Tras la celebración, en muchos medios evangélicos, de los 500 años de la reforma protestante cabe preguntarse ¿para qué sirvió? El escritor Carlos Arturo Serrano dio su opinión en "Un país normal", la cual queremos compartirle.
El 18 de noviembre de 1302, el papa Bonifacio VIII emitió la bula Unam sanctamen protesta contra los actos del rey de Francia Felipe IV, quien estaba recortando los privilegios legales del clero. La declaración principal de la bula fue la autoridad papal absoluta: Bonifacio retomó de Cipriano de Cartago la doctrina de que la única opción para toda la humanidad, y sobre todo para sus gobernantes, era someterse exclusivamente a la Iglesia Católica. Por fuera no había salvación.
El 31 de octubre de 1517, el profesor de teología Martín Lutero envió una carta al arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, en la que criticaba el sistema de indulgencias, un arreglo vulgar por el que la iglesia romana explotaba los méritos de Jesús como si fueran minas de plata bolivianas para, literalmente, vender el perdón de los pecados. Lutero acompañó esta queja con un gesto más dramático: en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg clavó públicamente una copia de la carta, con sus famosas 95 tesis sobre la eficacia de las indulgencias.
Esos clavos sellaron el ataúd de la Unam sanctam. Lo que siguió fue guerra.
Por supuesto, en Europa no era nada nuevo matar por religión: casi exactamente un siglo antes, el checo Jan Hus había sido quemado por hacer casi las mismas críticas a la corrupción de la iglesia romana. Ya en el siglo XIII el papa Inocencio III, que de Inocencio no tenía nada, había ordenado un genocidio en el Languedoc para eliminar la secta albigense, y más tarde el papa Inocencio VIII hizo lo mismo con los valdenses. De la mano de la Inquisición, que ha sido descrita y denunciada de sobra, el costal mal cosido que es la nación española se fundó sobre una guerra territorial contra los moros (cuya llegada a la Hispania visigoda también había sido por la fuerza) y sobre el desplazamiento forzado de los judíos.
(El caso español es singular: España exportó a América la Edad Media y todos sus males cuando esta ya había acabado, y todavía hoy hay españoles ilusos que creen que los Reyes Católicos le hicieron al mundo un favor. Los filipinos, belgas, holandeses, ecuatoguineanos, hispanoamericanos y demás descendientes de pueblos que se dieron el gusto de quitarse de encima la corona española solo deberían sentir simpatía por los catalanes que no quieren ser parte en ese deshonroso legado.)
De manera que el mutuo destripamiento entre católicos y protestantes fue apenas continuación de una costumbre ya establecida: ni siquiera quienes primero intentaron secularizar Europa salieron con las manos limpias. El papel que terminó cumpliendo el protestantismo fue añadir un leño más a la hoguera. En materia de ejecuciones los evangélicos no tienen nada que criticarle a Roma: tan culpable es Belarmino por la muerte de Giordano Bruno como lo es Calvino por la muerte de Miguel Servet (y muchos otros).
La Reforma Protestante despedazó a Europa y no logró la regeneración moral que buscaba. Los problemas persistieron, pero ahora con más perpetradores. El coleccionista de mujeres Enrique VIII, maldita para siempre sea su memoria, declaró su propia iglesia y ensangrentó Inglaterra por generaciones. En todo el mundo se siguió asesinando con la excusa de la defensa de la fe, tanto en el bando católico como en el bando protestante, así como en muchos otros bandos nuevos, y en Latinoamérica el esfuerzo por ponerle fin a la Edad Media también nos ha costado muertos. Sigue habiendo codicia descarada, tanto de un bando como del otro. Sigue habiendo depravación, tanto de un bando como del otro. Sigue habiendo oposición a la ciencia, tanto de un bando como del otro. Sigue habiendo intromisión en los asuntos del estado, tanto de un bando como del otro. Lejos de purificar la religión, la Reforma multiplicó sus efectos nocivos.
Lutero fue tan desastroso para los estados como mal modelo moral. Si bien no fue él quien sembró la semilla del antisemitismo alemán, sí la regó con abundante bilis. A diferencia de Darwin, a quien los nazis deformaron irreconociblemente para cubrir su campaña asesina de un aura intelectual, a Lutero bastó con citarlo en sus propias palabras.
Lo único que cabe agradecerle a Lutero fue haber roto el monopolio católico de la verdad. Hoy no tiene consecuencias contradecir a un papa. En tiempos medievales la excomunión de un rey era su muerte política; hoy Londres tiene un alcalde musulmán y no es ningún problema. La única cosa buena que nos dejó la Reforma fue abrir un espacio de crítica, en el que se sintió cómoda mientras le fue útil, pero luego se espantó de él y lo cedió a un ocupante más digno: la Ilustración.
