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viernes, 22 de octubre de 2021

Enrique Morente - Sueña la Alhambra (2005)




Nos asomamos poco al flamenco por aquí y cuando lo hemos hecho ha sido centrando nuestra mirada en proyectos alejados de la pureza del género. Hoy vamos a seguir en esa línea volviendo al genio de Enrique Morente y a un disco muy particular que ni siquiera nace como proyecto musical sino como una idea cinematográfica del director José Sánchez Montes. Se trataba de un documental en el que Morente recorrería distintas partes de la Alhambra de Granada actuando con diferentes artistas en cada una. Iba a ser una visión del monumento a través de la música en la que se producirían encuentros artísticos inesperados con la participación de músicos y cantantes que uno no esperaría ver en esta tesitura.


Pese a ser una banda sonora, el disco que finalmente vio la luz fue bastante diferente de lo que se escuchaba en el documental por lo que podemos hablar de una obra independiente musicalmente hablando. Así, estrellas como Khaled o Ute Lemper, que actúan en la película, no aparecen en el disco y del mismo modo, buena parte de la música del CD se compuso y grabó al margen del documental por lo que en cierta forma ambos trabajos se complementan entre sí.


La diversidad no solo se refleja en los músicos sino también en los textos y es que en “Sueña la Alhambra” se pone voz a poemas de María Zambrano o Luis Cernuda, a cartas de Cervantes y queda hueco para un tango, puro arrabal bonaerense, de Astor Piazzolla.

Morente y Metheny en un fragmento del documental.


El disco comienza con “Martinete”, un corte maravilloso en el que el cante de Morente lo es todo, desde la voz principal al ritmo que la sostiene, construido a base de samples vocales del propio cantaor. Acompaña una discreta percusión y palmas. El texto, en latín, es una letra popular, mientras que la música, profunda como pocas, es del propio Enrique. Estamos ante una verdadera preciosidad en todos los sentidos con una producción inmejorable.




Seguimos con "Generalife", una musicalización de un poema de María Zambrano entre sonidos acuáticos y palmas. La música es del propio Morente y de Pat Metheny quien se encarga también de las guitarras, las programaciones electrónicas, los teclados y el bajo. Participa también en los coros Estrella Morente. Sin perder la esencia del cante del artista granadino, el estilo de Metheny es aquí inconfundible y hasta las palmas recuerdan los ritmos brasileños que el guitarrista adoptó como suyos en varias etapas de su carrera. En el final escuchamos un breve solo de guitarra eléctrica que es puro Metheny por más que quiera acercase al flamenco. Precisamente la esencia más tradicional aparece en la “Seguirilla de los tiempos” en la que Morente solo se acompaña de guitarra y palmas. Poco que añadir cuando hablamos de uno de los más grandes artistas del género a lo largo de su historia. Mucho más elaborada en cuanto a arreglos es "Cristalina fuente", la siguiente canción, en la que Enrique Morente pone música a un poema de San Juan de la Cruz. Participan a la guitarra flamenca Juan Manuel Cañizares, a la guitarra clásica Vicente Cover y, para aportar un toque diferente, Intervienen el piano de Esteban Ocaña, el violín de Rubén Gallardo, el contrabajo de Manuel Francisco Martín (autor de los arreglos) y el violonchelo de Manuel Tomillo. En la segunda parte de la pieza escuchamos una gran intervención de Estrella Morente a la voz principal.




En lo que es uno de los grandes momentos del disco, Morente se atreve con un tango clásico de Astor Piazzolla con letra de Horacio Ferrer, "Chiquilin de Bachín". Para ello colabora con la Libertango Camerata pero lo cierto es que el cantaor se apropia hasta tal punto de la pieza que la despoja de casi todo su aroma tanguista que apenas sobrevive en el violín, para convertirla en una canción más de su repertorio. Entramos ahora en un segmento centrado en el flamenco más puro. Primero con la “Solea de la ciencia” en la que Morente canta junto a la guitarra de otra leyenda como Tomatito y a continuación con “La Alhambra lloraba” en la que volvemos a escuchar a Estrella cantar con su padre junto a la guitarra de Alfredo Lagos. Llega entonces “Donde habite el olvido”, la segunda participación de Metheny en el disco en una adaptación de un poema de Luis Cernuda con música de Isidro Muñoz, quien también toca la guitarra. Estrella vuelve a hacer coros y podemos escuchar la fantástica sección rítmica que forman Carles Benavent al bajo y Tino di Geraldo a la batería. El peso de Metheny es menor que en su anterior intervención pero deja su firma con su característica guitarra sintetizada.




Casi cerrando el trabajo, llegamos a "Taranto veneno" donde escuchamos la guitarra de Juan Habichuela dando la réplica al profundo “quejío” de Enrique, de nuevo en la más pura de las tradiciones. La conclusión del disco es una joya. En “La última carta” Morente recupera las formas del martinete con el que se abría el disco, con su voz haciendo los ritmos, pero el texto es en esta ocasión una carta de despedida firmada nada menos que por Miguel de Cervantes. Tan emocionante como la letra y la propia voz del artista granadino es el fondo de órgano que los acompaña. Nos resulta difícil imaginar un final mejor para un disco fantástico en el que se muestra la apertura de miras de un Morente capaz de mezclar tradición y modernidad como muy pocos.



