sábado, 27 de mayo de 2017

No me alcanza

"No alcanza la liebre, ni el león, ni el mar. 
No alcanzará el tiempo, ni el viento, ni el pan.
No alcanzará nada mientras te quieras ahogar
 en esos mil mares, que te hacen rodar "

El hijo de Urtubey llega a casa, saluda a todos con sus moditos, y se niega a mostrarle los juguetes que trae en una bolsita de tela, a mi padre. Mi padre, ante el desplante del niño, se queda callado y no le insiste más. Lo deja que se siente y se acomode en la mesa, pero el pequeño se para al lado de mi silla y me mira. <<A Veinteava sí se los voy a mostrar >> anuncia, y empieza a disponerlos uno por uno. Como todos están bautizados, cuando no se acuerda alguno de los nombres, le pregunta a su padre, que acababa de acomodarse a su lado y mira el cuadro de situación. Me dice, además, los nombres de todos los juguetes e, intermitentemente, interviene en el juego su hijo organiza. <<¿Jugamos, Veinte? >> me pregunta y le digo que sí, mientras me da a elegir, en la exclusiva, el autito que más me guste dentro de su colección. 

En determinado momento del juego me pierdo, porque no termino de entender lo que quiere que haga. Insisto en que me explique, lo hace, pero por más que me esfuerzo sigo sin comprender lo que me pide, porque si bien me gustaría mucho, no tengo siquiera sobrinos como para habituarme a entender todas las palabras, aunque sean pronunciadas a medias, detalle que me enloquece de amor.  Se enoja un poco, porque cree que lo cargo, y se esconde al lado de su padre. 

Urtubey me mira y no entiende qué pasó, si estaba lo más bien, riéndose, hasta hacía cinco segundos. 

- Se enojó conmigo... - le explico - No conozco a qué dibujitos se refiere y aunque me lo repite, no entiendo qué quiere - le digo, con falsa preocupación. 
- ¡Che, piojito, no te enojes! - me sonríe - Mostrale cuáles son los dibujos, dale. 

El nos mira, un poco a cada uno. 

- ¿Me los mostrás, qué te parece? - le busco el punto y me mira, todavía desconfiado - Dale, papi, así seguimos jugando juntos ¿eh? - insisto y le guiño un ojo.  

Sonríe y le pide el celular a su padre, para mostrarme fotos de los dibujos y vídeos de ellos. Urtubey sonríe y yo sonrío, mientras vemos que se le pasó el enojo pronto. 

- Tiene un día difícil, hoy, no pasa nada - me aclara.
- ¿Sí? - le pregunto, a modo de demostrarle interés. 
- Sí, está medio medio, no sé, un día difícil... - me hace un gesto. 
- Claro... Igual, todo bien, no pasa nada... - susurré yo, restándole importancia al berrinche. 

El niño busca los dibujos y me mira. 

- Andá a mirarlos con ella... - le dice, su papá, en el oído, mientras yo lo miro y pienso en cómo debería tratarlo al pequeño... y también, para qué negarlo, al mismísimo Urtubey. 

El pequeño de cuatro años, nada más, se me acerca y me da el teléfono de su padre para mirarlos juntos. En ese instante me preocupa pensar cómo me toma, cómo me considera, siendo tan pequeño. Sin embargo no puedo despreciarlo, especialmente, cuando ya tiene bastante de eso. Otras veces, pienso cómo se toma su padre el hecho de que sea tan unido a mí, si eso puede o no complicar más las cosas. Pero como no tiene caso seguir pensando sobre la nada, lo levanto en brazos, lo siento encima de mí y acomodo el teléfono ajeno a su disposición, vigilando que no vuele por el aire. 

Abrazo desde atrás la pequeña figura, el contorno abrigado de este varoncito hermoso en cuestión y me quedo bien cerca suyo, mientras sonríe y me mira como si los dibujos fueran lo mejor del planeta, a lo que yo acompaño, abriendo bien grande los ojos, sonriéndole, asintiendo con la cabeza. Un rato después el enojo es historia y sigue sentando en mi regazo. Le acomodo el pelo, despacito, a modo de mimo, mientras lo observo. Pienso en muchas cosas y Él imprevistamente, saca los ojos de la pantalla, me mira y me hace una mueca divertidísima, como cada vez que quiere jugar a morderme. <<Rrrrrg>> gruñe y le sigo la corriente mientras lo apretujo. 

