COMO todo el mundo sabe, la documentación de tipo fotográfico jugó siempre un papel de primer orden en el método de trabajo de Antonio Hernández Palacios. Aficionado a la Historia, puntilloso, perfeccionista y especializado en realizar trabajos ambientados en épocas históricas pasadas y muy concretas, el autor madrileño acostumbraba a documentarse ampliamente para conseguir esas ambientaciones y puestas en escenas tan sólidas que caracterizan todos sus álbumes. También el cine —fotografía a la postre, aunque en movimiento— fue una fuente de documentación significativa para él, y creo tener localizadas varias películas (Misión de audaces, Major Dundee, etc.) que sirvieron claramente de inspiración al artista, especialmente en alguno de sus trabajos menos personales (pienso, básicamente, en la serie Mac Coy), pero no sólo en ellos (como señalé, al hablar de su adaptación de Les chants de Maldoror, en esta entrada). No olvidemos, por último, que se trataba de un dibujante caracterizado por su estilo hiperrealista y que siempre otorgó una gran importancia a los primeros planos como recurso narrativo (era plenamente consciente de que le salían bordados), en cuyo caso la base fotográfica resulta siempre de gran ayuda. Bastaría recordar aquí que fue la fisonomía de Robert Redford la que Hernández Palacios tomó como base de referencia para su creación del militar norteamericano, y que en la serie de Mac Coy aparecen numerosísimos primeros planos del protagonista, que se ven tomados directamente de una fotografía.
Pero fíjense ustedes. Lo que, sin embargo, yo no había certificado nunca hasta el momento es la utilización de un cuadro concreto como base documental específica dentro de alguno de los muchos álbumes que dibujó el maestro madrileño (o, al menos, ya no lo recuerdo). Y ni por asomo podía imaginarme yo que iba a ser en la ciudad de Berlín —adonde me encuentro en estos días y desde la que envío estas líneas— donde habría de toparme con una obra de arte que no sólo me traería el recuerdo de mi admirado Hernández Palacios, sino que certificaría por vez primera esa inspiración de base pictórica. ¡Quién me iba a decir a mí que sería en esta fría, culta y cosmopolita ciudad septentrional de Europa donde descubriría la fuente gráfica en que bebió el maestro madrileño para dibujar una de las más hermosas, impactantes y evocadoras composiciones que salieron de su talentosa imaginación! Me estoy refiriendo a esa soberbia viñeta panorámica con la que se abre el álbum Las Cortes de León, segundo de la serie El Cid, que tanta falta haría reeditar. Esa viñeta que, ocupando todo el ancho de la página, nos muestra a las victoriosas huestes castellanoleonesas volviendo a la capital regia, tristes y silenciosas, tras la luctuosa campaña dirigida contra el reino de Aragón, en cuya batalla decisiva —la de Graus— iba a perder la vida el tío del infante don Sancho y hermano del rey-emperador Fernando I. Una viñeta que la mayoría de ustedes tendrán grabada en su memoria, si conocen bien la obra de Palacios, o que recordarán de inmediato en cuanto vean la imagen que pongo de ella a continuación. Hela aquí:
Una imagen conocidísima del personaje tebeístico al lado de su modelo original.
