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jueves, 23 de diciembre de 2021

CRÓNICA TELEGRÁFICA DE UNA FUNCIÓN OPERÍSTICA MÁS

La bohème, ópera en cuatro actos, con libreto de Giuseppe Giacosa y Luidi Illica y música de Giacomo Puccini. Estrenada en el Teatro Reggio de Turín, el 1 de febrero de 1896.— Director musical: Nicola Luisotti.— Director de escena: Richard Jones.— Escenógrafa y figurinista: Stewart Laing.— Iluminadora: Mimi Jordan Sherin.— Intérpretes (1er reparto): Michel Fabiano (Rodolfo), Joan Martín-Royo (Schaunard), Vicenç Esteve (Benoît), Ermonela Jaho (Mimì), Lucas Meachem (Marcello), Krzysztof Baczyk (Colline), Roberto Accurso (Alcindoro), Ruth Iniesta (Musetta).— Coro y Orquesta titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo / Orquesta Sinfónica de Madrid), Pequeños Cantores de la JORCAM.— Teatro Real de Madrid.— Miércoles, 15 de diciembre de 2021, 19:30 horas.

Función digna, aséptica y sin elementos verdaderamente destacables (ni para bien, ni para mal). En definitiva: lo que suelen ser, en la actualidad, la mayoría de las funciones operísticas a las que asisto.

Propuesta escénica comme d'habitude en estos tiempos inanes y faltos de carisma que vivimos (donde los montajes tradicionales y de cartón piedra ya empiezan a ser una novedad revolucionaria): en los actos primero y cuarto la habitual cajita de cerillas minimalista para representar la habitación de los muchachitos bohemios, con un planteamiento de falta absoluta de respeto hacia el público de las alturas (gallinero, laterales, etc.), que tuvimos el "privilegio" de ver a los cantantes sólo a partir de la cintura para abajo (¡y eso que, en su momento, anunciaron la caja escénica del Real como algo verdaderamente único en el mundo!)... En el segundo acto algún despliegue de creatividad más (aunque siempre metiendo todo como en cajitas de regalo) y un soso y desangelado acto III (que, por el contrario recuerdo impactante en la hermosa propuesta escénica de Giancarlo del Monaco, que pudimos disfrutar en este mismo teatro hace años).

La cajita de cerillas-buhardilla que nos propuso Jones
 

Luisotti lanzando la orquesta a pleno volumen contra los pobres (y cortitos) cantantes.

Fabiano nos ofreció un monótono y poco variado Rodolfo. Es cierto que el tenor tiene una voz caudalosa, con cuerpo (aunque no especialmente bonita) y que se oye perfectamente. Pero canta de un modo tan plano y monocorde que... Además no hay una homogeneidad de registros (su paso del mezzoforte al piano en falsete era tan evidente y poco elegante que...). Su mejor momento (a mi entender) en el nostálgico dúo con Marcello del último acto.

El Café de Momus (el momento escénico más espectacular de la función, lo cual no es decir mucho)

 

La mejor de la noche, a mi entender, fue la Jaho. Pero no se piensen que por la adecuación ideal al papel, o por la enorme calidad de su instrumento. No, no... Nada de eso: la soprano albanesa tiene una vocecita que está bien lejos de lo que requiere el papel de Mimì (una lírica plena), pues carece por completo de graves (que sonaron entubados, débiles y forzados) y su voz es de un caudal y volumen bastantes discretos. Sin embargo, tanto a nivel actoral como canoro se mostró exquisita, variada y muy sensible, matizando cada palabra, fraseando con gusto y estilo y cincelando un discurso canoro que contribuyó a expresar muy acertadamente esa delicadeza tan propia de este personaje pucciniano. Su romanza del primer acto --frente a la de Fabiano, que pasó sin pena ni gloria y creo que estaba rebajada medio tono-- tuvo bastantes cosas interesantes: canto rubato (bien auxiliado por Luisotti), diminuendi, messe di voce, etc. Lástima el volumen y la falta puntual de legato en algunas momentos, que impidió dar mayor calidad a ciertas frases. Emocionante, asimismo, su parlamento del acto III ("Donde lieta uscì... Addio, senza rancor") que lanzó al público a premiarlo con aplausos.

Mimì abandonando este mundo cruel en el último acto

 

Meachem fue un Marcello aceptable, pero que tampoco pasará a la historia ciertamente. Y lo mismo podríamos decir del resto de intérpretes: el (demasiado) juvenil Colline de Baczyk, el anodino Schaunard de Martín-Royo, o la descaradísima y en exceso alocada Mussetta de Iniesta (que al final, sin embargo, da un vuelco a su papel, presentándonos una serena y madura novia de Marcello).

Como ya he dicho: una función seria, digna pero de poca emoción.

viernes, 10 de julio de 2015

"GOYESCAS"/"GIANNI SCHICCHI" EN EL TEATRO REAL (O AL CÉSAR, LO QUE ES DEL CÉSAR Y A PLÁCIDO DOMINGO...)



PARTE I

Goyescas, ópera en tres cuadros, con libreto de Fernando Periquet y música de Enrique Granados.— Director musical: Guillermo García Calvo.— Intérpretes: María Bayo (Rosario), Andeka Gorrotxategi (Fernando), César San Martín (Paquiro), Ana Ibarra (Pepa), Albert Casals (El cantante).— Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:00 horas.— Versión en concierto.

Concierto extraordinario de Plácido Domingo.— Director musical: Giuliano Carella.— Intérpretes: Plácido Domingo (tenor), Bruno Praticò, Luis Cansino y Maiter Alberola.— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 20:55 horas.

PARTE II

Gianni Schicchi, ópera en un acto, con libreto de Giovacchino Forzano y música de Giacomo Puccini.— Director musical: Giuliano Carella.— Director de escena: Woody Allen.— Escenógrafo y figurinista: Santo Loquasto.— Iluminador: Mark Jonathan.— Intérpretes: Nicola Alaimo (Gianni Schicchi), Maite Alberola (Lauretta), Albert Casals (Rinuccio), Vincente Ombuena (Gherardo), Bruno Praticò (Betto di Signa), Eliana Bayón (Nella), Luis Cansino (Marco), María José Suárez (La Ciesca), Francisco Santiago (Maestro Spinelloccio), Tomeu Bibiloni (Ser Amantio di Nicolao, Valeriano Lanchas (Simone) , Federico de Michelis (Guccio), Francisco Crespo (Pinellino), Darío Barón (Gherardino), Gabi Nicolás (Buoso).— Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).— Producción de Los Angeles Opera.— Teatro Real de Madrid.— Viernes, 3 de julio de 2015, 21:20 horas.


DOBLE y ecléctico programa —pensado, en principio, para el tenor Plácido Domingo— el que estaba previsto ofrecer al público en el Teatro Real durante estos caniculosos días de junio-julio de 2015. Dos obras que nada tienen en común, salvo su brevedad, el hecho de que fueron las últimas escritas por sus respectivos compositores (Turandot, como se sabe, quedó inacabada) y la circunstancia de que habría sido el divo madrileño quien, si no se hubieran dado las luctuosas circunstancias que lo han impedido, habría actuado como aglutinador de ambas: dirigiendo la orquesta en el caso de Goyescas y dando vida al protagonista homónimo en la pucciniana Gianni Schicchi. Pero la cruel Parca —que no atiende a más razones que su lógica ciega e implacable— se cruzó por medio y vino a llevarse a la hermana del tenor (María José) el pasado 8 de junio. Junto a ella, a la que se encontraba muy unido, permaneció Domingo durante el tiempo que estuvo ingresada en el Hospital General de Massachussets (Boston), cancelando las actuaciones que tenía firmadas para esas fechas. Y en esto llegó el turno de las representaciones en el Real, de modo que a mediados de junio el coliseo y el propio tenor comunicaban al público la ausencia de éste en todas las representaciones previstas, aunque contemplando la posibilidad de paliar dicha ausencia por medio de alguna solución acordada que terminó siendo el breve concierto introducido en el programa entre medias de Goyescas y Gianni Schicchi. Debo reconocer que son gestos como éste —además de la propia valía artística, por supuesto— los que hacen grandes a los artistas como Domingo. En tal sentido, dice mucho del cantante madrileño y le honra el hecho de que, pese a la desgracia personal acaecida, haya tenido el gesto para con los aficionados de ofrecer una "recompensa" alternativa, a cambio de suspender su participación en estas funciones estivales madrileñas. Máxime cuando a estas alturas de su carrera, y tras haber alcanzado el lugar privilegiado que ocupa en el Olimpo de los intérpretes líricos (y que sólo a unos pocos les está reservado), no necesitaría hacer cosas así para justificarse personalmente o consolidarse como profesional. ¡Qué diferencia con otros intérpretes que también hemos visto por estos lares! ¿O no se acuerdan, por ejemplo, del lamentable espectáculo ofrecido por el tenor argentino José Cura el 26 de diciembre del año 2000, cuando se enfrentó directamente al público que le reprochaba su prestación sobre el escenario, al finalizar una de las funciones de Il trovatore programado para esa temporada, en un incidente que fue recogido por los micrófonos de Radio Nacional de España? Pero vayamos a lo que nos interesa ahora...

Imágenes de Domingo con su única hermana en diferentes etapas de su vida, que el propio tenor
se ha encargado de difundir en días pasados por las redes sociales para rendirle
un cariñoso homenaje tras su fallecimiento


Se inició la primera parte de este extraño "tríptico" madrileño —podríamos decir emulando la obra original de Puccini, de la que forma parte Gianni Schicchi— con una función aburrida y muy sosainas de la Goyescas de Granados. En este punto considero justo recordar que el origen de la obra se encuentra en la suite pianística del mismo nombre que, entre 1909 y 1911, compuso Enrique Granados inspirándose en los trabajos de Goya (de ahí el nombre). El hecho de que posteriormente la obra acabara transformándose en ópera —tras un encargo realizado por la Opéra de París— y de que Fernando Periquet tuviera que escribir un libreto bastante flojo que hubo de acomodarse a la música ya escrita, son las razones que explican el notable desequilibrio dramático de la composición resultante. Lo cierto es que Goyescas —por mucho que el bueno de Juan Lucas nos la quiera vender en el programa de mano entregado durante estas funciones— difícilmente se sostiene como obra para la escena, y si bien es verdad que encierra momentos musicales muy bellos —los dos interludios (especialmente el que nos hace pasar del primer al segundo cuadro), o la escena solista de Rosario— no es menos cierto que resulta flojísima como ópera. Máxime cuando sobre el escenario no hay cantantes capaces de levantar el vuelo y atraer la atención del respetable con sus interpretaciones. Y tal fue lo que ocurrió en la función del pasado viernes que comento.

