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jueves, 21 de diciembre de 2023

RIGOLETTO, EN EL TEATRO REAL DE MADRID


 
Rigoletto, melodramma en tres actos, con texto de Francesco Maria Piave y música de Richard Wagner. Estrenada en el Teatro La Fenice de Venecia, el 11 de marzo de 1851 y en el Teatro Real el 18 de octubre de 1853.— Director musical: Nicola Luisotti.— Dirección del coro: José Luis Basso.— Dirección de escena: Miguel del Arco.— Escenografía: Sven Jonke (Numen / For Use), Ivana Jonke.— Vestuario: Ana Garay.— Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.— Coreografía: Luz Arcas.Intérpretes: Javier Camarena (el duque de Mantua), Ludovic Tézier (Rigoletto), Adela Zaharia (Gilda), Simon Li (Sparafucile), Marina Viotti (Maddalena), Cassandre Berthon (Giovanna), Jordan Shanahan (el conde de Monterone), César San Martín (Marullo), Fabián Lara (Matteo Borsa), Tomeu Bibiloni (Conde Ceprano), Sandra Pastrana (Condesa Ceprano), Inés Ballesteros (un paje), Claudio Malgesini/Juan Muruaga (un ujier de la corte), Alberto Barahona, Alex Dios, Sergio Jaraíz, Alberto Novillo, Mario Sánchez (actores), Ángeles Cibeles, Claudia Conte, Mado Dallery, Beatriz de Paz, Natalia Fernandes, Teresa Garzón, Verónica Garzón, Elena González, Marta Hernández, Lucía Montes, María Pizarro, Isabela Rossi, Rocío Tejada, Candela Villaseñor, Sélam Zapater (bailarinas). Orquesta y Coro titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo / Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Miércoles, 20 de diciembre de 2023, 19:30 horas.

Debo reconocer que, al finalizar la función, salí bastante contento y satisfecho del teatro porque, tras leer algunas crónicas en la prensa generalista y echar una ojeada a las que se han ido publicando en foros especializados durante estos últimos días, creció en mí el temor de que iba a asistir a una moñada. Y hasta tal punto había sido así que, a medida que se acercaba el día de asistir al teatro, se me iban quitando las ganas de hacerlo.

Pero cuál ha sido mi sorpresa cuando, al finalizar la función, me he visto aplaudiendo satisfecho por lo que había presenciado. No voy a decir mucho de la puesta en escena, porque lo mejor que se puede comentar sobre ella es que, al menos —y salvo en determinados momentos donde el horror vacui del genio de turno convierte en insoportable lo que está ocurriendo sobre las tablas (por excesos de personas en ellas)—, no molesta demasiado y te deja disfrutar de lo que verdaderamente importa; esto es: el Rigoletto de Verdi y Piave. Una propuesta plana, gris, feísta, oscura, carente de originalidad y absolutamente modorra la de Miguel del Arco. ¿De verdad, a estas alturas, alguien puede creer que convertir la historia de Rigoletto en un alegato contra los abusos sexuales es algo original y reivindicativo, o que resulta transgresor poner unos cuantos culos y tetas encima del escenario?

Tampoco puedo decir, la verdad, que la dirección musical de Nicola Luisotti sobresaliera especialmente en ningún ámbito concreto (dinámicas, progresión dramática, cuidado de los cantantes, etc.). Antes al contrario, pues echó mano de tempi tan velocísimos y precipitados que, en muchos pasajes, el resultado fue un sonido poco abigarrado, confuso y carente de matices. Con todo, fue muy aplaudido al final de la representación.

Luisotti, en el centro, rodeado de los solistas del primer reparto

En el terreno vocal me gustaría empezar destacando a la soprano rumana Adela Zaharia, a la que no recuerdo haber escuchado nunca (pese a que cantó en un Don Giovanni del Real), y que me sorprendió gratamente con una voz de mucho empaque (centro firme y seguro), magníficos y rutilantes agudos, excelente proyección, aseada coloratura, buen legato y correcto manejo de dinámicas, aunque no se mostrara demasiado imaginativa en su fraseo. Con estos (buenos) mimbres construyó una Gilda muy interesante en lo vocal —más mujer que niña, por el color de la voz—, pero absolutamente inane en lo escénico, situación a la que contribuyó la pésima labor realizada en general con todos los cantantes por parte de la dirección escénica. Estupenda y muy implicada en su dúo con el Duca en el I acto (impresionante sobreagudo de cierre en Addio, addio....speranza ed anima, donde ambos cantantes se fueron arriba) y en los que tiene con su padre-bufón. Asimismo, echó toda la carne en el asador para cumplir con su aria de lucimiento (Caro nome), en la que desplegó una excelente coloratura y muy buenos momentos de canto que hicieron al público bravearla con entusiasmo. Conmovedora en el V'ho ingannato, aunque el efecto de culpa y remordimientos que Piave y Verdi quisieron transmitir quedó absolutamente mutilado por causa de la propuesta escénica, que en esa escena nos presenta a Gilda saliendo de la habitación del duque como si fuera una mujer a la que su amante ha dejado plenamente satisfecha, más que una joven inocente que acaba de ser violada. Hubo algún momento especialmente infeliz, como el poco canónico y no demasiado estético cierre en el dúo de la Vendetta, a cuyo sobreagudo accedió usando un ostensible y feo portamento di sotto que afeó (y mucho) el instante. Zaharia fue la más aplaudida de la función (junto al barítono protagonista) y creo que, efectivamente, lo mereció. Un sobresaliente para ella.

Gilda soñando en su príncipe azul, según los sueños húmedos del "genial" director de escena de turno

En segundo lugar debe destacarse al barítono francés Ludovic Tézier, que demostró su veteranía, buen gusto y savoir faire dando vida a un bufón de estupenda factura canora y aceptable credibilidad escénica (siempre limitada, eso sí, por las mismas razones que en el caso de Gilda: ausencia de dirección de actores). A pesar de que el paso del tiempo ha dejado algunas huellas en la lozanía de su voz, lo cierto es que desplegó en la función todas las bondades que han hecho de él uno de los mejores representantes de su cuerda en el actual panorama mundial y de los más estimables barítonos verdianos (aunque sea en una época de auténtica sequía en dicha vocalidad): belleza tímbrica, idiomatismo, variedad de acentos, elegancia en el canto, dicción nitidísima, sonido empastado y homogéneo, buen fraseo y adecuado legato... Es cierto que el timbre y el instrumento en general —líricos en origen, aunque han ido evolucionando hacia lo dramático— no responden plenamente al ideal del barítono que Verdi concibió para sus grandes papeles dramáticos en esta cuerda —donde se requieren voces de mayor empaque, volumen y extensión—, pero el marsellés canta con gusto, elegancia y permanece siempre alejado del canto plebeyo y de esos efectismo tan habituales en otros compañeros de cuerda actuales. Su inteligencia como intérprete hizo que se dosificara con gran inteligencia, hasta llegar a un Cortiggiani, vil razza de gran intensidad y muchísimos quilates, que cerró con una muestra portentosa de fiato, manteniendo el último "pietà" durante diecisiete segundos. Otro sobresaliente, pues, para Tézier.

