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miércoles, 9 de abril de 2025

Max Richter - In a Landscape (2024)



Después de una serie de años llenos de trabajo, en especial en el mundo de las bandas sonoras (tanto para cine como para televisión), parece que Max Richter se ha tomado un cierto respiro y está retomando su producción de música al margen de la pantalla. El parón coincidió con los meses de pandemia que llegaron tras un periodo en el que el músico compuso hasta seis bandas sonoras en un intervalo de año y medio. Desde entonces, es cierto que ha escrito alguna obra más para televisión pero lejos del ritmo de la etapa a la que nos referimos. Afortunadamente lo que no ha descuidado es la creación de discos “convencionales” de los que hace unos meses tuvimos la última entrega publicada por el sello clásico Decca.


“In a Landscape”, título que nos remite inmediatamente a la pieza homónima para piano de John Cage, supuso varias novedades dentro de la forma de trabajar de Richter. Para empezar, se trata del primer trabajo que el músico grabó en su estudio privado localizado en Oxfordshire. Por otra parte, se trata del primer disco del artista que va acompañado de una gira mundial que abarca Europa, Norteamérica, Australia y los Emiratos Árabes. En lo musical, y en palabras del propio artista, es una especie de vuelta a los inicios, no sólo en términos de estilo e instrumentación sino también en el sentido de volver a temas más genéricos, abandonando las “grandes ideas” sociales y políticas que alimentaron sus trabajos más recientes. Se trataría de buscar una música más optimista, utópica, casi “zen”, y en eso tiene mucho que ver el diseño de su estudio, espacio que comparte con su esposa, la artista visual Yulia Mahr.




En el disco, Richter toca el piano, el órgano Hammond, sintetizadores y se ocupa de todas las programaciones electrónicas. Se acompaña, además, de una pequeña sección de cuerda consistente en dos violas, un violín y dos violonchelos (más o menos en la mitad de los cortes del disco) y de otra de viento con dos saxos y dos clarinetes en un par de temas. El trabajo está estructurado alrededor de diez movimientos separados por nueve “estudios” (“Life Studies” los llama Richter) consistentes en breves grabaciones de campo de la vida diaria del artista: paseos por el bosque, la preparación de un desayuno, sonidos de un aeropuerto y cosas así, acompañados de diferentes fondos musicales.




Comienza el disco con “They Will Shade Us with Their Wings”, un tema lento que nos recuerda mucho en su progresión de acordes inicial a la banda sonora de “Koyaanisqatsi”, de Philip Glass. Tras varias repeticiones del inicio al piano sobre un fondo electrónico comienzan a desplegarse las cuerdas y los vientos pero todo de un modo extremadamente pausado. Cuando los violines empiezan a reclamar un protagonismo que aún no tenían, entramos en territorio Richter de manera inconfundible rememorando trabajos anteriores como “The Blue Notebooks” o su banda sonora para la serie “The Leftovers”. Llega así el primero de los “Life Studies” como una corta mezcla de pasos y ambientes sintéticos antes de pasar a “A Colour Field (Holocene)”, bonita pieza de piano solo en el estilo minimalista habitual de su autor. Nuevo interludio ambiental con sonidos del bosque mezclados con sintetizador para llegar a “And Some Will Fall” y su preciosa combinación de cuerdas y teclados. Una pieza repetitiva extraordinaria de esas que nos suele regalar su autor y que tiene como único “pero” la sensación que nos deja de ser algo que hemos oído antes en obras como “Sleep”. Tras la siguiente transición escuchamos “The Poetry of Earth (Geophony)” para piano y cuerdas con toques de sintetizador. Es una pieza más clasicista que nos remite al estilo de Roger Eno, por poner un ejemplo cercano para los seguidores del blog. El cuarto de los “Life Studies” es solo una base rítmica a base de “loops” que nos deja con “Only Silent Words”, pieza electrónica en la que entramos en atmósferas espaciales alejadas del tono de lo que habíamos escuchado hasta ahora. Es una composición de lo más interesante que nos deja con ganas de más. Un nuevo interludio, esta vez de Richter ensayando en su estudio una pieza de Mozart para piano, nos acompaña hasta “Late and Soon”, el retorno a la fórmula de sintetizador más cuerdas y con ella, a las atmósferas estáticas y meditativas tan propias del músico, maestro a la hora de crear este tipo de paisajes llenos de inspiración en lo que es uno de los mejores momentos del disco. Pausa electrónica una vez más para volver a las formas clásicas con “Andante”, tema no demasiado largo de piano de corte romántico, que se funde con el séptimo “Life Study”, para el mismo instrumento, esta vez mezclado con el cauce de un río. “A Time Mirror (Biophony)” combina los instrumentos de viento con los fondos electrónicos en la que es, probablemente, la pieza más oscura y reflexiva de la obra. La penúltima transición, puro “ambient”, nos lleva a “Love Song (After J.E.)”, composición de Richter basada en una pieza del compositor barroco inglés John Eccles. Al no conocer el original, no podemos saber si el trabajo de Richter es una reconstrucción como la que hizo con Vivaldi en su día o algo más cercano a lo que solía hacer Michael Nyman con Purcell o Mozart pero intuimos que va más en esta segunda línea porque el estilo es inequívocamente el de Richter. Llega así el último interludio electrónico y, tras él, el cierre del trabajo con “Movement, Before All Flowers”, maravilloso final para piano y cuerdas que hace buena la frase del músico cuando dice que “es importante dejar un cierto grado de esperanza” parafraseando al pintor Mark Rothko quien recomendaba incluir “un poco de esperanza en toda obra de arte: un 10% para hacer duradero su concepto trágico”.




Así concluye un disco continuista dentro de la carrera de su autor quien, por otra parte, no es demasiado dado a los cambios de estilo. Richter ha edificado su trayectoria sobre una serie de conceptos básicos muy claros y, con pocas excepciones, se ha mantenido siempre fiel a ellos. Eso, que tiene la ventaja de ser inmediatamente reconocible por su público, puede tener el inconveniente de terminar por cansarle. En todo caso, nosotros no hemos llegado aún a ese punto y seguimos disfrutando mucho de trabajos como este “In a Landscape” que nos muestran a un Richter aún muy inspirado. Veremos cuánto tiempo le dura esta situación mientras recomendamos su trabajo más reciente para todos los seguidores del compositor.


martes, 31 de mayo de 2022

Max Richter - Voices (2020)




El mundo de las bandas sonoras es muy absorbente y eso hace que la mayoría de los compositores que trabajan para el cine tengan que renunciar a una obra discográfica al margen de las pantallas o, al menos, la mantengan en un segundo plano quedando muchas veces sus composiciones “personales” en el terreno de la partitura escrita que nunca llega a grabarse. No es el caso de Max Richter que ha sabido guardarse siempre un espacio para mantener una carrera paralela al cine con obras que van surgiendo con cierta periodicidad como es el caso de la que traemos hoy aquí.


Vivimos tiempos convulsos cuando más de 70 años después de su proclamación, se hace necesario recordar la existencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un documento aprobado por la ONU en 1948 y que desde entonces ha sido incorporado en alguna medida a varios textos legislativos de varios países, incluyendo la Constitución Española. Quizá por ese “olvido” que parece existir alrededor del espíritu de la Declaración, Richter decidió hacer de ella la parte central de su trabajo “Voices”. El disco viene presentado como un doble CD y contiene una densa obra musical que se desarrolla sobre el recitado de varios pasajes de la Declaración por parte de distintos narradores incluyendo la voz de Eleanor Roosevelt, una de las impulsoras de la misma y miembro del comité encargado de su redacción. Sobre los ocasionales lectores de los artículos destaca la voz del actor KiKi Layne que ejerce de conductor de la narración en la mayor parte de los fragmentos.


Desde el punto de vista musical, el enfoque viene claramente marcado por la propia configuración instrumental de la obra, escrita para orquesta, coro, sintetizadores, piano y órgano (todos a cargo del propio Richter), soprano (Grace Davidson) y violín (Mari Samuelsen). La peculiaridad principal del sonido es que la sección de cuerda no tiene la proporción habitual siendo el instrumento más representado el violonchelo, por encima del violín, y el contrabajo, que supera ampliamente en número a la viola. Esto, a lo que Richter llama "orquesta invertida", produce un sonido más oscuro que encaja bien con el espíritu que el músico quiere darle a la obra. Comentamos antes que "Voices" consta de dos discos pero el contenido musical de ambos es el mismo. La única diferencia es que el primero de ellos contiene la composición con las voces y textos de la Declaración mientras que en el segundo, estos han sido excluidos, quedando solamente la parte musical.


Eleanor Roosevelt mostrando una impresión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos



“All Human Beings” - La primera voz que escuchamos es la de Eleanor Roosevelt sobre un tenue fondo coral que apenas sirve de fondo durante toda la introducción mientras empiezan a sucederse las voces leyendo los fragmentos escogidos de la declaración. Entretanto comienzan a aparecer los violonchelos ejecutando una de esas clásicas melodías de desarrollo pausado tan características de la música de Richter. Gana en presencia el coro doblado por los sintetizadores y el órgano. La pieza se cierra con la mezcla de varias voces en distintos idiomas recitando distintas partes de la Declaración.





“Origins” - Esas mismas voces continúan con su labor en el segundo corte en el que Richter acompaña al piano con una pieza que recuerda inevitablemente a Philip Glass, sensación que se refuerza con la entrada de las cuerdas. No deja de ser curioso que ocurra esto en una pieza titulada “orígenes” ya que la influencia de Glass en la música de Richter fue inmensa en sus primeros trabajos para ir disolviéndose poco a poco con el tiempo.




