"No alcanza la liebre, ni el león, ni el mar.
No alcanzará el tiempo, ni el viento, ni el pan.
No alcanzará nada mientras te quieras ahogar
en esos mil mares, que te hacen rodar "
No alcanzará el tiempo, ni el viento, ni el pan.
No alcanzará nada mientras te quieras ahogar
en esos mil mares, que te hacen rodar "
El hijo de Urtubey llega a casa, saluda a todos con sus moditos, y se niega a mostrarle los juguetes que trae en una bolsita de tela, a mi padre. Mi padre, ante el desplante del niño, se queda callado y no le insiste más. Lo deja que se siente y se acomode en la mesa, pero el pequeño se para al lado de mi silla y me mira. <<A Veinteava sí se los voy a mostrar >> anuncia, y empieza a disponerlos uno por uno. Como todos están bautizados, cuando no se acuerda alguno de los nombres, le pregunta a su padre, que acababa de acomodarse a su lado y mira el cuadro de situación. Me dice, además, los nombres de todos los juguetes e, intermitentemente, interviene en el juego su hijo organiza. <<¿Jugamos, Veinte? >> me pregunta y le digo que sí, mientras me da a elegir, en la exclusiva, el autito que más me guste dentro de su colección.
En determinado momento del juego me pierdo, porque no termino de entender lo que quiere que haga. Insisto en que me explique, lo hace, pero por más que me esfuerzo sigo sin comprender lo que me pide, porque si bien me gustaría mucho, no tengo siquiera sobrinos como para habituarme a entender todas las palabras, aunque sean pronunciadas a medias, detalle que me enloquece de amor. Se enoja un poco, porque cree que lo cargo, y se esconde al lado de su padre.
Urtubey me mira y no entiende qué pasó, si estaba lo más bien, riéndose, hasta hacía cinco segundos.
- Se enojó conmigo... - le explico - No conozco a qué dibujitos se refiere y aunque me lo repite, no entiendo qué quiere - le digo, con falsa preocupación.
- ¡Che, piojito, no te enojes! - me sonríe - Mostrale cuáles son los dibujos, dale.
El nos mira, un poco a cada uno.
- ¿Me los mostrás, qué te parece? - le busco el punto y me mira, todavía desconfiado - Dale, papi, así seguimos jugando juntos ¿eh? - insisto y le guiño un ojo.
Sonríe y le pide el celular a su padre, para mostrarme fotos de los dibujos y vídeos de ellos. Urtubey sonríe y yo sonrío, mientras vemos que se le pasó el enojo pronto.
- Tiene un día difícil, hoy, no pasa nada - me aclara.
- ¿Sí? - le pregunto, a modo de demostrarle interés.
- Sí, está medio medio, no sé, un día difícil... - me hace un gesto.
- Claro... Igual, todo bien, no pasa nada... - susurré yo, restándole importancia al berrinche.
El niño busca los dibujos y me mira.
- Andá a mirarlos con ella... - le dice, su papá, en el oído, mientras yo lo miro y pienso en cómo debería tratarlo al pequeño... y también, para qué negarlo, al mismísimo Urtubey.
El pequeño de cuatro años, nada más, se me acerca y me da el teléfono de su padre para mirarlos juntos. En ese instante me preocupa pensar cómo me toma, cómo me considera, siendo tan pequeño. Sin embargo no puedo despreciarlo, especialmente, cuando ya tiene bastante de eso. Otras veces, pienso cómo se toma su padre el hecho de que sea tan unido a mí, si eso puede o no complicar más las cosas. Pero como no tiene caso seguir pensando sobre la nada, lo levanto en brazos, lo siento encima de mí y acomodo el teléfono ajeno a su disposición, vigilando que no vuele por el aire.
Abrazo desde atrás la pequeña figura, el contorno abrigado de este varoncito hermoso en cuestión y me quedo bien cerca suyo, mientras sonríe y me mira como si los dibujos fueran lo mejor del planeta, a lo que yo acompaño, abriendo bien grande los ojos, sonriéndole, asintiendo con la cabeza. Un rato después el enojo es historia y sigue sentando en mi regazo. Le acomodo el pelo, despacito, a modo de mimo, mientras lo observo. Pienso en muchas cosas y Él imprevistamente, saca los ojos de la pantalla, me mira y me hace una mueca divertidísima, como cada vez que quiere jugar a morderme. <<Rrrrrg>> gruñe y le sigo la corriente mientras lo apretujo.
- ¿La estás pasando bien, ahora? - le pregunto en susurros, un buen rato después.
- Shi - me dice, en el oído.
- ¿Me das un besito de reconciliación? - bromeo, para sellar el acuerdo. Me mira, se da vuelta sin dudarlo y me da un beso en la mejilla. El acuerdo está estipulado y mientras los demás hablan nosotros seguimos en la punta de la mesa, haciendo un mundo ajeno, lleno de aventuras.
Urtubey, mientras habla con mi padre y responde a sus preguntas, recibe los mates que cebo con la mano que tengo libre. Mientras juego con su hijo me olvido de todo y de todos, inclusive, de él, aunque a veces participo de la charla. Nos observa, a medida que pasa la tarde, nos mira y, de vez en cuando, lo piropea un poco. Le dice que me cuente ciertas cosas de su vida cotidiana, a mi, y al resto de mi familia que mira ese cuadro desde afuera.
Sé las millones de especulaciones que pueden estar sacando, mis padres, mientras miran el cuadro; pero, simplemente, no me importa. A ese nene lo quiero desde que nació y lo que me pasa con el padre de ese nene, es un asunto completamente distinto, en el que tengo una forma mucho más artera, a la hora de elegir cómo actuar, teniendo presente todos los grandes problemas que puede suponer volcar todo esto a un contexto distinto.
Un rato después el niño merienda encima mío.
- ¿Querés más galletitas? - le susurro.
- ¿Hay más vainillas? - quiere saber.
Me da ternura la pregunta y le muestro. Me alegro que coma ya que no suele ser aceptar merendar mientras juega.
- Sí, y si querés comer, son todas para vos... - le digo.
Levanto la cabeza, para hacerme un mate más, cuando me choco de frente con la mirada de Urtubey. No lo mira a él, como sería normal que hiciera, sino que me está mirando a mí. Por unos breves segundos le sostengo la mirada, una mirada cargadísima, intensa, que parecería contener algo más que una simple gratificación por su niño. No entiendo por qué está dirigida hacia mí, con tanta emotividad y tanta dulzura. Pero veo que además me mirarme como me mira, me sonríe y la vida se me empieza a caer a pedazos. Como ya todo acaba de dejar de importarme, no sólo le sostengo la mirada por esos segundos breves sino que le sonrío, como si compartiera la ternura, esa clase de sentimientos que, al parecer, lo desbordaban, le rebalsaban los ojos de color verde agua.
II
Cuando pasa ese momento, cuando me pongo a pensar en ese breve intercambio que parece tan significativo al mismo tiempo, de una forma que no alcanzo a estimar, me doy cuenta de una cosa elemental: Urtubey y yo estamos cercados por las circunstancias que son muy complejas y que, lamentablemente, con una mirada no se salvan.
Y pese a que es una mirada hermosa, pese a que realmente me sensibiliza mucho que me mire así, yo sé que por si misma esa mirada no alcanza, frente a todo el resto de las cosas. Yo sé que puede ser tergiversada, producto de una confusión, de un momento difícil de su vida y que tampoco podría juzgarlo por eso. Sé, además, que podemos pasar meses mirándonos así, cumpleaños familiares a los que viene, mirándonos de la misma forma o incluso juntadas de fin de semana tanto como visitas que haga con su hijo; pero que con una mirada, nada mas, hoy en día a mí no me alcanza.
Y si no me alcanza con esa mirada no es porque esté exigiendo las cosas, sino que estoy intentando evitarme un dolor, desde mi lugar, nada más. Por esa misma razón también me evito mirarlo, ser demasiado amistosa con él, recaer en las conversaciones que pueden derivar en confusiones, dentro de los parámetros que existen, dentro de lo bien que nos llevamos.
Siento que es mejor así, para no complicar las cosas más de lo que ya son.