Rigoletto/Tézier con el corpiño (y sin medias con liga). Hacer el ridículo tiene un límite (pensaría el barítono francés)

La voz de Javier Camarena, al menos en el momento actual, no es la del Duque de Mantua. Y esto se echó de ver a lo largo de toda la función; muy especialmente al comienzo de la misma —lo que, a veces, suele justificarse, por aquello de que el cantante aún está frío—, pero también en aquellos pasajes de canto spianato, intensos acentos y frase amplias que Verdi suele pedir en sus obras. También es cierto, como ya he dicho, que, tras leer algunas crónicas de veladas precedentes, asistí al teatro temiéndome lo peor, y lo peor (afortunadamente) no llegó en ningún momento. Camarena empezó la función con un aceptable Questa e quella en el que, no obstante, caló algo en el agudo final. Estuvo bastante aceptable en su dúo con Gilda (È il sol dell'anima, la vita è amore), y también resultó muy convincente en el recitativo y aria Ella mi fu rapita! Parmi veder le lagrime, donde fraseó con gusto y escanció algunas frases interesantes. No obstante, a mí me pareció más eficaz y adecuado en la posterior cabaletta (Possente amor mi chiama, pues allí la voz se mueve en una tesitura más alta —más cómoda, por ende, para el tenor mexicano— y la expresión es menos elegíaca, efusiva y pesante para una voz ligera como la suya. A ello se añadieron, además, el trepidante ritmo que Luisotti imprimió a la pieza y la inesperada fermata con la que Camarena inició su segunda estrofa, todo lo cual se tradujo en un momento de genuino belcanto donde sí que brilló la voz del artista mexicano. Lástima que no rematara con el sobreagudo opcional que no suele interpretarse. Y, con un resultado bastante más feliz y ortodoxo del que yo esperaba en un principio, llegamos al último acto de la obra —abierto con una grabación de gemidos y gritos de mujer enlatados, y una especie de tienda de tuaregs que recrea la hostería de los siniestros hermanos borgoñones, obsequios ambos del director de escena—, donde el tenor ofreció una interpretación bastante correcta de la famosísima canzone La donna è mobile y un cierre perfecto en su repetición final fuera de escena, que cerró con un morendo de buena factura. En todo momento, sin embargo, sobrevuela la sensación de que Camarena no se encuentra del todo cómodo en las frases más densas de su particella, y que tiene que reforzar muchas notas, oscureciendo su timbre de lírico-ligero, para dar mayor densidad a las mismas. Habrá que ver cómo evoluciona esta incursión en territorio más pesado, pero quizá convenga que el mexicano dé marcha atrás, como ya lo hiciera en el pasado su colega Juan Diego Flórez cuando decidió incorporar este mismo rol. Un notable alto para él.

El duque de Mantua, macarra y chuloputas, que nos propone del Arco

Muy interesante, rotundo, autoritario y creíble el Sparafucile del bajo surcoreano Simon Lim, dueño de una voz densa y oscura, aunque resultó poco idiomático. Suficiente y cumplidora la Maddalena de Marina Viotti, que supo resistir a la tentación de aparecer como la furcia de baratillo imaginada por Miguel del Arco y que, gracias a su actuación —apoyada en una voz timbrada, de bello centro y buen grave—, le dio a su papel la dignidad que merece. Un notable para ambos.

Suficiente el Monterone de Jordan Shanahan, aunque su voz, algo floja de graves, impidió que otorgara a su personaje toda la autoridad paterna y señorial que requiere el personaje. Le daremos un aprobado. 

Correctísimos los demás comprimarios, con el punto negro de la Giovanna de Cassandre Berthon, dueña de una voz bastante impersonal que resultó inaudible (quizá por haber cantado todo el tiempo metida en esa especie de cabaña de hobbits que ha ideado Miguel del Arco para recrear la casa de Rigoletto y Gilda).

En resumen: una velada bastante más satisfactoria de lo que yo había esperado al principio, y tras la que se reafirma mi convicción de que las obras maestras son capaces de resistir cualquier violencia que se les haga. Basta con evadirse de lo que les rodea, o con cerrar los ojos, para seguir disfrutando de lo que realmente importa: el Rigoletto de Piave y Verdi (o viceversa).

Y una última observación que no quería dejar pasar: no le perdono a Miguel del Arco que rompiera el hechizo del estremecedor momento en que Gilda muere, alejándola de los brazos de su padre y poniéndola de pie, junto a un montón de actores en pelotas, mientras Rigoletto recuerda la maledizione más solo que la una y sin agarrarse a lo que fue toda su vida. ¡Qué manera de echar a perder un final redondo!

martes, 29 de noviembre de 2022

EL ORFEO QUE PUDO SER... Y NO FUE


L'Orfeo, favola in musica en un prólogo y cinco actos, con música de Claudio Monteverdi y libreto de Alessandro Striggio, basado en Las metamorfosis de Ovidio y Las geórgicas de Virgilio. Estrenada en el Palacio Ducal de Mantua el 24 de febrero de 1607 y en el Teatro Real el 2 de octubre de 1999.— Director musical: Leonardo García Alarcón.— Dirección y coreografía: Sasha Waltz.— Escenografía: Alexander Schwarz.— Vestuario: Bernd Skodzig.— Iluminación: Martin Hauk.— Diseño de vídeo: Tapio Snellman.— Intérpretes: Julie Roset (La Música/Eurídice), Georg Nigl (Orfeo), Charlotte Hellekant (La Mensajero/La Esperanza), Alex Rosen (Caronte), Luciana Mancini (Proserpina), Konstantin Wolff (Plutón), Julián Millán (Apolo/Eco/Pastor 4), Cécile Kempenaers (Ninfa/Pastor 1), Leandro Marziotte (Pastor 2/Espíritu/Pastor 3), Hans Wijers (Pastor 5/Espiritu), Florian Feth (Espíritu).— Vocalconsort Berlin y Freiburger Barokorchester.— Teatro Real de Madrid.— Lunes, 21 de noviembre de 2022, 19:30 horas.

Recién salidos, como estábamos, de la épica y suntuosa versión historicista de Aida propuesta por Hugo de Ana —que tuve el placer de disfrutar en tres ocasiones—, se me antojaba que recalar en las playas del Orfeo monteverdiano —durante mucho tiempo considerada la primera ópera de la historia*— podría ser una experiencia harto agradable, un bálsamo o revulsivo sensorial que mi espíritu agradecería, por el contraste sonoro y estético que ambas obras ofrecen. Vamos, algo parecido —aunque sin tanta amargura— al proceso que Nietzsche decía experimentar escuchando la música de la Carmen de Bizet, después de haber roto su relación personal y emocional con Wagner, y cuando intentaba "curarse" de la borrachera narcotizante que, según propia confesión, le habían producido las brumosas notas de los dramas musicales wagnerianos. En definitiva: un salto de la maravillosa grand opéra verdiana decimonónica a la innovadora favola in musica camerística que Claudio Monteverdi compuso en los inicios del Barroco.

La propuesta estética del equipo artístico liderado por Sasha Waltz y Alexander Schwarz —aséptica, funcional, minimalista, casi espartana podríamos decir— parecía, en principio, atractiva, sugerente y muy prometedora, e invitaba a pensar que sobre el escenario del coliseo lírico madrileño se podría producir una evocación del espíritu cortesano e intimista que debió de presidir aquellas dos funciones mantuanas, ya míticas, de febrero de 1607, en que se dio a conocer al mundo la genial creación monteverdiana: la primera en una sala de la Accademia del'Invaghiti (en fecha indeterminada), y la segunda en el Palacio Ducal de Mantua, el 24 de dicho mes. Pero claro, ni el el espacio del Teatro Real es el de los dos locales renacentistas señalados, ni los responsables de esta puesta en escena son Monteverdi y su libretista Striggio el Joven.

Y ahí es, precisamente, donde radica la primera objeción que yo querría poner a esta nueva producción, pues el problema con el espacio escénico ha resultado insoslayable, por más que Alexander Schwarz haya intentado dotar de intimismo al espectáculo a través de su propuesta escénica, transformando el enorme foso del Real en un remedo de tarima acogedora como la que, supuestamente, debió de servir para representar la obra por vez primera en los lugares ya señalados. Para ello utiliza un pequeño escenario de madera superpuesto al propio del Teatro que, por medio de mecanismos, practicables y paneles verticales, se va moviendo para crear fondos y espacios en los que los cantantes pueden interactuar y moverse. Sin llegar nunca a subirse a él, los miembros del Vocalconsort de Berlin aparecían y desaparecían atravesando el escenario general para dirigirse al público, según las necesidades dramáticas del momento. Al fondo del todo, proyecciones de vídeo muestran los diferentes ambientes en que discurre la acción, mientras que a ambos lados de la tarima de madera se sitúa la Freiburger Barockorchester, con sus músicos repartidos en dos grupos para equilibrar el sonido y potenciar el efecto "cortesano" deseado. El problema de todo ello es que el conjunto resultó algo desangelado, pues la acción quedaba concentrada en una superficie muy reducida y sobraba demasiado espacio vacío (y en negro) por todos lados, dando la sensación de que asistíamos a un ensayo tras bambalinas, más que al espectáculo acabado propiamente dicho.

Esta imagen pertenece a otra representación, pero ilustra perfectamente el conjunto del espacio escénico

Además de lo señalado, me gustaría denunciar también —cosa que hago siempre que tengo ocasión— la falta de empatía de los directores de escena con aquella parte del público que no ocupamos las privilegiadas localidades de butaca, platea y delanteras de entresuelo y principal, a quienes se nos suele hurtar buena parte del montaje, bien sea porque no se tiene en cuenta la altura del proscenio y la profundidad del escenario —con lo que muchas de las cosas que suceden atrás y arriba no se ven—, bien porque sitúan a los intérpretes en la boca del proscenio, o incluso entre el público (como ha ocurrido en esta ocasión), con lo que ello supone para quienes nos sentamos en paraíso o laterales.
 
La obsesión por mantener ocupado el escenario con figurantes y bailarines una constante

A pesar de lo dicho —y aunque no llego a entender muy bien el porqué—, esta producción ha causado un auténtico revuelo en buena parte de la crítica especializada, algunos de cuyos ínclitos miembros han quedado realmente embelesados con ella: "Un Orfeo para el deleite", titulaba Gonzalo Alonso su reseña en el diario ABC, y Alberto González Lapuente habla, nada más y nada menos, que de «esencia de la ópera», «exquisita pureza» y otras expresiones y adjetivos igualmente laudatorios, volviendo a caer en una innecesaria referencia a la supuesta «polvorienta pomposidad» del montaje de Aida. Pero el caso más "epatado" quizá haya sido el de Rubén Amón, crítico que también se despachó a gusto contra la puesta en escena de la pasada Aida de modo un tanto faltón, y a quien todo lo que allí le pareció acartonado y demodé, le ha resultado aquí "deslumbrante", de modo que, refiriéndose a este montaje, habla de "estupefacción constante", "viaje iniciático", "jornadas de estremecimiento"... Valga como ejemplo de su asombro sin límites hacia esta producción el siguiente párrafo, en que habla de: «acontecimiento artístico que ha sacudido el Teatro Real en cuatro jornadas de estremecimiento (20, 21, 23 y 24 de noviembre). Orfeo parecía la primera ópera y la última. Rompía las coordenadas del espacio y del tiempo. No queríamos que terminara nunca. Se hacía intolerable marcharse del teatro. Regresar a la calle. Volver a las rutinas. No». Es decir, todo muy grandilocuente, muy rimbombante y muy altisonante. Por lo que a mí respecta, me adhiero sin dudarlo a las dos reseñas críticas que han firmado en Scherzo Eduardo Torrico (para música y canto) y Roger Salas (para la parte de la danza). Son, en mi opinión, las más ponderadas y, sobre todo, las que mejor reflejan la impresión que a mí me produjo este espectáculo que, al parecer, ha servido para transmutar epifánicamente a tantos críticos.


En el terreno musical, el director Leonardo García Alarcón y la Freiburger Barockorchester demostraron sobradamente el dominio y competencia que tienen en este repertorio, formando parte de lo mejor que hubo en la velada. Como ya he dicho, se dispuso la orquesta sobre el escenario (no en el foso), para acentuar aún más ese carácter intimista que se quiso dar desde la dirección de escena, pero lo cierto es que la división en dos partes restó algo de homogeneidad al sonido. Peccata minuta, si lo comparamos con otros aspectos musicales de la velada que enseguida comentaré. Excelente, asimismo, el Vocalconsort de Berlín, cuyos miembros aparecían y desaparecían del escenario en función de las exigencias de cada momento, y que contribuyó de modo muy especial a dar sentido a la partitura en sus brillantes intervenciones, así como a liberar algo un espacio escénico superpoblado durante la mayor parte de la función. Un sobresaliente alto para ambas formaciones y el director.

Al principio todos de blanco, en un mundo sobre el que aún no han caído las sombras del Averno

Georg Nigl fue un Orfeo que danzó, giró y reptó por el escenario exquisita y grácilmente —merced a su atlética figura—, aunque, por desgracia, carece de un instrumento vocal interesante: sonidos blanquecinos, escasa proyección, timbre anodino, con una línea de canto fuera de estilo y escasamente idiomática. Resultó muy decepcionante, de modo que no entiendo los abundantes parabienes que ha cosechado de parte de la crítica. Es cierto que la obra de Monteverdi pertenece a una época del canto en que las distintas categorías vocales aún no se habían perfilado tanto como iba a ocurrir con posterioridad (especialmente a partir del siglo XIX), pero lo cierto es que habría sido preferible presentar un protagonista con cualidades tímbricas baritonales más acentuadas, y no de instrumento tan indefinido, mate, ralo y de escasa entidad como el de Nigl. Aprobado.

Rigl, de luto, cuando ya se había quedado sin su Eurídice
 
Mucho más decepcionante aún resultó la soprano sueca Charlotte Hellekant, en los papeles de La Mensajera y La Esperanza, pues su prestación se vio marcada por un molesto y permanente vibrato incontrolable, así como por continuas dificultades en el agudo, que sonó tenso y forzado. Si a ello le añadimos la sobreactuación escénica y la fealdad tímbrica del instrumento podemos decir que estamos ante la peor solista de la velada. Suspenso sin paliativos para ella.

Hellekant y Rigl en un momento de la función

Lo mejor, por el contrario, estuvo en manos de la joven soprano francesa Julie Roset (como La Música y Eurídice), de la mezzo sueco-chilena Luciana Sierra (como Proserpina), y del bajo californiano Alex Rosen (que dio vida al temible barquero Caronte). Dentro de las limitaciones implícitas en un instrumento pequeño, de escasa proyección (algo bastante habitual en estas voces dedicadas al repertorio antiguo) y con timbre algo falto de personalidad y encarnadura, la lectura que Roset hizo de los dos papeles a su cargo fue muy correcta, estuvo llena de idiomatismo y ofreció una línea de canto que, tanto por timbre como por dicción, resultaba muy acorde con la prosodia del texto italiano y la monofonía monteverdiana, de manera que instrumentos y voz se acoplaron perfectamente. Muy adecuada y grácil como Música al principio de la obra —cuando todo prometía tanto—, y excelente como Eurídice en el resto de la función. Mucho más notable aún me pareció el Caronte de Rosen, aunque dada la brevedad del rol hubo poco tiempo para disfrutar de sus virtudes: sonó autoritario y señorial —gracias a un registro grave de muchos quilates— y fue del todo creíble en lo escénico. Muy interesante, asimismo, la sensual Proserpina de Mancini, con gran presencia física y un hermoso timbre oscuro que dotó de absoluta verosimilitud al personaje. Desplegó una adecuada línea vocal y cantó muy en estilo. Un notable para los tres.

Caronte ¿y su barca?

Habría que ver hasta qué punto influyeron en el bajo-barítono alemán Konstantin Wolff las exigencias escénicas y actorales que la dirección del espectáculo y la coreógrafa impusieron al mismo a la hora de recrear el rol de Plutón (incluido el tener que cantar sosteniendo a su compañera Perséfone a hombros), pero lo cierto es que su voz resultó forzada en exceso y con sonidos poco gratos, monstrándose además poco sutil en cuanto a línea de canto, matices y recreación dramática del personaje. Aprobado.

El pobre de Plutón cargando a cuestas con Eurídice (y con las ocurrencias de Waltz)

Entre buenos y simplemente aceptables el resto de intérpretes, destacando entre todos ellos el Apolo/Eco/Pastor 4º del barítono español Julián Millán, dueño de un instrumento muy interesante y bastante superior al de Nigl, con el que tuvo que medirse en las escenas entre Orfeo y Eco del acto V.

Contorsionismos varios (que, por desgracia, no sólo tuvieron que hacer los bailarines)

Y ya, para terminar, la siguiente reflexión: una de las cosas que más han elogiado los críticos de esta producción ha sido la supuesta habilidad con que, al parecer, se fusionaron música y danza, para dar lugar a un «espectáculo —y cito de nuevo al transmutado Amón— cuya belleza y plasticidad resultaba tan elocuente como su dolor stehdheliano. El síndrome de la estética conmueve y perfora. Hasta se hacían insoportables los pasajes de mayor hondura y voluptuosidad, como si el arte nos estuviera percutiendo y desollando». En fin... De danza poco puedo hablar, la verdad, pues ni me gusta, ni entiendo del tema. Pero sí sé que la deseada fusión difícilmente podía alcanzarse inundando el escenario de personas que moviéndose a todas horas (con o sin motivo), y que resulta prácticamente imposible cantar en buenas condiciones si uno tiene que estar —como les ocurrió a los solistas— sirviendo de modo continuo a los malabarismos, acrobacias y ocurrencias exigidos por una coreógrafa que parece no comprender las enormes dificultades técnico-anatómicas del canto.

El despiporre final, con todo el mundo (incluidos los integrantes de la orquesta y el director) sobre el escenario


He dicho.

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* Un honor que, sin embargo, desde hace un tiempo ha recaído en dos obras de Jacopo Peri: La Danae (compuesta en 1597, pero perdida) y Euridice (1600).

viernes, 15 de julio de 2022

NABUCO, EN EL TEATRO REAL DE MADRID


Nabucco, dramma lirico en cuatro actos, con música de Giuseppe Verdi y libreto de Temistocle Solera, basado en la obra Nabuchodonosor (1836), de Auguste Anicet-Beourgeois y Francis Cornu, y en el ballet Nabuccodonosor (1838), de Antonio Cortesi. Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 9 de marzo de 1842.— Director musical: Sergio Alapont.— Director de escena: Andreas Homoki.— Escenógrafo y figurinista: Wolfgang Gussmann.— Iluminador: Frank Evin.— Coreógrafo: Kinsun Chan.— Dramaturgo: Fabio Dietsche.— Director del coro: Andrés Máspero.— Intérpretes: Luis Cansino (Nabucco), Eduardo Aladrén (Ismaele), Simon Lim (Zaccaria), Oksana Dyka (Abigaille), Aya Wakizono (Fenena), Felipe Bou (El gran sacerdote), Fabián Lara (Abdallo), Maribel Ortega (Anna).— Coro y Orquesta titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo / Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Miércoles, 13 de julio de 2022, 19:30 horas.

Han pasado 151 años desde que no se escuchaba en el Real esta obra maestra del melodramma lírico italiano y, sin embargo, tuve la mala fortuna de asistir a una función donde se hallaba, a juzgar por las críticas leídas estos días sobre los otros repartos, la peor Abigaille de todas las contratadas por el coliseo lírico madrileño. Ya es lástima, pues estamos ante una obra fundamental del repertorio y estribo sobre el cual Verdi, cuando ya todo parecía estar perdido, se subió al caballo que habría de llevarle cabalgando triunfalmente hacia una inmortalidad mas que merecida (según se vio después). Un dramma lirico que, como se ha destacado estos días en las críticas y el programa de mano del propio teatro, rompió con la estructura tradicional de trama amorosa que caracteriza a la mayoría de las óperas del momento y que sitúa en primer plano de la acción el sentimiento de desamor y rechazo y, sobre todo, el conflicto político representado por dos autoridades absolutas enfrentadas entre sí —el déspota Nabucco y el providencialista Zaccharia— que representan a sus pueblos respectivos, siendo estos, a la postre (y concretamente el hebreo) los verdaderos protagonistas de toda la acción.

Impuso brío y muchas ganas Sergio Alapont al frente de la Sinfónica de Madrid, aunque optó por unos contrastes de tempo (en la obertura, en el finale del acto I) que resultaron demasiado radicales y veloces en exceso, hasta el punto de comprometer alguna vez la intervención de los solistas a causa de la premura impuesta. Pero, en términos generales, sirvió bien una partitura que tampoco se caracteriza, precisamente, por la sutileza y la complejidad de su orquestación, y donde los matices y finuras o exquisiteces armónicas ceden todo protagonismo al brío musical, el ritmo, lo épico y la grandiosidad.

Luis Cansino, en la piel de Nabucco, se mostró correcto y cumplidor, yendo de menos a más a lo largo de la función. El barítono galaico-madrileño es dueño de un instrumento interesante y despliega un estilo de canto de buena factura, pero la voz resulta algo liviana para un personaje que, en principio, es bastante más dramático o que, al menos, debe ser capaz de sobreponerse al volumen de una poderosa orquesta y un nutrido coro. Y Cansino, claro está, no consiguió ofrecer lo que algún crítico contemporáneo del estreno de la ópera en 1842 dijo a propósito de Giorgio Ronconi, el barítono que interpretó por vez primera este mismo rol: «Su voz no es particularmente melodiosa, ni su entonación estrictamente precisa... sin embargo... Su potencia es inmensa, y su extensión extraordinaria para un barítono. En los pasajes en forte su volumen llena el teatro como un trueno; en las frases apasionadas, cuando el artista alcanza un Sol, o a veces un La, con toda su potencia, el efecto es casi eléctrico». Pese a todo Cansino construyó un monarca babilonio de bastantes quilates. Como ya digo, su presentación no resultó especialmente destacable (a lo cual contribuyó, sin duda, el anodino y feísimo vestuario que le plantaron), pero ya con el emocionante pasaje del castigo divino ("Qui mi toglie il regio scettro?") Cansino se vino arriba, desplegando un buen legato, variedad en el fraseo y bastante expresividad. Remató la función con un muy buen "Deh perdona" —que se vio ensombrecido por la horrible contribución de la soprano— y un emocionante y contrito "Dio di Giuda", en el que emitió algunas frases magníficas de largo aliento.

El segundo mejor intérprete de la velada, en mi opinion, fue el bajo surcoreano Simon Lim, que estaba contratado, en principio, para dar vida al Gran Sacerdote, pero acabó sustituyendo al ruso Vinogradov, caído del elenco y al que un servidor tenía muchas ganas de escuchar en este rol (desde luego no era mi día). La voz de Lim desplegó nobleza, morbidez y seguridad en los numerosos ascensos al agudo que Verdi proyectó para este exigente rol, aunque se mostró algo tirante en dicha franja y algo débil en el registro más bajo. Pero el canto fue ajustado por estilo, gusto e intención.

El punto negro (negrísimo) de una velada que no era para tirar cohetes, pero prometía ser más que correcta estuvo personificado en la Abigaille de la soprano ucraniana Oksana Dyka, que exhibió un instrumento anchuroso y con volumen apreciable, pero absolutamente descontrolado, siempre desafinado, desprovisto por completo de control para realizar la manor agilidad y carente de homogeneidad y de apoyo en los graves (que se perdían en una nada inaudible). Un auténtico desastre. Ni siquiera como actriz fue capaz de aportar algo interesante a su interpretación, pues se mostró en todo momento rígida, convencional en sus movimientos y demasiado estatuaria, un poco como imaginamos a las clásicas divas operísticas de las parodias. Cada vez que aparecía en escena me venía a la cabeza el personaje de Susan Alexander de Ciudadano Kane. ¿La recuerdan? Pues eso... Me pareció tan increíble lo que estaba escuchando que no tuve más remedio que preguntarle a mi vecino de butaca si aquello era la realidad o un sueño. Y me lo confirmó con un: "Sí, sí. Es terrible".

El de Ismaele es un personaje anecdótico y, quizá, el tenor protagonista menos relevante de toda la opus verdiana. En realidad sólo hace falta que acompañe a Fenena y sea capaz de dar réplica a algunas escenas con el coro y dejarse oír en los concertantes. Y son misiones que el tenor aragonés Eduardo Aladrén cumplió eficazmente. Se trata de una voz con caudal, volumen y facilidad para el agudo, pero que el dueño maneja sin demasiada fantasía, ni variedad y con un exceso de golpes de glotis y de sollozos. Se mostro cumplidor, en todo caso.

Y otro tanto podríamos decir de Fenena, otro papel de escasa relevancia dramática y vocal al que dio vida la mezzo japonesa Aya Wakizono, salvando con eficacia su aria "Oh, dischiuso è il firmamento!".

El otro gran protagonismo de la noche recayó, como no podía ser de otro modo, en el coro, que estuvo imponente en cada una de sus intervenciones. ¡Qué soberbio trabajo está haciendo Máspero con el conjunto! Especialmente conmovedora y cuidada al detalle (por expresividad, fraseo, concertación) fue su lectura del celebérrimo Va, pensiero! que, como podíamos imaginar, también tuvo bis en esta función. Algo que ya empieza a resultar un poco forzado e incluso folclórico. Pero el respetable manda, y muchos de aquellos que bravearon a Dyka al final de la función también pidieron ahora (casi exigieron, podríamos decir) que se repitiera tan conocida página. Así es que...

Bien el resto de intérpretes, sin destacar a ninguno en especial.


De la puesta en escena ¿para qué hablar? Más de lo mismo: gabardinas, reubicación cronológica de la acción con mensaje político-social incluido... ¡Lo que habría dado yo por ver en el escenario algún león babilonio, unas cuantas columnas y a Nabucco con una candys, tiara y largas barbas! Pero nada; en su lugar gorras, vestidos con miriñaques, uniformes militares del siglo XIX, pistolas y botas altas de cuero. En fin... Y todo ello colocado en un monótono escenario pintado de verde, con dos niñas omnipresentes que se hacían algo pesadas y una especie de tabique que giraba y también encerraba mensaje (según destaca el artículo de Matabosch incluido en el programa de mano para justificarnos la elección de tan feísima puesta en escena). ¡Y pensar que detrás de ella hay, nada menos, que ocho personas, entre director de escena, figurinista, iluminador, dramaturgo, etc.!

En fin... Y esto es lo que dio de sí la función referida. Al final de la misma muchos aplausos, numerosos brava y bravi de los pedantuelos de turno y unos cuantos abucheos que algunos lanzamos para equilibrar las cosas y que no pareciera que allí todo había sido miel sobre hojuelas.


miércoles, 8 de julio de 2020

"LOS ARISTÓCRATAS" I (EDICIÓN INTEGRAL)

Ya lo tienen ustedes en su librería: ¡a disfrutar con el Conde y su peculiar banda...! Traducido con todo el cariño que éste, su seguro servidor, pone en cada libro...


Y como propina este bonito (aunque demasiado corto) vídeo de la publicación...

lunes, 29 de octubre de 2018

EL ARTE DE SERGIO TOPPI EN FLORENCIA



ME llegan noticias de una magnífica exposición, dedicada a la obra del artista milanés, que se ha organizado en la bella ciudad de Florencia. De este modo, el arte de la historieta —soberbiamente representado por uno de los fumettisti más prestigiosos, fecundos y longevos que ha producido el medio en Italia—, se une aquí al incomparable marco de la tradición cultural toscana, para dar lugar a una interesante mixtura que bien merece un viaje ex profeso.



El evento se ha montado en la Gipsoteca de la ciudad (Piazzale di Porta Romana, 9) y parece que, tras la organización del mismo, pudieran estar los buenos oficios de Michel Jans, responsable y propietario de la editorial francesa Mosquito, que tanto ha hecho por mantener viva la memoria del maestro milanés, editando sus trabajos en Francia y encargando obra nueva que Toppi siguió realizando casi hasta el momento mismo de su muerte. De hecho, en algunas fotografías que ya circulan por la red se puede ver a Jans acompañando de la mano, cariñosamente, a la viuda de Toppi, Smeralda Monesi.

Michel Jans (a la izquierda) y la señora Monesi Toppi asistiendo a la inauguración


Son 100 originales y, por lo que he podido ver en las imágenes a las que he tenido acceso, se ha seleccionado tanto historieta propiamente dicha, como ilustración, ofreciendo una muestra nutrida y bien completa del trabajo realizado por Toppi en su larga carrera.






La entrada a la exposición es gratuita y permanecerá abierta hasta el próximo 1 de diciembre, con el siguiente horario: lunes a viernes (de 10:00 a 13:00 horas y de 15:00 a 17:00 horas) y sábados por la mañana (de 10:00 a 13:00 horas).



En el momento de escribir estas líneas no tengo información definitiva al respecto, pero creo que también se ha editado un catálogo que podría resultar de interés para los aficionados. He escrito a la organización preguntando por ello, y si consigo la información la incluiré en la entrada.

Editado el 07/11/2018 a las 23:17 horas: los responsables de la exposición me han comunicado que no se ha publicado catálogo.



Todo el material gráfico, así como la mayor parte de la información, los he obtenido del siguiente perfil de Facebook: https://www.facebook.com/sergiotoppifirenze/


martes, 8 de mayo de 2018

"LINUS" RITORNA VINCITOR!

Cubierta de la "renovada" Linus por Art Spiegelman


Pues sí, han leído bien. La celebérrima cabecera italiana, símbolo de una época trascendental para la valorización intelectual de la historieta, paradigma de la creación tebeística y modelo a seguir por otras publicaciones que aparecieron, a su socaire, en diversos países (por ejemplo, por nuestra La Oca), vuelve de nuevo a los quioscos y anaqueles de las librerías italianas (y, por ende, de todo el mundo), de la mano del fumettista Igort y de la empresa editorial "La nave di Teseo" (uno de cuyos fundadores fue, por cierto, el desaparecido Umberto Eco, a quien tanto debe la dignificación intelectual del Noveno Arte). Bueno, en realidad no "vuelve", porque nunca se fue (al menos del todo), aunque haya pasado —desde su fundación en 1965— por toda serie de vicisitudes y una breve ausencia de dos meses (durante mayo y junio de 2013), en que no se publicó.

En realidad se he producido un cambio de imagen y de dirección, con lo que finaliza el brevísimo "reinado" de Pietro Galeotti, que venía controlando los destinos de la publicación desde el 2016. Pero a partir del número correspondiente a este mes de mayo (año 54, nº 5), lo que se pretende es dar un lavado de cara a la benemérita revista, con un nuevo diseño gráfico y retornando a un concepto editorial más cercano al espíritu que ésta tuvo en sus orígenes, orientándose más hacia lo autoral y la innovación.

Al parecer, toda la operación se ha puesto en marcha por voluntad de Elisabetta Sgarbi, co-fundadora de "La nave di Teseo", que el pasado mes de junio de 2017 adquirió la mayoría de Baldini & Castoldi, la empresa que venía editando Linus desde 1993, momento en que esta última la adquirió al gigante Rizzoli (que, a su vez, la había comprado a Figure —Milano Libri Edizioni desde 1968—, empresa editorial de Giovanni Gandini, fundador de la benemérita revista).

Elisabetta Sgarbi

El deseo de Sgarbi —y ello se demuestra con el nombramiento de Igort como director de la publicación en esta etapa que ahora se inicia— es hacer de esta Linus del siglo XXI «una revista abierta a los nuevos lenguajes, inteligente, irónica y capaz de interpretar el mundo. Y no es por casualidad que el tono de este nuevo inicio esté marcado por un autor como Michel Houellebecq, escritor que, como pocos, está en situación de anticipar hacia dónde va el mundo». El objetivo, en definitiva: volver a los orígenes y, al mismo tiempo, viajar en el presente para descubrir el futuro.

Para ello se han propuesto una serie de ejes fundamentales en su línea editorial, entre los que podemos destacar el abandono de la vena satírica, el cese de publicación de material humorístico y, por encima de todo, el protagonismo otorgado a la historieta de autor, que es el plato fuerte de la nueva propuesta. La idea, según Igort, es ir «presentando trabajos de épocas diversas, desde los clásicos de la historia de la historieta, hasta las ultimísimas tendencias del relato autobiográfico». Es decir, no hay límites de tiempo y lugar, de manera que el lector encontrará reeditadas las primeras tiras de dos clásicos de la revista (como son Peanuts de Schulz y Calvin & Hobbes de Watterson), la presentación de clásicos olvidados (como Kin-der-Kids de Feininger, o Cheech Wizard de Vaughn Bodé), obras visionarias como el Nejishki de Tsuge Yoshiharu (el primer manga que publicará Linus en toda su historia) y la presencia de voces y talentos de la vanguardia historietística, como David Toffolo (uno de los fumettisti más apreciados en la actualidad), Seth, Gabrielle Bell, Tommi Musturi, Fabio Viscogliosi, Sammy Harkham, etc. Para completar (y complementar) esta propuesta básicamente historietística, los responsables de la nueva Linus proponen también prestar atención al componente teórico del medio, a través de artículos y estudios, así como cubrir otras áreas de la cultura popular, dedicando secciones a la música, el cine, las series de televisión, la literatura, etc. Todo ello, en definitiva, con el objetivo de llevar a cabo lo que Igort —en su propia cuenta de Facebook— ha denominado "piccola rivoluzione", dentro del mensaje con el que hizo público su nombramiento como director de esta nueva etapa.

Igort, ¿mirando por el futuro de la nueva Linus?


Pero llegados a este punto cabría preguntarse: ¿tiene sentido poner en marcha una empresa de estas características, en una época donde las nuevas tecnologías cada vez se imponen con mayor fuerza a todos los niveles y donde los canales de distribución han ido sufriendo una profunda modificación? En España, desde luego (y por desgracia), no. Pero es cierto que en Italia, la vía tradicional de distribución de las publicaciones historietísticas populares y de las revistas —el quiosco (l'edicola)— sigue viva y funcionando, a pesar de que la crisis también le haya afectado. No hay más que ver, de hecho, cómo y dónde se comercializan las publicaciones de la todopoderosa Bonelli para darse cuenta de ello. Por otro lado, y aunque no he tenido ocasión aún de hojearla personalmente, parece que esta nueva Linus tiene el suficiente empaque (en cuanto a formato y presentación) como para ser considerada un producto típico de librería. Deseamos, en todo caso, que esta nueva tentativa de relanzar la mítica Linus sea un éxito de ventas y de público, logrando alargar así, al menos otros cincuenta años, la vida de una de las más beneméritas e influyentes publicaciones de historieta que ha habido.

martes, 16 de enero de 2018

VITTORIO GIARDINO: ARTE E HISTORIA

Se anuncia en Italia esta interesante iniciativa dedicada al prestigioso fumettista de Bolonia: un documental de 52', producido por Aquatic Films, en el que se repasa la trayectoria y la obra de dicho creador. Aprovechando el próximo lanzamiento en Francia (en enero de 2018) del último álbum de su serie Jonas Fink —titulado La librería de Praga (Le libraire de Prague)— el director del documental, Lorenzo Cioffi nos introduce en el estudio del maestro boloñés y dialoga con él entre bocetos y planchas originales de sus series.

Lo que les traigo aquí es sólo un anticipo o adelanto promocional —teaser, que dicen los esnobs—, con un italiano bien fácil de entender y unos subtítulos en inglés utilísimos para quienes no conozcan la bella y sonora lengua de Dante. ¡A disfrutarlo mientras llega el documental completo!

Vittorio Giardino – Art and History (teaser) from Aquatic Films on Vimeo.

jueves, 10 de marzo de 2016

DINO BATTAGLIA DE NUEVO EN LAS LIBRERÍAS



PUEDO afirmar, sin temor a equivocarme, que este año 2016 será —siempre que los hados no lo impidan— el del retorno de la obra del gran maestro Dino Battaglia a las librerías y los anaqueles de los aficionados europeos. Y es que, según he podido saber a través de diversos medios especializados italianos (por ejemplo, aquí), el editor Nicola Pesce tiene pensado iniciar el mes que viene una nueva colección que se llamará —obviamente— "Dino Battaglia", en la que se irá publicando, a lo largo de los próximos años, buena parte de la obra del gran maestro veneciano (al que, como muchos de mis lectores sabrán, aqui tenemos en una enorme estima, siendo uno de nuestros autores predilectos).

Pesce Editore, que ya tiene experiencia con la edición de otros clásicos del fumetto como Guido Buzzelli (Tex il grande!, Frammenti dall'assurdo) o Jacovitti (Kamasultra), ha hecho saber que su proyecto es uno de los más importantes en los que se ha embarcado y que el desarrollo del mismo le ocupará algunos años, dada la abundante obra de Battaglia y las características de la edición que, al parecer, será de cierta calidad.



Las dos primeras obras que van a aparecer (entre los meses de abril y mayo de este año) reúnen las adaptaciones de los cuentos de Poe y Maupassant que Battaglia realizó durante los años 60-70 mayoritariamente para las revistas Linus y Alter. A ellas habrán de seguirle otros títulos en fechas posteriores, con una cadencia cuatrimestral y de acuerdo al siguiente orden: Il gatto con gli stivali (El gato con botas), L'uomo della legione (El hombre de la legión), Woyzeck, L'uomo de New England (El hombre de Nueva Inglaterra), Gargantua e Pantagruele, La mummia (La momia), Il Golem, I crimini della fenice (Los crímenes del fénix).

Los libros serán todos del mismo tamaño (210 x197 mm), tendrán un precio variable que oscilará entre los 14,90 y los 19,90 euros y se presentarán en volúmenes de entre 64 y 128 páginas, encuadernados en tapa dura y enriquecidos con diversas contribuciones críticas firmadas por los mayores expertos del fumetto y de la obra del autor veneciano.



Pero las buenas noticias no acaban con esto, pues me consta que aquí, en España, un editor ha empezado a explorar la "vía italiana" y está preparando la salida de dos sendos libros dedicados al citado Battaglia y a Sergio Toppi, iniciando con ello una serie de publicaciones que, en el caso de encontrar acogida por parte de los aficionados, tendrán continuidad en el futuro. Retomará, así, una labor que inició tímidamente Astiberri con la edición del battagliano Totentanz y continuó luego Ninth Ediciones, con varios volúmenes dedicados a Sergio Toppi (incluyendo el integral de su El coleccionista), en estupendas ediciones que se vieron truncadas por diversas razones que ahora no viene al caso mencionar.

Esperemos que el público responda y que la continuidad de este proyecto centrado en el fumetto se haga realidad, pues hay mucho material de autores italianos que aún no hemos tenido la oportunidad de ver editado correctamente en nuestro país y que incluye verdaderos tesoros historietísticos. Pienso, por ejemplo, en muchos de los trabajos realizados por Micheluzzi (su Petra Chérie, por ejemplo, que se anunció en su momento por parte de Rossell, creo recordar, pero que no llegó a publicarse), por Eleuteri Serpieri (que tiene todo un universo por descubrir más allá de Druuna, y es bastante más interesante), por Caprioli, por De Luca, por Jacovitti, etc. En fin, ya veremos qué ocurre.



sábado, 20 de febrero de 2016

NECROLÓGICAS: UMBERTO ECO (1932-2016)


TRISTE noticia con la que nos fuimos a dormir anoche, tras saber que ayer, a las 22:30 horas, murió en su casa de Milán Umberto Eco, el gran semiólogo, filósofo, investigador y escritor italiano, al que tanto deben los estudios sobre estética medieval y cultura de masas, la ciencia semiótica y la literatura en general.

Inició su actividad intelectual doctorándose por la Universidad de Turín en 1954, con una tesis sobre la estética en Tomás de Aquino. En 1961 dio comienzo su carrera como docente en diversas universidades italianas, que se iba a estabilizar en 1975, al obtener la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia. A partir de ese momento se convertiria en uno de los pensadores y ensayistas más importantes de su época, dando lugar a títulos como Opera aperta (1962), La estructura ausente (1968), Lector in fabula (1979), o el Tratado de semiótica general (1975), disciplina que Eco contribuyó a desarrollar de manera decisiva.

Desde el comienzo mostró un marcado interés por la cultura de masas, dedicando buen número de ensayos, artículos y trabajos teóricos a los medios de comunicación y a ciertas manifestaciones típicas de la cultura popular, como los tebeos. Firmó, así, libros como el celebérrimo Apocalípticos e integrados (1964), o I fumetti di Mao (1971), en colaboración con el historiador marxista Jean Chesneaux.

Pero sería a través de la novela como le iba a llegar su reconocimiento ante el gran público y la enorme fama mundial de la que ha disfrutado hasta el momento de su muerte. Y todo comenzó con una idea seminal bien extraña —envenenar a un monje— y con su materialización en una novela a caballo entre lo histórico y lo policíaco que terminó vendiendo más de cuarenta millones de ejemplares y que se iba a convertir en uno de los mayores bestsellers de la historia de la literatura: El nombre de la rosa. Después vinieron El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la Reina Loana (2004) y El cementerio de Praga (2010), relatos novelísticos de carácter histórico en los que el culturalismo, la cita llena de erudición y lo libresco adquieren una importancia de primerísimo orden, tanto en las tramas de cada una de estas obras, como en la narrativa propiamente dicha.

Umberto Eco nos ha dejado para siempre, pero queda su obra, nutrida, fecunda e influyente. Por ello, en su caso, no podemos decir que todo lo que resta de él sea sólo su nombre (como pasa con la rosa que da título a su más célebre novela)...

Que la tierra le sea leve y que nos espere muchos años, allá donde se encuentre desde anoche.

lunes, 12 de octubre de 2015

SERGIO TOPPI: UN RECUERDO EN EL ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

TAL día como ayer, 11 de octubre, se cumplieron 83 años del nacimiento de este gran artista italiano —uno de nuestros favoritos—, que falleció el 21 de agosto de 2012. ¡Hay que ver cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando, entristecidos, anunciábamos su óbito en este mismo blog... Un recuerdo para él desde el Nibelheim, donde tantas veces le hemos dedicado nuestra atención...

sábado, 3 de octubre de 2015

"ROBERTO DEVEREUX" EN EL TEATRO REAL DE MADRID



Roberto Devereux, ossia Il conte di Essex, tragedia lírica en tres actos, con libreto de Salvatore Cammarano y música de Gaetano Donizetti.— Director musical: Bruno Campanella.— Director de escena: Alessandro Talevi.— Escenógrafa y figurinista: Madeleine Boyd.— Iluminador: Matthew Haskins.— Intérpretes: Mariella Devia (Elisabetta), Gregory Kunde (Roberto Devereux, conde de Essex), Marco Caria (el duque de Notthingam), Silvia Tro Santafé (Sara, duquesa de Notthingam), Juan Antonio Sanabria (Lord Guglielmo Cecil), Andrea Mastroni (Sir Gualtiero Raleigh), Sebastián Covarrubias (Paje), Koba Sardalashvili (Familiar).— Coro y Orquesta titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Producción de la Welsh National Opera de Cardiff.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 25 de septiembre de 2015, 20:00 horas.

APERTURA de temporada con esta ópera donizetiana, que ya subió al escenario del Real en marzo del año 2013, aunque en versión de concierto y con otro reparto protagonista de campanillas: la Gruberova y José Bros. Se representó, en esta ocasión, escenificada y siguiendo una propuesta del regista italiano Alessandro Talevi que, pese a no ofrecer nada especialmente significativo —más allá de la oscuridad y la falta de matices—, tampoco estorbó al desarrollo dramático de la acción (lo cual no es poca cosa en estos tiempos que corren de dramaturgias paralelas y ocurrencias escénicas). Si acaso lo único ridículo fue el mecanismo arácnido que aparece en el acto II —imagino que para servir de metáfora a la ira que la reina despliega en ese momento, al conocer los amoríos secretos de su favorito Roberto— y que sólo sirvió para romper el bello dramatismo teatral y musical del momento. Pero bueno, hemos visto cosas peores...

Ya en el terreno musical propiamente dicho hacer las siguientes observaciones (de modo casi telegráfico):

Mariella Devia: fue una estupenda Elisabetta. Magistral en el uso de los reguladores y en el fiato, sensible, musicalísima. Dominio técnico apabullante. Dificultades en las partes más dramáticas del rol (al final del II acto, de hecho, apenas si se la escuchó). Ajustada dramáticamente y haciendo lo que podía con el tonto y soso traje de cocktail que le endilgaron. Una gran representación la suya (de lo que no suele verse por estos lares, vamos).

El "furore della gelosa regina" dirigido contra su amado favorito


Gregory Kunde: francamente admirable lo que sigue haciendo este señor con su edad (y tras meterse en el repertorio, mucho más pesado, que anda frecuentando estos últimos años). Un Roberto de muchos quilates y con un vozarrón de órdago, que no estamos acostumbrados a escuchar en este tipo de papeles belcantistas. Algunas dificultades (puntuales) en la zona superior. Variadísimo en la expresión y las dinámicas, siempre ajustado y certero. Imaginativo, valiente y muy preciso en las variaciones para el ritornello de su intervención solista en "Bagnato il sen di lagrime". El único problema que yo le encuentro a Kunde —que, por otra parte, rezuma inteligencia, buen gusto, intención y control técnico— es la escasa homogeneidad de su voz, muy perceptible y que da como resultado un sonido claramente dividido en dos franjas: la superior (que sigue respondiendo magníficamente) y la grave (bastante desguarnecida y pobre), dejando un gran hueco entre ambos registros (de cabeza y de pecho), que el cantante cubre como puede. Por lo demás estupendo, así es que todo un lujo tenerle en el Real.

Kunde y Tro Santafé, lamentándose por la mala suerte de su amor imposible


Silvia Tro Santafé: he leído críticas adversas contra la mezzo valenciana, pero a mí si me gustó mucho en el papel de Sara (y al público también, a juzgar por la lluvia de aplausos que recibió la intérprete cuando salió a saludar al final de la función: muy parejos a los de Devia y Kunde). El instrumento es respetable y el timbre hermoso, aunque en la zona alta se desmelenó un poco. Eso sí, no tuvo ninguna dificultad para sobreponerse a la orquesta y hacerse escuchar. Variada desde el punto de vista expresivo y dando una réplica adecuadísima tanto a la primadonna, como al primo tenore (es decir, a los dos grandes protagonistas de la velada).

