domingo, 31 de marzo de 2024

Agua fría y el diálogo interior más difícil que nunca

Ayer finalmente volví a nadar en agua fría. La diferencia respecto al miércoles pasado fue que hacía mucho más calor y el aumento de temperatura logró darme una experiencia sumamente agradable. Inclusive, llegué a broncearme un poquito el rostro y los brazos. 

Hice una entrada en calor muy despacio y a mí ritmo. Después, me aboqué a trabajar con patas de rana siendo que me había aclimatado.  Dediqué muchos largos solamente a la patada apoyándome en una tabla de las que se usan. Y por último, cerré con algunos largos de mayor impacto nadando con las patas de rana y mi brazada "real", es decir, sin ningún accesorio. 

En mi caso las patas de rana son un gran potenciador para trabajar otras partes del cuerpo como son los brazos y la espalda.  Lo bueno, en general, es que con las patas haces más fuerza y en la adrenalina de la velocidad no te das cuenta pero es de gran ayuda para fortalecer y ganar más resistencia. Entre ellas, la resistencia respiratoria. Es que a mayor velocidad, más desgaste, más necesidad de salir a tomar aire y mayor oportunidad de ejercitar la respiración de los dos lados que es una de las cosas que más me gusta saber hacer,  y que no quiero perder nunca. 

Si bien me sentí súper bien cuando salí de hacer ejercicio, como si el mundo estuviese a mi total alcance, no siempre es fácil mantener el ánimo. Estos días libres me han dado mucho espacio para pensar, para sentir, y por momentos fue agobiante estar frente a la tristeza.  Pero lo acepté. Lo acepté con la mejor voluntad, especialmente, en momentos donde estoy complicada con el diálogo interno. 

Al mismo tiempo fueron días libres para estar más presente en otros procesos, como ser el avance del tratamiento con las pastillas que me mandó la dermatóloga. Ya voy por las quince pastillas, casi. 

La resequedad general es una de las consecuencias más duales del asunto. Hay áreas del cuerpo donde es un diez y otras donde siento ardor. Todo eso es normal. En cuanto al rostro, encontré muchos avances y tengo el pelo espectacular. Pasé de estar muy irritada y brotada a tener un proceso de purga tanto en rostro como en el cuero cabelludo . Este proceso hizo que salieran a la luz todos los granos posibles y que lentamente se fueran secando. También hizo transformaciones en la apariencia del cabello que está un poco más claro por el cloro pero especialmente por el normal funcionamiento de las glándulas sebáceas. 

También noté que no volvieron a salir otras reacciones y que en los lugares donde no tengo acné la piel está en su mejor momento. Es decir, el tratamiento funciona.  Y me cuesta decirlo, me cuesta darme el espacio a celebrar esto, pero si. Tengo derecho a sentirme mejor con mi imagen, aunque sea en un porcentaje mínimo. 

II. 

Curiosamente, hoy, tuve una charla con mi hermana del tema. Me  preguntó por el trabajo en la multi y le conté más al respecto. Cosas que no sabía sobre como me siento. Me recomendó esperar un tiempo más antes de estar segura si quiero irme y me recomendó trabajar en mí más allá de cualquier contexto. 

- ¿Estás yendo a terapia? - me preguntó. 
- Si. Estoy trabajando el tema. 
- Si, porque para mí es algo más tuyo. O sea, que vos te sentís así. Te tiene que chupar todo un huevo. Si creen que sos groncha, qué te importa. Igualmente es increíble, pero vos ni pelota. 
- Si. Son batallas que debo dar. Bah, no batallas como tal, pero sí cosas a resolver. Es difícil porque yo hago un trabajo en terapia y frente a las situaciones tengo el desafío en tiempo real. Pero obviamente que si uno quiere progresar, estar mejor y fortalecerse en esos ámbitos, tiene que tener herramientas. 
- Si. Y ojo, en mí laburo es todo un poco una verdulería y eso tampoco está bueno. Hay ventajas y desventajas. Aprovecha las ventajas algún tiempo más. 

Asentí. 

- Si. Soy muy autoexigente. 
- Y eso te va a pasar en cualquier lado. 
- Si. La diferencia está en que estoy en un contexto nuevo, diferente, donde se pondera la imagen y esos son agregados inusuales en un trabajo. Entonces la autoexigencia es generalizada. Pero estoy buscando alternativas, la manera de sentirme mejor. 

Le sonreí, levemente. 

- Si, de última espera unos meses más. 
- Yo considero que primero voy a hacer el esfuerzo del trabajo interno para cambiar el diálogo interior. Y si veo que con un mejor diálogo interior esto no se modifica, tomaré otro camino.  Pero antes, obviamente, voy a tratar de mejorar los parámetros de perfección y de todo eso. 

III. 

En general, hace unos días que mí voz está demente. Me viene batallando. Y obvio tengo ganas de escaparme de todo y especialmente de mi mente que me dice lo mal que todo está, lo feo que es todo, la mirada antipática del mundo. Pero no me escapo. Esto también soy yo. Estoy pasando un duelo. Tengo roto el corazón. Tengo la cabeza en cualquier lado. Estoy tomando pastillas de acá a un año que todos los días alteran la apariencia de mí rostro, muchas veces para bien y otras veces con un racimo de acné que me duele. Además de otras cuestiones de salud física que ando resolviendo (de las cuales hablaré oportunamente) y todos estímulos que van justo a la imagen. 

Pero también esto es ser una persona. Y si, al menos, esto es ser yo. 

Quizá hubiera preferido empezar el tratamiento de la dermatóloga y el otro tratamiento (del que ya hablaré porque me genera mucha inseguridad ahora y no me siento lista para compartirlo con nadie) cuando estuviera segura de mi y no en un momento donde no me encuentro linda, donde me siento súper vulnerable y frágil... 

Pero también creo que aunque no me sienta linda, aunque me sienta frágil, y aunque esté triste, merezco darme lo mejor que pueda hasta sentirme mejor. Porque si y punto. Porque no me puedo abandonar. 

Para no abandonar los desafíos de estos días, me voy a desconectar temprano del mundo y voy a darme minutos de calma antes de dormir. ¿Para qué? Para habitarme. 

De nosotros mismos no nos podemos mudar. 

viernes, 29 de marzo de 2024

Curar la herida interior

Curar la herida interior no se dá de la noche a la mañana. Y creo que durante algunos días el motivo del malestar es hacer como si no estuviera replanteándome mil cosas en estos momentos de mi vida. No me pone mal estar atravesando un duelo, pero sí me pone mal hacer como si no existiera esa angustia que está hoy presente.  

Una parte mía está concentrada todo el tiempo en sentirse bien sin darle espacio a sentirse mal. Por eso me equivoco en el trabajo. Por eso me llevo a estados de estrés y escenarios catastróficos. Por eso me imagino lo peor. Por eso me veo perdiendo las batallas.  Hago un gran esfuerzo, a nivel inconsciente claro, para no darle espacio a lo que me pasa pero lo que me pasa toma su espacio de mi realidad a un costo que muchas veces me afecta en ámbitos donde no es conveniente. 

Si me preguntan por qué estoy triste, no sabría reconocer un motivo en concreto. Creo que estoy triste porque me doy cuenta que estoy desconectada de mí, que me siento insegura como no me sentí en mi vida y que tengo roto el corazón.  No pienso en Galeno concretamente. Pero sí pienso en que tengo que cambiar muchas cosas mías antes de volver a conectarme con otro, principalmente, porque conectar conmigo hoy en día es el proyecto más importante. 

Sin embargo, tengo cuidado con eso. ¿Conectar conmigo misma, para qué? ¿Para decirme cosas horribles, para imaginar escenarios catastróficos y vivir pensando en el futuro como si fuera el conteo regresivo de una bomba? Es como si todo el tiempo estuviera pescando con una liana de un futuro desconocido solo los acontecimientos malos.  Y no es justo conectar conmigo misma sólo para eso porque, de seguir en ésta, obviamente que cada día va a ser más difícil reconocer la angustia. 

II. 

Me debo, me merezco, poder conectar conmigo para hablarme bien. Para entenderme. Para no quedarme enroscada porque mi jefa me dijo algo que me molestó, y pensar que es una idiota y una inútil y enfurecerme y poner todo el desprecio en algo. 

¿Qué puedo hacer por mí, amablemente, frente a eso? Hablarme bien, sería lo primero. Los demás pueden hacer muchos comentarios pero el problema surge si yo me los creo. Si tomo eso como una verdad y no reconozco que importa más lo que yo creo que lo que dice una cara de ardilla. ¿Por qué respetar tanto la visión de los otros y faltarme tanto el respeto, no? ¿Por qué quedarme maquinando días sobre lo que dicen o creen de mí los demás, y no sentarme conmigo misma a ver cómo me siento, y qué puedo hacer para abrazarme, o qué necesito hoy? 

Es muy difícil curar la herida interior, pero es mucho más complejo todo si no la reconozco. Porque me la voy a seguir llevando por delante y la voy a volcar y derramar mil veces en pequeñas gotitas en todos los aspectos de mi vida hasta ensombrecerla. ¿Y eso sería justo realmente? 

Hay mucho que me gustaría cambiar de mi vida hoy, lo admito. Pero creo que no hay momento más oportuno que éste para hacerlo. Quizá, estos tiempos, pongan como primer desafío sobrellevar la angustia y eso esté bien, porque de pie a lo que más adelante va a venir. 

 ¿Cómo lográs una transformación si no asimilás las pérdidas de tu vida? 

¿Cómo te apoyás internamente y tenés la seguridad de decirte: "vas a poder, y si ves que no podés mas y te pone en juego la salud mental, te ponés a buscar otro laburo" ó "dejá de compararte con los demás, tu singularidad es valiosa, tu historia es un capital hermoso, tu identidad vale la pena y con todo lo que tenés hoy es más que suficiente para seguir creando una vida maravillosa"? 

