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Cuando los bárbaros invadieron la periferia (Miquel Amorós)

Cuando los bárbaros invadieron la periferia ——— Miquel Amorós
El proceso de capitalización de la montaña pirenaica



Mercantilización y destrucción del Pirineo catalán

En un mundo globalizado, luego en una sociedad urbanizada, donde buena parte de la población tiene bastante capacidad adquisitiva, vehículo propio y suficiente tiempo “libre”, los servicios de relax y evasión llegan a ser el sector de la economía más expansivo. En la sociedad de consumo el ocio ocupa un lugar cada vez más importante en la vida alienada. En la periferia, al colapsarse la producción industrial por falta de competitividad y escasa innovación tecnológica, la economía se refugia en otras actividades con menor valor añadido, por ejemplo, la logística, la construcción y por encima de todo el turismo de masas. Este es el caso del Estado español, y como corolario, el de Cataluña. Una vez pasada la crisis de 2008-2014, concretamente en el ámbito catalán, el turismo industrial se ha convertido en el motor económico principal, lo que supone inevitablemente un impacto y una alteración profunda del territorio, cualitativamente superiores a todo lo sucedido hasta ahora. Una huella ecológica superlativa. 

El turismo “es una fuente de riqueza” y un “impulsor del crecimiento”, dice un tecnócrata de la Generalitat, pero también es una industria que ocasiona trastornos inmediatos; es un factor de desequilibrio y de trivialización de primera magnitud, además de un yacimiento de trabajos basura y un promotor vigoroso de la construcción y de la alimentación industrial. Las inversiones foráneas, la edificación de nuevas urbanizaciones, equipamientos e infraestructuras, la sobreexplotación del patrimonio histórico, cultural y paisajístico, el despilfarro de energía, la contaminación y la acumulación de residuos a gran escala, etc., son los heraldos de una nueva realidad territorial. Estas señales tan bárbaras revelan el verdadero significado de lo que los dirigentes, técnicos, expertos y asesores llaman “poner en valor” el territorio, “optimizar” sus recursos, “rentabilizarlo”, y como colofón, “fomentar tejido emprendedor” y “ejercitar liderazgos”. Este léxico, pedido prestado al márketing, revela claramente la transformación del territorio en mercancía. En consecuencia, patrimonio, costumbres, historia y naturaleza constituyen un capital de nuevo tipo. Cuando acabe el proceso de valorización, que también es de reglamentación, cualquier otra actividad que no encaje en la “oferta” territorial, o sea, que no acarree beneficios pecuniarios, como por ejemplo, la agricultura y la ganadería tradicionales, la cooperación desinteresada, el trueque, la hospitalidad y el esparcimiento gratuito, tienen los días contados. Pagaremos por todo, tanto por las setas recogidas, como por acampar o contemplar de cerca un salto de agua. La rentabilidad del negocio del esparcimiento obligará a ello si es que no lo ha hecho ya. La gestión del territorio como si se tratara de una empresa, o dicho de forma más técnica, su transformación en “marca”, dejará a sus habitantes fuera de las decisiones, expropiados, puesto que las únicas necesidades que importan son las exigidas por la acumulación de capitales y las dinámicas de poder, no las del vecindario. La vida en las comarcas de montaña quedará entonces totalmente redefinida por las jerarquías políticas, administrativas y financieras que determinan en cada momento el uso del territorio, uso fijado por continuos planes de desarrollo, a cada cual peor.

La cosa viene de lejos. Lo que contemplamos hoy no es más que la integración de un mercado regional en un mercado global. El proceso de mercantilización en las montañas pirenaicas empezó durante los años sesenta con la construcción de las estaciones de esquí de Baqueira-Beret y La Masella (ya existían las de La Molina y Vall de Núria). Dicho proceso no tomó nuevos bríos hasta mediado los años ochenta con el boom de las segundas residencias, disparándose una década más tarde con la apertura de nuevas pistas (actualmente son diecisiete), la nieve artificial, la popularidad de los deportes de aventura y la práctica del alojamiento rural. 

La primera fase no tuvo gran impacto, pues el coche utilitario no daba para mucho y el televisor, que hacía su aparición en los hogares proletarios, mantenía pegados los individuos a sus sillones. 

La segunda fue peor, ya que la motorización general acrecentó sobremanera la movilidad ciudadana y la frecuentación multitudinaria. El ocio se “democratizaba”; un primer plan de ordenación de las estaciones trataba de perfilar el negocio de la montaña mientras la despoblación se detenía en esas alturas. La decadencia de la ganadería y la agricultura de siempre, la crisis definitiva del textil y el cierre de la minería, abrieron la puerta de par en par a la explotación intensiva de la nieve, los ríos, los prados, los bosques, las cumbres, las masías y los senderos. 

La tercera fase, correspondiente a la creación de la marca Pirineos, requirió la ayuda del Estado y la inyección de capitales. La conectividad con los centros emisores de turistas se volvió esencial. Por eso eran necesarios grandes gastos en carreteras, pistas, accesos, líneas de alta tensión, canalizaciones, vertederos, túneles, viaductos, etc. Hoy, miles de vehículos circulan a diario por la zona provocando embotellamientos durante los fines de semana y los periodos vacacionales, lo cual exige perentoriamente nuevos carriles, desdoblamientos, variantes, nuevos enlaces y mejoras diversas. Urgían desembolsos de consideración en equipos, suministros y servicios complementarios, como por ejemplo aparcamientos, telesillas, gasolineras, depósitos de agua para los cañones de nieve, caballerías, garajes, almacenes, hangares, comercios, etc. El tramo de autopista Barcelona-Manresa quedó dispuesto en 1994 y la autovía Manresa-Berga, en 1999, favoreciendo como nunca la llegada del alud urbanita. Barcelona engullía a Cataluña: las condiciones barcelonesas de vida se habían extendido por todas partes. En las comarcas, la población entera se convertía en rehén de una economía caníbal irradiada desde la metrópolis. 

La cuarta fase, la de la internacionalización de la marca, está relacionada con la llegada masiva de turistas de otras regiones españolas y extranjeros (el 40% del total). Comenzó en 2004 con el Plan estratégico del Turismo de la Nieve y la creación de la Eurorregión Pirineos-Mediterráneo, una estructura transnacional, constituye un salto cualitativo en el desarrollo desequilibrado y violento del territorio, fundado en un incremento superior de instalaciones, la ampliación de la red de transporte y una desintegración social calculada. El proyecto disparatado del macrocomplejo de la Vallfosca, una especie de Eurovegas pirenaico, ilustra si necesidad había el delirio desarrollista de los dirigentes actuales. El crecimiento no puede demorarse. Gracias a la aportación interesada de capital exterior, el territorio montano está siendo “ordenado” con planes territoriales para soportar la llegada de un montón suplementario de turistas venidos de otra parte. Los billetes de avión, la visita a los casinos y el paseo por la playa irán incluidas en el lote. El objetivo no puede ser otro que la completa transformación de las comarcas pirenaicas en un grandioso parque temático, una disneylandia alpina.