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martes, 31 de octubre de 2017
sábado, 30 de octubre de 2010
Hace 493 años: El escándalo de las indulgencias llevó a la reforma protestante
Sin emportar el delito cometido la Iglesia vendía un perdón conocido como "indulgencia" que sirvió para llenar las arcas del Vaticano, financiar banquetes mientras la mayoría de Europa era pobre, y construir la Basílica de San Pedro. Piense en ello cada vez que vea esta basílica que fue financiada con el engaño y el dinero que aplacaba conciencias de asesinos y violadores.
El descaro de las indulgencias llevó a que Martín Lutero publicará el 31 de octubre de 1517 sus 95 tesis, en las que sostenía, entre otras cosas la "justificaciòn por la fe" haciendo vanas las indulgencias y afectando las finanzas de la Santa Sede.
Para los que gustan de la historia les dejo el texto "Lutero y el escándalo de las indulgencias" de cayocesarcaligula
Más que la mayoría de las naciones, Alemania se tambaleaba a causa del impacto de cientos de abusos papales. Padecía una presión fiscal muy elevada; el pago de las anatas, es decir, la retribución anual sobre el salario; los diezmos sobre los beneficios para las cruzadas contra losturcos que nunca se materializaban. Mediante la terrible arma de la excomunión, los clérigos amasaban una inmensa riqueza. La cancillería romana publicó un libro con las sumas exactas que debían pagarse por diversas absoluciones. Un diácono culpable de homicidio podía ser absuelto por veinte coronas. Un obispo o un abad que hubiesen asesinado a un adversario podían ser absueltos mediante trescientas libras. El crimen más perverso tenía su tarifa. Estos «malhechores ungidos», como se les conocía en Alemania, estaban al margen de la jurisdicción civil. En su lugar, ventilaban ante los tribunales eclesiásticos toda suerte de casos, incluso relativos a la testamentaría, la legitimación y la usura. Cualquier magistrado civil que tratase de atajarles era excomulgado, lo cual significaba que perdía todos los derechos como ciudadano y como hombre. Las posesiones de la Iglesia, desde el momento que pertenecían a Dios, eran inalienables. En todos los países la Iglesia contaba con riquezas inmensas, pero en Alemania se calculaba que la mitad del territorio estaba en manos del clero. Estaban exentos de todo impuesto y de todas las obligaciones, como la defensa nacional.
La chispa que provocó el incendio en estas adustas tierras fue provocada por el príncipe Alberto de Hohenzollern. A los veintidós años ya poseía las ricas sedes de Magdeburgo y Halberstadt, pero su objetivo era llegar a ser arzobispo de Mainz y primado de Alemania. Para conseguirlo estaba dispuesto a pagar. El papa León andaba escaso de liquidez a causa de la nueva San Pedro y estaba dispuesto a negociar de forma inmediata. Daría a Alberto la sede de Mainz permitiéndole, en contra del derecho canónico, conservar las otras dos diócesis a cambio de una cantidad de diez mil ducados. El precio se sumaba al estipendio del palio, en este caso veinte mil ducados.
Dado que Alberto no disponía de efectivo para pagar, León hizo caso omiso de la condena eclesiástica de la usura. Negoció con los Fugger un préstamo para Alberto a un interés exorbitante. ¿Cómo saldaría su deuda Alberto? León ya había pensado en ello. Siguiendo los pasos de Sixto IV y Julio II, le suministró una lucrativa indulgencia que podría vender en las calles durante más de ocho años, aunque, con anterioridad a su elección, hubiese hecho un voto solemne de revocar todo este tipo de indulgencias. De todos los ingresos recaudados, la mitad iría a parar a los banqueros y la otra mitad al vicario de Cristo para finalizar las obras de San Pedro.
El fraile elegido para predicar la indulgencia en Alemania fue el dominico Tetzel. Un hábil oficiante con un vozarrón resonante. Sus servicios fueron muy bien retribuidos. Su salario, gastos aparte, era veinte veces superior al de un profesor universitario. Como representante del papa, Tetzel siempre hacía una solemne entrada en la localidad, acompañado por los dignatarios civiles y eclesiásticos. Iba precedido por un acólito portador de una cruz blasonada con las armas pontificias. La bula de la indulgencia era llevada sobre un cojín de terciopelo ornado de oro. Con la cruz plateada en la plaza del mercado, daba comienzo el negocio. Se vendían salvoconductos para el paraíso. Un agente de los Fugger rondaba por los alrededores para guardar la recaudación en una caja fuerte.
Tetzel estuvo maravilloso describiendo los tormentos que sufrían las almas en el purgatorio. Cómo se retorcían en las llamas, clamando incesantemente a sus familiares sobre la Tierra: «¡Tened piedad de nosotras! ¡Tened piedad de nosotras!». Por doce peniques un hijo podía liberar a su padre de la agonía. El refrán más popular de Tetzel era:
Tan pronto como una moneda en los cofres suena,un alma del purgatorio escapa de su pena.
Uno de los colaboradores de Tetzel prometió una indulgencia tan poderosa que exoneraría del pecado a alguien, ¡Dios nos ampare!, que hubiese violado a la Virgen María.
