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lunes, 16 de febrero de 2015

MI PRIMER CONTACTO CON LA OBRA DE ANTONIO HERNÁNDEZ PALACIOS



CORRÍA el mes de septiembre del año 1975. Un servidor frisaba las diez primaveras e iba a comenzar el 4º año de la antigua EGB (Educación General Básica), siguiendo el plan de estudios regulado por la Ley General de Educación, impulsada por el ministro José Luis Villar Palasí y aprobada el 4 de agosto de 1970. Septiembre me gustaba porque era aquel mes en el que se compraban los libros que íbamos a utilizar en el cole durante todo el año. En aquellos tiempos no había tantos problemas para conseguir los textos escolares como parece haber hoy día, o, al menos, yo no los recuerdo especialmente conflictivos, y eso que se compraban muy poco antes de empezar las clases. Yo, el mayor de tres hermanos, siempre los tuve nuevecitos, así es que era una gozada preparar el material escolar para el curso que entraba. Recuerdo que siempre me llamaron especialmente la atención los libros de literatura y, sobre todo, los de Historia (es decir, los de Humanidades), que hojeaba con delectación y examinando con bastante detalle todas las imágenes que los ilustraban. Circunstancia premonitoria que, con toda seguridad, explica el por qué terminé estudiando Historia y convirtiéndome en algo tan inútil y poco práctico como es un medievalista especializado en historia del Cristianismo. En fin, pero de todo tiene que haber en la viña del Señor...



En mi colegio —uno más de los muchos privados (y luego concertado) que había en la provincia de Madrid por aquellos años— se utilizaban los libros de Editorial Anaya. Ésta aún no se había convertido en el todopoderoso grupo empresarial posterior —que habría de absorber a otras editoriales como Tecnos, Biblograf, Eudema, Alianza, etc.—, pero ya se contaba entre las más importantes del país, habiéndose especializado en la publicación de libros escolares o de texto. Dentro de sus colecciones destacó, por aquellos años, la titulada "Mundo Nuevo", una serie de libros para la iniciación a la lectura que incluían actividades y estaban profusamente ilustrados. Es bastante recordado entre todos ellos, y dejó una profunda huella en quienes lo utilizamos, el correspondiente al primer curso de EGB, que incluía la historia de las botas aventureras Charolín y Mediasuela. Su comienzo, que se quedó grabado como a fuego en mi memoria y nunca he olvidado, era como sigue: "Charolín y Mediasuela son dos botitas gemelas".



Pues bien, fue en un libro de lecturas parecido a éste, concretamente en el del cuarto curso, donde por vez primera en mi vida tuve la ocasión de ver y admirar el arte de Antonio Hernández Palacios. Se trataba de una pequeña selección de páginas de la primera historia de Manos Kelly, en concreto el episodio en que el protagonista narra sus recuerdos sobre el asalto al fortín de El Álamo por parte de las tropas mejicanas dirigidas por el general López de Santa Ana. ¿Se acuerdan? Sí, efectivamente, esas que Antonio coloreó en tonos azulados para dar la sensación de que lo contado estaba ocurriendo en tiempo pasado. Un recurso narrativo bien eficaz y en el que el dibujante madrileño demostró ser un verdadero maestro (1).



Recuerdo que la visión y lectura de dichas páginas me impresionaron de una manera muy especial, dejando en mi memoria una marca imborrable y la convicción clara de que Hernández Palacios era uno los mejores dibujantes que yo había visto hasta ese momento. Aunque en aquellos tempranos años de mi existencia, cuando los gustos de un servidor aún estaban poco definidos, tampoco podía afirmar que fuera mi historietista favorito. Y, de hecho, tras ese primer hallazgo y antes de reencontrarme con él de manera definitiva tiempo después, iba a seguir leyendo una enorme cantidad de tebeos —Bruguera a mogollón, El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, El Cachorro, El Inspector Dan, Tintín, Astérix, El Capitán Trueno, El Jabato, Buru Lan, algo de Spiderman y Batman, etc.— que poco o nada tenían que ver con lo que había realizado (y seguía haciendo por entonces) el maestro madrileño. Entre medias algún número suelto de Trinca (donde, francamente, no recuerdo haber visto nada de Antonio), una sola lectura de un álbum de Mac Coy (no me acuerdo de cuál) y poca cosa más. Tengan en cuenta, por otro lado, que a un servidor lo publicado por Doncel le pilló aún bastante pequeño y que, encima, eran productos algo caretes y, por ende, complicados de conseguir: 25 pts el primer número de la revista Trinca y 100 pts los álbumes recopilatorios, frente a las 8, 10 o 12 pts de un Mortadelo, un DDT, un Super Pulgarcito, un Jabato Color, un Capitán Trueno Color, un Cachorro, un Inspector Dan, o las 40 pts de un álbum de la Colección Olé.

Los años 60-70: época de verdadero esplendor para las revistas infantiles


Tuvieron que pasar casi diez años tras el descubrimiento de su obra para que se produjera el verdadero reencuentro definitivo y el estrechamiento de una relación autor/lector que no se ha roto desde entonces, con la fortuna, como colofón, de haber conocido personalmente a Antonio en 1984. Pero un año antes se había producido el mencionado reencuentro con el artista, a raíz de un artículo bastante completo (firmado por Luis Conde y Jorge Riobóo) que El País publicó en su suplemento dominical, correspondiente al 10 de abril de 1983. Estaba dedicado a la Historia en los cómics y, más específicamente, al gran auge experimentado por el medio a raíz del desarrollo autonómico en nuestro país, que había favorecido la publicación de decenas y decenas de tebeos dedicados a las historias de las distintas regiones y comunidades españolas. Pues bien, de todos los dibujantes que podrían haber sido elegidos para opinar de manera específica sobre el tema escogieron, lógicamente, a Antonio, puesto que a esas alturas de su carrera ya había adquirido un gran prestigio como autor especializado en trabajos de tipo histórico. Su protagonismo resultaba patente ya en la misma portada de El País Semanal, que habían decidido ilustrar con una impresionante plancha del álbum Roncesvalles. Luego, en el interior, el artículo incluía algunas imágenes más de este mismo trabajo, así como continuas referencias a Antonio y a la totalidad de su obra. Pero lo más importante se hallaba en las dos últimas páginas, donde se ofrecía una entrevista del maestro y se le reconocía como auténtico "especialista" del género.



Aquel artículo, el recuerdo de mi primer encuentro con las páginas de Manos Kelly en el libro de lecturas de 4º de EGB (que, milagrosamente, aún conservaba) y los deseos fervientes de dedicarme a esto de la historieta —que llevaban un tiempo apretando con mucha fuerza— me pusieron de nuevo sobre la senda de la obra de Hernández Palacios y me llevaron a conocer al dibujante personalmente apenas un año después (en 1984), como ya he relatado más de una vez en este mismo blog (alguna de ellas con bastante detalle). Desde entonces, y hasta el día de hoy, mi "historia" de amor con Antonio Hernández Palacios —si se me permite la expresión— y su grandiosa obra es algo que no ha hecho sino consolidarse con el tiempo. Y así seguirá siendo por muchos años más... (espero).

Bueno, y ahora las páginas que me hicieron conocer al maestro. ¡Cómo no iban a resultar impactantes para un niño de diez años!












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(1) Los responsables de Anaya debieron de firmar por aquellos años un acuerdo con Editorial Doncel para reproducir en sus libros de texto material que había aparecido publicado previamente en Trinca, porque no sólo se publicaron estas páginas del Manos Kelly, sino que también recuerdo haber leído unas cuantas de la serie Los guerrilleros, firmada por Bernet Toledano (dibujo) y Andrade (guión). Planchas que, por cierto, también causaron en mí una impresión muy positiva. ¡Y es que Trinca fue mucha Trinca!

miércoles, 14 de mayo de 2014

"MANOS KELLY", DE ANTONIO HERNÁNDEZ PALACIOS. EDICIÓN DE PONENT MON (RESEÑA CRÍTICA)



PODEMOS afirmar, sin temor a equivocarnos, que la nueva edición del clásico español Manos Kelly por Ponent Mon ha sido una de las noticias tebeísticas más importantes del pasado año y también del que llevamos andado. La ilusión con que la recibimos la mayoría de los aficionados veteranos que acostumbramos a reunirnos en torno a los mismos lugares de la tebeosfera fue innegable, y se manifestó en forma de una avalancha de comentarios, parabienes, sugerencias y felicitaciones a la editorial, que se hicieron públicos tanto en el momento de conocer la buena nueva, como en los meses posteriores. Todos teníamos depositada nuestra confianza en que la editorial de Amiran Reuveni haría una edición como, según pensábamos, se merecía Antonio Hernández Palacios: es decir, algo que sirviera —y así lo dije en la primera entrada que dediqué a tan gran noticia— para perdurar durante un largo tiempo, pues es de imaginar que después de esta iniciativa, otra nueva para editar la misma obra no parece (y es lógico) que vaya a realizarse a corto plazo.



Pues bien, ¿podemos decir, con el libro ya entre las manos, que las expectativas planteadas se han cumplido? Es verdad que, en general, uno casi nunca ve cubiertas sus esperanzas con proyectos que le son muy deseados (bien se trate de la lectura de una novela cuya salida se aguardaba con impaciencia; bien de un viaje en el que habíamos depositado todas nuestras ilusiones; bien de una película o una obra de teatro de la que nos habían hablado positivamente; bien de un disco sobre el que teníamos magníficas referencias, etc.). Y algo de esto, debo reconocerlo, ha ocurrido con el libro de Manos Kelly. Pero, en esta ocasión, la impresión negativa no se debe sólo a que lo imaginado —como sublimación de una idea— superase a lo que luego ha sido la realidad, sino porque hay causas objetivas y cuantificables que la justifican, y voy a intentar enumeralas a continuación aportando mis argumentos.