- ¿La estás pasando bien, ahora? - le pregunto en susurros, un buen rato después. 
- Shi - me dice, en el oído. 
- ¿Me das un besito de reconciliación? - bromeo, para sellar el acuerdo.  Me mira, se da vuelta sin dudarlo y me da un beso en la mejilla. El acuerdo está estipulado y mientras los demás hablan nosotros seguimos en la punta de la mesa, haciendo un mundo ajeno, lleno de aventuras. 

Urtubey, mientras habla con mi padre y responde a sus preguntas, recibe los mates que cebo con la mano que tengo libre. Mientras juego con su hijo me olvido de todo y de todos, inclusive, de él, aunque a veces participo de la charla. Nos observa, a medida que pasa la tarde, nos mira y, de vez en cuando, lo piropea un poco. Le dice que me cuente ciertas cosas de su vida cotidiana, a mi, y al resto de mi familia que mira ese cuadro desde afuera. 

Sé las millones de especulaciones que pueden estar sacando, mis padres, mientras miran el cuadro; pero, simplemente, no me importa. A ese nene lo quiero desde que nació y lo que me pasa con el padre de ese nene, es un asunto completamente distinto, en el que tengo una forma mucho más artera, a la hora de elegir cómo actuar, teniendo presente todos los grandes problemas que puede suponer volcar todo esto a un contexto distinto. 

Un rato después el niño merienda encima mío. 

- ¿Querés más galletitas? - le susurro. 
- ¿Hay más vainillas? - quiere saber. 

Me da ternura la pregunta y le muestro. Me alegro que coma ya que no suele ser aceptar merendar mientras juega. 

- Sí, y si querés comer, son todas para vos... - le digo. 

Levanto la cabeza, para hacerme un mate más, cuando me choco de frente con la mirada de Urtubey. No lo mira a él, como sería normal que hiciera, sino que me está mirando a mí. Por unos breves segundos le sostengo la mirada, una mirada cargadísima, intensa, que parecería contener algo más que una simple gratificación por su niño.  No entiendo por qué está dirigida hacia mí, con tanta emotividad y tanta dulzura. Pero veo que además me mirarme como me mira, me sonríe y la vida se me empieza a caer a pedazos. Como ya todo acaba de dejar de importarme, no sólo le sostengo la mirada por esos segundos breves sino que le sonrío, como si compartiera la ternura, esa clase de sentimientos que, al parecer, lo desbordaban, le rebalsaban los ojos de color verde agua. 

II 

Cuando pasa ese momento, cuando me pongo a pensar en ese breve intercambio que parece tan significativo al mismo tiempo, de una forma que no alcanzo a estimar, me doy cuenta de una cosa elemental: Urtubey y yo estamos cercados por las circunstancias que son muy complejas y que, lamentablemente, con una mirada no se salvan. 

Y pese a que es una mirada hermosa, pese a que realmente me sensibiliza mucho que me mire así, yo sé que por si misma esa mirada no alcanza, frente a todo el resto de las cosas. Yo sé que puede ser tergiversada, producto de una confusión, de un momento difícil de su vida y que tampoco podría juzgarlo por eso. Sé, además, que podemos pasar meses mirándonos así, cumpleaños familiares a los que viene, mirándonos de la misma forma o incluso juntadas de fin de semana tanto como visitas que haga con su hijo; pero que con una mirada, nada mas, hoy en día a mí no me alcanza. 

Y si no me alcanza con esa mirada no es porque esté exigiendo las cosas, sino que estoy intentando evitarme un dolor, desde mi lugar, nada más. Por esa misma razón también me evito mirarlo, ser demasiado amistosa con él, recaer en las conversaciones que pueden derivar en confusiones, dentro de los parámetros que existen, dentro de lo bien que nos llevamos. 

Siento que es mejor así, para no complicar las cosas más de lo que ya son. 

