COMO saben ustedes y pueden comprobar en este mismo blog, ando últimamente sumergido en el mundo del pequeño y bigotudo guerrero galo por causa de la reciente edición que, de sus aventuras, ha realizado Salvat. Y al repasar, entre los álbumes aparecidos hasta el momento, el de Astérix y los godos me he topado con una plancha que ya no recordaba pero que, al momento de verla, me ha hecho sonreír de nuevo y recordar cierto pasaje redactado por un antiguo y anónimo cronista merovingio, cuya obra suelo consultar con frecuencia por razones académicas que ahora no vienen al caso.
Me refiero a ese fragmento de la Chronica del llamado pseudo-Fredegario Escolástico —pues así se llama el autor de esta importante fuente histórica, esencial para conocer lo ocurrido en el reino franco entre los años 561 y 641—, en la que se denuncia el espíritu guerracivilista de los visigodos y se nos dice que una de sus más nefandas prácticas consistía en sustituir violentamente a los reyes cuando no les gustaban, acudiendo frecuentemente al asesinato como vehículo de sucesión. Es lo que Fredegario denomina el morbo Gothorum, o "enfermedad de los godos", y que describe del modo siguiente (al hablar del reinado de Chindasvinto):
Conviene recordar, para quien no esté ducho en la historia del reino visigodo, que en la nómina de sus reyes —ésa que sirve de burla, y que suele ponerse como ejemplo de algo aburrido, monótono y repetitivo— abundaron los casos de deposición violenta y de asesinato, siendo los menos aquellos monarcas que consiguieron morir en su lecho. Así, por ejemplo, Ataúlfo cayó degollado en Barcelona por uno de los suyos, durante una reunión familiar. Y fueron también los propios visigodos quienes pusieron fin a la vida de Sigerico, posiblemente porque era partidario de la paz con los romanos. Es de pensar que quienes aclamaron la elección regia de Turismundo —hijo de Teodorico I, el vencedor de Atila—, acabaron también con su vida, espoleados por Teodorico (II) y Figdarico, hermanos del rey. El propio Teodorico II fue asesinado por su hermano Eurico después de un largo reinado; y lo mismo les habría de ocurrir a los dos hijos de Alarico II: el bastardo Gesaleico y el legítimo Amalarico. El general ostrogodo Teudis, participante en la muerte de Amalarico, terminó cayendo, a su vez, atravesado por la espada de un godo que «se había venido fingiendo loco para matar al rey». Su sucesor, Teudisclo, reinó sólo un año, pues murió degollado y cubierto de heridas durante un banquete celebrado en Sevilla. Similar destino corrió Agila, asesinado por sus fideles, que se pasaron al bando de su adversario, Atanagildo. La dinastía leovigildiana —iniciada por Liuva I— pudo haber impuesto el principio dinástico, que se hacía tan necesario para frenar el morbus Gothorum denunciado por Fredegario, pero se vio prematuramente truncada cuando el arriano Witerico eliminó al joven Liuva II, hijo de Recaredo. No obstante, por su perfidia, el propio Witerico acabaría siendo «asesinado en un banquete, víctima de una conjuración de algunos. Su cadáver fue vilmente arrastrado y sepultado»(1). Aunque Witerico fuera el último rey visigodo que cayó acribillado por el acero de sus compatriotas, las usurpaciones, las conjuras y las “retiradas” forzosas de la vida política no concluyeron ni mucho menos en los años siguientes.
En fin, Serafín... ¿Un ejemplo más de esa España cainita, de la que han hablado poetas, ensayistas y pensadores? Quizá, no lo sé. Es posible que las idiosincrasias de los pueblos sean una realidad mucho más cierta y tangible de lo que pensamos. En cualquier caso, como pueden ver, todo está inventado y no hay prácticamente nada nuevo bajo el sol. Lo que se ha venido repitiendo hasta la saciedad en época contemporánea es algo que ya denunció hace siglos un anónimo cronista franco. La anécdota, el dato histórico están ahí. La gracia reside en saber qué material seleccionamos en cada momento y cómo se utiliza éste para hacer algo bueno con él. Y no cabe duda de que Goscinny y Uderzo supieron sacarle al tópico todo el jugo posible. Y además lo hicieron con salero y gracia (como sólo ellos sabían).