Como hemos dicho en alguna ocasión, en este blog somos unos auténticos ignorantes en muchas cosas y lo que respecta al arte flamenco no es una excepción. Por ello no solemos comentar discos de este estilo salvo excepciones muy contadas y siempre con ejemplos que no se quedan en ese género sino que lo trascienden y lo fusionan con otros estilos diferentes. En ese sentido, en el disco que hoy hemos comentado (y aún más en el documental para el que se creó, que merece mucho la pena), hay ejemplos de todo tipo: desde el flamenco más ortodoxo hasta cortes muy alejados del mismo en los que sus trazas son apenas reconocibles. Dentro de esta estirpe de artistas que son respetados por los puristas pero no temen salirse de vez en cuando de la tradición, Enrique Morente fue uno de los más grandes sin lugar a dudas y, sin llegar a los niveles sublimes de su “Omega”, “Sueña la Alhambra” continúa por esa línea. Es un disco magnífico que unos cuantos años después de su publicación sigue provocando en nosotros las ganas de escucharlo con frecuencia y eso habla en favor de lo que este trabajo tiene de especial. Os dejamos con una de las intervenciones del documental que no tuvieron cabida en el disco: Morente y Khaled.





sábado, 9 de julio de 2016

Astor Piazzolla - Libertango (1974)



Llama la atención la cantidad de veces que se repite esta situación: músicos grandes en su género son acusados en un momento determinado de su carrera de “traición” con argumentos del tipo de: “su música ya no es (rellenar con el estilo que uno crea conveniente)”. Esta clase de reproches suelen ser hechos a artistas que van un paso por delante del resto y, fundamentalmente, por parte de otros artistas que carecen de esa visión diferencial que separa al buen músico del genio. Acabamos de hablar en el blog de Miles Davis quien recibió críticas de ese jaez precisamente después de grabar alguno de los trabajos que hoy forman parte del los considerados de forma casi unánime como obras maestras del jazz. En su momento muchos dijeron que aquello “no era jazz”.

Otro ejemplo muy significativo lo “sufrió” (entrecomillamos porque no creemos que aquello le influyera lo más mínimo) Astor Piazzolla, quien tuvo que escuchar en muchas ocasiones aquello de que “lo que él hacía no era tango”. Lo cierto es que no tenía por qué serlo. Piazzolla creció escuchando tango y estuvo muy próximo a figuras como la de un tal Carlos Gardel o Aníbal Troilo en cuya orquesta tocó con sólo 18 años, pero su formación académica estuvo enfocada hacia el clasicismo estudiando con los mejores maestros de su tiempo. Además su carrera discurrió paralela al desarrollo de un género como el jazz, música que le entusiasmó y cuya influencia no podía serle ajena.

La etapa más popular y probablemente también la más creativa transcurrió durante los años en los que lideró su célebre quinteto, formación que posteriormente amplío hasta componer para un octeto o un noneto relativamente estables, reforzados en muchos momentos por una sección de cuerdas. Al frente de una de esas formaciones grabó el disco que hoy comentamos aquí. “Libertango” fue creado en una etapa de especial fertilidad del músico argentino quien, tras sufrir un infarto unos meses antes, se trasladó a Italia donde daría comienzo su época más experimental en la que iba a jugar con todas las influencias citadas (clásica y jazz) e incluso con algo de rock. Lo interesante de “Libertango”, al margen de su calidad intrínseca y de la difusión que alcanzaría la composición que presta su título al disco, fue el éxito que obtuvo a nivel internacional (es decir, fuera de Argentina). Esto hizo que buena parte de la crítica del país que le acusaba de hacer algo diferente del tango, un sucedáneo desvirtuado, se replantease esa posición y comenzase a mirar a Piazzolla con otros ojos.

Para grabar “Libertango”, el músico se rodeó de algunos de los mejores músicos de estudio del momento de la escena italiana (muchos procedentes del mundo del jazz). Sería lógico dudar de la idoneidad de estos para interpretar una música con una raíz tan sólida en un estilo folclórico procedente del otro lado del Atlántico pero si nos planteamos el disco como una fusión entre estilos diferentes, como un paso adelante en pos de una obra que trascienda las barreras de un género concreto, la elección de músicos ajenos a la tradición tanguista se revela como un gran acierto. Intervienen en el disco: Felice da Via (piano, órgano Hammond), Gianni Zilioli (Hammond, marimba), Marlene Kessik, Hugo Heredia y Gianni Bedori (flautas), Pino Presti (bajo), Tullio de Piscopo (batería y percusiones), Filippo Dacco (guitarra eléctrica), Andrea Poggi (timbales, percusiones) y una pequeña sección de cuerda liderada por el célebre director de orquesta y sobrino del gran pianista Arturo con el que comparte apellidos: Umberto Benedetti Michelangeli (violín).

Astor Piazzolla


“Libertango” - Abre el disco una intensa melodía de bandoneón propulsada por un excelente trabajo de la batería y el bajo eléctrico. La entrada de la orquesta de cuerdas aporta un toque cinematográfico y nos prepara para la parte central protagonizada por el propio Astor y un gran Pino Presti. “Libertango” es una composición muy breve pero condensa en menos de tres minutos toda la esencia de la música del argentino. Si embargo, se echa de menos una mayor duración para desarrollar algunas ideas.