¿Cómo curás la herida interior si te atacás todo el tiempo, si te hablás mal, si te quedás colgada del miedo, de la crítica de los demás, de las frustraciones de los otros o de las expectativas de los otros? 

¿Cómo curás la herida interior si todo el día te estás castigando por no ser perfecta? 

Un micropaso es lo que se me ocurre ahora: hablarme mejor que ayer. Explicarme las cosas de la misma manera dulce en que se las explicaría a las personas que amo. Pensar en mis necesidades tanto como empatizo con los de afuera. Mirar y abrazar el propio dolor y pensar cómo me siento, además de mi habitual pregunta: "¿cómo se debe sentir?". 

Puedo perder todo en el camino si me sigo llevando puesta la angustia. Me puedo perder a mí. 

Y ni un trabajo, ni un título, ni el qué dirán, ni el contexto país, ni el hoy ni el mañana, van a devolverme al centro si me alejo de él. Por eso, es mi responsabilidad en el mejor de los sentidos mantenerme despierta. 

Y hoy, si estoy despierta, siento angustia.  Una angustia que tiene el sabor a ser la antesala a lo mejor, lo siento, pero que hoy es angustia.  Habrá que vivirla entonces. 



jueves, 28 de marzo de 2024

Agua fría

 Ayer terminé de trabajar muy estresada porque sin querer me equivoqué en algo. Nadie me dijo nada pero la idea de estar al límite con fechas y procesos es algo que me pone muy mal porque me organizo de tal forma donde no me fuerzo a llegar a mis límites. Y estos errores, que no cometo apropósito, me ponen en esa situación de desorden. Es decir, me estresan no solo por el error en si - que tuvo una solución - sino por cómo yo me empiezo a sentir cuando me equivoco. 

Frente a esto, tenía dos opciones: o me quedaba en mi casa pensando en lo tonta que me sentía por haberme equivocado, en lo pelotuda que era porque es imposible que hubiera fallado en el tipo de cambio en dólares cuando es algo que hago a menudo y que además fallé porque ya venía nerviosa, porque me habían rechazado la factura, y el tiempo, y los plazos de pago y lo que me iban a decir, y que no me podía seguir equivocando porque yo tengo que hacer mi trabajo bien y que si me equivoco quiere decir que no lo hago bien, y cómo puede ser que no haga nada bien...  O podía irme a nadar. 

Me fui a nadar después de merendar una fruta. 

Cuando llegué al club el guardavidas me ofreció, por cuestiones de espacio, nadar en agua fría. Es decir, en una de las piletas al aire libre. A esa hora, al atardecer, no parecía ser una opción adecuada. Pero, tal como me dijo a la distancia el flaco: "no tengas miedo, es agua", así que metí primero uno de los pies y me dije que sumergirme en agua fría tenía que ser rápido y de una. Sin pensarlo demasiado. 

Inspiré hondo, me armé de coraje y metí en un correlato veloz, todas las piernas y después el tronco y luego me zambullí directo en un impacto de agua fría, brazada y patadas. No saqué la cabeza hasta que no pude casi respirar para dejar la totalidad del cuerpo asimilando la temperatura de lleno. 

Nadar en agua fría me produjo un shock término que nunca había vivido. Fue algo realmente maravilloso, no sólo por experimentar una sensación nueva, sino, porque pude apreciar el atardecer mientras nadaba. Nadar espalda (estilo donde estás panza arriba y braceas) pero mirando el cielo, fue una locura. 

Gracias al frío del agua conecté a full con el cuerpo. Mi cuerpo me pedía estar cien por ciento presente porque cuando salía del agua estaba un poco ventoso pero cuando me sumergía necesitaba hacer más fuerza para nadar y era increíble la calma, pero a la vez la adrenalina de esos primeros largos.  El estrés mental y la sensación de derrota con la que había terminado de trabajar se diluyó. De la cabeza la mufa pasó al cuerpo y del cuerpo se quedó en el agua, convertida en otra cosa. 

Soporté menos que una clase entera bajo ese pequeño mar frío, pero sin dudas, es algo que volvería a hacer. Si bien amo nadar en agua climatizada porque te relaja sin este primer impacto, no dudaría en repetir de cuando en cuando éste ejercicio. 

A éste deporte le debo haberme salvado cuando era pequeña y el seguir salvándome hoy.  Lo amé con locura desde los ocho años y hoy con veintinueve no en vano siento que me rescata. 

Si bien me cuesta sostener el hábito de ir a la pileta entre tantas obligaciones, no quiero que nada me desconecte de esto. Porque nadando, cuando todo se calla, vuelvo a escuchar mi propia voz.  La voz de esa niña que a los ocho años se sorprendía de aprender a nadar y la de ésta mujer de casi treinta que se sigue sorprendiendo con poder nadar en agua fría. 

martes, 26 de marzo de 2024

La angustia, las obligaciones y la vida

 "siempre te ponen un kiosco 

pa´ que lo que tengas te parezca poco"  

(Wos - Niño gordo flaco)

Ayer lunes no fue un día tranquilo en la oficina ni tampoco en l personal. 

El domingo  me enteré que tenía problemas con las inscripciones en una de las materias por obra y gracia de la Facultad. Me puse mal porque eso significaba cursar menos, avanzar menos, y no es esa decisión que tomé sobre este año, aunque hablando en el centro de estudiantes y en el Departamento de Alumnos de la facultad finalmente lo pude solucionar hoy.   De ahí que es el lunes me levanté para ir a la oficina y me di cuenta que iba a tener que ir hoy martes recién a hacer el reclamo a alumnos porque no llegaría yendo desde Puerto Madero ni porque me tomara una limusina. Y eso me puso muy nerviosa. 

Ayer lunes además en la oficina fue un día movido. Ingresó una Senior nueva a Finanzas que junto a mi jefa y a la nueva Gerente de RRHH forman una especie de trio del acomodo. Es decir, que vienen con esa onda de hacer querer trabajar a todos a su manera y se van sosteniendo en esa nueva burbuja donde los otros quedan bastante afuera.  Por lo que me comentó mí jefa, trabajaré bastante con la Senior, que al estar acomodada cuenta con un aval en todos los sentidos.    Eso me hizo pensar a mí qué oportunidades tengo acá a largo plazo, si ponen a la gente acomodada y dan entrada a gente por contactos. Y eso también me hizo pensar si vale la pena el esfuerzo diario al menos en una estructura donde la mitad del departamento está acomodado, donde hay dos personas con mucha antigüedad y dónde soy yo la única persona de menos de treinta años que no entró por acomodo, sino por CV, y a la que le está tocando morder el polvo.   Es que claro, obvio, yo no sé mil cosas que tienen que ver con el hacer formal de las multinacionales, éste es mi momento en la vida de aprender la gestión. Y es de hecho lo que más me cuesta aprender, no sólo porque mi jefa es una pesadilla con sus presiones, sino, porque todo proceso, cada proceso, tiene un tiempo regular de desarrollo que las personas , más allá de toda la ansiedad que sienten, no pueden modificar. 

  En paralelo al ingreso de la Senior, para formar el "Trío del acomodo", en un momento de la mañana de ayer entró a la oficina de Finanzas un pelado con una cámara de fotos para retratar el ambiente como parte de una campaña institucional de renovación de imagen. ¿Quéééééé? Sí, suena super hueco, y lo es, caen dentro de la cesta de  cosas pasan en algunos sitios como si nada y a las cuales yo no me termino de acostumbrar. Mi cara de "¿donde esta la rutina?" habrá sido para alquilar balcones, parecía buscar la cámara de la cámara oculta. 

A ese punto de la mañana ya había sido todo demasiado atípico para que me pudiera concentrar. No solo por la cantidad de barullo en la oficina, y por la hiperestimulación con giladas, sino por las cuestiones personales que hace a lo cotidiano (las materias de la facultad que no me salieron y no sabía si no iba a tener que hablar de nuevo con mi jefa, el tener que esperar para hacer el trámite porque nadie podía ir por mí y no llegaba desde el trabajo, aún a riesgo de quedarme sin cupo en las comisiones, etc).  Anduve desconcentrada y, de hecho, noté que éstos días me equivoqué en algunas cosas que yo por lo general domino.  Y estos errores tienen un motivo que ya contaré. 

Para coronar el primer día de la mini semana, tuve la reunión de Finanzas-Experiencia de clientes de los lunes y me hice el hueco para contestar el test y hablar con la profesora de Inglés de la empresa para comenzar a estudiar dentro de la Campaña de Idiomas.  Principalmente, porque pienso que tengo que aprovechar el hecho de que sean clases pagadas por otros y que no tenga que costear yo, en función del futuro profesional y la riqueza que eso me puede dejar. 

II. 

Claramente, un día así se iba a terminar con dolor de cabeza. ¿Cómo, si no? No paré un segundo ni de hacer ni de pensar. Tampoco cuando almorcé, porque justo choqué con una charla de cuatro Economistas de la empresa compañeros nuestros que estaban hablando de los distintos escenarios en nuestra micro, y tomé nota mental de cómo están funcionando según sus distintas posturas algunas de las principales variables. Comí una parte del almuerzo pensando en esto y otra parte, por suerte ya sin el análisis de estos tipos, riéndome de anécdotas de una de las chicas que me ayudaron un poco a no tirarme del octavo piso. 

¿Y qué tiene que ver con este hoy lo que cuento? En cada momento donde aprendo algo, donde necesito más de mí en algún aspecto, donde se me presentan nuevos desafíos, siento que flaqueo mucho últimamente. Y como yo no me permito flaquear, la autoexigencia sale a relucir siempre a tiro para destruirme. O al menos, para intentarlo. 

