PARTE I
Goyescas, ópera en tres cuadros, con libreto de Fernando Periquet y música de Enrique Granados.— Director musical: Guillermo García Calvo.— Intérpretes: María Bayo (Rosario), Andeka Gorrotxategi (Fernando), César San Martín (Paquiro), Ana Ibarra (Pepa), Albert Casals (El cantante).— Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:00 horas.— Versión en concierto.
Concierto extraordinario de Plácido Domingo.— Director musical: Giuliano Carella.— Intérpretes: Plácido Domingo (tenor), Bruno Praticò, Luis Cansino y Maiter Alberola.— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:55 horas.
PARTE II
Gianni Schicchi, ópera en un acto, con libreto de Giovacchino Forzano y música de Giacomo Puccini.— Director musical: Giuliano Carella.— Director de escena: Woody Allen.— Escenógrafo y figurinista: Santo Loquasto.— Iluminador: Mark Jonathan.— Intérpretes: Nicola Alaimo (Gianni Schicchi), Maite Alberola (Lauretta), Albert Casals (Rinuccio), Vincente Ombuena (Gherardo), Bruno Praticò (Betto di Signa), Eliana Bayón (Nella), Luis Cansino (Marco), María José Suárez (La Ciesca), Francisco Santiago (Maestro Spinelloccio), Tomeu Bibiloni (Ser Amantio di Nicolao, Valeriano Lanchas (Simone) , Federico de Michelis (Guccio), Francisco Crespo (Pinellino), Darío Barón (Gherardino), Gabi Nicolás (Buoso).— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Producción de Los Angeles Opera.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 21:20 horas.
DOBLE y ecléctico programa —pensado, en principio, para el tenor Plácido Domingo— el que estaba previsto ofrecer al público en el Teatro Real durante estos caniculosos días de junio-julio de 2015. Dos obras que nada tienen en común, salvo su brevedad, el hecho de que fueron las últimas escritas por sus respectivos compositores (Turandot, como se sabe, quedó inacabada) y la circunstancia de que habría sido el divo madrileño quien, si no se hubieran dado las luctuosas circunstancias que lo han impedido, habría actuado como aglutinador de ambas: dirigiendo la orquesta en el caso de Goyescas y dando vida al protagonista homónimo en la pucciniana Gianni Schicchi. Pero la cruel Parca —que no atiende a más razones que su lógica ciega e implacable— se cruzó por medio y vino a llevarse a la hermana del tenor (María José) el pasado 8 de junio. Junto a ella, a la que se encontraba muy unido, permaneció Domingo durante el tiempo que estuvo ingresada en el Hospital General de Massachussets (Boston), cancelando las actuaciones que tenía firmadas para esas fechas. Y en esto llegó el turno de las representaciones en el Real, de modo que a mediados de junio el coliseo y el propio tenor comunicaban al público la ausencia de éste en todas las representaciones previstas, aunque contemplando la posibilidad de paliar dicha ausencia por medio de alguna solución acordada que terminó siendo el breve concierto introducido en el programa entre medias de Goyescas y Gianni Schicchi. Debo reconocer que son gestos como éste —además de la propia valía artística, por supuesto— los que hacen grandes a los artistas como Domingo. En tal sentido, dice mucho del cantante madrileño y le honra el hecho de que, pese a la desgracia personal acaecida, haya tenido el gesto para con los aficionados de ofrecer una "recompensa" alternativa, a cambio de suspender su participación en estas funciones estivales madrileñas. Máxime cuando a estas alturas de su carrera, y tras haber alcanzado el lugar privilegiado que ocupa en el Olimpo de los intérpretes líricos (y que sólo a unos pocos les está reservado), no necesitaría hacer cosas así para justificarse personalmente o consolidarse como profesional. ¡Qué diferencia con otros intérpretes que también hemos visto por estos lares! ¿O no se acuerdan, por ejemplo, del lamentable espectáculo ofrecido por el tenor argentino José Cura el 26 de diciembre del año 2000, cuando se enfrentó directamente al público que le reprochaba su prestación sobre el escenario, al finalizar una de las funciones de Il trovatore programado para esa temporada, en un incidente que fue recogido por los micrófonos de Radio Nacional de España? Pero vayamos a lo que nos interesa ahora...
