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miércoles, 2 de marzo de 2016

Steven Wilson - "4 ½" (2016)



No es la primera vez que hablamos aquí de la inteligencia y la visión comercial de Steven Wilson, paralela a su extraordinario nivel como artista completo. Una de las cosas que cuida mucho desde sus comienzos y en todos los proyectos que ha liderado, es el no dejar que su rastro “se enfríe”, el tener siempre activos a sus seguidores mediante la aparición periódica de nuevo material. En unas ocasiones ese hueco se cubre con discos en directo, en otros con recopilaciones de material antiguo difícil de encontrar y alguna vez, con discos como el que hoy nos ocupa en el que se recogen descartes de trabajos anteriores y alguna versión en directo.

Las últimas noticias que nos llegan del músico británico hablan de un importante giro que tiene pensado afrontar en su próximo disco, previsto para finales del año que viene. Según estas informaciones, Wilson querría cerrar una etapa e iniciar la siguiente con un cambio de estilo bastante pronunciado. Como, de hecho, su cerebro estaría ya trabajando con esos nuevos parámetros, no ha querido dejar atrás cabos sueltos en su trabajo de los últimos años. Para ello, publica “4 ½”. Un disco que no tendría la entidad suficiente para ser considerado el quinto de su carrera en solitario pero que, evidentemente, va después del cuarto (sabemos que hay más de cuatro discos anteriores publicados bajo el nombre de Steven Wilson pero por diversas razones, no todos ellos pueden considerarse trabajos con entidad propia y así lo cree el propio músico).

“4 1/2” contiene material nuevo para el oyente pero no de nueva creación. De hecho, la mayor parte de las canciones son descartes de los dos anteriores discos del músico que no encajaron en aquellos por diversos motivos, principalmente temáticos. Esto implica que no estamos necesariamente ante material “de desecho” pero, desde luego, tampoco ante un disco concebido como una serie de canciones escritas en un mismo momento y con la intención de que formen parte de una obra concreta. Un disco, pongamoslo así, que sirva para mantener contento al aficionado mientras llega el plato fuerte.

Imagen que se esconde tras las 4 barras y media que se recortan en la portada del disco.


“My Book of Regrets” - La primera pieza del disco se comenzó a escribir en 2013 aunque fue acabada en 2015. De hecho, parte de lo que aquí suena procede de un concierto de la gira del año pasado con adiciones grabadas posteriormente en el estudio. Intervienen en la pieza Adam Holzman (teclados), Dave Kilminster (guitarras), Nick Beggs (bajo) y Craig Blundell (batería). Wilson canta y toca guitarras, teclados y percusiones. Comienza el tema con un escueto “riff” de guitarra que no ofrece demasiadas novedades. El texto y los arreglos en general recuerdan en un principio a los de “Hand. Cannot. Erase”, lógicamente, y podría perfectamente haber entrado en la lista de temas de ese disco. El desarrollo de la canción, sin embargo, termina por llevarla por otros derroteros, especialmente a partir del minuto dos, en el que, tras una pausa dramática, escuchamos una frenética guitarra muy similar a la del “Time Flies” del último disco de Porcupine Tree que ya tenía bastantes similitudes con algún fragmento del “Animals” de Pink Floyd. A partir de ahí entramos en un tramo de rock progresivo instrumental en el que destaca especialmente el bajo de Nick Beggs, fantástico en todo momento. Algunos ramalazos de “hard rock” van intercalándose de vez en cuando hasta llegar al último tramo, más próximo a los experimentos de los Porcupine Tree más electrónicos en un primer momento hasta llegar al gran sólo de guitarra final, con aires del David Gilmour más épico. Para el cierre, Wilson vuelve al motivo inicial de la pieza que es recreado una última vez.

“Year of the Plague” - Procedente de las sesiones de grabación de “The Raven that Refused to Sing”, fue completada a finales de 2015. Wilson toca todos los instrumentos acompañado de Adam Holzman al piano. Nos recibe con un tono misterioso como correspondía a la temática de aquel disco. Wilson tira de “samples” (especialmente de cuerdas) para crear el ambiente ideal antes de iniciar una serie de melancólicos acordes a la guitarra acústica con el acompañamiento del piano de Holzman. El instrumental no tiene un gran desarrollo pero no deja de ser una pieza emotiva y bien construída.




“Happiness III” - Aunque es un tema escrito en 2003, se grabó en 2014 durante las sesiones de “Hand. Cannot. Erase”. La banda la integran los músicos que firmaron ese disco: Adam Holzman (teclados), Guthrie Govan (guitarras), Nick Beggs (bajo) y Marco Minnemann (batería). Wilson canta y toca guitarras. La canción, que explota recursos de los que Wilson se ha servido reiteradamente en los últimos años, se beneficia de una gran actuación de Minnemann a las baquetas que construye una serie de espacios de gran amplitud a través de los que se filtra un estribillo casi “pop” que nos recuerda más al Wilson de Blackfield que al de sus trabajos en solitario. El armazón, sin embargo, es inconfundiblemente suyo.

“Sunday Rain Sets In” - Pieza instrumental procedente de las mismas sesiones de grabación que el anterior aunque sin Govan y Minnemann, reemplazados aquí por Theo Travis (flauta) y Chad Wackerman (batería). Comienza con unos temblorosos acordes de guitarra a los que la intervención de Travis confiere un aire aún más misterioso. Es una de esas transiciones que tan bien le salen a Wilson, con un toque jazzístico en esta ocasión, que le sienta de maravilla aunque no faltan el súbito cambio de tono en forma de ráfaga de guitarra cercano al final de la pieza.

“Vermillioncore” - El último tema “nuevo” del disco se terminó a mediados de 2015 aunque partía de ideas anteriores (se indica que parte del tema proviene de dos años antes). Repiten Wilson, Holzman y Beggs y se suma a ellos la batería de Craig Blundell. Es, quizá, la pieza que mejor acogida ha tenido por parte de los seguidores del músico y muchos la han comparado con algunas piezas de King Crimson. Sin querer quitarles la razón, encontramos suficientes elementos y giros característicos de Wilson como para adjudicarle otra paternidad. El núcleo de la pieza es una breve frase de “stick” que se repite una y otra vez saltando del mismo a las guitarras y adornado, conforme nos adentramos en la composición, con capas sonoras electrónicas. La batería de Blundell, entusiasta, cumple su labor sin llegar a enamorarnos.




“Don't Hate Me”- Cerrando el disco encontramos una versión de una canción del disco “Stupid Dream” de Porcupine Tree (reeditado muy convenientemente por estas mismas fechas). El tema procede de una interpretación en directo grabada durante la gira de Wilson del año pasado pero ha sufrido importantes retoques en el estudio de cara a su inclusión aquí. Los músicos son los mismos de “My Book of Regrets” con la adición de Theo Travis (flauta) y la cantante Ninet Tayeb que interpreta buena parte del texto de la pieza. Es esta la parte más atractiva de la canción, por otra parte muy conocida por los seguidores de Wilson y Porcupine Tree. La versión es muy interesante por el hecho de estar interpretada por músicos muy diferentes de los que integraban en su momento la banda y sus aportaciones particulares se dejan notar en los fragmentos instrumentales que suenan en la parte central.

Muchas clasificaciones que aparecen en las webs de música incluyen una categoría a la hora de puntuar un disco que viene a llamarse algo así como “sólo para completistas”. Con ella se pretende englobar los trabajos de un grupo o artista cuyo contenido, probablemente, sólo interese a los seguidores más fieles del mismo. “4 1/2” nos parece un disco que debería figurar en esa categoría lo cual no quiere decir que no pueda interesar a un público más amplio ni tampoco pretende etiquetar el trabajo como algo inferior, de calidad discutible. Creemos que está uno o dos escalones por debajo del nivel habitual de la producción de Wilson pero eso es algo lógico, casi esperado, con un lanzamiento de las características de éste.


Nos despedimos con un homenaje reciente de Wilson y su banda a David Bowie en directo. Ninet Tayeb, co-protagonista de "Don't Hate" me, se atreve aquí con "Space Oddity".

 

lunes, 23 de marzo de 2015

Steven Wilson - Hand. Cannot. Erase. (2015)



Hay muchas cosas extraordinarias en la carrera de Steven Wilson y no es la menos sorprendente que cada nuevo proyecto en el que se embarca cree con mayor expectación que el anterior y que casi siempre supere la más optimista de las previsiones de sus seguidores. Lo cierto es que “The Raven that Refused to Sing (and Other Stories)” Alcanzó un nivel que parecía muy difícil de sostener (no digamos ya de superar); nuestra impresión es que Wilson era consciente de ello y por eso se enfrentó al siguiente reto con mucha más calma que en otras ocasiones, reduciendo en la medida de lo posible el resto de proyectos y adelgazando al máximo su agenda. Así, en los últimos dos años, las únicas noticias que hemos tenido de él eran las correspondientes a sus trabajos de remasterización y remezcla de discos clásicos de las últimas décadas. Sabíamos que durante la gira de su anterior disco se estaba trabajando ya en nuevas canciones y que la intención era la de que su banda fuese lo más estable posible para garantizar el mayor nivel de calidad posible pero no muchos más detalles.