Johann Tetzel hubiera continuado su labor sin dificultades de no ser por un delgado monje agustino de treinta y cuatro años. De origen campesino, la mirada ardiente y rostro franco y cordial, Martín Lutero recordaba a un árbol arraigado en la tierra. Su pasión era la Biblia y en ella no encontraba justificación a los abusos papales. Le encolerizaba ver a los ministros del papa vendiendo indulgencias a precios de saldo, utilizándolas incluso como fichas de juego en posadas y tabernas. El abuso había durado mucho. En 1491, Inocencio VIII había sancionado durante veinte años la indulgencia Butterbriefe. Por un veintésimo de florín renano, los alemanes disfrutaban del privilegio anual de ingerir productos lácteos incluso en los días de abstinencia. Es decir, podían gratificarse con su vianda predilecta sin trasgredir el ayuno. Las recaudaciones de la indulgencia eran invertidas en la construcción de un puente sobre el Elba enclavado en Torgau. En 1509, Julio II prorrogó esta indulgencia por veinte años más. Lo que más enfurecía a Lutero era la manera como se engañaba a las gentes sencillas e ingenuas, a las que se les hacía creer que podían comprar la subida al cielo.
En la festividad de Todos los Santos de 1517, con un martillo clavó sus noventa y cinco tesis sobre las indulgencias en la puerta de la iglesia del castillo de Alberto, en Wittenberg. Dentro había reliquias, incluso un mechón de cabellos de la Virgen, que concedía dos millones de años de indulgencias. Una de las tesis de Lutero decía: «La riqueza del papa excede con mucho la de todos los otros hombres. ¿Por qué no edifica la iglesia de San Pedro con su propio dinero en lugar de con el dinero de los cristianos pobres?».
Según este monje pendenciero, las llaves del reino estaban abriendo todos los bolsillos de la cristiandad; la avaricia papal estaba convirtiendo al mismo Cristo en cómplice de ladrones cuyo único objeto era robar a los pobres. Sin lugar a dudas, Lutero trataba de perforar el tambor de Tetzel.
Durante mucho tiempo, el papado había estado traicionando a los devotos cristianos en las ciudades, pueblos y caseríos. Su traición al pueblo sigue grabada en los ladrillos y los mármoles de San Pedro. El precio de dicha basílica fue la ruptura de la Iglesia que se ha prolongado durante cuatro siglos; y que se prolongará mucho más.
El papado irreformable Martín Lutero no fue el primero en ir a por lana a Roma y salir trasquilado. Para ser exactos, las críticas más severas contra el papado procedieron siempre de sus amigos, incluyendo muchos santos y ¡algunos papas! Su testimonio se remonta a tiempos muy anteriores.
Una de las conversaciones más preocupantes que tuvo como escenario Roma enfrentó al papa inglés, Adriano VI (1154-1159) y su extravertido compatriota, John de Salisbury, más tarde obispo de Chartres. «Realmente —susurró el pontífice—, ¿qué piensa el pueblo del papa y de la Iglesia?» «La gente comenta —replicó valientemente John— que la Iglesia se comporta más como una madrastra que como una madre; que tiene una veta fatal de avaricia, escribas y fariseos que colocan una pesada carga sobre los hombros de los hombres, acumulando valiosos ajuares, mostrando una codicia desmesurada.» «Y —añadió— que el santo padre es en sí mismo gravoso y apenas tolerable.»
El papa Inocencio IV (1243-1254), debido a una disputa con el emperador Federico II, se vio forzado a salir de Roma. Dio a entender que le gustaría exiliarse en Inglaterra. Los pares del reino no se lo permitieron. Alegaron que el dulce aroma de la verde Inglaterra no podría soportar el hedor de la corte pontificia. Entonces, Inocencio se llevó la curia a Lyon. Cuando Federico murió, Inocencio pudo regresar a Roma. El cardenal Hugo, en nombre del papa, escribió a los habitantes de Lyon dando las gracias. Este documento está fechado en 1250. Es uno de los más denigrantes de la historia pontificia.
Durante nuestra estancia en vuestra ciudad, nosotros [la curia romana] nos mostramos muy caritativos con respecto a vosotros. A nuestra llegada, apenas encontramos tres o cuatro hermanas del amor susceptibles de ser compradas, mientras que a nuestra partida os dejamos, por así decirlo, un burdel que se extiende desde las puertas del oeste a la del este.
En este mismo siglo, san Buenaventura, cardenal y superior de todos los franciscanos, identificaba a Roma con la ramera del Apocalipsis, anticipándose de este modo a Lutero trescientos años. Esta ramera, dijo, hace que los reyes y las naciones beban el vino de la prostitución. Afirmó no haber encontrado nada en Roma, excepto lujuria y simonía, incluso en las altas esferas de la Iglesia. Roma corrompe a los prelados, éstos corrompen al clero, el clero corrompe al pueblo.
