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viernes, 3 de noviembre de 2023

Severo Sarduy: Cocuyo

Idioma original: Español

Año de publicación: 1990

Valoración: Bastante recomendable

¡Qué cosas esto de las ideas preconcebidas (y de la ignorancia, para qué nos vamos a engañar)!. Uno sabía que Sarduy fue crítico de arte en París y pensaba que su narrativa sería sesuda, complicada, tirando a pesada por exceso de seriedad. Algo de eso hay, sobre todo en lo referente a la complejidad de la novela, pero me llama muchísimo la atención lo divertido, burlesco y zumbón que es Cocuyo. No nos adelantemos.

Resulta sencillo en apariencia resumir el argumento de Cocuyo. Vendría a ser una novela de (de)formación en la que se narra, de una forma tremendamente particular (¿podríamos decir novela de (de)formación alucinatoria?, el paso de la infancia a la adolescencia y edad adulta de su protagonista. Claro que hay formas y formas de enfocar lo anterior, y en el caso de Sarduy creo que tiene mucho que ver con su experiencia personal.

Ambientada en la época de Batista, que coincide en el tiempo con la infancia y adolescencia de Sarduy,  Cocuyo combina referencias clásicas y contemporáneas y hace uso de lo grotesco, lo absurdo, lo escatológico y lo mórbido para mostrarnos los espejos deformantes de la realidad de los que hablaba Valle Inclán. Entre las referencias clásicas, destaca la novela picaresca española (Cocuyo es un claro Lazarillo tropical); entre las más o menos contemporáneas, Borges (siempre), Lezama Lima + Carpentier y Oulipo, por la combinación de lo real y lo onírico, por el empleo de la sexualidad, por lo barroco de las descripciones y por el humor absurdo, escatológico, grotesco y muy vinculado al lenguaje, respectivamente. 

No sé si debería decir esto, pero los capítulos 9 y 10 (La desilusión y Azulejos, con osamenta rumbera) me traen a la cabeza ciertos pasajes de la trilogía Cegador de Cartarescu. En concreto, esos que ocurren en cierto templo de Nueva Orleans, si no recuerdo mal. Vamos, que si Cartarescu no ha leído Cocuyo...

Sigo. Otros aspectos aun no citados pero que serían importantes en la novela, como por ejemplo:

  • las referencias al cuerpo y al sexo, y siempre relacionados con el deseo o la aspiración de ser otro por parte de Cocuyo, quien esperaba a alguien pero sabía con certeza que nadie iba a llegar.  
  • lo pictórico. Puede parecer una obviedad, siendo Sarduy crítico de arte, pero resulta necesario mencionar la plasticidad de las descripciones, lo terriblemente visual de muchos pasajes de la novela.
  • lo sensorial: olores, colores, sabores, texturas... Mierda, semen, sudor, sangre, fachadas decrépitas, fruta podrida, el mar... 
  • el lenguaje, plagado de cubanismos que pueden condicionar la lectura y muy conectado con compatriotas de Sarduy ya citados.
En resumen, una novela aparentemente sencilla en lo argumental pero compleja en lo formal que no es posible recomendar a cualquier lector (abstenerse delicados y fans de las tramas lineales y "mascaditas"), si bien no me cabe duda de que los seguidores de autores y tendencias mencionados con anterioridad encontrarán, igual que yo, más que recomendable. 

P.S.: Si bien Severo Sarduy fue publicado por Tusquets hace ya unos cuantos años, la reseña se refiere a la nueva edición del texto (con prólogo y notas al pie) llevada a cabo por Amarillo Editora, que todo hay que decirlo, oigan.

miércoles, 7 de junio de 2023

Louis-Ferdinand Céline: Guerra


 
Idioma original: francés

Título original: Guerre

Año de publicación: 2022

Traducción: Emilio Manzano

Valoración: recomendable

Entre la fauna literaria francesa existe una variedad del (no tan) enfant terrible que busca épater les bourgeois, que es la del escritor abiertamente de derechas y a menudo ultra, que lo que busca es ganar fama, prestigio y euritos (antes, y muy convenientemente, francos) epatando a los izquierdosos o, al menos, a la progresía biempensante. Ejemplo que, por cierto, han seguido y siguen algunos escritores y columnistas españoles, más aún en estos tiempos en que la provocación reaccionaria rema a favor de la corriente, por más que se empeñen en convencernos de lo contrario. En el caso de Francia, siempre por delante en esto del espectáculo cultureta, la provocación no se limita a soltar unas cuantas boutades xenófobas o machistas: hay quien incluso trata de llamar la atención protagonizando (o intentándolo, al menos) una película porno... Lo que sea para camuflar la propia medianía literaria, pues todo apolojeta reaccionario francés sabe que nunca podrá alcanzar el nivel de su santo patrón, que no es otro que (sí, ya llego, por fin) Louis-Ferdinand Céline.