“Journey Piece” - Cuerdas y coro son la base de esta breve pieza que hace las veces de transición hacia la que puede ser considerada como la pieza central del disco por extensión y contenido.


“Chorale” - El comienzo es oscuro, marcado por los contrabajos de entre los que destaca la voz de la soprano Grace Davidson, apenas musitando una melodía sencilla que se repite una y otra vez mientras van evolucionando las cuerdas. Una percusión apagada va marcando un ritmo muy lento y ayudando a la aparición del violín y la narración que incide de nuevo en las primeras frases de la Declaración. La música sigue las pautas del Richter de los últimos años, con cosas de “Leftovers” mezcladas con retazos de la inmensa “Sleep”. La parte central y todo el tramo final ya nos recuerdan más a Michael Nyman, la otra gran influencia de Richter aunque en este caso el estilo del propio músico pesa tanto o mas que el del autor de “Drowning By Numbers”.


“Hypocognition” - El corte más breve del disco no es mas que una serie de recitados acompañados por efectos electrónicos marca de la casa. Apenas una anécdota en el contexto de toda la obra.


“Prelude 6” - Regresa Richter al piano en uno de los temas más bonitos del trabajo, muy minimalista pero con un gran sentido melódico. Una de esas piezas que nos hacen pensar en que si el autor se centrase más en el piano en un futuro, nos podría dar grandes discos para ese instrumento a la altura de los de músicos como Wim Mertens o Yann Tiersen.


“Murmuration” - Seguimos con otro corte extenso, en esta ocasión de carácter más ambiental. La electrónica y las cuerdas son las encargadas de caminar junto a la narración en una composición muy estática pero que se disfruta enormemente si se está acostumbrado e este tipo de piezas cercanas a la “drone music”. De nuevo es un tema que habría encajado de maravilla en un trabajo como “Sleep”.


“Cartography” - Volvemos al piano pero esta vez en un estilo muy diferente al de las anteriores piezas del disco para este instrumento. Escuchamos aquí una pieza impresionista, con ese toque etéreo que tan bien se le daba a Harold Budd, por poner un ejemplo cercano a lo que aquí suena. Muy meditativa y con toques ambientales como el sonido de los pájaros que se mezclan con la lectura de fragmentos de la Declaración en segundo plano.


“Little Requiems” - Llegando al final es cuando el disco se pone un poco más repetitivo de la cuenta ya que este corte nos recuerda mucho a varios fragmentos anteriores del mismo como la voz de “Chorale” o las cuerdas de “Murmuration”. Ningún problema si eres seguidor de Richter porque es parte de su sello personal pero quizá sea más complicado asimilarlo si no estás acostumbrado a este tipo de músicas.


“Mercy” - El cierre es precioso pese a no contener música especialmente diferente ya que, en esencia, es un arreglo para piano y violonchelo de uno de los temas que ya hemos escuchado pero esta versión camerística es emocionante y bella a la vez demostrando que la frase de “menos es mas”, en ocasiones tiene mucho sentido cuando se aplica a la música.





Max Richter es uno de los compositores estrella del legendario sello Deutsche Grammophon que ha sabido adaptarse a los tiempos incorporando a su nómina varios nombres contemporáneos que le dan una gran frescura a su catálogo aunque, por razones que desconocemos, “Voices” apareció publicado en Decca. Ambos sellos, no obstante, pertenecen a Universal Music por lo que todo queda en casa. La acogida de “Voices” no ha sido tan buena como la de otros trabajos de Richter, quizá por ser una obra demasiado continuista pero eso no le resta un ápice de interés en nuestra opinión. Extrañamente, unos meses después de la publicación del disco, apareció una segunda parte titulada “Voices 2” de la que probablemente hablemos en un futuro aunque por ahora lo dejamos aquí, despidiéndonos con una versión en directo del tema central de la obra:




domingo, 24 de enero de 2021

Max Richter - Mary Queen of Scots (2018)



Cuando leímos tiempo atrás que Max Richter iba a escribir la música de una película de época como era “Mary Queen of Scots” sobre la vida de María Estuardo nos entró una gran curiosidad. Admiramos a Richter desde hace tiempo pero siempre hemos relacionado su música con entornos visuales más contemporáneos como los de la magnífica serie “The Leftovers” o los de epopeyas espaciales como “Ad Astra”. La curiosidad, en cambio, venía por otro lado y es que si algo distinguía al Richter de sus primeros trabajos era la fuerte influencia que tenían en su música compositores como Philip Glass y, particularmente, Michael Nyman. De ahí que nos llamase la atención la propuesta, no tanto por ver qué música nos iba a ofrecer el compositor alemán sino para comprobar en qué medida la influencia de Nyman y de modo especial la de sus trabajos para películas de Peter Greenaway como “El Contrato del Dibujante” o “Prospero's Books”, localizadas ambas en épocas no muy lejanas del reinado de María Estuardo, iba a abrirse paso de nuevo en el estilo de Richter.




La película no tuvo una trayectoria particularmente brillante y perdió bastante atractivo cuando una de sus mayores bazas de cara al público, la presencia de Scarlett Johansson, fue descartada antes de empezar a rodar. Tuvo varias nominaciones a premios de prestigio pero como es habitual en las películas de época, fueron en categorías como vestuario o maquillaje. La directora de la película, Josie Rourke, pensó en Richter para la banda sonora tras escuchar su particular deconstrucción de las cuatro estaciones de Vivaldi. La interesante perspectiva de género del film, que narra la historia de dos poderosas reinas ejerciendo un papel tradicionalmente masculino tiene también su reflejo en la partitura en la que la percusión juega ese rol frente a las voces femeninas en un sutil paralelismo con la trama de la película. Richter se olvida en esta ocasión de los sintetizadores y cuenta para la grabación con una orquesta de más de 100 músicos además del coro London Voices.

Richter junto a varios de los participantes en la película.


No tardamos mucho en salir de nuestra duda inicial porque estamos seguros de que a cualquiera que se le haga escuchar la pista inicial del disco, “The Shores of Scotland”, el primer compositor que se le vendría a la cabeza es Michael Nyman. Melodía, arreglos... todo recuerda a Nyman de una forma muy descarada. Hay un toque de Haendel también que hace pensar si no habrá utilizado Richter un método similar al del bueno de Nyman cuando asimilaba piezas de otros autores como Purcell o Mozart para crear a partir de ellos su propia música. Con “Elizabeth's Portrait”, eso sí, abandonamos del todo la influencia del autor de “El Piano” para entrar en una composición más cercana al estilo de Richter con la monumentalidad que le da el uso de una gran orquesta y que ciertamente aleja el sonido del habitual del alemán, más dado a formaciones instrumentales más reducidas. En “A Claim to the Throne” la percusión comienza a tomar un papel preponderante marcando un ritmo quedo sobre el que metales y coro van evolucionando y preparando la solemne entrada de las cuerdas que lo inundan todo de forma magistral en uno de los grandes momentos del disco que luego volverá a escucharse en “Outmaneuvered”, casi al final del trabajo. El coro aparece en todo su esplendor en la maravillosa “If Ye Love Me” compuesta por Thomas Tallis, y única ajena a Richter del disco. “My Crown” es la primera revisión del tema central con un arreglo algo menos “nymanesco” que la introducción. Luego evoluciona hacia una pieza orquestal magnífica con un cierto aire al Vangelis de la banda sonora de “1492, Conquest of Paradise”. Volveremos a escuchar la melodía principal de la película en “Darnley's Visit”, “The Hilltop”, “A New Generation” o en la segunda mitad de “Darnley Dismissal”. “The Poem” es un interludio muy pausado con las cuerdas en pizzicato y una importante presencia del arpa en su versión de concierto y, creemos, también en la variante irlandesa del instrumento. “The Wedding” tiene un tono mucho más sombrío de lo que cabría esperar de un título así, con los metales y la percusión construyendo una atmósfera ominosa y muy inquietante. Con una función casi ambiental llega “Knox” en la que las cuerdas nos ofrecen una lenta melodía casi sin evolución antes de pasar a otra revisión del tema central para llegar a “Rizzio's Plea”, un breve pero emotivo corte orquestal, también con influencia de Haendel. “The Ambush” vuelve a la percusión y el coro antes de llegar a “Pray for Me”, que viene a ser una primera revisión de varios de los temas anteriores. Casi terminando escuchamos uno de los cortes más potentes de la banda sonora, “The Assassination”, con percusión y contrabajos trabajando a toda máquina para dibujar una atmósfera espectacular que se disuelve en un precioso adagio. Cerrando el CD, y como suele pasar con la mayor parte de las bandas sonoras, tenemos una revisión de las melodías anteriores bajo el título de “Finale”, donde destaca una lenta versión del leit motiv de la película realmente deliciosa.