Dante, católico devoto, no sólo sumergió en el infierno un papa tras otro, también trató con la misma firmeza a la curia. Los cardenales que, según un piadoso monje de Durham, otrora «resplandecían como prostitutas» se hallan despojados y desnudos en el cuarto círculo del Inferno. Grupos de indolentes prelados están condenados para toda la eternidad a empujar enormes peñas, simbolizando la opulencia, contra peñas arrastradas por otros hombres avariciosos.El poeta inglés William Langland escribió:
El país es el más abominable donde los cardenales llegan,y en el que más se tienden y se demoran, el libertinaje impera.
El obispo Alvaro Pelayo, ayudante de cámara papal en Avignon, insinuó que la Santa Sede había infestado a toda la Iglesia con el veneno de la avaricia. «Si el papa se comporta de este modo, dice la gente, ¿por qué no hacemos otro tanto nosotros?» En un día cualquiera, el superior de Pelayo, Juan XXII, excomulgó a un patriarca, cinco arzobispos, treinta obispos y cuarenta y seis abades. Su único crimen: haberse demorado en el pago de las exacciones pontificias.
Maquiavelo, amigo de Petrarca, escribió: «Los italianos tienen una gran deuda respecto a la Iglesia de Roma y su clero. Merced a su ejemplo perdimos la verdadera religión convirtiéndonos en unos completos descreídos. Es norma que cuanto más cerca se halla una nación de la curia romana, tanto menos religión posee».
Catalina de Siena indicó a Gregorio XI que no necesitaba visitar la corte papal para percibir su olor. «La peste de la curia, Santidad, hace tiempo que alcanzó mi ciudad.»
En el siglo XV, san Antonino, arzobispo de Florencia, reprobó la venta de títulos de deuda con beneficio en su ciudad; esto era usura. Cuando sus críticos le replicaron: «La Iglesia romana lo autoriza», Antonino respondió: «Los miembros de la curia tienen concubinas. ¿Ello prueba de que el concubinato sea legal?». La cabal vulgaridad de este argumento no deja de sorprender.
Una de las razones de que hubiera más prostitutas en Roma que en cualquier otra capital era el gran número de célibes. A menudo, los conventos eran burdeles. Algunas veces, cuando iban a confesarse, las mujeres se armaban con un puñal para protegerse del confesor. Las crónicas nos informan de clérigos que se pasaban los días en las tabernas, las noches en los blandos brazos de sus amantes. «El más santo de los anacoretas dispone de su ramera.» Como decía santa Brígida al papa Gregorio: «Los clérigos no son tanto sacerdotes de Dios como alcahuetes del demonio». Durante la misa, los mejores coros romanos cantaban canciones tan lascivas que una comisión de cardenales discutió si prohibir cualquier tipo de canto en la iglesia.
Erasmo, el filósofo del siglo XVI, una de las mentes más agudas de su época, comentó que «la tiranía de Roma era peor que la de los turcos». Escribió un apunte en el que el papa Julio trata de abrirse violentamente paso desde San Pedro a las puertas celestiales. Pedro pone los ojos enblanco, incapaz de reconocer a un sucesor suyo en aquel barbudo guerrero. Julio se saca su capacete y se cala la tiara. Pedro se vuelve más suspicaz todavía. Finalmente, un exasperado Julio yergue sus llaves ante las narices de Pedro. El apóstol, luego de examinarlas, sacude lentamente la cabeza. «Lo siento, pero no son utilizables en ningún lugar de este Reino.»
En 1522, el papa holandés Adriano VI confesó a la Dieta de Nuremberg que lo más nocivo de la Iglesia procedía de la curia romana. «Durante muchos años se han producido sucesos abominables en el trono de San Pedro, abusos de orden espiritual, trasgresiones de los Mandamientos, de tal manera que todo ha sido impíamente pervertido.»
El jesuíta cardenal Bellarmino admitiría después: «Algunos años antes de Lutero y Calvino, en la Iglesia ya no quedaba religión». Sobre el papado opinó que casi había eliminado el cristianismo.
En 1518, cantando su Canción necia, Lutero escribió a la nobleza alemana lamentándose de la concupiscencia papal. Describió la Santa Sede como «más corrompida que Babilonia y Sodoma... Resulta acongojante y terrible ver la cabeza de la cristiandad, que presume ser el vicario de Cristo y sucesor de san Pedro, vivir en un boato terreno que ningún rey o emperador puede igualar; así que en él, que se llama a sí mismo el más santo y el más espiritual, existe mayor mundanidad que en el mundo mismo».
Dos años más tarde, Lutero sería excomulgado por León X. Lutero pidió la convocatoria de un concilio general. Durante veinticino años críticos, los papas y la curia se negaron a semejante petición, la única capaz de arreglar las graves disenciones dentro de la Iglesia.
Las condiciones eran tan malas que Contarini diría al papa Pablo III (1539-1549) que la totalidad de la corte papal era herética; estaba en oposición al espíritu del Evangelio. La ley de Cristo trae la libertad; el papado, dijo con franqueza Contarini, sólo aporta servidumbre y arbitrariedad. «Santidad, ninguna esclavitud mayor que ésta cabría imponer basándose en la fe de Cristo.»
