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Chicas radioactivas: la olvidada historia de los relojes luminosos

Chicas radioactivas: la olvidada historia de los relojes luminosos
Todo comenzó en Nueva Jersey, algunos años después del descubrimiento del radio por Marie Curie.

En abril de 1917, con la entrada en guerra de los norteamericanos, los militares estadounidenses requieren nuevo instrumental.

La U.S. Radium Corporation comienza a producir instrumentos que se iluminan en la oscuridad.

La fábrica contrata a jóvenes obreras que con sus manos finas puedan aplicar un barniz radioluminoso sobre las esferas de los relojes para los soldados que van al frente.

A pesar de que los científicos y los empresarios conocían muy bien el enorme riesgo de mortalidad, a esas mujeres jamás se les dijo nada. La comercialización de objetos luminosos en los años veinte aumentó vertiginosamente.

Dentífricos, cosméticos, juguetes, alimentos, bebidas, y los famosos relojes, disparan sus ventas.

La industria del sector se expande, se abren nuevas filiales incluso en Canadá. Se contratan miles de obreras y obreros. Las obreras se sentían privilegiadas. No solo la paga era muy buena, sino que se las inducía a creer que la exposición al radio las fortalecía y hacía más sanas.

En la fábrica de Nueva Jersey, las chicas barnizadoras hacen veinticinco relojes por día. Cada pieza requiere muchas pinceladas. Como a menudo el pincel perdía la forma en punta, los supervisores animaban a las chicas a metérselo en la boca para recolocar los pelos. Para salir por la tarde e impresionar a los chicos, se aplicaban ese barniz en las uñas, el pelo y la ropa.

El engaño fluorescente las mataría inexorablemente. Fue una de aquellas trabajadoras, Grace Fryer, quien en 1927 llevó a juicio a la fábrica. Había perdido todos los dientes y tenía la mandíbula necrosada.

Tardó dos años en encontrar un abogado dispuesto a representarla ante los tribunales.

Tras diversos obstáculos, junto con otras cuatro obreras tan débiles que no eran capaces ni siquiera de levantar la mano en el proceso, ganaron el juicio. Fueron parcialmente indemnizadas y murieron poco tiempo después. Jamás se ha sabido el número exacto de muertes.

La U.S. Radium continuó usando los barnices hasta después de los años sesenta.

Gracias a este proceso se comenzó a reconocer a los trabajadores el derecho a salvaguardar su propia salud.

A una distancia de casi cien años, estos tristes hechos retoman el hilo de una historia ininterrumpida de abusos, negocios y falta de humanidad.


Saltamontes

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, septiembre de 2018

[ Nik Cultura y Anarquismo webgunetik hartua ]

Эй ухнем! (Los sirgadores del Volga - Kovcheg)

Эй ухнем!

Lamentablemente, este espacio ha ido dejando de lado lo necesario, acuciado por lo urgente.
Me propongo reparar, siquiera mínimamente, esta falta. Os propongo una canción tradicional rusa, muy famosa, que pasó al castellano (vía Manuel de Falla) como “Los remeros del Volga”. Durante el romanticismo, los compositores dieron la espalda a los palacios imperiales y se volvieron hacia el pueblo, para alimentarse de su espíritu. El nacionalismo musical rescató y valorizó, por primera vez, todo un caudal musical que, hasta entonces, había discurrido ajeno a la música culta. Esta canción en concreto, fue recogida por Balakirev (uno de los cinco de Moskva, con Rimsky, Borodin, Mussorgsky…) y publicada en su libro de música tradicional en 1866.
Me permito sugerir esta interpretación, desprovista de cualquier otro acompañamiento musical que no sean las propias voces. Atención al bajo profundo, tan característico de la liturgia ortodoxa, que desciende hasta cerca de los 40 Hz, las profundidades abisales de la voz (para que os hagáis una idea, el umbral de audición humano está entre los 20 Hz y los 20 kHz aproximadamente, para un oído joven).
Bueno pues, de remeros, los cojones. El título de la canción (y de esta entrada) viene a significar “Eh, ¡tirad!”. Es una canción de labor, como aquí tenemos las de siega o malla, pero de una labor muy jodida. En la Rusia zarista, regida durante siglos con un sistema feudal bajo el signo de la cruz, los hombres hacían el trabajo de las bestias, demasiado valiosas para reventarlas. No son remeros, sino Бурлаки (pronunciado “burlaki”, plural de Бурла́к). Que yo sepa, no existe un vocablo en castellano que traduzca este término ruso [ver comentario a pie de página], así que lo más breve y preciso que se me ocurre sería “animal de tiro humano”. Efectivamente, los Бурлаки no remaban (tarea completamente estéril a contracorriente en las grandes arterias fluviales rusas, el Volga, el Dnieper…). Los barcos hacían el viaje de ida arrastrados por la corriente, llevando madera, carbón o mineral a las zonas costeras. El viaje de vuelta, contracorriente, contrataban el tiro de un conjunto de hombres (o mujeres) que halaban del barco desde la orilla.
No es un método extraño, lo he encontrado descrito por ejemplo en el transporte de cargas por la red de canales franceses. Lo particular es emplear seres humanos para un trabajo que, en otras partes del mundo, era oficio de una recua de mulas o una yunta de bueyes. En la Rusia blanca, tradicional y cristiana, era más económico usar a un grupo de campesinos (мужик).
Unos pocos años más tarde (1873), Ilya Repin se inspiró en esta canción para pintar la que quizá sea su obra más famosa: Бурлаки на Волге (Burlaki en el Volga)


(clic para agrandar)

Tomó sus modelos entre los mismos burlaki y, como nota curiosa, el modelo que coloca el primero en el tiro (Водолив) era un sacerdote excomulgado cuya presencia fascinó al joven pintor.
Este bestial oficio aún era requerido en el siglo XIX, aunque la revolución industrial, con el motor de vapor, lo fue haciendo innecesario hasta que fue prohibido, en 1929, tras la revolución bolchevique. Por lo tanto, coexistió con otra revolución, la del nitrato de plata, lo cual nos permite conocer el aspecto de algunos de estos hombres:


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Y no sólo hombres se usaban como tiro.


Y si son más débiles, basta con enganchar más.
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Para finalizar con las artes, y siguiendo el tema del ámbito ruso, os propongo una película: Mandariinid (Mandarinas), del georgiano Zaza Urushadze.



Ambientada en el conflicto de Abjasia en 1992, cuando se independizaron de Georgia, y cómo unos estonios étnicos se ven atrapados… bueno, mejor la veis y me contáis si os ha gustado (está en la mulita, en VOS). Dato curioso: generalmente los personajes se comunican en ruso, la lingua franca del Cáucaso, pero al volverla a ver con una rusoparlante me dijo que cuando hablaban entre los dos personajes de la aldea no entendía nada, así que debe ser que se comunicaban en… estonio (
también una lengua eslava).
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Y para despedir esta entrada, algunas fotos más de Бурлаки que he encontrado:



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FE DE RATAS: Gracias a la impresionante cultura de Juan Manuel Grijalvo, ante la cual no puedo menos que descubrirme, corrijo alguno de los datos ofrecidos: sí que existe un término castellano para referirse a los Бурлаки: sirgadores, los que halan de una sirga, por el camino de sirga, paralelo a la orilla.
Por otra parte, debería haberme molestado en comprobar que el estonio no es una lengua eslava, sino ugrofinesa (como el húngaro o el finés), de la familia de las lenguas urálicas.Por lo tanto, ni siquiera son indoeuropeas, como el ruso, el letón o el lituano…o las romances. Pido humildes disculpas por el error.
Finalmente, Juan Manuel me indica que la tracción humana también ha sido usada en los ríos y canales de China (no sé por qué no me sorprende).

[ La Mirada del Mendigo webgunetik hartua]

Galderek kontaketa baldintzatzen dute

Galderek kontaketa baldintzatzen dute

Agenda Confederal, 19zkia (2017ko Ekaina, lenenego hamabostaldia) argitaratutakoa

Galderek kontaketa baldintzatzen dute

Fernando Luengo, Madrilgo Konplutenseko irakaslea http://bit.ly/2s3MFdd

Ze baldintzapean ematen dira enplegu osoa eta ekonomia oreka? Unibertsitateetan nagusia den pentsamendu neoklasikoaren galdera honek, kapitalismoan enplegu osoa ematea posible dela aurretik jakintzat ematen du; baita eskari eta eskaintzaren ahalmenek mugarik gabe jarduten dutenean, lan eskaintza guztia xurgatzeko gai direla. Hots, existituko litzatekeen langabezi bakarra “hautazko desenplegua” izango litzateke, hau da, lan egin nahi ez dutenen desenplegua.
20170601_ekonomia


Langabezia zegatik irauten du eta denboran zehar mantentzen da? Galdera honek aurrekoaren beste ikuspuntu batetik arazo beran begirada jartzen du. Ekonomia neoklasikoaren alegiazko mundutik kanpo eta ebidentzia enpirikoa kontutan hartuz, langabezia dinamika kapitalistaren funtsezko elementua izan da historia guztian zehar eta hortaz, merkatuek ez dute enplegu osoko egoera sortzen. Langabezia ez da “hautazkoa”, derrigorrezkoa baizik, sistema ekonomikoak lan eskaria eta eskaintza orekatzeko lanpostu nahikoak sortzen ez dituelako. Baldintza hauetan, teoria ekonomikoa garrantzia duten gaietaz arduratzea eta errealitatetik urrun dauden eredu ekonomikoen mugetatik harago joan nahi badugu, langabeziaren arrazoiak zeintzuk diren argitzea beharrezkoa da. Ekonomista kritikoen ikuspegia berreskuratuz, arazo honen erdigunea kapitalismoaren metatze eta esleipen prozesuak baitira.
Lan arloan planteatzen diren proposamenen aurrean, bi galderek teoria eta politika ekonomiko planteamendu erabat ezberdinak eskaintzen dituzte.

[ https://autogestioa.wordpress.com/2017/08/07/galderek-kontaketa-baldintzatzen-dute/#more-1417 webgunetik hartua ]

Por qué quedarte en la cama sin hacer nada puede mejorar tus relaciones [El derecho a la pereza] -LEHEN IGOTA?

Por qué quedarte en la cama sin hacer nada puede mejorar tus relaciones 


Por Nacho Pato


I. JORNADA LABORAL DE 3 HORAS

¿Qué pasaría si nuestra jornada laboral durase 3 horas?

Seguramente, el primer pensamiento que les sobrevenga a muchos sea ¡¿y qué voy a hacer con tanto tiempo libre?!

Hasta tal punto está la cultura laboral inoculada en nuestras almas.

En 1880, Paul Lafargue publicaba El derecho a la pereza, un clásico que reedita ahora la editorial Virus.

Trabajar 3 horas y "holgazanear y gozar el resto del día y la noche" es una de las propuestas del activista y pensador marxista.

Lafargue culpa a la sobreproducción capitalista de la miseria. Una sobreproducción que es fruto a su vez de la "pasión de los obreros por el trabajo". Estos habrían aceptado así "el dogma del trabajo", una imposición capitalista que actualizada a nuestros días podría encontrar acomodo en la expresión "el trabajo es un chantaje social para la existencia".

El francés nos estaba hablando desde finales del XIX de modernas burbujas que todos conocemos, desde la de la vivienda a la del entretenimiento pasando por, sí, la del periodismo viral.



II. NO ME APETECE

¿Qué papel juega la pereza en todo esto? Ya llegamos a eso. Porque Lafargue toma la máquina del tiempo para hablar desde 1880 y sonar alto y claro en 2016: el paro tiene la culpa.

Si hubiera desempleo cero, "los obreros no tendrán ya celos entre sí, ni se pelearán por arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la boca. Así, descansados de cuerpo y espíritu, empezarían a practicar las virtudes de la pereza".

En efecto, trabajar menos para trabajar todos sería el pasaporte a una vida mejor. Al bálsamo de la pereza. Al fin y al cabo, ¿hay alguien más perezoso que el presunto creador de todo esto? Jehová dio el ejemplo ideal de pereza: seis días de trabajo y reposo por los siglos de los siglos.

Porque si hay algo impensable hoy en cualquier fábrica, oficina o cocina de restaurante es alabar la pereza. Basta imaginarse a un trabajador llegando a su lugar de trabajo gritando ¡PREFERIRÍA ESTAR, Y QUIZÁ EN ROPA INTERIOR, EN UN LUGAR QUE YO HAYA ELEGIDO LIBREMENTE!

Más bien al revés, las frases que han hecho fortuna en torno a ese momento son un jocoso 'hay que levantar el país', un protocolario 'después de tantas vacaciones ya os echaba de menos, compañeros' o un pretendidamente vitalista '¡manos a la obra!'.

La pereza esconde una verdad que, por mágica, es también incómoda. Y aquí ya no solo hablaríamos, con permiso de Lafargue, de trabajo.

Cuando no nos apetece 100% ir a una comida familiar, o al cumpleaños de un amigo, o ducharnos, rápidamente bloqueamos la pereza.

'¡VAMOS, LEVANTA DEL SOFÁ, QUE LLEVAS TODO EL DÍA SIN HACER NADA!'. Frases como esa tienen el don de sonar en nuestros oídos sin que nadie las pronuncie. Reprimimos nuestra pereza por pura culpa anticipada.

Llevamos tatuado en el cerebro que no hay que ser perezosos, que si alguien nos pregunta '¿qué hiciste ayer?' no podemos responder 'nada que no me apeteciese hacer'.



III. UNA OFICINA EN TU CAMA

Lafargue decía que cuanto más trabajo, menos vida. Es cierto que no tenemos a mano una ouija para preguntarle cómo subsistiría hoy en día un trabajador que cambiase la alienación de su trabajo por la pasión de una vida 100% elegida.

Sin embargo, es fácil conectar su frontal crítica al trabajo con la defensa de la pereza. La censura social de la pereza y la vida de 2016, regida por los horarios laborales, a menudo extendidos más allá de lo razonable, y de lo sano, se complementan a la perfección.

El sociólogo César Rendueles nos decía hace poco que "cuando en una entrevista de trabajo te preguntan por tu vida personal es para asegurarse de que va a quedar aparcada cada mañana junto a la máquina de fichar. La cosa es aún peor en las llamadas profesiones creativas, donde se supone que vas a dejar que el trabajo colonice tu vida personal".

Soñar cada noche con aspectos relacionados con tu trabajo o despertarte los fines de semana a la misma hora en que tu despertador suena de lunes a viernes, por no hablar del constante estímulo de notificaciones en el móvil a deshoras relacionadas con tu actividad laboral, son ejemplos de conquista fisiológica totalmente asumida.

Pero que nuestra cama sea una prolongación de nuestra oficina no suele parecer tan terrible de justificar como pasarnos 5 horas tumbados en ella, por ejemplo leyendo. Simplemente porque nos apetecía.



IV. MÁS PEREZOSOS, ¿MEJORES PERSONAS?


Basta sacar a colación el argumento de la renta básica universal en cualquier foro virtual, tratar de defender una de las estrategias que nos permitiría reevaluar nuestros intereses laborales, generando espacio para los intereses personales, permitiéndonos trabajar menos y mejor, para tener reacciones del tipo: ¡EL MUNDO SERÍA ENTONCES UNA POCILGA LLENA DE VAGOS, EGOÍSTAS E INMADUROS!

Mmmm... ¿Y si la cultura de la no pereza, en combinación con kilométricas jornadas laborales, deficiente conciliación con la vida familiar, tenso presencialismo en centros de trabajo en la era de internet y una larga y amenazante cola de aspirantes a tu puesto de trabajo contribuye a hacernos personas más aisladas y temerosas de perder lo que para Lafargue solo era el privilegio de ser explotado?

¿En qué momento la madurez y la responsabilidad se comenzó a calibrar con la cantidad de obligaciones y cargas laborales que pesan en nuestros hombros?

¿Y si pequeñas y cotidianas renuncias "por pura pereza" contribuyesen a acumular un tiempo de calidad que dedicaríamos a nosotros mismos, pero también a nuestros familiares, amistades y compañeros?

Entonces, ¿no nos haría la despenalización moral de la pereza personas mejor preparadas para encarar relaciones afectivas y sociales?



[ Politicos Partidos webgunetik hartuta , liburu hau Virus argitaletxekoek berrargitaratu dute ]

Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda

Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda






antitrabajo trabajo basura



En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que, para finales del Siglo XX, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que países como Gran Bretaña o EE.UU. hubieran conseguido una semana laboral de 15 horas. Hay muchas razones para creer que estaba en lo cierto: en términos tecnológicos, seríamos perfectamente capaces. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. En su lugar la tecnología ha sido empleada para inventar maneras de hacernos trabajar más a todos/as. Para alcanzar este fin ha habido que crear puestos de trabajo que son, a todas luces, inútiles. Gran cantidad de personas, sobre todo en Europa y Norteamérica, pasan la totalidad de su vida laboral desempeñando tareas que, en el fondo, creen bastante innecesarias. El daño moral y espiritual derivado de estas situaciones es profundo. Se trata de una cicatriz sobre nuestro alma colectiva. Sin embargo, apenas se habla sobre el tema.



¿Por qué nunca llegó a materializarse la utopía prometida por Keynes (aún esperada con impaciencia en los años 1960)? La respuesta más manida hoy en día dice que no supo predecir el incremento masivo del consumismo. Presentados/as con la elección entre currar menos horas y obtener más juguetes y placeres hemos, colectivamente, optado por la segunda opción. Si bien esto daría para una bonita historia moralista, una breve reflexión nos demuestra que no se puede tratar de eso, que la respuesta no es tan sencilla. Sí, hemos sido testigo de la creación de una variedad interminable de nuevos trabajos e industrias desde la década de los años 1920, pero muy pocos tienen algo que ver con la producción y distribución de sushi, iPhones o zapatillas deportivas molonas.



¿Entonces cuáles son estos nuevos trabajos, exactamente? Un estudio reciente comparando la situación del empleo en EE.UU. entre 1910 y 2000 nos da una respuesta bastante clara (y extrapolable a los países europeos). A lo largo del siglo pasado el número de trabajadores/as empleados/as como personal de servicio doméstico, en la industria y en el sector agrícola se ha desplomado de forma dramática. Al mismo tiempo, las categorías de “profesionales, directivos, administrativos, comerciales y trabajadores de servicios varios” han triplicado sus números, creciendo “de un cuarto a tres cuartos del empleo total”. En otras palabras, los trabajos productivos, exactamente como se predijo, han sido en gran parte sustituidos por procesos automatizados (incluso si contamos a los/as trabajadores/as de la industria globalmente, incluyendo a las masas trabajadoras en India y China, el número de estos/as trabajadores/as sigue estando lejos de alcanzar el gran porcentaje de la población mundial que suponía antes).



Pero en lugar de permitir una reducción masiva de horas de trabajo que permitiera a la población mundial dedicarse a la consecución de sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos visto la inflación no tanto del sector “servicios” como del sector administrativo, incluyendo la creación de industrias enteras como la de los servicios financieros o el telemarketing, o la expansión sin precedentes de sectores como el del derecho empresarial, la administración educativa y sanitaria, los recursos humanos y las relaciones públicas. Y estas cifras ni siquiera reflejan a todas aquellas personas cuyo trabajo consiste en proporcionar soporte administrativo, técnico o de seguridad para estas industrias, o, es más, todo un sinfín de industrias secundarias (paseadores de perros, repartidores nocturnos de pizza), que sólo existen porque todo el mundo pasa la mayoría de su tiempo trabajando en todo lo demás.



Estos son a los que yo propongo llamar trabajos de mierda. Trabajos absurdos.



Es como si alguien estuviera por ahí inventando trabajos inútiles por el mero hecho de mantenernos a todos/as trabajando. Y aquí, precisamente, radica el misterio. En el capitalismo, esto es precisamente lo que se supone que no debería pasar. Por supuesto, en los viejos e ineficientes Estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como un deber sagrado, el sistema inventaba tantos puestos de trabajo como era necesario (esto es por lo que en los grandes almacenes soviéticos había tres dependientes/as para vender un trozo de carne). Pero, desde luego, este es el tipo de problema que la competencia generada por el libre mercado se suponía que solucionaba. De acuerdo con la teoría económica, al menos, lo último que una empresa con ánimo de lucro pretende hacer es pagar dinero a trabajadores/as a los/as que realmente no necesita emplear. Sin embargo, de alguna manera, esto ocurre.



A pesar de que las empresas pueden efectuar implacables reducciones de plantilla, los despidos y las prejubilaciones invariablemente caen sobre la gente que realmente está haciendo, moviendo, reparando y manteniendo cosas; por una extraña alquimia que nadie consigue explicar, el número de burócratas asalariados en el fondo parece aumentar, y más y más empleados/as se ven a sí mismos/as, en realidad de forma no muy diferente a los/as trabajadores/as soviéticos/as, trabajando 40 o incluso 50 horas semanales sobre el papel, pero trabajando efectivamente 15 horas, justo como predijo Keynes, ya que el resto de su tiempo lo pasan organizando y asistiendo a cursillos de motivación, actualizando sus perfiles de Facebook o descargando temporada tras temporada de series de televisión.



La respuesta, evidentemente, no es económica: es moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población feliz y productiva con tiempo libre es un peligro mortal (piensa en lo que comenzó a suceder cuando algo sólo moderadamente parecido empezó a existir en los años 1960). Y, por otro lado, la sensación de que el trabajo es un valor moral en sí mismo, y que cualquiera que no esté dispuesto/a a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de su tiempo no se merece nada, es extraordinariamente conveniente para ellos/as.



Una vez, al contemplar el crecimiento aparentemente interminable de responsabilidades administrativas en los departamentos académicos británicos, se me ocurrió una posible visión del infierno. El infierno como un grupo de individuos que se pasan la mayor parte de su tiempo trabajando en una tarea que no les gusta y que no se les da especialmente bien. Digamos que fueron contratados/as por ser excelentes ebanistas, y entonces descubren que se espera de ellos/as que pasen una gran parte del tiempo tejiendo bufandas. La tarea no es realmente necesaria, o al menos hay un número muy limitado de bufandas que es necesario tejer. Pero, de alguna manera, todos/as se obsesionan tanto con el rencor ante la idea de que algunos/as de sus compañeros/as de trabajo podrían dedicar más tiempo a fabricar muebles, y no a cumplir su parte correspondiente de confección de bufandas, que al poco tiempo hay interminables montones inútiles de bufandas mal tejidas acumulándose por todo el taller, y es a lo único que se dedican.



Creo que ésta realmente es una descripción bastante precisa de la dinámica moral de nuestra economía.



Bueno, soy consciente de que cada argumento va a encontrar objeciones inmediatas: “¿quién eres tú para determinar qué trabajos son realmente ‘necesarios’? De todos modos, ¿qué es necesario? Tú eres profesor de antropología, ¿qué ‘necesidad’ hay de eso?” Y a cierto nivel, esto es evidentemente cierto. No existe una medida objetiva de valor social.



No me atrevería a decirle a alguien que está convencido de que está haciendo una contribución significativa al mundo de que, realmente, no es el caso. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que están convencidas de que sus trabajos no tienen sentido alguno? No hace mucho volví a contactar con un amigo del colegio al que no veía desde que tenía 12 años. Me sorprendió descubrir que, en este tiempo, primero se había convertido en poeta y luego en el líder de una banda de indie rock. Había oído algunas de sus canciones en la radio sin tener ni idea de que el cantante era alguien a quien conocía. Él era obviamente brillante, innovador, y su trabajo indudablemente había alegrado y mejorado la vida de gente en todo el mundo. Sin embargo, después de un par de discos sin éxito había perdido el contrato y, plagado de deudas y con una hija recién nacida, terminó, como él mismo dijo, “tomando la opción por defecto de mucha gente sin rumbo: la facultad de derecho.” Ahora es un abogado empresarial que trabaja en una destacada empresa de Nueva York. Él es el primero en admitir que su trabajo no tiene absolutamente ningún sentido, no contribuye en nada al mundo y, a su propio juicio, realmente no debería existir.



Hay muchas preguntas que uno se puede hacer aquí, empezando por, ¿qué dice esto sobre nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente limitada de poetas y músicos con talento, pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla la mayoría de la riqueza disponible, lo que llamamos “el mercado” refleja lo que ellos/as piensan que es útil o importante, no lo que piensa cualquier otra persona.) Pero aún más, muestra que la mayoría de la gente con estos empleos en el fondo es consciente de ello. De hecho, no estoy seguro de haber conocido a algún/a abogado/a empresarial que no pensara que su trabajo era absurdo. Lo mismo pasa con casi todas los nuevos sectores anteriormente descritos. Hay una clase entera de profesionales asalariados/as que, si te encontraras con ellos/as en fiestas y admitieras que haces algo que podría ser considerado interesante (un antropólogo, por ejemplo), querrán evitar a toda costa hablar de su propio trabajo. Dales un poco de alcohol, y lanzarán diatribas sobre lo inútil y estúpido que es en realidad la labor que desempeñan.



Hay una profunda violencia psicológica en todo esto. ¿Cómo puede uno empezar a hablar de dignidad en el trabajo cuando secretamente siente que su trabajo no debería existir? ¿Cómo puede este hecho no crear una sensación de profunda rabia y de resentimiento? Sin embargo una peculiar genialidad de nuestra sociedad es que sus dirigentes han descubierto una forma, como en el caso de los/as tejedores/as de bufandas, de asegurarse que la rabia se dirige precisamente contra aquellos/as que realmente tienen la oportunidad de hacer un trabajo valioso. Por ejemplo: en nuestra sociedad parece haber una regla general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo. De nuevo, es difícil encontrar un baremo objetivo, pero una forma sencilla de hacerse una idea es preguntar: ¿qué pasaría si toda esta clase de gente simplemente desapareciera? Di lo que quieras sobre enfermeros/as, basureros/as o mecánicos/as, es obvio que si se esfumaran como una nube de humo los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores/as o trabajadores/as portuarios/as pronto tendría problemas, incluso uno sin escritores/as de ciencia ficción o músicos/as de ska sería claramente un sitio inferior. No está del todo claro cómo sufriría la humanidad si todos los/as ejecutivos/as del capital privado, lobbyistas, investigadores/as de relaciones públicas, notarios, comerciales, técnicos de la administración o asesores legales se esfumaran de forma similar. (Muchos/as sospechan que podría mejorar notablemente.) Sin embargo, aparte de un puñado de excepciones (cirujanos/as, etc.), la norma se cumple sorprendentemente bien.



Aún más perverso es que parece haber un amplio sentimiento de que así es como las cosas deben ser. Ésta es una de las fortalezas secretas del populismo de derechas. Puedes verlo cuando los periódicos sensacionalistas avivan el rencor contra los/as trabajadores/as del metro por paralizar las ciudades durante los conflictos laborales: el propio hecho de que los/as trabajadores/as del metro puedan paralizar una ciudad muestra que su trabajo es realmente necesario, pero esto parece ser precisamente lo que molesta a la gente. Es incluso más evidente en los Estados Unidos, donde los republicanos han tenido un éxito notable movilizando el resentimiento contra maestros/as o trabajadores/as del automóvil (y no, significativamente, contra las administraciones educativas o los gestores de la industria del automóvil, quienes realmente causan los problemas). Es como si les dijeran “¡pero si os dejan enseñar a niños/as! ¡O a fabricar coches! ¡Tenéis trabajos auténticos! ¿Y encima tenéis el descaro de esperar también pensiones de clase media y asistencia sanitaria?”



Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral adecuado perfectamente para mantener el poder del capital financiero, es difícil imaginar cómo podrían haber hecho un trabajo mejor. Los/as trabajadores/as reales y productivos/as son incansablemente presionados/as y explotados/as. El resto está dividido entre un estrato aterrorizado de los/as universalmente denigrados/as desempleados/as y un estrato mayor a quienes se les paga básicamente por no hacer nada, en puestos diseñados para hacerles identificarse con las perspectivas y sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) —y particularmente sus avatares financieros— pero, al mismo tiempo, fomentarles un resentimiento contra cualquiera cuyo trabajo tenga un claro e innegable valor social. Obviamente, el sistema nunca ha sido diseñado conscientemente. Surgió de casi un siglo de prueba y error. Pero es la única explicación de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica, no estamos todos/as trabajando 3-4 horas al día.




David Graeber


[ Nada aldizkariaren web orritik hartua]

Ella te contará sobre Amancio Ortega e Inditex

[ Jendilaia hiltzen denean zergatik eskaintzen digute berri-propaganda hori? Politicos Partidos-etik hartu diNat aberaskumearen aberastasunaren nondik norakoaren berri edo... ]

Ella te contará sobre Amancio Ortega e Inditex



Ella te contará lo que la prensa española se niega a investigar sobre Amancio Ortega e Inditex

Adquirir una prenda de ropa de las marcas del grupo Inditex que se haya confeccionado en Marruecos supone refrendar un sistema de producción en el que las trabajadoras acumulan hasta 65 horas a la semana detrás de una máquina para cobrar un salario de 178,72 euros mensuales, condiciones laborales que las mantienen “viviendo en situación de pobreza” mientras el fundador del imperio textil, Amancio Ortega, se consolida como la mayor fortuna del planeta.





La multinacional española feudo de Amancio Ortega, quien ostenta la tercera mayor fortuna en el mundo, propietaria de las marcas Zara, Zara Home, Massimo Dutti, Pull & Bear, Bershka, Oysho, Kiddy’s Class, Uterqüe o Stradivarius, entre otras, ha recibido numerosas denuncias en países como Marruecos, Portugal, Argentina o Brasil, tras descubrirse talleres clandestinos donde vivían niños menores de edad que eran explotados en condiciones infrahumanas, realizando jornadas que excedían las doce horas según informa tres24.

Estos hechos, que se vienen sucediendo con escaso impacto mediático por parte de los grandes grupos informativos en el mundo (¿complicidad, tal vez?) desde los inicios de la Compañía, siguen repitiéndose a pesar de que el código de conducta de la Empresa prohíbe terminantemente la esclavitud, tanto de manera interna como en las subcontratas. Estas últimas son frecuentes víctimas de la justificación de sus prácticas; Inditex alega que los cientos de talleres clandestinos repartidos por el mundo que han sido y son investigados por albergar a niños y familias enteras que trabajan en condiciones de esclavitud confeccionando prendas y calzado para Inditex son ajenos a su conocimiento y su gestión corporativa.

La prensa nacional se niega a investigar que ha detrás del rentable y sucio negocio de la explotación de millones de trabajadores. Sin embargo, el periódico noruego Aftenposten creó un “reality” donde 3 jóvenes fueran a Camboya para ver cómo se produce la ropa que se ponen a diario. En su apartado de video lanzó varios capítulos bajo el nombre Sweat Shop (ya disponible en español). En ella, se muestra a tres jóvenes noruegos que estuvieron en este país asiático, viviendo durante un mes en las mismas condiciones de vida y trabajo que las trabajadoras textiles. El resultado cambió sus vidas

Más allá del objetivo de esta serie: ver a estos jóvenes enamorados de la moda llorando por todo lo que ven, es una oportunidad excepcional para mostrar las denunciables condiciones de trabajo que se vive en Camboya. Las largas jornadas de trabajo y un salario muy por debajo del nivel de vida ocasiona que más de 1.000 trabajadoras ya hayan perdido incluso el conocimiento mientras trabajaban en estas fábricas. Y eso sólo en lo que llevamos de 2014. Aunque recordemos que no es la única bajo sospecha, en este mismo blog contamos hace poco otro caso de explotación en Primark.

El ‘low cost’ de Primark tiene una doble cara. El convenio colectivo para las dependientas establece un salario base de 15.247 euros al año para los trabajadores a tiempo completo, que se reparte en 12 pagas mensuales y tres extras. Y mucho más: un informe elaborado por el prestigioso Centre for Research on Multinational Corporations, organización independiente holandesa sin ánimo de lucro  y el India Committee of the Netherlands, una ONG del mismo país impulsora de la campaña Clean Clothes (Ropas Limpias) contra la explotación vinculada al comercio textil, nos advierte de las prácticas “esclavistas” de algunos de los gigantes mundiales de la moda. Entre otras marcas, citan a Tommy Hilfiger, Timberland, H&M, Marks&Spencer, Diesel, Gap, C&A, El Corte Inglés, Cortefiel, Inditex( propietaria entre otras de las tiendas Zara).



http://muhimu.es/economia/slowfashion/

TRABAJADORES LIBRES. NI EXPLOTADOS NI EXPLOTADORES

BazetorreNK berriro ere Felix Rodrigo Mora ( Esfuerzo y servicio ) bere testu polemiko hauetako batekin, polemikoa agian bai baina oraingoan ere gezurrik esaten al diNK?

TRABAJADORES LIBRES. NI EXPLOTADOS NI EXPLOTADORES


      En Europa, por su condición de gran potencia (aunque ya en irremediable declive), un elevado porcentaje de la población “popular” no vive de su trabajo. Hay un sector parasitario cuyas condiciones de existencia, basadas en subsidios, “ayudas sociales” y subvenciones, estatales y de la UE, se aproximan a las del lumpen. Otra porción recibe emolumentos en demasía crecidos por trabajos a menudo de confusa y dudosa utilidad social. Todos ellos consumen lo que no producen.

En eso se equiparan con la burguesía y el aparato de Estado, que asimismo viven de lo que otros crean con su trabajo. Todos unidos forman el bloque de los explotadores.

Grecia ha revelado esta cardinal cuestión. Allí, supuestamente, chocan dos posiciones, la de la Troika, que exige devolver los préstamos, y la socialdemócrata, que se resiste verbalmente a ello, reivindicando que el sistema de subsidios elevados, pensiones jugosas, salarios inflados y demás prebendas institucionales se mantenga, según una interpretación reaccionaria e inmoral de la cuestión social.

Ahora todo está más claro, al haber quedado probado que Syriza es el novísimo instrumento de la Troika para imponer al pueblo griego sus leoninas demandas. A día de hoy aquél, en tanto que partido en el gobierno, está devolviendo escrupulosamente el dinero recibido, conforme a las indicaciones del Estado-capital alemán, para lo que introduce los cambios económicos, fiscales, administrativos, legales y represivos[1] necesarios. Esto daña notablemente el nivel de vida de las clases modestas.

Queda una cuestión por dilucidar, ¿se puede dar respaldo a quienes desean vivir del trabajo ajeno, a quienes se perciben a sí mismos como consumidores pero no, o mucho menos, como trabajadores? Porque un asunto esencial está no en el ámbito de lo financiero, en si la Troika consigue más o menos ganancias, sino en el de la realidad política y moral más básica, a saber, si es justo que un país viva de lo que no produce.

¿Es admisible subsistir con lo que otros crean?, ¿se puede llevar una vida de consumo, sin aportar lo bastante? Quienes simplemente plantean no pagar la deuda fallan en un punto decisivo, a saber, que no devolver los préstamos dejaría al pueblo griego con una cantidad de numerario que sería destinada a adquirir productos -conviene repetirlo- no elaborados por las clases populares de ese país.

El dinero no es verdadera riqueza, al no satisfacer ninguna necesidad por sí mismo. Se usa como medio de pago para conseguir bienes que son el trabajo materializado de otros asalariados. La Troika no produce nada, sólo controla los recursos financieros, pero nadie vive por ellos (el dinero no es comestible) sino de lo que se logra en el mercado con ellos, alimentos, vivienda, ropa, etc. Nada de eso lo produce la Troika. Por tanto, la gresca por “redistribuir” los fondos monetarios deja sin aclarar que cada cual debe vivir, para no ser un explotador, de su trabajo.

Así es, toda persona ha de subsistir de su esfuerzo productivo, y todo país también. Hay que crear una sociedad donde el trabajo sea universal, tarea de toda la población, hombres y mujeres, sin que nadie escape a esa obligación o deber social. Una sociedad donde no haya parásitos, donde no existan burgueses ni lumpen ni trabajadores privilegiados ni cazasubvenciones ni aparato estatal ni subsidiados, sólo trabajadores.

En el pasado el movimiento obrero exigía trabajo y no prestaciones o pensiones, deseaba ser a partir del propio esfuerzo y al mismo tiempo luchaba por poner fin al régimen salarial junto con la totalidad de la explotación capitalista a través de la revolución social, para crear un orden universal de trabajadores honrados, autosuficientes, orgullosos de sí mismos, virtuosos y creadores de riqueza.

Eso era en el pasado. Hoy los caudillos de la izquierda paleomoderna hacen del asistencialismo estatal y el consumo improductivo el meollo de un concepto perverso y ya además disfuncional de la “justicia social”. Pretenden convertir, dicen, a extensas capas de la población en consumidores puros, negándoles la dignidad y grandeza del trabajo. Con ello les hace además explotadores de los trabajadores de otros países, en particular del Tercer Mundo, que son quienes aportan la inmensa masa de valor económico, de bienes útiles, que las clases parasitarias “populares” europeas no elaboran[2].

El trabajo asalariado es degradante de manera descomunal, en efecto, pero aún lo es más existir en la molicie y en el abandono del fundamental deber de ser útiles a uno mismo y a la sociedad. Trabajar, además de un imperativo político y moral, es una necesidad para autoconstruirse como personas de calidad, autónomas, soberanas, rectas, fuertes, competentes y libres. Eso es justamente lo que niega la socialdemocracia con su horrenda política de “pan y circo”. Ha hecho del dinero institucional dado a plebe y las prestaciones “sociales” un modo de dominación, otro más.

Pero no hay que dejarse engañar por la demagogia politiquera, pues Europa ya no está en condiciones de mantener los elevados grados de improductividad y parasitismo de hace sólo un decenio: Grecia es la prueba. Agobiada por la competencia de las potencias emergentes, con una base económica en buena medida ineficiente, baqueteada por la gran depresión de 2008/2014, con unos aparatos estatales crecientemente endeudados y un sistema bancario que necesita de periódicas inyecciones de numerario estatal, la UE ya no puede utilizar a tan gran escala como antes el dinero en tanto que elemento de podredumbre, sumisión y prostitución.

Lo que Syriza está haciendo en Grecia, desmontar la sociedad de consumo para poner en su lugar una hórrida sociedad de la pobreza con trabajo incesante y derechos laborales y sociales sustantivamente reducidos, inspirada en la de China (país, no se olvide, dirigido por un partido comunista), lo hará en España Podemos y la izquierda (española e “independentista”) en quizá 15-20 años. Esa transición del parasitismo a la sobreexplotación sólo puede efectuarla la izquierda.

La izquierda presenta demagógicamente al Estado como un pozo sin fondo, del que se pueden sacar recursos y más recursos para, supuestamente, hacer asistencialismo. Pero eso es cada día más irreal. La deuda del ente estatal español ha subido de 592.000 millones de euros en 2007 a 1.067.000 millones en 2015, el 98% del PIB. El ascenso del endeudamiento no puede mantenerse indefinidamente.

En la UE no sólo Grecia sino también Italia y Portugal están más endeudados que España mientras que Francia se aproxima. Estos países quedan obligados a reorganizar completamente su economía. Lo cierto es que todos los de la UE tendrán que hacerlo en los próximos decenios. La retórica de los jerarcas de la izquierda es un cruel y desvergonzado engaño, pues promete incrementar el número y solvencia de los subsidiados cuando en realidad lo que planea hacer es una nueva revolución industrial, con todos sus horrores.

La conclusión final es doble. Primero, no basta con no ser explotados pues hay que oponerse activamente también a ser explotadores. Segundo, la transformación revolucionaria de la sociedad y el fin del capitalismo únicamente la pueden hacer aquéllos que vivan del propio esfuerzo, no parásitos despilfarradores, perezosos, hedonistas e inmorales. El motivo último de todo ello es que el proyecto de revolución social integral no se fundamenta en intereses sino en valores.


[1] El gobierno de Syriza, al encontrar una oposición creciente a su servil política pro-Troika, está acudiendo a la represión, lanzando a la policía contra quienes protestan. La violencia policial es uno de los componentes del populismo “anticapitalista” del sur de la UE, que su “partido hermano” español usará al por mayor en cuanto tenga poder gubernamental. Otro asunto sustancioso es que el gobierno de A. Tsipras está sacando adelante su política en el parlamento porque vota a su favor la derecha, dado que una parte de su partido no lo hace. Por tanto, ¿en qué queda la supuestamente decisiva distinción izquierda/derecha?, ¿para qué sirve votar?, ¿qué sentido tiene la participación en las instituciones? Finalmente, los disidentes de Syriza, si desean ser creíbles, tienen que pasar de la fácil y mendaz demagogia que les caracteriza a formular un proyecto y programa de revolución holística para Grecia.

[2] La línea de los jefes y jefas de toda la izquierda es, de facto, la explotación de los pueblos y países pobres del planeta, como viene haciendo Europa desde hace siglos. El alto nivel de consumo parasitario que proponen no tiene otra realización práctica posible. Tal proyecto lo ocultan tras una demente verborrea “antirracista”, expresión de la peor hipocresía y maquiavelismo, en donde dominan formulaciones como “mestizaje” y “multiculturalidad”. Sólo quien es antiimperialista puede ser antirracista sin comillas. Para lo ello hay que repudiar la noción de gasto material improductivo máximo, sumándose al concepto de consumo mínimo de bienes materiales y máximo de bienes espirituales, propio del proyecto y programa de la revolución integral. Únicamente desde éste puede darse un antirracismo real.

Por qué estamos en contra de los Comités de Empresa y a favor de las Secciones Sindicales

Por qué estamos en contra de los Comités de Empresa y a favor de las Secciones Sindicales

 
 
¿Que por qué estamos en contra de los comités de empresa?

La Organización mediante comités de empresa o delegados/as de personal

Surgen de las elecciones sindicales, similar de las elecciones políticas. Se presentan diferentes candidaturas y los/as trabajadores/as las votan para elegir a sus representantes los próximos 4 años.

L@s trabajadores deberían saber que haciendo esto renuncian a su opción de participar en las decisiones diarias de tipo laboral-sindical en la empresa, ya que para eso está el comité. Lo que deberían saber es que este comité o los Delegados de Personal pueden firmar y/o negociar con la empresa lo que quieran sin consultar a los trabajadores/as, que para eso los han votado. Lo que queremos decir en un lenguaje llano es que votando se delega en ellos las decisiones sindicales de la empresa.

También deberían saber que los miembros de estos Comités y/o los/as Delegados/as de Personal, tienen una serie de derechos sobre el resto de trabajadores/as:

-No pueden ser despedidos durante 5 años (los 4 de mandato y el siguiente)
-No pueden ser incluidos en los EREs (que ellos negocian y firman), algo intolerable
-Tienen posibilidad de réplica en una sanción que se les imponga (tú y yo no).
-Tienen 15 horas al mes para cuestiones sindicales (se vayan a hacer algo del sindicato realmente o a tomar el sol a la playa) en la mayoría de los casos tienen el mes completo
-Tienen preferencia para hacer cursillos de toda índole
Ser Delegado de Personal o miembro de un comité de empresa puede servir para escaquearse y vivir sin dar un palo al agua. Para la dirección de la empresa es más fácil “corromper” a 5 que a toda la empresa. Son de sobras conocidos casos donde los representantes sindicales se llevan mejor con los directores o gerentes de turno que con sus compañeros/as de trabajo, aunque éstos hayan confiado su voto en ellos/as.

La realidad diaria de este país donde existen comités de empresa es ésta, por eso la mayoría de los/as trabajadores/as no votan ni participan en las elecciones sindicales, saben que son unos vendidos y unos interesados (para ellos/as mismos/as). El poder corrompe, y las elecciones sindicales y tener privilegios da cierto poder. Por eso creemos firmemente que hay que rechazarlo en todo momento.

Muchos sindicatos sin afiliación en las empresas intentan convencer a los trabajadores para que se presenten por su candidatura sin ser afiliado/a, es legal, se puede hacer. Yo mismo he sido testigo de como UGT y la CTC (sindicato catalanista) lo intentaron en mi empresa.

¿Y qué ganan las cúpulas sindicales con todo esto? Subvenciones de Papá Estado, entre UGT y CCOO se llevan 156 millones de euros, en plena crisis económica.


Nuestra alternativa: las Secciones Sindicales de CNT

En ellas puede figurar cualquier trabajador/a que esté afiliado/a, aunque se dan casos de gente que colabora y trabaja con ellas sin ser afiliado del sindicato.

Se organizan desde abajo de forma asamblearia y horizontal, el Delegado de la Sección es elegido por sus miembros y es un mero portavoz de cara a la empresa, no tiene ningún poder de decisión, sin pasar por la asamblea, que es la que decide SIEMPRE.

Bastante más democrático que los comités o delegados de personal, que aunque haya quien diga que también hacen asambleas, hay centenares y centenares de casos detallados y denunciados donde estos comités o delegados de personal han hecho lo contrario a lo votado por la asamblea de trabajadores. La mayoría de veces por intereses propios o por decisión de las direcciones de sus federaciones sindicales (los jefazos de cada sector), que también negocian los convenios, etc. Son éstos los que mandan de verdad, si algún comité se sale de la linea, tirón de orejas.

Volviendo a las secciones sindicales, decir que no tienen casi derechos. Los contemplados en la LOLS (Ley Orgánica de Libertad Sindical) o los que se arrancan en la Acción Sindical diaria a las empresas o por sentencias. La creación de nuestras secciones no tiene ninguna obligación de ser comunicada a la dirección de la empresa, algo importante para poder sobrevivir en los inicios, ya que la respuesta de la empresa es la del despido habitualmente, tampoco tiene ningún derecho la empresa para decir sin son legales o no (algo habitual), tienen que soportar su existencia y su Acción Sindical. La patronal conoce muy bien a la CNT y lo que representa en una empresa: HONESTIDAD Y LUCHA.

La CNT ofrece un modelo donde la gente participa libremente, la efectividad depende de las posibilidades que hayan y del empeño que metan sus militantes, a parte que se potencia la implicación y el debate para llegar a acuerdos. Si tocan a uno/a nos tocan a todos/as.

Se potencian valores como el Apoyo Mutuo y Solidaridad. Las cosas se han logrado sólo con la lucha y para poder luchar hace falta unidad y que las decisiones emanen de la gente en asamblea, participando: no existen los héroes, ni los mártires, ni los milagros.

Hay que aprender también a ser más listos/as que ellos/as, los empresarios suelen tener chivatos/as y gente dispuesta a traicionarte por mantener su puesto de trabajo, como también tienen experiencia en cometer atropellos impunemente, así que tampoco hay que coger confianza. Estar en una sección sindical no te hace totalmente intocable. Hay que actuar con estrategia y acierto, y aprendiendo, pues el camino se hace caminando.

No sirve de nada llorar en la barra del bar, ni hablar de los vendidos de vuestra empresa (los del comité). Debemos organizarnos horizontal y activamente, sin injerencias externas. Desde la CNT somos conscientes que tú eres responsable de tus actos, de tu vida, de las consecuencias de tus acciones. Aquí la decisión es tuya, de tus compañeros/as en asamblea, si en tu puesto de trabajo todavía no tienes una sección sindical, ¿a qué esperas?

No creemos en las subvenciones sindicales, sino en la autonomía obrera y sindical, de acción, sin más limitaciones que las que se quieran o tengan que asumir. No pediremos nunca el voto, queremos que la lucha sea conjunta, de todas y todos los trabajadores, sin importar raza, edad, sexo o profesión.

Sec. Jurídica CNT-AIT Cornella

Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda

Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda

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¿Alguna vez has tenido la sensación de que tu puesto de trabajo es una pura invención? ¿Que el mundo seguiría girando si dejaras tu puesto de trabajo de 40 horas semanales? David Graeber, antropólogo estadouni­dense, explora el fenómeno de los trabajos absurdos en un texto de gran interés para cualquier trabajador/a, que analiza el mundo laboral con altas dosis de ironía y desde un punto de vista anglosajón, de una manera poco convencional en los tiempos que corren.

En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que, para finales del Siglo XX, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que países como Gran Bretaña o EEUU hubieran conseguido una sema­na laboral de 15 horas. Hay muchas razones para creer que estaba en lo cierto: en términos tecnológicos, seríamos perfectamente capaces. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. En su lugar la tecnología ha sido empleada para inventar maneras de hacernos trabajar más a todos/as. Para alcanzar este fin ha habido que crear puestos de trabajo que son, a todas luces, inútiles. Gran cantidad de personas, sobre todo en Europa y Norteamérica, pasan la totalidad de su vida laboral des­empeñando tareas que, en el fondo, creen bastante innecesarias. El daño moral y espiritual derivado de estas situaciones es profundo. Se trata de una cicatriz sobre nuestro alma colectiva. Sin embargo, apenas se habla sobre el tema.

¿Por qué nunca llegó a mate­rializarse la utopía prometida por Keynes (aún esperada con impa­ciencia en los años 1960)? La res­puesta más manida hoy en día dice que no supo predecir el incremento masivo del consumismo. Presenta­dos/as con la elección entre currar menos horas y obtener más jugue­tes y placeres hemos, colectivamen­te, optado por la segunda opción. Si bien esto daría para una bonita his­toria moralista, una breve reflexión nos demuestra que no se puede tratar de eso, que la respuesta no es tan sencilla. Sí, hemos sido testigo de la creación de una variedad in­terminable de nuevos trabajos e in­dustrias desde la década de los años 1920, pero muy pocos tienen algo que ver con la producción y distri­bución de sushi, iPhones o zapati­llas deportivas molonas.

¿Entonces cuáles son estos nuevos trabajos, exactamente? Un estudio reciente comparando la si­tuación del empleo en EEUU entre 1910 y 2000 nos da una respues­ta bastante clara (y extrapolable a los países europeos). A lo largo del siglo pasado el número de trabajadores/as empleados/as como per­sonal de servicio doméstico, en la industria y en el sector agrícola se ha desplomado de forma dramática. Al mismo tiempo, las categorías de “profesionales, directivos, administrativos, comerciales y trabajado­res de servicios varios” han triplicado sus números, creciendo “de un cuarto a tres cuartos del empleo total”. En otras palabras, los trabajos productivos, exactamente como se predijo, han sido en gran parte sustituidos por procesos automatizados (incluso si contamos a los/as trabajadores/as de la industria globalmente, incluyendo a las masas trabajadoras en India y China, el número de estos/as trabajadores/as sigue estando lejos de alcanzar el gran porcentaje de la población mundial que suponía antes).

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Pero en lugar de permitir una reducción masiva de horas de traba­jo que permitiera a la población mundial dedicarse a la consecución de sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos visto la in­flación no tanto del sector “servicios” como del sector administrativo, incluyendo la creación de industrias enteras como la de los servicios financieros o el telemarketing, o la expansión sin precedentes de sec­tores como el del derecho empresarial, la administración educativa y sanitaria, los recursos humanos y las relaciones públicas. Y estas cifras ni siquiera reflejan a todas aquellas personas cuyo trabajo consiste en proporcionar soporte administrativo, técnico o de seguridad para es­tas industrias, o, es más, todo un sinfín de industrias secundarias (pa­seadores de perros, repartidores nocturnos de pizza), que sólo existen porque todo el mundo pasa la mayoría de su tiempo trabajando en todo lo demás.

Estos son a los que yo propongo llamar trabajos de mierda. Tra­bajos absurdos.

Es como si alguien estuviera por ahí inventando trabajos inútiles por el mero hecho de mantenernos a todos/as trabajando. Y aquí, precisamente, radica el misterio. En el capitalismo, esto es precisa­mente lo que se supone que no debería pasar. Por supuesto, en los vie­jos e ineficientes Estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como un deber sagrado, el sistema inventaba tantos puestos de trabajo como era necesario (esto es por lo que en los grandes almacenes soviéticos había tres de­pendientes/as para vender un trozo de carne). Pero, desde luego, este es el tipo de problema que la compe­tencia generada por el libre merca­do se suponía que solucionaba. De acuerdo con la teoría económica, al menos, lo último que una empresa con ánimo de lucro pretende hacer es pagar dinero a trabajadores/as a los/as que realmente no necesita emplear. Sin embargo, de alguna manera, esto ocurre.
A pesar de que las empresas pueden efectuar implacables reduc­ciones de plantilla, los despidos y las prejubilaciones invariablemente caen sobre la gente que realmente está haciendo, moviendo, reparan­do y manteniendo cosas; por una extraña alquimia que nadie consi­gue explicar, el número de burócra­tas asalariados en el fondo parece aumentar, y más y más empleados/as se ven a sí mismos/as, en realidad de forma no muy diferente a los/as trabajadores/as soviéticos/as, traba­jando 40 o incluso 50 horas sema­nales sobre el papel, pero trabajando efectivamente 15 horas, justo como predijo Keynes, ya que el resto de su tiempo lo pasan organi­zando y asistiendo a cursillos de motivación, actualizando sus perfiles de Facebook o descargando temporada tras temporada de series de televisión.

La respuesta, evidentemente, no es económica: es moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población feliz y productiva con tiempo libre es un peligro mortal (piensa en lo que comenzó a suceder cuando algo sólo moderadamente parecido em­pezó a existir en los años 1960). Y, por otro lado, la sensación de que el trabajo es un valor moral en sí mismo, y que cualquiera que no esté dispuesto/a a someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor parte de su tiempo no se merece nada, es extraordi­nariamente conveniente para ellos/as.

Una vez, al contemplar el crecimiento aparentemente intermina­ble de responsabilidades administrativas en los departamentos aca­démicos británicos, se me ocurrió una posible visión del infierno. Elinfierno como un grupo de individuos que se pasan la mayor parte de su tiempo trabajando en una tarea que no les gusta y que no se les da especialmente bien. Digamos que fueron contratados/as por ser excelentes ebanistas, y entonces descubren que se espera de ellos/as que pasen una gran parte del tiempo tejiendo bufandas. La tarea no es realmente necesaria, o al menos hay un número muy limitado de bufandas que es necesario tejer. Pero, de alguna manera, todos/as se obsesionan tanto con el rencor ante la idea de que algunos/as de sus compañeros/as de trabajo podrían dedicar más tiempo a fabricar muebles, y no a cumplir su parte correspondiente de confección de bufandas, que al poco tiempo hay interminables montones inútiles de bufandas mal tejidas acumulándose por todo el taller, y es a lo único que se dedican.

Creo que ésta realmente es una descripción bastante precisa de la dinámica moral de nuestra economía.

Bueno, soy consciente de que cada argumento va a encontrar ob­jeciones inmediatas: “¿quién eres tú para determinar qué trabajos son realmente ‘necesarios’? De todos modos, ¿qué es necesario? Tú eres profe­sor de antropología, ¿qué ‘necesidad’ hay de eso?” Y a cierto nivel, esto es evidentemente cierto. No existe una medida objetiva de valor social.

No me atrevería a decirle a alguien que está convencido de que está haciendo una contribución significativa al mundo de que, real­mente, no es el caso. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que es­tán convencidas de que sus trabajos no tienen sentido alguno? No hace mucho volví a contactar con un amigo del colegio al que no veía desde que tenía 12 años. Me sorprendió descubrir que, en este tiempo, primero se había convertido en poeta y luego en el líder de una banda de indie rock. Había oído algunas de sus canciones en la radio sin tener ni idea de que el cantante era alguien a quien conocía. Él era obviamente brillante, innovador, y su trabajo indu­dablemente había alegrado y mejorado la vida de gente en todo el mundo. Sin embargo, después de un par de discos sin éxito había perdido el contrato y, plagado de deudas y con una hija recién na­cida, terminó, como él mismo dijo, “tomando la opción por defecto de mucha gente sin rumbo: la facultad de derecho.” Ahora es un abogado empresarial que trabaja en una destacada empresa de Nueva York. Él es el primero en admitir que su trabajo no tiene absolutamente ningún sentido, no contribuye en nada al mundo y, a su propio juicio, realmente no debería existir.

Hay muchas preguntas que uno se puede hacer aquí, empezando por, ¿qué dice esto sobre nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente limitada de poetas y músicos con talento, pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en dere­cho empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla la mayoría de la riqueza disponible, lo que llamamos “el mercado” re­fleja lo que ellos/as piensan que es útil o importante, no lo que piensa cualquier otra persona.) Pero aún más, muestra que la mayoría de la gente con estos empleos en el fondo es consciente de ello. De hecho, no estoy seguro de haber conocido a algún/a abogado/a empresarial que no pensara que su trabajo era absurdo. Lo mismo pasa con casi todas los nuevos sectores anteriormente descritos. Hay una clase en­tera de profesionales asalariados/as que, si te encontraras con ellos/as en fiestas y admitieras que haces algo que podría ser considerado interesante (un antropólogo, por ejemplo), querrán evitar a toda cos­ta hablar de su propio trabajo. Dales un poco de alcohol, y lanzarán diatribas sobre lo inútil y estúpido que es en realidad la labor que desempeñan.

Hay una profunda violencia psicológica en todo esto. ¿Cómo puede uno empezar a hablar de dignidad en el trabajo cuando se­cretamente siente que su trabajo no debería existir? ¿Cómo puede este hecho no crear una sensación de profunda rabia y de resenti­miento? Sin embargo una peculiar genialidad de nuestra sociedad es que sus dirigentes han descubierto una forma, como en el caso de los/as tejedores/as de bufandas, de asegurarse que la rabia se dirige precisamente contra aquellos/as que realmente tienen la oportunidad de hacer un trabajo valioso. Por ejemplo: en nuestra sociedad parece haber una regla general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo. De nuevo, es difícil encontrar un baremo objetivo, pero una forma sencilla de hacerse una idea es preguntar: ¿qué pasa­ría si toda esta clase de gente simplemente desapareciera? Di lo que quieras sobre enfermeros/as, basureros/as o mecánicos/as, es obvio que si se esfumaran como una nube de humo los resultados serían in­mediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores/as o trabajadores/as portuarios/as pronto tendría problemas, incluso uno sin escritores/as de ciencia ficción o músicos/as de ska sería claramente un sitio inferior. No está del todo claro cómo sufriría la humanidad si todos los/as ejecutivos/as del capital privado, lobbyistas, investigadores/as de relaciones públicas, notarios, comerciales, técnicos de la adminis­tración o asesores legales se esfumaran de forma similar. (Muchos/as sospechan que podría mejorar notablemente.) Sin embargo, aparte de un puñado de excepciones (cirujanos/as, etc.), la norma se cumple sorprendentemente bien.

Aún más perverso es que parece haber un amplio sentimiento de que así es como las cosas deben ser. Ésta es una de las fortalezas secretas del populismo de derechas. Puedes verlo cuando los perió­dicos sensacionalistas avivan el rencor contra los/as trabajadores/as del metro por paralizar las ciudades durante los conflictos laborales: el propio hecho de que los/as trabajadores/as del metro puedan para­lizar una ciudad muestra que su trabajo es realmente necesario, pero esto parece ser precisamente lo que molesta a la gente. Es incluso más evidente en los Estados Unidos, donde los republicanos han tenido un éxito notable movilizando el resentimiento contra maestros/as o trabajadores/as del automóvil (y no, significativamente, contra las ad­ministraciones educativas o los gestores de la industria del automó­vil, quienes realmente causan los problemas). Es como si les dijeran “¡pero si os dejan enseñar a niños/as! ¡O a fabricar coches! ¡Tenéis trabajos auténticos! ¿Y encima tenéis el descaro de esperar también pensiones de clase media y asistencia sanitaria?

Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral adecuado per­fectamente para mantener el poder del capital financiero, es difícil imaginar cómo podrían haber hecho un trabajo mejor. Los/as traba­jadores/as reales y productivos/as son incansablemente presionados/as y explotados/as. El resto está dividido entre un estrato aterrori­zado de los/as universalmente denigrados/as desempleados/as y un estrato mayor a quienes se les paga básicamente por no hacer nada, en puestos diseñados para hacerles identificarse con las perspectivas y sensibilidades de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) – y particularmente sus avatares financieros – pero, al mismo tiempo, fomentarles un resentimiento contra cualquiera cuyo trabajo tenga un claro e innegable valor social. Obviamente, el sistema nunca ha sido diseñado conscientemente. Surgió de casi un siglo de prueba y error. Pero es la única explicación de por qué, a pesar de nuestra ca­pacidad tecnológica, no estamos todos/as trabajando 3-4 horas al día.

Texto originalmente publicado en www.strikemag.org; traducción re­visada y adaptada por Todo por Hacer.

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Trabajo

Trabajo

La mitología del trabajo - Manifiesto contra el trabajo - La abolición del trabajo.

El trabajo asalariado es un tema cada vez más presente dentro de la crítica al sistema económico extractivista-capitalista. El capitalismo no se forjó de la nada. Siglos de represión avalan el esfuerzo que los guardianes del capital han realizado para transformar todos los aspectos valiosos, diversos y vitales de la experiencia humana en una mercancía, generando, al mismo tiempo, los dispositivos de control necesarios para perpetuar las condiciones de dominación. El trabajo asalariado es el motor que garantiza la producción constante y compulsiva, estructura nuestro tiempo y favorece que las desigualdades sociales se profundicen cada vez más, los recursos para una vida digna comiencen a escasear y hasta la menor parcela de tierra y de conocimiento tenga dueño. El trabajo es el dispositivo de control más eficaz y sofisticado de la civilización moderna.

"Nadie debería trabajar jamás.
El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar."


L'Anomia Ediciones, Buenos Aires 2013
96 págs

La alienación del trabajo asalariado

La alienación del trabajo asalariado

Durante el siglo XVII tuvieron lugar una serie de acontecimientos de gran importancia en la política europea que contribuyeron al establecimiento del Estado moderno como forma política dominante. Entre estos acontecimientos decisivos caben destacar aquellos que en el terreno bélico supusieron unas innovaciones tecnológicas que aumentaron la potencia de fuego de los ejércitos, a lo que hay que sumar las nuevas técnicas de combate que significaron un incremento numérico sin precedentes de los efectivos, lo que implicó la formación de la estructura organizativa central del Estado moderno para, así, hacer acopio no solo de los recursos materiales y económicos necesarios para preparar y hacer la guerra sino también para un mayor control de la población.[1] De esta forma el Estado moderno constituyó la respuesta organizativa de las elites dominantes con la que extender su control sobre la sociedad para supeditarla a sus intereses.[2] Todo esto obedecía en última instancia a las exigencias de la esfera internacional del momento en la lucha por la hegemonía mundial, lo que supuso una permanente carrera de armamentos que contribuyó a dejar extenuadas las economías y sociedades de los diferentes países involucrados en estos conflictos.[3]

No cabe duda de que las rivalidades de los diferentes países en su pugna por la hegemonía mundial contribuyeron decisivamente a la aparición y desarrollo del Estado moderno,[4] y con ello a su extensión y consolidación en dos sentidos diferentes: a nivel interno en relación al dominio que ejercen las elites mandantes sobre sus dominados, y a nivel externo con la generalización de este modelo de organización política a partir de la paz de Westfalia en 1648 que dio lugar al actual sistema internacional de Estados. En este sentido el contexto internacional, y sobre todo las fuerzas que presionan desde el exterior a través de la estructura de poder internacional, ha contribuido a la formación del Estado moderno. Ello significó el afianzamiento y expansión de la estructura social de clases que le es inherente, al mismo tiempo que permitió la reorganización general del conjunto de las relaciones sociales. En lo que a esto último se refiere el Estado jugó un papel fundamental en tanto en cuanto dicha reorganización de la sociedad fue puesta en marcha a través de dos procesos íntimamente relacionados: la formación y desarrollo del incipiente capitalismo mediante el establecimiento de la estructura legal e institucional que lo hizo posible,[5] y el proceso de industrialización que proveyó al Estado de los medios materiales, financieros y económicos para hacer la guerra. Entre las principales consecuencias de esta reorganización de las relaciones sociales se encuentran la aparición de la propiedad privada en los medios de producción y el trabajo asalariado.

En la medida en que el Estado se apropió de la capacidad legislativa con la que imponer sus propias leyes también dio lugar a la apropiación económica de la tierra a través de la propiedad privada. La normativa legal, fruto de la desigualdad política que significa la existencia del Estado, fue la que dio origen a la desigualdad económica con la institución del derecho a la propiedad privada que desde entonces recibió la protección del aparato represivo, judicial y burocrático del Estado. El propio Estado, a través del monopolio de la violencia que detenta sobre el territorio de su jurisdicción, se ocupa de supervisar el complimiento de la legislación por él mismo creada y de proveer así de la correspondiente seguridad jurídica que protege la propiedad privada y a la clase capitalista. De este modo las relaciones sociales fueron transformadas completamente a través de la apropiación, primero jurídica y después económica, de la tierra y consecuentemente del conjunto de los medios de producción que hasta ese momento habían pertenecido a la comunidad popular.[6] Con ello apareció el trabajo asalariado como forma de producción predominante en el sistema capitalista que facilitó la monetización de las relaciones sociales, y al mismo tiempo su sometimiento a la lógica del capital.
La propiedad privada en los medios de producción es la base sobre la que se fundan las principales relaciones de explotación inherentes al sistema capitalista, y que encuentran en el trabajo asalariado su más acabada expresión en la medida en que el trabajador o trabajadora pone su fuerza de trabajo al servicio de otros. Esta nueva forma de explotación no se diferencia en nada sustancial de la esclavitud antigua con la única particularidad de que la relación entre el explotador y el explotado se encuentra mediatizada por un salario.
La propiedad privada da poder a la clase explotadora compuesta por los capitalistas, quienes imponen las condiciones económicas y laborales por las que los trabajadores deben vender su fuerza de trabajo. Asimismo, el trabajo asalariado ha significado la extensión y profundización del control de los propios asalariados bajo formas renovadas y perfeccionadas. Mientras que en la antigüedad el esclavista únicamente se limitaba a dar aquellas órdenes que sus esclavos debían cumplir, dejando a estos un margen de maniobra para organizar por sí mismos el trabajo, con el trabajo asalariado el propio capitalista organiza el trabajo que sus empleados deben realizar. De esta forma el control es aún mayor, lo que impide por un lado la reflexión y por otro la iniciativa y el desarrollo de las capacidades propias del trabajador.

La organización de la producción y consecuentemente del trabajo en el seno de la empresa capitalista descansa sobre un modelo autoritario en el que la propiedad privada es su base. La división del trabajo y su parcelación obedece a exigencias de este modelo en el que se busca no sólo la eficiencia y la productividad, sino sobre todo un mejor y mayor control sobre la fuerza de trabajo al quedar los trabajadores a expensas de las órdenes de los patrones y, por tanto, de la propia disciplina impuesta por la empresa. La tendencia del trabajo asalariado es la de nulificar al sujeto al convertirlo en un ser inhábil permanentemente dependiente de las órdenes del patrón de turno que dirige y organiza todo su trabajo. A todo lo anterior ha contribuido sustancialmente el proceso de tecnificación que no ha estado solo dirigido a incrementar la producción y los beneficios de la empresa, sino fundamentalmente a someter al propio trabajador a los ritmos de la máquina, a anular su capacidad reflexiva mediante rutinas igualmente mecánicas que son interiorizadas, y a separar a los propios trabajadores a través de una creciente parcelación y especialización.
Pero el trabajo asalariado ha servido fundamentalmente para una degradación moral del propio sujeto al quedar a expensas de la clase empresarial que le contrata y le impone sus condiciones. La monetización de la relación laboral camina en ese sentido ya que establece una dependencia estructural del trabajador con la clase explotadora que detenta la propiedad de los medios de producción, y por tanto a la que se ve obligado a vender su libertad. La existencia del sujeto queda limitada al ámbito puramente material en tanto en cuanto la necesidad de garantizarse un sustento depende de terceros a cuya merced se encuentra, lo que se convierte en su principal estímulo. Resulta bastante ilustrativa a este respecto la siguiente observación de Proudhon:
“¿Sabe usted lo que es ser un trabajador asalariado? Es trabajar bajo las órdenes de otro, atento a sus prejuicios, incluso más que a sus órdenes. (...) Es no pensar por uno mismo (...) no tener más estímulos que ganar el pan cotidiano y el miedo a perder tu trabajo. El asalariado es un hombre a quien el patrón que le ha contratado le dice: “lo que tienes que hacer no es asunto tuyo, no tienes ningún control sobre ello””.[7]

Por otro lado la dependencia que se manifiesta en el terreno económico y laboral no se circunscribe a estos ámbitos sino que se extiende a todas las demás esferas de la vida. El trabajo asalariado impide que el sujeto se posea a sí mismo en la medida en que genera un contexto social y relacional que moldea su existencia y su forma de ser en el mundo.

El agravamiento de las condiciones de explotación laboral que entraña el trabajo asalariado ha conllevado una creciente absorción del tiempo del sujeto con la prolongación de la jornada laboral más allá de las 8 horas diarias, a lo que hay que sumar el tiempo que se emplea en el transporte cotidiano para llegar al centro de trabajo y que necesariamente también forma parte de ese proceso de explotación.[8] De este modo el sujeto es poseído por su propio trabajo y se convierte en objeto, en un recurso descartable utilizado por la empresa. La vida del trabajador pasa a ser un bucle cerrado que se reproduce infinitamente en una serie de quehaceres desprovistos de mayor significación: trabajar, regresar del trabajo, cenar, dormir, despertarse, desayunar, volver al trabajo, etc… Así es como la vida del trabajador deja de ser su vida para pasar a ser la vida de la empresa para la que trabaja y para la que también vive. De esta forma el trabajador vive la vida que la empresa, y por ende el capitalismo y sus elites dominantes, le impone. Se trata de una vida inauténtica al no haber sido elegida libremente sino impuesta por las circunstancias de escasez general creadas por el contexto social y económico capitalista. El sujeto no vive su vida sino la de otro, la de alguien que resulta funcional para las metas impuestas por el sistema capitalista. Esto explica al mismo tiempo que las metas del sujeto no sean las suyas sino las del capitalismo.

La alienación no consiste únicamente en suplantar la vida del sujeto por aquella que el sistema de opresión en el que vive le impone, sino también en la remodelación, recreación y reproducción de identidades construidas desde el exterior. El sujeto no se autoconstruye con una identidad propia y un proyecto de vida auténtico, sino que por el contrario vive siendo alguien distinto a quien realmente es o desearía ser al mismo tiempo que queda sometido a un proyecto vital que no se corresponde con sus aspiraciones más profundas.  Existe, entonces, una contradicción entre el sujeto y el medio que le circunda, entre sus anhelos y lo que en la práctica es, entre el yo ideal y el yo real. Es la completa desposesión del individuo que ya ni siquiera tiene identidad propia al no haber en él nada de auténtico.

La despersonalización y deshumanización que conllevan la alienación pasan a ser completas cuando la identidad y las metas impuestas son asumidas como propias, o en su caso cuando al saber que no son propias se utilizan válvulas de escape con las que evadir la responsabilidad de enfrentarse a esa realidad. La frustración genera estas válvulas de escape que pueden ser sencillamente mundos imaginarios construidos por la infracultura dominante, pero también puede ser la drogadicción, el alcoholismo, el consumismo de todo tipo, etc., que sirven para sobrellevar la forma de vida destructiva inherente al trabajo asalariado y a la desposesión de uno mismo. La consecuencia directa de este proceso es la destrucción del mundo interior del sujeto y del propio sujeto en tanto que tal.

La sociedad capitalista se estructura a través de células organizativas cuya razón de ser es esencialmente pragmática, y por tanto están dirigidas a la consecución de unos objetivos muy claros y determinados: obtener beneficios. Dentro de estas células no hay posibilidad alguna para la coexistencia de otros objetivos distintos de aquellos para los que fueron concebidas, de tal manera que la actividad de todos quienes las integran está dirigida en un mismo sentido al existir en su seno unas jerarquías y unas minorías que establecen las directrices generales.[9] Esto hace que las relaciones sociales estén mediatizadas por el dinero o el interés material, y que no existan espacios para hacer vida en común. Así es como el sometimiento de las relaciones a la lógica del capital contribuye a un paulatino aislamiento del sujeto respecto a los demás, unido a las incompatibilidades horarias que ello acarrea y que inevitablemente contribuyen a alejar a unos de los otros. El sujeto no sólo pierde tiempo para sí mismo debido a la absorción que el trabajo asalariado ejerce sobre su persona, sino que también lo pierde para relacionarse con los demás. En gran medida el trabajo asalariado destruye a la persona al dejarla sin relaciones y vida social, al mismo tiempo que es forzada a pasar más tiempo con desconocidos en los transportes públicos, o simplemente con los compañeros de trabajo con los que tiende a mantener una relación meramente profesional. El deterioro de las relaciones sociales tiene como consecuencia el deterioro del propio sujeto, y la soledad y aislamiento que conllevan significan una mayor vulnerabilidad a la hora de afrontar los desafíos que la propia vida plantea.
La pérdida de la sociabilidad, la anulación de la capacidad reflexiva, la deshumanización que conlleva el ser poseído por el trabajo y las empresas, el carecer de una identidad y de un proyecto de vida auténticos son, en definitiva, el reflejo de un sistema existencialmente opresivo y alienante que convierte a las personas en objetos, en instrumentos a su servicio que son manipulados y dirigidos para la satisfacción de los intereses del propio sistema. Por esta razón la desaparición del trabajo asalariado es lo que puede permitir una regeneración de lo humano que hoy, en las sociedades capitalistas donde impera esta forma de producción, se encuentra en avanzado estado de descomposición. Pero nada de esto es posible sin la destrucción de aquellas instituciones liberticidas que, como la propiedad privada y el Estado, constituyen la base estructural y de poder sobre la que se asienta el trabajo asalariado y que, por tanto, niegan al sujeto su más intrínseca humanidad.
 
Esteban Vidal


[1] Los cambios tecnológicos en el ámbito bélico que propiciaron las sucesivas revoluciones militares así como sus consecuencias políticas son abordados en las siguientes obras: Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Clifford J. Rogers (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Colorado, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, Madrid, Alianza, 2002. Eltis, David, The Military Revolution in Sixteenth-century Europe, Barnes Noble Books, 1998. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State, 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1980. Knox, McGregor y Williamson Murray (eds.), The Dynamics of Military Revolution, 1300-2050, Cambridge, Cambridge University Press, 2001. En cuanto a la relación entre la guerra y la formación del Estado moderno son destacables los siguientes estudios: Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990, Madrid, 1992. Tilly, Charles, War and the power of warmakers in western Europe and elsewhere, 1600-1980, Michigan, Universidad de Michigan, 1983. Tilly, Charles, “Guerra y construcción del Estado como crimen organizado” enRelaciones internacionales: Revista académica cuatrimestral de publicación electrónica Nº 5, 2007. Finer, Samuel, “State- and Nation-Building in Europe: The Role of the Military” en Charles Tilly (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1975, pp. 84-163. Oppenheimer, Franz, The State, Canadá, Black Rose Books, 2007. Hintze, Otto, “La organización militar y la organización del Estado” en Josetxo Beriain Razquin (coord.), Modernidad y violencia colectiva, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2004, pp. 225-250. Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca. Barclay, Harold,The State, Londres, Freedom Press, 2003.
[2] Sobre el modo en el que la guerra afectó a la organización de la sociedad y a su posterior evolución son reseñables los siguientes estudios sociológicos: Mcneill, William, La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 D.C., Madrid, Siglo XXI, 1998. Hale, J. R., War and society in Renaissance Europe 1450-1620, Guernsey, Sutton Publishing, 1998. Tallett, Frank, War and Society in Early Modern Europe: 1495-1715, Londres, Routledge, 1997. Anderson, M. S., Guerra y sociedad en la Europa del Antiguo Régimen (1618-1789), Madrid, Ministerio de Defensa, 1990. Bond, Brian, Guerra y sociedad en Europa (1870-1970), Madrid, Ministerio de Defensa, 1990.
[3] La íntima relación entre poder económico y poder militar queda perfectamente reflejada en las siguientes obras: Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, DeBolsillo, 2006. Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981. En ellas queda patente la dependencia del poder militar de las potencias con su capacidad económica e industrial, y de cómo esta relación es la que ha dado lugar a cambios en la estructura política internacional cuando determinados Estados ya no disponen de esa capacidad económica necesaria para mantener su posición en el sistema internacional, y por lo tanto para costear los gastos que supone mantener su poderío militar. En una línea similar a las obras antes citadas cabría añadir, aunque con algunos matices, Acemoglu, Daron y James A. Robinson, Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and Poverty, Profile Books, 2013.
[4] Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968. Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011. Waltz, Kenneth, Man, the state and war: a theoretical analysis, Nueva York, Columbia University Press, 1959.
[5] Hintze, Otto, Op. Cit., N. 4. A lo largo de esta obra Otto Hintze realiza diferentes análisis sobre el papel  jugado por el Estado en el desarrollo del capitalismo, y cómo sin su intervención no hubiera sido posible su aparición. Cabe apuntar que la tesis de Hintze no consiste en establecer un determinismo en el que el Estado es la causa del capitalismo, sino que deja de manifiesto que constituyó un importante facilitador para su desarrollo como sistema económico y social sin el cual jamás hubiera llegado a ser lo que hoy es. Prueba de ello es que el Estado creó la estructura legal que protege, y por tanto da seguridad, a los dueños de los medios de producción para garantizar la explotación de la mano de obra y la consecución de beneficios.
[6] Rodrigo Mora, Félix, Naturaleza, ruralidad y civilización, Brulot, 2011.
[7] http://disenso.files.wordpress.com/2013/08/economia-del-anarquismo.pdf Consultado el 26 de diciembre de 2013
[8] No hay que olvidar la omnipresencia del reloj en las sociedades industriales que ya fue destacada en Mumford, Lewis, Técnica y civilización, Madrid, Alianza, 1992. El factor tiempo ocupa un papel primordial en el control y regulación de la vida de las personas, tanto dentro como fuera del trabajo. Asimismo, la velocidad que ha impreso el desarrollo tecnológico ha dado lugar a la ruptura de las barreras espacio-temporales, lo que ha conllevado una permanente aceleración de los ritmos de vida que son impuestos a la sociedad para satisfacer las exigencias del poder. En este sentido son esclarecedores los ensayos de Virilio, Paul, El cibermundo, la política de lo peor, Madrid, Cátedra, 2005. Virilio, Paul, La bomba informática, Madrid, Cátedra, 1999. Virilio, Paul, Lo que viene, Madrid, Arena Libros, 2005.
[9] Zinoviev, Alexandr, La caída del Imperio del Mal, Valencia, Bellaterra, 1999.


Texto extraído de CULTURA Y ANARQUISMO que a su vez fue extraído de Portal Oaca