Porque además, para ser un escritor malote de extrema derecha, no basta con meterte con los árabes, escaquearte de pagar impuestos o defender en público la conspiranoia de "la Gran Sustitución". Eso lo puede hacer cualquiera y palidece con haber colaborado con la Gestapo, huir de Francia para que los resistentes no te den matarile, acabar preso en un castillo de Dinamarca y ser declarado desgracia nacional en tu propio país (bueno, para esto nuestro amigo Michel sí que está haciendo méritos). Fue a raíz de esa huida, en 1944, cuando del apartamento parisino de Céline le fueron sustraídos varios manuscritos, algunos aún sin publicar y que, tras vete a saber qué vicisitudes, han vuelto a aparecer 85 años más tarde (para quien desconfíe, parece que no hay dudas sobre su autoría). Uno de ellos es el de esta Guerra, una novelette (tentado he estado de etiquetar la reseña como "zoom"), aunque parece que en origen podría tratarse de una parte de una conjunto, quizás una trilogía: en todo caso, pronto se publicará otra novela, continuación de ésta, titulada Londres.

La novela está tan basada en la propia vida de Céline, que cayó herido durante los primeros meses de la I Guerra Mundial, como relacionada con sus dos libros más extensos, Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito, pues, de hecho, fue redactada entre ambos. Nos cuenta la historia del joven Ferdinand, brigadier en un regimiento de caballería y único superviviente de un ataque alemán en Bélgica quien, a causa de sus heridas, es trasladado a un hospital militar en la retaguardia, aunque cerca del frente, en la ficticia ciudad de Peurdu-su-la-Lys, donde trabará relación con personajes peculiares, como la jefa de enfermeras L'Espinasse, la complaciente camarera Destinée, su compañero de convalecencia Bébert -luego llamado Cascade- y la mujer de éste, Angèle. 

Pero que nadie se llame a engaño: ésta no es una novela bélica al uso, si bien la guerra y, sobre todo, sus consecuencias están siempre presentes con su crudeza. Aunque, a partir de cierto momento, quizá se trate más de una suerte de novela picaresca, aunque algo sui géneris, que narra la degradación moral -o no, según se mire- de un joven, hijo de una familia de la pequeña burguesía francesa, que cae, aun sin demasiada oposición por su parte -parece que el pollo ya apuntaba maneras- en una vida digamos delincuencial... El sexo, además, está muy presente a lo largo de toda la narración, con un erotismo (por decirlo así) un tanto zafio o incluso perturbado, en el caso de la enfermera L'Espinasse; sin embargo, yo no diría que esta pulsión sexual, pese a su importancia, sea el leit-motiv de la novela, sino, en todo caso, es uno de los canales que encauzan el auténtico tema: la oposición a la sociedad biempensante que había acabado por organizar esa guerra en la que morían sus hijos. De ahí que tenga también gran importancia en la trama el desprecio que siente Ferdinand hacia sus progenitores (si bien parece que el autor del libro se llevaba bien con los suyos). Este desencuentro entre la conveniencia burguesa y la cruda realidad no tiene por qué mostrar un aire trágico; de hecho, encontramos a este respecto una escena vodevilesca especialmente hilarante.

En cuanto al estilo, debemos recordar -y lo hacen, además, un prólogo del editor y numerosas notas finales- que este libro es la transcripción de un manuscrito que, si bien parece terminado, hubiera necesitado aún un pulido final; de ahí que haya ciertas incoherencias, cambios o palabras ilegibles. No obstante, también encontramos muchas páginas magníficas, de una fuerza y magnetismo literario indudables -el comienzo de la novela, sin ir más lejos-, así como ciertas reflexiones que, si bien, vienen de un escritor no demasiado recomendable e incluso deleznable en algunos aspectos, no dejan de poseer profundidad e interés. Como muestra, a despecho del tono soez que caracteriza a buena parte de la novela, me permito reproducir este párrafo para terminar la reseña:

"Voy por las calles más estrechas. Vomito discretamente bajo los porches cuando me da. Parece ser que el frente ahora está a cuarenta kilómetros, por delante y por detrás. Pienso adónde iría si me escapara. estoy rodeado de tierra podrida por todas partes, me digo. Habría que poder pasar a un país del extranjero donde la gente no se mate. pero no tenía salud, ni dinero, ni nada. Estás asqueado, cuando has visto durante meses los convoyes de hombres con todo tipo de uniformes desfilar por las calles como bancos de salchichas de azul, de verde manzana, sostenidos por unas ruedecillas que se llevan todo ese picadillo al gran mortero de idiotas. Se marchan directamente, cantan, empinan el codo, vuelven, sangran, empinan el codo otra vez, lloriquean, gritan, todo se ha ido a la mierda ya, una lluvia y el trigo que crece, otros idiotas que llegan en un barco que muge, que tiene prisa por desembarcarlo todo, y vira dando grandes soplidos y nos enseña el culo en el malecón, un barco magnífico que se marcha de nuevo, surcando las olas, para traer a otros... Siempre contentos, los idiotas, siempre de fiesta. Cuantos más machacan, mejor crecen las flores, esa es mi opinión. Que viva la mierda y el buen vino. ¿Y todo para nada!"

 

También de este autor y reseñada en Un Libro Al Día: Viaje al fin de la noche

jueves, 25 de julio de 2019

Felipe Benítez Reyes: El novio del mundo

Idioma original: español
Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable




Cierro el libro y me invade la nostalgia. Lamento que les parezca cursi esta frase –y de hecho lo sea– pero es lo que se siente tras perder a un compañero de viaje al que te has acabado acostumbrando. Algo que, aviso, les puede pasar a ustedes tras escuchar durante 600 páginas las confidencias del tal Walter Arias, autodenominado novio del mundo, narrador y protagonista absoluto de la novela homónima. Aunque bien podría ser que el mundo entero, tal como nos lo presenta Benítez Reyes, sea el propio Walter, y todo lo demás gire en torno a él como satélites enloquecidos sin órbita fija. Pero no me hagan mucho caso: todavía estoy bajo los efectos de una lectura capaz de abducir a cualquiera que se preste al tortuoso juego ideado por su autor.
Digo más, El novio del mundo, además de un alarde de estilo –una delicatessen de la gastronomía literaria– es el alumbramiento de un personaje casi de carne y hueso, y tan memorable como puedan serlo Ignatius Reilly, Karoo, el capitán Jakab Störr, Dangerfield, el rey de la lluvia Henderson o el propio Bukowski en persona. Junto a tantos paradigmas del absurdo, este en concreto presenta una faceta tierna, camuflada por un mar de disipación, que le otorga una ambigüedad de lo más convincente. Walter Arias –que desde una cuna acomodada desciende vertiginosamente al submundo, permaneciendo en él años y años hasta su meteórica y poco ortodoxa opulencia– es un antihéroe, un pícaro situado en la confluencia de dos siglos que reflexiona sobre sus andanzas como es habitual en ellos; un héroe solipsista y abúlico, libidinoso, egocéntrico y machista convencido, a quien le cae encima una realidad que se niega a enfrentar por sistema. Concretando más, se trata de un delincuente de baja estofa, un diletante, un vago integral, un cínico sin carisma. ¿Quién se puede encariñar con un elemento como ese? Bueno, esperen a estar a cien páginas del final y luego me lo cuentan.
Los secundarios llegan y se van como han venido. Cómplices de sadismo, aventuras sexuales, amores más o menos fortuitos, empresarios de pacotilla, mafiosos de medio pelo, ocasionales acompañantes en el descenso a los infiernos: la sociedad lumpen de la época descrita sin concesiones con la particular óptica de Walter Arias.

“Cada vez que una mujer se pone unos pantis en vez de unas medias con liguero, se hunden un poco los cimientos de la cultura de Occidente –aquella por la que lucharon con gran denuedo Platón, Kant, Uri Geller, Sigmund Freud y todos esos simpáticos chiflados de la farándula mental.”

Ironía a raudales, es cierto, pero como quien no quiere la cosa se pone todo patas arriba. Leyendo tal sucesión de aventuras –alambicadas, sórdidas, crueles, demenciales, hilarantes– nos parecerá que cualquier vida es anodina en el fondo, felizmente anodina siendo realistas. Y es que el argumento es como una montaña rusa: de la carcajada pasamos a la reflexión, y de ahí a la angustia, la indignación, el pavor o la empatía. Aunque nada de esto dura demasiado y pronto volveremos a reírnos (y a veces esta risa acaba congelándose). Por el momento, mejor no preguntarnos adónde nos conduce tanto disparate, dejémonos llevar y disfrutemos de un viaje cuya estructura circular nos deja en el mismo sitio solo en apariencia. Su prolífico y versátil conductor sabe lo que hace, no lo duden, de ahí que, finalmente, se encontrarán frente a un desenlace espléndido de una coherencia sorprendente.

“La realidad, ya digo, es un espejismo. No existe. O existe a lo sumo del modo en que existe una pompa de jabón… Hasta que un día, harta de su inexistencia, la Realidad decide contratarte precisamente a ti como actor principal para su nueva obra, a punto de estrenarse en el Teatro Real del Espanto Individualizado.”

Hacia su mitad, el relato cae en cierta monotonía, cierta sensación de déjà vu, comprensible dada su extensión y que acaba superándose cuando decididamente levanta el vuelo para brindarnos las páginas más trepidantes, demenciales, y por eso mismo, las más brutales de todas. En realidad, como sucede en el género picaresco, se trata de una continua sucesión de historias, y eso convierte a El novio del mundo en un artefacto metaliterario de lo más efectivo. Nada como la buena literatura para reflexionar sobre ella misma, y sin que apenas se note además.
El ejemplar que he leído es una reedición, bonita y bien cuidada, que salió el año pasado para conmemorar el vigésimo aniversario de la publicación original y que se cierra con un epílogo aclaratorio. En él Benítez Reyes relata la génesis y avatares del ente de ficción, nos enteramos así de que sus apasionados seguidores llegaron a convertirlo en libro de culto y que esto generó varias anécdotas: más de un gracioso intentó hacerse pasar por Walter Arias, también apareció un tocayo auténtico, se grabó un disco inspirado en uno de los episodios, hubo espectáculos de baile basados en el argumento y hasta se intentó crear un Club Walterista. Traducciones, en cambio, solo hubo una: al italiano, quizá porque su lectura requiere que colaboremos un poco para desentrañar unas claves metafóricas, en realidad bastante sencillas.

“Pero lo peor estaba por venir, ya que es condición natural de Lo Peor el hecho de llegar en último lugar, como broche de oro, con su castillo de fuegos artificiales, formando en el firmamento una gran palmera de luciérnagas desangradas.”

jueves, 12 de noviembre de 2015

Honoré de Balzac y E. M. de Saint-Hilaire: El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo

Idioma original: francés
Título original: L'art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourser un sou
Año de publicación: 1827
Traducción: Jürgen Jencquel
Valoración: entre recomendable y está bien


Pues sí, amigos, ULAD ha decidido abrir su exclusiva relación de reseñas a ese popular -popularísimo, incluso- género que es el de los libros de autoayuda. ¿Cómo? ¿Que éste no es un libro de autoayuda, sino un clásico del siglo XIX, de todo un Balzac, nada menos? Pues fijémonos en el título completo del libro, a ver qué nos parece: El arte de pagar sus deudas y de satisfacer a sus acreedores sin gastar un céntimo en diez lecciones o Manual de derecho comercial para uso de gente arruinada, deudores, desempleados y demás consumidores de dinero. Por el que fue mi tío, profesor emérito.

(El tal tío, que resulta haber sido un moroso de dimensiones legendarias, lo era, en todo caso, del colega de Balzac, Emile Marco de Saint-Hilaire, si examinamos la biografía del célebre escritor y sus espinosas relaciones familiares. Quien, por otro lado, si de algo sabía por experiencia propia era de deudas y acreedores: a los 28 años, edad a la que escribió esta obrita, ya se había arruinado, entre otras cosas por su ocurrencia de meterse a editor y publicar "tratados" como éste o como El arte de anudarse la corbata  y cosas así...).

Bueno, a lo que iba: ¿es o no es un libro de una practicidad absoluta, lo más útil que cualquier ciudadano del siglo XXI (y también de hace 200 años, por lo visto) puede leer? Vaya que sí... ahora bien, El arte de pagar sus deudas... supone algo más que un manual de truquitos para esquivar acreedores -aunque también lo sea-, al estilo del artista moroso de 13 Rue del Percebe; representa toda una filosofía de vida y más aún, toda una doctrina económica que explica y clarifica en gran medida las relaciones comerciales, financieras y has personales entre individuos, empresas y países, a las que asistimos cada día, estupefactos; más aún desde hace cierto tiempo... Dos o tres de los axiomas del famoso señor tío en los que se basa el libro, a modo de ejemplo:

"I ) Mientras más deudas se tienen, más crédito se tiene; mientras menos acreedores se tienen, menos ayuda se puede esperar.
VI ) Hasta con la mejor administración, una nación siempre se divide en dos partidos totalmente opuestos. Puede ser una nación tan grande como quiera, tan unida como pueda, pero siempre sucederá.
Es decir: 
Primer partido: individuos que roban.Éste es el partido más fuerte.
Segundo partido: individuos que son robados. Éste es el más grande.
Dejo al lector escoger el partido que más convenga, pues no es posible escoger un partido neutral o de transición (como se hace en política); ¡según nuestra interpretación no puede existir tal partido!
X ) Es obvio que el mundo está compuesto de personas que tienen demasiado y de gente que no tiene lo suficiente. Su deber es en lo que concierne a su propia persona, establecer el equilibrio"...

Todos estos axiomas se pueden resumir en el último, especialmente expresivo:

XVII ) "...¡Lo que otro tiene en el bolsillo estaría mucho mejor en el mío!...¡Lárgate, para que pueda sentarme yo en tu puesto!...
En pocas palabras, éste es el principio básico de toda moral"

Bastante esclarecedor, ¿no? Cabe decir que para los autores del libro -esto es, para el famoso "tío"-, la sociedad está dividida en "productores" y "consumidores": productores serían los que disponen de dinero de sobra, hasta el punto de que no saben qué hacer con él y consumidores, los que no tienen ese dinero pero lo necesitan y tienen muchas ideas sobre como gastarlo de manera satisfactoria. Los primeros se convierten en acreedores y los segundos en deudores, para conservar el equilibrio financiero -e incluso espiritual- del mundo. es una doctrina que, como se ve, ha tenido mucho éxito en los últimos dos siglos... ¡si hasta el tío de marras podría haber presidido un banco español, para sacarle sus ahorros a los jubilados con las preferentes!

En fin, fuera de estas cuestiones más generales, el libro tiene un carácter práctico indudable: Sólo hay que fijarse en los temas de los distintos capítulos: tipología de las deudas; formas de amortización de las mismas (la más eficaz, muerte del acreedor), características necesarias -físicas y morales- para ser un deudor (la más importante: el aplomo); elección de zona y vivienda para poder dedicarse a tal práctica, modos de vida, etc... Empero, es cierto que los últimos capítulos dedicados a las vicisitudes que acechaban al deudor francés de principios del siglo XIX (a saber: los temidos alguaciles, el secuestro corporal a petición del acreedor o la cárcel de Saint-Pélagie, donde podían ser encerrados), aunque interesantes, no son de utilidad para sus émulos del siglo XXI... No ocurre lo mismo, sin embargo, con la verdad indiscutible que anima a esta pequeña pero gran obra, una verdad que sigue siéndolo hoy en día y seguro que lo será dentro de otros dos siglos:

"Siempre es mejor encontrarse sin un céntimo en el bolsillo que sin crédito."

Que se lo pregunten a más de uno de la lista Forbes...


(Casi se me olvida: deliciosas ilustraciones de Honoré Daumier, de regalo. A ver quién da más...).

Otras obras de Honoré de Balzac en ULAD: Eugenia GrandetEl elixir de la vida


sábado, 1 de agosto de 2015

Colaboración: La vida del Buscón, llamado Don Pablos de Francisco de Quevedo

Idioma: español
Año de publicación: 1626
Valoración: Imprescindible


Quevedo nunca admitió la autoría de la obra por la que es más conocido, aunque sí reivindicó con orgullo ser el padre de la hoy olvidada Vida del bienaventurado Tomás de Villanueva. Si hay quien opina que fue por evitar problemas con la censura, creo que se debería, más bien, a que en el canon literario de su época era una obra considerada baja, tanto por los personajes que intervienen como por sus acciones, que distan mucho de ser sublimes, del mismo modo que el autor del Lazarillo calificaba su libro de “nonada en grosero estilo” y tampoco lo firmó. Se considera obra de juventud, aunque algún crítico dice que semejante perfección sólo puede ser obra de un autor maduro.