© Ponent Mon
Empezaré haciendo algunas reflexiones sobre la "filosofía" que, a mi modesto entender, debería haber presidido esta "histórica" reedición del Manos Kelly. Precisamente por ese carácter de hito, y al tratarse de un título tan paradigmático dentro de la historia del tebeo español, la edición de Ponent Mon tendría que haberse enfocado desde un planteamiento completista, con la mirada puesta en el futuro y algo más de ambición, ofreciendo materiales artísticos y analíticos que los lectores habríamos agradecido con toda seguridad. Por ejemplo, habría sido muy deseable la inclusión en el volumen de un buen estudio introductorio, dirigido a contextualizar la historia de la creación de esta obra, así como a analizarla con detalle. Pienso que un texto de tales características no sólo habría recibido el beneplácito de los aficionados veteranos, sino que también habría sido el mejor modo de presentar la serie a los nuevos lectores que no la conocen de nada. Incluso aunque ello hubiera supuesto incrementar un poco el precio de venta del libro, ya que justificando de manera adecuada la medida, muy probablemente los "efectos colaterales" de la misma podrían haberse minimizado. ¿Pero qué se ofrece, en cambio? Pues un breve texto de presentación —firmado por Luis Alberto de Cuenca, eso sí, pero lleno de lugares comunes y de ideas repetidas por haber aparecido en otras contribuciones de este mismo autor— que resulta bastante descorazonador, pues no aporta absolutamente nada al conocimiento o disfrute de las historias incluidas en el integral. Para que entiendan los motivos de mi desilusión a este respecto, voy a hacerles la siguiente confidencia que les resultará ilustrativa: desde que tuve noticia de esta edición se me ocurrió la idea de redactar un amplio artículo en el que se estudiara la serie con el detalle que merece. Pero al enterarme de que Ponent Mon tenía pensado contar con la colaboración de De Cuenca, opté por esperar hasta que el libro estuviera en los anaqueles para utilizar lo que éste pudiera decir en su artículo. Pues bien, una vez leído dicho prólogo, ahora mismo creo que sigue siendo necesario —imprescindible, más bien— ese estudio monográfico sobre Manos Kelly, pues no tenemos nada parecido hasta la fecha. Reconozco que, en este caso, el problema reside únicamente en mí, y no en el texto a que me refiero —pues, a la postre, el trabajo de De Cuenca cumple perfectamente su función introductoria, eso es verdad—, pero a pesar de todo no puedo evitar seguir pensando que los responsables de la edición tenían que haber sido más ambiciosos, encargando ese texto analítico que aún no tenemos.

© Ponent Mon


Ahora bien, mucho peor que todo esto es el hecho de que no se hayan incluido en el integral las portadas originales de la edición española, optando por utilizar, en su lugar, una insípida selección de viñetas de la obra que hacen las veces de dichas portadas y separan las historias entre sí. ¿De verdad tanto habría costado utilizar dichas portadas o introducir, en su caso, en una especie de apéndice al final del libro, las maravillosas ilustraciones que realizó Antonio para la colección Trinca —con la excepción de la archifamosa que abre este integral—, e incluso aquellas otras que dibujó para ediciones extranjeras de la obra, así como la preciosa ilustración que se utilizó para los interiores de cubiertas en los dos primeros álbumes de la edición realizada por Doncel (en el primero con un bitono naranja/blanco, y en el segundo con el sencillo blanco/negro)? ¿Quizá no se ha hecho porque el artista no las conservaba, o había que pagar a otras editoriales por reproducirlas? En tal caso, habría bastado con una pequeña nota del editor advirtiéndonos del hecho, o incluso la reproducción testimonial de dichas portadas e ilustraciones, extraídas de publicaciones anteriores.

Tres ilustraciones, tres, de las que dibujó Antonio para algunas ediciones extranjeras de su obra.
En este caso se trata de las realizadas para la francesa de Les Humanoïdes Associés,
que fueron también utilizadas en Alemania


Y aún queda por señalar, en el "debe" de esta edición, otro aspecto que me parece tan grave o más que el anterior: me refiero, claro está, a la desafortunada decisión de imprimir en blanco y negro 37 planchas de las 46 que conforman el segundo volumen de la serie, titulado La montaña del oro. En la página con los créditos legales del libro, y a través de una breve nota, el editor se lamenta de esta circunstancia e intenta luego hacernos ver la parte positiva de este significativo contratiempo, señalando que, gracias a él, podemos apreciar el trabajo de Antonio Hernández Palacios en blanco y negro. Evidentemente es un modo, como cualquier otro, de minimizar lo que puede ser considerado el déficit más importante de esta edición. Y es que el hecho de ofrecernos en blanco y negro una cantidad tan grande de material que, en origen, se publicó en color, hace que el nuevo integral de Ponent Mon resulte no sólo incompleto, sino bastante superfluo en este sentido. ¿De verdad que no se ha podido hacer nada para paliar dicha situación? ¿No ha sido posible, en la era de la tecnología, realizar un esfuerzo y, utilizando como muestra las ediciones originales de Doncel, haber dado color a las planchas que no lo han conservando, señalándolo adecuadamente en cada una de ellas, para aviso del lector? ¿Tan caro habría resultado hacer esto? ¿Y, en caso afirmativo, no habría sido preferible arriesgarse poniendo un precio algo más elevado al libro, pero a cambio de ofrecerle al público un producto realmente duradero y definitivo? En fin, Serafín... Sus razones habrá tenido el editor para actuar como lo ha hecho, pero creemos sinceramente que se trata de una decisión errada y que se ha perdido una gran oportunidad.

© Ponent Mon


Siguiendo con el tema de la falta de color, hay otra cuestión a la que intentaré dar respuesta en cuanto tenga la menor oportunidad, y es la de averiguar si las planchas del episodio conocido como "La juventud de Manos Kelly" —que Antonio dibujó a principios de los 80 y que fueron publicadas en el nº 61 (1981) de Metal Hurlant (la revista de Les Humanoïdes Associés, que también le encargaron la adaptación de Los cantos de Maldoror, de Lautremont), así como en los números 0 y 1 de la española Saloon—, fueron pensadas para ser publicadas originalmente en color. Yo he visto los originales de dicha historia y están en blanco y negro, de eso no hay la menor duda. Pero en la revista Saloon se publicaron coloreados y con un estilo que, desde luego, permitía pensar en que el propio Antonio había sido el responsable mismo de ese color, aplicándolo —como ocurrió en buena parte de su obra— no directamente sobre los originales, sino en una prueba de azul o con otra técnica similar. En caso de que se confirmara dicha autoría, resultaría que el número de planchas carentes de color en esta edición integral de Ponent Mon ascendería, por tanto, a 53 (*).

Tres ejemplos (tomados de la revista Saloon) donde se ve el color aplicado al episodio referido: los tonos,
la audacia en su empleo, el estilo de coloreado (con pinceladas enérgicas y muy contrastadas)
invitan a pensar que el trabajo lo realizó el propio Hernández Palacios


Aunque es peccata minuta, comparado con lo que he dicho hasta el momento, tampoco veo muy acertado que se haya incluido al principio del álbum la referida historia de "La juventud de Manos Kelly". Creo que dicha ubicación dentro del libro rompe el poético inicio que Antonio realizó para la serie, con esas primeras planchas en las que vemos a un abatido Manos Kelly cabalgando por un alucinado paisaje desértico que se abrasa bajo un cielo de tonos rojos, anaranjados y amarillos, y en el que nuestro protagonista se arrastra ensimismado en sus pesimistas reflexiones sobre la guerra y la condición humana. Particularmente pienso que habría sido mejor ubicar este episodio al final del álbum o, como mucho —siguiendo un criterio de estricta ordenación cronológica— entre medias de La tumba de oro y La guerra Cayuso (episodio que publicó Ediciones García y Beá en 1984), añadiendo en cualquier caso una nota en la que se indicase cuándo se hizo, por qué y dónde se publicó. Su posición actual, a la cabeza del integral, no aporta nada y favorece el trastorno ya señalado.

La viñeta de apertura del cuarto álbum de la serie, que carecía por completo de cabecera ilustrada


Paso por alto cuestiones como el precio del libro —hubo un tiempo en que fui crítico con este aspecto de las ediciones de Ponent Mon, pero después de hacer cuentas reconozco que no son tan elevados como me parecían al principio— y el tamaño de la edición, que tampoco es, precisamente, el mejor posible. Pero esto último es algo que no debería sorprendernos, porque lo conocíamos desde hace tiempo, al haber sido difundido en la preview que lanzó Ponent Mon meses atrás. Una verdadera lástima, en cualquier caso, no haber aprovechado esta ocasión para sacar algo más grande —yo propuse, en su momento, un tamaño parecido al que utilizó Ikusager en su colección "Imágenes de la Historia"— y que le hiciera justicia a los magníficos dibujos de Antonio. Nada hemos ganado en este sentido, pues el tamaño utilizado por Ponent Mon es prácticamente el mismo que se empleó en la colección Trinca. Un pelín más grande, si me apuran, el de los álbumes de la vieja edición de Doncel, pero nada que sea realmente significativo, pues hablamos de muy pocos milímetros.

Las tres preciosas cabeceras de la serie, a las que me refiero en el siguiente párrafo


Pero no todo son cosas negativas o susceptibles de ser mejoradas en el nuevo integral de Ponent Mon. Por ejemplo, yendo de menos a más empezaré diciendo que no me parece mala decisión la idea de reproducir las cabeceras con los títulos de los álbumes sólo al principio de cada historia, pues tampoco se trataba de hacer una edición facsímil de la de Trinca. De hecho, la propia Editorial Doncel tampoco fue en esto demasiado cuidadosa, pues no en todos los casos reprodujo dicha cabecera en su edición de formato álbum. En Manos Kelly y La montaña del oro, por ejemplo, sí aparece en todas las páginas, pero en el tercero (La tumba de oro) no se reprodujo en ninguna. Y lo cierto es que existía, pero sólo se utilizo en la edición por entregas de la revista (que ha sido, precisamente, la recuperada con gran tino por Ponent Mon para incluirla en su integral sólo en la primera página de dicho álbum). Así pues, ganamos en coherencia y estética, lo que no es poco.


La primera imagen corresponde a una de las páginas de la edición en álbum de La tumba de oro (sin cabecera,
como se ve). La segunda, a la primera página de esta historia, publicada en el número 47 de Trinca (con cabecera)