Cuando me pongo tan mala conmigo misma, sufro.  Otra persona puede preguntarse cómo un ser humano puede ser tan tonto de agredirse a si mismo al punto de sufrir por el asunto, pero las cuestiones asociadas a un mal diálogo interno vienen desde siempre con quien las soporta. No es algo que uno pueda manejar a voluntad, más bien, es un mecanismo que te juega en la mente, directamente, siendo vos contra vos. 

Hay épocas de la vida que recuerdo muy limpias. Mi diálogo interno había mejorado mucho, había construido bases muy bonitas, pero el tiempo lo fue deteriorando y mi voz interior empezó a actuar lentamente al principio , y ahora de una forma intensa, como el peor de los consejos. Me digo cosas muy muy horribles que hasta me da vergüenza escribir. Incluso pienso que pudiendo hacer o decirle a los demás cosas tan lindas no sé cómo puedo depositar tanto desprecio en mí, pero ni siquiera pensando en eso, dejo de repetirme palabras que me hacen daño. 

III. 

Lo profesional es hoy en día el campo por excelencia donde ese mal diálogo interno aparece y retratar algunas cosas del ámbito donde me manejo me ayuda a ponerle un parámetro a las emociones que se me juegan.  Desde que ingresé allá estoy llena de inseguridades todo el tiempo, mitad por lo que vivo y mitad por lo que creo que tengo que vivir, es decir, por las exigencias que yo misma me impongo sobre mí carrera profesional. No me apoyo en lo absoluto siendo franca, aunque al principio trataba muchísimo de hacerlo. Parte de tener una mala jefa radica en que únicamente empezó a macarme lo malo, o lo que no está bien, o lo que no se hace como se supone que yo tengo que adivinar como se hace, y eso, intensificó mis inseguridades y mis miedos al máximo.  Dejé de acompañarme como era mi idea al comienzo de éste cambio y no me di cuenta hasta ahora done intento buscar el origen de un empeoramiento enorme en el diálogo interior. 

Yo trabajo en un contexto donde hay mucha exigencia ya, donde hay presiones, donde existe el menosprecio por la posición y donde hay micro-forreadas que cansan y desgastan la buena voluntad. Todos se la creen o casi todos y esa visión de escalafón social permanente es perturbadora.  Siendo un entorno donde hay muchas diferencias de clase y donde sos por lo que tenés, para mí, ha sido muy muy difícil adaptarme en el aspecto socioeconómico y eso no deja de estar conectado a lo laboral. 

Hace muchos meses ya que si bien le saco provecho a este trabajo, también noto que no me suma para nada a nivel del proceso que yo tengo que hacer en lo personal, es decir, el de bajar la autoexigencia para poder vivir más sanamente. Frente a eso, éste contexto puede significar un enorme aprendizaje, porque estoy en un entorno ideal para superar las inseguridades, o bien, puede ser el detonante para que todas ellas exploten con toda su fuerza.   A diario doy esa batalla. Es decir, la batalla de superarlas, aunque a veces, como el lunes y como hoy, me exploten en la cara.  Nunca me había sentido tan insegura. Creo que este punto supera todo lo que alguna vez me causó inseguridad porque soy todo lo que no pertenece a ese entorno y al mismo tiempo ese entorno es mi trabajo, es decir, que no me puedo aislar al cien por ciento. 

Soy una persona que llegó ahí después de haberse esforzado mucho. No vengo de cuna de oro, mis viejos ni siquiera terminaron el secundario. No sé inglés. Todavía estoy estudiando en la facultad porque necesito otro título siendo que el primero no me bastó. Voy con la ropa que puedo comprar, a veces en marcas lindas y a veces en Once. No tengo la dentadura perfecta y tampoco tengo disposición de fondos para ponerme alineadores ahora mismo. Hago lo que puedo en todos los sentidos. En el fondo de mis videollamadas no vas a encontrar un country, de hecho, si me descuido (como me pasó) te puedo dar una reunión con el fondo muy choto porque me olvidé de poner un filtro, ocupada por aprender y desentrañar cosas del sistema contable. ¿Y qué se supone que tengo que hacer, no? ¿Esconderme debajo de una piedra? 

A veces, de verdad, me hago ésta pregunta. ¿Qué hacés cuando sos diferente, pero te conviene el dinero y afines? ¿Cuán finita es la línea? ¿Cómo lidiás con todo eso sin hundirte cada vez más dentro tuyo por el deseo de ser invisible?  

No es por jugar el papel de víctima, pero a veces me es muy difícil estar allá. Siento que no pertenezco ni por historia, ni por clase social, ni por recursos económicos, ni por capacidad. Y eso, ese sentimiento de incapacidad constante, es un monstruo enorme que me persigue. Ese sentirme una tarada cuando me equivoco, ese no comprenderme, ese no considerarme un ser humano, este asimilarme con las máquinas y ser tirana como son los demás conmigo; es algo que me ha dejado sin dormir por las noches. 

La voz de mi cabeza me dice que no voy a poder, que todos lo hacen mejor que yo, que tome mal las decisiones de mi vida. Que nací en una familia pobre y que nunca voy a poder cambiar la historia. Que todo mi esfuerzo no va a servir de nada porque hay gente que tiene todo lo que uno quiere y jamás vas a poder igualarlo.  Pero, en medio de la lucha, me pregunto: ¿yo quiero igualarme? ¿Quiero tener esta visión del mundo que ellos tienen o quiero seguir con mis parámetros de lo que me gustaría que ocurra?  Creo que una parte mía necesita pensar que debe ser igual a ellos para dejar de sentir los impactos de ser tan diferente.  Y también creo que la otra parte sabe que jamás voy a igualarme porque yo ya soy diferente. 

Probablemente, esa sea la verdadera lucha interna. Amigarme o no conmigo misma, y todas mis diferencias, y ser feliz. O seguir peleándome y amigándome en la medida que pueda, habiendo días donde pierdo la batalla y otros donde la puedo disputar. 

Es difícil de explicar porque nadie me trata mal (salvo mí jefa, que me marca todo lo malo sin dar un mínimo de aliento o de refuerzo positivo, pero al mismo tiempo me ayuda con permisos, etc), pero si me tratan como uno de ellos que se supone que es igual a ellos.  Y yo no soy uno de ellos. Todo lo que soy realmente lo demuestra y es como si hubiera tenido que inventarme una máscara para protegerme y eso, esa falsedad, sea en realidad el motivo de todo este diálogo interno que es un asco. 

Eso es algo que nunca antes me había sucedido y que me parece muy destructivo porque no sé bien cómo frenarlo. Mi voz interior habla mal de mi todo el tiempo y eso me afecta en cómo me veo, cómo me siento, cómo me comporto, cómo trabajo, cómo me cuido y cómo cuido todo lo que depende de mi (recursos, tiempo, dinero, energía mental, etc).  No es un ámbito intrascendente sino que el autoconcepto es la base de TODO lo que me genera malestar y angustia hoy por hoy. 

Una parte mía se esfuerza en todo momento por acomodarse en un entorno que por naturaleza la expulsa. Ni yo sé bien qué hago ahí. Hace nueve meses que estoy y hace nueve meses me pregunto esto. No entiendo qué creen que tengo en relación a toda esa gente que me hace idónea. Ni yo sé bien cómo no se dieron cuenta todavía que no soy como ellos, que mi realidad es muy distinta a todo eso y que la única que tiene frente a su mirada todos los contrastes soy yo.  Si son tan tops ¿para qué quieren a los de clase baja? 

Es complejo el asunto y esa complejidad se ve en las pequeñas cosas. Mientras que yo tengo que buscar ropa para eventos empresariales y tratar de juntar algún dinero para ropa del día a día (en el camino a armarme un guardarropa y no llevar la misma ropa de siempre, como vine haciendo estos meses), a mí madre le cuesta un montón comprarse ropa nueva y yo trato de regalarle cosas, pero no es fácil para mí. Mientras yo empiezo a estudiar inglés, veo que mi papá no sabe cuánto cotizar un trabajo porque quizá no lo aceptan y sufre la incertidumbre de pagar o no las cuentas. Mientras yo sigo nadando, porque el estrés llega a límites difíciles, no puedo evitar pensar en los demás, en si lo pueden hacer, en si tuvieron esas oportunidades, etc. 

Obviamente que para mí mí vida cotidiana va a ser diametralmente distinta a la vida de mis compañeros en la multinacional, pero también, va a ser distinta en el ámbito personal respecto a ellos. Estoy viviendo todo ese proceso de comer tierra, a veces, de formas que tienen que ver conmigo, con mis miedos, con mis inseguridades y con cuestiones que hacen al proceso de tener otras oportunidades y entender bien lo que queremos hacer con eso. Creo honestamente que no soy consciente de si ésto es una oportunidad muy buena, que tampoco sé si estoy haciendo lo que debo hacer con ella... Yo hago lo que puedo, siempre. Como puedo. Y me cuesta aceptar que puedo lo que puedo, porque siempre siempre quiero poder más.  Y ese afán es problemático junto a la exigencia. 

IV.

También, mí vida, y mis oportunidades a partir del ingreso en la multinacional, cada vez se alejan más de las oportunidades de personas que conozco. Mis padres que son por excelencia las personas con las que comparto y me acompañan en todo, ya no entienden lo que vivo. Ellos creen incondicionalmente en mí, en que me las banco a todas, pero no sé imaginan lo sola que me siento en todo esto porque no tengo a nadie a quien pedirle un consejo o preguntarle cómo lo hizo, cómo se manejan estos ámbitos.  Con mis hermanas, me ocurre lo mismo, tampoco puedo hablar.  Nadie que yo conozca, y con quien tenga la confianza para hacerlo, trabaja en un lugar que por el círculo en si mismo empezás a necesitar  vestirte mejor, donde te miran la comida que comes, donde no entienden tus preocupaciones o donde te miran raro si inofensivamente contas que fuiste a Once y conseguiste medias baratas. Digo ¿qué tiene de malo? Yo pensé que nada, pero me miraron con cara de asco y me quedé bastante mal por eso. 