Se inició la primera parte de este extraño "tríptico" madrileño —podríamos decir emulando la obra original de Puccini, de la que forma parte Gianni Schicchi— con una función aburrida y muy sosainas de la Goyescas de Granados. En este punto considero justo recordar que el origen de la obra se encuentra en la suite pianística del mismo nombre que, entre 1909 y 1911, compuso Enrique Granados inspirándose en los trabajos de Goya (de ahí el nombre). El hecho de que posteriormente la obra acabara transformándose en ópera —tras un encargo realizado por la Opéra de París— y de que Fernando Periquet tuviera que escribir un libreto bastante flojo que hubo de acomodarse a la música ya escrita, son las razones que explican el notable desequilibrio dramático de la composición resultante. Lo cierto es que Goyescas —por mucho que el bueno de Juan Lucas nos la quiera vender en el programa de mano entregado durante estas funciones— difícilmente se sostiene como obra para la escena, y si bien es verdad que encierra momentos musicales muy bellos —los dos interludios (especialmente el que nos hace pasar del primer al segundo cuadro), o la escena solista de Rosario— no es menos cierto que resulta flojísima como ópera. Máxime cuando sobre el escenario no hay cantantes capaces de levantar el vuelo y atraer la atención del respetable con sus interpretaciones. Y tal fue lo que ocurrió en la función del pasado viernes que comento.
El joven Guillermo García Calvo estuvo correcto con la batuta, sacando de orquesta y coro todo lo que la partitura ofrece (que tampoco es tanto, la verdad). Bellísimo el primer interludio, hermosos momentos en la escena solista de Rosario y bien empastada, por momentos, la orquesta con el coro, cuya prestación, no obstante, resultó bastante más regulera que en otras ocasiones (pese a que destacaran del conjunto las voces masculinas). María Bayo fue una insuficiente Rosario, con voz desabrida en las alturas y de nula enjundia en los graves (donde se abría peligrosamente, hasta perder la impostación y casi parecer hablada). No obstante, de todos los intérpretes vocales fue la que mayor implicación tuvo con su personaje, y a la que mejor pudimos entender (al menos un servidor), porque lo que se dice el resto, anduvo bastante deficiente de nitidez en la dicción. Bello instrumento el de Ana Ibarra (en la piel de Pepa) —aterciopelado y con cuerpo—, pero justa de volumen e inteligibilidad (como ya he señalado). Los mismos defectos presentaron el intrascendente Paquiro de César San Martín —al que no se entendía absolutamente nada, siendo ahogado en todo momento por la orquesta— y el Fernando de Andeka Gorrochategui, un tenor de fuste por medios naturales —voz de spinto, oscura y percutiente—, pero sin la correcta proyección, con una emisión trasera, opaca, engolada, con sonidos nasales y de escasa intención expresiva. Citar, por último, a Albert Casals, en la piel de El cantante: correcto, pero poco más. En todo caso, el más interesante de la función, pese a su brevísima intervención, pues fue el único que proyectó en condiciones su voz.
Y llegó el momento del divo: las luces se encendieron y apareció en el escenario Plácido Domingo, recibido con un fortísimo y entregado aplauso. Si por casualidad han leído ustedes algunas de mis intervenciones en el foro Una noche en la ópera (donde suelo participar), no soy precisamente lo que se dice un partidario de esta nueva etapa como "barítono" que el antaño gran tenor parece estar dispuesto a desarrollar en la actualidad. Creo, de hecho, que desde hace tiempo ya no se encuentra en buenas condiciones para cantar óperas completas, sea como tenor (para lo que ya no tiene voz), sea como barítono (que nunca ha sido). Y, desde luego, pienso que su contribución (tan sui generis) al repertorio baritonal —el propio intérprete ha confesado que él no pretende emular a un barítono, sino que canta con sus condiciones lo que fue pensado para otro tipo de voces— no pasará precisamente a la historia de las interpretaciones. Me parecieron chocantes sus primeras intervenciones en el repertorio —con aquel Simon Boccanegra del año 2009 en Berlín, (aunque antes ya había cantado el Vidal de la Luisa Fernanda en 2003)—, pero la cosa parecía que iba a ser anecdótica: el simple capricho de un artista consagrado como él de cantar un gran personaje verdiano para la cuerda baritonal. Y hasta ahí... Pero no, luego llegaron Rigoletto en el 2010 —del que existe una insufrible versión cinematográfica que puede verse en Youtube (con un Domingo apuradísimo y a punto de echar las tripas por la boca)—, el Francesco de I due Foscari en 2012 y el apoteósico año 2013, cuando decidió debutar en nada menos que cuatro roles baritonales (todos ellos verdianos): el Germont de La traviata, el Nabucco de la ópera verdiana homónima, el Giacomo de Giovanna d'Arco y el Conde de Luna de Il trovatore. Y todos ellos en unas prestaciones y con unas condiciones vocales y de adecuación a los roles que han dejado bastante que desear (y no me refiero sólo a su Conde de Luna salzburgués, donde el madrileño no pudo hacer más porque estaba enfermo).