El segoviano Pablos es el hijo de un ladrón y una hechicera al que sus padres envían a una escuela costumbre entonces más extendida de lo que ahora se cree y allí conoce al hijo de un caballero y, desde ese momento, decide que quiere ser uno de ellos y hará lo posible por conseguirlo. En su intento de alcanzar la nobleza, aunque sea fingida, se topará con todos los tipos de su época, que, con las correcciones necesarias, vendrían a ser los de todas las épocas. A todos despedaza sin piedad y aunque alguno ha dicho que se salva la nobleza, lo cierto es que sólo se salva de sus pullas, pero su antiguo compañero de escuela queda retratado en la poca virtud de sus acciones. En cada época hay asuntos vedados, hoy día no se puede caricaturizar a la monarquía del mismo modo que al resto de los mortales, como bien supieron en sus carnes los dibujantes de El Jueves.

¿Qué destacar de este libro magnífico? La sátira es tan perfecta que uno de los criticados, Luis Pacheco de Narváez, que escribía libros para aprender esgrima en casa, se sintió tan ofendido que de ahí hasta su muerte se convirtió en enemigo mortal de Quevedo y llegó a denunciarle a la Inquisición cada vez que se le presentaba la oportunidad. La finura de las observaciones, como cuando dice del soldado fanfarrón que “cuando hablaba a los de Flandes decía que había estado en la China y a los de la China, en Flandes” o llama “músicos de uña” a los prestamistas de la Corona. Y sobre todo, el dominio absoluto del lenguaje unido a una inteligencia portentosa, de forma que habiendo materia en cada página para reír a gusto, también la hay para pensar, porque un libro puede ser serio y terriblemente divertido a la vez, y este es uno de los mejores ejemplos. 

Borges, gran lector, adoraba a Quevedo, del que decía que era un continente. Andrés Trapiello no ahorra sus desprecios hacia don Francisco. Que cada quién juzgue...



                                                                                                        Firmado: Pedro el Negro

miércoles, 21 de julio de 2010

Anónimo: Vida del Lazarillo de Tormes

Idioma original: español
Año de publicación: 1554
Valoración: Imprescindible

El Lazarillo es, desde hace tiempo, uno de mis libros favoritos. Me parece una verdadera maravilla, que reúne la importancia histórica (como elemento de enganche entre las recopilaciones de relatos con marco, al estilo del Decameron, y la novela moderna; y por supuesto, como fundadora de la novela picaresca) y el puro entretenimiento, por lo menos en algunos capítulos. Es verdad que el Lazarillo es una obra muy irregular, tanto que parece inacabada, o apenas esbozada, en su segunda mitad; y sin embargo, aún así, lo que tenemos es una obrita preciosa, divertida, ácida y de una ambigüedad magistral.

Probablemente, lo más conocido del Lazarillo son los cuentecillos que construyen las aventuras del "mozo de muchos amos" con el ciego, con el cura o con el escudero. Quién no ha leído alguna vez, en algún manual de secundaria, la aventura del ciego y la longaniza, o la del racimo de uvas, o la de la cabezada en el toro... Mi favorito es, probablemente, el capítulo del escudero, un personaje caricaturesco y satírico, pero tremendamente humano al mismo tiempo.

Pero no es ahí, creo, donde está el mayor mérito del Lazarillo (además del estilo, que por momentos es sencillamente brillante): lo más genial, y lo que hace que esta novela sea una novela, es el marco narrativo general: como se nos explica en el prólogo, la historia de Lázaro está contada desde el final de su vida ("la cumbre de toda mi buena fortuna"), para explicar "el caso" (al final descubriremos que se trata de acusaciones de adulterio y amancebamiento de su mujer) a una "Vuesa Merced" de la que poco o nada sabemos, para que "se tenga entera noticia de [su] persona", y de paso, para que "consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto".

Ese hilo conductor (el aprendizaje de Lázaro a lo largo de su vida) y esa escisión narrativa entre el Lázaro que vive las aventuras, y el Lázaro mayor que las narra, es el que le da unidad y sentido a la obra, y lo dota de una ambigüedad moral y narrativa que aún hoy divide a los críticos: ¿es el Lazarillo la historia de un fracaso (porque Lázaro pasa de hijo de ladrón a marido de amancebada) o es verdaderamente una historia de aprendizaje y ascenso social (porque Lázaro consigue sobrevivir por sí mismo y sacar adelante una familia)?

Ah, y por cierto, todavía pervive el misterio de la autoría del Lazarillo, por mucho que cada año salga un especialista que diga haberlo resuelto "definitivamente". Lo más probable, salvo que se vuelva a producir otro milagro como el de la edición desconocida que apareció escondida en una pared, es que nunca lo sepamos con total certeza. Y a quién le importa...