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domingo, 10 de diciembre de 2017

"Don Carlos" en Les Arts 09/12/2017



Ayer asistimos a un extraño Don Carlo en Les Arts, pero no por cuestiones dramáticas o musicales, si no, como todo el mundo sabe a estas alturas, por motivos políticos. No explica muy bien la consellería de educación qué piensa hacer con este continente destinado a la ópera; abrirlo ¿en canal? a otras actividades culturales, dicen. Mientras tanto el intendente se nos ha pirado y recibió un espontáneo y cerrado aplauso del público al inicio de la representación, de la misma manera que, tras el intermedio, el conseller Vicent Marzà, recibió las protestas del público (que ya le habrán llegado, sin duda) ante la cobardía de no asistir al estreno de la temporada para dar la cara, como hacen los valientes.

Parece que a partir de ahora, y gracias a este Don Carlo en Les Arts voy a coger el gusto por esta ópera que, entre tanto galimatías de versiones, y algunos números de extraordinaria factura, pero carentes de la auténtica inspiración verdiana a la que estoy tan mal acostumbrado, no me terminaba de llegar.

La producción de este Don Carlos, si utilizamos el nombre original de la ópera en francés, provenía de la Deutsche Oper de Berlín y para mí ha sido un total acierto. Marco Arturo Marelli firma tanto la dirección de escena como la escenografía y la iluminación, algunos dirán que es demasiado austera, que no hay prácticamente utilería, y es verdad, pero eso no es nunca un problema si sabes manejar las cartas. Dentro de su sencillez, esas cruces formadas por volúmenes móviles que se van desplazando por el escenario según las necesidades, creando espacios sugestivos, tienen poco de sencillo, al menos para el que esto escribe. Tan complicado era mover toda esa escenografía que, con muy buen criterio, salieron a saludar los operarios que se encargaron de hacerlo. Toda la dramaturgía de la obra quedó perfectamente expuesta, resultando espectacular y sin dejar decaer la tensión en ningún momento en las diferentes escenas que rodean el auto de fe; más discutible, por innecesario, puede que sea el tema de la censura y quema de libros o la alteración del final respecto al final original de Verdi.

Y antes de pasar a hablar de los cantantes, como hago habitualmente, voy a invertir el orden porque ayer la Orquesta de la Comunitat Valenciana sacó el tarro de las esencias y ofreció sutilezas y sonidos que hacía tiempo que habían quedado ocultos, o emborronados (dicho esto dentro del nivel de calidad al que nos tiene acostumbrados). Seguramente gran parte del mérito hay que atribuírselo a Ramón Tebar, al que lo encontré muy seguro e implicado en llevar a buen puerto la ópera. La memoria juega malas pasadas pero yo me atrevería a decir que el Don Carlos de Maazel no estuvo mejor en cuanto a dirección musical, quizás sólo en el Auto de fe la lectura de Maazel la recuerdo como insuperable.

Complicada es la actuación del coro en esta grand opéra y el Cor de la Generalitat no defraudó, junto con la orquesta es un patrimonio del teatro que no debemos descuidar. Conseller Marzà, ¡no me sea miope!, por favor se lo pido, no dinamite la única actividad cultural de Valencia de auténtica relevancia internacional.

El equipo de cantantes fue desigual y no todos rindieron al 100% en todo momento, en este sentido el único que realizó una interpretación homogénea en cuanto a su calidad fue Felipe II, Alexánder Vinogradov, una voz de auténtico bajo con un timbre muy hermoso al que, salvo un pequeño e insignificante desliz en su aria, pocos peros se le pueden poner, ya nos gustó mucho el año pasado como Procida en I vespri siciliani, el siguiente bajo en importancia es el Gran Inquisidor, que fue interpretado con solvencia por Marco Spotti, al igual que el fraile interpretado por el burgalés Rubén Amoretti, un caso sorprendente de tenor lírico mutado a bajo a los 10 años de carrera por excesiva producción de hormona del crecimiento.

El tenor Plácido Domingo, por lo que significa en la historia del canto de las últimas décadas, era la gran estrella y el reclamo de la producción, ya es más que evidente su fatiga vocal, ahora hay que añadir sus limitaciones físicas en escena, más todavía representando el papel, no de padre, sino de amigo del protagonista, un joven revolucionario. Realmente no es creíble y en lo vocal no da la talla (esos dúos tenor contra tenor carecen del necesario contraste); sin embargo, como lobo viejo que es, confieso que me sedujo en la escena de su muerte, resuelta con mucha entrega y estilo de canto verdiano.

Estilo de canto es lo que le falta a Andrea Carè, pero en conjunto me pareció un buen Don Carlos tal y como tenemos el panorama tenoril actual. El timbre es bonito y está bien proyectado. María José Siri, como Domingo, estuvo reservándose durante toda la representación y cuando yo ya no daba un duro por ella nos ofreció un Tu che la vanità extraordinariamente bien cantado e interpretado, con una messa di voce para quitar el hipo, yo no daba crédito. Violeta Urmana, que, tras iniciar su carrera en el repertorio de mezzo, cambió a soprano, vuelve con Éboli a ser mezzo.  Es una cantante que otras veces interpretó Elisabetta, un caso parecido, salvando muchísimas distancias, al de Domingo, que ha interpretado tanto Don Carlos como Posa, Urmana no es ya lo ha sido otras veces en Les Arts, extraordinarias fueron su Kundry, su Ifigenia y su Medea; ayer, como Éboli, la voz resultaba muy rígida, sobre todo en el extremo agudo, pero en conjunto, gracias a su actuación y presencia escénica, resultó convincente. También cumplieron bien su cometido Karen Gardeazabal en el breve papel de Tebaldo, Olga Zharikova como una voz del cielo y Matheus Pompe como conde Lerma y heraldo.

Un buen inicio de temporada que espero que se pueda repetir en los próximos años si el equipo de cultura de la Generalitat puede conectarse los cables en  los lugares correctos porque parece que los tienen más que cruzados.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Les Arts: "I vespri siciliani" 10/12/2016 - Sacad el manual de instrucciones.



Sorprende que Las vísperas sicilianas, dado el lugar que ocupa en la producción verdiana: después de la trilogía popular (Rigoletto, Traviata, Trovatore)  y antes de Simon BoccanegraUn ballo in maschera y La forza del destino, no sea una ópera de repertorio, esta circunstancia la comparte con Aroldo, pero ésta es un caso distinto en cuanto es una revisión de Stiffelio, ópera anterior a Rigoletto. Se han dado muchas razones de por qué Las vísperas, a pesar de tener una música de gran calidad, alabada por el mismo Berlioz, y de forjar un nuevo ideal dramático que culminará en Don Carlos no ha terminado de cuajar y su programación sea una rareza; así, se ha dicho que Verdi la escribe a disgusto, en un idioma extranjero, en un formato, el de la grand opèra, en el que tampoco se siente cómodo a causa de sus exigencias formales y con un libreto que no termina de convencerle, tanto por su desenlace como por la ausencia de vida interior en los personajes, exceptuando el de Monforte. Es, por lo tanto, una buena noticia que un teatro se atreva con ella y funciona muy bien, si no como atracción popular autóctona (había muchos huecos ayer en Les Arts), sí como reclamo para que  muchos aficionados de fuera de Valencia decidan venir a verla, por eso quiero felicitar al Palau de les Arts por haber tomado esta decisión. Pero me hubiera gustado que Les Arts hubiera inaugurado la Temporada 2016-2017 con una producción propia, es una manera de crear expectación y de obtener bastante más publicidad que utilizando una producción conocida que procede de  Bilbao y que levantó revuelo cuando se estrenó en el año 2011 en  Turín dentro de las celebraciones del 150 aniversario de la Unificación italiana. Y es que estas Vísperas son el fruto de una  co-producción de la ABAO-OLBE y el Teatro Regio Turin.  No hubiera estado mal programar unos nuevos Vespri o abrir temporada con la Lucrezia Borgia  de Sagi o el Werther de Grinda, para las que así se estrenará producción, pero no es la primera vez que en Les Arts se abre la temporada con una propuesta que procede de otro teatro, esto ya pasó en tiempos de  Helga Schmidt, además tampoco es un asunto para rasgarse las vestiduras; sin embargo, sí lo es el hecho de que el reparto no estuviera a la altura de las pretensiones del teatro convirtiéndolo, en muchos aspectos, en un teatro de provincias.

En el libreto original de Scribe la acción se sitúa, en el Palermo de finales del siglo XIII, y narra las heroicas tentativas de los sicilianos para liberar su isla de la ocupación francesa, culminando tanto en el descubrimiento general de que el gobernador francés de Sicilia es en realidad el padre de uno de los cabecillas del motín, como en una revuelta que provoca una masacre en el bando francés, también en el fondo hay una historia de amor, más o menos contaminado por el deseo de venganza.

Davide Livermore, cuando recibió el encargo, se propuso trasladar la acción escénica a la época contemporánea entendiendo, con buen criterio, que el público del siglo XXI, a diferencia del del XIX,  no comprendería el significado político de una ópera ambientada en el siglo XIII. Según el propio Livermore ha expresado en numerosísimas ocasiones, antes de efectuar su propuesta,  hizo un ejercicio de reflexión y se preguntó qué es lo que hoy en día bloquea la democracia italiana y la participación popular de los ciudadanos en la política, llegando a la conclusión de que el mal estaba en el poder de las telecomunicaciones, en el "fascismo mediático" - termino, recuerda Livermore, empleado por Passolini- que, en colaboración con los políticos o bajo sus órdenes, distorsiona la realidad y conduce a la frustración y al desorden social, fomentando así la falta de democracia y de participación popular, que es lo que se quiere denunciar.

El primer acto se abre con un funeral de estado pero será  en el segundo, que actúa como un flashback, cuando  el espectador comprobará quién era el fallecido y por qué ha habido un conato de sublevación popular. Este acto comienza con la llegada del rebelde  Procida a su patria y su lamento por el estado en el que se encuentra Sicilia. Para reflejar esta situación el director de escena recurre a la reproducción de una imagen de un acontecimiento histórico, "la strage di Capaci" (la masacre de Capaci),  el asesinato del juez Falcone, su esposa y tres escoltas, en una autopista en las proximidades de Palermo,. La situación se amolda muy bien al texto y con ello Livermore dice haber querido rendir homenaje a aquellos héroes contemporáneos que son capaces de defender sus ideales de justicia exponiendo su propia vida.  El personaje de Procida, tan poco grato a Verdi, dispuesto a sacrificar a las mujeres sicilianas e incluso a la propia Elena para conseguir sus objetivos, aparece como un terrorista para quien el fin justifica los medios, un antisistema de los de verdad, no de los otros. También  en este punto la adaptación dramatúrgica me parece oportuna, puesto que Procida,  ya en el propio libreto, se nos va haciendo cada vez más antipático conforme avanza la acción a causa de su fanatismo y falta de escrúpulos. A Verdi le hubiera gustado suavizar el personaje y pidió ayuda a Scribe, el libretista, pero éste no estaba por la labor, así que Procida se quedó marcado por su carácter cruel y sanguinario. Ahora bien, ¿cómo descifra el espectador que Procida es un terrorista dentro de la dramaturgia de Livermore? Pues no lo sé, la verdad, yo lo sé porque se lo he escuchado decir a él dos o tres veces. Malas son las producciones que tienen que llevar al lado un manual de instrucciones. ¿Y qué hacen las parejas de enamorados entre los retos del atentado de Capaci? A mí me dio la impresión de que como había salido la escenografía con los coches quemados Livermore no sabía resolver la situación -no los iba a retirar a los 5 minutos-  y no se le ocurrió nada mejor que sacar a las parejas bailando entre los escombros, como si de un akelarre se tratara, para después sacar bolsas de basura y desperdigarlas por toda la escena, ¿quizás quiso represenar la profanación de un lugar en el que fallecieron heroes italianos por el pueblo italiano? No lo sé. Hace ya tantos años que ocurrieron aquellos hechos que los espectadores contemporáneos que no somos italianos no tenemos las claves para descifrar lo que ocurre en escena.

El final de la ópera es radicalmente distinto al libreto, no hay sublevación y masacre francesas. Los franceses, que en la propuesta del intendente de Les Arts, son sustituidos por ciudadanos sin rostro, pierden sus máscaras convirtiéndose en legítimos representantes del pueblo, mientras aparece una proyección del artículo 1 de la Constitución italiana que hace referencia a que la soberanía reside en el pueblo. Sustituye el original final vengativo y despiadado por un final optimista en el que las aguas vuelven a su cauce, el pueblo consigue tener los mandatarios que merece. A Verdi no le gustaba nada como se resolvía el quinto acto, lo demuestra el hecho de sus quejas porque tanto franceses como sicilianos aparecen malparados, los unos porque figuran como opresores y los otros porque aparecen como conspiradores sin escrúpulos que buscan sus libertad y no les importa el peaje que haya que pagar.

El principal obstáculo con el que se enfrentaba este planteamiento dramatúrgico era el distinguir entre dos facciones contrapuestas que en el original se identifican con dos nacionalidades diferentes, los militares franceses, como opresores, y el pueblo siciliano, como oprimido; no fue mala solución dividir al pueblo en dos grupos enfrentados, los continuistas, que son una masa y carecen de personalidad y llevan una máscara, y los rupturistas que sí reivindican su individualidad y su libertad y van a cara descubierta. Pero los aficionados no estamos todos en primera fila y este detalle pasa desapercibido para el 80% del público y el 2% adicional que es portador de anteojos, con lo que, a los que estamos lejos, nos cuesta distinguir quién es quién en cada momento; por otra parte, la visión de la sociedad contemporánea planteada por Livermore resulta excesivamente maniquea, porque ni todo el ejército, ni toda la policía, ni todos los políticos, ni todos los periodistas son tan malvados y manipuladores, por lo menos yo quiero pensar que eso es así; y contrasta con esa visión tan verdiana que buscaba un rasgo de humanidad en toda persona resultando al final que, aunque algunos buenos eran muy buenos, los malvados eran dignos de simpatía o compasión y ahí está el personaje de Monforte en las mismas Vísperas o el de Amneris en Aida y Felipe II en Don Carlo, para comprobarlo y ahí está también el diabólico Iago en Otello o el vil Don Carlo di Vargas en La forza como excepciones que confirman la regla.

Es una ópera, Las vísperas sicilianas, que entre sus papeles destacados carece de mezzosoprano, los papeles protagonistas son cantados por una soprano (Elena), un tenor (Arrigo),que encarnan a la pareja de enamorados,  un barítono que es el padre del tenor (Monforte), y un bajo (Procida), un rebelde que es afín políticamente, y teóricamente  amigo, de los enamorados. Tanto el rol de Elena, que requiere una soprano que se conoce como sfogato o assoluta,  es decir, que debe saber tocar todos los palos posibles (desde lo más grave y dramático a lo más ligero y leve), como el de Arrigo, que está siempre moviéndose en la zona de paso y planteando al tenor problemas de cobertura y homogeneidad vocal son de los más difíciles que escribió Verdi para sus respectivas cuerdas, y eso hay que tenerlo en cuenta al hacer cualquier valoración sobre los intérpretes puesto que  para salir airoso hay que ser un fuera de serie.

Cuando Livermore estrenó esta producción en Turín, la soprano que estaba prevista para encarnar a Elena, Sondra Radvanovsky, tuvo que ser sustituida, por problemas de salud, por  Maria Agresta y en esta ocasión también ha habido que sustituir a la soprano, Anna Pirozzi, que está embarazada, por la ucraniana Sofía Soloviy (en otras representaciones la sustituirá Maribel Ortega), pero sólo hasta el día de antes del estreno porque ayer se anunciaba que Soloviy era sustituida en la función del estreno por Maribel Ortega. Quiero pensar que Pirozzi, que ha cantado hasta hace bien poco, quiso apurar hasta el último momento, o puede que no se supiera el papel porque lo debutaba en estas funciones, o ni siquiera quiso aprenderlo dado que la ópera prácticamente no es de repertorio, la antelación con la que se anunció, a la vez que en la página web de la soprano, me pareció suficiente y no tengo la información necesaria para opinar al respecto. La última cancelación es la que más me ha irritado, si Soloviy se cae del cartel qué menos que explicar a los aficionados cuál es la razón de ello, no me parece una tomadura de pelo porque no creo que haya sido voluntad de Les Arts, sé que en el ensayo general sí participó la ukraniana, lo que sí me parece es una falta de consideración para con el público, a ver si nos acostumbramos a que los espectadores necesitamos explicaciones de por qué se hacen las cosas, y más en un servicio público como es la ópera en Valencia, pagada con el dinero de los contribuyentes. Ortega, que tiene un hermoso timbre, no estuvo a la altura de las exigencias de Elena, sonidos entubados, falta de proyección en los conjuntos, graves inaudibles, llegando a pasar totalmente desapercibida en algunos momentos de los tres primeros actos, supongo que reservándose para la parte final en la que tiene los dos momentos más exigentes: Arrigo! Ah parli a un core, en el que tuvo que ser muy cuidada por Abbado, con parones eternos para aguantar el fiato y defectuosa realización de esas escalas cromáticas descendentes tan exigentes y Mercé, dilette amiche, que no fue un desastre absoluto porque intentó ser cauta, ni siquiera intentó cantar todo lo que está escrito en la partitura, no quiero hacer leña del árbol caído. Una cosa es cantar, en funciones de pretemporada, Soleá de El gato montés y otra atreverse con uno de los roles más difíciles que escribió Verdi para la voz de soprano.

Prácticamente no hay en la actualidad tenores que se atrevan con el papel de Arrigo (tampoco es I vespri una ópera que se programe demasiado, es como la pescadilla que se muerde la cola, no sé si no hay tenores porque no se programa o si no se programa por que no hay tenores). Gregory Kunde lo ha cantado ya en bastantes ocasiones (Turín, Nápoles, Atenas, Viena, París, Bilbao) y es un papel que casi podríamos decir que tiene monopolizado,  y es capaz de cantarlo tanto en italiano como en su original francés. Lo canta con soltura, es ya lobo viejo, tiene tomada la medida del personaje, pero a su recreación le faltó ímpetu, arrojo, valentía, no olvidemos que el personaje de Arrigo tiene veinte años escasos, a pesar de todo, gracias a su fraseo, a la proyección y su suficiencia en la zona aguda, fue el mejor de la noche.

El tercer personaje en importancia es el de Monforte, el que en un principio parece ser la persona más maligna de toda Sicilia pero que va sufriendo un proceso de humanización conforme avanza la ópera. Es el personaje que ofrece una psicología más rica, llena de claroscuros, y el más difícil de interpretar en lo dramático, debe ser, por lo tanto, un cantante muy expresivo, con un timbre potente que le permita destacar en los dúos y en los números de conjunto, pero también muy lírico cuando debe mostrarse tierno o conmovido, lo que se llama un típico barítono verdiano. Juan Jesús Rodríguez es un conocido barítono del público valenciano, ha cantado en Rigoletto y el Conte di Luna (Il trovatore), se prodiga mucho en los escenarios españoles, franceses e italianos, ha llegado a cantar en el Met y seguramente volverá para cantar en Cyrano de Bergerac junto a Alagna. Tiene un timbre contundente de auténtico barítono verdiano y cantó con mucha entrega la que para mí es la mejor aria de toda la ópera, In braccio alle dovizie, siendo, junto a Kunde, lo mejor de la noche, si hay que buscarle un defecto diría que se agradecería un mayor matiz en las dinámicas y regulaciones.

Procida es un personaje muy contradictorio, en él se ve reflejada la discrepancia entre la visión de Scribe, que lo mostró como persona subversiva, tramadora de intrigas, y la de Verdi que quiso hacer de él un patriota, resulta por lo tanto chocante la falta de correspondencia entre la música que compone Verdi, sobre todo al inicio del segundo acto, "O tu Palermo" y la acción dramática, el resultado es que queda en una especie de indefinición que, como ya hemos visto, se integra muy bien en la dramaturgia propuesta por Livermore, de su interpretación se encargó  Alexánder Vinogradov, conocido en Les Arts por su Banco y su Escamillo, posee un timbre de considerable volumen, bastante atractivo pero no dio lecciones de legato y estilo en su ondulante aria, resuelta de forma rudimentaria sin matices en la línea de canto, pero al público le gustó mucho a juzgar por los aplausos que cosechó.

El coro no descansa en esta ópera, se requiere de su presencia a dos por tres y tiene papeletas difíciles de resolver, afortunadamente en Les Arts tenemos el Coro de la Generalitat Valenciana rico en colores gracias a su característica distinción entre las diversas voces. Juzgar la labor de Roberto Abbado en esta producción es difícil, tenía una papeleta complicada y se dedicó a estar más pendiente de los cantantes que a buscar el matiz en una de las obras de Verdi de instumentación más refinada, llevó a la orquesta como elefante por cacharrería y no sacó casi partido de todo el potencial que tiene la formación valenciana que, como siempre, nos regaló hermosos sonidos.

No pudo empezar peor la temporada del Palau de les Arts.