La industrialización de la economía catalana primero, seguida de la terciarización, habían creado un monstruo, el área metropolitana barcelonesa, que formaba un sistema urbano con otras conurbaciones menores conectado por autovías, autopistas y circunvalaciones. Y aquel monstruo albergaba a una extensa clase media con unas ansias de consumir territorio a tener muy en cuenta. Mientras tanto, la vida en la metrópolis había llegado a ser tan pobre, tan claustrofóbica, que las ganas de desconectarse auque fuera sólo un poco, de escapar hacia la naturaleza como antes hacían los burgueses y los aristócratas, fueron irreprimibles. Para esta clase, y para el proletariado que la imitaba en lo que podía, la ociosidad no era descanso e inactividad, sino ponerse en movimiento y hacer cualquier cosa que estuviera de moda para llenar su vacía existencia. Así pues, el aburrimiento y el hastío de las nuevas clases medias dieron lugar a la mercantilización del ocio, mediante la cual éste se volvía trabajo. El tiempo “libre”, gracias al estrés y al vacío de la vida privada en la conurbación, se convirtió en la materia prima de una industria capaz de empujar hacia arriba la demografía comarcal pirenaica, desarticular el territorio, orientar la vida de su gente hacia el consumismo, halagar el mal gusto de los visitantes y arruinar la belleza del entorno. El bronceado de montaña se volverá entre los metropolitanos un detalle de distinción, un trofeo, el rasgo diferencial de la marca Pirineos. El régimen capitalista tenía en los fugitivos de la metrópolis a su base social más ferviente, dispuesta a votar disciplinadamente a cualquier candidato pro turismo, y todos lo eran. Mientras esto sucedía, los grandes beneficiarios de la invasión de los excursionistas motorizados domingueros venidos de todas partes se relamían por el éxito en FITUR y por el reconocimiento de la zona pirenaica como destino turístico de excelencia por parte de la Unión Europea. Los Pirineos se sumergían en el mercado europeo y Barcelona compartía con otras conurbaciones transfronterizas la función colonizadora que antaño tenía en exclusiva. Era la plasmación última de la idea de progreso: el dominio nocivo y maligno de la naturaleza y la sociedad montañera por la ciencia, la tecnología, la economía y el Estado.

Todo el deporte de montaña, de la helibike al barranquismo, del trekking al snowboard, del parapente al esquí nórdico, es una concreción de la mentalidad capitalista primigenia: gusto por la competición, superación del obstáculo, resiliencia, culto al esfuerzo, atracción por el riesgo, exhibicionismo… No obstante, a los directivos síquicamente agotados por el trabajo el comercio montaraz dispone una cura a base de hidroterapia y tratamientos sicofísicos (wellness). El espíritu del capitalismo renace a partes iguales con la imagen del deportista y la del ejecutivo neurótico, pero todavía más en los especuladores: Los negocios inmobiliarios de la costa y el área metropolitana se dan con menos trabas en las comarcas del interior, ya que no hay oposición local efectiva, así que la ganancia es lo único que cuenta y el beneficio económico del turismo, comparado con el de cualquier otra actividad anterior, es de una superioridad aplastante. Hoteles, cámpings, campos de golf, promociones, discotecas, locales de comida basura, centros comerciales y automóviles a espuertas, reproducen las condiciones del hábitat urbano e imponen los valores de una vida prisionera del consumo. Suben los precios de la tierra y de los alquileres de las casas, el folklore local se degrada en espectáculo, las fiestas adquieren un toque superficial y carnavalero; el pasado se museifica y en definitiva los nexos morales se cambian por otros comerciales. El turista no tiene ningún interés en conocer los lugares que pisa y menos aún sus habitantes, por lo que se conformará con estereotipos. No es demasiado partidario de la autenticidad: con unos pocos elementos de color local y unos cuantos productos típicos tendrá suficiente. El ángel del kitsch le acompaña y protege de una originalidad excesiva: la vulgaridad y el mal gusto mandan. Podemos decir que la metrópolis proporciona una nueva forma material y espiritual al territorio; lo uniformiza, lo debilita y lo corroe sin que éste pueda defenderse, falto de fuerzas y medios. El turismo deja la sociabilidad local en una situación mucho más frágil que antes. Fin del espíritu comunitario, de la mano solidaria, de la mismísima noción de pueblo. 

Cuando el coche se convierte en una especie de prótesis del habitante de la gran urbe, el territorio se encuentra sometido absolutamente por ella y acaba por reflejarla en todos sus aspectos. Es ya un espacio periurbano, un satélite de la aglomeración metropolitana. La vida parasitaria ahora desempeña en él un papel decisivo y de rebote nacen nuevas clases emprendedoras y neorrurales ligadas directa o indirectamente al desarrollo unidireccional establecido. Para cambiar las cosas en el campo habría que cambiarlas en la ciudad. Para rehacer una vida sin apremios económicos en la periferia sería necesario desmantelar el centro. Nada liberador será posible si no salimos del capitalismo, pero no saldremos de él si dejamos atrás intactas todas sus estructuras.