Como se notará, estoy evitando repetir la historia, evitando pensar que el amor puede ser sostenido el tiempo que dure una mirada. Hoy en día sostengo, me debo el sostener que el amor cuando se siente se demuestra por si mismo, incluso, batallando contra todo lo que pueda ser difícil. 

No voy a intentar justificar más a nadie, ni voy a resistirme tampoco a que las cosas pasen, pero tampoco voy a forzar absolutamente nada, como si tuviera que convencer a alguien de alguna cosa. No, no dispongo de energías, y las que tengo, no pienso usarlas de esa forma ni pienso ofrecerlas para nada que no sea válido, para nada donde no se vea del otro la misma intención. 

Por eso: si todas las contradicciones, si todos los posibles, si todas las dudas y si todos los rumores que escuché durante todo el verano; van a quedar resumidos a esa mirada de Urtubey que quizá nunca pueda comprender del todo, hoy mismo, decido que con eso no me alcanza. 

Porque si es que quisiera reducir el amor a una mirada que no tiene palabras, que nunca se vuelve hechos, que queda siempre siendo lo que es; ya tengo a la persona indicada y ya lo hice durante mucho tiempo.

Pensé que era una pena, una pena, cada vez que lo ví mirarme así a Él. Hasta la última vez que nos cruzamos, incluso, me miró de esa manera que parecía matarlo y darle vida; me miró como si quisiera decirme millones de cosas y no pudiera hacer nada y yo me dije que era una lástima.

Pero el no poder, el quedarse callado, el volver la espalda a lo que uno siente, hoy lo sé, también es elegir. El que todo quede trunco y vacuo en una mirada de soslayo, que implica buenas intenciones por debajo de la mesa, no es solamente una pena, no es una lástima. Es decidir que así sean las cosas, es elegir que no se pueda, elegir quedarse donde mejor se está, elegir la desidia y no el riesgo ante lo que se quiere. Elegir, básicamente, otras cosas de la vida que uno desde afuera no puede juzgar, pero tampoco, puede limitarse a soportar.

III

Desde esta etapa de mi vida, yo elijo no repetir la misma historia. Por ahora, la mirada de Urtubey parece ir camino a eso y decido que no, que si va camino a ese "yo si siento pero no puedo" del pasado, a mí, personalmente, no me sirve.

Desde esta etapa, elijo creer que el amor es otra cosa. Es decir, una cosa que se mueve, que mira, que abraza, que comparte, que acaricia, que habla, que escucha, que respira. Elijo convencerme de que el  amor es alguien que vive, no alguien que te mira como si estuviera muriéndose para después no hacer nada.

Desde este lugar, sé, a mi pesar, que la mirada de Urtubey no me alcanza para nada, por mejor que sea, más que para ilusionarme injustamente y volver a perderlo todo.  

domingo, 21 de mayo de 2017

Foco de resistencia

- No me quiero enterar de nada, no quiero verlo más, no quiero saber si se está acostando con alguien ni si volvió con su ex - le dije, a mi amiga, en nuestra confitería habitual. 

Mi amiga me miró, muy seria, comprendiendo las sensaciones reales de esos dichos. 

- No quiero que me cuente, ni que me mire los estados, ni que le mire los estados a mi papá cuando pone fotos mías. No quiero reírme de sus chistes ni que me mire solapadamente en la mesa cuando nos juntamos a comer. No lo soporto, no lo quiero - enumeré, enojada. 

Mi amiga me miró y me dijo, con toda su paz, algo clave: 

- Ya es tarde, *** 

Mofé. 

- No, nunca es tarde para evadir ni para darse cuenta que todo lo que uno anhela, ésta vez, no es posible - le dije, con ironía. 

- No, dale, te lo digo en serio... 

Suspiré

- No lo quiero querer - le dije, con mucha dificultad - Es una persona tan fácil de querer para mí, tan comprensible - musité - ¿Entendés? Yo no lo puedo querer, no lo quiero querer. Esto es un problema que, por el bien de todos, hay que sanearlo ahora. Es mejor. 

- Es tarde - suspiró, con la misma calma santa - Si vos pudieras haber atisbado algo de eso antes, no estarías tan angustiada. Además, no sabés lo que le pasa a él. 

Suspiré y le hice un gesto, restándole importancia a ese hecho. 

- Urtubey no va a hacer nada, no me va a invitar a salir, no me va a decir si le gusto - argumenté - y como no va a hacerlo, eso, me servirá para justificarlo en su desinterés hasta el final de mi vida - le dije, entre burlas y una carga emocional real. 

- Eso hasta que te caés de culo... 

- Estoy segura, boluda, éste tipo no va a hacer nunca nada, por mí - le dije, luego de haberle explicado todas las aristas del asunto, tal como hice con mi propia abuela, que es hincha de Urtubey hasta el mismísimo hartazgo. 

Mi amiga me miró, se encogió de hombros, me puso una cara que conozco muy bien y me dejó cercada. 

Y yo sólo escribo esto para dejar formal constancia del estado de las cosas a la Veinteava del futuro, para darle una especie de consuelo anticipado, es decir, algo parecido a un "ya lo sabíamos de antes, esto no es algo tan grave". 

Salvando eso, que pase lo que tenga que pasar, pese a que mi postura sea una en particular. 

A mí, sinceramente, ya no me importa más nada. Reconozco que conforme pasa el tiempo todo me hace perder la paciencia, todas las causas enseguida se vuelven relativas, a mis ojos.  Llegué a un punto de mi vida donde me dí cuenta lo poco que importa perseguir las cosas, vivir pendiente de ellas, cuando sólo sucede lo que tiene que darse y, lo demás, se empeña siempre en esquivarnos, como por arte de magia.  

Es un contacto no con el azar, con la energía, sino con el vacío, con el auténtico vacío que implica ese deshacerse de expectativas, de rendirse ante las cosas, de dejar de pensar sobre la nada. 

En pocas palabras: pretendo estar más allá del bien y del mal, dejándome llevar, lejos de este foco de incendio dentro de mi misma, que, evidentemente, tengo que dejar de intentar apagar, siendo que no hago más que avivarle las llamas. 

Que pase lo que tenga que pasar, básicamente, que todo se dé como se tenga que dar y punto. 

Me cansé de las resistencias absurdas. 

Nada más. 


viernes, 19 de mayo de 2017

"Desteje, galopando, su curso lento antes..."

 "Toda hacia atrás la vida 
se va quitando siglos, frenética, de encima; 
desteje, galopando, su curso, lento antes; 
se desvive de ansia de borrarse la historia"

Casi no puedo mirarlo, como enojada, y mastico como si odiara su sola existencia en la tierra. Mi hermana discute con mi padre, se levanta de la mesa y se va, ése es el motivo de mi enojo, el hartazgo que trae aparejado lo cotidiano, lo previsible, las cosas que uno debe aceptar sin antes poder modificar.  Urtubey, invitado a comer, está sentado en esa mesa. Luego de presenciar la discusión, el portazo que pega mi hermana - que nos queda resonando en la cabeza a todos-, intenta ponerle ánimos a la situación. Pero yo tengo tanta presión que me siento a punto de explotar y no puedo, francamente, soportar su cucharadita de bondad. 

Estoy enojada, tan enojada, que no puedo ni levantar la cabeza. 

- No me gusta esa propaganda - comenta. 
-Ah, a ella tampoco le gusta - le dice mi padre, en referencia a mi mamá. 
- Hay otra con otro actor... 
- Sí, hay otra que tiene a... - duda y lo miro, de reojo, para entender que está haciendo memoria. 

Una memoria que curiosamente le falla. 

- Es otro actor, argentino, no me acuerdo cual... - insiste y me mira - ¿no? 

Asiento con la cabeza. 

- Darín - musito, en voz muy baja, como si me estuvieran asfixiando.  

No se me entiende nada.

- Darín - repito y asiente y enseguida sigue la charla.  Sabe que me encanta Darín, que me gusta también cómo hombre, y sé que probablemente esté intentando sumarme a la conversación; pero yo no puedo, es muy simple, estoy a tal punto enojada y superada por la situación que la angustia me tiene arrinconada. 