Con “Mary Queen of Scots”, Max Richter tenía un gran oportunidad de mostrarnos cómo adaptar su estilo, 100% contemporáneo, a la narración de hechos sucedidos hace varios siglos. Desgraciadamente optó por la vía más cómoda, es decir, por ver cómo lo habían hecho otros antes y adaptar más o menos esa forma de hacer a su propio modo de hacer. Y no es que el resultado esté mal. Al contrario, “Mary Queen of Scots” es una banda sonora muy agradable que contiene muy buenos momentos pero nos es imposible escuchar la mayor parte de la música que contiene sin pensar que esto lo hemos oído ya y es que la sombra de Nyman no es que sea alargada aquí, es que eclipsa por completo a Richter, al menos en la mitad del metraje. Un cero en originalidad por tanto para el compositor alemán, nota que sube hasta rozar el aprobado si hacemos la media con la calidad de la música en sí y con la factura del trabajo, impecable como siempre. Un buen disco, en resumen, que nos da más ganas de volver escuchar los trabajos ya clásicos de Nyman para las películas de Peter Greenaway que de profundizar en los del propio Richter.




sábado, 5 de diciembre de 2020

Max Richter - Ad Astra (2019)



Empezábamos hace unos días a preparar esta entrada para el blog y justo en ese momento leíamos la noticia de la nominación del disco entre las cinco candidaturas a los premios Grammy de este año en la categoría de mejor partitura para cine. Como la competencia va a ser dura y probablemente no termine ganando, no vemos mejor momento que este para tratar aquí este magnífico trabajo firmado en su mayor parte por Max Richter aunque no toda la música sea suya.


Hablamos, claro está, de la banda sonora de “Ad Astra”, la alabada cinta de ciencia ficción dirigida por James Gray y con Brad Pitt como protagonista principal. La música fue encargada a Max Richter que desde el primer momento se mostró entusiasmado con la idea y más cuando pudo ver el tipo de narración que iba a aparecer en la película con dos historias paralelas en una: la epopeya espacial por un lado y la relación padre-hijo de los protagonistas por otro. Eso le permitió desarrollar dos formas diferentes de componer para ajustarse a ambas lineas narrativas, una más tradicional para la parte humana de la película, por así decirlo, y otra más particular para la parte del viaje: en ésta, fundamentalmente electrónica, Richter iba a partir de datos recopilados por las sondas Voyager I y II  convenientemente tratados por determinados algoritmos para convertirlos en música de modo que ese material sería la base para componer determinados fragmentos. Así, cuando el viaje alcanza la órbita de Júpiter, la música que suena procede de datos enviados por las sondas cuando pasaron por aquella zona. En cualquier caso, y como es habitual en la música de Richter, son muchos los fragmentos en los que orquesta y electronica conviven en perfecta armonía. Varios de los instrumentos clásicos son modificados con el empleo de pedales como si fueran guitarras eléctricas de toda la vida y, aparte de eso, está el Moog System 55, uno de los sintetizadores favoritos de Richter y que, a modo de guiño, apareció en 1969, año de la misión del Apolo XI.




Una curiosidad acerca de este lanzamiento discográfico es que su duración excede la de la película lo cual no deja de ser una curiosa rareza que los melómanos agradecemos. Además de la partitura de Richter, en la película suenan varias piezas de Lorne Balfe, compositor de la factoría de Hans Zimmer muy acostumbrado a que su presencia sea requerida para componer piezas complementarias en bandas sonoras de otros autores o, en muchos casos, para reemplazar por completo la partitura del músico titular cuando ésta no encaja con lo que el director quería. No habíamos tenido contacto con su música anteriormente (al menos de forma consciente porque lo cierto es que hemos visto muchas de las películas en las que ha participado) y lo cierto es que la primera impresión ha sido muy buena.


Fragmento de la película.


La banda sonora de “Ad Astra” está publicada por Deutsche Grammophon en una edición de dos cedés. El primer disco está compuesto íntegramente por música escrita por Richter y combina perfectamente los sonidos orquestales con las sutilezas electrónicas. “To the Stars” podría considerarse el tema central y le debe mucho a algún trabajo anterior del músico, especialmente a la monumental “Sleep”, con un motivo muy sencillo de piano y unas cuerdas lentas que evolucionan llenándolo todo. La cosa se endurece un poco con “Encounter” y sus sonidos electrónicos con un punto estridente que enseguida nos recuerdan al Ligeti que Kubrick utilizó para su versión del espacio en “2001”. Lo más interesante de las partes sintéticas de la banda sonora es que en ellas Richter se despega de los sonidos neoclásicos con aire minimalistas en los que se estaba acomodando desde hace un tiempo para aventurarse en terrenos más agresivos y no exentos de tensión. La misma fórmula se repite en “Terra Incognita”. Hay cortes más ambientales como “Cosmic Drone Gateway”, “Musurgia Universalis” o “Ex Luna Scientia – Requiem” en su primera parte (la segunda cambia radicalmente hacia sonidos inquietantes entes de sumergirse en hipnóticas secuencias electrónicas) y otros más melódicos como “I Put All That Away” (uno de nuestros favoritos) que combina maravillosamente bien la electrónica y la orquesta. “A Trip to the Moon” tiene guiños a la electrónica clásica de los setenta antes de retomar el motivo principal de “To the Stars” que volvemos a escuchar más adelante en “The Wanderer”. En “Journey Sequence” aparecen las flautas para darle un aire diferente a un tema antmosférico y minimalista a partes iguales. En “The Rings of Saturn” volvemos a acordarnos de “2001” gracias a la presencia del coro. Un momento especial es la versión de “Erbarme Dich”, fragmento de “La Pasión según San Mateo” de Bach con un toque electrónico setentero que parece sacado de “La Aventura de las Plantas” de Joel Fajerman. Vuelve la tensión con “Forced Entry” y sus cuerdas agresivas, casi violentas, antes de llegar al beethoveniano “Preludium”. Con “Resonantia” atravesamos un corte de transición con el vibráfono como mayor novedad que nos lleva a la marcha lenta de “Let There Be Light” que enseguida sigue la linea de “Encounter” y otros temas similares. “Ursa Minor – Visions” tiene una primera parte ambiental, casi estática y una segunda con la aparición de un coro, sintético al principio y real después, verdaderamente inspiradora. Casi terminando llega “Event Horizon” con una melodía de piano de esas que te enganchan con su repetitiva sencillez y que no puedes sacarte de la cabeza. Toda la pieza es un precioso “in crescendo” que está, sin duda, entre lo mejor de toda la banda sonora. Cierra el disco “You Have To Let Me Go”, medatitativa composición que se desliza lentamente hasta el “leitmotiv” del film que se deja escuchar, sereno, en los instantes finales.




El segundo disco es bastante extraño porque combina música de tres compositores diferentes comenzando por el propio Max Richter y su extenso “Tuesday” que ya comentamos en su día y es que, efectivamente, es la misma pieza que aparecía en su “Three Worlds” dedicado a la obra de Virgina Woolf. En esta ocasión aparece sin las voces que sonaban en aquel trabajo. A partir de ahí entramos en las piezas escritas por Lorne Balfe para “Ad Astra”, todas ellas de corta duración pero con mucho jugo. “Opening” es la primera y consiste en una oscura sucesión de sonidos orquestales de los que surge un magnífico tema central que consigue ponernos en vilo. Le sigue “Briefing” con un lento desarrollo de cuerdas entre el que se filtran largas notas, quizá electrónicas, provocando una intensa sensación de angustia. En algún momento recuerda a los pasajes más estáticos de “Koyaanisqatsi” de Philip Glass. “Space Journey” nos lleva a la electrónica cósmica de los setenta con alguna reminiscencia del Jean Michel Jarre del aún reciente “Equinoxe Infinity” aderezada con toques orquestales muy adecuados. Con sonidos casi imperceptibles arranca “Rover Ride” que conforme avanza nos muestra un rumor creciente que se transforma en una secuencia electrónica titubeante, perfecta para la ocasión y que nos lleva a “Pirate Attack” con una especie de pulso repetitivo en el inicio del que nace muy en segundo plano una leve melodía que se transforma en golpes de percusión que mantienen la tensión en niveles muy altos. Llegamos así a “Orbs”, quizá nuestra preferida de todo el disco, al menos en lo que se refiere a las piezas de Balfe: una composición sencilla pero que consigue transportarnos inmediatamente a un ambiente muy determinado como lo hacía la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch en “Blade Runner 2049” con la que le encontramos ciertas similitudes. “Underground Lake” funciona como una transición hacia “Trip to Neptune”, el tema más complejo de los de Balfe en el que pasamos de un inicio electrónico más o menos tranquilo a un desarrollo con un punto experimental en el que volvemos a ver alguna conexión con el Jarre de los últimos tiempos. Cerrando el disco encontramos la aportación de Nils Frahm a la banda sonora que no es otra que su tema “Says” publicado originalmente en “Stars”, su disco de 2013. Una mezcla entre el Klaus Schulze de los setenta y el Vangelis melódico de “Aquatic Dance” (del disco “Oceanic”). Al menos en una primera impresión. Luego, la reiteración de la secuencia central y su evolución siempre ganando en fuerza a cada repetición acaban por convertir la pieza en una verdadera maravilla y en el colofón perfecto para el doble disco en el que se nos presenta la banda sonora de “Ad Astra”.




Gracias a este doble disco, no solo hemos podido disfrutar de uno de los mejores trabajos del Max Richter más reciente sino que también hemos descubiero a Lorne Balfe, uno de esos músicos que han realizado buena parte de su carrera en segundo plano pero que, como vemos aquí, tiene muchas cosas que aportar. Por estos dos aspectos, creemos que este es un trabajo que merece mucho la pena con el añadido final de la pieza de Nils Frahm que, aunque haya sido publicada con anterioridad, no solo no desentona sino que, por el contrario, nos deja con un excelente sabor de boca final.





martes, 11 de diciembre de 2018

Max Richter - Hostiles (2018)



La mayor parte de la música que aparece en este blog procede de artistas que comenzaron su carrera hace más de 25 años pero es inevitable que poco a poco vayan haciendose cada vez más habituales músicos pertenecientes a generaciones posteriores. De entre ellos, uno de los que más probabilidades tiene que convertirse en una presencia frecuente es el alemán Max Richter, quien une a una gran calidad en todas sus propuestas, una capacidad de trabajo muy importante que le lleva a publicar con una frecuencia cada vez mayor.