“Meditango” - El siguiente tema, aunque sigue sonando inconfundiblemente porteño, añade elementos jazzísticos en la introducción y también en la parte central en la que el piano se une a la sección rítmica para darle un giro a la pieza, que de la melancolía inicial pasa a un segmento uniformemente acelerado antes de detenerse bruscamente y dejarnos con la única compañía del bandoneón de Piazzolla. Lo disfrutamos durante unos instantes en los que prepara la extraordinaria melodía que cierra el tema, ya con la orquesta en pleno dialogando con el resto de instrumentos del noneto.

“Undertango” - Todos los títulos nuevos del disco son juegos de palabras en los que se combina la palabra “tango” con otra que representa estados de ánimo o situaciones relacionadas con la música. En esta ocasión nos encontramos con la esencia más arrabalera del tango (del “underground” bonaerense). Los arreglos, en cambio, son revolucionarios. El uso de la marimba, los juegos de percusiones de la parte final y el desordenado (en apariencia) cierre, hacen de “Undertango” una de las composiciones más arriesgadas del disco.

“Adiós Nonino” - La única pieza que no termina de encajar aquí es este clásico inmortal, no ya del repertorio de Piazzolla, sino de la música del siglo pasado. Es muy difícil encontrar una versión del mismo que salga airosa de la comparación con la que el propio Ástor grabó con su quinteto en 1969 y esta no lo consigue aunque sí que acerca la composición a un estilo diferente al original introduciendo alguna variación de cierto interés, especialmente en los arreglos para órgano Hammond del final.

“Violentango” - Timbales y batería nos reciben con fuerza en una de nuestras piezas favoritas del disco, desbordante de ritmo y energía desde el primer momento y con un importante papel del resto de instrumentos (el bandoneón siempre lo tiene) especialmente de las flautas y las percusiones en el segmento central. Más tarde aparece el piano y lo hace de un modo estelar durante un interludio en el que también brillan el bajo y el Hammond. Una obra maestra.




“Novitango” - Piazzolla recrea una y otra vez una melodía sencilla a la que se suma el piano eléctrico y las percusiones (de nuevo timbales y marimbas se nos antojan brillantes) para dar forma a otra pieza muy vanguardista y alejada de las formas tradicionales del tango. Si no escuchásemos el característico bandoneón, diríamos que no suena a tango y, sin embargo, es tango en estado puro. Quizá ese sea el gran mérito de Piazzolla a fin de cuentas: tomar una tradición, darle la vuelta por completo y llevarla a un estadio más avanzado.

“Amelitango” - El título hace referencia a Amelita Baltar, cantante y pareja artística y sentimental del músico justo hasta aquel momento. El tema comienza de forma similar a “Libertango” aunque el desarrollo posterior va por derroteros completamente diferentes. Si tal cosa fuera posible, se asemejaría a un tema de rock progresivo, especialmente por la evolución del tema y los arreglos de teclado, muy diferentes a lo que el músico había grabado anteriormente.

“Tristango” - Piazzolla siempre fue un gran admirador de Johann Sebastian Bach y la introducción de esta balada, al órgano Hammond, tiene mucho de homenaje a su música (uno de tantos que el argentino hizo en sus discos a lo largo de su vida). La pieza más adelante hace honor al título y despliega esa inevitable melancolía y tristeza que sobrevuela siempre a los artistas sudamericanos en el exilio, ya sea este forzado o voluntario, definitivo o temporal. Es el tema más largo del disco y esto hace que él podamos asistir a cambios de ánimo y estilos muy refrescantes como el alegre segmento central que divide en dos partes la obra. El tramo final vuelve a la atmósfera nostálgica del comienzo.




El legado de Astor Piazzolla es inmenso y lo convierte en uno de los músicos inmortales del pasado siglo XX con su música formando parte ya del repertorio clásico, cosa que muchos consideraban imposible por creer que su música “no existía si no la interpretaba él”. Su trascendencia seguramente hará que discos como este “Libertango” y, en general, toda su obra grabada, quede en segundo plano en el futuro en favor de la interpretación que otros hagan día a día de sus partituras pero eso, a nuestro juicio, no hace sino resaltar la importancia documental de estos registros, especialmente de los aparecidos a partir de su etapa en Italia por la gran calidad de las grabaciones en comparación con las anteriores. No es conveniente dejar pasar la oportunidad de hacerse con ellas si surge la oportunidad. Son verdaderas joyas.

Como despedida, os dejamos con Piazzolla interpretando en directo "Adiós Nonino":


 

domingo, 21 de septiembre de 2014

Astor Piazzolla - Cafe 1930 (2014)



Sucede poco pero sucede a veces que músicas populares, tradicionales, habitualmente tenidas por “menores” terminan por hacerse tan grandes que alcanzan la mayor de las categorías incorporándose por méritos propios al repertorio de la música “grande”, la música “culta” y ganándose el respeto de la academia (aunque también, en muchos casos, la desconfianza de quienes antes la disfrutaban).