-  Darín, sí... - me mira, viendo mi cara - es cierto, es él.  

Asiento, le hago una mueca de ironía como si la recordara no por su contenido, sino, por la presencia de este atractivo y talentoso actor argentino tan reconocido. Mientras asiento, sonrió, con un esfuerzo enorme, pero bajo la vista, porque para mí todo lo que pueda hacer es peor. 

No tengo ganas de hablar con nadie, y él no es ninguna excepción más bien todo lo contrario. Si no fuera porque todavía tengo un ápice de buena educación, me levantaría de la mesa y me iría ya que considero que motivos no me faltan, y son muchísimos más de los que todos los presentes se animan a elucubrar. Durante esa cena, no sé, ni entiendo por qué, pero por momentos Urtubey me resulta insoportable y toda mi familia también. Necesito estar sola, nada más, necesito estar sola un par de días. Y sin embargo eso no es posible por ahora; porque convivo con mi familia y porque la universidad no me está dando tregua. Y aun mismo todo, la necesidad no se corre, me reclama y me dice que no siga pensando en todo eso a menos que quiera ponerme a llorar, frente a todos. Y como no quiero, me endurezco. Considero que si me muevo voy a reventar, así que me quedo sentada en la punta de la mesa y sigo tomando vino blanco con odio, a la espera de relajarme, de que con la bebida se me vaya diluyendo la bronca. 

<<¿Pero, por qué me afecta tanto una situación que vivo todo el tiempo, a la que me acostumbré, en la que nada tengo que ver, en la que nada puedo cambiar? >> me digo y automáticamente cierro esa puerta. Es que el asunto entre mi hermana y mi padre es accesorio; y lo que me molesta en realidad es que se suscite algo así, en presencia de Urtubey, porque él me molesta, en si mismo, todo él me molesta; no la pelea.

II

En Urtubey me enoja todo eso que no puedo minimizar. En él veo cosas que no puedo excusar, que no puedo desestimar, como hago con todo el mundo, cuando quiero marcar el paso, cuando no quiero perder el control.  Porque, de hecho, si fuera más común y más silvestre - a mi manera de entender a la gente, por lo menos - todo sería tan fácil, al punto de que no necesitaría siquiera ponerme a describirlo ni, mucho menos, me enojaría tanto.

Podría decirme, a modo de consuelo de tontos quizá, que tipos como él hay a montones. Podría decirme que no es tan especial, que no vale la pena una persona así para mí. Podría decirme que persigue un sólo objetivo, que es una persona con la que no podría hablar, que es un tipo a quien no le interesa construir, con el que no comparto los mismos valores. Podría pensar que él es esa clase de persona que se abusa de todo el mundo y a la noche duerme tranquilo como si nada.  Podría decirme que me lleva un montón de años, que estoy loca, que jamás me miraría a mí porque soy la hija de... Podría decirme que es un tipo cuadrado, obtuso, carente de sensibilidad, engreído, machista o maleducado. Podría decirme que me quiere para pasar el rato porque eso hace con todas las minas, que me va a mirar el cuerpo y no la cara, que no me conoce, que no sabe quién soy ni lo que me gusta, que no conoce a mi gente, que no sabe de donde vengo, que no entiende por qué soy como soy, que no estaría dispuesto a aceptarme, al margen de mis defectos, que no lo conozco lo suficiente para saber si vale la pena sentirme lánguida bajo sus ojos.

Y, esta vez, nada de eso sirve, porque nada de esto, tampoco, es realmente así.

Urtubey es otra clase de persona. Es un tipo sensible que hace las cosas de corazón, es una persona buena, que no tiene malas intenciones con la gente, que siempre intenta hacer sentir bien al otro de la forma en que pueda. Es un tipo fanático del deporte, del cine y de algunos personajes de cómics. Le encanta mirar películas, cocinar, pasar tiempo con su niño, jugar al tenis, ir a recitales o al teatro, siempre que pueda. Sonríe lindo. Tiene una educación ejemplar, unos valores que enaltecen todo el tiempo lo importante y se ocupa de la gente que quiere. Es muy caballero, con todo el mundo, tiene unos modales exquisitos que heredó de su familia de origen, que tan igualita a él es en muchos sentidos. No es una persona violenta, brusca o pretenciosa. Su familia viene de abajo, igual que la mía, y sabe lo que es el sacrificio por las cosas que uno desea. Conoce a toda mi familia y a algunos de mis amigos, y en el común de los casos, todo lo ven como un gran tipo.

A la legua se nota que, esté con quien esté, sabe apreciar a la gente por lo que es, que no es la clase de persona que usa a la gente como material descartable, que si está con uno, está con uno y se enamora, se compromete, le interesa pasar tiempo con ese otro. A la legua se nota que no sólo ve a las mujeres por lo físico, que no es el típico langa, que tiene otra forma de ser y de ver la vida, y que por eso no sabe qué se hace, ahora, cuando se encuentra a los treinta y larguitos buscando quién sabe qué cosa, intentando entender cuál es el camino que tiene que seguir, si está o no al lado de la persona que lo redujo a cero, que no lo cuidó; pese a que él no lo vea todavía, pese a que le duela entenderlo, habiendo vivido años con ella, pese a todo el mundo se lo diga. Y sin embargo... ¡cuánto lo entiendo, cuánto quisiera que encuentre todo lo que quiere, qué poco me sirve esta mentira de decirme "no me lo banco más"! A la legua se nota que sabe querer, que sabe querer al otro como realmente se quiere y que sufre, porque se da antes, porque antes puso algo de  sí mismo, porque se dejó conmover, porque se jugó por lo que le pasaba.  A la legua se nota que es sano, que no busca el revés de las cosas, que no tiene una naturaleza esquiva, ventajera o desconfiada; él es sencillo, sano, no va por la vida destruyendo a la gente, pese a que pase por ingenuo en varias ocasiones.   Muchos dirán que es imposible que no se de cuenta de las cosas, que le falta carácter, que parecería que vive en otro mundo. Pero yo lo entiendo y por si no lo entendía me lo ha dicho: él ya es así, no le sale hacer las cosas de otra forma, su naturaleza es ésa, equivocada o no. Y por si me quedan dudas, también me dice que lo que más quiere es estar bien y es donde allí, lo que muchos dicen deja realmente de importarme, porque lo único que yo quiero, en relación a él, es que pueda estarlo, que sea realmente feliz, que conozca a la tipa más espléndida del mundo, que lo llene de felicidad y de amor... No se imaginan cómo, de qué forma, este tipo se lo merece y ni imaginarme yo, quiero, la forma en que se lo estoy deseando.

III

De mi lado todo es distinto. Yo no concurso en la vida de Urtubey, supongo que por eso le deseo lo mejor; siendo todo lo que puedo hacer. Hay momentos donde solamente lo miro y aprecio todo eso maravilloso que él tiene para dar; donde solamente espero que se encuentre con la tipa que sepa apreciarlo, valorarlo, cuidarlo, mimarlo y acompañarlo, como se merece, siendo quién es. Trato de no pensar en lo que haría si eso sucediera, trato de no pensar en la llegada de ese día, trato de bloquear para todo mi mente y dejar que los acontecimientos simplemente se den, sin renegar de ellos, sean los que sean y esté dispuestos tanto para él, en su vida, y para mí, en la mía.

IV

De su horizonte me siento y sé que estoy lejos, principalmente, por la posición en la que está y por su forma de ser.

Urtubey siempre estuvo erigido en un respeto enorme, erigido en una lealtad y en un cariño sincero hacia mi padre, pero además, conoce su forma de pensar en relación a mí. Miles de veces, frente a mí incluso, mi padre le dijo lo que yo significaba, como si nada, porque lo considera su amigo. Le contó todas las cosas por las que yo había pasado, confiado en que lo podía entender, ya que también es padre. Le contó las cosas buenas y las cosas que no me gustan, como alguien que habla de sus hijas, todo el tiempo, pensando al otro como alguien que lo va a entender mejor que nadie, desde su propia experiencia, desde su escuela. Jamás, por ende, lo vió como hombre, jamás se puso a pensar en nada, jamás se le cruzó por la cabeza; hasta que Urtubey se separó, en septiembre pasado.

No sé, yo no sé si algo cambió, no sé si mi padre le dijo algo, no sé a qué punto llegaron sus malos pensamientos. Lo único de lo que estoy segura es que, sea lo que sea, Urtubey es el primero en saberlo, el primero en tenerlo en cuenta. Y es por eso también que si en algún momento lo pensó, fue lo que frenó, lo que lo sacó de carrera. Porque aunque Urtubey tuviera 22 años como yo, el problema, siempre, seguiría siendo otro: la confianza, el accionar desde adentro, el conocernos desde antes, a todos.

Aunque yo nunca vaya a saber si Urtubey formalizó en su cabeza ciertos gestos que tuvo conmigo, desde que se separó, y si éstos fueron o no con otra intención; tampoco me serviría negar que, en un momento, me hizo dudar con las cosas que hacía o con la forma en que, por momentos, en ráfagas, me miraba. Si no estuvo en carrera, digamos entonces que le sembró la duda equivocada a mi papá, a mi mamá (que al principio decía que no y luego ya no dijo más nada), a mi hermana del medio y a su novio, a mi hermana mayor, a una conocida en común de nuestra familia, a mi mejor amiga y a mi propia abuela. Es decir, a todo el mundo, y un poco a mi misma, cabe decir. Sin embargo, y de eso me agarraré hasta el final de mis días para negarlo, como no me dijo nada concreto yo no tengo nada, al menos de su lado, sobre lo que preocuparme. Además estoy segura, re segura, de que esto es mucho para él, de que nunca va a hacer nada, en caso de que ya sea lo suficientemente desatinado como para verme de esa otra manera.  ¿Cómo puedo estar tan segura? Yo lo conozco a Urtubey, sé dónde tiene la cabeza ahora y sé que ni siquiera se dió cuenta de las cosas que hizo, que no tuvo maldad, ni doble intención. Solamente nos acercamos más, en un momento duro de su vida, y quizá encontró cosas buenas en mí que no conocía, naturalmente, porque nos mantuvimos en otros roles, durante los últimos cuatro años.  Nada más. Ése es el fin de la historia.

V

En lo que a mi respecta cada vez que pienso en todo este tema, me acuerdo de algo que es recurrente y pierdo automáticamente el hilo anterior que pudiera estar siguiendo incluso a tientas.

Lo que vuelve ,como si fuera una pesadilla, es el recuerdo de ésa noche, es el saber que hubo una madrugada donde me acosté en mi cama luego de salir de la de Él y los oídos me hacían un ruido bárbaro,  como si hubiera estado en un lugar de música muy fuerte, durante demasiado tiempo. <<Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii>> me hacían, todo el tiempo los oídos pese a que solamente hubiera estado hablando durante horas, sin gritos, sin ruidos, sin situaciones violentas, con Él, escuchando uno a uno sus argumentos para sacarme de su vida. El pitido que me salía desde adentro casi no me dejaba pensar, me aturdía y me molesta; eso también lo recuerdo. Mucho menos me olvido de que esa fue la última noche juntos, la última, donde pronunció las frases condenadas.

Y aunque sé que nada tiene que ver Él, en todo esto, lo que mejor y más claro me quedó grabado de esa noche en mi cerebro, y lo que hace interferencia con todo hilo ajeno que intente seguir, es siempre lo mismo: la sensación de dolor tan clara, tan palpable, tan concreta. El sentir que a una persona como yo - sensible, que no sabía querer a medias - el amor le podía arruinar la vida, le podía quemar la cabeza, la podía llevar al fondo, la podía destruir y anular. Lo que vuelve es el recuerdo incasable de lo que fue algo parecido a ver cómo nacía un miedo, un miedo increíble, fuerte, casi con cuerpo, al quedar rota, otra vez, de esa misma forma. Lo que vuelve, tan claro, es el sentir que semejante dolor resultaba demasiado para mis resistencias personales, el no querer sentir más nada.

Y, por encima de todo, lo que vuelve sin cansancio es el recuerdo del jurarme que yo no iba a volver a sentir me costara lo que me costara, porque el amor para mí no era, simplemente, y era momento de aprenderlo. Es el recuerdo, es el prometerme que nunca más iba a permitir que nadie me destruyera, ganándose mi confianza, comiéndome desde adentro, haciéndome perder el control de las cosas, cambiándome los tantos, es decir, haciéndome soñar con otra vida, haciéndome ilusionar con otra vida, con la vida que siempre había querido y nunca iba a poder tener, en definitiva.

Todo eso, vuelve, siempre vuelve, de mi lado, lejos ya de todo lo que pueda hacer o decir o nunca jamás esgrimir, el señorito Urtubey.  Y yo recuerdo eso y pienso que no, nunca más nada de eso, nunca más, tal como me dije un día y me lo digo hoy.  Lo sigo pensando y sintiendo muy claramente ahora mismo, mientras escribo: semejante dolor, nunca más, pase lo que pase, nunca más sentir tanto amor. 

VI

Por eso detesto a Urtubey. Por eso lo desteto tanto y me desespera, por momentos, de una manera que no puedo explicar, las cosas que me hace pensar y preguntarme. Lo odio tanto y al mismo tiempo me parece una persona tan maravillosa, que me pone en contra de mi misma hasta las lágrimas. También sé que no es una mala persona, que es tan especial como lo describo, esté conmigo o no, y eso es lo peor, saberlo desde mis propios ojos, no poder, no tener la sangre suficiente para negar lo que me demuestra a través de sus actos, no poder hacer lo mismo que con todo el resto de la gente, ahora con él.

Lo único que quisiera es poder agarrarlo de las dos manos, apretárselas fuerte, y decirle que ojalá hubiera podido conocerlo antes... nada más, conocerlo antes, de otra forma, en otro momento; nada más. Porque ahora siento que no puedo, que no voy a poder, que algo se rompió antes de empezar a ser, para mí y que ya está, tendré que saber aceptarlo, aprender a vivir con ese hueco; nada más.  Porque ahora es este no estar dispuesta a quedarme a merced de nadie, nunca más, este no querer que me prometan cosas, cosas que no existen, que no van a cumplir, este no querer soñar nunca más con otra vida, sino, aprender a vivir la mía, porque es real, porque es cierta, porque es lo que tengo y punto; nada más que por eso.

Porque es ésto, y ya está, es ésto la vida concreta, esto y nada más.
Tiene que ser siempre ésto y nada más.


(*) el epígrafe del comienzo, pertenece a un poema de Pedro Salinas. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Vacaciones II

Planeo tomarme unas vacaciones de escritura, en este espacio.  No es la primera vez que lo hago, de hecho, la última, fue en diciembre pasado.  Ahora que lo pienso fue para esta misma fecha, es decir, un cinco de diciembre que ahora es cinco de mayo. 

 Por lo general siempre que lo hice me resultó bueno frenar, darme el momento y luego volver, con la escritura de siempre y considero, con los asuntos de siempre; pero por lo menos siempre resultaba volver sintiéndome más oxigenada. 

No me gusta, por otra parte, desaparecer y dejar cadenas de entradas por la mitad. Sin embargo - especulo y me digo - que no hay motivos específicos, sino, momentos de la vida donde uno necesita escribir completamente para adentro y entenderse, y juzgarse e interpretarse para adentro, a modo de regeneración.  Considero que estoy pasando por esos momentos. Necesito escribir para mí, completamente para mí, de una forma probablemente mucho más descuidada, mucho más desarticulada, pero en realidad, más concentrada en otros aspectos.  Supongo, entonces, que me va a hacer bien entenderme primero y escribir después, y no entenderme solamente a través de la escritura. 

No es esto una despedida, porque me acostumbré muchísimo a contar con un espacio como el blog y dudo que esté en mí el germen del abandono. Simplemente, me quedaré como una lectora más de los hogares ajenos, de los espacios ajenos y queridos; por el tiempo que lo necesite y, después, cuando la escritura me llame como las ninfas a Odiseo, yo seguramente -siendo como soy- vuelva encantada a contarles todas las pinceladas, muy tontas quizá, que conforman mi vida. 

¡Nos reencontramos pronto!