Más importante aún que el aspecto señalado es el que se refiere a la reproducción propiamente dicha de los originales de Hernández Palacios. Y aquí sí que se nota que Ponent Mon ha hecho los deberes (ayudada, claro está, por la mejor técnica disponible hoy día). Basta realizar una somera comparación entre los viejos álbumes de Doncel (**) y el integral que estamos analizando para percatarse de cuánto se ha mejorado en este ámbito. No es sólo que la edición de la colección Trinca incluya algunos importantes errores de maquetación —con desajustes de planchas, que aparecen descuadradas respecto de los márgenes (por ejemplo en diferentes páginas del primer volumen) y zonas de mala impresión—, sino que todo tiene menos detalle, viéndose un conjunto más empastado e impreciso. Para empezar, la línea y el negro son, por supuesto, menos intensos. La primera, además, tiene mucha menos definición y aparece empastada en numerosos lugares, haciendo que se pierdan los detalles del trazo y de las tramas en el dibujo. En cuanto a los colores, están más saturados, son menos brillantes y además se ha perdido, en buena medida, el detalle de las pinceladas aplicadas por Hernández Palacios. En la Edición de Ponent Mon, sin embargo, todos estos fallos y defectos no se encuentran, destacándose mucho mejor el trabajo realizado por el artista madrileño, tanto en el blanco y negro como en el color. Aquí sí que hemos ganado bastante cuando lo comparamos con lo que ya había antes. Y lo mismo ocurre en lo que podríamos denominar el "apartado soporte", al tratarse de una cuidada edición en tapa dura, para la que se ha utilizado un tipo de papel con características de gramaje, cuerpo, satinado y calidad muy superiores a las de las ediciones precedentes.

Aun con todos los matices que se quieran poner al confrontar dos imágenes que ni proceden del mismo escáner,
ni son del mismo editor, en esta comparativa que les propongo creo que se pueden apreciar las mejoras
de la nueva edición (derecha) al compararla con la antigua (izquierda): mayor nitidez de línea,
más intensidad en los negros y un color bastante más equilibrado y cercano al original


En resumen: impresión agridulce la que me ha producido esta esperada edición que Ponent Mon ha hecho de uno de mis tebeos favoritos, pues si bien es cierto que hace justicia a la obra en cuanto a reproducción se refiere, en términos generales y al compararla con tentativas precedentes vemos que tampoco hemos avanzado tanto como algunos hubiéramos deseado hacia una edición definitiva. Mi consejo, si en algo vale, es que los nuevos lectores que no conozcan la serie deberían agenciarse ya mismo un ejemplar para paliar tal situación. En cuanto a los aficionados que ya tengan los viejos tebeos de Doncel y de la colección "Rambla Color" deberán decidir si les conviene gastarse el dinero en esta nueva edición para disfrutar de una impresión y un color bastante mejores que los ya existentes (con el hándicap de las páginas en blanco y negro), o si, por el contrario, prefieren seguir solazándose exclusivamente en sus viejos álbumes. En sus manos está la decisión...

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(*) Si en Saloon se presentaron en color es difícil pensar que Les Humanoïdes las publicaran en blanco y negro. Aunque no estoy seguro de este punto, pues no he tenido ocasión de consultar su edición francesa.

(**) En mi análisis únicamente he tomado en consideración estos, dejando de lado la edición por entregas que se publicó en la revista Trinca (que, por supuesto, cuando se estudia con detalle también tiene sus características y peculiaridades).


lunes, 7 de abril de 2014

INTEGRAL DE "MANOS KELLY": EL FINAL DE LA CUENTA ATRÁS SE HA PUESTO EN MARCHA



EN el último avance de próximas novedades, para el mes de mayo, que Ponent Mon ha hecho público, ya viene anunciado el esperado integral de esta magnífica obra, creada por el historietista Antonio Hernández Palacios. Un libro de 216 páginas, a todo color, encuadernado en cartoné y a un tamaño aceptable, que nos permitirá admirar, como se merecen, los maravillosos dibujos del artista madrileño y disfrutar de las aventuras de ese enigmático español apodado "Manos". Los aficionados aguardamos impacientes al próximo 5 de mayo (fecha de salida anunciada) para poder hacernos con nuestro correspondiente ejemplar. El precio es de 38,00 euros y a más de uno se le puede hacer gravoso realizar ese desembolso de golpe, dados los momentos de crisis económica que vivimos. Pero en este Nibelheim creemos sinceramente que la oportunidad merece el esfuerzo. Piensen, si lo prefieren así, que cada uno de los cuatro álbumes completos que forman parte del integral sale por 9,50 euros. Y que, además, se incluye otra historia breve de 16 páginas —historia sin título, pero conocida habitualmente como "La juventud de Manos Kelly"—, a lo que hay que añadir la introducción (esperemos que sea jugosa) firmada por Luis Alberto de Cuenca. Es decir: se trata de un dinero bien invertido y de un precio bastante ajustado.


viernes, 17 de febrero de 2012

REIVINDICANDO (OTRA VEZ) A ANTONIO HERNÁNDEZ PALACIOS


PERO esta vez, con la ayuda inestimable de Manuel Darias, y haciéndolo a través de un artículo firmado por éste, aparecido en la sección que viene publicando desde hace años en el diario Avisos. Junto a sus reflexiones sobre el gran maestro madrileño —entre otras, la queja de que sólo once años después de su fallecimiento parece estar completamente olvidado—, el añadido de una breve entrevista que Darias le realizó al dibujante en el ya lejano año de 1976 (cuando todo parecía estar por hacer en este país nuestro que empezaba a desperezarse). Y para ilustrar el conjunto, una hermosa, rotunda y muy conocida imagen del personaje más internacional de Antonio: la de Alexis Mac Coy. Aquí tienen ustedes el documento. ¡A disfrutarlo!



Por cierto, el “copiraig” de la imagen y del texto contenido en ella es de Manuel Darias (e ignoro si también del diario Avisos).


viernes, 20 de enero de 2012

NADA NUEVO BAJO EL SOL: TEBEO, HISTORIETA, CÓMIC... ¡¡LO DE SIEMPRE!!




AHORA que tan en boga está el debate, esencialmente nominalista, en torno a la denominación que deberían recibir las obras de este Noveno Arte que nos apasiona —novela gráfica, tebeo, historieta, cómic, arte secuencial, etc.— traigo al Nibelheim un curioso documento con el que me he topado mientras repasaba, para preparar futuras entradas, mis copias de esa benemérita revista que fue Trinca.

 Portada del número de Trinca en que aparece publicado el documento al que hago referencia


En él, la prestigiosa cabecera juvenil incubada en el "régimen" por entonces ya agonizante daba cumplida respuesta (1) a un irónico reproche que le había lanzado Ernesto Clavé desde el inquieto fanzine Bang! (2), publicación que había irrumpido en el panorama historietístico español como elefante en cacharrería y que, a modo de Júpiter Tonante, iba diciéndole a todo el mundo lo que debía hacer. Aunque nadie puede negar que Bang!, en los diferentes formatos que circuló (ver aquí, aquí, aquí y aquí), se caracterizó siempre por su elevado espíritu crítico y por el sincero deseo de que la historieta ocupase el lugar cultural que merecía, lo cierto es que lo hizo muy a menudo otorgando a sus críticas y comentarios un toque de impertinencia —debido, seguramente, a la indignación por el yermo panorama historietístico de nuestro país— que podía llegar a resultar molesto. Claro, que ése era, en buena medida, su objetivo —molestar—, tal como quedó aclarado en el célebre editorial (de Antonio Martín, imagino) que abrió el número doble 22-23 de julio-agosto de 1971 (p. 3):

«LAS OPINIONES SON LIBRES, LOS HECHOS SON SAGRADOS, este lema, de un diario norteamericano, nos gustaría que fuese el nuestro. Sobre todo cuando hoy ciertos profesionales del silencio nos amonestan reiteradamente: "esas cosas no se dicen", "las cosas malas no se señalan", "como amantes del comic sólo debéis hablar de lo bueno"... Pero es que nosotros NO somos amantes del comic!!! Tan peligrosos son los aficionados a ultranza, que todo lo ven de color de rosa, como los detractores. Nosotros nos consideramos, somos, profesionales de la historieta, que vemos su lado malo y su lado peor, profesionales preocupados por el futuro y el presente de este medio de expresión y de diversión, por este lenguaje que también es negocio...».

A lo largo de su andadura, incluso, Bang!-Trocha/Troya llegó a adoptar una deriva política e ideológica tan evidente y sesgada que, en mi opinión, este hecho condiciona su objetividad como revista teórica para ser utilizada hoy día y le quita actualidad a muchas de sus aportaciones, al presentarlas demasiado ancladas a los condicionantes sociales, políticos e ideológicos de la época en que se realizaron (3). Por esta razón, quizá, y a pesar de sus limitaciones —me refiero, básicamente, a su carácter eminentemente pedagógico, apolítico y algo ñoño en ocasiones—, Trinca aparece ante nuestros ojos como una publicación más actual; da la sensación de haber envejecido menos y de haberlo hecho mejor. Bien es verdad que porque no se manchó tanto con el lodo y el polvo del camino, y porque no tenía esa inmediatez y perennidad que le otorgaba a Bang! su carácter de "boletín" e "informativo". Pero volvamos a lo que nos interesa (que me voy por las ramas).


Antonio Martín Martínez, responsable y fautor máximo —-como editor— del fanzine-revista Bang!,
en tres momentos distintos de su vida (© Viñetas, Tebeosfera y Juancarlerías)


Enseguida verán que el "encontronazo" entre la emblemática revista del régimen y el humilde y respondón fanzine quedó reducido entonces a un mero rifirrafe de contenido semántico, pero no deja de ser curioso que mientras la "conservadora" Trinca parecía inclinarse por el uso de una terminología en principio más internacionalista y moderna, representada por el anglicismo "comic", fuera Bang! —cabecera caracterizada por su orientación claramente izquierdista que daba una visión ideológica de la historieta y cuyos responsables consideraban que todos los profesionales del sector (a algunos de los cuales, como a Ibáñez, acusó de tibieza y de falta de compromiso) debían convertir sus plumas y pinceles poco menos que en armas de lucha política— la sarcástica defensora de términos más casticistas, como "tebeo" o "historieta", estrechamente vinculados a una historia política y cultural española por la que el fanzine-revista no sentía la menor simpatía.

 El fanzine de la "discordia" (© Tebeosfera)


Es posible que la intención de Clavé al lanzar su reproche fuera reivindicar el valor intrínseco de cualquier historieta, pese al nombre que se le diera y, sobre todo, advertir del potencial peligro que podía ocultarse tras el uso de una terminología específica que diera pie a discriminar entre tebeos de mayor calidad ("cómics") y otros considerados "menores" (englobados bajo denominaciones que, como "tebeo" o "historieta", pudieran ser consideradas despectivas). En el fondo, si lo piensan, es un poco lo que está ocurriendo en la actualidad con la etiqueta "novela gráfica", que es utilizada a menudo —incluso entre gente de la profesión— con un sentido elitista y selectivo. De todas formas, y como el tiempo ha venido a demostrar, la acusación de Clavé era, a todas luces, injusta e iba cargada de un hipercriticismo que no respondía a la realidad, desde el momento en que Trinca demostró ser una de las primeras publicaciones que dio cabida a un verdadero cómic de autor y no parecía tener prejuicios con la terminología (como la propia redacción de la revista se encargó de aclarar, por otro lado, en su respuesta a Bang!).

Portada del último número de Bang!, con el formato de "Carta-noticiario", nº 5
(15 de febrero de 1979) Viñetas)


En fin, Serafín. Como pueden ver ustedes la polémica conceptual en torno a la nomenclatura del Noveno Arte es mucho más antigua de lo que su actual "revalorización" nos podría hacer pensar. Ya en el año 1972 se discutía de algo que ahora consideramos candente y de lo más in. Para que vean... Pero algo hemos ganado desde entonces, no cabe duda. Quizá la "novedad" no lo sea tanto, ciertamente, pero es indudable que la "intensidad" en el debate es mucho mayor ahora, lo dicho y escrito se transmite bastante mejor —¡¡bendito Internet!!— y llega, por tanto, a más cantidad de gente. En todo caso, parece evidente que no hay nada nuevo bajo el sol...

He aquí el documento al que me refería...


Coda final.- Una última confidencia para concluir: ayer estuve en un Ábacus. No sé si ustedes conocerán los establecimientos de esta sociedad cooperativa, o siquiera si habrá alguno en su localidad, pues no es una franquicia que se haya prodigado demasiado (al menos en Madrid). Proceden de Cataluña y son grandes superficies especializadas en la venta de material escolar, juguetes, papelería técnica, libros, etc. En los que yo conozco y he frecuentado hay secciones monográficas dedicadas a la historieta y debo confesarles que, hace un tiempo, estaban bastante bien surtidas. No obstante, con la crisis se ha reducido también considerablemente el material ofrecido. Pues bien, como les iba diciendo: ayer estuve en uno de ellos —tengo la tarjeta de socio, con lo que ahorras un 5% en las compras— y se me ocurrió que podía hacerme con los dos últimos volúmenes de La Gran Colección de Astérix que me quedaba por adquirir: La hoz de oro y Astérix gladiador (¡ya ven ustedes, al final he picado! ¡y decía que no!). Me dirigí a la sección de cómics que tiene la tienda (cada vez más pequeña, como ya les digo) y después de buscar detenidamente... ¡Nada! Ni un solo ejemplar de Astérix. Había material de Glénat y Norma (por supuesto), superhéroes (Panini, Planeta...) y mucho de lo que ahora están publicando otras editoriales como Astiberri, Sins Entido, etc. Es decir, la llamada "novela gráfica". Pero del rubio guerrero galo, nasti monasti. El caso es que, descorazonado y sorprendido —pues se trata de un material que se vende muy bien y que no suele faltar en ninguna tienda con libros y tebeos—, he echado una última ojeada a la sección de cuentos (por aquello de los ilustradores) y cuando ya me iba, al pasar por delante de las estanterías dedicadas a literatura infantil y juvenil de niños con edades comprendidas entre 7 y 14 años... ¡¡¡cataplás!!! ¡¡Allí estaban los Astérix que andaba buscando!! En la sección de "literatura infantil", no de "historieta" (que bien podría haberse denominado "novela gráfica"). ¿Debemos sacar alguna conclusión al respecto? ¿Y si fuera así, cuál creen ustedes que sería ésta? Cuenten, cuenten... Hablen ahora, o callen para siempre.


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(1) En Trinca, nº 30 (15 de enero de 1972), p. 19.

(2) Concretamente en un breve aparecido en Bang! Boletín informativo, nº 25 (1971), p. 7.

(3) Sobre la relación entre historietas y ambiente político se puede consultar con mucho provecho A. ALTARRIBA, «Cuando los tebeos fueron progres», en Tebeosfera, 2ª época, nº 3 (2009). Disponible en el siguiente enlace: http://www.tebeosfera.com/documentos/documentos/cuando_los_tebeos_fueron_progres.html.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA CRÓNICA (ITALIANA) DE UN FINAL ANUNCIADO: A PROPÓSITO DE LA REVISTA "TRINCA"



HOY la cosa va de revistas. De revistas y de tebeos. O, por mejor decir, de revistas dedicadas a los tebeos, por supuesto. Y es que, atrapado de nuevo por la nostalgia, he querido bajar hasta el Nibelheim una entrada que traerá considerables recuerdos a los más talluditos de entre nuestros honorables visitantes. Se trata de la traducción de un breve, pero significativo, texto firmado por Claudio Bertieri —"direttore responsabile" de la prestigiosa revista italiana Sgt. Kirk, que dirigía Florenzo Ivaldi—, donde se da noticia de la cancelación y cierre de la revista Trinca. Apareció publicado, casi a modo de editorial, en la página 1 de su número 33 (correspondiente a julio-septiembre de 1973) y es importante porque da testimonio de la trascendencia que la mítica publicación española tuvo en el panorama tebeístico europeo de su época. Helo aquí:
«Llegado al sexagésimo quinto número, la revista quincenal TRINCA ha tirado la toalla. Debería retornar en octubre, reestructurada y con periodicidad distinta. Dejando a un lado el futuro —que auguramos próspero al equipo madrileño—, el hecho requiere un comentario. Por méritos propios al arte del cómic había encontrado una cabecera de absoluto prestigio, atrevida en lo autóctono de sus propuestas (ningún autor extranjero entre sus páginas), puntual en la información (algunas excelentes rúbricas), solícita en la propuesta de historias y personajes más allá de lo habitual. Tras la desafortunada experiencia de Drácula (realizada por Luis Gasca para "lanzar" a los Maroto, Siò, Beà, Solsona), la nueva revista, en tres años, ha realizado un programa casi irrepetible, sobre todo en el área difícil de lo insólito. Peter Petrake (Miguel Calatayud), Haxtur y Mathai-Dor (Víctor de la Fuente), Las máquinas (Fernand) se colocan entre los éxitos recientes de mayor significancia en cuanto a la visualidad. Pero también la aventura tradicional —una "tradicionalidad" revisitada, no obstante, con autonomía de signo y de fantasía— ha expuesto obras de notable nivel: Manos Kelly y El Cid (Antonio Hernández Palacios), la adaptación del Libro de la selva (Juan Arranz), Kronan (Jaime Brocal Remohí). Aparte —y puede tratarse de una elección personal— los destacables resultados de las planchas satíricas de Nieto y Ventura: una propuesta en verdad insólita, caracterizada por el estilo surrealista y alocado de los Hermanos Marx. Trinca ha marcado, ciertamente, una época: la de los primeros años setenta. Es el mínimo reconocimiento que le debemos».

Adviértase cómo Bertieri destaca acertadamente en su breve reseña todos y cada uno de los aspectos que hicieron tan especial e irrepetible la andadura editorial de Trinca: calidad innegable de contenidos, magnífica presentación, propuestas innovadoras, alternancia y variedad de series (con amplia oferta para todo tipo de público), etc. Y todo ello en una revista que, como bien precisaba el teórico italiano, se nutrió casi exclusivamente de artistas patrios (con la excepción de autores como Toppi y algún otro, que colaboraron de manera esporádica en algún número), lo cual es un testimonio fehaciente de la "cantera" de historietistas que existía por aquellos años en España, y de todo lo que habría podido llegar a hacerse en el caso de que las condiciones e infraestructuras hubieran sido otras, y no las paupérrimas que había en nuestro país por aquellas fechas, siempre presididas por la excepcionalidad.

En fin, de poco vale ya lamentarse, pero es indudable que de aquellos polvos vienen nuestros lodos actuales (y casi endémicos), cuando hablamos de historieta en España.

Cierro la entrada con un par de imágenes del número de Sgt. Kirk donde se publicó la reseña de Bertieri: la portada y la página en que aparece ésta.



miércoles, 20 de abril de 2011

NUESTRO SEGUNDO "YELLOW KID"



NAVEGANDO por los procelosos océanos virtuales de Internet a la búsqueda de nuevas piezas curiosas que ofrecer a mis lectores [aquí coger un poco de aire antes de seguir leyendo], me he topado con una verdadera joya hemerotéquica: la entrevista que Alfonso Lindo —director que fue de la revista Trinca— le hiciera al flamante ganador del Yellow Kid al mejor dibujante extranjero en el X Salón de Lucca, celebrado en 1974. ¿Adivinan quién fue? Si conocen ustedes mis gustos, o si han leído otras entradas anteriores de este blog no es difícil imaginarlo: Antonio Hernández Palacios, efectivamente. Fue el segundo autor español en recibirlo, detrás de Enric Siò, que lo hizo en la VII edición, celebrada en el año 1971.

Y es que, tratándose de un servidor, no podía dejar de traer aquí un documento tan curioso e interesante como éste, en homenaje al gran maestro que fue Antonio. Interesante, no sólo porque sirve para recordar esa grandeza (un tanto preterida en la actualidad), sino también para mostrar que, desde entonces, las cosas no han mejorado tanto como pudiéramos creer hoy día, pese al boom de la novela gráfica y otras zarandajas. De "evasión de cerebros" al extranjero y de "bajos honorarios" hablaba el artista madrileño en aquella lejana ocasión. Y sabemos que siguen siendo dos grandes problemas —si no los prioritarios— que acucian a los profesionales de nuestra raquítica industria tebeística. En fin, Serafín.



La entrevista de Lindo —que bien podría servir para dar inicio a una nueva sección en este blog titulada "Nuestros Yellow Kid", o algo por el estilo—, apareció publicada el 24 de noviembre de 1974 en Blanco y Negro, el popular y longevo suplemento dominical del diario ABC. Apenas había transcurrido una semana desde que Antonio fuera galardonado en el prestigioso festival italiano, puesto que aquel año se celebró entre los días 27 de octubre y 15 de noviembre.

Siento mucho la regular calidad de los documentos, pero me ha sido imposible obtener unas imágenes más nítidas y legibles. Tampoco he podido evitar la presencia de la molesta filigrana o marca de agua digital que advierte —¡y vaya si lo hace!— de los derechos de propiedad. Es lo que hay...



De todas formas, quien desee consultar los documentos en su lugar original, podrá hacerlo pinchando en este enlace y en este otro.

 La misma foto del reportaje, pero en mejores condiciones


Y a los más impacientes y devotos seguidores de Hernández Palacios decirles que pronto, muy pronto, habrá una nueva entrada dedicada a él. Se lo merece (ya lo creo).