¡¡¡7000 entradas!!!
A poco más de dos años de vida del blog, llegamos nada más y nada menos que a la cifra de 7000 entradas. Y como es de esperar, lo celebramos a lo grande, porque es de un Grande de la historieta de quien vamos a hablar.
El equipo de Columberos agradece a todos los seguidores y amigos que día a día colaboran con nosotros haciéndonos llegar escaneos, dibujos, info con la que no contamos (y que, además de enriquecer nuestro contenido, muchas veces nos permite subsanar errores involuntarios), agradecimientos, felicitaciones y la mejor de las ondas.
A todos ustedes… ¡¡¡MUCHAS GRACIAS!!!
Y sobra decir que más allá de la mención de las recientes siete mil entradas, lo más importante aquí son las historietas -las principales estrellas- y, por supuesto, todos los artistas de Editorial Columba.
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Esta vez elegimos homenajear a un autor que ciertos críticos pretenden desmerecer diciendo de sus historietas que no son más que un compendio de conflictos netamente emocionales, melodramitas llenos de melancolía y tristeza, encuentros y desencuentros; y que en torno a eso limitó su obra a dos o tres temas siempre recurrentes. Opinamos que apelar a esa supuesta “limitación temática” -falsa, desde ya- no es hacerle justicia a su inmenso talento, a su exquisita prosa, a esa fabulosa capacidad de dotar de humanidad a sus criaturas impresas en papel. Justicia le hizo, sí, la legión de seguidores que se encolumnó detrás de su pluma; la enorme cantidad de lectores que se mantuvieron fieles a él hasta el final, hasta que su tinta se agotó, y que aún hoy lo siguen recordando con cariño.
Su relación con Editorial Columba era tan profunda, que un dato de color la simboliza: cuando se casó, lo hizo con una las señoritas que trabajaba en las oficinas de la casa de la palomita… y Jorge Vasallo -uno de los hombres fuertes de Columba, el Balbastro de “Mi Novia y Yo”- fue su padrino de boda.
Los que gustan de su particular forma de escribir se cuentan a lo largo y a lo ancho de nuestro país y trascienden las fronteras del continente y, sobre todo, las fronteras del olvido. Prueba de ello está en la gente que nos escribe a diario y en los pedidos que nos hacen.
Cuando leemos la frase “hombre o mujer que lees mis memorias…”, ya se sabe de quién se trata. Hablamos, por supuesto, de José Luis Arévalo, odontólogo de profesión y escritor por vocación.
Los invitamos a entrar a su mundo, a ver de cerca “ciertas angustias diferentes que le atenazaban el alma”.