Jamás me imaginé que iba a sentirme pobre, por ejemplo, en un trabajo. Pero así me siento y eso influye mucho en el diálogo interior.  Siempre pensé que mí conocimiento , la educación, el don de ser una persona amable y tratar bien a la gente, bastaba para trabajar y para vivir y que era suficiente. Digo, me parece que es eso lo que tienen que prevalecer.  Pero aquí, donde vaya a saber para qué carajo estoy, otras cosas también tienen un grado de interés supremo y lo que uno siempre creyó que alcanzaba, aquí no vale nada.   Todo eso, me hace sentir si fuera la última en la fila, a la que le está costando todo un mil. La que está por un lado en una realidad llena de confort y dónde también vive otra parte de la realidad llena de dificultad económica. La que no puede ser como es, y la que se tiene que guardar para después, con tal de no seguir pasando vergüenza.  Si, suena horrible, pero por momentos me siento así y me angustio, me enojo, me cuestiono, porque es muy feo que te hagan sentir vergüenza de quien sos. 

V.

En este partido, se juegan miles de creencias limitantes que vienen conmigo desde mis orígenes. Veo que todo lo que me dijeron que era, no siempre es, que lo que uno es como persona no es lo que se valora, pero que para mí sí es lo valioso. Y veo que existe una parte de la vida que yo no conocía y que no iba a conocer jamás si verlo y vivirlo no me tocaba que me hace pensar si yo no estoy en otra dimensión o si ésta gente es la que está en la nube vecina. 

De mí depende qué hago con esto. Creía que ésta carga simbólica invisible no me afectaba pero al cabo de un tiempo noto que se fue directamente instalando en mí. No quisiera que me termine atravesando el corazón pero lo cierto es que últimamente eso ocurre. 

Queda bajo mi responsabilidad saber si me voy de un lugar por inseguridad, vergüenza y miedo a ser la diferente o si me quedo para explorar la inseguridad y convertirla, para superar el miedo, para combatir la vergüenza. 

No sé cómo puede terminar esto la verdad. Y no, no es una fórmula literaria para una salida épica. Realmente no lo sé. Tampoco sé qué tengo que aprender de todo esto.


lunes, 25 de marzo de 2024

El último lunes de marzo

 Por suerte, llegamos vivos al último lunes de marzo. Fue un día largo hoy para mí. Lo termino con dolor de cabeza. 

Hoy debería haber empezado a cursar en la facultad pero tuve problemas con las inscripciones. Mañana puedo empezar una parte del cuatrimestre, no obstante, y eso es una buena noticia. 

Recuerdo que el año pasado, este mismo día, el primer día de la cursada, echaron a mi ex compañera de trabajo. También en su momento fue un día estresante, largo y molesto. 

Este presente al menos me da una tregua: ya estoy en mi cama, son casi las once de la noche y me voy a dormir. 

  Me pregunto por por qué siempre que tengo que empezar las clases, desde el primer cuatrimestre que le dediqué a esta carrera, pasa algo extraordinario que me saca del eje y me hace comenzar el año universitario estresada. 

Este 2024, lo estoy construyendo precisamente porque quiero dar vuelta ese pasado de malos comienzos. De comienzos difíciles para las cursadas. 

A veces se trata de pensar que vivimos haciendo lo mejor que podemos. Que somos suficiente. Y que no tenemos que ser duros con nosotros mismos. Que venimos de dónde venimos y que no es importante lo que creen los demás sobre nuestros orígenes si tenemos capacidad y que incluso más allá de nuestra capacidad nada debería estar por encima de nuestra lealtad interior. 

Pero esta idea no siempre se puede ejecutar bien. 

Hoy he sido muy dura conmigo misma y estoy un poco triste por eso. Recomponer el diálogo interno positivo no siempre es una ruta de avance continuo, pero es algo que intento. En este momento estoy sensible, se me juegan cosas por dentro que no puedo manejar al cien por ciento (descubrimientos, lo cotidiano, fichas que caen, emociones que nombrar y poder poner en palabras...) y noto que tengo la autoestima destruida.

¿Si me voy a ocupar de este asunto? 

Obvio. 

Pero será a partir de mañana martes.  

Irme a dormir ahora será el primer gesto de autocuidado del día. De no exigencia. 

domingo, 24 de marzo de 2024

Domingo de la memoria

Hoy, 24 de marzo, me levanté un poco más tarde que de costumbre.  Anoche finalmente pude descansar y sé que algo soñé aunque no recuerdo que era. 

Desayuné, me vestí y hice los rituales del caso, antes de salir a comprar. Caminé por mí barrio, me crucé con vecinos y no hubo ni siquiera atisbo de miedo a ser interceptada por un Falcon de color verde.  Los Falcon en realidad hace mucho dejaron ya de circular por las calles y está mañana de domingo que cae 24 de marzo en el calendario, ya no encuentro ninguno. 

Llego a mi casa caminando bajo los rayos del sol. No sé qué clima tocó este mismo día, pero hace 48 años. Me lo pregunto con sinceridad. ¿Cómo se pone el cielo el día de un golpe de Estado? ¿Será que se oscurece, no llueve o se queda como si nada, dejando desfilar pájaros? 

Almuerzo mirando la televisión. Marchan en Plaza de Mayo. Me emociona. Me conmueve. ¿Cuántas voces hay en esa plaza? 

Ahora, mientras estoy recién bañada, con el pijama puesto y con mi gato durmiendo a mis pies, pienso que no tengo miedo que está noche dos policías me tiren abajo la puerta, me secuestren, me hagan daño y me desaparezcan para siempre. Que no tengo miedo por mi familia ni por mis amigos. Sé que tampoco tengo miedo de aparecer asesinada por concurrir mañana a la facultad, en mi primer día de clases. Que puedo pedir asesoramiento a un centro de estudiantes que milita si tengo un problema con el sistema de inscripciones. Que mi facultad es un lugar donde la libertad circula y dónde los militares no vigilan la currícula. 

Sé que puedo escribir estás palabras sin el terror. Pero también soy consciente de los microterrores simbólicos de estos días. Y por eso, insisto: hay cifras que no tienen que ver con la política pero si tienen que ver con la historia.  Sé que hace 48 años, un día como hoy, la historia quedó atravesada por la perversidad del Terrorismo de Estado.  

Que eso no suceda Nunca Más. 



sábado, 23 de marzo de 2024

Sábado con mi madre

 Hoy por la mañana amanecí temprano. Después de desayunar fui a sacarme una placa que debía hacerme por otras cuestiones con la compañía de mi mamá. 

Una vez que me saqué la radiografía y esperé que me la entregaran en el momento, razón por la que la aboné de forma particular, y no fui al centro indicado por la cobertura de la prepaga, caminamos con mi madre para mirar vidrieras, recorrer y disfrutar del sol. Hice más rápido de lo que pensaba, aunque me llevó un ratito poder solucionar ese pendiente. Pensé cuán valioso es que den atención los sábados a la mañana porque en la semana me es imposible ir a menos que pida un permiso. Agradecí eso. 

Cuando salí, necesitaba hacer tiempo porque otro de los compromisos del sábado, además de hacerme la radiografía que necesitaba cuanto antes, era ir a mi servicio mensual de pies.  Elijo los sábados para hacerme cargo de los pendientes y éste es otro de los puntos que agradezco poder saldar en un día donde no tenga apuro, porque además de todo el servicio de pedicuría, me hacen un esmaltado y lleva prácticamente una hora el asunto. 

 Ni bien terminamos todo, y salí con los piecitos nuevos, nos quedamos mirando vidrieras con mi mamá. A ella le encanta mirar vidrieras y a mí es algo que me aburre, a menos que me vaya a comprar algo, pero decidí acompañarla de la misma forma que ella me había esperado en el centro de radiología y en la sesión de pies. 

Luego de mirar vidrieras, noté que le gustaba mucho una riñonera, que ya lo había comentado al pasar, y me decidí a regalársela. 

- ¡No! ¡No seas loca, ni se te ocurra! 

-  Bueno, ma, te invito a comer algo, que ya es tarde... ¿Qué querés comer? 

- Acá, cualquier cosa, lo más barato... No gastes. 

- Mami - le dije y la agarré del brazo - ¿mirá si yo te voy a mezquinar a vos algo? ¡Dale, vamos! 

- Bueno, vamos a comer. Dale. ¡Tengo hambre! 

Fuimos a comer al restaurante preferido de mi mamá. Tratamos de no gastar demasiado, cosa que conseguimos, y finalmente pude darle ese gusto. Cuando salimos, disimuladamente, enfilé para uno de los locales donde se había quedado mirando la riñonera. 

- Pasá - le dije. 

- ¿Qué? ¡No! 

- Te la voy a regalar de todos modos, así que es mejor que la elijas. Pasá. 

- No, pero ¿por qué? Ya me regalaste para mi cumpleaños. 

- Porque sí, ma. Tomalo como un agregado más a ese regalo de cumpleaños. Te lo completé. 

Mi mamá se rio pero se puso re contenta. Finalmente entramos al local, por suerte daban tres cuotas sin interés, así que le pude comprar una que estaba muy buena y que yo me di cuenta que la miró con unas ganas bárbaras. 

Cuando llegamos a casa, se la mostró a mi papá, chocha de la vida. Yo me sentí muy contenta. No sé exactamente cuánto es el tiempo que vaya a tener vivos a mis padres pero trato de disfrutarlos en vida.  Como hoy le expliqué a mi mamá, cuando me decía que no gastara en ella, yo aprovecho plenamente el momento donde puedo hacer cosas por ellos. 

Sé que ellos en su momento hicieron cosas por mí. Sé que quizá el momento que puedan compartir conmigo no lo vuelvan a vivir tantas veces. Sé que yo, en cambio, tengo vida por delante para vivir esos momentos. Y sé que éste, éste precisamente, es el momento donde tengo a mis padres para hacer las cosas por ellos. 

Hoy fue un sábado de sol con mi madre. Espero que lo haya disfrutado. Me alegró verla contenta. 


viernes, 22 de marzo de 2024

Un viernes de marzo

 Hoy me sentí bien. 

Me levanté para mi home office bastante sobre la hora la verdad. Una de mis alarmas no sonó y la otra no la escuché, es decir, cansancio de viernes que hizo su mella.   

Tenía planeado comer desayuno de huevo y frutas, pero finalmente no desayuné muy bien que digamos. Un mate cocido con un alfajor, fue la elección y la verdad es que estaba rico. Necesitaba darme un gustito.  

Fue pasando el día. Aprecié mucho mucho el otoño y el fresco. Tomé el remedio diario e hice la rutina de mantenimiento. Estoy haciendo grandes esfuerzos para tomar más agua, aunque la verdad, no me resulta fácil por el momento.  La medicación que tomo es súper pero súper secante, entonces, en todos los sentidos necesito hidratarme. Pero si algo me di cuenta hoy es que se me hace difícil la incorporacion porque vengo tomando agua de la canilla y le siento un gusto horrible a cloro. Así que voy a volver a comprarme agua embotellada para ver si así acompaño mejor la ingesta recomendada. 

Si bien el día se me hizo un poco largo, sentí agradecimiento por pequeñas cosas. Y eso no anuló la angustia pero si me hizo sentir mejor. 

Cuando termine de trabajar, tuve terapia. Salí bastante más aliviada de lo que pensé que iba a salir en relación a lo que iba a tener que hablar. 

Luego de eso, hice una compra rapidísimo en un comercio y me tomé el colectivo a casa. 

Pasadas las ocho de la noche, ni bien llegué, me di un baño calentito, hice la rutina de mantenimiento, cené y le di de cenar a Julio... Y ahora estoy aquí, escribiendo estás palabras. 

No tiene mucho sentido literario, ni nada de eso. Pero para mí tienen sentido porque me siento bien y lo quiero compartir en algún sitio donde me sienta cómoda. 

Aquí me siento cómoda. 

jueves, 21 de marzo de 2024

Las cosas no llegan por casualidad

 Las cosas no llegan por casualidad, eso pensé hoy varias veces en el día. Si bien no fue un día fácil, porque no me sentía bien de ánimo y porque me costó mucho mantener la concentración, ese pensamiento me acompañó y volvió a acompañarme. 

Es que, estando en medio de la angustia, uno se pone filosófico, melancólico y muy pensativo.  Pero... yo también me pongo muy sensible. Sensible a todo. Y en esa sensibilidad un poco me pierdo en momentos de angustia porque me cuesta sostener rutinas simples.  Sin embargo, ésta vez es distinto. Siento angustia pero recientemente también empecé el tratamiento que me mandó la dermatóloga con unas pastillas muy fuertes. Y este tratamiento tiene que ir acompañado de una serie de cuidados durante el año que tiene de duración. Me tengo que pasar cremas de todo tipo porque está cambiando la condición de mi piel y hay que sostener una conducta tanto en la toma de la droga - que no se puede cortar - como en lo complementario.  

Y apropósito de ésto pensé qué bien me viene en este momento de mi vida tener tanta disciplina con algo, la verdad.  Estoy más atenta con mi cuerpo. Voy asistiendo a un proceso que cambia día a día, pastilla a pastilla. Hay días donde tengo molestias nuevas en la piel y voy combinando cremas para poner la barrera en orden. Otros días donde me doy cuenta que en otros aspectos estoy mejorando un montón y me pongo contenta.  Y así, puedo enfocarme en algo que no sea solamente la angustia que parecería formatear todo. 

 Por suerte, no tengo miedo. Confío a pleno en la ciencia y confío en que estoy haciendo todo bien para que me resulte.  Simplemente, me toca ser constante y ser prolija para que la piel me quede tan hermosa como la merezco. Básicamente, por ponerle tanto cuidado y dinero ¿cómo no voy a merecer tener una piel que no me duela ni arda, no?  Por ahora, he hecho algunos gastos extras para comenzar el proceso que me llevará casi 350 días más. Y aunque tocó invertir, realmente me siento tan afortunada por poder acceder a esto y poder tratarme. 

Tocó comprar dos cajas del remedio en cuestión, dos cajas de vitamina D - porque estaba en problemas con eso -, bálsamo labial de Eucerin, aceite corporal de Eucerin, crema hidratante corporal de Bagovit, crema nutritiva nocturna de Dermaglós, y hacer uso de todas las cremas que yo tenía.  Es decir que esto no se trata sólo de tomar una pastilla al día durante un año de tu vida y yastá.  

Confío en que no voy a tener que repetir la compra de todos los productos absolutamente todos los meses, que hay cosas que me van a durar más de un mes, aunque las use seguido. Eso sí:  me doy cuenta que no todo el mundo podría acceder a ésto de la noche a la mañana y eso me hace llevar este proceso que recién comienza desde la gratitud absoluta. 

Sí, siento angustia, pero cuando tomo cada pastilla, pienso: "qué bueno que puedo hacerlo, ya pronto me voy a sentir y ver mucho mucho mejor".  Mientras tanto, pienso que frente a ésto podría tener dos caminos, para sumar a la angustia: la queja por la incomodidad y el gasto o la gratitud por la posibilidad y la mejoría que vendrá. 

Hoy puedo elegir el segundo camino. El de la gratitud y el de la mejoría. Eso me hace pensar en que cuando era chica yo pensaba que ya había cumplido el cupo de problemas de salud que una persona podía tener por todo lo que me había pasado y que, entonces, no me iba a sentir mal nunca ni iba a necesitar ir a otros médicos para nada.  De verdad, a los ocho años, yo creía que existía un cupo y que lo tenía completo y que por eso me tenía que esforzar por cuidarme mucho solo en ese momento para luego tener una vida normal. ¿Suena loco? No sé. Hoy esos pensamientos me dan ternura.  Fueron una manera de consolarme y agradezco haber pensado así, aunque luego haya supuesto una desilusión. 

 Más de veinte años después, sé que no existe ese cupo y que la salud es un regalo, pero además, un aspecto de nuestra vida que tenemos que atender todas las veces que sea necesario.  ¿Podría quejarme porque todo en mí implica procesos que no le tocan a todos? Bienvenido sea. Pero hoy elijo ver que todo lo que para mí implica un proceso más - la piel es un claro ejemplo - también encuentra un sendero de bienestar a través de esos caminos. 

En ese camino, he aprendido a ser una persona agradecida. Hoy en día ando angustiada y triste pero, increíblemente, cuando me veo mejorar, agradezco todos los días poder hacer cosas que me ayuden a sentirme mejor. 

Hoy con casi treinta años le diría a la Veinte de ocho años que no, que no existe el cupo, pero que nos convertirnos en una mujer que está aprendiendo a cuidarse. Y creo que ese cuidarse, va a extenderse a todos los aspectos. No es sólo el acné, y los granitos  que aparecen en mi cara, lo que se está removiendo, con procesos dolorosos de inflamación y de resequedad posterior. Ni por asomo es solo eso. La doctora me había advertido de una posibilidad de purga en el rostro y me río pensando que nadie me avisó de la purga que, al unísono, iba a experimentar por dentro. 

Pero eso sí: las cosas, definitivamente, no llegan por casualidad.  Yo pienso que más allá de todo también agradezco esta no casualidad, este tema que estoy atravesando a nivel físico, que me ayuda a gestionar los procesos internos. 

¿Terminaré siendo una mujer que no se sienta dividida en pedazos, en áreas, casi en departamentos?  Es una buena oportunidad, creo. 

La angustia afecta a la subjetividad

¿Qué tiene de bueno la angustia? El efecto intenso, re intenso, sobre la subjetividad. 

Es como si te pusiera a tiro en relación a cómo querés seguir. Como si te hiciera consciente de todos tus pensamientos, positivos y negativos; de todas tus miserias y de lo mal que estás, de lo mal que te sentís.  Este es un momento de cuestionarme fuerte para donde quiero ir porque todo lo que he hecho hasta ahora sé que puede ser mejorado o apreciado de otra manera. Es decir que tengo tanto para cambiar que, hoy en día, no sé por dónde empezar. 

Creo que estoy en una etapa de analizar, de mucho enojo - lo admito - y de muchas ganas de desesperadamente estar ya en otro capítulo de la historia. Pero otra parte mía me pide, me ayuda y me cuida, en el camino que se trata de bancar. Bancar el proceso, el malestar que genera ese proceso de purga, confiando a ciegas - como se confía, básicamente - en que detrás de éste se esconde la mayor transformación. 

II. 

Hay cosas que en este momento me duelen. Y voy a hablar de ellas. Porque creo que ellas son la base, pero la base real, de la transformación. 

 Todo comenzó porque mi ex mejor amiga llamó a mi padre para que le arregle la casa a la que se mudó por acomodo de su madre. ¿Si me da bronca que lo haya llamado a él? Sí. Considero que mi padre es muy talentoso pero no tiene por qué ir a solucionarle los quilombos a ésta pendeja retorcida. También me enoja que por necesidad mi padre tenga que agarrar el trabajo de alguien que me hacía escenas de celos porque decía que yo amaba demasiado a mis sobrinos; que cuando yo le decía que estaba preocupada porque no tenía trabajo su respuesta era que "buscara mejor" (cuando siempre la habían ido acomodando en todos los laburos). A esa persona le tiene que ir a trabajar y yo estoy, realmente, muy enojada.   De hecho, me enteré de casualidad porque mi papá no me lo quiso ni contar porque en el fondo sabe que si otra fuera la situación probablemente ni iría.  Pero debe ir a trabajarle a una estúpida que me ocultaba cosas buenas porque sentía que yo la envidiaba; que se enojaba por tonterías como si fuéramos nenas y que no sé si se ponía realmente contenta cuando las cosas me salían bien, mirándolo en perspectiva y admitiéndolo con dolor.  Eso me da bronca, que él no pueda elegir por necesidad y por orgullo y que tenga que ir a poner cara de circunstancia con gente sanguinaria que, además, podría buscar a otra persona para que le arregle las cosas de su casa, digo, porque mi padre no fue quien diseñó El Arca de Noé. 

¿En qué me hizo pensar todo esto, relacionado a la angustia, no? Parece que no tiene mucho que ver. Pero a mí sí me hizo sentido. A mi ex mejor amiga yo le contaba todo, pero todo, y abría mi corazón y compartía lo que tenía, y si me pedía cualquier favor estaba y le confiaba mis dudas, preocupaciones, alegrías, logros, avances... Era como una hermana para mí. Jamás sentí envidia/celos de hecho, me pareció algo tan raro cuando me lo dijo... Digo, el hecho de decirme que yo tenía celos de ella y mi propio sobrino el día que se conocieron en el último cumpleaños donde ella estuvo, fue algo surrealista. El hecho de decirme que en ese cumpleaños no le había dado bola porque solo estaba con mí sobrino, fue como un estadio superior de sorpresa para mí. ¿Cómo me vas a hacer esos planteos? 

Realmente, me causó una desilusión cuando a partir de esos planteos recordé que había estado ofreciéndole hacer una merienda los tres durante dos años  para que lo conociera - porque sentía que mi sobrino mayor era alguien lindo y quería compartir la belleza de su vida con ella - y solo hacia falta ver en todo lo que había desembocado. ¿No me di cuenta que una persona que me decía siempre que no cuando le quería presentar a mi sobrino no podía ser mí mejor amiga?  No.  Yo estaba concentrada en dar. En dar para sostener. Para no afrontar pérdidas, supongo. 

¿A qué viene todo esto? En todo encuentro un nexo fino, pero claro. A través de la experiencia con ella, cuando rompimos nuestra amistad, me di cuenta  que el vínculo jamás había sido reciproco. Igual que con Galeno, donde terminé la relación porque no teníamos un vínculo recíproco hace casi un mes atrás... De tanto dar en ambos casos me vacié a tal punto que me di cuenta lo poco que había recibido. 

Y ahí está el toque: la amistad que yo doy es una amistad sincera, es como si con la amistad yo te acogiera y te abrazara. Me comprometo a ayudarte, a estar, y a ser leal, obviamente, confío, me muestro vulnerable, soy honesta y trato de ser una buena amiga.  Pero para todo eso yo necesito confiar, es decir, un poco de tiempo.  Lo mismo me ocurre con el amor, es como si con el amor que puedo dar yo acogiera y abrazara a la persona que tengo al lado. Como si me comprometiera a acompañar, a cuidar y a tratar de entender. ¿Por qué? Porque pese a mis defectos, trato de estar atenta a lo que puedo producir en los demás y trato de tener cuidado y control. Trato de ser la mejor versión de mí en los vínculos.  Y si no, prefiero no vincularme con las personas. 

Y ahí está lo segundo que me duele y me angustia y me enoja hoy, que es como si con la amistad y el amor me diera el mismo reflejo: yo puedo dar un montonazo en mis relaciones, pero haciendo un balance, es muy poco lo que recibo de los demás. Es muy poco lo que los demás dan, en relación a lo que yo soy y lo que yo doy. Y eso es también una clara muestra de autoestima, pero especialmente, de merecimiento. ¡Lo enojada que estoy por ni haberme detenido a pensar un poco más en mí, en cuidarme un poco más! Y lo importante que es, a la vez, que el enojo me muestre esto tan loco. 

¿Cómo puede ser que cuando uno deja de sostener de su lado el otro desaparece no? Pasó en su momento con mi ex mejor amiga y pasó con Galeno recientemente. Dos relaciones donde yo dejé de sostener y me di cuenta que era la única boluda depositando tiempo y esmero en vínculos que, realmente, no devolvían de una manera balanceada. 

III. 

 La angustia en este punto viene a mostrarme que no tengo que dar tanto a las personas. Que no tengo que comprenderlas siempre; que no tengo que ser incondicional; que no tengo que olvidarme de mí por ellas.  Porque la gente, por mucho que la amemos - como yo amaba a mi ex mejor amiga y como amaba a mi ex pareja- no siempre nos valora de la misma manera.  Y eso no es algo malo, es algo que está correcto, y más correcto aún es porque todos nos tenemos que elegir primero a nosotros. Si. Todos. 

A medida que pasa la vida, cada uno de nosotros es el encargado de su propio valor. Porque cada uno es el responsable de su propio valor, de su propia vida, de sus sueños, de decir lo que necesita, de poner freno a las cosas, de habilitar o de cambiar. No hay excusas. Si móviles de aprendizaje, obvio, pero el resto siempre cambia en el hacer. 

¿Si juzgo a los demás por elegirse? No. Pero sí creo que es momento de que yo me elija. Y me elija contra viento y marea, pase lo que pase, como quien pega un salto al vacío diciendo "ni idea lo que traerá la vida pero cuento conmigo y eso alcanza".  

¿Es culpa de uno no elegirse? Creo que más bien me parece que hay una responsabilidad en lo que cada uno acepta. Y me hago cargo de eso. Admito que es algo que tiene que cambiar y, sinceramente, no le echo la culpa ni a mi ex amiga ni a mi ex pareja.  Creo que fueron vínculos que me dieron mucho, y que como último aporte, me dieron también el reflejo de todo lo que tengo para ordenar. 

Acepté años de amistad con alguien que pensaba cosas feas de mí y que yo me di cuenta muy tarde, en parte, porque lo negaba con tal de no atravesar la pérdida que aún hoy me duele. Acepté años de una relación en la que estuve bien y fui muy feliz, pero de la que tendría que haberme ido quizá mucho antes, simplemente, porque ningún vínculo se trata de remar, ni de sostener, ni de bancar.  Y ahora, de la misma manera, debo aceptar que con los demás, soy la primera que te sostiene todo, que te banca, que te alienta, que te acompaña; pero también, del otro lado, soy la última conmigo.  

¿Cómo puede ser que en todos los vínculos sea tan permisiva, tan gamba, y que en el vínculo más importante de mi vida - el que tengo conmigo misma - sea tan tan tan tirana?  La angustia que siento, porque cimientos de mi vida se están yendo al carajo, me hizo ésta pregunta como motor fundamental para la transformación. 

¿Qué pasaría si yo, hoy, me pongo en primer lugar? ¿Qué podría pasar si concentro toda mi energía, mi esfuerzo, mi tiempo y mi fe en cambiar el diálogo interior? Digo ¿qué pasaría si yo me enfoco en ser mi mejor amiga, y un buen amor para mí, y dejo de estar siempre para todo el mundo? 

¿Y si me dejo de criticar todo el tiempo y comparar con gente que hizo otro camino? ¿Y si me dejo de retar todo el tiempo por sentir que no estoy haciendo lo que la sociedad dice que tengo que hacer? ¿Y si me tengo más confianza, y si me reconozco, y me acompaño? Digo, ¿si hago lo mismo que hice siempre con los demás, ahora conmigo? ¿Si me lo tomo tan en serio, con entrega y responsabilidad afectiva? 

IV. 

Quizá la bronca sea por eso, en el fondo, por darme cuenta que todo el mundo se elige a si mismo, menos yo. Que todos son más inteligentes en esto, que todos son menos tontos que yo, que simplemente doy-doy-doy... ¿Y qué recibo? Tengo que enfocar todo desde el punto opuesto al que lo enfoque toda la vida, parece... 

Sé que con la bronca y la frustración por sentirme una tarada tengo dos opciones: o dejo que domine y tiña mi vida de cosas feas o la uso como motor de cambio, de consciencia, y doy un giro de ciento ochenta grados. Un giro en la subjetividad. 

Yo elegí transformarme para mejor. El primer paso para elegirme fue ese. Asumir la angustia del presente, y hacer cada día un poquito para elegirme y sentirme mejor. 

Lo iré documentando. Creo que va a estar bueno. 

martes, 19 de marzo de 2024

Rearmando agenda desde la gratitud

La semana que viene empiezo la totalidad de mis actividades cotidianas que van de lunes a viernes. Al trabajo en la multi le sumo la vida universitaria y - este año, por primera vez - las clases de Inglés, concentradas en esos mismos días. Los días de facultad sí pude elegirlos, pero no así, los días donde voy a tener clases de inglés. Éstas clases me las otorga el trabajo dentro de  un programa de Capacitación en Idiomas que brinda la empresa y tienen determinadas reglas que cumplir. Por eso, no tuve injerencia al ciento por ciento aunque estoy super agradecida con la oportunidad de poder asistir. 

 Hoy estaba pensando, en este contexto, cómo organizar el cronograma ya que a la facultad me toca ir tres veces por semana; mis clases de inglés son una vez a la semana; y otro de los días cuando termino de trabajar tengo terapia.  Antes tenía una agenda más tranquila pero también estaba más desconectada de mis objetivos y creo que este incremento en la actividad me hizo pensar que es bueno volver a encontrarme conmigo misma. Mucho de lo que hacemos tiene que ver con deberes pero mucho también tiene que ver con deseos, anhelos y objetivos que nos llevarán a cumplir sueños en el futuro. 

A partir de ahora siempre que salgo de trabajar tengo que hacer algo que hace a mi vida personal, es decir, estudiar o  O sea, hay que organizarse y reamar agenda como quien baraja y da de nuevo para poder encontrar un balance. 

Como me conozco, mentalizarme al respecto es una parte fundamental para vivir en sintonía a lo que vendrá. Cuidarme en estos aspectos siempre fue importante para mí y lo sigue siendo, especialmente, cuando sé que necesito ir despacio en algunos aspectos y avanzar lo mejor que pueda en otros ámbitos de la vida como son los tratamientos de salud que estoy haciendo, acordarme de tomar los suplementos y tratar de hacer más ejercicio porque todo-lo-bueno-suma.

Hay cuestiones asociadas a ser humana que no puedo posponer y más si son cuestiones de salud. Pero además, hay otras situaciones abocadas al aprendizaje laboral y profesional que no puedo dejar pasar hoy en día. Tampoco puedo dejar pasar la oportunidad de estudiar inglés porque es algo bárbaro y que necesito. Menos, puedo pensar en dejar de lado la oportunidad de estudiar mi carrera. Por eso, la organización es tan importante. Y ni qué decir si es una organización con el foco puesto al cien por ciento en mí. 

Me debo seguir adelante construyendo una vida bonita. Y este esfuerzo, que no es un sacrificio, va en ese sentido. Es un esfuerzo donde yo doy algo y se me devuelve algo, es decir, que en nada parece un sacrificio siendo totalmente sincera, al menos, de acuerdo a cómo veo las cosas ahora.  No estoy muy animada en éste momento por mi ruptura con Galeno y algunas otras cosas más, pero, obviamente, tengo que seguir adelante con mis proyectos, mis actividades y mis fuentes de ingreso.   Esto es algo que yo no quiero ni debo negociar hoy por hoy. 

Me merezco estar bien y desde lo lógico y racional asumí el compromiso conmigo misma de hacer todo lo que pueda por eso.  Mentalizarme me acompaña para poder sostener y también me hace consciente de la gratitud con la que tengo que mirar todo esto. 

Ponerle toda la energía, el entusiasmo y la actitud a las oportunidades es un objetivo que tengo en el horizonte hoy por hoy. Parte de la historia que uno va escribiendo. 

Rearmar la agenda desde la gratitud será un lindo ejercicio para mí. Creo que es la primera vez en casi treinta años que lo hago de ésta manera. 

lunes, 18 de marzo de 2024

Salir de la dinámica (cuota 3/3):

Amanecí muy bien hoy lunes. Pronóstico de lluvias, día de trabajo presencial y la premisa de hacer pequeñas las batallas del presente. Me puse un pantalón negro, un blazer a juego y mis mocasines junto a una camisa. 

Mientras caminaba por Puerto Madero, de camino a la oficina, aprecié el paisaje. Agradecí mentalmente, me dije que si bien no podía librar todas las batallas juntas, me sentía bien por hacer algo por mí más allá del dolor y de la pérdida. Es que si, más allá de los motivos correctos, la pérdida de Galeno trajo consigo un dolor que ya esperaba. Y que pese a esperarlo no es precisamente más liviano. Por eso, mientras caminé, agradecí.  A ver si así el dolor era al menos más fácil de llevar conmigo, con la mochila, con la cartera, entre las ropas, en los ojos, en la garganta, en el pecho comprimido casi como si tuviera un nudo. 

Cuando llegué a la oficina y encendí la computadora en el silencio (soy la primera en llegar, cosas de personas que viven en Provincia de Buenos Aires y trabajan en Capital Federal) y fui hasta la máquina para servirme un capuchino de vainilla. 

A la vuelta me di cuenta que al sincronizar WhatsApp, tenía un mensaje de Galeno. Pidiéndome disculpas. 

En base a eso, a la vuelta de la oficina, tuvimos una charla necesaria para darle el final formal a nuestro vínculo. Está vez, me la guardo para mí. 

Solo decir que a veces el dolor es inevitable. Parte de la vida. Parte del crecimiento, del avance, del progreso.  En este momento me cuesta ponerle palabras a las cosas. Me cuesta mucho darle paso al duelo.  Pero junto al trabajo emocional que vengo haciendo hace casi un mes, y (aunque suene ilógico) junto a la posibilidad de una última charla consigo, fue posible empezar a abrazar la angustia. Y mencionarla. 

Hay una supervivencia desesperada por querer estar bien y hay una necesidad de sentir y atravesar está tristeza.  Sé que lo importante será encontrar el equilibrio entre esas dos miradas. La pulsión de vida y la pulsión de muerte. Y quizá también una tercera pulsión: la de la vida que queremos construir. 

domingo, 17 de marzo de 2024

Recorriendo Once

Hoy sábado aproveché para ir con mi madre al barrio de Once. La zona es popularmente conocida por sus buenos precios en algunos rubros y, si bien he ido más de una vez (porque en Once también se encuentra la Iglesia de San Expedito y fuimos muchas veces con mí papá), hoy fui exclusivamente a comprarme ropa de temporada que no podía esperar más. 

Acostumbro a comprar casi todo en las liquidaciones cuando se trata de ropa de marca.  Así, aprovecho ofertas muy falopa; no quiero regalar mis billetes a las marcas en el momento que ellos me lo digan. Pero este caso fue distinto porque tenía otras urgencias. 

A mi criterio por lo menos, y por la zona donde vivo, la ropa es cara aquí. Sea o no de marca, se pasan. Y eso lo noté inicialmente cuando tuve que comprarme algunas prendas que no tenía para ir a trabajar a la multinacional dónde se visten todos reee bien (ropa de sastrería, básicamente). Y ahora lo noto cuando no tengo ropa de media estación porque, claro, un año atrás no tenía ni en los planes que iba a cambiar de trabajo y menos que se iba a dar este contexto de esta forma.

 Pero eso sucedió y tocó salir a buscar con todo. 

II. 

Sobre los precios, me sorprendió la ENORME diferencia respecto a mi zona. Sin mentir creo que es la compra con mayor margen de ahorro que he hecho en Once desde la primera vez que fui hace cinco años. Había ofertas y cosas de buena calidad que me parecieron muy baratas en comparación a lo que podría comprar acá con la misma plata. 

Hay que tener presente que fui a lugares muy puntuales. Hay que saber dónde comprar cada cosa para que se justifique el viaje. También hay que saber que en algunos comercios dan cuotas sin interés, aún mismo los precios sean más baratos, y aún mismo, en muchos comercios locales, ya no las den.  

Por lencería, fui a un local donde vendían conjuntos por cinco mil pesos pero solo compré de una marca que conozco la calidad y la usé siempre aunque fueran un poco más caros. Inclusive siendo más caros en Once, ese precio, jamás es superior a lo que yo pago el mismo conjunto en los locales de mi ciudad. Aproveché bastante este rubro y finalmente terminé llegando al precio "mayorista", así que ahí obtuve algo más de margen. 

Por suéters, compré solo de una casa que es un oulet de una marca muy buena y que tiene precios imposibles de lo bonitos. Había suéters por 13 mil pesos en el oulet y normalmente en la página esa marca los tiene en temporada a más de 20 mil pesos. Todo pasa por ver si tienen lo que te gusta y te sirve en cuanto a básicos atemporales. A mí me salvó. Pude conseguir para ir a la oficina. 

III. 

Mi mamá aprovechó para comprarse los regalos de cumpleaños: compró una camisola muy linda, un pantalón de súper oferta y un suéter muy finito de media estación. Sin mentir, creo que no llegó a gastar $40.000 en total. ¿Y qué relación hay con los precios de mi ciudad? Bueno, básicamente, el otro día pregunté por una camisa para ella (vi unas muy iguales en Once) y salía $35.000. Sí. Solo la camisa. A ese nivel. 

A ella la ayudó mucho porque se compra ropa solo cuando puede, y que le salga muy cara, le complica las cosas. Yo siempre trato de regalarle ropa para las ocasiones pero justamente así los regalos inclusive "abarcan mejor". 

IV. 

¿Contras? Y... No es un experiencia que se caracteriza por el confort ir a Once. Hay mucha gente, todos cargados. A veces en los negocios hay filas. Uno a medida que compra, se carga. Hay que vigilar los los objetos personales, o al menos yo lo manejo así, por las dudas. Y no se caracteriza por el detenimiento la atención. Hay tanta gente que tenés que ser expeditiva en cierto modo porque no van a estar detrás de indecisiones. 

Pero ojo, toca una salvedad: a mí me tocaron vendedores muy amables siempre. Hoy, incluso, me una chica me hizo una rebaja de dos mil pesos en un suéter porque sí. 

El general, el resto de las desventajas, son subjetivas. En nuestro caso con mi mamá nos tomamos seis medios de transporte entre ida y vuelta, por lo que consideramos esto como un programa excepcional. Es decir, una vez cada tanto.  En nuestro caso también, es un programa que te lleva desde la mañana temprano hasta pasado el mediodía..

Sin embargo, creo que las contras quedan en el plano de la anécdota. 

IV. 

Un consejo para quien esté leyendo esto en algún lugar: 

Vayan a Once si quieren ahorrarse unos pesos. Hoy volví contenta porque resolví mucho con mucho menos dinero del que hubiera necesitado. Y eso, realmente, es un montón. 



viernes, 15 de marzo de 2024

Una mala "administración"

- Estoy y estuve con una mala administración de la ansiedad, está semana - le dije a mí terapeuta. 

(...) 

Antes de cerrar la sesión, me dijo: 

- Vos hablaste de "mala administración" de la ansiedad. Pero no sé trata de una mala administración, las emociones no se pueden apagar para ser más productiva. No se puede elegir cuánta ansiedad sentir hoy, cuánta guardar para mañana. No podes apagar una parte de vos y dejar la otra encendida para continuar produciendo porque vas a llevarte puesta la angustia. Esto que viviste toda la semana fue casi como si te empujaras por todas las órbitas de la vida. Pusiste la ansiedad, que en realidad es más angustia, en el trabajo, en la relación con tu familia, en los compañeros de trabajo, y así.  Lo que se tapó de un lado, salió por otro. Por eso, no se puede administra la ansiedad. 

Asentí, muy seria. 

- Me desespera sentir angustia. Yo siempre tiendo a querer hacer más y mejor. Y frente a esto, no puedo hacer más ni mejor. ¿Qué haces? No podes hacer nada. Lo tenés que sentir, es una mierda lo que sentís, te complica la vida... Yo tengo un nivel de estrés enorme para agregarme más y... Me desespera. 

- Que no haya dado un resultado preciso - añadió. 

- Si. Que no pueda ser esto algo de causa y efecto. Sin más. 

- La angustia como tal, no sirve para nada, pero es necesario hacer un duelo por la pérdida. Un duelo real por la pérdida de la relación con Galeno y en ese sentido la angustia va a cumplir su función aclaratoria de la subjetividad- remachó. 

- Yo entiendo, de todos modos, que me tiene que pasar lo que me está pasando. Trato de darle lugar a la tristeza o a lo que me salga sentir, pero... Me cuesta. Me siento impotente frente al propio malestar. 

- Es importante que, más allá de siempre entender a todos, de siempre estar pendiente de todos, puedas hoy dedicarte aunque sea veinte minutos para vos. 

- Para asistir a la angustia, sí. 

- Claro, exactamente - asintió - aunque no sirva para nada productivo. 




miércoles, 13 de marzo de 2024

Salir de la dinámica (cuota 2 de 3):

No pensaste en mí. No te importé. No actuaste en consecuencia a los momentos donde me decías que me querías. No fuiste afectivamente responsable, no me cuidaste ni cuidaste la fragilidad que te mostré. 

Me dijiste que me ibas a querer para siempre, y la verdad, si quererme así es quererme para siempre, te agradezco pero no quiero estar ahí. No quiero estar en ese lugar, ni quedarme en donde apenas querías tener a una sombra. A una pobre estúpida que sostuviera la vela en un entierro selectivo. Digo, porque el muerto era nuestro acuerdo y no ya vos y tus mansos mambos. No ya vos y esas reacciones erráticas. 

No me voy a quedar, dije un día. Y agradezco haberme ido. Salte a un vacío que es triste, no me quiero quedar a vivir acá, por momentos no se cómo atravesarlo; pero todo vacío es mejor que perder el tiempo alrededor de alguien que dijo querernos y que finalmente resulta que no. 

Al menos, Javier era más sincero, pienso. Él me dice lo que quiere, como lo quiere, y listo. En cambio vos querías que yo estuviera ahí, esperando nada, como si no se me estuviera pasando cada minuto de la vida. Y ese sacrificio del tiempo, en función de la nada misma, ya no existe para mí. Al igual que vos, que por segunda y última vez, te fuiste sin poner lo que hay que poner para despedir a un afecto. 

Yo me cansé antes de despedirme de vos, pero, a mí manera lo hice. Vos en cambio no dijiste nada preciso, nada maduro. Nada entendible para dos que han compartido años de su vida. Solo  te encerraste en tu malestar como un niño caprichoso y despreciaste todo lo que pude darte para que te sintieras mejor. Fuiste muy egoísta conmigo, Galeno, pero mucho. 

Y si bien una parte mía agradece todo lo vivido juntos, en un tiempo que no tenía nada que ver con esto, la otra, te juro, la otra no quiere verte ni saber nada de vos nunca más. 

Quizá en otras oportunidades, siempre te deseaba lo mejor. Pero está vez es distinto. No deseo nada para vos. No mereces eso. No mereces que te entienda ni que te perdone. Tampoco merecías que fuera delicada en como decirte que se terminó. Pero lo hice. Y no me arrepiento. 

Creo que pese a retos que haya atravesado y a errores, una parte de mí te quiso un montonazo, dio mucho, apostó mucho y se apoyó mucho en vos. Solo que vos me dejaste mucho antes de que yo tomara la decisión. 

Me dejaste cuando no me registrabas. Cuando yo sentía que íbamos cada uno por su lado. Cuando me hablabas de algo y sentía que lo que yo tenía para decir no te interesaba. Me dejaste cuando no te importó dar una respuesta digna de un hombre de tu edad. Me dejaste cuando te comportarse como un goma. Cuando te olvidaste que tenés 55 años y que todavía no aprendiste a despedir bien a un amor. Y yo te dejé cuando me di cuenta que es imposible acostumbrarse a vos. Cuando no acepté más que me traten como si yo siempre estuviera ahí. 

No. Sé irme de lugares y ahora el aprendizaje es saber nunca volver. Por eso me fui, porque puedo irme y porque puedo dejar también los lugares y porque puedo no ser incondicional y porque puedo romper todos los puentes.  Mereces que no te quede conmigo ninguno. Mereces darte cuenta que pocas personas te van a acompañar como yo. Mereces saber que esa juventud que seguramente te gusto de mí, además, y no siempre, iba a acompañada de un genuino amor e interés por tu manera de ser. Y eso, por mucho que cueste aceptarlo, no se vende en el mercado. No se recupera o canjea como una mercancía. 

Quizá, creerás que podes volver. Hacer las cosas que hiciste antes, dentro de un par de meses. Admito que eso te funcionó. Te funcionó varias veces además. ¿Por qué no habrías de repetirlo? Es parte de seguridades que quizá equivocadamente yo te cedi. 
Pero no. Esta vez es distinto. Todo se acerca más a lo que debe ser, a lo que quiero, y aunque hoy en día no entienda nada de mí vida, el proceso no tiene que ver con vos.  No hay más lugar, para vos.  Fuiste un buen tipo conmigo, pero sin dudas, serás mejor recuerdo. 

El proceso tiene que ver conmigo, sin vos, sin nadie. Sin ningún agregado de mierda, básicamente. Tiene que ver conmigo y con todas las cosas que me hagan bien. Conmigo y mis mambos, bienvenido. Con todo lo que pueda hacer para mejorar y también con todo lo que deba aprender a recibir. 

Me toca saber cómo dejar que me quieran y sin dudas siento que ya sé cómo no quiero dejarme querer. 

A partir de ahora, solo tengo espacio para los buenos amores. De esos si, que ojalá vengan muchos. Miles. Les daremos cobijo.  Pero nunca está demás aclarar que a los malos amores los desmecharemos. Los destruiremos fibra por fibra hasta que se les diluyan los ojos. 

Vos no pensaste en mí. No te importó. No me cuidaste.  E hiciste bien. De otra manera, no me hubiera dado cuenta de nada. 






lunes, 11 de marzo de 2024

Lunes de lluvia

 Amo la lluvia. Sencilla afirmación pero certera para comenzar el día. Un lunes más de marzo. Un lunes menos para el otoño. Todo lo que creo que necesito hoy en día: lluvia y la certeza de que el otoño está en camino. 

Las semanas pasan. Sigo triste, como procesando bien en qué estoy, con puntas filosas que a veces aparecen detrás de mi mejor voluntad. Pero eso si: me siento menos triste o más acompañada en la tristeza cuando llueve. Es como si el cielo me abrazara o como si yo me sintiera contenida por el clima. Y hoy lunes llovió casi a lo largo de todo el día. 

Pude apreciar esta lluvia mirando el rio, con esas panorámicas que me regala lo impredecible de la vida y Puerto Madero. Agradezco. Desde lo más profundo, aunque esté rota por dentro, no dejo de agradecer ver lo que veo. 

No puedo evitar pensar en Galeno. La rabia aparece como parte de analizar en segundo plano el desprecio de sus actitudes últimas. La rabia me avisa que nunca más me voy a dejar querer así, que ya basta, que la mejor decisión que pude tomar este 2024 fue dejarlo. Que hice bien, aunque no sea cómodo ni lindo hacer un duelo. Inspiro hondo. Sigo mirando la postal de un octavo piso con vista al Río de La Plata y pienso que pese al estrés, al agobio, a la incertidumbre permanente, y al duelo, mi proceso está más vigente que nunca. 

Sentirse rota por dentro tiene como ventaja que caes en cuentas de cuánto tenés que integrar para que tu vida funcione en equilibrio. Y justamente es así como me siento ahora: mirando los fragmentos de mi, analizando qué es lo que puedo agrupar y anhelando claridad en los pasos. Sintiendo el imperativo del orden como nunca antes en mi vida. Buscando una especie de sentido superior a lo que hago. Creyendo que no todo en la vida es trabajo-universidad-sueldo-pagos con trabajo-universidad-sueldo-pagos. 

Mientras miro la lluvia caer a toda velocidad sobre los ventanales, casi como desconsolada, creo que tengo algo en común con ella: ambas llegamos por fin al punto de no sostener más la atmósfera previa. 

Creo que me debo, por eso, transcurrir la tristeza. Lo poco o mucho que aparezca, darle el espacio. ¿Se puede estar triste y aliviada por haber tomado una decisión? Si. Así estoy exactamente. 

Muchas de las decisiones importantes para nuestra vida tienen que ver con hacer todo lo mejor por nosotros. Y yo sé que por momentos tengo conductas muy destructivas conmigo, pero sé también que es solo una de las caras de la moneda. Porque la otra cara es está, la de observar el Río de La Plata y pensar: "qué hermosa vista, qué privilegio estar hoy acá" . 

Cambio la posición y retomo la pantalla con los pagos y los números. Sin embargo, aunque no esté mirando en ese instante por la ventana, me siento acompañada por la lluvia. Por el propio proceso. Por sentir que pese a todo lo demás que pueda suceder, todavía tengo tiempo de una vuelta más.