Pero a pesar de todas mis prevenciones y dudas he de reconocer que el contraste entre lo que escuchamos cuando Domingo abrió su boca y lo que habíamos "sufrido" antes no tenía parangón. Y así, tras los soporíferos 55 minutos de Goyescas, la aparición sull palco scenico del tenor madrileño metido a barítono fue como un regalo del cielo: para empezar, desplegó él solo más voz que todos los cantantes que le habían precedido. Además, y pese a cantar en italiano, se le entendía absolutamente todo lo que decía, pudiéndose seguir su interpretación sin necesidad de sobretítulos ni nada por el estilo (que no hubo, todo sea dicho). Por no hablar de la intención dramática, del fraseo, de la expresividad, de la adecuación al estilo y de la pasión y entrega interpretativas... En fin, como de la noche al día. Además se presentó en buenas condiciones físicas y con la voz bastante a punto, de modo que todo discurrió mucho mejor de lo que yo habría podido imaginar.
Comenzó Domingo con una versión del "Nemico della patria", que canta Carlo Gérard en el acto III del Andrea Chénier de Umberto Giordano. He de decir que, antes de esta representación, escuché al tenor madrileño en un vídeo de televisión y mostraba un vibrato muy acentuado que no percibí en el teatro. Bien de acentos y expresivo, aunque sin nada que destacar realmente en este aria, muy bella, verdaderamente ingrata por su intenso dramatismo y poco adecuada para iniciar un concierto. Si acaso cierta dificultad en la parte más melódica de la segunda sección y en el cierre de la misma, a la que el tenor llegó ya muy justo de fiato. Su segunda prestación fue la mejor del mini-concierto: un "Pietà, rispeto, amore" del Macbeth de Verdi magníficamente escanciado, lleno de intención, variado en los acentos, con buen legato, un fraseo cuidado y un timbre bruñido que nos trajo el recuerdo de los buenos momentos del cantante (aunque sin la adecuación a nivel de tesitura, claro está). La penúltima intervención de Domingo se produjo en el dúo entre Germont y Violetta, del acto II de La traviata. Hay que comenzar diciendo, por si hubiera alguna duda, que el pasaje es, de por sí, estremecedor y bello hasta decir basta, lo cual ayuda bastante a dejar buen sabor de boca en el oyente. Pero es que, además, tanto Domingo como Alberola estuvieron bastante bien. Al menos hasta la mitad del duetto, en que el madrileño se desfondó: falta de aliento, frases entrecortadas y sin rematar... En fin, muy cansado. Por esta razón, la propina que ofreció ("Luché la fe por el triunfo", romanza que el personaje de Vidal Hernando interpreta en el acto II de Luisa Fernanda) fue servida ya con las fuerzas muy justas, casi sin fiato y mostrando bastante cansancio. Casi por contentar al respetable, que tanto le había aplaudido. En cualquier caso, y para resumir, puedo afirmar que su actuación resultó mucho más satisfactoria de lo que yo había imaginado en un principio, aunque es evidente que las limitaciones (lógicas por el paso del tiempo) están ahí y van a quedarse ya para siempre. De hecho, sólo irán agravándose: falta de aliento, reforzamiento artificial de la voz con sonidos di petto para dar enjundia, peso y oscuridad a un instrumento que, en origen, no es baritonal, falta de homogenidad en los registros por este mismo problema, entubamiento de las notas, aumento del vibrato, nasalidad excesiva...
A Domingo le acompañaron en este mini-concierto algunos de los cantantes que luego iban a intervenir en Gianni Schicchi. El primero en salir fue Bruno Praticò, que nos ofreció una paupérrima e insípida lectura de "Sia qualunque delle figlie", de La Cenerentola de Rossini. Una interpretación llena de amaneramientos y exageraciones bufonescas que pretendían suplir la ausencia de estilo, la falta de claridad en las agilidades y la inconsistencia de la voz. En cuanto al barítono Luis Cansino, se presentó con un "L'onore" del Falstaff verdiano algo estentóreo y efusivo, aunque desplegando buenos medios y muchas ganas, que transmitió en una quasi escenificación del aria... Last but not least la prestación de Maite Alberola, que fue una excelente Violetta en el duetto con el Germont de Plácido Domingo: medios estupendos, con un vibratto muy agradable y acariciador, un notable dominio técnico del instrumento y muy ajustada en estilo y expresión.
Y tras un descanso de 25 minutos llegamos a la segunda parte del programa. Un Gianni Schicchi con montaje escénico del astro del cine Woody Allen, encargado por Plácido Domingo en su día (año 2008) para la ópera de Los Ángeles que gestiona como director artístico. Debo empezar señalando que la propuesta del realizador norteamericano no resulta ni especialmente original, ni sorprendente para quienes conocemos, más o menos, su cine, sus neuras y su tipo de humor. Y es que la acción se traslada del marco original de la Florencia de finales del siglo XIII —en el libreto se especifica que todo ocurre el día 1 de septiembre de 1299— a la de los años 40, con un ambiente general que recuerda bastante a la comedia cinematográfica italiana costumbrista —uno piensa que, en cualquier momento, podría producirse la aparición en escena de Marcello Mastroianni, Vittorio De Sica, o Alberto Sordi— y donde se hace uso de algunos toques de humor característicos de Allen. Así, por ejemplo, al comienzo de la función —y mientras suena Funiculì, funiculà de Luigi Denza— se puede ver una pantalla en la que aparecen títulos de crédito de supuestos participantes en una película, con nombres fictios y llenos de guiños cómicos (Giuseppe Prosciutto, Oriana Fellatio, etc.), en un estilo muy típico del "universo Allen". En esta misma línea, el director neoyorquino también ha optado por cambiar el final de la ópera, haciendo que el personaje de Zita regrese a la casa donde se desarrolla toda la acción y mate de un navajazo a Schicchi, que se vuelve al público y dice su frase final antes de caer al suelo: «Per questa bizarria m'han cacciato all'inferno... e così sia; ma con licenza del gran padre Dante, se stasera vi siete divertiti, concedetemi voi... l'attenuante!». En fin, algo del todo innecesario, pero que estaba en línea con lo ofrecido durante el resto de la función, donde a los personajes se les presenta más cercanos a lo camorrista y lo mafioso, que a lo puramente neorrealista.
Goyescas, ópera en tres cuadros, con libreto de Fernando Periquet y música de Enrique Granados.— Director musical: Guillermo García Calvo.— Intérpretes: María Bayo (Rosario), Andeka Gorrotxategi (Fernando), César San Martín (Paquiro), Ana Ibarra (Pepa), Albert Casals (El cantante).— Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:00 horas.— Versión en concierto.
Concierto extraordinario de Plácido Domingo.— Director musical: Giuliano Carella.— Intérpretes: Plácido Domingo (tenor), Bruno Praticò, Luis Cansino y Maiter Alberola.— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:55 horas.
PARTE II
Gianni Schicchi, ópera en un acto, con libreto de Giovacchino Forzano y música de Giacomo Puccini.— Director musical: Giuliano Carella.— Director de escena: Woody Allen.— Escenógrafo y figurinista: Santo Loquasto.— Iluminador: Mark Jonathan.— Intérpretes: Nicola Alaimo (Gianni Schicchi), Maite Alberola (Lauretta), Albert Casals (Rinuccio), Vincente Ombuena (Gherardo), Bruno Praticò (Betto di Signa), Eliana Bayón (Nella), Luis Cansino (Marco), María José Suárez (La Ciesca), Francisco Santiago (Maestro Spinelloccio), Tomeu Bibiloni (Ser Amantio di Nicolao, Valeriano Lanchas (Simone) , Federico de Michelis (Guccio), Francisco Crespo (Pinellino), Darío Barón (Gherardino), Gabi Nicolás (Buoso).— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Producción de Los Angeles Opera.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 21:20 horas.
DOBLE y ecléctico programa —pensado, en principio, para el tenor Plácido Domingo— el que estaba previsto ofrecer al público en el Teatro Real durante estos caniculosos días de junio-julio de 2015. Dos obras que nada tienen en común, salvo su brevedad, el hecho de que fueron las últimas escritas por sus respectivos compositores (Turandot, como se sabe, quedó inacabada) y la circunstancia de que habría sido el divo madrileño quien, si no se hubieran dado las luctuosas circunstancias que lo han impedido, habría actuado como aglutinador de ambas: dirigiendo la orquesta en el caso de Goyescas y dando vida al protagonista homónimo en la pucciniana Gianni Schicchi. Pero la cruel Parca —que no atiende a más razones que su lógica ciega e implacable— se cruzó por medio y vino a llevarse a la hermana del tenor (María José) el pasado 8 de junio. Junto a ella, a la que se encontraba muy unido, permaneció Domingo durante el tiempo que estuvo ingresada en el Hospital General de Massachussets (Boston), cancelando las actuaciones que tenía firmadas para esas fechas. Y en esto llegó el turno de las representaciones en el Real, de modo que a mediados de junio el coliseo y el propio tenor comunicaban al público la ausencia de éste en todas las representaciones previstas, aunque contemplando la posibilidad de paliar dicha ausencia por medio de alguna solución acordada que terminó siendo el breve concierto introducido en el programa entre medias de Goyescas y Gianni Schicchi. Debo reconocer que son gestos como éste —además de la propia valía artística, por supuesto— los que hacen grandes a los artistas como Domingo. En tal sentido, dice mucho del cantante madrileño y le honra el hecho de que, pese a la desgracia personal acaecida, haya tenido el gesto para con los aficionados de ofrecer una "recompensa" alternativa, a cambio de suspender su participación en estas funciones estivales madrileñas. Máxime cuando a estas alturas de su carrera, y tras haber alcanzado el lugar privilegiado que ocupa en el Olimpo de los intérpretes líricos (y que sólo a unos pocos les está reservado), no necesitaría hacer cosas así para justificarse personalmente o consolidarse como profesional. ¡Qué diferencia con otros intérpretes que también hemos visto por estos lares! ¿O no se acuerdan, por ejemplo, del lamentable espectáculo ofrecido por el tenor argentino José Cura el 26 de diciembre del año 2000, cuando se enfrentó directamente al público que le reprochaba su prestación sobre el escenario, al finalizar una de las funciones de Il trovatore programado para esa temporada, en un incidente que fue recogido por los micrófonos de Radio Nacional de España? Pero vayamos a lo que nos interesa ahora...
Imágenes de Domingo con su única hermana en diferentes etapas de su vida, que el propio tenor
se ha encargado de difundir en días pasados por las redes sociales para rendirle
un cariñoso homenaje tras su fallecimiento
Se inició la primera parte de este extraño "tríptico" madrileño —podríamos decir emulando la obra original de Puccini, de la que forma parte Gianni Schicchi— con una función aburrida y muy sosainas de la Goyescas de Granados. En este punto considero justo recordar que el origen de la obra se encuentra en la suite pianística del mismo nombre que, entre 1909 y 1911, compuso Enrique Granados inspirándose en los trabajos de Goya (de ahí el nombre). El hecho de que posteriormente la obra acabara transformándose en ópera —tras un encargo realizado por la Opéra de París— y de que Fernando Periquet tuviera que escribir un libreto bastante flojo que hubo de acomodarse a la música ya escrita, son las razones que explican el notable desequilibrio dramático de la composición resultante. Lo cierto es que Goyescas —por mucho que el bueno de Juan Lucas nos la quiera vender en el programa de mano entregado durante estas funciones— difícilmente se sostiene como obra para la escena, y si bien es verdad que encierra momentos musicales muy bellos —los dos interludios (especialmente el que nos hace pasar del primer al segundo cuadro), o la escena solista de Rosario— no es menos cierto que resulta flojísima como ópera. Máxime cuando sobre el escenario no hay cantantes capaces de levantar el vuelo y atraer la atención del respetable con sus interpretaciones. Y tal fue lo que ocurrió en la función del pasado viernes que comento.
Enrique Granados (1867-1916) en una fotografía cercana a la fecha de su muerte (debe recordarse
que falleció, junto a su mujer Amparo, tras el hundimiento —por parte de un submarino
de la Kriegsmarine alemana durante la I Guerra Mundial—, del buque en el cual
viajaban de regreso a España, tras asistir en EE.UU
al estreno de Goyescas en la MET)
El joven Guillermo García Calvo estuvo correcto con la batuta, sacando de orquesta y coro todo lo que la partitura ofrece (que tampoco es tanto, la verdad). Bellísimo el primer interludio, hermosos momentos en la escena solista de Rosario y bien empastada, por momentos, la orquesta con el coro, cuya prestación, no obstante, resultó bastante más regulera que en otras ocasiones (pese a que destacaran del conjunto las voces masculinas). María Bayo fue una insuficiente Rosario, con voz desabrida en las alturas y de nula enjundia en los graves (donde se abría peligrosamente, hasta perder la impostación y casi parecer hablada). No obstante, de todos los intérpretes vocales fue la que mayor implicación tuvo con su personaje, y a la que mejor pudimos entender (al menos un servidor), porque lo que se dice el resto, anduvo bastante deficiente de nitidez en la dicción. Bello instrumento el de Ana Ibarra (en la piel de Pepa) —aterciopelado y con cuerpo—, pero justa de volumen e inteligibilidad (como ya he señalado). Los mismos defectos presentaron el intrascendente Paquiro de César San Martín —al que no se entendía absolutamente nada, siendo ahogado en todo momento por la orquesta— y el Fernando de Andeka Gorrochategui, un tenor de fuste por medios naturales —voz de spinto, oscura y percutiente—, pero sin la correcta proyección, con una emisión trasera, opaca, engolada, con sonidos nasales y de escasa intención expresiva. Citar, por último, a Albert Casals, en la piel de El cantante: correcto, pero poco más. En todo caso, el más interesante de la función, pese a su brevísima intervención, pues fue el único que proyectó en condiciones su voz.
Todos los responsables de Goyescas, saludando al final de la actuación
Y llegó el momento del divo: las luces se encendieron y apareció en el escenario Plácido Domingo, recibido con un fortísimo y entregado aplauso. Si por casualidad han leído ustedes algunas de mis intervenciones en el foro Una noche en la ópera (donde suelo participar), no soy precisamente lo que se dice un partidario de esta nueva etapa como "barítono" que el antaño gran tenor parece estar dispuesto a desarrollar en la actualidad. Creo, de hecho, que desde hace tiempo ya no se encuentra en buenas condiciones para cantar óperas completas, sea como tenor (para lo que ya no tiene voz), sea como barítono (que nunca ha sido). Y, desde luego, pienso que su contribución (tan sui generis) al repertorio baritonal —el propio intérprete ha confesado que él no pretende emular a un barítono, sino que canta con sus condiciones lo que fue pensado para otro tipo de voces— no pasará precisamente a la historia de las interpretaciones. Me parecieron chocantes sus primeras intervenciones en el repertorio —con aquel Simon Boccanegra del año 2009 en Berlín, (aunque antes ya había cantado el Vidal de la Luisa Fernanda en 2003)—, pero la cosa parecía que iba a ser anecdótica: el simple capricho de un artista consagrado como él de cantar un gran personaje verdiano para la cuerda baritonal. Y hasta ahí... Pero no, luego llegaron Rigoletto en el 2010 —del que existe una insufrible versión cinematográfica que puede verse en Youtube (con un Domingo apuradísimo y a punto de echar las tripas por la boca)—, el Francesco de I due Foscari en 2012 y el apoteósico año 2013, cuando decidió debutar en nada menos que cuatro roles baritonales (todos ellos verdianos): el Germont de La traviata, el Nabucco de la ópera verdiana homónima, el Giacomo de Giovanna d'Arco y el Conde de Luna de Il trovatore. Y todos ellos en unas prestaciones y con unas condiciones vocales y de adecuación a los roles que han dejado bastante que desear (y no me refiero sólo a su Conde de Luna salzburgués, donde el madrileño no pudo hacer más porque estaba enfermo).
Pero a pesar de todas mis prevenciones y dudas he de reconocer que el contraste entre lo que escuchamos cuando Domingo abrió su boca y lo que habíamos "sufrido" antes no tenía parangón. Y así, tras los soporíferos 55 minutos de Goyescas, la aparición sull palco scenico del tenor madrileño metido a barítono fue como un regalo del cielo: para empezar, desplegó él solo más voz que todos los cantantes que le habían precedido. Además, y pese a cantar en italiano, se le entendía absolutamente todo lo que decía, pudiéndose seguir su interpretación sin necesidad de sobretítulos ni nada por el estilo (que no hubo, todo sea dicho). Por no hablar de la intención dramática, del fraseo, de la expresividad, de la adecuación al estilo y de la pasión y entrega interpretativas... En fin, como de la noche al día. Además se presentó en buenas condiciones físicas y con la voz bastante a punto, de modo que todo discurrió mucho mejor de lo que yo habría podido imaginar.
Nicola Alaimo, María Bayo y Plácido Domingo en el Teatro Real de Madrid
Comenzó Domingo con una versión del "Nemico della patria", que canta Carlo Gérard en el acto III del Andrea Chénier de Umberto Giordano. He de decir que, antes de esta representación, escuché al tenor madrileño en un vídeo de televisión y mostraba un vibrato muy acentuado que no percibí en el teatro. Bien de acentos y expresivo, aunque sin nada que destacar realmente en este aria, muy bella, verdaderamente ingrata por su intenso dramatismo y poco adecuada para iniciar un concierto. Si acaso cierta dificultad en la parte más melódica de la segunda sección y en el cierre de la misma, a la que el tenor llegó ya muy justo de fiato. Su segunda prestación fue la mejor del mini-concierto: un "Pietà, rispeto, amore" del Macbeth de Verdi magníficamente escanciado, lleno de intención, variado en los acentos, con buen legato, un fraseo cuidado y un timbre bruñido que nos trajo el recuerdo de los buenos momentos del cantante (aunque sin la adecuación a nivel de tesitura, claro está). La penúltima intervención de Domingo se produjo en el dúo entre Germont y Violetta, del acto II de La traviata. Hay que comenzar diciendo, por si hubiera alguna duda, que el pasaje es, de por sí, estremecedor y bello hasta decir basta, lo cual ayuda bastante a dejar buen sabor de boca en el oyente. Pero es que, además, tanto Domingo como Alberola estuvieron bastante bien. Al menos hasta la mitad del duetto, en que el madrileño se desfondó: falta de aliento, frases entrecortadas y sin rematar... En fin, muy cansado. Por esta razón, la propina que ofreció ("Luché la fe por el triunfo", romanza que el personaje de Vidal Hernando interpreta en el acto II de Luisa Fernanda) fue servida ya con las fuerzas muy justas, casi sin fiato y mostrando bastante cansancio. Casi por contentar al respetable, que tanto le había aplaudido. En cualquier caso, y para resumir, puedo afirmar que su actuación resultó mucho más satisfactoria de lo que yo había imaginado en un principio, aunque es evidente que las limitaciones (lógicas por el paso del tiempo) están ahí y van a quedarse ya para siempre. De hecho, sólo irán agravándose: falta de aliento, reforzamiento artificial de la voz con sonidos di petto para dar enjundia, peso y oscuridad a un instrumento que, en origen, no es baritonal, falta de homogenidad en los registros por este mismo problema, entubamiento de las notas, aumento del vibrato, nasalidad excesiva...
Domingo y Allen, unidos por la ópera, en una imagen de archivo
A Domingo le acompañaron en este mini-concierto algunos de los cantantes que luego iban a intervenir en Gianni Schicchi. El primero en salir fue Bruno Praticò, que nos ofreció una paupérrima e insípida lectura de "Sia qualunque delle figlie", de La Cenerentola de Rossini. Una interpretación llena de amaneramientos y exageraciones bufonescas que pretendían suplir la ausencia de estilo, la falta de claridad en las agilidades y la inconsistencia de la voz. En cuanto al barítono Luis Cansino, se presentó con un "L'onore" del Falstaff verdiano algo estentóreo y efusivo, aunque desplegando buenos medios y muchas ganas, que transmitió en una quasi escenificación del aria... Last but not least la prestación de Maite Alberola, que fue una excelente Violetta en el duetto con el Germont de Plácido Domingo: medios estupendos, con un vibratto muy agradable y acariciador, un notable dominio técnico del instrumento y muy ajustada en estilo y expresión.
La joven y prometedora Maite Alberola
Y tras un descanso de 25 minutos llegamos a la segunda parte del programa. Un Gianni Schicchi con montaje escénico del astro del cine Woody Allen, encargado por Plácido Domingo en su día (año 2008) para la ópera de Los Ángeles que gestiona como director artístico. Debo empezar señalando que la propuesta del realizador norteamericano no resulta ni especialmente original, ni sorprendente para quienes conocemos, más o menos, su cine, sus neuras y su tipo de humor. Y es que la acción se traslada del marco original de la Florencia de finales del siglo XIII —en el libreto se especifica que todo ocurre el día 1 de septiembre de 1299— a la de los años 40, con un ambiente general que recuerda bastante a la comedia cinematográfica italiana costumbrista —uno piensa que, en cualquier momento, podría producirse la aparición en escena de Marcello Mastroianni, Vittorio De Sica, o Alberto Sordi— y donde se hace uso de algunos toques de humor característicos de Allen. Así, por ejemplo, al comienzo de la función —y mientras suena Funiculì, funiculà de Luigi Denza— se puede ver una pantalla en la que aparecen títulos de crédito de supuestos participantes en una película, con nombres fictios y llenos de guiños cómicos (Giuseppe Prosciutto, Oriana Fellatio, etc.), en un estilo muy típico del "universo Allen". En esta misma línea, el director neoyorquino también ha optado por cambiar el final de la ópera, haciendo que el personaje de Zita regrese a la casa donde se desarrolla toda la acción y mate de un navajazo a Schicchi, que se vuelve al público y dice su frase final antes de caer al suelo: «Per questa bizarria m'han cacciato all'inferno... e così sia; ma con licenza del gran padre Dante, se stasera vi siete divertiti, concedetemi voi... l'attenuante!». En fin, algo del todo innecesario, pero que estaba en línea con lo ofrecido durante el resto de la función, donde a los personajes se les presenta más cercanos a lo camorrista y lo mafioso, que a lo puramente neorrealista.
Giuliano Carella —que había dirigido también el mini-concierto previo— estuvo bien con la batuta, aunque ciertamente no pudo conseguir que la orquesta transmitiera toda la alegría, la viveza y el desenfado contenidos en una ópera tan vitalista y llena de chispa como Gianni Schicchi. Nicola Alaimo fue un protagonista de gran presencia escénica —el barítono palermitano es bastante alto y muy corpulento—, pero de escasa credibilidad dramática, pues resultó demasiado juvenil por voz y expresión. Pese a todo, desplegó buenos medios, cantó con estilo y se mostró competente en lo actoral (salvo por el defecto señalado). Cumplidor Albert Casals en su lírico y romántico papel de Rinuccio, aunque pasó alguna dificultad en la zona aguda a la hora de interpretar la bella y conocida romanza "Firenze è come un albero fiorito". Bien Elena Zilo como la madura y codiciosa Zita, muy destacable a nivel actoral. Correctos los demás intérpretes, en unos roles que tampoco son muy destacables en lo musical, dentro de una obra esencialmente coral. En mi opinión, lo mejor de esta parte de la velada fue la Lauretta de la soprano valenciana Maite Alberola —transmutada, por obra y gracia de Allen, de una joven burguesa en una casi "furciona" de tres al cuarto—, que nos ofreció un "O mio babbino caro" de estupenda factura, confirmando así la buena impresión que había dejado tras su dúo con Plácido Domingo en el concierto previo.
Alaimo/Schicchi (demasiado juvenil) y Alberola/Lauretta (intentando convencer a su padre
ficcional con la bellísima y zalamera aria que compuso Puccini para su personaje)
Y con esto concluyó una extraña y ecléctica velada que resultó relativamente satisfactoria, pese a los cambios, las cancelaciones y los imprevistos de última hora (recordemos que, al margen de la retirada de Domingo por el motivo citado, Goyescas también se iba a ofrecer escenificada, aunque recortes presupuestarios de última hora aconsejaron su presentación en versión de concierto, circunstancia que no favoreció precisamente a la obra durante estas funciones madrileñas). No es que haya sido un cierre de temporada brillante, pero tampoco podemos hablar de fiasco absoluto. Y ha de reconocerse que una buena parte del éxito se ha debido, nuevamente, a la presencia del divo madrileño en el teatro de la ciudad que le vio nacer.