Como muchos de sus compañeros de generación, Richter divide su producción discográfica entre los trabajos de estudio al uso y las bandas sonoras para el cine y la televisión y es en este último campo en el que es más prolífico en los últimos tiempos. Pese a ello, no terminabamos de ver el encaje de la generalmente sofisticada música de Richter acompañando a según qué géneros. Había funcionado muy bien con distintos tipos de animación y también acompañando a relatos de ciencia ficción o a distopías de lo más fascinantes pero no nos parecía el músico ideal para poner acompañamiento sonoro a un western.

Max Richter


No pensó lo mismo el director Scott Cooper a la hora de buscar autor para la banda sonora de “Hostiles”, una película de la vieja escuela que narra la historia de un veterano capitán de caballería cuya última misión es la de acompañar a un enfermo jefe cheyene a la tierra de su tribu para que muera allí, conduciéndole a través de medio continente y protegiéndolo a él y a una viuda que encuentra por el camino, entre otras cosas, de los ataques de los comanches. Buena parte del interés del guión reside en la relación de odio que mantuvieron los dos protagonistas en tiempos anteriores. La premisa nos sugiere una película de acción que no casa demasiado con trabajos anteriores de Max Richter pero aquí viene el truco: “Hostiles” no es lo que podríamos esperar a priori. Su narrativa es pausada, reflexiva, con una fotografía bellísima y una especial atención al paisaje norteamericano y ese tipo de imágenes y ritmos sí que encaja bien con el estilo del músico.




Para la grabación, Richter contó con la Air Lyndhurst Orchestra y el coro London Voices además de con varios solistas: Ian Burge (violonchelo), Chris Garrick (violín) y Andy Massey (piano). Quizá sorprenda al lector ver que el propio compositor no participa como intérprete en el disco y más aún al escuchar una banda sonora en la que hay sonidos que no proceden de ninguno de los instrumentos citados y que se dirían surgidos de un sintetizador. Es ahí donde entra una de la sorpresas del trabajo: la presencia del músico turco Görkem Sen, inventor e intérprete del “yaybahar”. Es éste un extrañísimo instrumento acústico que combina características de los de cuerda (se toca con arco, entre otros elementos) pero también de los de percusión (utiliza como cámara de resonancia dos membranas y también puede ser percutido con mazos). En todo caso, lo más interesante es su sonido y ese es verdaderamente hipnótico.




El disco comienza con”The First Scalp” que nos presenta la melodía central de la película, un breve tema de violín de aire celta para pasar a la primera sección de percusión, un elemento muy importante en todo el trabajo. Tras esa parte escuchamos la primera intervención de Sen con el “yaybahar” y aquí comienzan las sorpresas al comprobar cómo un instrumento de reciente creación, sin relación alguna con la cultura india americana, consigue crear un ambiente fascinante e inesperadamente apropiado para la película. La intervención del violonchelo cierra el tema inicial y nos prepara para el típico desarrollo el resto de la banda sonora. El tema central de violín se repetirá más tarde en “A New Introduction”. A partir de aquí aparecen piezas mucho más cercanas a lo que ya conocemos de la carrera de Richter como “A Woman Alone”, “Something to Give”, “Rosalee Theme” o la extensa “Never Goodbye”. Todas ellas comparten su clásico tema meditativo de piano construido con un número mínimo de elementos aunque la última, situada al final del trabajo, resume, en realidad, lo mejor de toda la obra en sus más de siete minutos. Otros cortes como “Leaving the Compound”, “Scream at the Sky” (este con un precioso in crescendo orquestal al final), “Camanche Ambush” (con su recital de percusiones), “River Crossing”, “What Did They Die For?” vuelven a dar protagonismo a Görkem Sen y su instrumento, recordando por momentos al Peter Gabriel de “La última tentación de Cristo”. “Cradle to the Grave” vuelve a los temas de ascendencia celta (uno de los pilares de la música tradicional norteamericana, no lo olvidemos), en esta ocasión, con una melodía realmente triste que enlaza de nuevo con el inconfundible piano de su autor. “Leaving Fort Winslow utiliza por primera vez la guitarra para conseguir una extraordinaria ambientación del oeste. Lógicamente también hay transiciones en las que se recupera alguno de los motivos centrales de la película como ocurre con” “Where We Belong”, “The Lord's Rough Ways”, “Appeasing the Chief”, “Yellow Hawk's Warning”. No podemos dejar de destacar la maravillosa “The Last of Them” con su solemne combinación de orquesta y coro y su final que recuerda al Philip Glass de “Koyaanisqatsi”. Mención aparte merece la única pieza del trabajo que no firma Richter: “How Shall a Sparrow Fly”, obra del cantautor Ryan Bingham y uno de los puntos fuertes del disco.




Con “Hostiles”, Max Richter nos demuestra que no solo es poseedor de un estilo propio labrado a lo largo de varios discos en los que cada vez se desmarca más de las innegables influencias de los primeros años de su carrera sino que también tiene esa capacidad de adaptación y de asimilación de estilos tan necesaria cuando pones música a las imágenes de otros. Es esto último lo que más nos ha sorprendido, para bien, en este disco. Richter suena a sí mismo pero también consigue evocar una época como fue el turbulento siglo XIX norteamericano y lo hace sin caer en tópicos e incluso recreando ambientes con instrumentos claramente fuera de aquel tiempo y lugar como el mencionado “yaybahar” del que os dejamos un breve vídeo ajeno a la película a modo de presentación.


 

miércoles, 8 de agosto de 2018

Max Richter - Nosedive (2017)



Hace varios años ya que vivimos en la que muchos han llamado la “edad de oro” de la ficción televisiva. El talento que antes parecía reservarse para esa primera división que era el cine ahora está mucho más dividido y estamos disfrutando de verdaderas joyas en formato serial. Productos cada vez más cuidados en los que las interpretaciones, los guiones y las técnicas narrativas están muy por encima de lo que era habitual apenas un par décadas antes en el medio.

Como es lógico, este despliegue de recursos ha terminado por llegar a todos los aspectos de la producción televisiva incluyendo, claro está, a las músicas. Seguro que muchos de nosotros nos costaría nombrar al autor de la banda sonora de cualquier serie popular de los ochenta o noventa con contadas excepciones (Miami Vice, Twin Peaks, Expediente X y pocas más) y esto tiene mucho que ver con el hecho de que los músicos, como los actores o directores de la mayoría de ellas pertenecían a un segundo o tercer escalón, alejado del olimpo de la gran pantalla.

Eso ha cambiado en los últimos tiempos y ahora encontramos nombres como los de Michael Giacchino en “Lost” o David Arnold en “Sherlock” junto a bandas sonoras como la de “Stranger Things” que han sido capaces de traer a un primer plano un género como fue la música electrónica secuencial que parecía haber caído en el olvido. El propio Max Richter, de quien hablaremos hoy, compuso una música absolutamente inseparable de las imágenes de esa joya que fue “The Leftovers”. Hablamos de figuras ya consagradas en el cine que no tienen reparos en trabajar también para la pequeña pantalla.

Entre las ficciones más cuidadas e inquietantes de los últimos tiempos destaca la producción británica “Black Mirror” que, a diferencia de otras, tiene para cada capítulo una banda sonora diferente lo que ayuda a diferenciarlos (las historias de cada uno de ellos son independientes y carecen de continuidad). La lista de músicos que han participado en la serie, especialmente en las últimas dos temporadas, es impresionante e incluye nombres como los de Clint Mansell, Sigur Ros, Cristobal Tapia de Veer y, en el capítulo que hoy nos ocupa: Max Richter.

El compositor alemán tiene una cada vez más sólida carrera discográfica que se ve reforzada de forma paralela con sus trabajos para el cine y la televisión. Tanto es así que a su contrato con el gigante clásico Deutsche Grammophon ha unido la creación de su propio sello llamado “Studio Richter” en el que, con distribución de la citada discográfica, va dando salida a sus trabajos destinados a la pantalla. Y es a través de “Studio Richter” como nos llega “Nosedive”, la banda sonora del primer capítulo de la tercera temporada de “Black Mirror”. Se trata, en realidad, de un EP con siete temas que apenas dura unos 25 minutos pero cuyo contenido musical merece mucho la pena. Seis de los siete cortes del disco están escritos para quinteto de cuerda con el acompañamiento de Richter a los sintetizadores y, en cuatro de ellos, con el añadido del piano de Andy Massey. El corte restante es puramente electrónico. El quinteto de cuerda protagonista de la grabación está formado por Louisa Fuller y Natalia Bonner (violines), John Metcalfe (viola) y Caroline Dale y Will Schofield (violonchelos). Todos ellos salvo Schofield, habituales en la música de Richter desde sus primeros discos.

Escena de "Nosedive", capítulo de la serie "Black Mirror".


“On Reflection” - El tema central de la banda sonora es también el más largo del disco. Una composición que comienza con una serie de acordes de piano marca de la casa alrededor de los cuales van creciendo las cuerdas. Es una pieza muy cercana a determinados pasajes de la monumental “Sleep” de la que ya hablamos en su momento. Con cada repetición del ciclo va ganando presencia la viola que desgrana una melodía “nymanesca”, una de las influencias más claras de Richter en sus inicios. Si nos fijamos mejor, incluso el piano ejecuta una serie de notas muy próximas a la música que Nyman escribió para “Drowning by Numbers” aunque mucho más ralentizadas aquí. En todo caso, es esta una pieza exquisita en la que Richter es plenamente reconocible.