Pablo III, el «cardenal enaguas», cuyo único mérito para desempeñar este cargo eclesiástico había sido el encanto irresistible de su hermana Giulia, no tenía madera de reformador.
En diciembre de 1545, el concilio de Pablo —no sería el último que se convocaría a lo largo de veinte años— se reunió en Trento. Edmund Campion, el santo jesuita que sería martirizado en Londres en 1580, dijo ufano de Trento: «¡Santo Dios, qué diversidad de naciones! ¡Qué selección de obispos del mundo entero'.». La verdad era que en Trento más de la mitad eran italianos. Apenas fue una asamblea «católica». En cualquier caso, llegaba demasiado tarde para deshacer el daño causado por el papado. Los padres se quedaron atónitos oyéndose a sí mismos describir abiertamente, como una tribu indigna —lobos más que pastores—, a los autores de la corrupción del mundo en Italia y en los demás lugares.
¿Cómo se explicaba que Roma, lejos de ser la campeona del Evangelio, se hubiese convertido, en labios de Contarini, en la encarnación de la herejía?
El poder era la raíz de la cuestión. Recordando la frase de Acton, el poder absoluto no sólo corrompía a los detentadores del cargo, sino también, al cargo pontificio. Por ello, hombres como Borgia, lejos de sentirse desplazados en el trono de San Pedro, se acomodaban a sus anchas.
La Reforma llegó con la aparición de la auténtica santidad, no cuando la Iglesia se hubo hundido completamente en el fango. Los reformadores salvaron al pontificado, que había caído demasiado bajo para salvarse a sí mismo y a la Iglesia. Jacob Burckhardt escribió: «La salvación moral del papado se ha debido a sus enemigos mortales». Pero el precio fue elevado. Trento consagró la teología medieval, la estrechez de miras del catolicismo y una orientación hacia el pasado que ha durado siglos. Fue el principio de una guerra fría religiosa. El padre Sarpi escribió sobre Trento: «Este concilio, deseado y convocado por personalidades pías con el fin de unificar la Iglesia que estaba derrumbándose, por el contrario ha motivado la confirmación del cisma y endurecido las actitudes dando lugar a que los desacuerdos fuesen irresolubles».
Trento, según su puntos de vista, fue responsable de la mayor «deformación nunca vista en el orden eclesiástico, con el resultado de que ahora el nombre de cristiandad sea odiado». Después de Trento, el grandioso poder de Roma fue confirmado, los obispos perdieron su independencia de manera que durante cerca de trescientos años no se convocó ningún concilio. Tres siglos más tarde se reunió un concilio para reconocer formal y definitivamente el absolutismo pontificio. A partir de entonces, la Iglesia romana, separada de los protestantes en Occidente, fue menos una Iglesia católica que una secta ensimismada y asustada sobre la cual gobernaba el papa.
Lo curioso es que Lutero no tuvo la menor intención de abandonar la Iglesia, hasta que se dio cuenta de que una cristiandad dividida era preferible a una sola comunidad regida por un papa que contravenía el Evangelio. Era mucho mejor ser gobernado por la Biblia abierta que por un corrupto e irreformable papado. Los cristianos de Occidente debatieron la sensatez del razonamiento de Lutero. Su análisis no difería del de Dante. Lo que había de equivocado en la Iglesia era la libido dominandi del papado, su insaciable sed de poder.
León X fue lo bastante obtuso como para excomulgar a Lutero, incluso por decir: «Quemar a los herejes va contra la voluntad del Espíritu Santo». Los papas posteriores no fueron más perceptivos.
La tormenta, que desde hacía tiempo amenazaba, estalló por fin. Se desató el relámpago, rugió el trueno. E, infalibles, siguieron convencidos de que el mundo, su mundo, continuaría pacíficamente como siempre.
En 1555 fue elegido otro pontífice. Lutero había muerto hacía más o menos diez años. Prácticamente, el cristianismo había estallado; una Iglesia dividida ya no deseaba escuchar los desvarios de un papa ineficaz. Y, sobre todo, se negaba a escuchar a sus príncipes.
El nuevo pontífice era más ciego y sordo que todos sus antecesores, pero en ningún momento se dudó de que fuera mudo. Con su voz, intentó acallar la tormenta comportándose como un Gregorio VII redivivo.
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lunes, 2 de agosto de 2010
Luteranos piden perdón a anabaptistas por persecuciones del siglo XVI
Es curioso ver como un grupo de perseguidos pasa luego a ser perseguidor. Los cristianos "genéricos" pasaron a ser cena de leones en el circo romano a perseguidores de grupos "heréticos" como los valdenses, gnósticos y demás, cuando se Constantino lo volvió religión del estado.
Lo mismo hicieron grupos protestantes con otros grupos. En este caso los luteranos, y la reforma de Ulrico Zuinglio se ensañaron contra los anabaptistas, que también fueron perseguidos por los católicos.
Los anabaptistas fueron reformadores religiosos, de orígenes muy difíciles de precisar, que recibieron ese nombre porque se negaban al bautismo de infantes, ya que solo un adulto podía optar libremente por unirse a la iglesia tomando el bautismo.
