Hoy abc.es y elmundo.es publican el Manifiesto por la lengua común, una defensa de la lengua castellana como idioma de todos los españoles y un patrimonio al que hay que defender, dos opiniones avalan esta postura: la de Don Manuel Martín Ferrand en un artículo titulado "El valor del idioma" y la de Don César Antonio de los Ríos en otro artículo de opinión llamado "El castellano y las naciones", el Partido Popular no ha tardado en suscribir este documento como anuncia elmundo.es en una noticia que titula "Rajoy y la cúpula del PP se adhieren al Manifiesto a través de EL MUNDO". Desgraciadamente los idiomas se vuelven a utilizar para enfrentarse y reafirmarse antes que para entenderse.
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No estoy a favor de una campaña de normalización ligüística, a fin de cuentas el idioma no es un patrimonio de una nación sino una herramienta que utiliza su gente, entre otras cosas, para entenderse. La imposición de un idioma, no nos engañemos, se hace por razones políticas y no lingüisticas, con la idea de imponer una forma de pensar, que no de hablar. Pero la defensa de una forma de hablar no es responsabilidad de una institución sino de la gente. El idioma es algo vivo que introduce nuevas palabras, cambia de significado a otras o, simplemente, las abandona y relega al olvido, es absurdo llamar al coñac brandy y al brandy jeriñac, por muy bárbaro que sea lo primero y correcto que sea lo último.
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No estoy de acuerdo en imponer o defender una lengua, creo que es una cuestión de libertades que uno pueda rotular su negocio como quiera, ya sea "Mesón Castellano", "Irish Pub" o "Celler Catalá", ninguna acepción merece ser multada. Pero de la misma forma que no se puede imponer la enseñanza en catalán, no se puede obligar a que se enseñe en castellano si no hay una opción clara para ello, por mucho que asista el derecho, si no se puede llenar un colegio castellanohablante podremos exigir que nuestros hijos tengan una enseñanza en castellano, pero no en el lugar que nosotros deseamos. Que el castellano sufra un destierro popular es una realidad, que sufra una discriminación oficial una felonía.
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Pero si somos realistas con gran resignación tendremos que asumir que los lenguajes son para entenderse y para decir las cosas lo más claro posible.
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