“Dopamine 1” - El siguiente corte, brevísimo, apenas consta de una leve progresión electrónica sustentada en el colchón sonoro del quinteto. Una obra con muchas posibilidades que debería ser desarrollada en el futuro.

“The Sorrows of Young Lacie” - Una de las características de “Sleep” es la repetición de una serie de temas principales en distintos momentos de las ocho horas de duración de la obra. Aquí se repite ese esquema recuperando el motivo central del corte que abría el disco, eliminando el solo de viola y resaltando más la parte de piano.

“Dopamine 2” - Los sonidos sintéticos encuentran aquí un espacio en el que desarrollarse con mayor amplitud que en la primera transición aunque en esencia el tema es muy similar. Excelente como música ambiental, podría dar mucho más de sí.

“The Journey, Not the Destination” - Aunque en los créditos del disco sólo se menciona como intérpretes de este corte a los miembros del quinteto de cuerda, es un gazapo evidente puesto que el piano es el protagonista de toda la primera parte y es secundado por la electrónica de Richter poco después. Quizá sea la pieza más dinámica del trabajo, con ritmos electrónicos, secuencias sintéticas y acordes minimalistas que dejan a las cuerdas como un elegante acompañamiento. Una gran composición en la linea del Richter más reciente, por ejemplo, el de la obra dedicada a Virginia Woolf que comentamos aquí tiempo atrás.




“Nocturne” - El único corte puramente electrónico del disco no es sino la abstracción de las partes sintéticas de otra de las composiciones previas del trabajo, despojada del resto de instrumentos. Una pieza ambiental muy aparente pero quizá innecesaria.

“The Consolations of Philosophy” - Cierra el EP la tercera recreación del tema central. La diferencia es el protagonismo del violonchelo que le da un tono mucho más melancólico si cabe. No hay mayor novedad que esa en todo caso para poner el punto final a un disco muy breve pero de mucho interés para los seguidores del músico alemán.

Hoy en día, Max Richter es uno de los compositores estrella del sello Deutsche Grammophon, lo que le garantiza la posibilidad de darle salida a todo lo que vaya componiendo sin demasiado riesgo financiero. Ello facilita que trabajos como este “Nosedive” vean la luz en formato físico, cosa que no sería sencilla de otro modo dada su corta duración. Sus seguidores estamos, pues, de enhorabuena aunque esto obliga a ser más selectivos y a andarse con mucha atención al resto del público que quiera acercarse al mundo sonoro del músico alemán ya que pueden encontrarse con lanzamientos como este que, por su corta duración, tendrían una gran probabilidad de desilusionarle. Poniendo eso por delante, desde aquí recomendamos su escucha.

Así presentaba uno de los creadores de la serie el capítulo "Nosedive".


 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Max Richter - Three Worlds: Music from Woolf Works (2017)



La forma en la que Max Richter va quemando etapas en su carrera nos tiene verdaderamente sorprendidos. Tuvimos noticia de él con “Blue Notebooks”, uno de sus primeros discos que en aquel entonces nos causó una buena impresión pero en modo alguno nos hacía pensar en lo que iba a venir después. La idea que nos quedó fue la de un compositor muy interesante pero también algo lastrado por sus influencias que eran demasiado evidentes en muchas de sus obras.

Los elementos básicos que aparecían en aquella grabación se iban a repetir, con ligeras variaciones en sus siguientes trabajos pero paulatinamente se producía también una evolución por la que los conceptos tomados de otros artistas se iban disolviendo y dejando paso a una voz propia. Había piezas en sus primeros trabajos que atribuiríamos sin dudarlo a Philip Glass en algún caso o a Michael Nyman en otros. Eso ya no existe en el Richter más reciente cuyo estilo es ya plenamente reconocible. Además de eso, ha introducido un elemento de riesgo en su música muy de agradecer. Primero con apuestas de tan improbable éxito como reescribir las “Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi a su manera, reto del cual salió airoso e incluso reforzado de cara a la crítica, algo completamente inesperado dado lo irreverente de la empresa. Más tarde escribiendo una obra de ocho horas de duración concebida para ser “escuchada” durante el sueño que, además, ha conseguido llevar de gira por multitud de ciudades. En paralelo a su carrera discográfica ha conseguido labrarse una interesante reputación en el mundo de las bandas sonoras alcanzando momentos brillantes en varias películas y en series de culto como la maravillosa “The Leftovers” cuyas tres temporadas son inseparables de la partitura de Richter que consigue llevar al extremo la emoción del espectador en los planos más conmovedores.

Su última propuesta tiene un ánimo transversal puesto que cruza varias propuestas artísticas. Se trata de poner música a un ballet basado en tres obras literarias de Virginia Woolf. La iniciativa parte realmente del coreógrafo Wayne McGregor, auténtico revolucionario de la danza contemporanea en el Reino Unido cuyo trabajo le hizo merecedor de la Orden del Imperio Británico cuando apenas tenía 41 años. En sus obras ha colaborado con alguno de los más prestigiosos compositores como Mark Anthony Turnage, Nico Muhly, Gabriel Yared o, más recientemente, Steve Reich. Su trabajo no se ha limitado a los escenarios sino que ha participado en la creación de videoclips musicales para artistas como los Chemical Brothers o Radiohead. En 2008 McGregor y Richter colaboraron por primera vez en el ballet “Infra” que cosechó multitud de premios y nominaciones en su momento y ambos repitieron experiencia en 2014 con la nueva partitura de Richter sobre las “Cuatro Estaciones” de Vivaldi como base.

En 2015 se estrenó “Woolf Works”, el ballet de McGregor que supuso su primera producción completa para el Royal Ballet. La obra constaba de tres secciones, cada una de ellas dedicada a una obra de Virginia Woolf. Los textos escogidos fueron: “Mrs.Dalloway”, “Orlando” y “The Waves”. Originalmente el ballet duraba cerca de dos horas pero con vistas a su publicación en disco, Richter consideró que era una duración excesiva por lo que hizo una selección de poco más de una hora que es lo que escuchamos en el CD publicado hace pocos meses por Deutsche Grammophon. Participan en el mismo la Deutsches Filmorchester Babelsberg dirigida por Robert Ziegler, un quinteto de cuerda del que forman parte dos antiguos miembros del reconocido Duke Quartet, John Metcalfe y Louisa Fuller junto con Natalia Bonner, Ian Burdge y Chris Worsey. Además de ellos escuchamos en el disco a Grace Donaldson (soprano), Mari Samuelsen (violin), Hila Karni (violonchelo) y Sarah Sutcliffe (narración).




Explica Richter en las notas del disco que para la primera parte, basada en “Mrs.Dalloway”, se centró en tres personajes de la novela: Peter, Sally y Septimus, apareciendo representado un cuarto (la propia ciudad de Londres) en el sonido de la campana del Big Ben que se escucha en varios momentos.

“Words” - Abriendo la sección podemos escuchar la única grabación que existe de la voz de Virginia Woolf procedente de un ensayo que la escritora leyó en 1937 para la BBC. La oímos sobre el fondo de la campana citada anteriormente.

“In the Garden” - La primera pieza musical propiamente dicha es un tema para piano y quinteto de cuerda. La melodía central recae en la viola de Metcalfe que ejecuta un tema de gran belleza subrayado, principalmente, por los dos violonchelos a los que se unen los violines en el tramo final. La pieza se organiza como un “in crescendo” y es una de las más líricas que ha escrito Richter en su trayectoria.




“War Anthem” - El siguiente tema es orquestal con el violonchelo de Hila Karni como instrumento solista. Es una pieza profunda y oscura con un desarrollo muy lento, casi plomizo, que entronca con la tradición de algunas de las obras de los compositores contemporáneos más reconocidos hoy en día como Arvo Pärt aunque también posee ese toque dramático que Nyman consigue darle a alguna de sus obras.

“Meeting Again” - Para cerrar la parte dedicada a Mrs.Dalloway volvemos a oir la campana del Big Ben y al quinteto de cuerda que acompaña a Richter. Esta vez la pieza es melancólica, con el clásico estilo minimalista del compositor al piano (esa parte parece tomada a préstamo de Philip Glass) que sirve como introducción a un desarrollo repetitivo pero de un efecto hipnótico muy bello.


La segunda sección del disco está dedicada a “Orlando”. En esa novela, Woolf abordaba los cambios que puede llegar a sufrir una persona y, en especial, la libertad sexual. Para ilustrar esto, Richter opta por tomar un tema universal utilizado por decenas de compositores de todas las épocas,  “La folía”, y por realizar una serie de variaciones utilizando desde instrumentos solistas clásicos hasta síntesis por ordenador, pasando por la orquesta en pleno o los viejos sintetizadores analógicos. Según el músico, en el disco podemos escuchar la mitad de las variaciones que acompañaban la coreografía de McGregor. A título de curiosidad, el personaje de Orlando fue interpretado en la gran pantalla por la actriz Tilda Swindon, quien también ejercía de narradora en el disco de Richter “The Blue Notebooks” del que hablamos anteriormente.

“Orlando” está compuesta por once cortes de escasa duración. El primero, “Memory is in the Seamstress”, es una introducción en la que Sarah Sutcliffe recita un breve texto de la obra dando paso a “Modular Astronomy”, para orquesta y sintetizadores, una verdadera revelación en todos los sentidos. Richter combina ambos elementos de forma magistral creando un sonido híbrido entre ambos que consigue maravillarnos. Una verdadera joya.
 

