocación del punk (enorme falo hidráulico sobre el escenario durante sus actuaciones incluido). Letras cantadas con arrogancia trufadas de referencias a la cultura basura, la droga barata, el estrato más enterrado y menos observado de la juventud del momento.
Antes de Paul's Boutique hubo un pasado. Una historia que comienza a desarrollarse en terreno del hip hop con Cookie Plus y más adelante, de la mano de Rick Rubin con Rock Hard (sampleo del Back in Black de los AC/DC incluído). Años más tarde dejan a Rubin por los Dust, Nueva York por la soleada California, se amorran a un SP-1200 y paren el trabajo que nos ocupa.

Este Paul's Boutique impresiona por mil razones. Como no se trata de hacer la autopsia del mismo, me centraré en una, la que más me ha llamado la atención, la ingente cantidad de material sampleado para su construcción. Y no sólo por el número (hasta 105 canciones sampleadas!), sino por los nombres de los sampleados: de Pink Floyd a The Beatles, de John Williams a Sly and The Family Stone, de James Brown a Ramones. Aquí hay de todo. Una amalgama impensable de repetir toda vez tuvo lugar el caso Grand Upright Music, Ltd. v. Warner Bros. Records Inc. y los derechos de autor y los royalties transformaron semejante cantidad de muestreo en algo económicamente inviable.
Pero Paul's Boutique está ahí para demostrar que una vez sí se pudo. Y se puede bucear entre sus temas y jugar a desgranar los trozitos del collage.

Me sabe mal pasar de este disco a otro con la semana que comienza. Escuchar hip hop anglosajón con mi nivel no sólo de idioma, sino de cultura underground americana, es beber vino con la nariz taponada. Me gustaría tener el tiempo de volver sobre las letras y poder comprender sus razones. Me engaño a mi mismo dejándome creer que lo haré. Mientras, saco de la estantería el que será el disco de la próxima semana, con la amarga sensación de estar disfrutando de algo a medias.
Jodido hip hop anglosajón. Vas a costarme más de lo que esperaba.

Os dejo con una suite enorme. Compuesta por varios fragmentos que en la primera edición venía del tirón aunque posteriormente (en la 20 aniversario) se presentó separada. Es algo larga pero demuestra perfectamente la unión entre los Dust Bro y los BBs. Se llama B-Boy Bouillabaisse y suena así.

Cosas buenas a tod@s.


lunes, 31 de diciembre de 2012

Paisley y rock

El término paisley podría traducirse al castellano, si nos permitimos cierta libertad, como cachemir. Y recalco lo de la "libertad" ya que no tenemos esa palabra en el diccionario de la RAE. Sí aparece cachemira como un tejido hecho con lana de cabra propio de la región del mismo nombre situada al oeste del Himalaya. Pero en el caso que nos atañe no hablamos tanto del tejido como del estampado. Un tipo clásico de diseño con formas más o menos de ameba y repetición fractal hasta el infinito (si metéis la palabra en Google y buscáis en imágenes tendréis de un vistazo una idea clara).

El término se utilizó también para definir un tipo de rock. En particular uno desarrollado durante los 80 que incorporaba detalles psicodélicos a músicas provenientes de totems de la década anterior, desde Byrds o Doors hasta la Creedence o los Big Star pasando por la inevitable Velvet o las guitarras escurridizas de Television. Uno de los grupos abanderados de este movimiento fue el que me ocupó la última semana laboral de este año que acaba en unas horas: The Dream Syndicate, y en particular su álbum Medicine Show, del 84, una producción de Sandy Pearlman.

Los Dream Syndicate nacieron en la soleada California a comienzos de la década de los pelos cardados y las mallas, fruto de la colaboración entre un sujeto llamado Steve Wynn y una individua que respondía al nombre de Kendra Smith. Luego vinieron Karl Precoda y, finalmente, Dennis Duck.
En el 82 ve la luz su primer y más conocido trabajo, uno de esos discos de la isla desierta llamado The Days of Wine and Roses. No es el que me ocupó esta pasada semana no porque ya lo haya mirado con la suficiente atención. Sencillamente equivoqué la carpeta y me encontré en el coche directamente con el trabajo que sucedió a éste, el Medicine Show que comento.


Los antecedentes con los que me disponía a la escucha no eran demasiado halagüeños. Esta galleta significó un golpe de decepción para crítica y ventas tras el pepinazo del trabajo del 82. Sin embargo su escucha me ha dejado un sabor de boca exquisito. Me ha gustado todo menos la portada. Me han encantado las guitarras de Wynn y Precoda. Ese sonido con su poco de óxido pero con una vocación melódica pegajosa y conzienzuda. El tratamiento de la voz de Wynn, muy en la línea de los trabajos de Pearlman, en un plano transparente por el que atraviesan las guitarras. Sin el... exceso(?) de realimentación de unos The Jesus and Mary Chain comentados en estas líneas hace poco pero con las trazas suficientes como para darle esa pátina de sonido que quiere mirar a la oscuridad sin decidirse a poner un pie en la sombra.

Me encantan títulos como Armed with an empty gun o Bullet with my name on it, esta última con una letra de las de mirarse y volverse a mirar y que merecería (merecerá) una etiqueta de lyrics en un futuro.

 Las colaboraciones dentro de la escena paisley fueron habituales, con el tiempo iremos descubriendo algunas. De momento un primer apunte de una escena de la que no habíamos tratado.