De los descendientes religiosos de este grupo están los menonitas, grupo de cristianos que de vez en cuando saltan a la prensa por negarse a alistarse en cualquier ejército, e incluso prestar el servicio militar.
Ante la persecución tanto de protestantes como de católicos en el siglo XVI, muchos buscaron refugio en Norteamérica. Allí dieron origen, entre otros grupos, a los Amish. Grupo religioso reconocido por su rechazo a la vida moderna y por su pacifismo. También los amish son conocidos por los biólogos por ser un ejemplo genético del llamado "efecto fundador".
Un poco de historia de la época en que Europa se mataba por religión
(Tomado y adaptado de "Anabaptistas: Los reformistas perseguidos")
Muchas comunidades de valdenses (grupo denominado herético por la ICAR) se habían refugiado en los Alpes suizos se unieron al reformista Ulrico Zuinglio, que parecía cercano a sus creencias. Estas comunidades se mantuvieron firmes en sus ideas de rechazo al bautismo de infantes, el uso de imágenes y las misas. Estos grupos se denominaron anabaptistas por que rechazaban el bautismo de infantes y exigían un bautismo para unirse a la fe.
Al principio Zuinglio se opuso al bautismo de menores, pero luego se enfrentó con los grupos de anabaptistas por esta doctrina.
Pero al igual que Lutero, Ulrico, no estaba dispuesto a ceder a las pretensiones de los también allí llamados anabaptistas. A finales de 1524 había tal confusión, que en algunos lugares de Suiza se admitía y obligaba a las familias a bautizar a sus hijos y en otros no, siendo aparentemente la misma confesión. Eso llevó al Consejo que dirigía los cantones suizos a obligar a Zuinglio a reunirse todos los martes con el grupo de los radicales hasta que se pusieran de acuerdo. Zuinglio se reunió dos veces con ellos pero en ninguna hubo acuerdo y desistió. Entonces Félix Manz, uno de los promotores anabaptistas presentó un recurso pidiendo que el tema se debatiera públicamente ante el Consejo. Se convocó una reunión, pero en lugar de permitir un debate libre sobre el tema, el Consejo resolvió de forma arbitraria, que todos los niños debían bautizarse y que cualquier matrimonio que se negara a bautizar a sus hijos sería expulsado del cantón, la influencia de Zuinglio en el consejo era importante. Era el 18 de enero de 1525. Con esta sentencia se daba aviso de que en adelante se emplearía la fuerza para obligar la conformidad.
Después de reunirse para crear consenso al respecto de lo que el Consejo les pedía, tomaron la decisión de escindirse de la reforma de Zuinglio. En los días sucesivos fueron por la ciudad y la comarca bautizando a los que ya desde antes simpatizaban con ellos y a otros muchos que convencían. Las ideas de los anabaptistas suizos se extendieron velozmente a muchos de los cantones vecinos llegando a la frontera austríaca y entrando en algunas ciudades del país alpino.
En algunos pueblos como la fronteriza ciudad de Waldschut, para Abril de 1525 la mayoría de la parroquia se había bautizado, siguiendo la enseñanza de su antiguo sacerdote católico, ahora convertido al anabaptismo, Baltasar Hubmaier. Posteriormente Hubmaier tuvo que huir, pero no sin antes dejar varias obras escritas, entre las que figura un importante tratado sobre el bautismo.
En ese tiempo, el movimiento liderado por Zuinglio, era considerado por la mayoría de los cantones suizos como la religión estatal, por lo tanto la reacción ante el éxito de los anabaptistas no se hizo esperar. Pronto se dio inicio a unas duras persecuciones, mas duras si cabe que las de la propia iglesia católica. A principios de 1527 el movimiento anabaptista se veía amenazado con la desintegración, pues su más prometedor líder, Conrado Grebel, había muerto de una enfermedad poco después de su bautismo. A Félix Manz, lo capturaron y con cierta sorna lo ahogaron en un río, burlescamente bajo los gritos de: Ya que te gusta el agua… ¡Toma!
Por otro lado Jorge Blaurock y Baltasar Hubmaier habían salvado la vida, pero siendo obligados a huir al exilio. Hubmaier se dirigió a Moravia, donde se había fundado un importante núcleo anabaptista solo en Nicolsburgo, se calcula que en 1527 vivían unos 12.000 anabaptistas.
Pero también entre los anabaptistas surgieron discrepancias, en ese mismo año de 1527 surge un desacuerdo entre los anabaptistas sobre el tema de si pagar los impuestos militares para defender a Austria del avance turco. Hubmaier siempre había sido de la opinión de que Dios ha establecido las autoridades civiles para mantener el orden y que el cristiano debía pagar sus impuestos sin escrúpulos.
Por otro lado estaba Hans Hut, un fogoso evangelizador anabaptista que según se dice había bautizado solo el a mas que todos los demás líderes juntos, este llegó a Nicolsburgo en 1527 con un grupo de refugiados suizos que huían de las duras represiones dirigidas contra ellos por católicos y reformistas. Hut sentía una enorme fascinación con el regreso de Cristo, mencionado en el Apocalipsis, se dice que llegó incluso a precisar la fecha para ese acontecimiento: el pentecostés de 1528.
Hans Hut pensaba que se acercaba el cataclismo final de la historia humana y estaba seguro que Dios iba a usar a los turcos para castigar a una Europa apóstata, identificando a Babilonia la ramera con la Iglesia Católica y declarando como lo hizo Müntzer que todos los gobiernos de Europa caerían. En su opinión apoyar al gobierno en su defensa contra los turcos, aunque solo sea por el pago de impuestos era luchar contra los propósitos de Dios. Por ello el y sus partidarios opinaban que no se debía apoyar a los gobiernos con dinero, y que en ese caso la autoridad de Dios, estaba por encima de la de los gobiernos.
Por causa de ese debate los anabaptistas de Nicolsburgo se dividieron entre los partidarios de Hut a los que llamaron "los de la espada" y los más pacifistas partidarios de Hubmaier que fueron llamados "los del cayado". Estos últimos además de defender un pacifismo radical e indefenso, empezaron a predicar que era necesario compartirlo todo en comunidad de bienes.
Decían por ejemplo que si un noble se convertía y se bautizaba debía renunciar a sus títulos y poner sus tierras en común con los demás hermanos. La división continuó, aunque pronto los partidarios del pacifismo ganaron terreno y los demás se disiparon.
En el mismo año que pronosticaba el fin, Hut fue arrestado y muerto en Augsburgo. Poco después Hubmaier también fue arrestado y conducido a Viena, donde sufrió quemado en la hoguera. Su mujer fue ahogada pocos días después, tal como lo habían hecho con Félix Manz. La persecución llegó también a Moravia y Austria, muchos murieron quemados, torturados y todos los demás líderes anabaptistas estaban bajo orden de busca y captura. Aún así, en ese mismo año celebraron en un pequeño pueblo de las montañas llamado Schleitheim, una importante reunión de donde salió una de sus constituciones religiosas más importante, que refleja el pensar y las creencias fundamentales de los anabaptistas.
Liderado para ese entonces por Miguel Sattler, se redactaron el llamado Acuerdo de Schleitheim, con los siete principales artículos de Fe anabaptista. En los siete Artículos de Schleitheim, se definen con claridad los conceptos y doctrinas base del movimiento. El bautismo, por ejemplo, solo debe ser administrado a los pecadores penitentes y creyentes, la Cena solo tiene un valor conmemorativo y los fieles deberán separarse de la Iglesia Católica Romana y de la Iglesia Reformada.
En algunos de estos puntos se observa claramente la influencia valdense, la que curiosamente otros valdenses abandonaron para unirse a los preceptos del protestantismo conservador. Pero la situación en Suiza no mejoró, pues se sabe que poco después el propio Miguel Sattler, sufrió en sus carnes la dureza de la persecución e intolerancia de Zuinglio.Ulrico Zuinglio, enloquecido por su propio éxito, viendo la facilidad con la que aplastaba a los disidentes anabaptistas que le estorbaban en sus pretensiones, quiso convertir a toda Suiza a la fuerza, y aplastar con la misma facilidad a los católicos que se resistían a abandonar a su iglesia, por ello lanzó a sus partidarios a la guerra contra los cantones católicos. El enfrentamiento que se produjo en la batalla de Kappel en 1531, se saldó con el triunfo católico y la muerte de propio Zuinglio.
Así, pese a la dureza de la persecución dirigida por Zuinglio, el movimiento Anabaptista, no había desaparecido, hubo una conexión directa entre los anabaptistas de Zurich, Austria y Bohemia con otros movimientos afines, en Alemania y Holanda. De ello se encargaría un reformista holandés, llamado Melchor Hoffman.
¿Y usted qué opina?
sábado, 31 de octubre de 2009
Hace 492 años: Las 95 tesis de Lutero
Bajo la idea que por la adquisición de una indulgencia se evitaba la consecuencia del pecado, en el infierno o el purgatorio, muchas riquezas llegaron a la iglesia de Roma, generando un tráfico corrupto. Lutero siendo monje leyó un texto de la Biblia, Romanos 1: 17 donde decía "El justo por la fe vivirá", y de allí empezó a ver innecesario el pago de indulgencias para la salvación.
En aquellos días solo los sacerdotes podían leer la Biblia, la cual se mantenía oculta del pueblo al estar en latín. ´Podemos sospechar que la razón de mantener prohibida la lectura de la Biblia estaba ligada a las múltiples interpretaciones que se pueden dar a una obra compuesta por 66 libros, escritos por muchas personas y con diferentes ideas y propósitos religiosos y políticos. La lectura libre daría origen a varias conclusiones, y por eso hay cientos de sectas cristianas que afirman que toda su doctrina viene de la Biblia.
Lutero retó la hegemonía de la ICAR con la publicación de sus 95 tesis el 31 de octubre de 1517, en donde no solo cuestionó la doctrina de las indulgencias, sino también la supremacía del Papa, y la naturaleza de la penitencia.