Como se notará, estoy evitando repetir la historia, evitando pensar que el amor puede ser sostenido el tiempo que dure una mirada. Hoy en día sostengo, me debo el sostener que el amor cuando se siente se demuestra por si mismo, incluso, batallando contra todo lo que pueda ser difícil.
No voy a intentar justificar más a nadie, ni voy a resistirme tampoco a que las cosas pasen, pero tampoco voy a forzar absolutamente nada, como si tuviera que convencer a alguien de alguna cosa. No, no dispongo de energías, y las que tengo, no pienso usarlas de esa forma ni pienso ofrecerlas para nada que no sea válido, para nada donde no se vea del otro la misma intención.
Por eso: si todas las contradicciones, si todos los posibles, si todas las dudas y si todos los rumores que escuché durante todo el verano; van a quedar resumidos a esa mirada de Urtubey que quizá nunca pueda comprender del todo, hoy mismo, decido que con eso no me alcanza.
Porque si es que quisiera reducir el amor a una mirada que no tiene palabras, que nunca se vuelve hechos, que queda siempre siendo lo que es; ya tengo a la persona indicada y ya lo hice durante mucho tiempo.
Pensé que era una pena, una pena, cada vez que lo ví mirarme así a Él. Hasta la última vez que nos cruzamos, incluso, me miró de esa manera que parecía matarlo y darle vida; me miró como si quisiera decirme millones de cosas y no pudiera hacer nada y yo me dije que era una lástima.
Pero el no poder, el quedarse callado, el volver la espalda a lo que uno siente, hoy lo sé, también es elegir. El que todo quede trunco y vacuo en una mirada de soslayo, que implica buenas intenciones por debajo de la mesa, no es solamente una pena, no es una lástima. Es decidir que así sean las cosas, es elegir que no se pueda, elegir quedarse donde mejor se está, elegir la desidia y no el riesgo ante lo que se quiere. Elegir, básicamente, otras cosas de la vida que uno desde afuera no puede juzgar, pero tampoco, puede limitarse a soportar.
III
Pensé que era una pena, una pena, cada vez que lo ví mirarme así a Él. Hasta la última vez que nos cruzamos, incluso, me miró de esa manera que parecía matarlo y darle vida; me miró como si quisiera decirme millones de cosas y no pudiera hacer nada y yo me dije que era una lástima.
Pero el no poder, el quedarse callado, el volver la espalda a lo que uno siente, hoy lo sé, también es elegir. El que todo quede trunco y vacuo en una mirada de soslayo, que implica buenas intenciones por debajo de la mesa, no es solamente una pena, no es una lástima. Es decidir que así sean las cosas, es elegir que no se pueda, elegir quedarse donde mejor se está, elegir la desidia y no el riesgo ante lo que se quiere. Elegir, básicamente, otras cosas de la vida que uno desde afuera no puede juzgar, pero tampoco, puede limitarse a soportar.
III
Desde esta etapa de mi vida, yo elijo no repetir la misma historia. Por ahora, la mirada de Urtubey parece ir camino a eso y decido que no, que si va camino a ese "yo si siento pero no puedo" del pasado, a mí, personalmente, no me sirve.
Desde esta etapa, elijo creer que el amor es otra cosa. Es decir, una cosa que se mueve, que mira, que abraza, que comparte, que acaricia, que habla, que escucha, que respira. Elijo convencerme de que el amor es alguien que vive, no alguien que te mira como si estuviera muriéndose para después no hacer nada.
Desde este lugar, sé, a mi pesar, que la mirada de Urtubey no me alcanza para nada, por mejor que sea, más que para ilusionarme injustamente y volver a perderlo todo.
Desde esta etapa, elijo creer que el amor es otra cosa. Es decir, una cosa que se mueve, que mira, que abraza, que comparte, que acaricia, que habla, que escucha, que respira. Elijo convencerme de que el amor es alguien que vive, no alguien que te mira como si estuviera muriéndose para después no hacer nada.
Desde este lugar, sé, a mi pesar, que la mirada de Urtubey no me alcanza para nada, por mejor que sea, más que para ilusionarme injustamente y volver a perderlo todo.