A principios de 2014 empezaron a saberse algunas cosas relativas al nuevo disco, especialmente en lo tocante al concepto central del album. Parece ser que Wilson vio un documental titulado “Dreams of a Life” en el que se hacía una investigación sobre la vida de Joyce Carol Vincent. Su historia saltó a las portadas de los periódicos ingleses cuando su cadaver apareció en su apartamento, tumbado en la cama, con la televisión y la calefacción encendidas en enero de 2006. Alrededor de su esqueleto, pues ese era el estado en que se hallaban sus restos, varios regalos recién envueltos y preparados para ser enviados, aparentemente, a sus familiares y conocidos en las navidades de 2003. La cineasta Carol Morley se vio atraída por ese suceso y decidió reconstruir la vida de Joyce buscando a sus posibles familiares y conocidos para lo que llegó, incluso, a poner anuncios en prensa, en marquesinas o en los transportes públicos. Como resultado de sus esfuerzos descubrió que la fallecida era una mujer activa, inquieta, cuya vida estuvo marcada por la escasa relación con sus padres y por un maltrato por parte de una antigua pareja que la hizo cambiar con frecuencia de domicilio y de trabajo (de hecho, el apartamento en que apareció su cadáver era uno de los que el estado británico pone a disposición de las víctimas de la violencia doméstica). A pesar de esa situación, Joyce consiguió salir adelante y tener una vida de cierto éxito y popularidad en sus círculos habituales lo que hacía más inexplicable y desolador el hecho de que absolutamente nadie la echase en falta durante más de dos años. El film mostraba entrevistas con algunos de sus vecinos, con antiguas relaciones de Joyce o con la gente de su barrio y, quizá de una manera algo idealizada, retrataba toda una vida que luego nadie pareció extrañar. A partir de ese concepto, Steven Wilson crea su propio personaje femenino a través de cuyos ojos afronta el que es su cuarto disco de estudio en solitario, según la discografía más o menos aceptada que excluye muchos lanzamientos limitados y rarezas del recuento final. Es curioso que el propio autor cite como principal influencia a la hora de hacer el disco el que también hacía el número cuatro de la carrera de Kate Bush, “The Dreaming”, publicado igualmente tras un periodo de casi dos años de preparación por parte de la cantante.

La historia de Wilson se construye a partir del blog imaginario de una mujer que se inicia el 8 de octubre de 2008 con una entrada en la que la protagonista escribe: “hoy cumplo 30 años. Josef K fue arrestado el día que cumplia 30 años”. Con esa referencia al protagonista de “El Proceso” de Kafka, comienza uno de los discos más ambiciosos que hemos oído en los últimos tiempos. El blog completo puede leerse aquí. Gran parte de los temas habituales en Wilson se van desplegando en el diario, comenzando por los recuerdos de la infancia y la adolescencia de la protagonista (con algunas referencias a la propia trayectoria de Wilson como una entrada encabezada con un “No Man is an Island”, por ejemplo), la llegada de una hermana adoptada 3 años mayor que ella, con la que sólo convive durante 6 meses hasta que sus padres se separaran y con la que experimenta importantes descubrimientos personales. Tiempo después la recordará como la persona con la que más cosas ha compartido a pesar de lo breve de su convivencia. El gran tema del disco, sin embargo, es la soledad. La protagonista se siente sola desde que tiene recuerdos, con una escasa relación con sus padres pero también, más adelante, con sus compañeros de colegio, de instituto, etc. Allí establece relaciones utilitarias pero superficiales “be friendly but don't make friends” dice en la entrada del 14 de septiembre de 2009, aunque llega a tener un breve noviazgo con un fotógrafo. Hay tiempo para hablar de música. Los primeros discos que escuchaba junto con su hermana fueron de Dead Can Dance y This Mortal Coil pero más adelante, su grabación favorita fue un viejo vinilo con el “Cuarteto para el fin de los tiempos” de Olivier Messiaen. Uno de los escasos “hobbies” de que tiene la autora del blog es peculiar: colecciona recortes periodísticos en los que se habla de mujeres desaparecidas. Ese interés se refleja en pensamientos como el que tiene el 10 de marzo de 2011 cuando recuerda a la perra Laika, primer animal en ser enviado al espacio que fue encontrado en la calle por los soviéticos que decidieron escogerla porque nadie la reclamaría. También habla del arrepentimiento, de los fantasmas de las decisiones no tomadas... poco después escribe: “en el último mes habré pronunciado apenas veinte palabras”. Otro tema habitual en Wilson son los fenómenos paranormales o, al menos, las historias inexplicables. En un momento determinado, nos habla del caso de una tal Lena Springer, aparecida de repente en medio de una calle de Viena y atropellada por un autobús. Supuestamente Lena había desaparecido sin dejar rastro en 1876. Falleció, por tanto, a la edad de 28 años, 104 años después de su fecha de nacimiento. La historia no es más que una recreación del controvertido caso de Rudolf Fenz del que hay abundante información en internet, un clásico de la parapsicología. La presencia de “fantasmas” es cada vez más habitual en la narración, incluyendo una visita de la protagonista con 13 años a la protagonista actual. El blog acaba el 2 de marzo de 2015 con una entrada en la que habla del comienzo de una ascensión lo que asociado a los textos anteriores del mismo nos sugiere la idea del suicidio de la protagonista, otro de los temas que aparecen de cuando en cuando en el imaginario de Wilson.

Una de las imágenes del blog de la protagonista.


Participan en la grabación los mismos músicos que lo hicieron en el anterior trabajo del músico con alguna adición: Guthrie Govan (guitarras), Nick Beggs (bajo, Chapman stick), Adam Holzman (piano, teclados), Marco Minnemann (batería), Dave Gregory (guitarras), Chad Wackerman (batería), Ninet Tayeb (voz), Theo Travis (flauta, saxo), Katherine Jenkins (narración), Leo Blair (voz) y el propio Steven Wilson (voz, teclados, guitarras, bajo, banjo, percusiones, etc.)

“First Regret” - El disco comienza con un tema instrumental basado en una preciosa melodía de piano que poco a poco se funde con una serie de efectos electrónicos que desembocan sin solución de continuidad en el siguiente corte.

“3 Years Older” - El sonido de los teclados nos da la bienvenida antes de ser interrumpido por una serie de veloces acordes de guitarra acústicas que desembocan en un poderoso riff tras el que podemos disfrutar de la extraordinaria interpretación del propio Wilson al bajo. Comienza la canción propiamente dicha con una excepcionales harmonías vocales entre nuestro artista y Nick Beggs. Los textos parecen repasar la breve relación de la protagonista de la historia con su efímera hermana adoptiva. En el ecuador de la pieza asistimos a una soberbia explosión de rock progresivo tras la que Adam Holzman ejecuta un magnífico solo de piano de corte jazzístico, uno de los pocos detalles en esa linea del disco que contrasta en ese aspecto con el precedente “The Raven...” El gran momento de Holzman, sin embargo, llega un poco después con un alucinante solo de “Hammond” que rivaliza con muchos otros de los grandes de los teclados dentro del género.

Primero de los tres "aperitivos" del disco que Wilson fue dejando en su web.


“Hand Cannot Erase” - El lado más “pop” de Steven Wilson, aquel que solía encontrar su lugar en los discos de Blackfield, aparece en este momento. La canción, todo un “hit” en potencia, es sencilla y tremendamente directa. Emana energía y optimismo a partes iguales y, además, está producida con un gusto extremo, como todo lo que toca nuestro artista.



“Perfect Life” - La primera gran sorpresa llega con el tema escogido como primer single. Sobre un fondo electrónico y una base rítmica industrial pero próxima a estilos como el “chill out” escuchamos la narración de Katherine Jenkins en primera persona hablando nuevamente de la íntima relación entre las dos jóvenes en su adolescencia. El concepto suena cercano al de discos como el “Tr3s Lunas” de Mike Oldfield hasta que comienza a cantar el propio Wilson repitiendo como un mantra el título de la pieza rodeado de un ambiente excepcional creado por las guitarras, los coros de Nick Beggs y algunos efectos vocales electrónicos cosecha del propio Wilson. Esta segunda mitad podría estar firmada por Brian Eno y no podría sorprender a nadie.