Enrique Granados (1867-1916) en una fotografía cercana a la fecha de su muerte (debe recordarse
que falleció, junto a su mujer Amparo, tras el hundimiento —por parte de un submarino
de la Kriegsmarine alemana durante la I Guerra Mundial—, del buque en el cual
viajaban de regreso a España, tras asistir en EE.UU
al estreno de Goyescas en la MET)


El joven Guillermo García Calvo estuvo correcto con la batuta, sacando de orquesta y coro todo lo que la partitura ofrece (que tampoco es tanto, la verdad). Bellísimo el primer interludio, hermosos momentos en la escena solista de Rosario y bien empastada, por momentos, la orquesta con el coro, cuya prestación, no obstante, resultó bastante más regulera que en otras ocasiones (pese a que destacaran del conjunto las voces masculinas). María Bayo fue una insuficiente Rosario, con voz desabrida en las alturas y de nula enjundia en los graves (donde se abría peligrosamente, hasta perder la impostación y casi parecer hablada). No obstante, de todos los intérpretes vocales fue la que mayor implicación tuvo con su personaje, y a la que mejor pudimos entender (al menos un servidor), porque lo que se dice el resto, anduvo bastante deficiente de nitidez en la dicción. Bello instrumento el de Ana Ibarra (en la piel de Pepa) —aterciopelado y con cuerpo—, pero justa de volumen e inteligibilidad (como ya he señalado). Los mismos defectos presentaron el intrascendente Paquiro de César San Martín —al que no se entendía absolutamente nada, siendo ahogado en todo momento por la orquesta— y el Fernando de Andeka Gorrochategui, un tenor de fuste por medios naturales —voz de spinto, oscura y percutiente—, pero sin la correcta proyección, con una emisión trasera, opaca, engolada, con sonidos nasales y de escasa intención expresiva. Citar, por último, a Albert Casals, en la piel de El cantante: correcto, pero poco más. En todo caso, el más interesante de la función, pese a su brevísima intervención, pues fue el único que proyectó en condiciones su voz.

Todos los responsables de Goyescas, saludando al final de la actuación


Y llegó el momento del divo: las luces se encendieron y apareció en el escenario Plácido Domingo, recibido con un fortísimo y entregado aplauso. Si por casualidad han leído ustedes algunas de mis intervenciones en el foro Una noche en la ópera (donde suelo participar), no soy precisamente lo que se dice un partidario de esta nueva etapa como "barítono" que el antaño gran tenor parece estar dispuesto a desarrollar en la actualidad. Creo, de hecho, que desde hace tiempo ya no se encuentra en buenas condiciones para cantar óperas completas, sea como tenor (para lo que ya no tiene voz), sea como barítono (que nunca ha sido). Y, desde luego, pienso que su contribución (tan sui generis) al repertorio baritonal —el propio intérprete ha confesado que él no pretende emular a un barítono, sino que canta con sus condiciones lo que fue pensado para otro tipo de voces— no pasará precisamente a la historia de las interpretaciones. Me parecieron chocantes sus primeras intervenciones en el repertorio —con aquel Simon Boccanegra del año 2009 en Berlín, (aunque antes ya había cantado el Vidal de la Luisa Fernanda en 2003)—, pero la cosa parecía que iba a ser anecdótica: el simple capricho de un artista consagrado como él de cantar un gran personaje verdiano para la cuerda baritonal. Y hasta ahí... Pero no, luego llegaron Rigoletto en el 2010 —del que existe una insufrible versión cinematográfica que puede verse en Youtube (con un Domingo apuradísimo y a punto de echar las tripas por la boca)—, el Francesco de I due Foscari en 2012 y el apoteósico año 2013, cuando decidió debutar en nada menos que cuatro roles baritonales (todos ellos verdianos): el Germont de La traviata, el Nabucco de la ópera verdiana homónima, el Giacomo de Giovanna d'Arco y el Conde de Luna de Il trovatore. Y todos ellos en unas prestaciones y con unas condiciones vocales y de adecuación a los roles que han dejado bastante que desear (y no me refiero sólo a su Conde de Luna salzburgués, donde el madrileño no pudo hacer más porque estaba enfermo).



Pero a pesar de todas mis prevenciones y dudas he de reconocer que el contraste entre lo que escuchamos cuando Domingo abrió su boca y lo que habíamos "sufrido" antes no tenía parangón. Y así, tras los soporíferos 55 minutos de Goyescas, la aparición sull palco scenico del tenor madrileño metido a barítono fue como un regalo del cielo: para empezar, desplegó él solo más voz que todos los cantantes que le habían precedido. Además, y pese a cantar en italiano, se le entendía absolutamente todo lo que decía, pudiéndose seguir su interpretación sin necesidad de sobretítulos ni nada por el estilo (que no hubo, todo sea dicho). Por no hablar de la intención dramática, del fraseo, de la expresividad, de la adecuación al estilo y de la pasión y entrega interpretativas... En fin, como de la noche al día. Además se presentó en buenas condiciones físicas y con la voz bastante a punto, de modo que todo discurrió mucho mejor de lo que yo habría podido imaginar.

Nicola Alaimo, María Bayo y Plácido Domingo en el Teatro Real de Madrid


Comenzó Domingo con una versión del "Nemico della patria", que canta Carlo Gérard en el acto III del Andrea Chénier de Umberto Giordano. He de decir que, antes de esta representación, escuché al tenor madrileño en un vídeo de televisión y mostraba un vibrato muy acentuado que no percibí en el teatro. Bien de acentos y expresivo, aunque sin nada que destacar realmente en este aria, muy bella, verdaderamente ingrata por su intenso dramatismo y poco adecuada para iniciar un concierto. Si acaso cierta dificultad en la parte más melódica de la segunda sección y en el cierre de la misma, a la que el tenor llegó ya muy justo de fiato. Su segunda prestación fue la mejor del mini-concierto: un "Pietà, rispeto, amore" del Macbeth de Verdi magníficamente escanciado, lleno de intención, variado en los acentos, con buen legato, un fraseo cuidado y un timbre bruñido que nos trajo el recuerdo de los buenos momentos del cantante (aunque sin la adecuación a nivel de tesitura, claro está). La penúltima intervención de Domingo se produjo en el dúo entre Germont y Violetta, del acto II de La traviata. Hay que comenzar diciendo, por si hubiera alguna duda, que el pasaje es, de por sí, estremecedor y bello hasta decir basta, lo cual ayuda bastante a dejar buen sabor de boca en el oyente. Pero es que, además, tanto Domingo como Alberola estuvieron bastante bien. Al menos hasta la mitad del duetto, en que el madrileño se desfondó: falta de aliento, frases entrecortadas y sin rematar... En fin, muy cansado. Por esta razón, la propina que ofreció ("Luché la fe por el triunfo", romanza que el personaje de Vidal Hernando interpreta en el acto II de Luisa Fernanda) fue servida ya con las fuerzas muy justas, casi sin fiato y mostrando bastante cansancio. Casi por contentar al respetable, que tanto le había aplaudido. En cualquier caso, y para resumir, puedo afirmar que su actuación resultó mucho más satisfactoria de lo que yo había imaginado en un principio, aunque es evidente que las limitaciones (lógicas por el paso del tiempo) están ahí y van a quedarse ya para siempre. De hecho, sólo irán agravándose: falta de aliento, reforzamiento artificial de la voz con sonidos di petto para dar enjundia, peso y oscuridad a un instrumento que, en origen, no es baritonal, falta de homogenidad en los registros por este mismo problema, entubamiento de las notas, aumento del vibrato, nasalidad excesiva...

Domingo y Allen, unidos por la ópera, en una imagen de archivo


A Domingo le acompañaron en este mini-concierto algunos de los cantantes que luego iban a intervenir en Gianni Schicchi. El primero en salir fue Bruno Praticò, que nos ofreció una paupérrima e insípida lectura de "Sia qualunque delle figlie", de La Cenerentola de Rossini. Una interpretación llena de amaneramientos y exageraciones bufonescas que pretendían suplir la ausencia de estilo, la falta de claridad en las agilidades y la inconsistencia de la voz. En cuanto al barítono Luis Cansino, se presentó con un "L'onore" del Falstaff verdiano algo estentóreo y efusivo, aunque desplegando buenos medios y muchas ganas, que transmitió en una quasi escenificación del aria... Last but not least la prestación de Maite Alberola, que fue una excelente Violetta en el duetto con el Germont de Plácido Domingo: medios estupendos, con un vibratto muy agradable y acariciador, un notable dominio técnico del instrumento y muy ajustada en estilo y expresión.

La joven y prometedora Maite Alberola


Y tras un descanso de 25 minutos llegamos a la segunda parte del programa. Un Gianni Schicchi con montaje escénico del astro del cine Woody Allen, encargado por Plácido Domingo en su día (año 2008) para la ópera de Los Ángeles que gestiona como director artístico. Debo empezar señalando que la propuesta del realizador norteamericano no resulta ni especialmente original, ni sorprendente para quienes conocemos, más o menos, su cine, sus neuras y su tipo de humor. Y es que la acción se traslada del marco original de la Florencia de finales del siglo XIII —en el libreto se especifica que todo ocurre el día 1 de septiembre de 1299— a la de los años 40, con un ambiente general que recuerda bastante a la comedia cinematográfica italiana costumbrista —uno piensa que, en cualquier momento, podría producirse la aparición en escena de Marcello Mastroianni, Vittorio De Sica, o Alberto Sordi— y donde se hace uso de algunos toques de humor característicos de Allen. Así, por ejemplo, al comienzo de la función —y mientras suena Funiculì, funiculà de Luigi Denza— se puede ver una pantalla en la que aparecen títulos de crédito de supuestos participantes en una película, con nombres fictios y llenos de guiños cómicos (Giuseppe Prosciutto, Oriana Fellatio, etc.), en un estilo muy típico del "universo Allen". En esta misma línea, el director neoyorquino también ha optado por cambiar el final de la ópera, haciendo que el personaje de Zita regrese a la casa donde se desarrolla toda la acción y mate de un navajazo a Schicchi, que se vuelve al público y dice su frase final antes de caer al suelo: «Per questa bizarria m'han cacciato all'inferno... e così sia; ma con licenza del gran padre Dante, se stasera vi siete divertiti, concedetemi voi... l'attenuante!». En fin, algo del todo innecesario, pero que estaba en línea con lo ofrecido durante el resto de la función, donde a los personajes se les presenta más cercanos a lo camorrista y lo mafioso, que a lo puramente neorrealista.



Giuliano Carella —que había dirigido también el mini-concierto previo— estuvo bien con la batuta, aunque ciertamente no pudo conseguir que la orquesta transmitiera toda la alegría, la viveza y el desenfado contenidos en una ópera tan vitalista y llena de chispa como Gianni Schicchi. Nicola Alaimo fue un protagonista de gran presencia escénica —el barítono palermitano es bastante alto y muy corpulento—, pero de escasa credibilidad dramática, pues resultó demasiado juvenil por voz y expresión. Pese a todo, desplegó buenos medios, cantó con estilo y se mostró competente en lo actoral (salvo por el defecto señalado). Cumplidor Albert Casals en su lírico y romántico papel de Rinuccio, aunque pasó alguna dificultad en la zona aguda a la hora de interpretar la bella y conocida romanza "Firenze è come un albero fiorito". Bien Elena Zilo como la madura y codiciosa Zita, muy destacable a nivel actoral. Correctos los demás intérpretes, en unos roles que tampoco son muy destacables en lo musical, dentro de una obra esencialmente coral. En mi opinión, lo mejor de esta parte de la velada fue la Lauretta de la soprano valenciana Maite Alberola —transmutada, por obra y gracia de Allen, de una joven burguesa en una casi "furciona" de tres al cuarto—, que nos ofreció un "O mio babbino caro" de estupenda factura, confirmando así la buena impresión que había dejado tras su dúo con Plácido Domingo en el concierto previo.

Alaimo/Schicchi (demasiado juvenil) y Alberola/Lauretta (intentando convencer a su padre
ficcional con la bellísima y zalamera aria que compuso Puccini para su personaje)


Y con esto concluyó una extraña y ecléctica velada que resultó relativamente satisfactoria, pese a los cambios, las cancelaciones y los imprevistos de última hora (recordemos que, al margen de la retirada de Domingo por el motivo citado, Goyescas también se iba a ofrecer escenificada, aunque recortes presupuestarios de última hora aconsejaron su presentación en versión de concierto, circunstancia que no favoreció precisamente a la obra durante estas funciones madrileñas). No es que haya sido un cierre de temporada brillante, pero tampoco podemos hablar de fiasco absoluto. Y ha de reconocerse que una buena parte del éxito se ha debido, nuevamente, a la presencia del divo madrileño en el teatro de la ciudad que le vio nacer.


martes, 20 de noviembre de 2012

DE CELDAS Y PRISIONES (CON MORALINA INCLUIDA): "IL PRIGIONIERO Y SUOR ANGELICA" EN EL TEATRO REAL



Il prigioniero, ópera en un prólogo y un acto, con libreto y música de Luigi Dallapiccola, basado en La tortura de la esperanza de Auguste Villiers de L'Isle-Adam y La leyenda y aventuras heroicas, alegres y gloriosas de Ulenspiegel y de Lamme Goedzak, de Charles De Coster.— Intérpretes: Deborah Polaski (La madre), Vito Priante (El prisionero), Donald Kaasch (El carcelero/El gran Inquisidor), Gerardo López y David Rubiera (dos sacerdotes). Figurantes.

Suor Angelica, ópera en un acto, con libreto de Giovacchino Forzano y música de Giacomo Puccini.— Intérpretes: Veronika Dzhioeva (Suor Angelica), Deborah Polaski (La tía princesa), María Luisa Corbacho (La abadesa), Marina Rodríguez-Cusí (La hermana celadora), Itxaro Metxaka (La maestra de las novicias), Auxiliadora Toledano (Suor Genovieffa), Maira Rodríguez (Suor Osmina), Rossella Cerioni (Suor Dolcina), Anna Tobella (La hermana enfermera), Sandra Ferrández y Maite Maruri (Dos mendicantes), Lagipsy Álvarez (La novicia), Debora Abramowicz y Carolina Muñoz (dos conversas), Esther González (soprano sola). Figurantes.

Dirección musical: Ingo Metzmacher.— Dirección escénica: Lluís Pasqual.— Escenógrafo: Paco Azorín.— Figurinista: Isidre Prunés.— Iluminador: Pascal Mérat.— Director del coro: Andrés Máspero.— Directora del coro de niños: Ana González.— Pequeños Cantores de la JORCAM. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid).— Teatro Real de Madrid.— Miércoles, 7 y jueves 15 de noviembre de 2012, 20:00 horas.



TOMANDO como referencia unificadora y motivo temático central la idea de pérdida de libertad —uno más de los muchos temas posibles, todo sea dicho, pero que va en la línea de ese teatro reivindicativo tan del gusto de Gérard Mortier— acaba de representarse en el Teatro Real el tercer título de esta temporada. Bueno, en realidad no se trata de una sola ópera, sino de dos que han sido unificadas (un tanto forzadamente, en mi opinión) a partir del criterio señalado: Il prigioniero, de Luigi Dallapiccola, y Suor Angelica, de Giacomo Puccini.

El experimento no resultaría censurable si ambas óperas hubieran sido compuestas como obras autónomas —según ocurre, por ejemplo, con I pagliacci y Cavalleria rusticana (que, no obstante y merced a la tradición, siempre suelen representarse unidas en la misma función)—, o si las dos quisieran transmitir el mismo mensaje. Pero es el caso que no se da ninguna de estas circunstancias, como veremos inmediatamente.

La segunda de ellas —Suor Angelica— se pensó como complemento inseparable de otras dos piezas (Il tabarro y Gianni Schicchi) y como parte integrante de una obra mayor —Il trittico pucciniano—, que el compositor de Lucca concibió como pieza única e indisoluble. En efecto, era deseo expreso de Puccini que su "tríptico" musical se representara íntegro, sin rupturas ni escisiones, pues con él se había propuesto hacer una obra que homenajeaba a La Divina Commedia de Dante y tomaba como fuente de inspiración su estructura tripartita, estableciéndose una precisa relación entre las tres partes de ésta y las tres óperas de un acto puccinianas, según la siguiente correspondencia (en función de sus respectivos argumentos): "Infierno"/Il tabarro; "Purgatorio"/Suor Angelica y "Paraíso"/Gianni Schicchi. El hecho de que, ya en vida de Puccini, se violentara este deseo del compositor —pues desde el principio se dieron por separado las tres óperas (siendo Suor Angelica la más perjudicada)—, no es excusa para justificar lo que se ha hecho en estas funciones madrileñas, desnaturalizando la voluntad del creador (como, por otra parte, suele ser habitual en la mayoría de las actuales representaciones operísticas, donde los directores de escena suelen justificar sus jugosos honorarios haciendo todo tipo de patochadas y experimentos que desvirtúan la voluntad original de los compositores). Quedaría, por otro lado, el hecho de que el efecto teatral y dramático buscado por Puccini se ve absolutamente desvirtuado cuando las piezas se ofrecen por separado. En este sentido, y tal como señaló hace años de manera muy acertada Mosco Carner en su conocida biografía del músico de Lucca:
«Las pocas producciones completas que he visto demostraron que los contrastes entre las tres obras actúan en y por sí mismos como un poderoso agente dramático, reforzando de manera retrospectiva para el oyente el impacto de cada ópera individual. Además, el efecto acumulativo de todo el Trittico supera en mucho el efecto creado por producciones separadas, por ejemplo, de Il Tabarro o Gianni Schicchi; una observación obvia, es cierto, pero que solemos olvidar. Existe un beneficio estético apreciable en ofrecer las tres óperas en una sola velada, que se pierde totalmente cuando se las produce por separado» (1).



Tampoco existe convergencia temática y argumental entre ambas óperas, al margen de unas pocas coincidencias circunstanciales en personajes y situaciones. Y es que, al contrario que la composición de Dallapiccola, la pequeña ópera de Puccini no fue nunca una denuncia contra los regímenes totalitarios, ni contra nada parecido, sino un bello homenaje al amor materno y, sobre todo, un ejercicio preciosista más del músico de Lucca en torno a le piccole cose y los sentimientos (aunque no estuviera ausente en ella la crítica contra determinadas costumbres arraigadas y cierto anticlericalismo o descreimiento religioso, del que Puccini no estaba libre, como muchos de sus contemporáneos). Pero no olvidemos que el maestro tenía una hermana religiosa, Iginia, que llegó a ser priora del convento de Vicopelago, y no sentía especial animadversión hacia la religión (antes al contrario, pues está demostrada la fascinación del compositor hacia lo sagrado y lo litúrgico).

Puccini en su estudio de la casa de Torre del Lago


Ya puestos a buscar paralelismos, la obra de Dallapiccola se podía haber hermanado, por ejemplo, con Il trovatore verdiano, pues ambas tienen casi más puntos de contacto que las dos obras elegidas para estas veladas: las dos desarrollan su acción en tierras aragonesas (la de Verdi añade, además, Vizcaya); ambas transcurren en épocas muy parecidas (siglos XV y XVI); en los dos casos tenemos a una madre (La madre / Azucena) preocupada por un hijo (El prisionero / Manrico) que acaba con sus huesos en la cárcel y será ejecutado. En Il trovatore, encima, incluso la madre terminará encerrada también; en las dos se presenta un poder opresor (la Inquisición / El conde de Luna) que aplasta cualquier resistencia de los más débiles... En fin, no será por falta de paralelismos. Y encima no habría sido necesario forzar el sentido último de Suor Angelica, quebrantando la voluntad de su autor. Por último, al unir ambas obras se habría obtenido un programa más apañado de tres horas y poco más (en lugar de las dos del experimento mortieriano).

Luigi Dallapiccola (1904-1975)


En resumen: desaprobación generalizada, por mi parte, para un espectáculo que, ya desde su misma conceptualización, resulta fallido, pues consiste en manipular las obras de dos autores —cuyos significados primigenios se desvirtúan— para crear un pasticcio ad maiorem Gerardi Mortieris gloriam, dando como resultado un producto falto de homogeneidad y de sentido (si nos atenemos a la voluntad originaria de los únicos y verdaderos autores: Dallapiccola y Puccini). Bueno, en realidad se prima una obra (Il prigioniero) sobre la otra (Suor Angelica), forzando el significado de esta última para hacerlo converger con la primera, cuando no tienen tantos puntos de contacto como se ha señalado. Para profundizar en esta cuestión, lean el siguiente artículo del siempre brillante Luis Gago, porque es aleccionador y muy divertido. Claro, que nunca llueve a gusto de todos, como puede verse aquí.

Mortier, genio y figura...


El origen de todo el problema, a mi modesto entender, radica en la propia concepción ideológica de la producción —debida a Mortier, por supuesto—, que ha buscado primar un mensaje fundamentalmente político (el de Il prigioniero) sobre otro puramente estético y humanístico (el de Puccini en Suor Angelica), deformando así —como ya he señalado antes— el sentido de esta última obra y dando lugar a una síntesis desequilibrada, en la que se ofrece una imagen errónea y manipulada de la misma, para hacerle decir lo que no quería el compositor. Podemos apuntar, incluso, que el mensaje que Mortier y Pasqual desean transmitir va más allá del mero anticlericalismo que podría haber deseado introducir Puccini y pasa a la crítica directa de la religión —más concretamente del catolicismo—, en una "pirueta intelectual" que, como ha señalado con acierto José Catalán Deus en una larga reseña de estas funciones, «termina en morrón ante cualquier intelecto dialéctico. Resulta forzado —continúa este crítico— el planteamiento unificador de presentar a los dos protagonistas como dos prisioneros, uno de la dictadura política, otra de la dictadura religiosa, dos víctimas de un oscurantismo del que no podrán liberarse ni aún al precio de una transfiguración ilusoria, dos seres dolientes del mismo dolor, de idéntica vulneración del sentimiento y el derecho. El eje conductor termina señalando a donde siempre señalan los ricos y hábiles exponentes de la actual cultura dominante, al catolicismo como raíz de todos los males. Nunca estaremos de acuerdo con tal simplificación grosera. Y mucho menos con que errores pasados se presenten como culpas actuales».

 Pasqual y Metzmacher, directores escénico y musical respectivamente de estas funciones


Y es que, efectivamente, como queda atestiguado en la carta enviada al Teatro Real por Lluís Pasqual para explicar y justificar su propuesta escénica —documento que, bajo el título de Víctimas de la opresión, ha sido publicado en el libro con la programación del coliseo para esta temporada (p. 10)—, lo más importante de las dos óperas, en su opinión, sería el trasfondo religioso-represivo de las mismas (evidente en Il prigioniero, pero no tanto en Suor Angelica), al cual se supedita todo lo demás de la acción (y, lógicamente, en la lectura que de ellas hacen Mortier y el citado Pasqual). Lo más sorprendente de todo es que se haya tomado como base fundamental del experimento un libreto tan mediocre, lleno de tópicos y falto de consistencia dramática como el redactado por Dallapiccola, circunstancia que ha contribuido, en mi opinión, a que la ópera goce de una menor reputación de la que, quizá, merecería al ser uno de los primeros experimentos dodecafónicos italianos. Adaptación de un infumable texto de Villiers de l'Isle-Adam que se hace eco de todos los tópicos transmitidos por la "Leyenda Negra" tejida en torno a la personalidad de Felipe II y su España imperial, cuya elección por el compositor italiano no puede justificarse ni siquiera ante el difícil contexto histórico en que la ópera fue compuesta: durante la II Guerra Mundial, con la Italia fascista y la Alemania nazi dominando Europa y con un Dallapiccola cuya mujer era judía y corría el riesgo de ser deportada por las autoridades. De este modo, y como ha recordado el citado Catalán Deus, «por no enfrentar la contemporánea verdad mussoliniana y colaboracionista de su patria, recurrió a la socorrida y siempre falsa memoria histórica para montar un panfleto antiespañol, un refrito tardío de la leyenda negra, de lo malo que era Felipe II, de lo buenos que eran los rebeldes flamencos y valones y del grado de perversidad de nuestros inquisidores que se dedicaban a juzgar delitos políticos (¡!) y no se contentaban con las peores torturas sino que sembraban falsas esperanzas en el condenando antes de apiolarle». Aunque lo más reprobable es que Mortier, a estas alturas de la película, en una fecha como la actual y sin los condicionantes que pudo sufrir Dallapiccola, haya optado por seguir explotando todos esos tópicos (ya desmentidos por la historiografía) para sacudir una coz (a través de su pasado) al país que le ha acogido en adopción durante su mandato al frente del Teatro Real. En definitiva (y aquí cito de nuevo a Catalán Deus): «un estreno en España que nos podíamos haber ahorrado tranquilamente si no fuera por la agenda oculta y siempre afilada del señor Mortier que dice querer mucho a España pero que al final siempre nos ve quemando herejes. No sabe uno ya como (sic) explicar que a los judíos en España se los expulsó y no se los masacró sistemáticamente como en centroeuropa (sic)». Pero hora es ya de que pasemos a la crónica de esta función.

Auto de fe (por Francisco Ricci, 1683, Museo del Prado)


En el terreno escénico la cosa, como digo siempre, se movió por los derroteros habituales: minimalismo, simbolismo alegórico facilón, escenario casi vacío, parquedad atrezística... En fin, más de lo mismo. El planteamiento de nuestro compatriota Lluís Pasqual ha sido intentar establecer un vínculo escenográfico entre una ópera y otra, utilizando para ello una especie de jaula gigantesca que se mueve sobre una plataforma giratoria y quiere simbolizar una sala de tortura, transcurriendo a su alrededor (o, más concretamente en su interior) toda la acción, de principio a fin de la representación. Dicho entorno —que podría resultar más o menos creíble en el caso de Il prigioniero— funciona mucho peor cuando pasamos al convento de clausura de Suor Angelica. Y es que, por anticlericales que seamos, o por muy antipáticas que nos parezcan la institución monástica y la Iglesia resulta casi imposible compararlas con una sala de tortura (y menos si tiene forma de jaula para periquitos). Se hacía raro ver entrar y salir por las puertecitas de la jaula a las monjas y novicias de la ópera pucciniana. Aunque cosas peores hemos presenciado, desde luego.



Por ello, una vez más, lo mejor de la velada estuvo en la parte musical y, más concretamente, en la orquesta y el coro, pues en el terreno de lo vocal —y salvo alguna excepción— la cosa tampoco fue como para tirar cohetes. El maestro Ingo Metzmacher concertó de manera estupenda, siendo el verdadero protagonista en la primera función y obteniendo una prestación igualmente sobresaliente y muy homogénea en la segunda. Su dirección en Il prigioniero fue atenta, matizada, poderosa y de gran riqueza tímbrica en las dos veladas, lo que no es extraño, siendo como es un auténtico especialista del repertorio contemporáneo. En cuanto a Suor Angelica, si bien es cierto que el día 7 el resultado me pareció algo más irregular —dirigiendo una orquesta algo estruendosa que se las hizo pasar canutas a la sopano Dzhioeva en alguna ocasión—, en la función del día 15 consiguió unificar perfectamente, desde el punto de vista musical y dramático, ambas óperas, a pesar de la enorme distancia estética y sonora que las separa, ofreciendo una lectura bastante buena de ambas. Su prestación contribuyó de manera decisiva al éxito de la velada y al maravilloso fenómeno que, como luego les contaré, se produjo en la sala. Un sobresaliente para el experimentado y eficaz maestro de Hannover.



La actuación de la veterana soprano norteamericana Deborah Polaski —unica intérprete que repitió en ambas óperas— mostró altibajos en las dos funciones. Estuvo convincente en el papel de la Madre y mostró que aún lleva dentro a esa soprano dramática que la ha hecho célebre, aunque los medios ya no son los de antes. En Il prigioniero superó con credibilidad y esfuerzo la difícil tesitura de su personaje, lleno de ascensos a la zona aguda y de saltos interválicos —tan propios de las atormentadas y prosódicas vocalidades contemporáneas—, que ella resolvió a base de gritos, en lugar de con agudos debidamente impostados. También se mostró convincente desde el punto de vista actoral, si bien el rol no tiene demasiada significancia (si exceptuamos el monólogo con que se inicia la ópera). En Suor Angelica, sin embargo, las cosas discurrieron por otros derroteros menos satisfactorios, pues el personaje es trascendental para el desarrollo dramático de la acción (puede afirmarse, incluso, que ésta avanza merced a su breve pero contundente intervención). Pues bien, desde el punto de vista musical Polaski no pudo salvar las dificultades que la vocalidad de la Tía Princesa plantea. La parte fue escrita para contralto (o mezzo con buenos graves) —cosa que no es la soprano norteamericana, ni siquiera en este final de su carrera—, lo cual se echó de ver enseguida. Y pese a que la cantante sigue conservando un buen registro grave, no fue suficiente, en mi opinión. De este modo, la siniestra expresión necesaria para hacer creíble este oscuro, austero e intransigente personaje —ave de mal agüero en toda regla— sólo se consiguió a medias (y mucho más desde el punto de vista actoral que vocal). Y ello a pesar de que la experiencia de Polaski le ayudó a salir adelante con dignidad y verosimilitud (circunstancia a la que contribuyó su esbelta figura, toda vestida de negro por Isidro Prunés).

Polaski, como acongojada madre de Vito Priante y toda señorona en Suor Angelica


El bajo italiano Vito Priante (que, en verdad, más parece barítono, cuerda para la que fue escrito el rol) fue el solista más interesante de Il Prigioniero en la primera de las dos funciones, pero estuvo bastante peor en la segunda, donde fue superado claramente por Polaski. Dueño de una voz sorprendentemente clara para su cuerda, aunque bien timbrada y de centro sólido, se mostró muy creíble en lo actoral y absolutamente entregado, aunque monótono de expresión. Además tuvo dificultades para sobreponerse a la densa orquestación dodecafónica de Dallapiccola (sobre todo en la segunda función), alcanzando con cierta dificultad la zona alta, donde la voz se blanqueaba en exceso (lo cual es un verdadero problema en este papel, bastante dificultoso, pues exige a menudo el ascenso a notas muy agudas para una voz grave).



Los personajes del Inquisidor y el Carcelero —interpretados por el tenor norteamericano Donald Kaasch— fueron lo peor de ambas funciones, merced a la defectuosa lectura que hizo de ellos el intérprete. Se trata de dos roles de carácter (o, mejor dicho, de las dos caras de un mismo arquetipo: el sutil y cruel represor) encomendado a voces tenoriles de escaso peso dramático, con facilidad para ascender a la zona aguda y capaces de crear sonidos en cierto modo algo afeminados, acordes con las sinuosas personalidades que han de caracterizar musicalmente. Pienso en paralelos y me vienen a la cabeza los ejemplos de Mime en la Tetralogia wagneriana, Egisto en Elektra, Herodes en Salomé, etc. En todo caso, dos roles complicados (por su elevada tesitura) y de escaso lucimiento, a los que Kaasch no supo sacar partido alguno. Con una voz blanca, pobre de armónicos y llena de vibrato —no olvidemos que el personaje necesita las peculiaridades vocales ya señaladas, pero que fue creado por un tenor (Mario Binci) que hizo carrera de lírico cantando rodolfos, turiddus, ducas y cavaradossis— fue incapaz de recrear con verosimilitud y de manera cantabile el carácter escurridizo y un tanto andrógino que Dallapiccola quiso dar a estos representantes del poder represivo, solucionando algunos pasajes elevados de su particella (por ejemplo en el dúo del carcelero con el Prisionero de la escena segunda) a base de horribles, destemplados y probretones falsetes, carentes de apoyo y de armónicos. El peor de las funciones, en mi opinion, con diferencia.

Kaasch listo para darle el matarile al prisionero Priante


Correctos Gerardo López y David Rubiera en sus esporádicas intervenciones como sacerdotes, y muy bien el Coro (una vez más) en sus intervenciones fuera de escena, pues sonó en verdad imponente, como lo exige la música litúrgica que han de interpretar.



En el reparto de Suor Angelica destacó, obviamente, la soprano rusa Veronika Dzhioeva, dando vida al rol protagonista y titular de la ópera. Una cantante a la que ya pudimos oír en la Iolanta de la pasada temporada, dueña de un instrumento lírico de color oscuro y centro interesante, pero que no destaca por los graves y resulta algo corto en la zona alta. Esta última carencia fue decisiva a la hora de recrear con absoluta eficacia y credibilidad a la atormentada monja pucciniana, pues el compositor de Lucca le escribió algunos momentos verdaderamente exigentes y de considerable importancia dramática en esta franja de la tesitura. Momentos que, además, van acompañados por una gran densidad orquestal (así en las partes más tensas del dúo con la tía Princesa, cuando grita Mio figlio, mio figlio! o la impele a decirle qué ha sido de su hijito; en el cierre de la hermosa La grazia è discesa dal cielo, en el momento previo a la muerte, etc.). Todo ello no impidió, sin embargo, que la soprano superara con cierta facilidad, elegancia y expresividad el cierre de Senza mamma (con un bonito piano sostenido) y la nota sobreaguda en el Amen! que cierra la escena del encuentro con la tía Princesa, que sonó especialmente brillante y trimbrado en la segunda función. En términos generales Dzhioeva se mostró bastante fría y distante en la primera de las dos representaciones, pero en la del día 15, a partir del dúo con Polaski, se produjo ese milagro que sólo se da en algunas ocasiones —¡cosas del teatro!— y la interpretación se transformó en algo completamente distinto: la cantante dio muestras de una intensidad vocal y expresiva, de una delicadeza, de una ternura y de un dolor que resultaron estremecedores, haciendo que en la sala se respirara la emoción que Puccini había querido transmitir con su obra. Hasta tal punto fue así y la cantante estuvo conmovedora —a lo que contribuyó, desde luego, el estupendo acompañamiento de Metzmacher— que mi encantadora media naranja nibelúngica —persona que no gusta demasiado de la ópera, pero que me acompaña siempre que puede y a la que servidor no le había contado el argumento de la ópera (con toda intención, claro está)— se puso a llorar como una Magdalena. Me quedé ciertamente impresionado, pues es la primera vez que la veo reaccionar así en un espectáculo. Y lo mismo le ocurrió, al menos, a dos señoras que había más hacia la izquierda (según me dijo). He de reconocer que incluso yo, llevado quizá por lo que sabía estaba ocurriendo a mi vera, también me sentí muy "tocado". Hay que reconocer, en este sentido, que Puccini era un genio y consiguió, una vez más, su objetivo de transtornar al auditorio con la pura belleza. Disparaba directo y certero al corazoncito el de Lucca (cosa que, al parecer, no le perdona Mortier). Y aunque resulte en ocasiones blandengue (e incluso ñoño) es indudable que en cuestiones de teatro sabía muy bien lo que se hacía.



El resto del reparto conventual estuvo aseado, aunque me gustaría destacar especialmente a Auxiliadora Toledano, que hizo una simpática Sor Genovieffa e interpretó con gusto, estilo y musicalidad su cancioncilla del corderito (Soave Signor Mio).



Una sala llena de huecos por todas partes (en algunos lugares como la platea, el entresuelo o el patio de butacas era escandaloso) y gran número de entradas sin vender en todas las funciones fueron el testimonio de una realidad que empieza a ser preocupante en el Teatro Real. Los más optimistas achacan esta circunstancia solamente a la crisis, que golpea con fuerza a nuestro país y que se ha dejado sentir en la capacidad adquisitiva de la gente. Por el contrario, entre los más pesimistas (o entre quienes simplemente creemos que Mortier se equivoca con sus propuestas teatrales), pensamos que, al margen de la realidad económica, también ha pesado lo suyo el extraño y poco atractivo programa elegido. De hecho, en la función del día 7 hubo desbandada general (al menos en la zona donde yo estaba sentado). ¡¡Y eso que luego venía lo de Puccini!! Por cierto, ahora que digo esto me pregunto si el orden de presentación de las óperas incluidas en este pasticcio innecesario fue casual. ¿Por qué primero Il prigioniero y luego Suor Angelica, y no al revés, cuando la lógica didáctica y cronológica aconsejaba haberlo hecho al revés? Yo, desde luego, tengo respuesta...



Y para finalizar una queja y una denuncia (todo en uno): en la función del día 7 fue impresentable la actitud de algunos miembros del Coro, que mientras se colocaban en los puestos que les fueron asignados para cantar fuera de escena —concretamente en un área reservada de las tribunas, junto a la boca del escenario— no dejaron de cuchichear, reírse y hacer todo tipo de ruido, molestando con ello al público que se sentaba cerca de ellos. Debo precisar que, en general, los ocupantes de las localidades altas (paraíso, tribuna, etc.) sufren (sufrimos) todo tipo de inconvenientes: ruido, mayor cercanía de luces y focos, ahora también las fiestas particulares que se montan algunos integrantes del coro, etc. Por soportar, incluso, hasta tenemos que aguantar también las genialidades de los directores de escena actuales, que dando muestras de su falta de respeto hacia una parte del público —o dando muestras evidentes de que no tienen ni puta idea de cómo anda el percal (y perdonen ustedes la dureza y ordinariez de la expresión)—, acostumbran a pasarse por el arco de triunfo las normas mínimas de coherencia espacial y visibilidad, utilizando de manera muy incorrecta la caja escénica y olvidándose por completo de que hay vida más allá del patio de butacas y la platea. De ahí que monten sus cuadros minimalistas sin tener la menor consideración por el ángulo de visión —bastante deficiente, por cierto— que se tiene desde muchos puntos de las plantas altas del teatro. Por no hablar de las numerosísimas localidades que presentan visibilidad reducida o nula (una auténtica vergüenza, sobre todo porque estamos hablando de un teatro que se hizo prácticamente ex novo en 1997). De este modo no es ni mucho menos infrecuente que buena parte de los decorados y de los efectos escénicos queden ocultos a los espectadores que ocupan estas localidades altas, que no se vea bien a los intérpretes (a este respecto me acuerdo de la maravillosa aportación que hizo Álex Rigola en el acto I del Holandés de la temporada 2009/2010, donde la estructura que recreaba los barcos de Daland y el Holandés era tan elevada que las cabezas de los cantantes quedaban tapada por la parte superior de la boca del escenario para los espectadores de paraíso), que se acostumbre a situar buena parte de la acción en los laterales más extremos del teatro —cuando todos sabemos la falta de visibilidad que hay de esos espacios desde muchos puntos del aforo—, en lugar de ubicarla en el centro del mismo, que se haga entrar a los cantantes en el escenario desde las puertas de ingreso al patio de butacas (como ocurrió en aquellos Pagliaci/Cavalleria rusticana de la temporada 2006/2007, en los que Giancarlo del Monaco puso a cantar a Juan Pons en un lugar donde no podíamos verle quienes estábamos arriba), etc. En fin, toda una serie de despropósitos que muestran no sólo desconocimiento de las necesidades espacio-teatrales, sino absoluto desprecio por el público. Estos directores están encantados de conocerse y sacrifican todo lo demás —incluida claridad y buena visibilidad— a "sus" particulares propuestas escénicas (generalmente incoherentes y faltas de rigor). Pero claro, tienen que justificar sus más que generosas retribuciones...

Dos víctimas del gallinero


NOTA: Encabezando la entrada una de las Carceri d'invenzione de Giovanni Battista Piranesi (ca 1761)

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(1) Mosco CARNER, Puccini, Javier Vergara, Buenos Aires, 1987, pp. 504-505.

jueves, 28 de julio de 2011

UNA "TOSCA" PERFECTAMENTE OLVIDABLE


Tosca. Melodramma en tres actos.— Dirección musical: Renato Palumbo.— Dirección escénica: Nuria Espert.— Intérpretes: Violeta Urmana (Floria Tosca), Marco Berti (Mario Cavaradossi), Lado Ataneli (Barón Scarpia), Felipe Bou (Cesare Angelotti), Valeriano Lanchas (un sacristán, Carlo Bossi (Spoletta), Károly Szemerédy (Sciarrone), Francisco Santiago (un carcelero), Ruth González (un pastor).— Orquesta Sinfónica de Madrid. Coro Intermezzo. Teatro Real de Madrid.— Miércoles 27 de julio de 2011.


FRENTE a lo que suele ser habitual en este tipo de comentarios —donde uno empieza hablando de los cantantes—, me permitirán que inicie esta crónica refiriéndome a la soporífera dirección que Renato Palumbo protagonizó ayer, durante la penúltima función de esta Tosca madrileña. Producción que no pasará, precisamente, a la posteridad (salvo por el recuerdo que en los aficionados madrileños ha dejado la presencia en ella de dos auténticos vozarrones —los de Sondra Radvanovsky y Jorge de León— como no se oían en la capital del reino desde hace tiempo). El maestro de Montebelluna se mostró rutinario, plano, sin variedad alguna. Y cuando algo hubo fue a costa de alargaaaaaaaaaaaaaaaaaar los tempi innecesariamente, hasta el extremo de convertir el dúo de Tosca/Scarpia y la preparación al Te Deum del acto I en dos momentos musicales realmente narcóticos por la lentitud. Estiró tanto el morendo de algunas frases que el efecto buscado —lejos de ser expresivo— resultó contraproducente, dando la sensación de que los músicos estaban perdidos y no sabían por dónde seguir. En fin, Serafín.



El rendimiento que Violeta Urmana ha hecho en la piel de Tosca durante esta función hay que analizarlo, creo yo, desde la perspectiva de lo que se nos anunció por megafonía antes de comenzar la función: la intérprete sufría un proceso gripal pero, a pesar de todo, había decidido seguir adelante. En este sentido, la mujer hizo más de lo que yo esperaba. Desde luego, estuvo bastante mejor que el pasado día 21, cuando la escuché en la transmisión que Radio Clásica hizo de la velada. ¿Estaría enferma, ya entonces? ¿Alguien que la haya visto después y lea esta crónica tiene información al respecto? En términos generales, la soprano lituana estuvo cuidadosa, intencionada y, desde luego, mucho más expresiva que su partenaire masculino. Desde el punto de vista vocal yo no la vi (u oí) tan mal como se ha señalado en algunos foros especializados; y ello, repito, a pesar de su afección. Es cierto que el vibrato resulta, en ocasiones, bastante apreciable y que en la zona alta tiene dificultades (con agudos abiertos y tendiendo al grito en los pasajes más exigentes), pero el instrumento es agradable y posee un grave y un centro muy, pero que muy importantes. Por otro lado, los pasajes más declamatorios de su particella, entre ellos su "E avanti a lui tremava tutta Roma", fueron realmente estremecedores y efectistas. Tampoco me pareció que estuviera especialmente desafortunada en el plano actoral. Hombre, no fue Bette Davis, pero se mostró bastante correcta en todo el acto I, que es donde más cambios de humor presenta el personaje, pasando por todos los estados de ánimo que le exige la partitura y el libreto, desde el apasionamiento amoroso y la simpática zalamería de su bello dúo con el amante Cavaradossi, hasta la extremada furibundia de la mujer celosa y el dolor profundo de quien se cree engañada. En el acto II —el más duro para la soprano— mantuvo el tipo y fue capaz de ofrecernos un Vissi d’arte lo suficientemente matizado y expresivo, aunque sin demasiados vuelos líricos, pues acortó las frases y se mostró reservona en la zona alta (cosa lógica, teniendo en cuenta su afección). Podríamos decir que el objetivo de la soprano era llegar al final del aria y lograr rematarla en buenas condiciones. Cosa que logró, desde luego, aunque renunciara al rico juego de dinámicas necesario en esta pieza (hurtándonos, por ejemplo, ese rallentando apianado que la cierra y aparece detallado en la partitura).

 Urmana en el acto II, interpretando Vissi d'arte


El Cavaradossi de Marco Berti no pasará, precisamente, a la historia de la lírica por su expresividad vocal y dramática. Al menos si continúa en la línea de lo que hizo ayer. En el terreno de lo actoral fue completamente nulo y aburridísimo. Con decir que no movió siquiera una ceja mientras Tosca la explicaba amorosa, en el dúo del acto I, lo felices que iban a ser juntos en su casetta del campo… Alguna sonrisita de soslayo y poco más. Es que ni se inmutó el tío, vamos. Apoyado en una mesa, con los brazos cruzados y como si la cosa no fuera con él. De lo más inexpresivo. En cambio, he de reconocer que no murió mal, dando un pequeño saltito hacia atrás que hizo muy creíble el ficticio impacto de los proyectiles en su corpachón. En lo vocal también se movió dentro de una monotonía absoluta, que sólo buscaba impactar con los agudos. Eso sí, hay que reconocer que el italiano tiene una zona alta de quitar el hipo y la lució con mayor generosidad que el día 21 (cuando le oí por la radio). En esta tesitura es un auténtico cañón y pega unos pepinazos antológicos. Su “La vita mi costasse” debió de levantarle el bisoñé a más de uno; y algo similar hubo de ocurrir tras el “Vittoria, vittoria!”. Como el grito hipohuracanado de Pepe Pótamo, vamos. Pero, claro, el personaje de Cavaradossi no se puede construir únicamente con esos mimbres tan pobres y ocurre que, aparte de los momentos heroicos —en que la voz poderosa, oscura y squillante de Berti cumple de maravilla su cometido—, el rol no existe vocalmente, pues el cantante es incapaz de abandonar el forte y el mezzoforte. Y eso que lo intentó bastantes veces, pero sin éxito: la voz salía como a borbotones, había dificultades para frasear y el cantante apenas apianaba (y cuando lo hizo la voz se le quedó ahogada y atrás). Apuntó algo de expresividad elegíaca, apianando y cantando legato, en la parte final del dúo con Tosca del acto I (“mia vita amante inquieta...”), pero terminó naufragando por los problemas ya señalados. Asimismo, planteó con inteligencia su tour de force en la ópera —esto es, el addio alla vita—, al ir incrementando de manera muy perceptible la intensidad expresiva y el volumen a medida que avanzaba la pieza. De ese modo logró crear un arco dinámico que fue de la primera parte expositiva del aria —entonada de manera casi declamada y con la voz más o menos recogida (aunque desafinando)— a la segunda sección, más cantabile, en cuya parte final ya hizo salir todo el chorro de voz. A pesar de todo, el resultado final fue, una vez más, bastante irregular y poco emocionante.

 Tosca (Urmana) y Cavaradossi (Berti) un poco antes de que éste sea fusilado (acto III)


El barítono georgiano Lado Ataneli construyó un retrato del barón Scarpia bastante elegante y bien cantado. La ausencia de ese toque histriónico por el que se inclinan (a veces en exceso) algunos intérpretes, y la renuncia a echar mano del canto parlato (o gridato) —no sólo en la llegada del personaje a Sant’Andrea della Valle, sino también en la escena del interrogatorio— le dieron al personaje una nobleza y una elegancia que generalmente no encontramos en él. Pero yo me pregunto: ¿es eso lo que, realmente, necesita este rol tan siniestro? Recordemos que el hipócrita jefe de la policía romana es como una especie de Jano bifronte: tiene dos caras y cada una de ellas posee su propia personalidad. Así, en el dúo con Tosca del acto I y en aquellos momentos del II en que intenta conciliarse con ella para hacerla confesar dónde se esconde Angelotti, el cantante ha de presentarnos a un Scarpia supuestamente piadoso, gentil, caballeroso, amable y conciliador, para lo que tendrá que usar de una serie de recursos canoros expresivos que pasan por el canto legato, la suavidad de las sonoridades, el empleo de pianissimi, de sfumature y de otras sutilezas interpretativas encaminadas a perfilar dicho retrato. Pero el barón posee también ese otro rostro autoritario, cruel, lujurioso, brutal y sanguinario que contrasta con el anterior, con el que se enriquece dramáticamente al personaje y que el intérprete ha de mostrarnos durante su entrada en la iglesia (acto I) y en casi toda la escena del interrogatorio (acto II). Y aquí, por desgracia, la caracterización de Ataneli naufragó completamente por demasiado blanda y elegíaca. Es evidente que en esta parte de mayor crueldad el barón no ha de ser interpretado como un energúmeno chillón y barriobajero, pero también conviene recordar que la partitura está llena de indicaciones expresivas y dinámicas muy definitorias de esta cara del personaje, en las que se pide al cantante una interpretación declamatoria: “Ride” (al final de la frase “Lo strazia quel vostro silenzio assai più…”); “Scarpia… preso da subitaneo senso di ferocia” (cuando canta “Mai Tosca alla scena più trágica fù!”), “gridando, quasi senza entonazione” (para la frase “Aprite le porte che n’oda i lamenti!”), “gridando a Roberti” (en el pasaje de “Più forte! Più forte!”), “irritatissimo per le parole di Cavaradossi…, grida terribile a Spoleta” (en “Ma fatelo tacere!”), etc. Por ello, cuando el cantante que se mete en la piel de este personaje no tiene un instrumento poderoso de verdad —y tal es el caso de Ataneli— creo que debe echar mano, con mayor razón, de ese canto parlato (que ya, de por sí, pide Puccini) para dar más énfasis a muchas de sus intervenciones (en el acto II, desde luego, creo que es condición sine qua non). Pongamos un ejemplo: el grandísimo George London, con su portentoso y oscuro instrumento, no necesitaba declamar para mostrarnos ese autoritarismo (y ello se ve en interpretaciones como las del siguiente vídeo, donde les ruego que se olviden de todos los demás cantantes, incluida la propia Tebaldi, y muy especialmente del intérprete de Spoletta):



Sin embargo, y por desgracia para nosotros, Ataneli no es London. Por ello, he de confesar que su Scarpia me ha dejado más frío que un cubito de hielo. No me conmovió en ningún momento —desde luego para nada en el tour de force que tiene en el acto II—, y además me ha dado menos miedo que una película de Walt Disney. Ha estado bien, eso sí, en sus dos arietas de dicho acto y ha muerto magníficamente (como ya hizo Gagnidze en la función del día 14 que también presencié), pero en la escena del interrogatorio —su verdadera prueba de fuego— quedó por completo desdibujado. Luego está el problema de que apenas se le oía cuando Palumbo soltaba cuerda con la orquesta y la ponía a todo trapo. En el Te Deum, por ejemplo, ha sido como si Ataneli no estuviera en escena (vamos, igualito que éste). En resumen: una interpretación más que superable.

Ataneli, en la ópera de San Francisco e interpretando un Scarpia menos clerical y siniestro que el de Espert


Del resto del reparto yo volvería a destacar el sacristán de Valeriano Lanchas (cantado, no bufado) y el Spoletta de Carlo Bosi, que me gustaron tanto como la primera función que vi con el segundo reparto.

Sobre la puesta en escena, los decorados y la dirección de actores remito a lo ya dicho en la entrada anterior que ya dediqué a esta misma producción. Insistir, únicamente, en que la propuesta de Espert no me gusta nada, pese a mantenerse dentro de la ortodoxia y del respeto hacia la obra original que suelo pedir a todo director de escena.

Y destacar un último detalle: el ridículo y anticlimático momento de hilaridad que se creó entre el público cuando Berti, una vez arrojado al foso por la trampilla multiusos de que les hablé en mi otra reseña crítica, se puso a reptar por la colchoneta para salir del escenario. No se mantuvo lo suficientemente tumbado y pudimos ver como levantaba el culillo para hacerlo. Eso es algo, no obstante, de lo que no tiene culpa el cantante (tampoco vamos a pedirles que sean gatos). Así pues, habrá que ponérselo en su particular "debe" a Nuria Espert, por buscar una solución escénica tan ridícula como ineficaz.

sábado, 16 de julio de 2011

FESTIVAL DE VOCES EN EL TEATRO REAL: "TOSCA" (SEGUNDO REPARTO)


Tosca. Melodramma en tres actos.— Dirección musical: Renato Palumbo.— Dirección escénica: Nuria Espert.— Intérpretes: Sondra Radvanovsky (Floria Tosca), Jorge de León (Mario Cavaradossi), George Gagnidze (Barón Scarpia), Felipe Bou (Cesare Angelotti), Valeriano Lanchas (un sacristán), Carlo Bossi (Spoletta), Károly Szemerédy (Sciarrone), Francisco Santiago (un carcelero), Ruth González (un pastor).— Orquesta Sinfónica de Madrid. Coro Intermezzo. Teatro Real de Madrid.— Jueves 14 de julio de 2011.


ESTE mes de julio está siendo un sin parar, de verdad. Menos mal que no ha resultado demasiado caluroso y el ir de un lado para otro se sobrelleva bastante bien. Les resumo: el domingo, día 10, asistencia a un acontecimiento musical de los que hacen verdaderamente época: estreno, en Madrid —y también en España—, en versión escénica, del Saint François d'Assise, de Olivier Messiaen. Experiencia magnífica, aunque lo peor fue que al bueno de Gérard Mortier —haciendo gala una vez más de su proverbial capacidad para molestar al personal— no se le ocurrió otra idea que montarla en el Madrid Arena de la Casa de Campo*. Y para allí marchamos los sufridos aficionados a soportar los caprichos del nuevo director artístico del Teatro Real. Pese a todo, he de reconocer que la cosa mereció la pena y ya tendrán ocasión, si les interesa, de conocer mis impresiones sobre la representación por la crítica que tengo pensado redactar. Al día siguiente, lunes 11, viaje a Francia para visitar la exposición que la ciudad de Thiers le ha organizado al venerable Sergio Toppi, maestro insuperable de los fumetti. Acontecimiento, que como ya les adelanté en la entrada anterior, también tengo pensado poner por escrito en este blog, con todo tipo de pelos y señales. Finalmente, el jueves día 14 —recién llegado del país galo, donde se celebraba su fiesta nacional— nueva velada operística, pero esta vez en el Teatro Real, para presenciar la primera de las dos funciones que servidor tiene pensado ver de la inmortal ópera Tosca, de Giacomo Puccini, título con el que se cierra la actual temporada del coliseo lírico madrileño y representación de la que voy a hablarles a continuación.



Poco puede decirse de una producción que ya tuvimos ocasión de ver los aficionados madrileños en la pasada temporada 2003-2004. Un montaje muy convencional y bastante feo —todo a base de colores negros y grises— firmado por Ezio Frigerio (decorados), Franca Squarciapino (vestuario) y dirigido por la actriz española Nuria Espert, a la que ya hemos tenido ocasión de dedicar aquí unas líneas por ciertas declaraciones suyas. Con esta reposición de su montaje nuestra eterna Medea tiene pensado, al parecer, retirarse de la actividad directorial. Conste que cuando defino la cosa como "convencional" no lo hago con un sentido peyorativo, ya que la mayoría de las puestas en escena actuales han llegado a ser tan ridículas y pretenciosas, se sitúan tan fuera de lugar y muestran tan poco respeto por la creación original que el mero hecho de ver a los personajes vestidos según la época en que vivieron y haciendo las cosas que dice el libreto que tienen que hacer —como ocurre en esta producción de Tosca puede llegar a ser una sensación realmente catártica y liberadora en estos días de transgresión gratuita por parte de los régisseurs.

Un momento de los ensayos de la escena del Te Deum el pasado 11 de julio de 2011,
con el barítono George Gagnidze como Scarpia (© Javier del Real)


Pero, a pesar de todo, a pesar de mostrarse bastante respetuoso con el marco histórico-ambiental y con el texto escrito por Luigi Illica y Giuseppe Giacosa para Giacomo Puccini, el montaje firmado por el trío mencionado peca de tristón, de siniestro y de aburrido. Y es que si exceptuamos el concertante final del Acto I —en el que los tonos ocres dan algo de luminosidad a la impresionante y efectista escena del Te Deum (presidida por un inadecuado friso compuesto por escenas del Juicio Final de Buonarroti)—* toda la representación transcurre sumida en un ambiente oscuro, sucio y feista que la hacen bastante monótona y poco creíble. Porque si algo tienen los espacios históricos romanos originales en que se desarrolla la acción de esta soberbia ópera pucciniana no es, precisamente, la oscuridad y el tenebrismo. El alegre, trascendente y monumental barroquismo de la iglesia basilical de Sant'Andrea della Valle (decorada con luminosas pinturas al fresco), la serena y equilibrada belleza renacentista del Palazzo Farnese (con la suntuosidad manierista de su decoración interior) y la austera soledad y rotunda presencia de la mole pétrea del Castel Sant'Angelo son realidades arquitectónicas y plásticas que chocan de lleno con ese feísmo oscurantista por el que se han decantado Espert y Frigerio. En fin, no sé. Ignoro si la actriz española habrá reflexionado sobre el hecho de que es, precisamente, ese contraposición entre la belleza artística de los escenarios históricos de Roma y los terribles acontecimientos que se desarrollan en ellos lo que, merced al contraste y no por casualidad, hace más apasionante y dramática esta historia de amores, lujuria e intrigas políticas. Historia a la que, por cierto, la hermosa e inspirada música de Puccini se adapta como una mano a un guante (de su talla, claro).

 


Esta visión tan negativa y siniestra que se da de Roma y de la Iglesia a través del montaje es un efecto completamente consciente y buscado por la Espert, cuyos planteamientos anticlericales —que ciertamente están ya en la obra original— quedan expuestos de manera patente y parecen predominar por encima de cualquier otra consideración o matiz. De hecho, en el vídeo promocional que el Teatro Real está emitiendo durante estas representaciones —vídeo que puede verse a continuación—, la actriz española declara abiertamente que su intención es poner el dedo en la dialéctica libertad personal/autoritarismo de la Iglesia y en la fusión/confusión entre poder laico y poder eclesiástico.



Ello da como resultado una simplificación de trazo hueso de ese contenido anticlerical implícito en el argumento de la propia ópera, que nada ayuda a la correcta comprensión de una obra caracterizada por la brillantez de la acción dramática, el inteligente efectismo teatral y por un libreto en el que aparecen engarzados hábilmente la pasión amorosa y la intriga política, dentro de un marco histórico —el de la Roma inmediatamente posterior a la victoria de Napoleón en Marengo (junio de 1800), en la que se enfrentan republicanos y realistas— que Espert no consigue caracterizar correctamente.

Esto por lo que se refiere a las impresiones generales del montaje. Luego ha habido una serie de elementos concretos —gestuales y de decorado— que tampoco me han gustado demasiado. En primer lugar esa especie de iglesia-palacio empleada como marco de la acción durante toda la ópera. Una mole-decorado que deja poco espacio para el despliegue actoral de los cantantes, de manera que estos se ven algo acogotados y el movimiento en escena peca de "falta de respiración", de "espacio vital". Y eso que la caja escénica del Teatro Real es lo suficientemente grande como para permitir mayores distancias. Tampoco le he visto sentido al ridículo piquete de prisioneros vejestorios que, atados como una reata de ganado, cruza ante nosotros en la primera escena del acto III. Es un elemento que distrae innecesariamente —por ejemplo, resulta inevitable que los actores hagan algo de ruido al andar—, que rompe el encanto creado por el breve interludio musical que anuncia el futuro addio alla vita, y que no aporta absolutamente nada al desarrollo de la acción dramática, salvo servir para mostrarnos el empleo que se le va a dar a una trampilla multiusos que ocupa el centro del escenario: por ella es lanzado el cadáver de uno de los prisioneros y también será echado el del propio Cavaradossi después de su fusilamiento. Y adquiere tal importancia esa trampilla tan cutre que, incluso, será utilizada por la propia Tosca para suicidarse, creándose una artificiosa situación dramática, pues cuando ocurre eso está en el centro de la escena —y no al fondo del escenario, como suele ser habitual—, rodeada por los esbirros de Scarpia, que se quedan más quietos que una estatua, dejándola actuar a su antojo, cuando bien podrían haberla detenido para entregarla a la justicia, hacer que la juzgaran, condenarla y ejecutarla públicamente, para escarmiento de todo el pueblo y venganza del hipócrita barón asesinado por la diva. En fin, Serafín.

 Violeta Urmana y Marco Berti, protagonistas del primer reparto, tras la trampilla
multiusos (aquí cerrada) de que se habla en el texto (© Javier del Real)


Pero lo que menos me ha gustado ha sido una innovación, respecto de 2004, que la Espert ha introducido en esta reposición de su puesta en escena: al final del acto II, una vez que Tosca le ha dado matarile al bueno de Vitellio Scarpia y mientras deambula confusa por la habitación traumatizada por la violencia de lo que acaba de hacer, antes de abandonar la estancia decide lanzar el contenido de la copa de vino que estaba tomando el lujurioso barón sobre el crucifijo grande que preside la habitación. Se trata, evidentemente, de un gesto de despecho con el que se quiere dar a entender que la cantante ha decidido romper con Cristo por el sufrimiento que Éste ha permitido que padezca durante aquella noche, a manos del lujurioso Scarpia. Pues bien, aunque es una actitud que puede resultar efectista, sin embargo parece absolutamente ilógica, pues choca por completo con la coherencia psicológica del personaje a lo largo de la obra: Tosca es una mujer impetuosa, ganada por la voluptuosidad y que vive "en pecado" con su amante, ciertamente; pero, a pesar de todo, es muy, muy piadosa (que no beata) y una fiel católica. No es creíble, por tanto, que actúe así.

 Tosca (Kara Shay Thomson) en la actitud que mandan los cánones y exige la lógica
interna del personaje (foto de una producción en Saratosa, Florida)


De todas formas, ya les digo: prefiero cien veces este tipo de montaje —poco innovador pero fiel y respetuoso en términos generales— al de otros directores de escena que se permiten el lujo de enmendarles la plana a libretistas y compositores "reescribiendo" a su gusto una historia que no es suya, y buscándole al libreto sentidos que nunca pensaron sus autores originales.

Pero lo verdaderamente importante de la función que comento estuvo en el apartado vocal, auténtico protagonista de la velada. Y es que, parafraseando a Tosca al final del acto II —cuando mira alucinada el cuerpo inerte de Scarpia, al que acaba de matar— bien podríamos decir: E avanti ad essi (los cantantes por supuesto) tremava tutta Madrid. Pues eso, una representación memorable vocalmente hablando.

Contra lo que suele ser habitual comenzaré mi reseña de las voces con el personaje del Barón Scarpia, uno de los malos más repulsivos de la historia de la ópera. El papel fue interpretado por el barítono georgiano George Gagnidze, y frente a las críticas adversas que he podido leer en foros especializados que suelo frecuentar, debo decir que me alineo más con aquellas que "salvan" su interpretación. En este sentido, creo, no sólo, que su instrumento es interesante —yo no lo oí ni tan engolado, ni tan falto de refinamiento como se ha dicho por ahí—, sino que además nos ofreció un Scarpia bastante apreciable y creíble. Fue cruel y autoritario cuando el papel lo requería (conversación con el sacristán, escena del interrogatorio, etc.), sibilino e hipócrita en los momentos necesarios (dúos con Tosca de los actos I y II) e incluso elegíaco en ocasiones. Interpretó su pseudo-aria Ella verrà... Ha più forte sapore la conquista violenta con gusto, buen fraseo y cierto refinamiento (al contrario que otros barítonos que acostumbran más a gritarla que a cantarla) y murió bastante bien (que es cosa de agradecer siempre, tratándose del malvado barón). Otra cosa es que a nivel escénico fuera demasiado histriónico— que lo fue— y poco natural. Además, su presencia física (algo llenito, rubio, etc.) no ayudaba demasiado, aunque me pareció interesante ese punto de juventud que le dio al personaje. Pero todo eso son cosas que, tal como anda el teatro lírico hoy día (tan ayuno de voces), pueden pasarse por alto fácilmente. Gagnidze no estuvo mal en el dúo con Tosca del acto I —aunque yo le habría pedido algo más de recogimiento y de voz cupa, para parecer más sutil y sibilino—, se vio superado por la masa orquestal en la escena del Te Deum, se manejó bastante bien en el acto II —su prueba de fuego— y murió magníficamente. En fin, una actuación más que digna, viendo lo que se cuece actualmente.

 El Scarpia, menos clerical, de Gagnidze en la MET de Nueva York (© 2009 Ken Howard)


Respecto al dúo protagonista, quedé sencillamente maravillado. ¡Al fin voces grandes, poderosas y timbradas en el Teatro Real! ¡Al fin! Y es que tanto Jorge de León— al que ya tuve la fortuna de escuchar en su debut como Chénier sustituyendo a Marcelo Álvarez en este mismo Teatro Real— como Sondra Radvanovsky son dos auténticos tanques Panzer, que arrasarían con cualquier orquesta que se les pusiera por delante. No es que el tener una voz grande sea lo fundamental a la hora de cantar, pero ciertamente ayuda bastante (sobre todo si se manejan con habilidad e inteligencia, como es el caso).

De Leon y Radvanovsky en un momento de los ensayos (© Javier del Real)


La verdadera triunfadora de la velada, a mi entender, fue la soprano norteamericana, que es dueña de una voz extensa y muy voluminosa, opulenta, carnosa y rica de armónicos. En definitiva: una voz de auténtica soprano spinto, como no se oía en el coliseo madrileño desde hace tiempo. Lo cierto es que estuvo estupenda, tanto a nivel escénico —es atractiva y actuó bien—, como a nivel vocal. Y es que, a pesar de ser dueña de ese vozarrón, lo maneja con gusto, con equilibrio y sabiendo hacer. Su dúo con Cavaradossi en el acto I discurrió sin problemas, aunque se veía que la cantante aún no estaba metida del todo en el papel. Pero estuvo bien y muy intencionada en lo actoral, muy cómplice y amorosa de su amante pintor. En el II acto, donde se halla el tour de force lírico de su rol, la Radvanovsky siguió in crescendo y demostró que tiene medios sobrados para el personaje. Su Vissi d'arte fue muy, pero que muy interesante. Cantada con pasmosa facilidad y recogiendo el torbellino vocal del que es dueña para apianar cuando hacía falta. La intérprete demostró que iba sobrada de un fiato que utilizó con habilidad para dosificar el aliento y embellecer la línea de canto. Creó dinámicas muy interesantes y juraría, incluso (aunque no puedo asegurarlo), que concluyó la pieza con una pequeña (por breve) messa di voce, cerrada con un bello pianissimo. En el III acto estuvo tan bien como en los anteriores, cantando un dúo mucho más variado que el de su partenaire. En definitiva: una gran actuación y una voz realmente sorprendente que habrá que seguir de cerca para ver cómo evoluciona. Si hubiera que poner algún pero, lo centraría en la dicción italiana, que me pareció algo defectuosa. A continuación les pongo un vídeo de la Radvanovsky, cantando Vissi d'arte, para que vean cuál es la línea de canto que se gasta la soprano americana.



Jorge de León es un magnífico tenor lírico-spinto que promete darnos muchas horas de gloria si continúa evolucionando para bien. La zona alta es sencillamente impresionante: firme, segura, squillante, viril, rica de armónicos. La voz del canario suena allí como una auténtica trompeta y no tuvo problemas para acceder a las partes más elevadas de su particella. De este modo, su La vita mi costasse, vi salverò —el pasaje más agudo que debe interpretar el tenor (si natural)— brilló con toda el heroísmo y la fuerza juvenil que requiere el momento. Y lo mismo podemos decir de su otro arranque inconsciente de bravura —el Vittoria, vittoria, del II acto (si bemol)— donde de León despachó el momento con absoluta comodidad y como quien no quiere la cosa (por lo que podría haber alargado algo más la frase y se habría echado al público en el bolsillo). El tenor canario comenzó la función algo tirante, de modo que su Recondita armonia sonó bien pero con cierto entubamiento. En el dúo del acto I con la soprano se elevó por encima de la orquesta sin ninguna dificultad —al igual que su compañera—, pero su canto fue menos variado y elegíaco que el de ésta, moviéndose en el mezzoforte casi de continuo. En el acto II, y al margen del pasaje de bravura que acabamos de mencionar antes, Jorge de León no salió demasiado favorecido, pues aparte de no aparecer en escena —cosa que manda el libreto, desde luego— le pusieron tan entre bambalinas que sus intervenciones durante la tortura apenas se oyeron. En el tercer acto volvió a ganar todo el protagonismo que requiere su rol, pues estuvo bastante bien en E lucevan le stelle —aunque la gente no llegó a aplaudir, porque entre el público hubo algunos "exquisitos" y "puristas" que mandaron callar a quienes deseaban premiar al tenor— y se mostró cumplidor en el dúo con Tosca. Su "adiós a la vida", como digo, tuvo garra, pero fue interpretado de manera un poco plana y mezzoforte en la primera sección (la más expositiva) del aria. Pienso —y ya lo creía cuando le oí como Chénier en la pasada temporada— que, pese a su extraordinario material vocal, Jorge de León debe seguir trabajando para conseguir apianar más y mejor su voz, de modo que el canto suave y elegíaco salga a flote más a menudo y que las dificultades que se perciben en la zona de paso entre el registro central y el agudo terminen puliéndose para conseguir afianzar y enriquecer expresivamente un material sonoro magnífico que está ahí. Pero se trata de aspectos concretos que no empañan una buena interpretación general, así como la belleza y potencia de una voz que promete muchísimo (y además es española). ¡Qué alegría!

 Renato Palumbo, director orquestal, y Nuria Espert, responsable
del montaje de esta Tosca madrileña (© Javier del Real)


En cuanto al resto del elenco, destacar las interpretaciones de Valeriano Lanchas (un sagrestano que fue cantado y no bufado) y de Carlo Bosi, que hizo un magnífico Spoletta, desplegando una voz con cuerpo y prestancia (al contrario de los instrumentos medio bufos que suelen oírse en este papel).

Renato Palumbo, en el podio, estuvo servicial y eficaz, pero no destacaría nada especialmente en la lectura que hizo de esta obra durante la función comentada. Quizá una ralentización excesiva de los tempi en algunos momentos (o así lo percibí yo).

En definitiva: una velada muy agradable, sorprendente a nivel vocal y que los abonados vamos a recordar con nostalgia cuando estemos sumergidos de lleno en la experimental temporada —llena de "novedades"— que nos ha preparado el nuevo director artístico del Real para el año que viene. ¡¡Por Wotan (que es como decir por mi enemigo), qué miedo!

 Los tres intérpretes principales del día del estreno: Hariclea Darclée, Emilio de Marchi y Eugenio Giraldoni


El día 27 asistiré a una nueva función con el primer reparto, aunque ya he leído por ahí algunas críticas y opiniones que no son demasiado halagüeñas. Ya veremos.

En cualquier caso debo decir que disfruté como un enano (nibelungo claro) y que me dejé arrastrar —Mortier sabrá perdonarme— por las facilonas melodías puccinianas y por el arrebatado pathos de una partitura que siempre me ha fascinado (merced a su efectividad dramática y a su belleza melódica). ¡Es terrible ser tan vulgarote...!

Un saludo desde el Nibelheim y ¡vive la décadence pucciniènne!

Coda final: para concluir, les dejo con la conferencia que el erudito y brillante José Luis Téllez ha grabado para ofrecer a los espectadores antes de cada función. No se la pierdan, pues está llena de chicha. Que la disfruten.



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* Al principio se había pensado presentarla en la llamada "Caja Mágica", pero por una serie de problemas de tipo técnico y logístico, la ubicación se cambió finalmente, trasladando la producción al lugar mencionado.
* La Pietà miguelangelesca que también presenta la Espert está realmente en la iglesia de Sant'Andrea della Valle, concretamente en la llamada Capella Strozzi.