Algo así ocurrió con el “jazz” y nombres como los de George Gershwin o “Duke” Ellington, con el rock y Frank Zappa y también con el tango de la mano del músico que tenemos hoy aquí: Astor Piazzolla. Hace tiempo apareció el argentino en el blog y ya trazamos una semblanza biográfica que no vamos a repetir hoy. En aquel momento nos centramos en un disco grabado por él al frente de su quinteto, en un formato tradicional en su música en aquel entonces pero la obra de Astor trascendió aquellos conjuntos y evolucionó para adaptarse a todo tipo de formación clásica como el cuarteto de cuerda o la orquesta prescindiendo, incluso, de un instrumento tan característico como el bandoneón.

El disco que hoy recomendamos ha sido publicado recientemente por Brilliant Classics y recoge interpretaciones del violinista Piercarlo Sacco y del guitarrista Andrea Dieci, ambos italianos. En ella repasan de forma deliciosa varias composiciones de la última etapa del compositor argentino escritas para sus instrumentos o para formaciones similares, encargándose de arreglar aquellas partes que no se corresponden con éstos. Si la música de Piazzolla es brillante de por sí, en las versiones del disco refulge aún con mayor intensidad.

Piercarlo Sacco


HISTOIRE DU TANGO

“I. Bordel 1900” – Originalmente la “historia del tango” estaba escrita para flauta y guitarra pero funciona igualmente bien con el violín. Piazzolla narra la evolución del mismo a través de cuatro movimientos que reflejan cuatro estadios capitales del tango. El primero de ellos lo sitúa en los burdeles de finales del S.XIX donde solía interpretarse con guitarra y flauta, incorporándose más tarde el piano y el bandoneón. El movimiento es vivo, pícaro, con una alegría primitiva muy propia de aquellos ambientes.

“II. Cafe 1930” – La segunda etapa llega en los años 30 cuando la gente, en palabras de Piazzolla deja de bailar el tango casi exclusivamente para sentarse y escucharlo, disfrutarlo como música al margen de su utilidad lúdica. En esta etapa suelen utilizarse dos violines, dos bandoneones, ocasionalmente un contrabajo... la música se ralentiza y aparece un lado romántico del que este movimiento es un ejemplo perfecto. Piazzolla es todo sensibilidad en temas llenos de emoción y cuajados de melodías memorables que se suceden una tras otra. No nos extraña que el dúo de intérpretes escogiese el título de éste movimiento y no otro para identificar el disco.

“III. Nightclub 1960” – En los sesenta llega el gran salto internacional del tango que se expande más allá del entorno del Río de la Plata mezclándose con otras músicas y alcanzando audiencias nuevas. Es la época del llamado “nuevo tango”. Astor suena aquí en su versión más inconfundible y personal a través de un violín que bien podría ser su bandoneón reencarnado y con una guitarra precisa, siempre puntual, marcando el ritmo seco y vital de la música de Piazzolla. La segunda mitad del movimiento recuerda la intensidad del clásico “Adiós Nonino” siquiera por unos instantes recordándonos que el talento para la melodía melancólica del musico era abrumador.

“IV. Concert d’aujourd’hui” – El final de la particular historia del tango de Piazzolla se produce con la adopción de esta forma musical por parte de compositores clásicos como Bartok o Stravinsky, ambos muy admirados por Astor. Como cabía suponer, la música aquí se complica y evoluciona hacia sonoridades que, aunque conservan formas “tanguistas”, albergan influencias y tendencias de las vanguardias clásicas con las que Piazzolla tuvo ocasión de mantener un contacto intenso en su etapa formativa junto con Nadia Boulanger.

CINCO PIEZAS

“I. Campero” – A principios de los años ochenta escribe Piazzolla esta colección de piezas para guitarra que es, curiosamente, su única obra para este instrumento. La primera de ellas recoge un ritmo popular como la milonga y le da forma clásica, siempre con un aire de melancolía inconfundible.

“II. Romántico” – En la segunda de las piezas nos parece encontrar retazos del “jazz-tango” que Piazzolla trató de alumbrar en dos discos hoy por hoy inencontrables y que abandonó poco después. Escuchando este tema, sin embargo, entendemos muy bien la admiración que el argentino suscita en artistas actuales como Pat Metheny.

“III. Acentuado” – Volvemos al sabor del Piazzolla más clásico con esta pieza que nos recuerda a alguna de sus composiciones más célebres para su quinteto de finales de los sesenta. Tanto es así que tras la magnífica introducción rítmica, que justifica por sí sola el título de “acentuado”, parece que va a irrumpir en cualquier momento un bandoneón o un violín, algo que no sucede. Esta “ausencia” sin embargo, es perfectamente suplida por la propia guitarra en una interpretación soberbia de Dieci.

“IV. Tristón” – Con un aire procesional se desarrolla este movimiento lleno de melancolía en el que con apenas tres notas, una de las cuales se repite casi constantemente, Astor consigue crear un ambiente absolutamente fantástico. Una simplicidad que tiene algo de relación, probablemente, con Satie, otro maestro a la hora de evocar estados de ánimo.

“V. Compadre” – Cerrando la obra encontramos una pieza que también parte de elementos folclóricos y que en ciertos momentos nos suena, incluso, aflamencada, aunque es una impresión pasajera puesto que enseguida Piazzolla nos lleva de nuevo a su terreno añadiendo ligeros aderezos de jazz aquí y allá.

