(Abro aquí una nueva sección en el blog, que estará integrada por artículos en los que pretendo analizar,
con cierto detalle, los originales más destacables y significativos de mi modesta colección particular)
ESTOY convencido de que para la mayoría de los seguidores de este blog —así como para la práctica totalidad de los aficionados a la ilustración y la historieta— el nombre de Paolo Eleuteri Serpieri (Venecia 1944) es sinónimo no sólo de maestría absoluta en el dibujo, de gran calidad plástica y de asombroso virtuosismo formal, sino (y sobre todo) también de belleza femenina, erotismo explícito e incluso pornografía. Y es que, en efecto, si por algo resulta conocido el artista veneciano a nivel mundial es por haberse convertido en uno de los maestros indiscutibles de la historieta erótico-pornográfica, y por ser el padre de la criatura más concupiscente, carnal, hedonista, lasciva y voluptuosa que se haya dibujado nunca. Me refiero, claro está a la hermosa y un tanto simple Druuna, personaje que Serpieri creó a principios de la década de los 80 del pasado siglo, y gracias al cual se iba a ver catapultado a la fama, así como sometido a todas las servidumbres que ésta conlleva (y que en el caso del veneciano derivaron en un marcado encasillamiento temático, en cierta caída en la rutina desde el punto de vista creativo y en la continua revisitación de los mismos temas sin aportar nada realmente significativo, hasta llegar a resultar monótono y desilusionante). Digamos que a Serpieri le ha terminado ocurriendo algo similar a lo que le pasó también a Manara, un extraordinario historietista que acabó siendo víctima, asimismo, de sus envidiables cualidades para dibujar mujeres hermosas y se dejó atrapar —voluntariamente, imagino— en la red de una comercialidad que resultaba demasiado tentadora a todos los niveles (económicos, de popularidad...). Pero sigamos...
Sin embargo, en el momento de crear a Druuna —con la cual Serpieri se alejó por completo de los cánones de belleza "anorexizantes" impuestos en nuestra época, acercándose a los ideales estéticos de épocas pretéritas como el Barroco— nuestro artista ya era un autor conocido y respetado dentro de la profesión historietística, pues tenía tras de sí una larga trayectoria. La primera aparición del sensual personaje se produjo en la revista Charlie Mensuel, en 1985, pero ya entonces —según mi modesta opinión— el veneciano había realizado lo mejor y más interesante de su producción. Ésta se encuentra en una serie de estupendas historias cuya acción transcurre mayoritariamente en el Far West —marco histórico muy querido por Serpieri— y en algunos trabajos de encargo más académicos, pero de magnífica factura. La mayoría de las primeras aparecieron editadas en publicaciones de la editorial italiana Lanzio (especializada en el género del Oeste) y en la revista francesa Orient Express. Una parte muy pequeña de este material, bastante fragmentario, también se publicó en revistas españolas dispersas, lo cual hace que sea muy difícil de obtener.
Plancha original perteneciente a una de las historias del oeste más célebres de Serpieri: L'indiana bianca.
Soberbia muestra del arte del autor veneciano. Joyas como ésta no han sido publicadas
nunca en España. ¿Lo entienden ustedes?
De mayor enjundia fueron un par de importantes trabajos que Serpieri realizó para obras colectivas publicadas en Francia. Una Histoire du Far-West y, sobre todo, la realización de varias historias incluidas en la colección Découvrir la Bible, que entre 1983 y 1984 editó en siete volúmenes el gigante francés Larousse y posteriormente Edizioni Paoline en Italia. El proyecto estaba coordinado por Éthienne Dahler, que se encargó de todos los guiones. Contaba también con diversos coloristas y, sobre todo, con un buen puñado de prestigiosos y magníficos dibujantes, entre los que destacaba el propio Serpieri (otro de los grandes fue Víctor de la Fuente). En nuestro país la obra fue publicada por Plaza & Janés en 1984, reproduciendo estructura y título, aunque con volúmenes que aparecían numerados diferenciando entre Antiguo Testamento (vols. 1-6) y Nuevo Testamento (vols. 1-2). Serpieri realizó un total de seis capítulos de extensión desigual, cuyos datos generales son los siguientes(*):
1º) La Creación (en Descubrir la Biblia. Antiguo Testamento, 1: La Creación. Los Patriarcas). 22 planchas.
2º) David (en Descubrir la Biblia. Antiguo Testamento, 3: Los reyes. David. Saúl. Salomón). 23 planchas.
3º) David rey de Jerusalén (en Descubrir la Biblia. Antiguo Testamento, 3: Los reyes. David. Saúl. Salomón). 23 planchas.
4º) David, la rebelión del hijo (en Descubrir la Biblia. Antiguo Testamento, 3: Los reyes. David. Saúl. Salomón). 23 planchas.
5º) Juan el Bautista y Jesús (en Descubrir la Biblia. Nuevo Testamento, 1: Jesús de Nazaret). 22 planchas.
6º) Jesús en Galilea (en Descubrir la Biblia. Nuevo Testamento, 2: Jesús de Nazaret). 23 planchas.
El original que poseo —publicado en la galería de Comic Art Fans—, es la plancha nº 15 de las 22 que componen la penúltima colaboración que Serpieri realizó para la serie (las correspondientes al capítulo titulado Juan el Bautista y Jesús). Una pieza magnífica en la que se narra el famoso episodio de la matanza de los inocentes, ordenada por el rey Herodes el Grande para impedir —según el relato bíblico— su supuesto futuro derrocamiento por parte del anunciado Mesías. Hélo aquí:
Tiene unas dimensiones totales de 48 x 35 cm. y está realizada con la técnica habitual empleada por el autor en aquella época: tinta china sobre cartulina de dibujo, aplicada esencialmente con pincel y algunos toques de plumilla. La maestría que denota la pieza resulta abrumadora: no se trata sólo de la perfección formal de los dibujos —rasgo inconfundible en el arte de Serpieri—, sino de la brillantez y la habilidad técnica que percibimos en su ejecución, en el acabado, en el modo de solucionar los volúmenes por medio de los abundantes tramados (tan característicos del autor), en la soberbia ambientación (aunque haya algún anacronismo que otro: por ejemplo, el uso de estribos en una época y lugar en que aún no se utilizaban), en el detallado trabajo de los fondos y en la cuidadísima puesta en escena.
El trabajo de Serpieri en la caracterización de los personajes y los ambientes resulta apabullante. Asimismo, también es muy definitorio de su estilo gráfico la insuperable habilidad para realizar soberbios primeros planos, que abundan en su obra, tal como ocurría con Antonio Hernández Palacios. En realidad, el parecido estilístico de ambos maestros llega a resultar asombroso. De hecho, cuando en el año 1977 Serpieri tuvo la oportunidad de ver algunos dibujos del madrileño quedó impresionando (desagradablemente imagino) y, al parecer, comentó que éste le copiaba. Luego, no obstante, tuvo ocasión de conocer los trabajos que Antonio venía realizando desde principios de los 70 y se percató de que se trataba de una pura coincidencia estilística. Podríamos señalar, a este respecto, que pese a las similitudes existentes, ambos autores tienen sus propias peculiaridades. Y así, mientras que Serpieri se muestra correctísimo, muy académico y dominador absoluto de su arte —la perfección formal de sus dibujos llega a una altura insuperable—, el madrileño resulta mucho más expresivo, personal, cálido e impactante, aunque no sea tan preciso a la hora de respetar cánones y proporciones (o, quizá, por eso mismo).
Y voy concluyendo: es cierto que nos hallamos ante una colaboración que no se caracteriza por lo revolucionario de sus planteamientos compositivos y, sobre todo, narrativos. Pero ello resulta completamente lógico, teniendo en cuenta que se trata de un trabajo destinado al público generalista y dotado de un marcado carácter pedagógico. Por otro lado, Serpieri no se ha caracterizado nunca por su osadía compositiva —al estilo de la que pusieron en práctica De Luca, Toppi, Crepax o Battaglia—, sino que es, más bien, un historietista relativamente conservador, que deposita casi todo el peso de su trabajo en un dibujo impresionante (cosa que, en verdad, no todos pueden hacer). De todas formas, como puede verse en mi original, el italiano tampoco es que renuncie del todo a darle cierto dinamismo y variedad a la página, pues en lugar de acudir a la tradicional composición reticular de las viñetas (tan eficaz como monótona), opta por jugar con el orden de lectura y romper los límites de las viñetas con diversos recursos: renunciando a su enmarcado completo y dejándolas abiertas, colocando bocadillos y figuras que sobresalen de los márgenes, utilizando elementos como la cartela, la espada en alto del soldado o las nubes para hacerlo, etc.
Y eso es todo lo que deseaba decirles. Espero que les guste la pieza que les he presentado.
--------------------
(*) Cito según la edición española de la obra, que es la que yo tengo, y además remito al blog El rincón de Taula, donde hace ya tiempo se realizó un desglose muy completo del contenido de este voluminoso título.