A medida que las fuerzas destructivas del entramado turístico ganan terreno, se diversifican y se desestacionalizan, los espacios agrestes se masifican y despersonalizan, el paisaje se erosiona y la naturaleza retrocede; la flora se marchita pronto y la fauna se contrae y emigra a donde puede. Las contradicciones del desarrollismo se manifiestan en forma de urbanización desbocada, crisis ecológica, agotamiento de recursos y malestar social. Aunque la conciencia del carácter eminentemente devastador del crecimiento económico no surja de forma clara como oposición frontal fuera de minorías que se empeñan contra viento y marea en la defensa del territorio, la inquietud de quienes dependen económicamente del turismo ante las pérdidas debidas a la saturación, ha despertado una determinada sensibilidad por la conservación y la protección del medio. La expresión mágica de “turismo sostenible” se halla en boca de los representantes de los denominados “actores sociales”: organizaciones de empresarios, administración, grupos ecologistas, sindicatos y partidos políticos. Si bien el modelo de mercado permanece incuestionable, en paralelo sale la propuesta de “desarrollo local alternativo”. Esta clase de desarrollo quiere ligar consumo, estropicio y crecimiento con reposición y equidad, a base de “instrumentos de intervención y transformación de la economía”, es decir, con leyes, ordenanzas, tasas, contratos y programas promovidos o apoyados por las instituciones. No se pretende una desmercantilización del territorio, sino una explotación menos agresiva, recurriendo a una red económica marginal que sirva de paliativo y haga contrapeso al saqueo imparable del desarrollo puro y duro. Nada se cuestiona, ciertamente no el sistema capitalista. Se reivindica un uso sostenible del suelo sin pensar en desurbanizarlo; se pondera el derecho a escoger y cultivar los propios alimentos sin tocar la industria agroalimentaria; se piden normas racionales sin derogar las directrices actuales bastante permisivas en lo que se refiere a negocios dudosos; se reivindica un derecho consuetudinario sin menoscabar el derecho mercantil; en resumen, se reclama un turismo menos convencional, más ecológico, ignorando que ecología y turismo son términos antitéticos. 

En cualquier caso, ese turismo de algodón nunca alcanzará más que una parte minúscula de la demanda; nada comparable con el turismo de masas. Sin embargo, las nuevas clases medias de las comarcas pirenaicas observan la destrucción del territorio con preocupación, puesto que sus intereses salen a la larga perjudicados, pero no desean enfrentarse con los responsables. Son románticas y materialistas al mismo tiempo, burguesas y populistas. Están sentadas entre dos sillas. Quieren desarrollo y progreso sin las consecuencias que se derivan de los mismos. Quieren relaciones equilibradas con el medio sin sacarlo de la economía de mercado ni de la tutela del Estado: quieren a fin de cuentas la lluvia (o mejor la nieve) y el buen tiempo.

Ni la regeneración del territorio, ni la restitución a sus auténticos pobladores, pueden hacerse a medias, ni tampoco pueden llevarse a cabo legítimamente desde la administración, la política o la propia economía. La cogestión entre autoridades, sindicatos, clubes juveniles y empresarios, sólo es un mecanismo para armonizar el desarrollo más catastrofista con los intereses de la población medio domesticada, con el fin de hacer innecesarios los conflictos. Los típicos clichés de “sostenibilidad”, “responsabilidad”, “participación”, “democracia transversal”, “calidad”, “proximidad”, etc, lo demuestran bien a las claras. La democracia territorial es algo completamente diferente y tiene más que ver con la capacidad vecinal de organizarse autónomamente y de vivir en común sin mediaciones mercantiles ni dirigentes. Para revitalizar el territorio hay que desparasitarlo, lo que equivale a sacarlo de la economía mediante una acción descentralizadora, desindustrializadora y desurbanizadora que comportaría por un lado, un enfrentamiento con las clases dominantes y sus servidores políticos, y por el otro, una ruralización salvaje. Los ruralistas han de sostenerse en base a un compromiso sólido, pues necesitan objetivos claros y estrategias a medida. Las ocupaciones y movilizaciones en defensa del territorio han de permitir una correlación de fuerzas favorable a la autonomía campesina, lo justo para animar otro tipo de huida de las conurbaciones, de modo que no solamente se puedan repoblar los lugares abandonados o a trance de serlo, sino que además se pueda articular una red campesina y ganadera resistente a las normas, los reglamentos y los controles administrativos. A pesar de que cerca de quinientos municipios catalanes están en peligro de extinción al caer fuera de los circuitos turísticos, cada vez resulta más difícil una repoblación libre y una agricultura independiente. El Estado se mete por en medio cuando no lo hacen las fuerzas vivas municipales o los hombres de negocios, proscribe la ocupación de tierras y casas abandonadas, registra el ganado, cuenta los árboles y los cultivos, vigila las simientes, detecta a los huéspedes, en fin, regula de toda actividad. Obliga a etiquetar los productos, fotografía los edificios y propiedades, prohíbe la venta directa, fija cuotas y precios, especifica pagos y cobra impuestos. Pocos son los que se quejan abiertamente y su voz no se oye de lejos. Otros prefieren ser “pragmáticos” y pasar por el aro. A pesar de todo, la lucha continúa.

Dada la opinión mayoritariamente favorable al turismo de la vecindad, la defensa del territorio ha de empeñarse seriamente en una campaña de información. Por otro lado, convendría remarcar sus dos vertientes, la desmanteladora y la reconstructora. Es una doble lucha por liberar el territorio de la economía y por impulsar una vida libre en el campo, arraigada, en equilibrio con el entorno y ajena tanto a la normativa como a la mística. Es una pelea constante por frenar los grandes proyectos inútiles de las constructoras y los gobiernos y por cerrar el paso a las frenéticas hordas urbanas y a las complacientes administraciones locales. Un combate para crear formas de autogobierno y de trabajo colectivo, para volver a los concejos abiertos (en el Berguedà había dos, Fígols y Sant Jaume de Frontanyà), a las las juntas vecinales, los campos abiertos y los bienes comunales. Por consiguiente, también es una lucha por reencontrar la ciudad, por darle dimensiones humanas y ponerla en marcha desde el ágora. No puede existir un territorio libre envolviendo a una urbe esclava, ni una ciudad emancipada dentro de un territorio subordinado.

Miquel Amorós - Charla del 24 de febrero d 2018 en el casal d’avis de Berga, celebrando el séptimo aniversario del grupo Piolet Negre.

[ Arrezafe-tik hartuta ]

La sinrazón turística


[ El Salmón argitalpenen lan berri baten promoa jarraian... ]

La sinrazón turística


«El capitalismo ha hecho del ocio un negocio, y la fuerza del encanto de la industria del turismo descansa en su capacidad de negar precisamente su carácter industrial, sometido por tanto a las reglas de un productivismo y un consumismo que no conocen fronteras, haciendo caso omiso de la idiosincrasia de huéspedes y anfitriones. La movilidad turística está al servicio del consumo del mundo. El turista, que en sus primeros pasos era un experimentador existencial, se ha convertido muy pronto en un consumidor geográfico. El turismo, tantas veces presentado como la versión ideal de la movilidad contemporánea, merece ser examinado a la luz de la inteligencia crítica».

Muy pronto en sus librerías…

Rural tourists go home!



Rural tourists go home!
“Por eso la mirada del campesino no tiene nada que ver con la del turista. Mientras uno consume paisaje, el otro usa el territorio. Ambos alteran el entorno, pero solamente el campesino cambia con las transformaciones del lugar. El turista, por mucho que cambie el paisaje, seguirá siendo exactamente él mismo. Dos miradas que ilustran el cambio producido en las últimas décadas. El mundo del campesino ha desaparecido. Ha dejado paso al mundo del que proceden los turistas. Hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo”.

Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino. Marc Badal

 Nos hace gracia lo que ahora definimos como rural. Mientras hemos asistido a un etnocidio rural, con la desaparición de una clase social, ahora parece que aquello que ya se acabó, nunca ha dejado de existir. Por doquier se producen eventos, conferencias y reuniones, desde diferentes ámbitos pero siempre con respaldo institucional, que nos venden una imagen de lo rural totalmente distorsionada con la realidad. Ahora cuando ya no existe, es cuando hay que promocionarlo. No es la realidad lo que nos quieren vender, si no un producto para comerciar en el mercado, ya que eso es en lo que ha acabado lo rural, en algo con lo que se puede mercadear. Como decimos hemos sido testigos de que cuando nos han hablado de lo rural lo único que hemos oído son formas de cómo atraer turismo a las zonas rurales o de cómo vender productos. El discurso en el que se escudan es que solo a través de la entrada en el mercado se pueden mantener vivos productos y supuestas formas de vida que nada tienen ya que ver con lo rural.

Un turismo rural ¿para recuperar qué? Para no recuperar nada. Algunos dirán que para que las zonas despobladas dejen de estarlo, pero el tan de moda discurso contra la despoblación es un discurso muy peligroso ya que tras él se esconde la mercantilización de las zonas naturales y de los pueblos despoblados o en vías de despoblación. Los que vivimos en zonas fuera de las ciudades (ya que dudamos que podamos seguir llamándolas rurales) y somos conscientes de las dinámicas mercantilizadoras de las ciudades, estamos sintiendo una especie de gentrificación de nuestras zonas. Lo mismo que en los barrios de las ciudades pero en los pueblos. Pueblos para los visitantes y no para sus habitantes. Ahora empiezan a venir lo que podríamos llamar los pioneros, aquellos que llegan primero y ven las posibilidades que guardan nuestros pueblos, luego asistiremos a la llegada masiva de todos los demás. Para muchos y muchas lo aquí expuesto sonará exagerado pero estamos al principio del proceso. Tiempo al tiempo.

Hasta hace nada todo aquello relacionado con lo rural (cuando aún lo era) era síntoma de atraso. Tenían que despoblar las zonas rurales, acabar con el apego a la tierra, acabar con esas formas de vida ajenas al mercado y todas las formas de solidaridad existentes. Cuando han conseguido acabar con todo esto, para poder llevar la transformación urbana y llevar mano de obra suficiente a la industria, con lo que se han encontrado es con zonas vacías. Algunas preocupantemente vacías como la Celtiberia ibérica con la segunda tasa de despoblación más alta de Europa occidental. Y es ahora, cuando tienen un territorio grandísimo prácticamente vacío cuando empieza su mercantilización.

Los mismos que crearon el problema lo intentan solucionar extrayéndole, como siempre, el máximo rendimiento económico (si es que así se puede solucionar algo). Desde la izquierda también se ve con muy buenos ojos este discurso de la repoblación. Desde esa izquierda que se viste de radical o de moderada según conviene a su número de votos. Esa izquierda que se queja de la gentrificación y de la mercantilización en las ciudades mientras apoya los discursos despoblacionales como si no hubiera una relación de lo uno con lo otro.

Lo que existe es una idealización y mistificación de lo rural y lo natural, de todo aquello que ayer despreciábamos. Una idealización fomentada e interesada por la industria turística. Muchas veces cuando hablamos sobre todos estos temas caemos en unos misticismos más que preocupantes. Cuanto más nos alejamos del objeto en cuestión más lo mitificamos. Suele ser algo común en nosotros y nosotras mismas, cuando  no conocemos algo de manera directa la imagen que podemos llegar a hacernos siempre es diferente a cuando lo conocemos directamente. En la sociedad actual sus apologetas podrán argumentar que ello ya no pasa debido a toda la información a la que podemos acceder con el solo “click” de un ratón pero creemos que esto se ha agudizado todavía más. La sociedad hipertecnologizada e hiperindividualista en la que vivimos no nos llena lo suficiente y ello hace que idealicemos aquello que no conocemos, también gracias a la ayuda de la publicidad de la industria turística. Incluso aquellos y aquellas que parece que están viviendo en su sociedad ideal ocultan una insatisfacción enorme que intentan paliar con sucedáneos de experiencias reales y que mayor experiencia que reconectar con la naturaleza y con nuestro pasado.

Mitificamos lo rural y lo natural porque vemos en él un Edén ya perdido en el que podemos sentirnos protagonistas de nuestras propias vidas. Queremos tener, aunque sea un sucedáneo, algo que nos aporte algún tipo de experiencia natural, algo que nos parezca real, autentico, poder hacer algo con nuestras propias manos y poder realizarnos como seres humanos: poder cultivar un huerto, un pedacito de tierra que sea trasformada por nosotros y nosotras y que podamos ver su resultado; fabricar nuestras propias herramientas; recolectar nuestros propios alimentos; cazar; pescar; bañarnos en ríos salvajes; cocinar nuestros propios alimentos; aprender a hacer cestería; arreglar nuestra propia casa… Poder hacer, o al menos practicar su sucedáneo, de todo aquello que la sociedad de hoy nos impide hacer y que han sido las actividades que han regido, a través de los tiempos, nuestra sociedad, nuestra Historia y nuestro progreso posible. Cuando lo hacemos vivimos una experiencia increíble y vemos todas las posibilidades que guardamos en nosotros y nosotras mismas y que no sabíamos.

Eso es lo que nos vende el turismo rural, experiencias, más bien pseudoexperiencias, ya que lo que ahora hacemos no forma parte de nuestra vida del día a día sino parte de nuestro tiempo de reposo para volver al trabajo.

Asistimos a una pérdida que es irreparable. Las casas rurales se multiplican por doquier; se vende una imagen totalmente distorsionada de lo que en realidad somos; se mercantiliza el acceso a espacios naturales; el lobby de la caza compite con el del turismo a ver cuál de los dos puede llegar a ser más rentable y más destructivo; se construye; lo que antes se vendía a metros ahora se vende en hectáreas; suben los alquileres; vivir en el campo se está haciendo cada vez más imposible… Muchos argumentan que con el turismo rural estamos revirtiendo la perdida de lo rural pero no seamos ingenuos. No son las actividades rurales, como la ganadería y la agricultura, las que rigen la vida de nuestros pueblos hoy en día, y aunque las rigieran lo que hoy podemos denominar a través de esos nombres distan mucho de ser lo que en su día fueron. El turismo rural es la imagen de lo rural que ya no existe. Es su conversión en mercancía y ello es algo mucho peor porque si ya no existiera quizá podríamos ser conscientes de su perdida, pero con su conversión en mercancía en nuestro imaginario y en el del turista queda como que algo de todo aquello todavía existe.

En nuestra comarca, o en cualquier otra comarca de ese mundo no ya rural, lo vemos por todos los pueblos. Mientras hemos ido perdiendo población hemos ido ganando turismo rural. Perdemos lo rural y ganamos en turismo. Somos como el pueblo indígena que es expulsado de sus tierras, con la perdida de las formas de vida que ello conlleva, para acabar trabajando en un complejo turístico que imita aquello con lo que arrasó, mientras el turista cree que esta en algo superautentico. El turismo rural es el mismo turismo que el de la multinacional, es el mismo turismo que el del gran Capital, es el mismo turismo que el de la costa pero en el interior. Turismo familiar decían esta semana por el telediario refriéndose al “rural”. Intentan darle otra cara, otra imagen ya que el turismo convencional está dando una imagen de descontrol, contaminante, despilfarrador, de piso turístico legal o ilegal, de borrachera. Ahora hay que vender el turismo cultural, responsable, ecológico, sostenible, familiar… y ahí es donde tenemos nuestro turismo rural. La realidad es que el turismo es el turismo, es siempre el mismo. El turismo rural es el que hace que el turismo de costa se extienda hacia el exterior, el que produce aún más efecto llamada, el que hace que aeropuertos sin aviones empiecen a tenerlos, es el mismo turismo que el de la autovía, el de la autopista, el de la central eléctrica y la nuclear, el del complejo turístico…etc El mismo que el de siempre.

Pero se preocupen todos aquellos y aquellas que sufren por la despoblación del mundo rural y abogan por su mercantilización turística. Además de todo lo expuesto, las ciudades son cada día más insostenibles, más calurosas y con menos recursos. Aquellos y aquellas que tengan su cuenta bancaria lo suficientemente llena podrán disfrutar de aquellos territorios que no estén masificados y en los que sea aun posible la vida. Ya lo decía Charbonneau “si la evolución sigue por el mismo camino, la vieja casa del pobre acabará valiendo más que la mansión del rico”.
Cecilio Rodríguez

Superando el Turismo

[-tik hartutako Hakim Bey-ren testo interesgarria]

Superando el Turismo

tourist you are the terrorist guiris go home antiturismo
En los Viejos Días el turismo no existía. Gitanos, caldereros, y otros verdaderos nómadas, incluso ahora vagan por sus mundos a voluntad, pero nadie pensaría en llamarlos “turistas”.
El turismo es una invención del siglo XIX -un periodo de la historia que a veces parece haberse alargado de forma antinatural. En muchos sentidos, aún estamos viviendo en el siglo XIX.
El turista busca Cultura porque en nuestro mundo, la cultura ha desaparecido en el estómago de la cultura del Espectáculo, ha sido derribada y sustituida con el Centro Comercial y el show televisivo. Porque nuestra educación sólo es una preparación para una vida de trabajo y consumo, porque nosotros mismos hemos dejado de crear. A pesar de que los turistas parezcan estar físicamente presentes en la Naturaleza o la Cultura, uno podría considerarles fantasmas encantando ruinas, carentes de toda presencia física. No están realmente ahí, sino que se mueven a través de un paisaje mental, una abstracción (“Naturaleza”, “Cultura”), coleccionando imágenes en lugar de experiencia. Demasiado frecuentemente sus vacaciones suceden entre la miseria de otras personas e incluso se añaden a esta.
Hace no mucho, algunas personas fueron asesinadas en Egipto por ser terroristas. He aquí …. el Futuro. Turismo y terrorismo: ¿hay diferencia?
De las tres razones arcaicas para viajar – llamémoslas “guerra”, “comercio” y “peregrinaje” -, ¿cuál dio origen al turismo? Algunos responderían automáticamente que peregrinaje. El peregrino va “allí” a ver, y normalmente tras algún souvenir de vuelta; el peregrino saca “tiempo” de la vida diaria; el peregrino tiene objetivos no-materiales. En este sentido, el peregrino prefigura al turista.
Sin embargo, en su viaje el peregrino sufre un deslizamiento de su consciencia, y para el peregrino este deslizamiento es real. El peregrinaje es una forma de iniciación, y una iniciación es la apertura a otras formas de cognición.
Para detectar algo de la verdadera diferencia entre el peregrino y el turista, podemos comparar sus efectos en los lugares que visitan. Los cambios en un lugar -una ciudad, un templo, un bosque- pueden ser sutiles, pero al menos pueden ser observados. El estado del alma puede ser objeto de conjeturas, pero quizá podamos decir algo sobre el estado de lo social.
Lugares de peregrinaje como La Meca pueden servir como grandes bazares para el comercio, e incluso como centros de producción (como la industria de seda de Benares), pero su principal es la “baraka” o “maria”. Estas palabras (una árabe, otra polinesia), se traducen como “bendición”, pero también conllevan otra serie de significados.
La derviche nómada que duerme en un templo para soñar con un santo muerto (una de la “Gente de las Tumbas”) busca iniciación o avance en el camino espiritual; una madre que lleva a su hijo enfermo a Lourdes busca sanación; una mujer sin hijos en Marruecos tiene la esperanza de que el Marabout la haga fértil si ata un andrajo al viejo árbol que crece fuera de la fosa; el viajero a La Meca anhela el mismo centro de la Fé, y cuando las caravanas caen bajo la vista de la Ciudad Santa el hajji grita, “Labbaïka Allabumma!” (¡Estoy aquí, Señor!)
Todos estos motivos se reunen en la palabra baraka, que a veces parecería ser una sustancia palpable, medible en términos de carisma o “suerte” ampliados. El lugar sagrado produce baraka, y el peregrino la coge. Pero la bendición es un producto de la Imaginación: por tanto no importa cuantos peregrinos se la lleven, pues siempre habrá más. De hecho, cuanto más cojan, más bendición producirá el lugar sagrado (ya que un templo popular crece con cada rezo respondido).
Decir que baraka es “imaginario” no es llamarlo “irreal”. Es lo suficientemente real para aquellos que lo sienten. Pero los bienes espirituales no siguen las reglas de la oferta y la demanda como lo hacen los bienes materiales. Cuanta más demanda, más oferta. La producción de baraka es infinita.
Como contraste, el turista no desea baraka sino diferencia cultural. El peregrino, podríamos decir, deja el “espacio secular” de la casa y viaja al “espacio sagrado” del templo para experimentar la diferencia entre lo secular y lo sagrado. Pero esta diferencia queda como intangible, sutil, espiritual, invisible a la mirada “profana”. La diferencia cultural sin embargo es medible, aparente, visible, material, económica, social.
La imaginación del “primer mundo” capitalista está agotada. No puede imaginar nada distinto. Así que el turista deja el espacio homogéneo del “hogar” para el espacio heterogéneo de los lugares extranjeros, no para recibir una “bendición” sino para admirar lo pintoresco, la mera visión de la diferencia, para ver la diferencia.
El turista consume diferencia.
Sin embargo, la producción de diferencia cultural no es infinita. No es “meramente” imaginaria. Sus raíces parten del lenguaje, el paisaje, la arquitectura, costumbres, olor, sabor. Es muy física. Cuanto más se utiliza o más se coge, menos queda. Lo social puede producir una cierta cantidad de “significado”, una cierta cantidad de diferencia. Una vez se ha ido,… se acabó.
Durante los siglos quizá un determinado lugar sagrado atrajo a millones de peregrinos – y aun así de algún modo, a pesar de todo lo que fue observado y admirado y rezado y por muchos souvenirs que se compraran, este lugar retenía su significado. Y ahora, tras 20 o 30 años de turismo, ese significado se ha perdido. ¿Dónde fue? ¿Cómo sucedió esto?
Las verdaderas raíces del turismo no se anclan el peregrinaje (ni en el comercio “justo”), sino en la guerra. Violación y pillaje fueron las formas originales del turismo, o más bien, los primeros turistas siguieron diréctamente a la batalla, como buitres humanos obteniendo del campo de batalla carnaza para un botín imaginario; imágenes.
El turismo se alzó como un síntoma de un Imperialismo que era absoluto – económico, político, y espiritual.
Lo que es realmente increíble es que se hayan asesinado tan pocos turistas. Quizá exista una complicidad secreta entre estos enemigos reflejados. Ambos son personas desplazadas, deprivados de amarras, a la deriva en un mar de imágenes. El acto terrorista existe sólo en la imagen del acto; sin CNN, sólo sobrevive el espasmo de una crueldad sin sentido. El acto turista existe sólo en las imágenes de ese acto, fotos y souvenirs; de otro modo nada permanece excepto las cartas de las compañías de crédito y un residuo de “millas libres” de alguna compañía aérea. El terrorista y el turista son quizá los productos más alienados del capitalismo post-imperial. Un abismo de imágenes los separa de los objetos de su deseo. De alguna extraña forma, son gemelos.
Nada toca relmante la vida del turista. Cada acto del turista está mediado. Cualquiera que haya sido testigo de una falange de americanos o de un autobús de japoneses avanzando sobre alguna ruina o ritual puede darse cuenta de que incluso su mirada colectiva está mediada por el medio del ojo multifacetado de la cámara, y que esa multiplicidad de cámaras, videocámaras, y grabadoras forma un complejo de brillantes placas que se pueden pulsar, que componen su armadura de mediación pura. Nada orgánico penetra este caparazón insectoide que sirve al tiempo como crítico protector y mandíbula predadora, capturando velozmente imágenes, imágenes, imágenes. En su punto más extremo esta mediación toma la forma del tour guiado, donde cada imagen es interpretada por un experto licenciado, un guía de los Muertos, un Virgilio virtual en el Infierno de la falta de significado – un funcionario menor del Discurso Central y su metafísica de la apropiación -, un alcahuete de éxtasis sin carne.
El verdadero lugar del turista no es el lugar de lo exótico, sino el no-lugar (literalmente el espacio utópico) del espacio de la mediana, el espacio de entremedias, el espacio del viaje en sí mismo, la abstracción industrial del aeropuerto, la dimensión de máquina del avión o el autobús.
Así, el turista y el terrorista – estos fantasmas gemelos de los aeropuertos de la abstracción -, sufren un hambre idéntica por lo auténtico. Pero lo auténtico se retira cuando se acercan. Cámaras y armas se encuentran en el camino del momento de amor que es el sueño oculto de todo terrorista y turista. Para su miseria secreta, todo lo que pueden hacer es destruir. El terrorista destruye significado, y el terrorista destruye al turista.
El turismo es la apoteosis y la quintaesencia del “Fetichismo de la Comodidad”. Es el definitivo Culto a la Mercancía, la adoración de “bienes” que nunca llegarán, ya que han sido exaltados, alzados a la gloria, deificados, adorados y absorbidos, en el plano de puro espíritu, más allá del hedor de la mortalidad (o la moralidad).

Hakim Bey

Un atajo entre el turismo y el terrorismo

Un atajo entre el turismo y el terrorismo


“¡Soy un turista, un turista!” – protesté en algún lugar de los calabozos de la Guardia Urbana, discretamente situados en La Rambla.

“¡De eso nada!” – respondió a gritos el policía meneando el dedo-. “¡Terrorista!”

En la calle, justo encima de mí, sólo minutos después del supuesto acto terrorista, todos los demás turistas paseaban tranquilamente, ojeaban las postales y los menús de tapas, echaban un vistazo a los puestos de libros montados para la fiesta de San Jordi del 23 de abril o contemplaban a los artistas que siempre bordean los típicos paseos peatonales de Barcelona. No había ninguna estampida de pánico, tan sólo la aglomeración cotidiana que siempre inunda la ciudad. Pero en aquel momento no estaba precisamente discutiendo con la voz de la razón. El policía estaba seguro de que yo era un terrorista porque estaba seguro de que era un okupa, y estaba seguro de que yo era un okupa porque pensaba que tenía pinta de serlo (llevaba una camiseta con un lema político y algunos eslóganes garabateados en las zapatillas).


Lo cierto es que había sido la Asamblea de Okupas la que había organizado la pequeña protesta de La Rambla. Tenían un cartel con globos en el que podía leerse en catalán: “Una ciudad sin okupaciones es una ciudad muerta” y repartían folletos contra la gentrificación en los que se explicaban los motivos para ocupar. El pequeño acto terminó con la explosión de un petardo de esos que lanzan octavillas al aire. Hizo un ruido tremendo, quizá más de lo que se pretendía, pero después de todo fue sólo eso: ruido. La policía, sin embargo, siempre entrenada para lo peor, llegó y empeoró las cosas. Cargaron gritando e incorporaron al acto el elemento de pánico que el petardo no había aportado. Yo me encontraba en la zona y vi correr a la policía –en ese momento, perseguían a uno de los manifestantes-, e hice lo que habría hecho en los Estados Unidos: seguir a los polis para ver si arrestaban a alguien, por si ese alguien necesitaba ayuda o era golpeado. Un par de manzanas más allá, los policías habían arrojado a uno de los manifestantes contra la pared. Me quedé observando hasta que ordenaron a la multitud que se dispersase, pero cuando volvía a La Rambla, un poli me miró con suspicacia y me hizo una pregunta. Le expliqué que no hablaba muy bien español y le mostré mi pasaporte; él lo cogió y se lo llevó. Tuve que ir tras él hasta la comisaría, donde se me informó de que estaba detenido, acusado de participar en una manifestación ilegal y de desórdenes públicos. Y puesto que alegan que los desórdenes fueron llevados a cabo con explosivos, me enfrentó a una condena de entre tres y seis años de cárcel.


Después de dos días en los calabozos de la policía, tuve el privilegio de que me gritase un juez que describió la protesta como “guerrilla urbana” y, al mismo tiempo, como una acción “paramilitar” cuyo objetivo era atacar La Rambla cuando más gente había en ella, lanzando así el mensaje de que los okupas formaban una fuerza militar. En cierto momento durante mi declaración, me interrumpió para gritar que, en los Estados Unidos y por una acción semejante, habría acabado con mis huesos en Guantánamo. Me impuso una fianza de 30.000 euros (una secretaria me dijo después que, en los 25 años que llevaba trabajando allí, jamás había visto una fianza así por los cargos de que se me acusaba) y me envío a la Modelo.

Llegados a este punto, debo admitir que no soy el típico turista. Odio las guías turísticas, no me gustan los reclamos para el turismo y no tengo mucho dinero que gastar. He estado viajando, primero en bicicleta y después haciendo autostop, durmiendo en parques, en casas de amigos o de gente a la que acababa de conocer. Mi principal interés, aparte de aprender idiomas, es informarme sobre los movimientos sociales radicales en Europa. Quiero abolir el capitalismo y considero el turismo como parte de él. Pero por mucho que intente mantenerme en la pureza de mi distinción de principios entre viaje y turismo, lo cierto es que entré en España con un visado de turista y, para los nada imaginativos propósitos de la ley, soy en efecto un turista. Hasta los anarquistas se van de vacaciones.

Las mías me han llevado, de la forma más extraña, a la misma prisión que alojó a muchos de los revolucionarios anarquistas de la Guerra Civil española. Nada más llegar, me puse a hacer lo único que uno puede hacer en prisión: esperar y organizar mi nueva vida dentro de sus muy menguados horizontes. Al principio tenía la impresión de que el juicio llegaría en unos pocos meses, pero pronto descubrí que podía llevar un par de años.

El día 22 de mayo se celebra, después de dos años de espera, otro juicio en Barcelona y el veredicto puede poner a cinco personas inocentes en la cárcel durante tres años y nueve meses. Fueron arrestados el 25 de junio de 2005 cuando la policía atacó a una manifestación de solidaridad con el movimiento anarquista italiano, que recientemente había sido reprimido con una ola de cerca de 180 redadas, 25 arrestos y cierto número de encarcelamientos mediante el recurso a una vaga ley de culpabilidad-por-asociación. Después de que la policía atacase la manifestación de apoyo, se rompieron algunas ventanas y a los detenidos se les acusó de agresiones a la policía y de desórdenes públicos, y ahora se enfrentan a multas grotescamente altas por daños. Uno de ellos fue arrestado antes de que la destrucción de la propiedad se produjese y otros ni siquiera estaban en el lugar en el que se rompieron las ventanas.

Y éste es sólo uno de una larga lista de casos de represión, de activistas arrestados bajo cargos inventados. Pero por mucho que la policía de Barcelona esté llevando a cabo una vendetta contra los okupas y los anarquistas, además de contra los inmigrantes y cualquiera que tenga la piel más oscura que la suya, no se trata de una iniciativa de base; responde a una orden que viene de arriba. “Triángulo mediterráneo” suena como si se tratase de un paquete turístico para veraneantes, pero de hecho son los términos empleados por la Unión Europea para lo que se identifica como una severa amenaza a la seguridad interna: los movimientos anarquistas de Grecia, Italia y España. Dichos estados han recibido órdenes de neutralizar tal amenaza y se diría que están dispuestos a hacer lo que sea necesario. En mi caso, han encontrado dos polis para testificar que nos vieron al otro detenido y a mí lanzar el petardo (bueno, ellos lo llaman “mortero”), que algún tipo de proyectil salió disparado de él, que salimos huyendo y posteriormente fuimos arrestados. Por alguna razón, los jueces españoles se sienten inclinados a creer a la policía, incluso a considerarla como neutral y desinteresada, a menos que se vean enfrentados a una amplia cantidad de pruebas contradictorias. Podría decir que la policía y el sistema de derecho penal españoles no han cambiado gran cosa desde los tiempos de Franco, y es verdad, pero es algo que no viene al caso, porque en Estados Unidos son igual de malos. De hecho, mi breve experiencia en una prisión española ha sido mejor que en los Estados Unidos: mayor privacidad, menos violencia, mejor comida.

Y no es que no se torture a la gente en las prisiones españolas del mismo modo que se tortura en las estadounidenses (espero que nadie haya olvidado que el régimen de torturas de Abu Ghraib lo exportamos desde casa). La tortura policial es uno de los elementos de otro caso político en curso en Barcelona, en el que están implicados tres okupas a los que se inculpa de provocar lesiones severas a un policía que protegía una casa en la que se vendían drogas. Los tres fueron arrestados, desaparecieron durante unos cuantos días y se les sometió a torturas, como mostraban sus huesos rotos, cabellos arrancados y magulladuras por todo el cuerpo. Un año después, todavía están en prisión en espera de juicio. La policía emplea otras tácticas de terror, aparte de la tortura, contra el movimiento okupa. A comienzos de mayo, en pleno furor pre-electoral, la policía de Barcelona desalojó ilegalmente cantidad de centros sociales ocupados. Su modus operandi consiste en llegar en varias furgonetas oscuras armados y con pasamontañas, echar abajo las puertas a las seis de la mañana, apoderarse de documentos y copiar archivos informáticos, sacar e identificar a los ocupantes y, en ocasiones, endilgarles al mismo tiempo algún que otro cargo penal. La industria mediática también desempeña su papel, publicando artículos en los que se difama a los okupas y describiéndolos como una amenaza para la sociedad e incluso como terroristas (el mismo truco que hacen con los ecologistas radicales en los Estados Unidos).