Cosas buenas a tod@s... y Feliz Año Nuevo!




lunes, 17 de diciembre de 2012

Necesidades y superficialidades

El otro día volví a escuchar una frase que hacía tiempo que no oía. Venía a colación, colación muy de temporada, de qué regalar. Salió de por medio el tema de la música, de regalar un CD más en concreto. Una persona del corrillo comentó con cara de ligero desdén: "hombre, un CD... bueno, lo escuchas dos o tres veces, te hace gracias tres semanas... pero luego acaba arramblado y adiós".

No puedo vivir más lejos de ese comentario. No pretendo cambiar las ideas de nadie. Somos libres hasta cierto punto de elegir las cosas que amamos y entra dentro de la dignidad de cada uno que nadie le venga con monsergas respecto a lo que debe o no debe de amar. Pero, en cualquier caso, el comentario arriba citado respecto de un CD que te regalen me araña la chapa.

Ligando un tema con otro traigo hoy al blog a un grupo que, durante mucho tiempo, fue un conjunto de viernes por la noche. La banda sonora de mi ducha de las 19:00 horas, de rociarse el desodorante, de enfundarse la camiseta preferida, de palpar que la cartera estaba dentro del bolsillo posterior de los vaqueros y salir a la calle a quemar garitos y pelear hembras (que decía Serrat) con los colegas. Una banda que hace tiempo que se escurrió del mainstream y que, para muchos, se ha difuminado en la neblina del tiempo. Hablo del grupo de uno de los grandes del rock patrio Los Rebeldes de Carlos Segarra.


Y ligo ambos temas porque no puedo reprimir la sensación de que Los Rebeldes sería uno de esos grupos de los que el arriba mencionado pensaría que hicieron CDs que a día de hoy más vale que estén por ahí arramblados. Puedo escuchar frases del tipo "esa música es más vieja que la tós", o "eso ya está superado, ahora la música ha avanzado mucho, es bastante mejor". Disculpad la arrogancia del adjetivo pero si no lo suelto y me lo quedo dentro puede enquistárseme: "estimado comentarista, es usted un ignorante".

Los Rebeldes nacieron allá por el 79 de la mano del mencionado Segarra, Aurelio Morata y Moisés Sorolla. Dentro de una onda rockabilly catalana, encabezada por el entonces ya icónico Loquillo, que, de hecho, apoyó a Segarra en sus inicios como padrino musical, actuando como manager en sus interpretaciones e incorporándole a las suyas propias como músico. Versiones de lo más granado del rock cincuentero americano, en el caso de Segarra especialmente plasmado en sus covers del malogrado Eddie Cochran.

El primer trabajo del combo bajo su nombre (ya habían participado en Los tiempos están cambiando, el trabajo de Loquillo con Intocables del 80) ve la luz en 1981 bajo el título de Cervezas, chicas y rockabilly. En un momento donde el rock no era ni mucho menos el estilo dominante y cuando, desde Madrid especialmente, tomaban protagonismo las derivaciones de la nueva ola anglosajona y la incorporación de sintetizadores a las composiciones, gente como Loquillo y Segarra se agarraban a las raíces del rock cincuentero americano como a una tabla salvavidas. Generando el germen de lo que casi una década más tarde eclosionará como la etapa dorada del rock español.

Los Rebeldes volverán por el blog. Algunos de sus temas serán etiquetados dentro de la sección de himnos, y otros los recuperaremos por el simple placer de traerlos de vuelta a los oídos. Hoy me quedo con un tema del comienzo, precisamente aquel que daba nombre a su primera galleta. Una declaración de las intenciones juveniles y hedonistas de esta música del diablo que se dió en llamar rock'n'roll.

Cosas buenas a tod@s.


viernes, 16 de noviembre de 2012

... y nació el "rock torero"

O al menos así le dió a Umbral por llamarlo.

Corría el año 1982 y el sello Tic Tac decidió editar un mini álbum recogiendo cuatro cortes de dos grupos punteros, gamberros e imaginativos del momento. Uno de esos grupos era Parálisis Permanente, el otro, el del rock torero, se llamaba Gabinete Caligari.

Y Gabinete lo formaban tres de los rockeros más emblemáticos que dió la época dorada del rock ibérico de finales del siglo XX, a saber: Jaime Urrutia (voz, guitarra), Ferni Presas (bajo) y Edi Clavo (batería).

No es el post de hablar de Gabinete. Es el post de hablar de ese primer trabajo que se editó de ellos, aquella cosa extraña junto a Parálisis en la que cada grupo colocó dos temas. En concreto de su tercer corte. Los Parálisis de Eduardo Benavente aportaron con Autosuficiencia y Tengo un pasajero, y los Gabinete con el tema que traigo hoy, Golpes, y con Sombras negras.

A estas alturas de la película me cuesta creer que alguien de más de 35 no haya escuchado Golpes por lo menos dos o tres veces en su vida, pero todo es posible. Una canción rompedora que ahora costaría seguramente sacar adelante, pero que en su tiempo se incluye dentro de una ola de libertad creativa y de iconoclasia radical. De las dos grandes temáticas caligarianas de los comienzos (sado y fetichismo castizo), Golpes se enmarca claramente en la primera. Provocación como vehículo.

De este álbum se editaron tan sólo mil copias. Se acabaron en un abrir y cerrar de ojos. Eso hizo que uno de los que sería sello emblema en su carrera, Tres Cipreses, decidiera re-editarlo. Por alguna razón que desconozco no repitieron la portada y acabó saliendo una fotografía diferente. En ambas dos figuras encontradas, dos especie de saleros-robot en la primera (o eso me ha parecido siempre a mi) y dos freakis de circo en la segunda. De glorioso blanco y negro ambas.

Imagen Imagen


Me gusta mucho el sonido de la guitarra en esta canción, así como lo delante que va el bajo. Se escucha perfectamente a los tres. Debe de ser eso que llaman algunos power trio, la mejor fórmula para el rock. Pero dejar que me regodee en la vocalización de Jaime. Enorme. Antes de que el estado actual copase todo (ando esperando la nueva ola punk que desmonte el tenderete que el indie nos tiene montado en la arena de la playa) había quien cantaba en este país haciendo gala de estar cantando. Leía el otro día a Loquillo en el Ruta diciendo que ya no quedan estrellas del rock, y añado yo: se ha matado al front-man. Es una pena, porque creo en el front-man, creo en Elvis, pero creo también en Javier Gurruchaga o en Alice Cooper. No es que odie el concepto actual, me cansa la homogeneidad (por extensión) de la propuesta.

Por eso, de vez en cuando, me pongo un disco de los Gabinete y recuerdo tiempos en los que la cosa daba más juego.

Golpes, un himno perverso, no hay duda.

Cosas buenas a tod@s.


sábado, 27 de octubre de 2012

Taquicardias del averno

Decididamente hay algo entre el trash metal y yo que nos impide coincidir en el espacio y en el tiempo. Y encuentro una primera razón (luego hablaré de la otra). Aquello que passa de 200 BPM me resulta innecesariamente acelerado. Artificioso. Me pasa con buena parte del jungle, me pasa con buena parte del trash.
Sí que creo que es importante, no obstante, juzgar el trabajo donde debería de ser juzgado. Hay música que no está compuesta para irla escuchando en mitad del atasco de las ocho de la mañana. Se trabaja y se diseña para un ambiente diferente, una interpretración en directo por ejemplo, un grupo de personas entregadas a su eco.

El trabajo que me ocupó esta semana es uno de esos discos paradigma de un "estilo". Se titula Reign in blood y pertenece a la banda de metal Slayer.


 Lo primero que me llamó la atención fue la calidad de la grabación. Ya me pasó con aquel Kill em All de Metallica. En aquel caso la sorpresa fue aún mayor por ser el primer trabajo de la banda y por estar producido por un sujeto desconocido para mí como fue Paul Curcio. Del mismo año, 1983, es este Reign in Blood, pero rompiendo esas dos premisas. Primero por tratarse en este caso del tercer trabajo del combo, y en segundo lugar porque hablamos de una producción de ese gurú de las últimas décadas que es Rick Rubin. No es este un post para tratar de él, pero resumamos al absurdo en que ni para la misma banda estaba clara la producción del de Long Island. Venía de un ambiente hip-hop y su mismo sello Def Jam Recordings tenía de cercanía al metal lo que el Cantajuegos.

Sin embargo acercamientos e interacciones por ambas partes dieron lugar al encuentro y por ende a este producto, insisto, técnicamente espléndido.

Por otro lado hay un aspecto de una parte importante del trash con el que me cuesta sentirme identificado. Hablo de todo el lado Cuarto Milenio en cuanto a presencias demoníacas, avernos en llamas donde nos veremos condenados a una vida eterna, almas sufridoras víctimas de ángeles de la muerte proféticos y demás fauna. Impresionante cuando uno tiene doce años (físicos o mentales) pero, siento decirlo por si alguien se siente ofendido pero tengo que ser honesto conmigo mismo,  un poco artificioso cuando uno va cogiendo edad. Comienzos como el de Angel of Death con su

Auschwitz, el significado de "dolor"
la forma en que quiero que mueras,
muerte lenta, caída inmensa,
duchas que te limpian de la vida
o más estilo juego de rol cuando en Altar of Sacrifice dice:

Esperando la hora destinado a morir
aquí, en la mesa del Infierno
Una figura de blanco desconocida para el hombre
acercándose al altar de la muerte
Digamos que en lo lírico no puedo sentirme muy reflejado.

Sin embargo musicalmente es otro asunto. Temas cortos, directos, con una batería llamado Dave Lombardo dejándose las baquetas en el asunto, con dos guitarras, Jeff Hanneman y Kerry King, entrelazando riffs lejos, en la mayoría de casos, de líneas melódicas desarrolladas. Todo el trabajo es una bomba estallando. Una forma de rotura (y aquí es donde más me interesa el desarrollo) con el rock angelino de finales de los setenta. Una manera de dejar atrás definitivamente la psicodelia. Tomando lo justo del punk más hardcore y dando a luz un sonido con personalidad suficiente como para mantenerse en el tiempo.

Una muestra de todo esto, el tema con que se cierra el disco. Más extenso que los demás y más melódico que los demás. Con un inicio inquietante y un final de lluvia. Raining blood.

Cosas buenas a tod@s.




jueves, 25 de octubre de 2012

"Vivir para siempre" y un poeta galés

Fue ayer mismo, durante la comida, que una compañera me trajo a la memoria la melodía que a su vez traigo yo al blog. Un tema merecedor del Óscar a la mejor canción original de 1980 homónimo de la película de la que se hacía valedor: Fame.

Fame es un tema que demuestra que si dos tipos con talento se matan trabajando las suficientes horas, es muy complicado que salga como producto de ello alguna cosa mediocre o directamente apestosa. Me refiero a Michael Gore, que se encargó de la melodía, y a Dean Pitchford, que fue el responsable de la letra.
Éste último, sin ir más lejos, tenía la pequeña base para escribir letras de canciones de ser grado en Literatura Inglesa por Yale. Que digo yo que en Yale, para sacarse eso, hará falta algo más que estar en la cafetería jugando al mus.
El caso es que a ambos les cayó el regalo de generar un corte capaz de condensar el espíritu que pretendía transmitir la historia. Comenzó Gore con algunas líneas, una melodía para los coros, y fue trabajando con Pitchford para encontrar las palabras adecuadas que pudieran transmitir la esencia.

Cuenta Pitchford que la versión definitiva de la canción costó un mes entero con sus cuatro semanas donde trabajaban seis y siete días seguidos a una media de seis horas diarias. Cada palabra, cada nota se repetía, se compartía con terceros, se variaba y se exprimía para tratar de dar con el punto perfecto, para sentir que la idea que ambos compartían y que querían transmitir les llenase por igual en la interpretación.
Sólo una vez, en un único verso, las cosas fluyeron automáticamente para encajar a la primera. Dice la letra: "Fame, I'm gonna live forever" (Fama, voy a vivir para siempre). Pitchford recuerda que la rescató de su memoria de su época de estudio en Yale, rememorando el trabajo del poeta galés Dylan Thomas (del que otro famoso bardo tomaría prestado el nombre para incorporarlo al suyo). Hablaba el poeta desde su vida bohemia y gastada que el mayor regalo que un poeta obtiene es el de que a pesar de tener muy probablemente una vida corta (por los vicios a los que se entrega), viviría sin embargo para siempre en las letras de sus poemas.
En cuanto Gore le escuchó cantándolo le paró y le conminó a ponerlo por escrito inmediatamente, había dado con la frase de la canción. Cuenta Pitchford, sabedor de que la frase no era fruto de ninguna casualidad, que podía estar tranquilo, esa frase no se le podría olvidar jamás.

El tema lo interpreta maravillosamente Irene Cara para la versión original (la de la película de Alan Parker del 80), y Erica Gimpel para la versión que encabezó la serie de televisión del 82. Ignoro si se tenía a la Cara ya en mente cuando se escribió, pero tampoco me ha apetecido bucear hasta ese punto.

No puedo hablar objetivamente de esta canción. Crecí con ella. Como tantas otras melodías televisivas del momento se introdujo en mi cotidianeidad, de forma que no puedo distinguir ya lo que es un juicio cualitativo de lo que es mero ADN. En todo caso me gusta, me parece que el objetivo que tenían estos dos quedó saldado a la perfección y que el tema transpira la energía y la ilusión de los jóvenes aspirantes a artista en las calles de Nueva York. Un himno, esta vez mas impuesto que escogido, pero himno en cualquier caso.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 21 de octubre de 2012

Tiene la música que ser agradable?

La pregunta no me parece baladí. Tengo mi propia respuesta, pero es una respuesta subjetiva, personal y me temo que intransferible. Cada uno tiene su propia respuesta y seguramente todas son correctas. Pero mi respuesta es bastante concisa al respecto: no. La música como arte en particular, pero es extrapolable al arte en general. Limitarlo a la presentación de algo que nos resulte agradable creo que es limitar su potencial y reducir su sentido a un plano bidimensional a la postre aburrido y estático. La música (volviendo a lo que nos ocupa) puede cumplir una misión de entretenimiento, qué duda cabe, pero puede hacernos pensar también, puede sorprendernos, incluso generar sensaciones de rechazo. No es un problema que un tema no nos guste, en ocasiones puede ocurrir que incluso sea ese el objetivo de quien lo compuso.

Toda la perorata anterior viene ligada a la música que me ha acompañado esta semana. Un grupo escocés que se formó a principios de los 80 y que respondía al nombre de The Jesus and Mary Chain. De ellos he estado escuchando el que fue su primer trabajo, una galleta del 83 titulada Psychocandy.


No me he dedicado a hacer una encuesta entre los míos, pero creo que ganarían los que respondiesen que un tema como In A Hole no hay dios que lo aguante. Ligando con lo que dije antes, no creo que ninguno de los hermanos Reid (Jim Reid y William Reid), formadores y alma del grupo, pretendieran hacer de In A Hole la canción del verano, ni tan siquiera un tema para tararear. No era su objetivo generar una melodía inmediata, sino llevar sus guitarras un paso más allá.

Esto no quita que en este trabajo podemos encontrar otras cosas. De hecho al final del post dejaré dos ejemplos, el de un tema cargado de distorsión y retroalimentación, y el de otro tema más melódico e inmediato, donde los Reid se meten en unos sonidos al filo de la ruptura que me han traido a la memoria temas de Dinasour Jr por ejemplo (lo cual es en si mismo una contradicción cronológica, pero es que aquí el menda llegó primero a los estadounidenses que a los británicos que tratamos hoy).

Pero volvamos a la distorsión y a la retroalimentación de las guitarras. Me parece lo más inquietante de este trabajo. Leía en algún sitio que los propios Reid habían comentado en alguna ocasión que su sonido primigenio no estaba tan saturado. Venían de un entorno donde los Sex Pistols ya habían dejado su impronta. El boom del 77 se había generalizado y el Do it Yourself y la ola expansiva de esa semilla ideológica del movimiento punk que fue Malcom McLaren había barrido la juventud entera de medio mundo occidental. Por tanto el primer sonido de los Chain estaba inmerso en una amalgama que los acercaba más de lo deseado a, por ejemplo, Ramones. Fue entonces cuando decidieron dar un paso adelante. Paso que se materializó en la introducción de ruido, de distorsión y de retroalimentación. Éste último es un efecto que se consigue enfrentando la guitarra contra el amplificador. Se produce un chirrido característico que enmudece la guitarra y eleva el volumen. Nunca había oído tanta retroalimentación en un disco como lo he hecho en éste. El resultado fue una diferenciación de lo anterior. Una textura nueva que, como todo en la vida, tuvo sus amantes y sus detractores, pero que marcó. Y tanto que marcó. Les convirtió en cabecera y totem de un movimiento musical que vino luego en etiquetarse como shoegaze. Literalmente mirando a los zapatos, y que identifica un grupo de conjuntos caracterizados por sonidos ásperos e interpretaciones estáticas, en ocasiones de espaldas al público (como hacían los Reid), con la mirada clavada en los pies. Otro dia, si eso, hablamos más del shoegaze.

Pero no quería acabar el post de hoy sin mencionar a un personaje que no deja de tener su importancia en toda esta historia.
Resulta que hay un tipo que se llama Bobby Gillespie (escocés él también y del que hablaremos en un futuro) que les escucha. Le convencen, y se lo comenta a un colega suyo. Músico también, metido en temas de producción, y al que le ronda la idea de dar un paso alante y comenzar a ayudar a salir a flote a grupos cercanos a un sonido que le atrae pero al que la industria no ha dado aún cabida. Este tipo es Alan McGee, y su hijo en forma de sello discográfico: Creation. Creation es un sello del que uno tiene, por lo menos, que haber oído hablar. Echa a andar precisamente con este trabajo de los Reis que me sirve hoy de escusa para soltar el rollo, pero seguirá hasta dar voz y presencia a artistas tan conocidos como My Bloody Valentine, Primal Scream,  o los ya comentados en este blog Oasis y Teenage Fanclub, pero también a otros no tan renombrados pero igualmente interesantes. Estoy pensando en unos Super Furry Animals o The Boo Radleys.
Con Creation McGee (no sólo, pero valga la reducción para no entrar en detalles) abre una ventana sónica y avanza una casilla, sólo una, pero una valiosa casilla, en la evolución de la música. Y sí, eran los años 80. Es decir, que pasó en estos años algo más que sintetizadores facilones y pelos cardados de chicas en leggings pegando saltitos.

Dos muestras de los The Jesus and Mary Chain, como decía un primer In A Hole cargado de distorsión y retroalimentación, y después un inquietante (o a mi me lo parece) Just Like Honey, con ese mantra de "soy un juguete de plástico" taladrando la conciencia.

Cosas buenas a tod@s.



sábado, 6 de octubre de 2012

Depeche, Clarke Mode.

No hace mucho hablábamos de éstos por estos posts. Hoy vuelven en la sección "eight days a week" (etiqueta "disco de la semana") con el que fue su primer trabajo Speak and Spell, del 81.
Ya entonces mencionamos este trabajo por ser el primero del grupo y el único en el que intervino la que posiblemente fue la figura que ideó y definió las líneas y la filosofía del combo: Vince Clarke.

Una vez (y durante) Fletcher, Gahan, Gore y el susodicho se hubieron reunido, pasado el momento Composition of Sound, Clarke escribió un puñado de temas con los que completar un primer trabajo (dos eran de Gore). Así nació Speak and Spell y así nació una de las fuentes básicas de eso que se da en llamar synthpop. Producido por Daniel Miller y distribuido por Mute en Inglaterra y Sire en los USA, el álbum se convirtió en un misil directo a las listas de éxito, especialmente en el viejo continente, alcanzado la décima posición en Inglaterra y siendo Oro tanto allí como en Alemania. Incluso llegó a entrar el el Billboard Pop de los EEUU alcanzando la 197, una posición nada desdeñable conociendo el hermetismo del oído estadounidense medio a los nuevos sonidos.

Un conjunto de canciones que he estado pasando esta semana en el coche y entre las que destaca la facilidad pegajosa y optimista de Dreaming of Me, tema dedicado a aquellos que piensen que hacer un hit pop-electrónico es cuestión al alcance de un chaval de cinco años con un ordenador de juguete de V-tech. Fue single. No apuntó mal el amigo Miller. Aparte de la archiconocida I just can't get enough (que ya pasó por estas líneas), destacaría el arranque mecánico de Photographic y la inmersión más electrónica de Big Muff.

No se encuentra entre los 1000 discos que has de escuchar antes de morir, pero ayuda a explicar no ya un precedente de algo, sino los primeros pasos dados asumida una dirección y un sonido.

Poco después de su publicación el señor Clarke abandonó la nave para emprender nuevos caminos (léase Yazoo y Erasure). El sonido de ese ego pujante que era Gore y su giro hacia un sonido más oscuro no se encontraba en la trayectoria del primero y decidió emprender camino por su cuenta.
Tras un anuncio en el Melody Maker, Alan Wilder entró como reemplazo de Clarke y Gore tomó los mandos de la nave para dirigirse a la siguiente etapa del camino Depeche, una cosa que se llamó A broken Frame y que, quién sabe?, igual traemos por aquí algún día.

Un hit de synthpop sin paliativos: Dreaming of Me.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 26 de agosto de 2012

Un ejercicio de arrogancia

Escuchar a Los Ilegales no es un ejercicio de arrogancia (como su vocalista y alma, Jorge Martínez, decía que era el rock'n'roll) sino un placer inexcusable y hasta me atrevería a decir que de obligada práctica. Especialmente en éste su primer y homónimo trabajo, un producto del 82 que, gracias a alguien con dos dedos de frente, fue relanzado en el 2005 por los propios miembros del grupo para disfrute de la chavalería.


Y empezaré por el valor icónico del álbum. A mi parecer la gran portada del rock ibérico de los 80. Incluso diría que la gran portada del rock ibérico de todos los tiempos. Una foto de la genial Ouka Lelé presentando a un tipo maduro y desesperado segundos antes de descerrajarse un tiro en la sien. Impactante y a la vez agridulce con el juego de colores cálidos haciendo hasta...¿agradable? la escena. Postal muy propia para estos tiempos revueltos donde la mitad de la población desespera por buscarse la vida y la otra mitad desespera por poder respirar mientras lo hace. Tiempos de rock'n'roll apropiados para recetas sin copago a base de píldoras guitarreras y sonidos ácidos y cortantes como los de los asturianos.

Y por supuesto, dentro, las canciones.
Éste es un trabajo del que podría pararme casi en cada tema. No es que todos los diecisiete temas (la re-edición contaba con un jugoso añadido sobre los doce cortes del trabajo inicial) sean obras maestras, pero podría sin mucho margen de riesgo citar algunos rápidamente como canciones del más alto nivel de la música popular patria. Léase Tiempos nuevos, tiempos salvajes, Yo soy quien espía losjuegos de los niños, Me sueltan mañana, ¡Hola mamoncete!, La casa del misterio o La fiesta.

Y me gustan los dos componentes básicos de la fórmula, letra y melodía. Las letras de Jorge no son gratuitas. Dentro de la aparente simplicidad juegan con la ironía y la capacidad de sorpresa, de pregunta o de indignación del oyente. Con su intranquilidad incluso, si me permitís. Adentrándose de pleno en la incorrección política para dar a luz cortes como Heil Hitler!, del que el propio vocalista y compositor diría años después que había sido un ejercicio de provocación calculado, dirigido a escandalizar y meter el dedo en el ojo a los hippies que no una forma de alineación con grupos de extrema derecha. El caso (y esto es más de mi propia cosecha) es que cierta juventud cercana a esta tendencia sí que asumió a grupos como Los Ilegales (o Los Nikis, sin ir más lejos) como altavoces más o menos dicharacheros de sus planteamientos. Mucha parte de esa masa ligada con grupos ultras de clubes de futbol de grandes ciudades. Me pregunto, sin embargo, qué actitud tomarían estos chavales delante de temas (sigamos centrados con Los Ilegales, que de eso va el asunto hoy) como Princesa equivocada (de la que Maná podría hacer un cover cualquier día y la práctica totalidad de su parroquia la tomaría como composición original) o No me acaricies el pelo (de la que el mismísimo David Summer podría salir airoso). Posiblemente avanzaban la cinta. O posiblemente se quedaban en la espuma de la superficie de un par de frases intransigentes y no hacían el más mínimo análisis musical de lo escuchado. Eso sería entrar en cultura.
Y me quedaba la otra mitad, la melodía. Esas guitarras, con sus reminiscencias ska, la directa, sencilla pero eficiente producción (pensémos cuándo se hizo y de qué grupo por aquel entonces hablamos). Unos golpes melódicos en algunos temas sencillamente geniales.

Y dos nombres curiosos para acabar que tienen mucho que ver con el punto al que llegaron los asturianos. Una vez más (y van mil) Jesús Ordovás (comentarista y divulgador musical en mil frentes, Disco Express sin ir más lejos, o director del Diario Pop de Radio 3 desde el 79) quien les abrió las puertas de la masa, o, y esto sí que es una sorpresa que leo en La Fonoteca, Víctor Manuel (el de Ana Belén, sí), que metió mano y les pasó para su segundo trabajo a grabar para Epic (de la que era accionista) mediante la compra de la Sociedad Fonográfica Asturiana. Los empujones de ambos son los que hicieron que su nombre comenzase a circular de boca en boca en aquellos mediados 80 de movidas madrileñas y grupos de rock urbano.

Dos cortes de este su primer álbum para ejemplificar lo hablado. Pero no los más punteros, para esos tengo otros destinos que vendrán con el tiempo.

Cosas buenas a tod@s.



miércoles, 11 de julio de 2012

A escasos siete metros del escenario

Desde luego no fue Miguel Ríos quien lo inventó. La música se hace a los escenarios allá donde va y la remarcable gira del rockero granadino fue una demostración, la enésima, de que juntar cosos taurinos y rock&roll no es combinación que dé lugar a malos resultados.

Todo esto viene a colación de un himno que el otro día volvía a colárseme en la cabeza. Yo tendría catorce o quince años cuando vi por vez primera en directo a quienes me ocupan hoy. Quizás dieciséis, aunque no me salen las cuentas entonces. Después de una etapa de movida madrileña y una de heavy-rock, me vino la pasión por ese rock más callejero y desnudo que defendían grupos que iban desde Burning a La Frontera. Y toda esa generación de músicos tuvo un grupo significativo, posiblemente no el que más cuota de mi tiempo absorbió, pero sin duda uno de los de cabecera: Loquillo y los Trogloditas.

Como tantos otros grupos del momento la música de éstos me vino, via cinta de casette, de la mano de mis primos, todos ellos mayores que yo. Precisamente la canción que traigo hoy es una de las primeras que recuerdo en boca de una prima mía, sacando morritos y frunciendo el ceño balbuceando las estrofas para marcar la frase del estribillo al final. Cuando finalmente la escuché de boca del protagonista la reconocí enseguida, la había estado escuchando cientos de veces en la radio aunque me había pasado casi desapercibida.
Es curioso como hay melodías que se nos pasan por alto hasta que alguien nos las referencía y nos hace prestarles una diferente atención. Melodías que, escuchadas con cuidado, se nos acaban convirtiendo en banda sonora y las arrastramos años enteros sin explicarnos como habrían pasado tantas veces a nuestro lado sin habernos hecho volver la cabeza. Esto, ya pasa, no sólo ocurre con las canciones.

El caso es que aquella tarde de primavera en que asistí al concierto del Loco y los suyos, me pasé buena parte del concierto esperando este tema, con miedo a que no lo hubiesen seleccionado y tuviese que esperar mejor ocasión para oírselo tocar. No sólo me pasó con esta canción, pero hoy es la que nos ocupa.

La tarde empezó a caer y sobre una enorme sábana blanca que cubría el escenario se proyectaron las sombras de cada uno de los componentes del grupo mientras arrancaban los acordes de PiratasSergio Fecé, Ricard Puig Domenech, Jordi Vila y, como no, finalmente, Loquillo. Y allí me quedé con cara de vaca mirando al tren sobre el albero de la plaza. Los ojos como platos. Las orejas abiertas de par en par. A escasos siete metros del escenario.

Cayeron casi todas.
Como me ha pasado en otros conciertos el movimiento de la gente, los saltos, las cervezas... me apartaron del resto (o me aparté a conciencia, o fueron ellos los que se apartaron,... poco importa). Así recuerdo haber seguido y vivido el concierto a mi aire, saboreando la descarga de rock ibérico que me regalaron aquella noche en solitario. Sudando, bebiendo, escuchando, mirando.
Construyendo recuerdos, así se forjan los himnos, algunos tan enraizados en mi subconsciente como este Chanel, Cocaína y Don Perignon. Pura reserva.

Cosas buenas a tod@s.

sábado, 7 de julio de 2012

El Sachtmo y la movida de Vigo

No lo conocí, la distancia que separa Vigo del sur de España es (erá más entonces) demasiado grande como para permitirme haberlo hecho. Aunque, antes de entrar en detalles, habría que explicar un poco qué fue el Sachtmo.

Hagamos una analogía, la evidente, la más cercana al fenómeno Sachtmo, la madre del mismo y la respuesta inmediata: el Rockola. Rockola fue uno de los centros donde se gestó y se alimentó la Movida Madrileña. Lugar de encuentro (no de forma exclusiva) de los personajes principales de aquel movimiento socio-cultural que tuvo lugar en la España que iba pensando en dar carpetazo a la transición para hacerse a un orden nuevo de cosas. Bar, sala de conciertos, espacio de exposiciones, el Rockola fue la casa de todos de aquellos años.

En otra escala, a otro nivel, desde luego, pero con el mismo espíritu, encontramos al Sachtmo, en Vigo. Posiblemente, de forma contemporánea a Madrid, la segunda explosión de cultura juvenil (ligada a la música popular) más importante del momento tuvo lugar en Vigo. Y tuvo, qué duda cabe, un grupo seminal: Siniestro Total.

Los Siniestro de entonces (Julián Hernández, Germán Coppini, Miguel Costas y Alberto Torrado) comenzaron sus andanzas públicas, entre otros lugares, ahí, en el Sachtmo. Al principio sin nombre, bueno, mejor dicho, con un nombre diferente cada noche, pero con la convicción de estar formando parte de algo. Con tesón, y un ojo puesto inteligentemente en Madrid de forma constante, lograron que su ambición diera frutos cuando ese elemento indispensable del periodismo musical de este país (Jesús Ordovás) radió una maqueta de ellos en el programa Esto no es Hawai de Radio 3.


Me salto mil detalles y anécdotas, pero la historia de los Siniestro expresa perfectamente el devenir de un grupo de chavales enamorados de la música e intentando encontrar una forma de expresarla. Sin convicciones de vivir de ella en un principio, pero dejándose creer el cuento a medida que los acontecimientos se precipitan y avanzan. Tirando de coche, de tren, recorriendo mil veces el eje Galicia-Madrid para estar donde había que estar en cada momento.

Toda esa vida de grupo de chavales buscándose la oportunidad de tocar les pone en contacto con mucha gente del momento. Influyen más que son influidos, y comienzan a generar una huella que se deja notar en bandas que surgirán a partir de los cuatro miembros originales.