QUATRE ÉTUDES TANGUISTIQUES

“I. Décidé” – Escritos, al igual que la “Historia del tango” en París, los cuatro estudios fueron concebidos para flauta aunque ya el propio autor apuntaba la posibilidad de adaptarlos al violín (realmente son seis aunque aquí sólo escuchamos cuatro de ellos). La partitura ofrece al intérprete la posibilidad de huir de la, en ocasiones, fría interpretación académica y soltar todo lo que lleva dentro en un estudio del que tenemos la impresión de que, sin la importante dosis de pasión que le pone Sacco, no podría sonar tan bien como lo hace.

“II. Lento: Meditativo” – En un estilo opuesto al tema anterior, escuchamos aquí una profunda pieza de violín que suena mucho más clasicista que otras obras de su autor, con un cierto sabor centroeuropeo en algunos pasajes que podría tener relación con la admiración de Piazzolla por músicos como Bartok.

“III. [Crotchet = 120]” – Llega a continuación lo que es casi una miniatura emparentada directamente con la primera de las cuatro piezas de la serie tanto en ritmo y temática como en la pasión y el desgarro que desprende la interpretación.

“IV. Avec anxiété” – Cierra la serie otro precioso movimiento que combina momentos lentos, casi dramáticos, con otros mucho más vivos. En muchos instantes de la obra tenemos la impresión de que funciona mucho mejor con el violín de lo que lo hace con la flauta para la que fue concebida inicialmente.

“Celos” – Cerrando el disco encontramos una milonga arreglada por los dos intérpretes para violín y guitarra. Como cierre es verdaderamente delicioso ya que condensa todo lo que hace inmortal a la música de Piazzolla: es accesible pero su belleza trasciende las barreras de los simples géneros. Puede disfrutarse por igual, como reflejaba su “historia” en un burdel, en un café, en un club o en una sala de conciertos.

Andrea Dieci



También podemos disfrutar la música de Piazzolla, y no de un modo menor, en la comodidad de nuestros hogares y este disco es un ejemplo de ello. La selección es exquisita y las interpretaciones difícilmente mejorables. El hecho de que, además, el disco esté editado en un sello como Brilliant lo convierte en algo totalmente accesible (en determinada cadena de grandes almacenes los discos del sello habitualmente no llegan a los 4€). Os dejamos algún enlace en el que adquirirlo:

amazon.es

klassiekshop.nl


miércoles, 17 de julio de 2013

Kronos Quartet - Winter Was Hard (1990)



Si existe una formación que, partiendo de la llamada música culta, ha alcanzado una categoría y popularidad equiparable a la de muchas estrellas del rock, esa es, sin duda, el Kronos Quartet. Formado en 1973 por David Harrington, violín principal del cuarteto, se han destacado siempre por arriesgar al máximo con su repertorio abarcando estilos minoritarios dentro de la música de cámara e incorporando a la misma, sonidos y estilos que nunca habríamos pensado en escuchar en una sala de conciertos.

Aunque siempre han tenido un ojo puesto en la música clásica contemporánea y no es raro que a primera vista se les relacione con la corriente minimalista, el jazz y todo tipo de folclores han formado parte de sus discos y conciertos de modo que en su discografía podemos escuchar igualmente a Glass, Reich o Riley de la mano de Thelonius Monk o Bill Evans, Astor Piazzolla, Henryk Gorecki o Kevin Volans pero también músicas más insospechadas como la de Sigur Ros, Jimi Hendrix o Nine Inch Nails. Poco a poco se han ido construyendo un nombre y buena prueba de ello son los más de 800 cuartetos y arreglos para cuarteto que han encargado en estos años y la gran cantidad de obras que los compositores más renombrados de la actualidad han escrito específicamente para ellos. Sobre el escenario, el Kronos Quartet es una delicia. Ajenos a los convencionalismos, pueden aparecer en bermudas y con camisa hawaiana si se tercia pero cuando la luz se apaga, ¡ay amigos! Entonces muy pocos se fijan ya en la vestimenta. Aprovechamos estos días en que el grupo celebra su cuadragésimo aniversario para dedicar la entrada a uno de sus discos más impresionantes, publicado en 1989 por la formación más longeva del cuarteto en todos estos años: David Harrington y John Sherba (violines), Hank Dutt (viola) y Joan Jeanrenaud (violonchelo) con ayudas puntuales en alguna de las piezas del disco de las que hablaremos en su momento. En “Winter Was Hard” vamos a encontrar una combinación de compositores realmente original por sus estilos y procedencias, absolutamente diferentes y con poca relación entre ellos.

Imagen de la formación que participa en el disco

“Winter Was Hard, Op.20” – El San Francisco Girls Chorus dirigido por Elizabeth Appling y por Earl L. Miller al órgano son los principales intérpretes de esta breve pieza del finlandés Aulis Sallinen. En ella escuchamos elementos folclóricos con un toque contemporaneo muy al estilo de otros músicos como Arvo Pärt.ç



“Half Wolf Dances Mad in Moonlight” – La segunda pieza del disco se corresponde con un extracto de una obra comentada en el blog tiempo atrás: “Salome Dances for Peace” de Terry Riley. Se trata de un monumental cuarteto de cuerda de una duración próxima a las dos horas del que aquí escuchamos un fragmento. La relación de Riley con el Kronos quartet ha dado grandes frutos y la grabación de esta obra es uno de los más destacados.

“Fratres” – Si Riley es de sobra conocido por los lectores del blog, ¿qué decir entonces de Arvo Pärt? El compositor estonio aparece representado en el disco por una de sus obras más conocidas: “Fratres”. Como es sabido, no existe una orquestación fija para interpretar esta pieza existiendo versiones para quinteto de cuerda, quinteto de vientos, violín y piano, orquesta y percusión y un sinfín de combinaciones que no restan un ápice de calidad y emotividad a una obra maravillosa. La reescritura de la pieza para cuarteto de cuerda fue la quinta revisión de la misma realizada por el propio Pärt y, probablemente, es en este disco en el que aparece grabada por primera vez (aunque este aspecto no es fácil de confirmar).

“Six Bagatelles, Op.9” – Retrocedemos unos años en el tiempo para encontrarnos con esta obra de juventud del austriaco Anton Webern, uno de los más representativos miembros de la Segunda Escuela de Viena. La elección de la obra tiene algo de sorprendente puesto que estas bagatellas no pasan por ser parte de las creaciones más representativas de su autor e, incluso, para algunos críticos, son un trabajo no del todo depurado.

“Forbidden Fruit” – La paz y tranquilidad que parecían reinar hasta ahora en el disco saltan por los aires en los primeros segundos de la pieza del norteamericano John Zorn que obliga al cuarteto a estirar al máximo las posibilidades expresivas de sus instrumentos. Zorn es una de las voces más arriesgadas de la música contemporanea y abarca un buen número de estilos ademar de haber inventado algunos nuevos. No es casual que, al margen de su aportación al disco como compositor, Zorn sea también uno de los productores. La pieza tiene muchos puntos en común estilísticamente hablando con algunas obras de John Cage con las que comparte el uso del “collage” y la aparición de un DJ (Christian Marclay) manejando los platos. La otra participación ajena al Kronos Quartet de la de Ohta Hiromi en las voces. “Forbidden Fruit” fue incluida anteriormente en el disco de Zorn de 1987 “Spillane” y con su aparición en “Winter Was Hard” el cuarteto reivindica su participación en la pieza.

“Bella by Barlight” – John Lurie tiene una carrera muy extensa tanto en su faceta de actor (ha intervenido en películas como “Paris, Texas”, “La Última Tentación de Cristo” o “Corazón Salvaje”) como de músico, primero con los peculiares Lounge Lizards y más tarde en solitario dedicado a las bandas sonoras. Por si esto fuera poco, también es pintor y su obra se expone en alguno de los museos más renombrados, incluyendo el MOMA. La pieza que el Kronos escoge para el disco es parte de la banda sonora de la película de Jim Jarmusch “Stranger Than Paradise”, protagonizada por el propio Lurie.



“Four, for Tango” – Llegamos a uno de nuestros momentos favoritos del disco que es la excepcional composición del argentino Astor Piazzolla, encargada por el propio Kronos Quartet al músico. La forma en la que el cuarteto se adapta a la sinuosa música del genio marplatense es magistral y demuestra que la versatilidad de la formación no conoce fronteras estilísticas.

“Quartet No.3” – Alfred Schnittke es uno de los más interesantes compositores que surgieron de la antigua Unión Soviética y sólo su pobre salud, que le obligó a pasar largas temporadas postrado en cama (llego a estar un tiempo en coma en 1985 siendo practicamente desahuciado por los médicos pero se recuperó y siguió componiendo), ha evitado que su obra sea aún más extensa. A pesar de todo, dejó un buen número de sinfonías y obras de cámara realmente sobresaliente. El tercer cuarteto de cuerda de Schnittke es una obra apasionada y expresiva que contrasta con el carácter supuestamente frío de la escuela soviética y la interpretación del Kronos es sobresaliente. Años después, el cuarteto se animaría a grabar la integral de la obra de Schnittke para este formato (sus cuatro cuartetos más una serie de canciones y una breve pieza dedicada a Stravinsky) y en ese doble CD se incluiría, una vez más, esta grabación que hoy comentamos.

“Adagio” – El “Adagio” de Samuel Barber forma parte ya de la memoria sonora del siglo XX y pocas personas habrá que no lo reconozcan al sonar sus primeras notas. Quizá no sean tantos los que sepan que la pieza no nació para ser interpretada por una gran orquesta, como suele hacerse, sino como el segundo movimiento del “Cuarteto de Cuerda, Op.11” del compositor americano. Fue Toscanini el responsable de su estreno en 1938 aunque en arreglo orquestal fue realizado por el propio Barber unos meses después de completar el cuarteto, consciente del evidente potencial dramático de la composición. Tratándose de una grabación del formato original de la obra, creemos que el Kronos Quartet podría haber interpretado el cuarteto completo y no sólo el movimiento central pero, en cualquier caso, la obra y la versión siempre merecen la pena.

“A Door is Ajar” – Cerrando el disco tenemos una miniatura de autor desconocido que en los créditos aparece como composición tradicional. En realidad, consta del sonido del viento soplando, un brevísimo tema musical y una voz robótica que dice “a door is ajar” y, tras un portazo, “thank you”.

El título de la última pieza (una puerta entreabierta) nos parece la mejor descripción posible para el disco en su conjunto. El Kronos Quartet nos abre una puerta hacia una serie de músicas de diversas procedencias con una característica en común: un atractivo casi ineludible. Elaborado guardando un delicado equilibrio entre música con un cierto potencial comercial (Pärt, Barber) y otra realmente minoritaria Harrington y compañía consiguen cuadrar un disco que creemos imprescindible para aquellos melómanos con inquietudes por todo tipo de estilos y que, probablemente, funciona mejor en su función de “puerta entreabierta” por la que asomarse al mundo de compositores con los que no nos atrevemos directamente a través de discos monográficos que como obra cerrada de la que disfrutar continuamente con escuchas reiteradas y es que sabemos que cuando uno cae presa de la atracción de músicos como Pärt o Piazzolla no se conforma con escuchar piezas sueltas en recopilatorios. En cualquier caso, os dejamos los habituales enlaces en los que adquirir el disco:



Para despedirnos, os dejamos al Kronos en directo interpretando "Four, for Tango".

domingo, 29 de julio de 2012

Astor Piazzolla y su Quinteto - Adios Nonino (1969)



El motor que genera ese momento de inspiración decisivo en el que un artista crea la gran obra de su vida, aquella que jamás logrará igualar por mucho que lo intente es algo misterioso. En algunos casos este aparece por casualidad. En otros lo hace tras horas de trabajo intenso y consciente (como reza la frase atribuída a Picasso, “que la inspiración te encuentre trabajando”). En el caso de Astor Piazzolla, el destello genial llegó tras conocer la noticia de la muerte de su padre Vicente en plena gira de conciertos. Según cuenta la leyenda, a su regreso a Argentina, cogió su bandoneon, pidió que le dejaran sólo, se encerró en la cocina de su casa y horas después había nacido “Adios Nonino”, obra maestra de su autor y una de las músicas más bellas que ha conocido el pasado siglo XX sin exagerar ni un ápice.

La vida de Astor Piazzolla es una de esas que parecen sacadas de un guión de una película: de ascendencia italiana, aunque nació en Buenos Aires, su infancia trancurrió en Nueva York donde con sólo 6 años empezó a tocar el bandoneón, instrumento de origen aleman y descendiente de la concertina que es, probablemente, el elemento más característico de todo un género musical como es el tango. Su formación musical fue absolutamente ecléctica ya que combinaba la ortodoxia clásica del conservatorio, el jazz que oía a todas horas en las calles de Nueva York y las melodías de su Argentina natal. En sus años neoyorquinos conoció a la gran leyenda del tango, Carlos Gardel, quien le “adoptó” en cierta forma para desenvolverse por la ciudad aprovechando que el jovencito Astor hablaba con total naturalidad francés, inglés e italiano. Pocos músicos podrán decir que debutaron en directo junto a una figura de la talla de Gardel con apenas 13 años. Pero la gran suerte de Piazzolla no fue la de tocar con el mito a esa edad sino, paradójicamente, la de no poder acompañarle en su gira americana como era el deseo del cantante: en una de las etapas de la misma, en Medellín, el avión que ocupaba Gardel se estrellaba con otra aeronave durante la maniobra de despegue falleciendo la práctica totalidad de los ocupantes de ambos vehículos (sobrevivieron sólo tres personas).


Fotograma de la película "El día que me quieras, protagonizada por Gardel.
El niño de la izquierda es Astor Piazzolla.

De regreso a Argentina, Piazzolla estudiaba música, llamemosle clásica, de día (junto a figuras como Alberto Ginastera) y tocaba tango de noche como miembro de la orquesta de Anibal Troilo aunque como compositor empezaba a decantarse por la música culta, siempre inyectándole elementos folclóricos. Su desempeño en esa faceta le hizo acreedor de una beca para estudiar en París bajo la supervisión de Nadia Boulanger, figura de una importancia capital en la música contemporanea como demuestran los nombres de algunos de los alumnos que han pasado por sus clases en uno u otro momento (Daniel Barenboim, Elliott Carter, Aaron Copland, Philip Glass, Quincy Jones, Darius Milhaud…). Boulanger tuvo un papel capital en la carrera del músico y así lo reconocía éste. Quizá el consejo más importante que recibió Astor de su maestra fue el de que siguiera por el camino del tango, que no renunciara a sus raíces aunque continuase evolucionando en otros terrenos. La producción de Piazzolla no puede ser más variada en cuanto a instrumentaciones ya que lo mismo escribía para orquesta que para formaciones más cortas como quintetos, sextetos, octetos, bandas de corte más rockero con bajo y guitarra eléctrica o batería o combos jazzisticos. A partir de los años setenta, tomó contacto con figuras del jazz como Gerry Mulligan y más tarde grabó con Gary Burton convirtiendose en influencia capital para artistas como Pat Metheny, Keith Jarrett o Chic Corea.

Como suele ocurrir en estos casos, los guardianes de las esencias no le perdonaron su transgresión de géneros y en Argentina se le atacó indicando que lo que hacía no era tango en absoluto (curiosamente era más reconocido en Europa en aquel tiempo). En los años 50, su música no sonaba en las radios de su país natal y apenas se tocaba en los cabarets. Los sellos discográficos también eran reacios a grabarla. Su guerra particular tenía varios objetivos pero particularmente quería darle al bandoneón la categoría como instrumento que parecía negarsele y, por otra parte, quería sacar al tango del ghetto de las músicas para baile y darle carta de naturaleza como música para ser escuchara. Afortunadamente, el talento siempre termina por abrirse paso y la categoría de Astor Piazzolla se impuso sobre el inmovilismo de los más puristas siendo hoy su figura un referente universal, no sólo en el tango (que de la mano de Astor alcanza alguna de sus cotas más altas) sino en la música “culta”. Actualmente, las obras de Piazzolla comparten cartel en igualdad de condiciones con las de los más reputados músicos “académicos” y los más importantes sellos de música clásica incluyen al argentino en sus catálogos con la mayor naturalidad.

El disco del que hoy nos ocupamos fue grabado por el Quinteto de Astor Piazzolla en 1969. Durante los años anteriores, el músico había escrito una gran cantidad de piezas para esa formación de quinteto a la que bautizó como el Quinteto Nuevo Tango y es a ésta época a la que pertenecen muchas de sus composiciones más populares como las que podemos escuchar en el disco que hoy comentamos. Los músicos participantes en la grabación no eran ya los integrantes originales del Quinteto Nuevo Tango salvo el contrabajista. Intervienen Dante Amicarelli (piano), Kicho Díaz (contrabajo), Oscar López Ruiz (guitarra eléctrica), Antonio Agri (violín) y el propio compositor, ¿cómo no? al bandoneón. El disco es considerado de forma casi unánime como la mejor grabación que jamás realizó su autor. Sus intépretes, al margen de consideraciones técnicas, demuestran una pasión en cada acorde que hace imposible imaginarse de qué modo podrían estas piezas sonar mejor. Si sólo vais a tener un disco de Astor Piazzolla, no lo dudeis: la elección debería ser esta.



“Adiós Nonino” – Quizá la mejor de todas las versiones que grabó Piazzolla de su obra maestra. Compuesta diez años antes, como dijimos, tras conocer la noticia del fallecimiento de su padre (el Nonino del título, como se le conocía cariñosamente). Astor tomó como base otra composición suya titulada, simplemente “Nonino” para crear esta verdadera maravilla. Comienza la versión con una interpretación al piano sólo en clave de jazz (pero con un profundo sabor a tango) de una melodía muy melancólica que queda sólo apuntada y que será retomada más adelante. Entra a continuación el bandoneón de Piazzolla junto con el contrabajo en la parte más rítimica de la pieza como  preludio de la segunda aparición de la melodía principal, esta vez al violín reforzado por la guitarra eléctrica. Hay algo de esa melancolía centroeuropea en la melodía del violín que, combinado con el intenso dolor y la rabia que hay detrás de cada nota, sitúa a este tango en un lugar intemporal y eterno en el que sobran las categorías y clasificaciones y sólo cabe hablar de obras maestras sin más añadidos.



“Otoño Porteño” – Seguimos con el tango (todo en el disco es tango, por otra parte) en otra composición magnífica en la que se respira Buenos Aires a cada segundo. Cuesta comprender hoy en día que, en su momento, esta música no fuera bien aceptada a la orilla del Río de la Plata cuando para el oído contemporaneo refleja tan bien nuestra idea de aquella ciudad como lo puede hacer Edith Piaf con su París o Jobim con su playa de Ipanema. La composición fue escrita a principio de los sesenta y formaba parte de las “Estaciones” de Piazzolla.

“Michelangelo 70” – Otra de nuestras piezas favoritas de la extensa producción de su autor. Se trata de una composición rítmica y de gran intensidad en la que violín, bandoneón y piano forman una coalición invencible con la particularidad de que el grueso de la música lo forman sólo tres notas combinadas de forma magistral.

“Coral – Tangata (Silfo y Ondina)” – Quizá la pieza más tranquila del disco y la única en la que el jazz se impone al tango en la mayor parte de la misma.

“Fugata” – El carácter experimentador de Piazzolla se pone de manifiesto en el disco en esta pieza en la que el músico toma a Johann Sebastian Bach y se lo lleva de paseo por los boliches y cabarets bonaerenses. Todos los instrumentistas hacen una labor incomparable en esta composición, una más de todas en las que Astor homenajea al viejo Bach.

“Soledad” – Un inicio de piano con forma de habanera abre esta preciosa pieza, de tono triste en el que nuevamente se combinan elementos de tango y jazz formando un estilo único.

“Final” – Para concluir la colección, el músico nos regala un pequeño manual de cómo componer una pieza a base del viejo formato de tema y variaciones. Emoción a flor de piel con la que se cierra uno de los mejores discos que han pasado por el blog sin exagerar ni un ápice.

Piazzolla pertenece ya a esa extraña categoría de artistas que forman parte del repertorio de la música clásica pese a proceder de estilos aparentemente ajenos al mundo académico más ortodoxo (Duke Ellington o George Gershwin podrían ser otros ejemplos a su modo). Por eso nunca está de más acercarse a su música más personal como es la que se recoge en este “Adios Nonino” con el plus de tratarse de una interpretación del propio autor, rodeado por los músicos que él escogió y grabada en un momento de inspiración único. Podeis comprar el disco en los siguientes enlaces:

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Os dejamos con una versión en directo de "Michelangelo 70" a cargo de una de las últimas versiones del Quinteto con Piazzolla al frente: