PUES sí, imagino que los aficionados ya lo sabrán: ayer, 10 de enero, se cumplieron 90 años del debut gráfico de Tintín, el repipi reportero belga, protagonista indiscutible de una de las series tebeísticas más influyentes y destacables de toda la historia del Noveno Arte. Presentación que se produjo en las páginas del semanario católico Le Petit Vingtième, con la (infumable) aventura —recientemente remozada por Casterman/Moulinsart en un álbum coloreado— de Tintín en el país de los soviets, panfletaria apología anticomunista de la que el propio autor renegó años después, atribuyendo sus muchos déficits a la juventud y la falta de experiencia. Sus creaciones posteriores demostraron, en efecto, dicha justificación.
No he tenido ocasión de pergeñar un texto específico para unirme al homenaje que se le está haciendo a la serie en todo el mundo, pero como tampoco quería dejar pasar la ocasión de manifestar mi agradecimiento hacia ella —por todos los buenos momentos que me hizo pasar antaño (y de los que aún disfruto de vez en cuando)—, he optado por recuperar un texto que escribí hace ya años y que, por su atemporalidad, sigue siendo tan válido como en el momento de redactarlo. Aquí lo tienen:
MI INFANCIA SON RECUERDOS...
A PROPÓSITO DE TINTÍN
TINTÍN es la Gesamtkunstwerk del cómic, tanto como el Anillo del Nibelungo lo es la de la ópera. Tintin forma parte indeleble de mi infancia lectora y constituye uno de los primeros campos de experimentación de mis tentativas como dibujante. Todavía recuerdo con nitidez y nostalgia —más con la segunda que con la primera— las visitas que los fines de semana hacía con mis hermanos y mis padres a uno de los grandes almacenes SEARS que había aquí, en Madrid, y cómo mientras los demás miraban ropa o compraban comida y otras cosas necesarias para la casa y sus habitantes yo no hacía más que esperar con (im)paciencia y resignación para ver si llegaba la hora de acercarse a la sección donde estaban los tebeos o cuentos y donde, al fin, podría hacerme con el ejemplar de Tintín que me correspondiera en esa ocasión (a veces, y con algo de suerte, incluso más de uno). Ahora que lo vuelvo a recordar, fue una auténtica lástima no poder conseguir todos los libros encuadernados en tapa dura; pero ¡qué le vamos a hacer! Entonces, la verdad, poco me importaba aquello. Lo único que deseaba, una vez acabadas las compras, era llegar a casa para sumergirme de lleno en la lectura de la nueva aventura. En el coche no había nada que hacer, ni siquiera para abrir boca, pues el tebeo (o tebeos) solía ir guardado con las demás compras.
Hay otro elemento, relacionado con el anterior, que siempre me ha llamado poderosamente la atención al pensar en Tintín: la asombrosa capacidad que sus historias tenían para despertar en mí unos deseos irrefrenables de participar en la aventura que estaba leyendo. Me habría encantado poder meterme en el tebeo, acompañar al intrépido reportero a lo largo de las páginas y haber formado parte de su mundo para verme rodeado por todos los personajes creados por Hergé (incluso por los malos). Haber conocido al Capitán Haddock; aguantar con estoicismo una velada con la Castafiore o con el pelma de Serafín Latón; estar junto a un perro que hablaba… Pero, sobre todo, sobre todo me habría encantado compartir una tarde con el Profesor Tornasol (sin duda, mi personaje favorito de toda la serie). ¿Recuerdan ustedes lo que le ocurría a Carreidas —el "hombre que nunca se ríe"— con el bueno de Tornasol en el álbum Vuelo 714 para Sidney? Acababa estallando en una carcajada estruendosa e inesperada para todos ante las ocurrencias del despistado profesor. Pues algo parecido me ocurria a mí. Y sigue siendo así, pues es un personaje que me divierte sobremanera.
¿Pero por qué, entonces, me siguen gustando ahora que ya soy adulto? Primero, desde luego, porque forman parte de mi vida y de mis recuerdos más felices, profundos e indelebles: los de la infancia. Y después… Bueno, después… ¿No ha escrito Fernando Savater sobre el “enigma Tintín”? Pues eso, léanlo a él. Aunque temo que tampoco tiene una respuesta...
Yo he crecido; los almacenes SEARS —que sepa— han desaparecido; he continuado comprando y leyendo tebeos; el tiempo ha pasado, pero en mi memoria siempre quedarán grabados, como a fuego, aquellos gratísimos momentos de lectura. En definitiva: para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en nuestra infancia, “siempre nos quedará Tintín”.