Observen que el dibujante ha respetado, incluso, la diferencia de tonalidad entre el pelo y el bigote
Pero fíjense ustedes. Lo que, sin embargo, yo no había certificado nunca hasta el momento es la utilización de un cuadro concreto como base documental específica dentro de alguno de los muchos álbumes que dibujó el maestro madrileño (o, al menos, ya no lo recuerdo). Y ni por asomo podía imaginarme yo que iba a ser en la ciudad de Berlín —adonde me encuentro en estos días y desde la que envío estas líneas— donde habría de toparme con una obra de arte que no sólo me traería el recuerdo de mi admirado Hernández Palacios, sino que certificaría por vez primera esa inspiración de base pictórica. ¡Quién me iba a decir a mí que sería en esta fría, culta y cosmopolita ciudad septentrional de Europa donde descubriría la fuente gráfica en que bebió el maestro madrileño para dibujar una de las más hermosas, impactantes y evocadoras composiciones que salieron de su talentosa imaginación! Me estoy refiriendo a esa soberbia viñeta panorámica con la que se abre el álbum Las Cortes de León, segundo de la serie El Cid, que tanta falta haría reeditar. Esa viñeta que, ocupando todo el ancho de la página, nos muestra a las victoriosas huestes castellanoleonesas volviendo a la capital regia, tristes y silenciosas, tras la luctuosa campaña dirigida contra el reino de Aragón, en cuya batalla decisiva —la de Graus— iba a perder la vida el tío del infante don Sancho y hermano del rey-emperador Fernando I. Una viñeta que la mayoría de ustedes tendrán grabada en su memoria, si conocen bien la obra de Palacios, o que recordarán de inmediato en cuanto vean la imagen que pongo de ella a continuación. Hela aquí:
Y es que verán ustedes: andábamos, mi hermano Mime y yo, visitando la Alte Nationalgalerie —noble museo en el que puede encontrarse pintura y escultura de los siglos XVIII y XIX (entre otros, algunas obras de Friedrich, Schinkel y Böcklin)—, cuando en uno de los pasillos que comunican dos zonas de la segunda planta nos hemos topado con un lienzo que nos ha dejado súbitamente impactados, pues identificamos su contenido como algo que ya conocíamos, aunque sin haberlo visto nunca antes. Se trata del lienzo titulado Heimkehrender Tiroler Landsturm im Krieg von 1809; o, lo que es igual en román paladino: Las milicias tirolesas volviendo a casa en la guerra de 1809. El cuadro fue realizado en 1876 por el pintor austríaco Franz von Defregger, un artista bastante convencional al que podemos adscribir dentro del Romanticismo costumbrista. Defregger se especializó en temas relacionados con su Tirol natal —escenas campesinas, retratos de tipos populares, composiciones de corte histórico, etc.— que hicieron de él un autor muy reconocido en la época, pero al que hoy día apenas se le presta atención. Pues bien, imagínense cuál ha sido nuestra sorpresa al comprobar que en este pintor tan desconocido se basó Hernández Palacios para componer la viñeta que acabo de mostrarles arriba. Y si no me creen, verifíquenlo ustedes mismos:
Comparen; comparen y vean cómo el maestro madrileño realizó aquí una fidelísima transcripción gráfica de la obra original. Aunque, lógicamente, introduciendo las adaptaciones necesarias para convertir en una escena plenomedieval lo que, en origen, no era sino una composición con personajes del siglo XIX. Para empezar ha eliminado al dicharachero tirolés que va danzando en segundo plano, situación que no cuadraba demasiado con lo que Palacios quería expresar en su viñeta (el regreso de las apenadas mesnadas castellanoleonesas, recién enfrentadas con otros cristianos). Pero si dejamos a un lado a este individuo y obviamos la falta de banderas ondeando al viento, comprobaremos que el dibujante madrileño transcribió, al pie de la letra, la composición creada por Defregger: casi el mismo número de personajes en actitudes prácticamente calcadas, las mismas ventanas, idénticas terrazas... Se ha reducido un tanto la profundidad de campo del plano, recortando por arriba una buena parte de los edificios que se ven en el cuadro original y cerrando la calle, al fondo, con esa construcción de tosco aparejo coloreada en color violeta. Es decir: Hernández Palacios da menos información que el pintor alemán. Asimismo, se han cambiado algunos elementos, además de los estrictamente ambientales: hay hombres transformados en mujeres, niños en niñas y viceversa, etc.; pero lo que se conserva es mucho más y, sobre todo, bastante significativo. Fijémonos, por ejemplo, en el caso del perro (en primer plano, a la derecha), en el de la niña que, a la izquierda de ambas obras, lleva entre las manos una especie de hatillo o de envoltorio de tela, o en el de la criatura que, detrás de la anterior y sentada en una barandilla, lleva cruzado, a modo de bandolera, otro hatillo (elementos ambos conservados por el dibujante madrileño). En fin, Serafín.
Además de la satisfacción personal que, como gran aficionado a Hernández Palacios, puede producirme el haber encontrado esta referencia documental, lo que más valoro de ello es que nos ayuda a comprender un poco mejor el modo en que pensaba y trabajaba el maestro madrileño. Por otra parte, hay que reconocer también que es un testimonio del amplio conocimiento que éste tenía sobre la Historia de la pintura y, más en concreto, sobre aquellos movimientos que, como aquél al que perteneció Defregger —romántico, costumbrista, historicista— produjeron obras muy útiles para servir como documentación a un dibujante de historieta. Es decir: sabía dónde escoger.
Que ustedes lo pasen bien. Nos vemos (o, mejor dicho, nos leemos) a la vuelta.