 “Entropy” es un interludio puramente electrónico en el que el músico utiliza estructuras clásicas de un modo muy atractivo. Un gran tema ambiental. Llegamos así a “Transformation” con la orquesta sonando de nuevo, ahora con Mary Samuelsen como violín solista. Otro gran tema con un punto épico que puede recordar al Clint Mansell de “Requiem por un Sueño”. El siguiente tema, “Morphology”, sigue con el protagonismo orquestal pero a la misma se suman los sintetizadores de Richter aportando elaboradas texturas y capas de sonido que se confunden con las cuerdas haciendo difícil identificar dónde empiezan unas y terminan las otras. Quizá la mejor pieza de todo el disco sea la breve pero intensa “The Tyranny of Symmetry”, una majestuosa pieza para orquesta de una fuerza irresistible que termina demasiado pronto.
 

Tras ella pasamos a “The Explorers” en donde volvemos a disfrutar de sonidos electrónicos envolviendo al violonchelo de Ian Burdge que desgrana una sucesión de notas en una cadencia típicamente barroca de gran inspiración. “Persistence of Images” recupera el mágico sonido de “Modular Astronomy” en lo que podría ser una prolongación de aquella. En “Genesis of Poetry” es donde más claramente escuchamos el tema de la folía que se filtra entre secuencias electrónicas deudoras de la “Escuela de Berlín” de los años setenta. Sin solución de continuidad llega “Possibles”, un tema ambiental exclusivamente electrónico que enlaza con el final de “Orlando”,
“Love Songs”, en donde escuchamos a un romántico Richter al piano con otra variación muy reconocible del tema central.


La tercera parte de la obra se centra aparentemente en “The Waves” aunque lo cierto es que Richter utiliza como inspiración principal la muerte de la propia Virginia. La pieza comienza con la actriz Gillian Anderson (la popular Scully de Expediente X) leyendo la nota de suicidio que Woolf dejó a su marido Leonard y todo en ella trata de evocar esa escena final, con sonidos acuosos recordando el icónico momento en que la escritora se adentra en las aguas del río por última vez.

“Tuesday” - La pieza más extensa de todo el trabajo tiene una enorme carga emotiva procedente del texto con el que Virginia Woolf se despedía de su marido. Sobre sus palabras se filtran poco a poco los sonidos de la orquesta que se recrean, especialmente en la primera parte, en las tesituras más agudas de las cuerdas. Richter teje un vaivén que se va apoderando del ánimo de oyente. Entretanto van apareciendo el resto de instrumentos que ya en la sección central forman verdaderas “olas” de sonido, justo antes de la entrada en escena de la soprano Grace Donaldson, realmente breve y sin un protagonismo especial. De hecho es después de su intervención y ya con la orquesta en pleno cuando asistimos a los mejores momentos de la pieza que, a nuestro juicio queda un poco coja por la falta de alguna variación en el tramo final. Por el contrario, en ese tramo es cuando más se acerca a sonidos ajenos, especialmente al Michael Nyman de “El Piano”.

En conjunto, “Three Worlds: Music from Woolf Works” es un disco un tanto irregular. Encontramos en él al Richter clásico en la primera parte junto con el más avanzado en la segunda para terminar con una última sección en la que encontramos algunos detalles del músico “clonador” de sus comienzos. Nuestra valoración general pese a todo, es positiva porque los buenos momentos del trabajo pesan más que los menos inspirados. Por todo ello seguiremos pendientes de los próximos trabajos de Richter que se ha ganado a pulso una atención preferente. Nos despedimos con Richter en concierto interpretando uno de los cortes del disco:

 

domingo, 11 de octubre de 2015

Max Richter - Sleep (2015)



Muchas veces se ha dicho que un disco es aburrido, que es soporífero en una palabra. La música, en muchas ocasiones, llama al sueño. Nos pone en un estado en el que es más fácil relajarse y desconectar de cualquier otro estímulo externo. La idea de explorar esos territorios en los que la consciencia se diluye no es nueva y ya en 2001 Robert Rich publicó “Somnium”, un trabajo de más de siete horas de duración que pretendía acompañar al oyente durante una noche, desde que éste se acostase hasta el amanecer. Ahora es Max Richter quien afronta ese mismo tipo de experimento con “Sleep”, un extenso trabajo que transcurre a lo largo de ocho horas y que está concebido para ser “escuchado” durante el sueño.



El estreno de la obra tuvo lugar el mes pasado y el público asistente no se encontraba sentado en las butacas del teatro como es habitual sino cómodamente tumbado sobre una serie de colchones distribuidos sobre el propio escenario. De este modo, Richter continúa una tradición muy habitual en la Nueva York de los años 60 en la que muchos artistas ofrecían “all-night concerts” durante los cuales el público podía entrar y salir de la sala, tomar algo, charlar y, cómo no, también dormir si así lo deseaban. Cita el compositor también a John Cage como influencia importante a la hora de afrontar este trabajo, especialmente por la carga conceptual que escondía su celebérrimo “4'33''”, obra aparentemente silenciosa en la que, en realidad, el compositor exploraba las reacciones de los oyentes ante los sonidos del entorno y la propia experiencia auditiva personal de cada uno. Dadas las especiales características de la obra, parece evidente que “Sleep” no es un disco para ser escuchado a la manera habitual sino, quizá, solo a nivel inconsciente.



Existe también una versión abreviada del trabajo para aquellos que busquen una experiencia más convencional que ha sido publicada en CD por el sello Deutsche Grammophone (la obra completa sólo existe en formato digital para descarga). Nosotros tenemos que confesar que aún no hemos probado esta alternativa sino que nos hemos quedado con la pieza en su duración completa aunque tampoco hemos experimentado su escucha en las condiciones para las que fue creada sino que la hemos escuchado en distintas sesiones. Por ello, tampoco haremos el análisis habitual corte por corte (son más de ocho horas de música) sino que haremos una serie de consideraciones generales.

Las composiciones del disco están estructuradas en siete formatos diferentes. Así tenemos piezas para piano solo, duetos de órgano y soprano (Grace Davidson), de piano y violín (Ben Russel) tríos de piano, violín y violonchelo (Clarice Jensen) y piezas para quinteto de cuerda ampliado con el piano, el órgano o la voz de Grace. El quinteto lo forman, aparte de los dos músicos ya mencionados, Yuki Numata (violín), Caleb Burhams (viola) y Brian Snow (violonchelo).

Imagen del "concierto" de estreno de la obra.

Las ocho horas largas de música recogen diferentes variaciones sobre un pequeño número de temas en los que la repetición continua de patrones consigue un efecto relajante que contribuye al obrjeto de la obra (no tendría sentido estridencia alguna en una creación como ésta) además de facilitar considerablemente la audición al no requerir una especial atención por parte del oyente. En realidad hay cuatro temas principales, uno de ellos, con el piano como protagonista, se situaría en algún punto del recorrido posterior de una linea que, partiendo en Erik Satie, pasara por John Cage hasta llegar a Harold Budd. La interpretación de éste corre, como decimos, por cuenta del piano pero a lo largo de la escucha aparece recreado con varias otras combinaciones de instrumentos. Es una pieza de una gran melancolía pero bellísima y muy emocionante. El segundo tema está compuesto por un extenso “drone”con muy ligeras variaciones melódicas e interpretado principalmente por el quinteto de cuerdas. El tercer tema es otra magnífica melodía cuya interpretación recae en la soprano la mayor parte de las veces. El cuarto “leit motiv” de la obra vuelve a los terrenos ambientales y en él es el órgano el que, enfrentándose a las cuerdas, se encarga de la parte principal. Alrededor de este núcleo de melodías asistimos a un concierto de cerca de ocho horas y media a lo largo de las cuales, Richter ha conseguido redondear una obra excepcional. Repetitiva porque tampoco hay otro remedio y porque así, caso de escucharla en las circunstancias para las que fue creada, es más probable llegar a percibir todas las melodías en los momentos en los que el sueño es más ligero.

Con “Sleep”, Richter busca romper con el tópico de que la música contemporánea es para élites y de premisas como “el compositor es más listo que tú así que siéntate, escucha y, si eres suficientemente inteligente, lo entenderás”. Para el músico inglés de origen alemán la música no es un discurso por parte del compositor hacia su audiencia sino una conversación entre ambos. En este sentido, “Sleep” es más un lugar en el que pasar un tiempo determinado que una pieza musical al uso. En cualquier caso, como decíamos más arriba, existe un disco “físico” titulado “From Sleep” en el que encontramos una selección de la obra más adecuada para una escucha regular en la que, además, hay música que no aparece en la versión de ocho horas (y no será por falta de espacio, si se nos permite la broma) lo que hace que, en cierto modo, ambas ediciones sean necesarias para disfrutar toda la obra.


Aunque es un experimento al que nos acercábamos con ciertos reparos (no es la primera vez que nos ocurre con este músico) tenemos que reconocer que el resultado final nos ha parecido fascinante y que estamos ante una obra que merece mucho la pena. Quizá en algún momento haya que intentar escucharla como fue concebida, a lo largo de toda una noche de sueño, pero por ahora, una escucha consciente y atenta de la obra completa nos ha satisfecho por completo. Nos falta ahora enfrentarnos a la versión reducida, algo que haremos en algún momento pero eso será más adelante. Por ahora os recomendamos que busquéis un rato en que escuchar “Sleep” y os pongáis manos a la obra. Felices sueños.


domingo, 30 de noviembre de 2014

Max Richter - The Blue Notebooks (2004)



Afortunadamente (creemos) hoy es ya muy complicado encontrar músicos que se reclamen como pertenecientes a un sólo campo o corriente estilística. Aunque su formación pueda ser académica y del más alto nivel, como es el caso de nuestro protagonista de hoy, la intercomunicación entre todo tipo de corrientes e incluso, entre diferentes modalidades artísticas es tal que no sorprende que un compositor que ha tenido la oportunidad de formarse con Luciano Berio, abrace con naturalidad el punk o la música electrónica.