Marco Caria: correcto, pero sin destacar especialmente. Bastante mejor que otros barítonos que se han escuchado sobre el escenario del Real, aunque sin llegar a lo áulico que necesita el personaje y el estilo. No diríamos que plebeyo, pero sí bastante rudimentario. Lo peor: su instrumento baritonal, que es del montón: escaso cuerpo, voz clareada, pocos armónicos y sin ninguna peculiaridad resaltable. Una lástima, en todo caso, que se cayera del cartellone el polaco Kwiecien (mucho más interesante, a priori, que el italiano). A pesar de todo no me disgustó.

Bruno Campanella: el maestro italiano hizo lo que pudo con una orquesta que ha perdido bastantes enteros y sonó anodina y deslavazada.

En resumen: una función muy disfrutable y protagonizada por dos grandes cantantes (sexagenarios ambos, para más señas, lo cual es todo un indicio del pobre nivel al que se encuentra el bel canto en la actualidad).

jueves, 23 de julio de 2015

POR SUS PALABRAS LOS CONOCERÉIS, 6: PAOLO ELEUTERI SERPIERI, O EL MANIERISMO DE LA HISTORIETA



TENÍA que aparecer, tarde o temprano, en esta sección del Nibelheim que hemos dedicado a recuperar entrevistas de los grandes maestros de la historieta, el italiano Paolo Eleuteri Serpieri, por cuya obra sentimos una gran admiración. Y lo hace, precisamente, con una entrevista recientísima, que Debora Becchetti le realizó el pasado día 19 de julio, con ocasión de la XIII edición del Muso Music Festival, celebrada en la ciudad calabresa de Oriolo, a la que Serpieri asistió invitado como huesped de honor, junto a Enrique Breccia. El testimonio, ciertamente, es muy breve —por lo que no descartamos la posibilidad de que el autor veneciano vuelva a protagonizar en el futuro una nueva entrada de esta serie—, pero creemos que tiene su utilidad, al contener lo que piensa ahora mismo Serpieri sobre su trabajo y su profesión.

El texto original puede leerse pinchando en el siguiente enlace. A continuación ofrecemos la versión española de lo que son únicamente las preguntas y respuestas, obviando la presentación introductoria del personaje que hace Becchetti.


ENTREVISTA (traducción española)

1. Usted ha sido alumno de Renato Guttuso, ¿qué recuerdos conserva del maestro?
Aquello fue en mi período pictórico, que me hizo precisamente estudiar con Guttuso, y de alguna manera me formó muchísimo. Tanto es así que, años después y mirando mis trabajos, alguien me acusó de que estaba realizando imitaciones del maestro y me di cuenta de que debía cambiar de camino.

2. Ha dibujado y continúa dibujando tanto historietas del Oeste como de fantaciencia. ¿Cuál de los dos géneros le gusta más?
Adoro el Western y, en particular, a los indios de América, por consiguiente siempre me ha divertido mucho dibujar historias épicas sobre ellos en un período histórico muy particular, como es el del siglo XIX, con las últimas revueltas indias. Esto me ha resultado siempre apasionante: trato de buscar la verdad histórica, aunque es muy difícil averiguar lo que sucedió realmente y, en consecuencia, utilizar correctamente los hechos ocurridos. Sin embargo, lo he intentando ofreciendo también algo entretenido, porque lo que yo hago son historietas y no desearía resultar demasiado serio con mis historias. En cuanto a lo demás, siempre he sido un lector muy desordenado de fantaciencia, aunque el género que he elegido para narrar está más centrado en un escenario negativo. Como tengo una idea algo pesimista sobre el futuro, he contado una historia apocalíptica, una especie de relato "después de la bomba"; precisamente a causa de mi poca fe en el hombre he querido contar una historia de este tipo. No obstante he insertado en ella a este personaje femenino tan carnal, muy transgresor, porque he visto y veo la salvación en la mujer; ese optimismo que no tengo para los demás, esa forma, esa imagen que me hace pensar que quizá y precisamente allí está la solución: en la mujer y en su cuerpo como protagonistas de la vida.



3. Druuna es uno de los célebres protagonistas de sus tebeos. ¿Cómo nació la idea de dibujarla y de crear sus historias?
Todo nació de este deseo de contar una historia un poco a lo femenino. Estaba tan obsesionado con esta idea que investigué mucho en la psique femenina y esto me ayudó a hacerla lo más realista posible. Aunque recibí muchas críticas, sobre todo de las feministas, pero también satisfacciones: un profesor universitario de Florida ha escrito un trabajo titulado Druuna, o el eco-feminismo que se puede encontrar en internet, en el que interpreta todas las aventuras que he contado en mis historietas en una clave extremadamente importante. Me ha impresionado muchísimo, sobre todo porque esta persona culta ha intuido perfectamente el alma del personaje y esto para mí ha sido muy hermoso y agradable de leer. Porque Druuna, precisamente, encarna la vida y la esperanza en este mundo putrefacto a causa de nosotros, los hombres, del poder, de la corrupción, de la sed de dinero... En suma, todas aquellas cosas, todos aquellos lugares comunes que desprecio. Pero ciertamente, y por volver al principio de la pregunta, más que fantaciencia mi intento era contar, como Orwell, un futuro, un futuro aterrador.



4. ¿Qué piensa del panorama historietístico italiano actual? ¿Hay algún artista sobre el que, en su opinión, deberíamos fijar nuestra atención?
Difícil responder a esta pregunta, porque se corre el riesgo de quedar mal, ¿no? (ríe). Hay muchos, jóvenes y conocidos, pero no puedo dar nombres. Por lo que respecta al panorama italiano, diré que hay altibajos, aunque no estoy muy esperanzado. La historieta es un medio que alguna vez, me temo, acabará siendo una expresión minoritaria, sólo para aquellos pocos que la aprecien. Una forma de narrar que une en su seno el cine, la literatura, el arte, la pintura, en una especie de fusión. Pero yo no la veo de manera demasiado optimista.

5. ¿Qué se puede aconsejar a los jóvenes ilustradores e historietistas que se acercan, por vez primera, a este entorno de trabajo?
Narrar, narrar teniendo presente el cine, la literatura, etc., como ya he dicho antes. Y entender que es importante la historia. Lo digo para quien es dibujante: el dibujo es sólo el 50% de todo, debe ser un soporte para contar una trama, no un simple medio para demostrar el propio talento. De otro modo algunos elementos resultan inútiles. Ciertamente narrar, leer mucho, tener una cierta cultura y no pensar en ser historietista de una forma circunstancial o improvisada. Quien piensa dedicarse a esta profesión sólo porque tiene habilidad con el lápiz, va por mal camino: el dibujo es, en efecto, importante, pero siempre en función del guión, del texto. Yo prefiero a los autores completos, que trabajan sus propios textos y son mejores (a mi entender), pero si un dibujante desea sólo narrar con su dibujo, puede confiarse al texto de cualquier otro, porque siempre y cuando esté bien escrito todo funciona. Añadiré también que no ha necesidad de buscar un estilo personal, porque éste llegará por si solo, pero ciertamente sí es fundamental aprender a dibujar bien, a mirar la realidad; un poco como en el cine, donde las imágenes son reales, aunque insertas en un mundo diferente. En efecto, cualuier sombra, cualquier luz, cualquier detalle forman parte de la historia, son fundamentales para la historia. A quien dibuje le aconsejo que no hagan trabajos esquemáticos, con sólo lo esencial, con síntesis a toda costa, pero tampoco añadir detalles inútiles, que no aportan nada a la historia y sólo valen para presumir de lo bien que se han hecho.



¡Y esto es todo, amigos!