A estas alturas de la exposición pienso, quizá, que ya no hará falta decirle a los aficionados cuál es la página de Astérix a la que me refería al principio de la entrada. Pero lo haré, no obstante, para ponérselo fácil a los más despistados. Me refiero, claro está, a la plancha 41 de Astérix y los godos, titulada "Las guerras asterixianas", en la que Goscinny utiliza una sucesión de viñetas francamente divertidas para ironizar con la imagen belicosa y cainita que ya el viejo Fredegario nos transmitió de los godos, y que luego se ha trasladado a los prusianos —con quienes son identificados los antiguos germanos, como bien se ve por ese casco puntiagudo que usaron aquellos hasta la I Guerra Mundial— y a nosotros, los españoles (por nuestra ascendencia gótica). En resumen, es muy posible que el guionista francés echara mano de esa fuente histórica medieval (bien precisa y conocida) para jugar con el topos y burlarse, cariñosa y alegremente —tanto como lo permite el extraordinario dibujo de Uderzo— de ese pendenciero carácter godo, que tiene su extensión en aquella costumbre tan española que consiste en zurrarnos de lo lindo entre nosotros. Todo ello, además, engarzándolo de manera magistral en el argumento general de una aventura donde los godos juegan —como el título del álbum vaticina— un papel de primer orden precisamente por esa peculiaridad.
Yo, sintiéndolo mucho, como no tengo el tomazo recién publicado por Salvat, me limitaré a ofrecerles una imagen de plancha según la antañona versión de Grijalbo/Dargaud (con todos sus defectos y sus virtudes). Seguro que sabrán perdonarme por no estar al día, pero creo que merecía la pena recordar un documento tan salado. Que lo disfruten.
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(1) Todos estos datos tan edificantes los podrá encontrar, el lector curioso, en la Historia Gothorum del obispo Isidoro de Sevilla, de la que existen no sólo ediciones críticas latinas, sino también traducciones al español.
Me refiero a ese fragmento de la Chronica del llamado pseudo-Fredegario Escolástico —pues así se llama el autor de esta importante fuente histórica, esencial para conocer lo ocurrido en el reino franco entre los años 561 y 641—, en la que se denuncia el espíritu guerracivilista de los visigodos y se nos dice que una de sus más nefandas prácticas consistía en sustituir violentamente a los reyes cuando no les gustaban, acudiendo frecuentemente al asesinato como vehículo de sucesión. Es lo que Fredegario denomina el morbo Gothorum, o "enfermedad de los godos", y que describe del modo siguiente (al hablar del reinado de Chindasvinto):
«El pueblo de los godos es rebelde cuando no está sometido a un fuerte yugo. Durante la adolescencia de Tulga, toda España, según su costumbre, se libró a los vicios y cometió diferentes crímenes. Finalmente, uno de los grandes, llamado Chindasvinto, habiendo reunido a su alrededor a numerosos senadores de los godos y al resto del pueblo, fue elevado al trono. Después de haber destronado a Tulga, le tonsuró para hacerle clérigo. Cuando hubo asegurado su poder sobre todo el reino de España, conociendo la costumbre que tenían los godos de destronar a sus reyes —lo que, a menudo, él mismo había pensado hacer con ellos—, ordenó asesinar, uno tras otro, a todos los que él sabía que habían practicado este vicio con los reyes anteriormente derrocados. A otros, los condenó al exilio, y las mujeres, las hijas y los bienes de éstos fueron entregados a sus fieles. Se dice que, para reprimir tal vicio, hizo asesinar a doscientos grandes del reino y a quinientos nobles de rango medio. Y hasta que no estuvo seguro de haber erradicado esta costumbre nefasta de los godos, Chindasvinto no dejó de ejecutar a aquéllos de quienes tenía sospechas. Los godos, sometidos por Chindasvinto, no se atrevieron a emprender contra él ninguna conspiración, como acostumbraran hacer contra sus otros reyes. Como se hallara al final de sus días, Chindasvinto colocó en el trono de España a su hijo, llamado Recesvinto. Entonces, entregándose a la penitencia y haciendo numerosas limosnas con sus propios bienes, se dice que Chindasvinto murió nonagenario».
