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De joven eres fuerte en grupo;
de viejo, en soledad.
– Goethe
La vejez no es un mal en absoluto. Con el dinero suficiente y si le
queda a uno la salud suficiente, es formidable. ¿Y por qué es
formidable? Bueno, creo que, en primer lugar, porque ya no queda más que
la vejez, ante todo, uno ya ha llegado, ¿no?, no es poca cosa. No es un
sentimiento de triunfo, pero, en fin, el hecho es que uno ya ha
llegado. Uno ya ha llegado, después de todo, en un mundo que trae
consigo guerras, porquerías de virus y todo lo demás… uno ha atravesado
todo eso, los virus, las guerras, las porquerías: uno ya ha llegado. Y
es un momento en el que ya no se trata de ser algo: se trata de ser,
ser… Ya no hay que ser esto, ser aquello: es ser. El viejo es alguien
que es… y punto. Siempre se puede decir: «Oh, es huraño; oh, no está de
buen humor»; es a secas, vaya. Se ha ganado el derecho de ser a secas…
porque, en cualquier caso, un viejo, alguien viejo siempre puede decir:
«Yo tengo proyectos», pero es verdad y no es verdad. Son proyectos, pero
no en el sentido en que alguien de treinta años tiene proyectos. En lo
que me atañe, espero poder hacer dos libros que me importan: uno sobre
la literatura, y uno sobre la filosofía. Espero poder hacerlo, lo que no
quita que esté libre de todo proyecto, soy libre… sabes, cuando uno es
viejo ya no es susceptible…
Uno ya no tiene… susceptibilidad, y además ya no se lleva ninguna
decepción fundamental, vaya. Quiero decir que uno es mucho más
desinteresado, cómo diría: uno quiere a la gente, de veras, por sí
misma… Yo tengo la impresión, por ejemplo, de que la vejez afina la
percepción: de las cosas que antes no habría visto, de las elegancias a
las que no me había mostrado sensible –yo las veo mejor, porque miro a
alguien por sí mismo, casi como si para mí se tratara de llevarme una
imagen, un percepto, de extraer de él un percepto: todo eso hace de la
vejez un arte. ¡Y los días pasan a tal velocidad! Con su escansión, el
cansancio –pero el cansancio no es una enfermedad, es otra cosa. No es
ni la muerte, ni la… es, una vez más, la señal del final de la jornada.
Ahora bien, claro que hay angustias con la vejez, pero se trata de
evitarlas, de conjurarlas. Es fácil conjurarlas, es un poco como con el
coco: no hay que quedarse –o como con los vampiros, que por lo demás me
encantan; no hay que quedarse solo por la noche, cuando empieza a hacer
frío, porque uno es demasiado lento para salir del apuro. No, no hay que
hacerlo, hay cosas que evitar, etc., pero… Y luego, lo maravilloso es
que la gente te abandona, la sociedad te abandona, y eso, ser abandonado
por la sociedad, es tal felicidad. Y no es que la sociedad me haya
tenido muy enganchado, pero alguien que no tenga mi edad, o que no se
haya jubilado, no puede figurarse la alegría que supone verse abandonado
por la sociedad… Claro, cuando oigo a algunos viejos quejarse, bueno,
son de aquellos que no soportan la jubilación, y desde luego no sé por
qué: no tienen más que leer novelas, al menos descubrirán algo; no
soportan, o… no creo en los jubilados que se… –salvo, tal vez, en el
caso de los japoneses– que no pueden estar sin hacer algo. Quiero decir:
es una maravilla, sí, te abandonan, y qué… o basta sacudirse un poco
para que caigan todos los parásitos que has tenido en la chepa toda la
vida. Caen: ¿y qué queda a tu alrededor? Tan sólo gente a la que
quieres, sólo gente a la que quieres y que te soportan, que te quieren
también cuando te hace falta: el resto te ha abandonado. Y aun así,
cuando hablo, como yo, en ese momento, se hace muy duro cuando algo te
alcanza. Yo no soporto, ya no tengo más que… ya no conozco la sociedad
sino a través del recibo de la pensión todos los meses. Es algo –si no
sé que soy un completo desconocido de la sociedad. Entonces, la
catástrofe llega cuando hay alguien que cree que sigo formando parte de
ella, y que me pregunta… Esto es algo completamente diferente, porque lo
que estamos haciendo en este momento forma parte hasta tal punto de mi
sueño de vejez… pero a quién me pide una entrevista, una conversación y
todo eso, me dan ganas de decirle: «No, la cabeza ya no me funciona, ¿no
estás al corriente de que soy viejo y de que la sociedad me ha
abandonado?». Pero se está bien, te lo aseguro.
Gilles Deleuze
Abecedario con Claire Parnet