Germán comienza a juntarse con un multiintrumentista llamado Teo Cardalda para musicalizar algunas letras que no acaban de convencer, por serias, al resto de los Siniestro (especialmente a Julián y Miguel). De ahí nacerán los Golpes Bajos, y de éstos, a través de Teo, los Cómplices. Germán seguirá su andadura posteriormente como solista.
Miguel, por su parte, fundará Aerolíneas Federales. 
Julián, que ha ido generando una curiosidad por músicas más complejas como CAN o el mismo John Cale, entra en contacto con gente nueva, propia de ambientes más cultivados, y llega a establecer una relación con Antón Reixa. Si bien al comienzo la relación entre esta nueva gente y el resto de integrantes de Siniestro no va a ser sencilla, con el tiempo se transformará en algo natural y  cercano. Antón será una de las piezas fundamentales de Os Resentidos, de donde en parte saldrán Los Motores.
Incluso, basándose en bases de Julián, dan sus primeros pasos los Def Con Dos.

En definitiva, a principios de los 80 se genera en el entorno de la ría un núcleo de movimiento juvenil que dejará marcado el panorama nacional con su inventiva, su forma fresca y atrevida de atreverse con covers (versiones) de los clásicos,  con su punto irreverente y su infrenable ilusión. Tenemos la suerte de tenerles aún dando la barrila. No les desaprovechemos.

Canciones de Siniestro hay unas cuantas, y no quiero aquí gastar balas que van a ir, con todos los honores, en otras etiquetas. Como hablamos de los comienzos, dejémosnos caer por ellos.

Cosas buenas a tod@s.



miércoles, 4 de julio de 2012

De como puede salir algo válido de un grupo religioso de chavales

Hace unos días tuve una agradable cena con dos buenos amigos. En ella, en medio de raciones de callos, bravas y lacón, apareció la cosa ésta de la música. Anduvimos hablando de esto y lo otro y apareció el nombre de un grupo que sé de buena tinta le gusta mucho a uno de mis amigos, un combo conocido mundialmente y cuya historia no deja de tener su aquel: Depeche Mode. Coartada perfecta para traerlos al blog.

Si uno escribe Depeche Mode en Google y va a imágenes se encontrará con dos grupos diferentes de las mismas. Uno en que aparecen como cuarteto y otro en que aparecen como trío. Expliquemos esto.

Si miramos a Depeche en perspectiva, contemplando su larga carrera y sus múltiples trabajos podemos, sin cometer un craso error, afirmar que son un trío. Tres sujetos que responden a los nombres de Martyn Lee Gore, Andrew Fletcher y Dave Gahan. Sin embargo existe una cuarta figura, un individuo sin el cual la conexión entre estos tres no hubiera sido posible, posiblemente la persona con mayor porcentaje de culpabilidad en la formación de aquel grupo que se dio en llamar Composition of Sound, lo que al tiempo sería Depeche Mode.


Este personaje se llama Vince Clarke. Aunque suene un tanto extraño (los lugares y situaciones de encuentro de las piezas claves de los grupos de música son dignas de mención en muchas ocasiones) los caminos de Clarke se cruzaron con los de Fletcher en las reuniones de un grupo juvenil de actividades de estilo parecido al de los Boys Scout. Un grupo de chavales que se reunía semanalmente  dentro de un marco religioso para escuchar charlas y jugar al fútbol. Cuando la conexión entre ambos se estableció lo tuvieron claro, su pasión era la música, de forma que no tardaron en dedicar sus ratos de ocio a tocar y ensayar.
En paralelo a estos dos un joven mudado a la ciudad se dedicaba a tocar con otros chavales y acudía, de tanto en tanto, a las charlas que Clarke daba a para atraer a otros chicos a las actividades del grupo religioso/festivo. Ese joven era Martyn Lee Gore. El caso es que en una ocasión en que Gore se encontraba tocando con otros tipos, un avezado Clarke le observó desde el público y pensó que sería una pieza ideal para acompañarles a Fletcher y a él. Poco después los tres habían dado forma al germen de lo que serían con el tiempo los Depeche.

Sólo les faltaba un front-man capaz, un vocalista con entidad para dar personalidad al grupo. Y de nuevo se cruzó en el camino de Clarke. Dave Gahan no tuvo una infancia muy regular, especialmente problemática con la figura paterna debido a varias separaciones de su madre e intentos por parte de ésta de insistir en que cada nuevo hombre que entraba en su vida era el padre auténtico del chico. Esto le hizo distanciarse de una vida familiar ordenada y comenzar a beber, salir, cruzarse con otros chicos y acabar encerrado en su arte (dibujaba, escribía,...). Por una anécdota que no viene a cuento Clarke y él se cruzaron una noche. El primero no dudó en proponerle una prueba. Había visto algo en aquel enclenque y desaliñado chaval. Y el resultado fue una audición en la que Gahan clavó un Heroes que dejó convencidos a los tres miembros del grupo. Acababa de nacer Depeche Mode, nombre que el propio Gahan propuso y que, a la postre, perduró como etiqueta del cuarteto.

Sólamente un trabajo de los Depeche lleva la firma de los cuatro, con la carga compositiva centrada en Clarke. Es de 1981 y se tituló Speak and Spell, una producción de Daniel Miller para el sello Mute, casi nada.
Por diversos problemas que no son objeto del post, Clarke abandonó el grupo y para el siguiente trabajo (A Broken Frame, 1982) el grupo aparecía ya como trío, sin quien había sido el nexo de unión del conjunto y su principal compositor. Pero de como superaron esto podemos hablar otro día.

De aquel primer trabajo del 81, un tema destacó sobre los demás y les proporcionó el oxígeno suficiente como para establecerse en la escena nacional. Se titulaba I just can't get enough, y sonaba, con ese sencillo pero maravilloso toque electrónico, así...

Cosas buenas a tod@s.