¿Qué es lo que justifica exactamente que el movimiento okupa merezca este tipo de atención? Probablemente, que se trata de la punta de lanza de la batalla por la ciudad. Por toda Barcelona se están derribando y reconstruyendo edificios. Las nuevas versiones están esterilizadas, homogeneizadas y son mucho más caras. Las calles que todavía llevan los nombres de los artesanos que solían vivir y trabajar en ellas ahora están llenas de turistas, y todos los establecimientos son tiendas de moda, restaurantes a la última, puntos de venta donde pueden encontrarse baratijas importadas desde la fábricas clandestinas del Sur Global. Los policías están por todas partes. A menudo puedes verlos persiguiendo a los indocumentados que venden gafas de sol junto a la playa. Y, recientemente, el gobierno ha puesto en marcha leyes de “civismo”, medidas puritanas rara vez vistas a este lado del charco que incluyen restricciones a tocar música o beber en las calles (pueden apostar a que esta última medida nunca es aplicada cuando se trata de los estudiantes americanos que van de bar en bar, haciendo temblar cada noche las ventanas con sus gritos y peleas de borrachos). Los alquileres están por las nubes y, mientras tanto, la ciudad se convierte en un museo para turistas. De verdad, se trata de terrorismo económico. Los vecinos son expulsados hacia las afueras o incluso echados a la calle y, al mismo tiempo, los especuladores mantienen vacías unas 150000 viviendas en toda el área metropolitana a la espera de que los precios suban. Después de décadas bajo el control de los nacionalistas de derechas, Barcelona está gobernada desde hace poco por una coalición liderada por los socialistas; la gentrificación, sin embargo, no ha hecho más que acelerarse.

Como respuesta a esta situación, el movimiento okupa utiliza la acción directa. Puesto que la vivienda es una necesidad y hay multitud de edificios vacíos y deteriorados, los ocupan y los arreglan. Pobres e indocumentados ocupan a menudo de forma clandestina y particular, y el movimiento no es sino una versión organizada y abierta de esto último. En lugar de mantener la okupación en secreto, despliegan una pancarta, limpian el edificio y se organizan para defender sus nuevos hogares. Muchas de las casas ocupadas se transforman en centros sociales que funcionan como base para un movimiento anarquista o autónomo mucho más amplio. También se transforman en puntos de referencia para la lucha comunitaria contra la gentrificación. Los colectivos de los centros sociales ocupados establecen relaciones con los vecinos y protestan juntos contra la especulación y la subida de los alquileres. Los okupas ofrecen un ejemplo radical de solución a la gentrificación y, habiéndose liberado de la esclavitud salarial, pueden dedicarse a la organización. En los centros sociales más exitosos, los vecinos apoyan a los okupas, lo que hace que las autoridades duden a la hora de desalojarlos.

Aquí, como en cualquier otro lugar, hay una guerra entre dos concepciones de la sociedad. Los propietarios, los políticos y la policía, que andan por ahí derrochando el término “terrorismo”, ciertamente están aterrados por la visión de un mundo en el que todo el mundo tuviese alojamiento, en el que la gente no necesitase arrastrarse por un salario con el sólo fin de satisfacer el concepto de propiedad de otros. Y por otro lado, están aquellos que se organizan con los vecinos para poner en común sus necesidades, que ponen en marcha sus propias obras, conciertos y bibliotecas en los centros sociales en lugar de comprar los servicios de los especialistas en entretenimiento; otro mundo en el que la gente no tiene trabajos soporíferos de los que necesita tomarse vacaciones, ni aburridas vidas que arrastran como turistas hasta lugares exóticos en los que adquirir cierta ilusión de diversidad y novedad; un mundo sin fronteras, sin documentos, sin inmigrantes que tengan que huir de la policía; un mundo en el que la gente pueda viajar e intercambiar experiencias libremente, no sometido a los filtros establecidos por las autoridades para controlar y sacar provecho del movimiento múltiple de la vida.

Para reprimir esta última concepción, las autoridades han recurrido claramente a medidas terroristas, a las que habría que añadir además el terrorismo de una realidad cotidiana de pobreza y consumo. Pero, por fortuna, la gente que lucha por otro mundo está contestando a la represión con solidaridad. Sorprendentemente y sólo después de unos pocos días, los combativos pero también arruinados colectivos de Barcelona consiguieron los 30.000 euros y me sacaron de la Modelo, de vuelta a las calles. Estoy obligado a firmar en los tribunales cada dos semanas hasta que llegue el juicio, lo que significa que tengo que permanecer en España tal vez durante los dos próximos años. No es mal sitio y los movimientos sociales de aquí me han impresionado con su belleza y capacidad de resistencia. Mientras llega el día, paseo por las calles del campo de batalla y me voy familiarizando con la ciudad que ha de convertirse en mi casa. Trato de evitar a la muchedumbre, pero a menudo me encuentro rodeado de turistas, inconscientes soldados en esta guerra que utilizan sus dólares como armas. Quiero dirigir sus miradas a los pisos que hay sobre los pubs irlandeses que andan buscando, hacia las ventanas tapiadas de los apartamentos desocupados, y allí, justo allí, al tercer piso, donde la argamasa ha sido cuidadosamente levantada para abrir un respiradero, sólo de unos pocos centímetros de largo, única señal de una existencia clandestina. Quiero ponerlos del otro lado, mirando a través del agujero, y quiero que sientan el terror que se siente al avistar a la policía, la policía que podría desalojarlos, la policía que hace que los turistas se sientan tan seguros, la policía que tortura a presos políticos, persigue inmigrantes y protege el derecho a la propiedad.

Hay un atajo entre el turismo y el terrorismo. Si no se andan con cuidado, esos mismos turistas podrían acercarse demasiado a una manifestación y ser incriminados por unos desórdenes públicos que jamás ocurrieron. Si no se andan con cuidado, puede que sus ojos se desvíen de las atracciones oficiales y puede que lean en la pared los mensajes que los equipos de limpieza se apresuran a borrar. Podrían aprender a ver a través de las grietas del muro que separa su mundo del otro.

Peter Gelderloos es un joven militante anarquista oriundo de Virginia (Estados Unidos). Colabora o ha colaborado con organizaciones tales como Copwatch, Anarchist Black Cross o Food Not Bombs y es autor de How Nonviolence Protects the State y de Consensus: A New Handbook for Political, Environmental & Social Groups.
[Traducción: Diego L. Sanromán]

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