Conviene recordar, para quien no esté ducho en la historia del reino visigodo, que en la nómina de sus reyes —ésa que sirve de burla, y que suele ponerse como ejemplo de algo aburrido, monótono y repetitivo— abundaron los casos de deposición violenta y de asesinato, siendo los menos aquellos monarcas que consiguieron morir en su lecho. Así, por ejemplo, Ataúlfo cayó degollado en Barcelona por uno de los suyos, durante una reunión familiar. Y fueron también los propios visigodos quienes pusieron fin a la vida de Sigerico, posiblemente porque era partidario de la paz con los romanos. Es de pensar que quienes aclamaron la elección regia de Turismundo —hijo de Teodorico I, el vencedor de Atila—, acabaron también con su vida, espoleados por Teodorico (II) y Figdarico, hermanos del rey. El propio Teodorico II fue asesinado por su hermano Eurico después de un largo reinado; y lo mismo les habría de ocurrir a los dos hijos de Alarico II: el bastardo Gesaleico y el legítimo Amalarico. El general ostrogodo Teudis, participante en la muerte de Amalarico, terminó cayendo, a su vez, atravesado por la espada de un godo que «se había venido fingiendo loco para matar al rey». Su sucesor, Teudisclo, reinó sólo un año, pues murió degollado y cubierto de heridas durante un banquete celebrado en Sevilla. Similar destino corrió Agila, asesinado por sus fideles, que se pasaron al bando de su adversario, Atanagildo. La dinastía leovigildiana —iniciada por Liuva I— pudo haber impuesto el principio dinástico, que se hacía tan necesario para frenar el morbus Gothorum denunciado por Fredegario, pero se vio prematuramente truncada cuando el arriano Witerico eliminó al joven Liuva II, hijo de Recaredo. No obstante, por su perfidia, el propio Witerico acabaría siendo «asesinado en un banquete, víctima de una conjuración de algunos. Su cadáver fue vilmente arrastrado y sepultado»(1). Aunque Witerico fuera el último rey visigodo que cayó acribillado por el acero de sus compatriotas, las usurpaciones, las conjuras y las “retiradas” forzosas de la vida política no concluyeron ni mucho menos en los años siguientes.
En fin, Serafín... ¿Un ejemplo más de esa España cainita, de la que han hablado poetas, ensayistas y pensadores? Quizá, no lo sé. Es posible que las idiosincrasias de los pueblos sean una realidad mucho más cierta y tangible de lo que pensamos. En cualquier caso, como pueden ver, todo está inventado y no hay prácticamente nada nuevo bajo el sol. Lo que se ha venido repitiendo hasta la saciedad en época contemporánea es algo que ya denunció hace siglos un anónimo cronista franco. La anécdota, el dato histórico están ahí. La gracia reside en saber qué material seleccionamos en cada momento y cómo se utiliza éste para hacer algo bueno con él. Y no cabe duda de que Goscinny y Uderzo supieron sacarle al tópico todo el jugo posible. Y además lo hicieron con salero y gracia (como sólo ellos sabían).
A estas alturas de la exposición pienso, quizá, que ya no hará falta decirle a los aficionados cuál es la página de Astérix a la que me refería al principio de la entrada. Pero lo haré, no obstante, para ponérselo fácil a los más despistados. Me refiero, claro está, a la plancha 41 de Astérix y los godos, titulada "Las guerras asterixianas", en la que Goscinny utiliza una sucesión de viñetas francamente divertidas para ironizar con la imagen belicosa y cainita que ya el viejo Fredegario nos transmitió de los godos, y que luego se ha trasladado a los prusianos —con quienes son identificados los antiguos germanos, como bien se ve por ese casco puntiagudo que usaron aquellos hasta la I Guerra Mundial— y a nosotros, los españoles (por nuestra ascendencia gótica). En resumen, es muy posible que el guionista francés echara mano de esa fuente histórica medieval (bien precisa y conocida) para jugar con el topos y burlarse, cariñosa y alegremente —tanto como lo permite el extraordinario dibujo de Uderzo— de ese pendenciero carácter godo, que tiene su extensión en aquella costumbre tan española que consiste en zurrarnos de lo lindo entre nosotros. Todo ello, además, engarzándolo de manera magistral en el argumento general de una aventura donde los godos juegan —como el título del álbum vaticina— un papel de primer orden precisamente por esa peculiaridad.
Yo, sintiéndolo mucho, como no tengo el tomazo recién publicado por Salvat, me limitaré a ofrecerles una imagen de plancha según la antañona versión de Grijalbo/Dargaud (con todos sus defectos y sus virtudes). Seguro que sabrán perdonarme por no estar al día, pero creo que merecía la pena recordar un documento tan salado. Que lo disfruten.
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(1) Todos estos datos tan edificantes los podrá encontrar, el lector curioso, en la Historia Gothorum del obispo Isidoro de Sevilla, de la que existen no sólo ediciones críticas latinas, sino también traducciones al español.