Ese sería el caso de Max Richter, compositor británico nacido en Alemania que dio sus primeros pasos como miembro fundador de la formación Piano Circus, agrupación creada en un principio para interpretar “Six Pianos” de Steve Reich junto a quienes grabó varios discos de música contemporanea (en el ámbito del minimalismo y alrededores) para el sello Argo, subsello de Decca. Con ellos tuvo la oportunidad de explorar La música de algunos de los músicos que luego han influido más claramente en su obra, particularmente Philip Glass y Michael Nyman. Poco después colaboró con The Future Sound of London en el celebrado “Dead Cities”. Allí comenzó a dar muestras de su valía pasando de ser un simple intérprete invitado a componer alguna de las piezas del trabajo y contribuir con sus propios arreglos electrónicos al resto del disco. Sin llegar a formar parte del grupo oficialmente, sí colaboró con ellos durante un par de años. Punk y electrónica forman parte de su bagaje como oyente desde que asistió a sus primeros conciertos con 14 años de edad. Como él mismo indica, éstos fueron de The Clash y de Kraftwerk pero sus fuentes son mucho más amplias y van desde Bach o Debussy hasta Lamonte Young pasando por Pink Floyd, King Crimson, Soft Machine o Brian Eno.

Su carrera en solitario comenzó en 2002 con la publicación de “Memoryhouse”, tras lo cual inició una prolífica carrera como compositor de bandas sonoras que iban a ir intercalándose con discos propios como el que hoy nos ocupa: “The Blue Notebooks”. La música de Richter combina sonidos electrónicos y acústicos con conceptos minimalistas y neoclasicistas. Intervienen en la grabación del trabajo: Louisa Fuller y Natalia Bonner (violines), John Metcalfe (viola), Philip Sheppard y Chris Worsey (violonchelos) y el propio Max Richter interpretando piano y sintetizadores. La actriz Tilda Swindon recita algunos textos de acompañamiento en varios de los cortes, procedentes de la obra de Franz Kafka “Blue Octavo Notebooks”, especie de diarios que el escritor completaba periódicamente. Aunque actualmente, la mayor parte del catálogo de Richter ha sido incorporada al sello Deutsche Grammophon, el disco se publicó en su momento en el sello Fat Cat, al que Richter envió las demos porque “escuché el primer disco de Sigur Ros y me sonó como Arvo Pärt con guitarras así que pensé que aquel sería un buen sitio para mi música.

Max Richter


“The Blue Notebooks” – Notas de piano se combinan con sonidos electrónicos y el mecánico teclear de una máquina de escribir sobre la que Tilda Swindon lee el primer texto. Una miniatura con regusto a Satie o a sus equivalentes más actuales como Harold Budd que nos da la bienvenida a un trabajo más que interesante.

“On the Nature of Daylight” – La melancolía de las cuerdas al más puro estilo del Michael Nyman posterior a “The Piano” nos recibe en el que podemos considerar el tema central del disco en el que las cosas transcurren con parsimonia. La melodía principal a cargo de la viola tiene también el marcadísimo sello de Nyman en lo que, quizá, sea el mayor defecto de la música de Richter: en momentos puntuales, la influencia de otros músicos es demasiado evidente y se acerca a la copia. Ocurre en este disco con Nyman y en otros posteriores con Glass. Con todo, la pieza es una preciosidad que hace que le perdonemos cualquier otro defecto.



“Horizon Variations” – Abundan en el disco los cortes ambientales a base de sonidos electrónicos y melodías de piano cuya duración apenas supera el minuto. Éste es un notable ejemplo de este tipo no carente en absoluto de calidad y una cierta proximidad con planteamientos similares de Wim Mertens, por ejemplo.

“Shadow Journal” – Las texturas electrónicas se muestran en su faceta más elaborada en esta pieza en la que volvemos a escuchar a Tilda y su máquina de escribir sobre una serie de arpegios sintéticos que sirven de fondo al recitado. Es entonces cuando escuchamos una esquemática melodía de violín durante unos instantes que sirve para rasgar el ambiente durante unos compases. Aparecen entonces una serie de percusiones dando paso a la sección de cuerda completa que refuerza la inquietante sensación que acompaña al oyente durante toda la composición. El trabajo de producción y la elaboración de las texturas sonoras de esta pieza revelan a Richter como un interesantísimo creador, no sólo en la labor compositiva sino en todo lo que rodea hoy la grabación de un disco.



“Iconography” – Veloces arpegios de órgano se combinan con un coro sintético para crear una luminosa pieza que nos rescata de los abismos en los que nos había sumido el corte anterior. Estamos ante un tema repetitivo que pasa en un suspiro con ecos de Philip Glass pero con personalidad propia.

“Vladimir’s Blues” – Nueva miniatura de piano en la que la presencia del citado Philip Glass es mayor que en el corte precedente (también de Yann Tiersen). En cualquier caso, y dado que es un tema que hace las veces de transición, no hay mucho que reprochar al respecto.

“Arboretum” – Regresamos a las piezas ambientales a base de sintetizadores con una mayor presencia rítmica a partir del breve recitado de Swindon con el que comienza el tema. La fusión entre electrónica y sonidos clasicistas encuentra aquí uno de sus mejores momentos de todo el disco.

“Old Song” – Todo el disco está imbuído de una elegancia exquisita, de una sutileza nada habitual y estas características se ponen de manifiesto en este corte en el que el piano, apagado, difuso, dibuja una serie de trazos en el aire que sobresalen entre indeterminados sonidos ambientales, como los que podrían proceder del exterior de un recinto cerrado en medio de la calle.

“Organum” – Vuelve Richter al órgano en un pasaje minimalista más elaborado a partir de mínimos elementos melódicos. Una delicia concentrada en apenas tres minutos que podría seguir sonando ad infinitum y, probablemente, no repararíamos en el tiempo transcurrido durante su escucha hasta mucho tiempo después.

“The Trees” – El último de los cortes “largos” del disco es esta pieza llena de romanticismo en la que el piano, con medida parsimonia, crea un estado de ánimo en el que las cuerdas encuentran el entorno adecuado para desplegarse, melancólicas, hasta emocionar al oyente. Conforme avanza la composición aparecen de nuevo las influencias más habituales en la música de su autor pero sin llegar a eclipsar su propia personalidad. Cada repetición del núcleo central va acompañada de la incorporación de nuevos instrumentos y de un papel más activo en los que ya estaban presente para terminar en un precioso in crescendo que se encuentra entre lo mejor de todo el trabajo.

“Written on the Sky” – Cierra el disco otra miniatura, en esta ocasión de piano, en la que Richter repasa la melodía de “On the Nature of Daylight” en una preciosa transcripción de la misma. Una despedida sobria para un trabajo sensacional.


La acogida de “The Blue Notebooks” entre la crítica fue entusiasta, casi diríamos que exageradamente, no tanto por la calidad del disco, que es alta, sino por lo hiperbólico de afirmaciones como la de Pitchfork cuando sostenían que “es uno de los más conmovedores y universales discos de música clásica de los que tenemos memoria en los últimos tiempos”. Sin llegar a tanto, sí que creemos que el disco tiene los ingredientes suficientes para gustar a los seguidores del blog y aún hoy es la obra más reconocida de su autor junto con la premiada banda sonora de “Waltz With Bashir” a la que Richter curiosamente incorpora dos de los temas de “The Blue Notebooks”. Incorporado ya a la nómina de compositores contemporáneos del gigante de la música clásica Deutsche Grammophon, Richter ha osado, incluso, rescribir una obra tan icónica como “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi llevándola a su terreno pero esto será objeto de una eventual entrada más adelante. Por ahora, aquellos interesados en este “The Blue Notebooks”, pueden adquirirlo en los enlaces habituales:

amazon.es

prestoclassical.co.uk

jueves, 25 de julio de 2013

Daniel Hope - Spheres (2013)



En las últimas décadas, los límites entre la música culta, clásica o cualquier denominación que queráis utilizar y otros estilos se han difuminado hasta ser prácticamente inexistentes. Vangelis ha publicado discos en un sello como Deutsche Grammophon, otros sellos clásicos dedican grabaciones a versiones de Tubular Bells y estrellas consagradas del ámbito más púramente académico graban en discos de estrellas del pop. En este contexto, proliferan discos como el que hoy queremos comentar aquí.

Daniel Hope es un violinista sudafricano residente en Viena. Hijo del escritor y periodista Christopher Hope, se trasladó a muy temprana edad a Europa pero no fue la de su padre la influencia que marcaría su futuro profesional. Su madre era secretaria y más tarde manager de Yehudi Menuhin y es muy probable que ese contacto con el mítico violinista y director fuese el que inclinara al pequeño Daniel hacia el violín.

Tras completar sus estudios, Hope tocó con las mejores orquestas y entró a formar parte del mítico Beaux Arts Trio, una de las formaciones de cámara más renombradas de la segunda mitad del siglo pasado. Actualmente es uno de los artistas más populares del sello Deutsche Grammophon y recientemente ha publicado un disco en el sello en el que aparecen gran cantidad de compositores habituales en el blog por lo que era casi obligado dirigir nuestra atención hacia “Spheres”. A lo largo del disco, Daniel Hope repasa obras de compositores clásicos y las acompaña con otras de músicos contemporáneos consagrados y piezas de autores jovencísimos de la actualidad que, en muchos casos, conocen aquí su primera versión grabada.

Intervienen en el disco, aparte del propio Hope, Jacques Ammon (piano), Chie Peters (violin), Jual Lucas Aisemberg (viola), Christianne Starke (violonchelo), Jochen Carls (contrabajo), la Deutsches Kammerorchester Berlin y miembros del Rundfunkchor Berlin, todos dirigidos por Simon Hasley.

Daniel Hope en acción

“Sonata for violin and continuo” – Abre el disco una pieza del compositor barroco alemán Johann Paul Von Westhoff, violinista destacado y uno de los primeros autores en escribir piezas para violín solo. La aquí seleccionada es una composición que requiere de buenas dosis de virtuosismo y que nos muestra cómo muchas músicas contemporáneas que creemos innovadoras, tienen profundas raíces en épocas pretéritas y pensamos en algún fragmento para violín de “Einstein on the Beach”.

“I Giorni” – Aunque ha sido mencionado en alguna ocasión de pasada por aquí, nunca le hemos dedicado una entrada al compositor italiano Ludovico Einaudi, algo que habrá que corregir en el futuro. “I Giorni” es uno de sus discos más celebrados y su pieza central, de gran belleza, es una de las escogidas por Hope para integrar el disco.



“Echorus” – Rara es la colección de música contemporánea que no incluya una pieza de Philip Glass. La elección de esta composición concreta puede estar relacionada con el hecho de que el músico norteamericano la dedicó expresamente a Yehudi Menuhin, mentor de Hope. “Echorus” es, en realidad, un arreglo para dos violines y orquesta del “Etude No.2” para piano del propio autor. En esta forma, indudablemente, la pieza gana en presencia y se convierte en una obra notable.

“Cantique de Jean Racine, Op.11” – Hope abre un hueco a la música del cambio de siglo del XIX al XX en la figura del francés Gabriel Faure. Estilísticamente, se trata de una composición que podría parecer fuera de lugar en el contexto del álbum pero la extraordinaria capacidad para la melodía del compositor galo está muy directamente emparentada con la música de Einaudi, por ejemplo, con lo que, en realidad, Hope estaría estableciendo puentes entre distintas épocas con gran acierto.

“Prelude No.15 for violin and piano” – Muy de agradecer es la presencia de compositores, no ya contemporaneos sino, como reza el tópico, insultantemente joven como es la norteamericana (rusa de nacimiento) Lera Auerbach, que aún no ha cumplido los cuarenta años. En el disco tenemos dos muestras de sus preludios para violín y piano. El que hace el número 15 es una preciosa pieza muy íntima, llena de matices que te obligan a subir el volumen del reproductor para apreciarlos en su totalidad.

“Fratres for violin, string orchestra and percussion” – Poco podemos añadir sobre Arvo Pärt y su “Fratres” a estas alturas. La versión que aquí escuchamos es una de las más interpretadas y, quizá nuestro formato favorito de la pieza. En cualquier caso, siempre es recomendable revisar a este autor y esta obra en concreto.

“Wild Swans Suite” – Otra joven compositora (aunque no tanto ya que nació en 1957) de origen ruso y nacionalidad australiana es la siguiente en aparecer por aquí. Elena Kats-Chernin aparece con una selección de su ballet “Wild Swans”. Es trata de una pieza alegre y ensoñadora con un aire de cuento de hadas construida alrededor de un diálogo entre el piano y el violín. Un gran descubrimiento.

“Musica universalis” – Continuando con los nuevos compositores, llegamos a Alex Baranowski, nacido en 1983. Autor de bandas sonoras, colaborador de grupos de música pop, electrónica, etc. La obra seleccionada por Hope para su inclusión en el disco es una preciosa pieza llena de sensibilidad cuyo estilo nos recuerda al de otro autor que ha aparecido por aquí en algún momento como es Rene Aubry. Esta grabación es la primera que se hace de la pieza.



“Spheres” – Nacido en 1975, Gabriel Prokofiev es nieto del afamado compositor ruso Sergei Prokofiev. Combina piezas electrónicas con composiciones más convencionales desde el punto de vista formal como la que aquí aparece: un tema oscuro con tintes inquietantes y un punto de suspense que continúa la senda abierta por autores recientes como Ligeti o Messiaen. Como en el caso anterior, su presencia en el disco supone un estreno mundial en formato grabado.

“Berlin by Overnight” – Max Richter se ha ido construyendo una interesante carrera como compositor electrónico tras dejar Piano Circus, una interesante formación dedicada a la música contemporánea de raíces minimalistas. Tras colaborar con Future Sound of London, se lanzó a una carrera en solitario que ha dado ya varios discos que aparecerán por el blog en algún momento. Recientemente ha alcanzado un cierto éxito con una revisión radical de las cuatro estaciones de Vivaldi para el sello Deutsche Grammophon en la que también participa Daniel Hope. En “Berlin by Overnight”, Richter firma una pieza que podría pasar perfectamente por obra de Philip Glass ya que reúne todas las características de la música del de Baltimore. Una gran pieza en todo caso, a pesar de su brevedad.

“Biafra” – Segunda aportación de Baranowsky al disco, una pieza íntima y reflexiva que continúa con la linea de su anterior aparición en el disco.

“Lento” – Aleksey Igudesman es un compositor ruso nacido en 1973 que ha dedicado buena parte de su carrera a explorar la música de violín en diferentes tradiciones folclóricas. En este movimiento, el músico refleja la influencia de nombres como Pärt o Gorecki en el tratamiento de la orquesta y muy especialmente en el coro aunque la parte de violín es mucho más expresiva y apasionada que la de esos autores, recordando en cierto modo a Debussy. Se trata de la primera grabación realizada de la obra.

“Passagio” – La segunda pieza de Einaudi presente en el disco es este corte de su disco “Fuori dal mondo”, una de sus mejores composiciones y que, además, se adapta como un guante al estilo de Hope. Si no conocéis la música del italiano, estamos seguros de que os enamorará con esta pieza, con un cierto aire folclórico y una belleza intemporal.

“Prelude No.8 for violin and piano” – Vuelve a sonar la música de Lera Auerbach con otro de sus preludios. En esta ocasión con un aire romántico muy marcado que nos encanta, aunque, como en el primero aparecido en el disco, su música es muy tenue, muy delicada y requiere de un esfuerzo extra para su escucha.

“Benedictus” – No es la primera vez que aparece Karl Jenkins en el blog y seguro que tampoco es la última. Escuchamos aquí un fragmento de su misa “The Armed Man”, una pieza entregada por completo a la melodía, sin experimentos ni florituras. Música auténtica llena de sensibilidad que le brinda al violín de Hope una oportunidad de lucimiento. La parte coral tiene una clara influencia de Faure con lo que la inclusión en el disco del músico francés, un autor sin mucha relación aparente con el resto, se revela poco a poco como imprescindible.

“Prelude and Fugue in E minor, BWV855” – Como contrapunto a tanto compositor actual, Hope introduce aquí una pieza de Johann Sebastian Bach. Se trata de un arreglo de una de las piezas incluidas en “El clave bien temperado”. Como ocurre con toda la buena música, funciona a la perfección en casi cualquier versión y la incluida aquí corrobora esa afirmación.

“Trysting Fields” – Michael Nyman aparece representado aquí con un fragmento de la banda sonora de “Drowning by Numbers”, escrita por el músico a partir de material de la Sinfonía Concertante de W.A.Mozart. Sin duda, se trata de nuestra obra favorita de Nyman, al menos de entre las escritas para acompañar a las películas de Greenaway. La versión de Hope es bastante más intensa que la de la propia Michael Nyman Band y eso es decir mucho aunque ayuda que el arreglo se haya cuidado mucho para resaltar el papel del violín del sudafricano de un modo mayor que en la partitura original.

“Nachpiel” – Karsten Gundermann, compositor alemán nacido en 1966 es el escogido para cerrar el disco con un fragmento de su obra dedicada a Fausto que sirve, además, como primera grabación publicada de la pieza. Un final muy adecuado por otra parte, para un disco notable hacia el que conviene dirigir la vista (deberíamos decir el oído) si estamos interesados en descubrir nuevos compositores.


Lo interesante de Daniel Hope y que le diferencia de la mayoría de sus colegas de profesión es su hiperactvidad. Al margen de su faceta interpretativa, también lleva un videoblog en el que informa de sus actividades. Además de eso, con cierta regularidad organiza conciertos benéficos para los que recluta a lo más granado de entre sus colegas. Especialmente activo se muestra a la hora de recordar todo lo relacionado con los acontecimientos sucedidos durante la época de Hitler. Así, ha conmemorado la noche de los cristales rotos, ha dado recitales centrados en la música de compositores checos que fueron encerrados en campos de concentración, etc. No contento con esto, participa en la organización de diferentes festivales por todo el mundo en los que no sólo se escucha música “clásica” sino que tienen cabida todo tipo de estilos. Su versatilidad como intérprete, por otra parte, le ha llevado a grabar música de todos los periodos y autores siendo esta la primera vez que se sumerge en la obra de compositores contemporáneos. Por ello, encontramos el disco muy recomendable para todos los seguidores del blog que lo podrán adquirir, como siempre, en los siguientes enlaces:

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Os dejamos con un trailer promocional del disco: