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Mujer y aborto en la Unión Soviética (Juan Manuel Olarieta)

Mujer y aborto en la Unión Soviética

Juan Manuel Olarieta

Como todo lo que concierne a “la mujer” (a secas), la burguesía conduce el aborto a una galaxia de normas de todo tipo, que van desde las religiosas y morales (“es un pecado”, “un crimen”) a las jurídicas (“es un derecho”). Los movimientos seudofeministas, pues, no tienen una perspectiva diferente de la Inquisición sobre el aborto; es la misma posición pero invertida.

Es el discurso que predomina ampliamente en los círculos posmodernos y, como es evidente, siempre que se habla de “derechos” la realidad se resume en leyes, sentencias y reglas formales, cuya conexión con la realidad no siempre está clara.

Por lo demás, el mundo de los derechos conduce al individualismo porque los titulares de ellos son personas y, en el caso del aborto, mujeres. Es propio de quienes se llenan la boca de frases como “cada cual hace con su cuerpo lo que quiere” y otras parecidas.

Una vez metidos en ese universo jurídico, la primera confusión histórica que hay que aclarar es que todo tiene que empezar por la despenalización del aborto, es decir, por impedir que las mujeres sean encarceladas por ello. Pues bien: la Unión Soviética fue un país pionero en este punto.

Cuando en 1917 los bolcheviques llegan al gobierno, una de sus primeras medidas ya fue suficientemente revolucionaria: una mujer, Alejandra Kolontai, fue nombrada ministra, por primer vez en la historia, un punto a partir del cual todas y cada una de las políticas implementadas fueron igualmente revolucionarias: supresión del matrimonio religioso, abolición de la autoridad marital y paterna, derecho al divorcio, igualdad entre los niños legítimos y extramatrimoniales...

En la misma línea, el 18 de noviembre de 1920 el gobierno soviético despenaliza el aborto y concede a las embarazadas la posibilidad de hacerlo de manera legal, gratuita y a cargo del servicio público de salud: “El aborto, la interrupción del embarazo por medios artificiales, se podrá llevar a cabo de manera gratuita en los hospitales públicos, donde la mujer disfrutará de las mayores garantías de seguridad en la operación”, decía el decreto, anticipándose 60 años a cualquier otro país del mundo en el que con posterioridad se ha establecido.

No obstante, se hace preciso aclarar que, como decía el propio decreto, la legalización se hacía con carácter temporal: el Estado soviético “lucha contra el aborto fortaleciendo el régimen socialista y la propaganda desarrollada en su contra entre las mujeres trabajadoras y dotándose de los medios para proteger la maternidad y la infancia. Esto lleva a la desaparición gradual de esta práctica”, en referencia a la interrupción artificial del embarazo.

Pero la burguesía ignora que la historia no se hace con decretos ni reglas formales, del tipo que sean, jurídicas o morales. Al mismo tiempo hay que cambiar las condiciones materiales para que los “derechos” se conviertan en realidades. “Una cosa es predicar y otra dar trigo”, dice el refrán. Precisamente en referencia a la situación de la mujer en los primeros años de la URSS, Lenin escribió:

“Por supuesto, las leyes no son suficientes, y no estamos satisfechos con los decretos. Pero, en el ámbito legislativo, hemos hecho todo lo necesario para que las mujeres alcancen el nivel de los hombres y podemos estar orgullosos de ello. La situación de las mujeres en la Rusia soviética puede servir como un ideal para los Estados más avanzados. Sin embargo, esto es sólo el principio. El ama de casa sigue oprimida. Para que sea verdaderamente emancipada, para que sea verdaderamente igual al hombre, debe participar en el trabajo productivo común y el hogar privado debe dejar de existir. Sólo entonces estará al mismo nivel que el hombre [...] Aunque la mujer pueda disfrutar de todos los derechos, de hecho sigue oprimida, porque es responsable de todos los cuidados del hogar [...] Creamos instituciones modelo, comedores, guarderías, para liberar a la mujer del hogar. Hay que reconocer que en la actualidad en Rusia estas instituciones, que permiten a las mujeres dejar su condición de esclavas domésticas, son muy raras. Su número es muy pequeño y las actuales condiciones militares y alimentarias son un obstáculo para su aumento. Sin embargo, hay que decir que surgen siempre que existe la menor posibilidad. Decimos que la emancipación de los trabajadores debe ser el trabajo de los propios trabajadores. Del mismo modo, la emancipación de las mujeres trabajadoras será obra de los propios trabajadores. Las mujeres trabajadoras deben asegurar el desarrollo de estas instituciones por sí mismas; de esta manera podrán cambiar completamente su destino en la sociedad capitalista”.

Respecto al aborto, el Partido Bolchevique combatía el malthusianismo y las políticas antinatalistas, como cualquier otra organización marxista. Además, la política soviética estuvo condicionada por las guerras y, por lo tanto, por el descenso demográfico que eso supuso. Antes de la Primera Guerra Mundial, Rusia tenía uno de los mayores índices de natalidad del mundo, muy próximo al 50 por ciento, un porcentaje paralelo al de mortalidad infantil: antes del primer año de vida morían la tercera parte de los recién nacidos.

La alta mortalidad infantil, consecuencia de la miseria extrema, no fue óbice para un fuerte crecimiento demográfico que, como consecuencia de las guerras, primero mundial y luego civil, dejó a muchos niños huérfanos y abandonados por las calles y los campos, una situación ampliamente conocida gracias a las obras de Anton Makarenko.

Además de las “condiciones militares y alimentarias” a las que se refería Lenin, existían muchas circunstancias económicas y sociales de las que, tanto entonces como ahora, dependen cualquier tipo de “derechos”. El decreto que en 1920 legalizó el aborto ni siquiera lo consideraba como un “derecho” sino como un remedio, consecuencia de la herencia del pasado: “Los supervivientes de las condiciones económicas pasadas y actuales todavía llevan a las mujeres a recurrir a esta operación. La Oficina del Comisionado de Salud del Pueblo y la Oficina del Comisionado de Justicia del Pueblo, si bien protegen la salud de la mujer y en interés de la especie, considerando que la represión en esta esfera no da los resultados esperados, decreta” la legalización del aborto.

Sobra añadir que las circunstancias y necesidades que dan lugar al reconocimiento de los “derechos” cambian con el tiempo, lo que hace que cambien esos mismos “derechos”. Para todos aquellos que se interesan por la construcción del socialismo en la URSS los cambios en la situación interna desde 1917 hasta la época de los planes quinquenales son muy conocidos. En los años treinta la situación había dado un vuelco total y no sólo porque la política del Partido Bolchevique lo había decidido, sino porque la demografía también había cambiado y con ella la sitación de la mujer e incluso de las familias.

En los primeros años de la URSS, continuaron las mismas tasas de natalidad, mientras que la mortalidad se redujo por las mejoras en la atención sanitaria, las condiciones de trabajo, la vivienda y la alimentación, lo que tuvo como consecuencia un enorme crecimiento demográfico, que en la URSS estuvo vinculado a la emigración a las ciudades.

El crecimiento demográfico estuvo acompañado de un fuerte crecimiento en el número de abortos, aunque es posible que dicho crecimiento no sea tan grande o no se corresponda a la realidad sino consecuencia de un registro estadístico mucho más estricto. En cualquier caso, en 1926 los datos oficiales registraron 400.000 abortos en la URSS, cifra que se disparó a los 700.000 en 1934, una cifra gigantesca en relación con los tres millones de nacimientos de ese mismo año.

A partir de la colectivización la tasa de natalidad disminuye bastante rápidamente, entrando en esa etapa que se suele llamar de “transición demográfica” que, como es natural, cambió la política social del gobierno soviético en un sentido que la burguesía califica como “conservadora” e incluso de “marcha hacia atrás” y que se relaciona de manera tópica con Stalin.

El 27 de junio de 1936 la legislación soviética sobre la familia cambia y con ella cambia, como es lógico, la legislación sobre la mujer, poniendo el acento de las necesidad de tutelar a la infancia. El año anterior se habían divorciado un 44 por ciento de los matrimonios, a los que seguían segundos matrimonios y luego terceros, y así sucesivamente, con los consiguientes cambios de vivienda, pensiones alimenticias y demás.

Los servicios y las ayudas sociales y familiares favorecían esa situación. Con el tiempo se fueron introduciendo más restricciones. Por ejemplo, se favorecía el matrimonio imponiendo una tasa a los solteros y se aumentaron las de los divorcios, que pasaron a 3 a 50 rublos para el primero, 150 rublos para el segundo y 300 para el tercero.

Lo mismo ocurrió con el aborto, al que desde 1924 se fueron imponiendo restricciones porque los presupuestos sobre los que se había legalizado el aborto eran erróneos. El poder soviético había supuesto que a medida que la posición económica y social de la mujer soviética fuera mejorando, disminuiría el número de abortos.

Pero sucedió todo lo contrario: quienes abortaban con mayor frecuencia eran aquellas mujeres que tenían una mejor posición social, por lo que gobierno empezó a dar prioridad a las mujeres de los sectores sociales más desfavorecidos. Primero las desempleadas que estaban solteras, luego las que trabajaban solteras con un hijo, a continuación las que trabajaban en la industria y ya tenían varios hijos y luego las demás.

Dichas restricciones ponían de manifiesto que entonces aún no había suficientes medios materiales para llevar a cabo los abortos con las debidas garantías de atención sanitaria.

Finalmente, en 1936 y en 1944 se prohibió (con excepción del aborto terapéutico) ya que empezaron a poner la vista en una inminente guerra mundial, volviéndose a restablecer el 23 de noviembre de 1955, primero gratuitamente y luego de manera onerosa.

En este punto a la burguesía hay que volverle a recordar de nuevo que la prohibición del aborto fue tan formal como su opuesto, el “derecho”, ya que en realidad se siguieron practicando abortos, entre otras razones porque los médicos los avalaban con excusas terapéuticas.

Por lo tanto, si el feminismo burgués busca un modelo, no lo va a encontrar en la URSS, donde las concepciones eran las opuestas, empezando por la inexistencia de una política sobre “la mujer” en abstracto, al margen de las clases sociales. El aborto en la URSS tampoco fue nunca un “derecho” en el sentido en el que predican actualmente los movimientos pequeño burgueses.

La política soviética fue lo más opuesto que cabe imaginar al malthusianismo que la burguesía sostiene y, en consecuencia, fue una política natalista, de donde se desprende que no ponía el acento en “la mujer” sino en la infancia, a la que no se consideraba como una “carga”, sino todo lo contrario, porque el Estado soviético puso toda clase de medios materiales para que no fuera así y, como se dice ahora, la mujer pudiera compatibilizar la vida laboral con la familiar.

Una política basada en la infancia es una política para el futuro. Cuando la burguesía propugna políticas malthusianas es porque es plenamente consciente de que el capitalismo no tiene ningún futuro.
 
[ Movimiento Político de Resistencia izeneko webgunetik hartua ]

#150 – Mujer e Islam

[ Cabezas de Tormenta irratsaioaren webgunetik hartua ]

#150 – Mujer e Islam




En la presente edición veraniega os ofrecemos un collage basado en la entrevista que realizamos a Laure Rodríguez Quiroga y partes de la charla que ofreció en La Mala Mujer de Lavapiés.
A través del conocimiento y experiencia de Laure nos acercamos al colectivo de mujeres musulmanas que conforman, aproximadamente, el dos por ciento de la población del Estado español.
Mujeres que por el hecho de ser mujer viven las mismas problemáticas ligadas al machismo junto a las agresiones y mecanismos de expulsión derivados de su espiritualidad, como por ejemplo los discursos islamófobos usados por personas y corrientes de pensamiento dentro de diferentes países occidentales.
¡Salud!
Durante el programa sonaran dos canciones de bandas musicales que transgreden los estereotipos y el imaginario occidental ligados a las mujeres musulmanas.
* Eden Seed: María Candelária
* VoC (Voice of Baceprot): Turn your light
La foto de la entrada de este post es una imagen de Gisele Marie Rocha tocando la guitarra con la banda “Eden Seed”.
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Universo Krahe: mujeres, sexo y masculinidad

Universo Krahe: mujeres, sexo y masculinidad

El cantautor es recordado por su talento para la poesía y la ironía. Fue censurado en los ochenta por cantar contra Felipe González y criminalizado en pleno siglo XXI por reírse de la simbología católica. Pero ¿fue también crítico con el machismo y los mandatos de género?
Paz Blanco, socia del Colectivo Sororidad
Foto: Mataparda
Foto: Mataparda
Una se acerca a la figura del cantautor con recelo: atractivo, noctámbulo, de vida bohemia, alabado por crápulas legendarios como “gran conquistador que sabía encandilar a la mujeres y capearlas como ninguno” [1].
En sus canciones no pone a las mujeres a caldo ni las halaga en exceso, más bien habla de situaciones de desencuentro, desdramatizando y riéndose de sí mismo
Pero como una intenta formar su criterio más allá de sus propios prejuicios y los de los demás, como la acusación que encuentro en El País de que “Krahe, como Quevedo, es un misógino que necesita a las mujeres, pero no desaprovecha ocasión para ponerlas a caldo” [2], me dispongo a cotillear sobre su vida y analizar algunas de las más de 150 canciones de Krahe desde la perspectiva de género.
Veo que Krahe invierte sus primeros casi 30 años en liberarse de las expectativas familiares, que vive una historia de amor que dura toda la vida con su mujer de origen canadiense Annick con la que tiene hijos y nietos, que dice “le castigan cuando han pasado varios fines de semana fuera actuando” [3] (cosa que solo ocurre cuando hay apego familiar establecido) y que le gusta jugar al ajedrez e ir a su casa de Zahara de los Atunes donde los lugareños le aprecian, aunque no haga flamenco. Y veo que en sus canciones no pone a las mujeres a caldo ni mucho menos y tampoco las halaga en exceso (con la excepción de la chorrada de canción Olé tus tetas), más bien habla de situaciones de desencuentro, en las que no duda en desdramatizar las frustraciones que esas situaciones le provocan a base de ridiculizarlas con una enorme capacidad de reírse de sí mismo. En cambio, sí veo sensibilidad de género cuando este término no tenía la acepción que hoy tiene: Si fuera yo mujer / minoría racial, zurdo, homosexual… (Sr. Juez) y un mensaje crítico implacable contra la violencia machista en un tiempo en el que el fenómeno ni siquiera tenía nombre (Dónde se habrá metido esta mujer). Contra las mujeres no está, concluyo en mi primer diagnóstico preliminar.

Y continúo hacia terrenos más movedizos, las imperceptibles líneas que construyen los pactos de género entre hombres y veo que Krahe ha conseguido tocar todas las líneas de flotación de la autoestima masculina con ese “humor blanco del triángulo isósceles que es igual si se coloca de costado, salvo que está muchísimo más cómodo”.
Se atrevió a ridiculizar como nadie el mandato de género de la potencia sexual y la promiscuidad, en ‘Kriptonita’, ‘Sr Juez’ y, por supuestísimo, ‘No todo va ser follar’
Se atrevió con el tamaño del pene en Burdo rumor, inmensa y silenciada causa de dolor para tantos niños, jóvenes y hombres aún hoy; se atrevió con la masturbación y los conflictos internos que generaba sobre todo en aquella generación criada en el franquismo, pero que todavía existente en muchos ámbitos familiares y sociales, con su Mano en pena, en la que desangustia una barbaridad con su “pero bueno, me entretiene”, se atrevió con el fantasma del cornudo en Sábanas de seda, dedicada al supuesto amante de su mujer y, finalmente y sobre todo, se atrevió a ridiculizar como nadie el mandato de género de la potencia sexual y la promiscuidad, eso de que no pueden desaprovechar ninguna oportunidad si alguna se pone a tiro en KriptonitaSr Juez y, por supuestísimo, No todo va ser follar.
Y desde ahí llego a la esencia del personaje, desnudo y  destripado, en Nos ocupamos del mar, donde Krahe habla del amor como construcción entre dos, donde se reconoce y valora el trabajo de cada cual según su talante, del trabajo de ella de regar lo escondido, de ocuparse de todo lo importante, donde sobre todo reconoce que es cansado y una siente el respeto profundo de Krahe por ese cansancio, tantas veces incomprendido por los hombres (siempre cansadas, ya nunca nos apetece follar), cuando pone sus ojos, sus manos, su voz en su costado, mientras ella descansa a su lado. Ese reconocimiento del cansancio de las mujeres me emociona y me enamora y hago mías las palabras de Pilar Bardem [5]: “Me gusta, porque además de estar bueno, es una persona que es feminista”. ¡Salud!



[1] Joaquín Sabina, entrevista para el documental Esta no es la vida privada de Javier Krahe.
[2] Ricardo Cantalapiedra, Ácido cítrico chulo. El País 24 diciembre 1999.
[3] Entrevista para Discópolis de Radio 3. 3 de diciembre de 2013
[4] Entrevista para el documental Esta no es la vida privada de Javier Krahe
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Tres textos de Mujeres de Galeano

Tres textos de Mujeres de Galeano

 
A continuación tres textos inéditos contenidos en su último libro, 'Mujeres'

Juana

Como Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz se hizo monja para evitar la jaula del matrimonio.
Pero también en el convento su talento ofendía. ¿Tenía cerebro de hombre esta cabeza de mujer? ¿Por qué escribía con letra de hombre? ¿Para qué quería pensar, si guisaba tan bien? Y ella, burlona, respondía: —¿Qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina? Como Teresa, Juana escribía, aunque ya el sacerdote Gaspar de Astete había advertido que a la doncella cristiana no le es necesario saber escribir, y le puede ser dañoso.

Como Teresa, Juana no sólo escribía, sino que, para más escándalo, escribía indudablemente bien.
En siglos diferentes, y en diferentes orillas de la misma mar, Juana, la mexicana, y Teresa, la española, defendían por hablado y por escrito a la despreciada mitad del mundo.

Como Teresa, Juana fue amenazada por la Inquisición. Y la Iglesia, su Iglesia, la persiguió, por cantar a lo humano tanto o más que a lo divino, y por obedecer poco y preguntar demasiado.

Con sangre, y no con tinta, Juana firmó su arrepentimiento. Y juró por siempre silencio. Y muda murió.

Louise

—Quiero saber lo que saben –explicó ella.

Sus compañeros de destierro le advirtieron que esos salvaje no sabían nada más que comer carne humana: —No saldrás viva.

Pero Louise Michel aprendió la lengua de los nativos de Nueva Caledonia y se metió en la selva y salió viva.

Ellos le contaron sus tristezas y le preguntaron por qué la habían mandado allí: —¿Mataste a tu marido? Y ella les contó todo lo de la Comuna: —Ah –le dijeron–. Eres una vencida. Como nosotros.

Celebración de la amistad

Juan Gelman me contó que una señora se había batido a paraguazos, en una avenida de París, contra toda una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban cazando palomas cuando ella emergió de un increíble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se lanzó al ataque.

A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas. Entonces, mientras las palomas huían en blanco alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra los obreros.

Los obreros no atinaron más que a protegerse, como Pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no le pega al alcalde, cálmese, señora, qué bicho la picó, se ha vuelto loca esta mujer...
Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros exigieron una explicación.

Después de un largo silencio, ella dijo: —Mi hijo murió.

Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa mañana había mucho que hacer, usted comprenda...

—Mi hijo murió –repitió ella.

Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de esta ciudad...

—Cretinos –los fulminó la señora.

Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo: —Mi hijo murió y se convirtió en paloma.

Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando. Y por fin, señalando a las palomas que andaban por los cielos y los tejados y las aceras, propusieron: —Señora: ¿por qué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar en paz? Ella se enderezó el sombrero negro: —¡Ah, no! ¡Eso sí que no! Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio, y muy serenamente dijo: —Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera, tampoco me lo llevaría. Porque ¿qué derecho tengo yo a separarlo de sus amigos?

Telesur
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