Sin embargo, la cerrazón mental propia de todas las religiones no fue ajena a Lutero. El reformador se mostró adverso a las evidencias al igual que los católicos. Lutero rechazó con fuerza las ideas de Copérnico, de que la Tierra giraba alrededor del Sol, porque así lo decía la Escritura.
"La gente presta oídos a un astrólogo revoltoso que se afana por demostrar que es la Tierra la que gira, no los cielos o el firmamento, el Sol o la Luna. Quien aspire a pasar por inteligente ha de inventar algún sistema nuevo que, naturalmente, sea el mejor de todos los sistemas. El necio pretende subvertir toda la ciencia astronómica, pero las Sagradas Escrituras nos dicen que Josué ordenó al Sol, y no a la Tierra, que detuviera su marcha."
Y Lutero no mentía sobre lo que decía la Biblia. De hecho Lutero tradujo la Biblia al alemán en 1534. El reformador también fue muy claro al revelar la naturaleza irracional de la religión cuando dijo:
"La razón es la mayor enemiga de la fe. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a su razón." y "La fe debe sofocar toda razón, sentido común y entendimiento."
Otro aspecto negativo del padre del protestantismo fue su antisemitismo, que en un futuro Hitler también adoptaría. Lutero escribió un libro titulado "Sobre el Judio y sus Mentiras", publicado en 1543:
"Ya me he convencido de no escribir mas sobre los judíos o en contra de ellos. Pero desde que me entere de que aquellos miserables y malditos no cesan de ser un engaño para ellos mismos y para nosotros los cristianos. Yo he publicado este pequeño libro para que yo pueda ser encontrado entre aquellos que se oponen a las actividades ponzoñosas de los judíos y como alguien que advierte a los cristianos para que no baje la guardia contra ellos."
"Yo no creo que un cristiano pueda ser engañado por los judíos a tomar su exilio y miseria para si mismo. Pero el diablo es el dios del mundo, y donde sea que la palabra de Dios este ausente el tiene una tarea fácil no solamente con los débiles sino también con los fuertes. Que Dios nos ayude. Amen"
"Yo no creo que un cristiano pueda ser engañado por los judíos a tomar su exilio y miseria para si mismo. Pero el diablo es el dios del mundo, y donde sea que la palabra de Dios este ausente el tiene una tarea fácil no solamente con los débiles sino también con los fuertes. Que Dios nos ayude. Amen"
También llegó a afirmar: “Yo les sacaría la lengua de la garganta. Los judíos, en una palabra, no deben ser tolerados”.
También su opinión sobre el estatus de la mujer es muy bíblico y cristiano:
"Tengan sus hijos y hagan como puedan; si mueren, benditas sean, porque seguramente mueren en medio de una noble labor y de acuerdo a la voluntad de Dios... Así ven ustedes cómo son débiles y poco saludables las mujeres estériles; aquéllas bendecidas con muchos niños son más saludables, limpias y alegres. Pero si eventualmente se agotan y mueren, no importa. Que mueran dando a luz, que para eso están."
Me parece sumamente parcializada la imagen que me fue dada de Lutero cuando fui adventista. Toda la información válida sobre Lutero provenía de los capitulos 7, 8, 10, 11 del libro "El Conflicto de los Siglos" de la señora Elena G. de White. En este dice de Lutero:
"El más distinguido de todos los que fueron llamados a guiar a la iglesia de las tinieblas del papado a la luz de una fe más pura, fue Martín Lutero. Celoso, ardiente y abnegado, sin más temor que el temor de Dios y sin reconocer otro fundamento de la fe religiosa que el de las Santas Escrituras, fue Lutero el hombre de su época. Por su medio realizó Dios una gran obra para reformar a la iglesia e iluminar al mundo."
No hay en esta "inspirada obra" ni una mención del caracter agrio del reformador, ni de su machismo, antisemitismo, y su literalidad bíblica que lo llevó a ser un decidido geocentrista.
Para los protestantes Lutero fue un gran reformador guíado por Dios contra la errónea iglesia católica dando pasos graduales para restaurar la verdad -que desemboca en su respectiva secta, sea adventista, evangélica, presbiteriana, metodista, etc- Ahora me pregunto, ¿no le quedaría más fácil a Dios dar directamente su doctrina a todo el mundo de forma audible y sin lugar a tergiversaciones o malos entendidos?
Hoy, 492 años después de las 95 tesis, la idea de la literalidad bíblica sigue haciendo estragos, y aunque ya no se opone al heliocentrismo como lo hicieron Lutero y Calvino, se opone a la Biología evolutiva en muchas iglesias fundamentalistas.
Sin embargo, algo bueno quedó de la obra de Lutero. Dividió a la ICAR haciendo más fácil el posterior surgimiento de la Ilustración. El libre examen que promulgó Lutero hacía la Biblia, permitió la investigación libre en los países protestantes en el norte de Europa, y permitieron el desarrollo de la ciencia.
¿Y usted qué opina?
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