“Routine” - Con unos sencillos acordes de piano comienza otra extraordinaria creación de Wilson en la que describe la mecánica vida de la protagonista que aparece también en la voz de Ninet Tayeb que toma los mandos por un instante. Un delicioso estribillo acompañado por lo que parece un clavicordio y un violín sintético se interrumpen con el canto de Leo Blair, miembro del coro de la Cardinal Vaughan Memorial School. Entramos así en la magistral segunda parte de la pieza con el sonido de la celesta ejecutado por Holzman y el clásico sonido de flauta del “mellotron” en un momento de claro sabor “crimsoniano”. Es entonces cuando Guthrie Govan ejecuta un emocionante solo de guitarra antes de la segunda aparición de Tayeb en la que se intuye el giro hacia la oscuridad que comienza a experimentar el disco. A modo de coda, una guitarra que parece sacada de “The Dark Side of The Moon” acompaña a Wilson en la estrofa final.

“Home Invasion” - Asistimos a un gran giro en este instante marcado por la enérgica guitarra de Govan y una soberbia sección rítmica que no deja de recordarnos a King Crimson en sus improvisaciones alrededor del “Mars” de Gustav Holst. En estos momentos es cuando escuchamos al Wilson más cercano a Porcupine Tree siquiera por unos instantes con un Marco Minnemann imperial. La introducción termina y tras una breve secuencia en plan “Money for Nothing” entramos en una especie de blues metálico en la que se habla de la soledad y el aislamiento al que nos lleva internet que ofrece la posibilidad de tenerlo todo sin moverse de casa.



“Regret #9” - Enlazado con el final del corte anterior llega este instrumental que comienza con un espectacular solo de teclado sobre una base rítmica exquisita. Holzman con un sonido muy cercano al del Rick Wright de “Wish You Were Here” comienza a impartir una auténtica lección que alcanza momentos de auténtico éxtasis musical con la entrada de la guitarra eléctrica. Una barbaridad de tema que acaba, quizá, demasiado pronto.

“Transcience” - Wilson en solitario ejecuta todos los instrumentos de esta transición de influencias “floydianas” en el comienzo que nos muestra de nuevo las excelencias del músico a la hora de elaborar armonías vocales, en este caso, en una sorprendente onda “folk”.

“Ancestral” - Llegamos de este modo al corte más largo del disco, aquel en el que brilla con luz propia Theo Travis a la flauta y el saxo. Con unos magistrales arreglos de cuerda que hacen maravillas en un tema que tiene momentos cercanos al trip-hop (ese ritmo continuo a lo Massive Attack) y que crece a cada minuto mostrando trazas de lo que podría ser hoy Porcupine Tree de seguir activos. Otro solo de Govan nos deja sin aliento antes de atravesar el ecuador de la pieza marcado por la nueva aparición de Ninet Tayeb. A partir de ahí, comienza la fase final del descenso a los infiernos de la protagonista, excelentemente dibujado en una suite de jazz-rock oscuro que recupera las mejores atmósferas de “The Raven...”, con grandes dosis de “mellotron” y una guitarra omnipresente, siempre inquietante con un claro “toque Fripp”. El tramo final es una orgía de metal progresivo con un “riff” que martillea sin parar nuestros oídos que desemboca en el jazz onírico encarnado en los teclados de Holzman y la flauta de Travis para terminar ambos mezclados en un cierre absolutamente estremecedor.

“Happy Returns” - Volvemos casi por sorpresa al comienzo del disco, con el piano que servía de introducción como prólogo de una canción, de nuevo, en la onda de Blackfield, con la guitarra acústica y unos teclados sencillos como principal acompañamiento de la voz de Wilson que tararea un agradable estribillo. Es la despedida de la protagonista en un texto en el que parece dirigirse a su hermano y sus sobrinos en un párrafo final que enlaza con el trágico desenlace de la verdadera Joyce: “Do the kids remember me? / Well I got gifts for them / and for you and sorrow / but i'm feeling kind of drowsy now / so I'll finish this tomorrow”. Una letra sencilla pero conmovedora cuando concemos la historia real en la que se basa. La canción formó parte del repertorio de la gira del anterior disco del músico.

“Ascendant Here On...” - La pieza que cierra el disco es una pequeña joya en la que el coro infantil citado anteriormente canta una sencilla melodía sobre unos melancólicos acordes de piano. Emotivo sin caer en el sentimentalismo.

La historia del rock progresivo corre paralela a la de los llamados “discos conceptuales”, trabajos con un hilo conductor en el que todas las piezas se relacionan entre sí para contar una historia aunque puedan subsistir en muchos casos de forma individual. Dentro de esa categoría, esta última entrega de Wilson es una de las más elaboradas y complejas, algo que no debería sorprendernos tratándose de un maestro de la simulación desde que inventó Porcupine Tree muchos años atrás como una extraña banda de culto de los años setenta rescatada del olvido gracias a unas viejas cintas.


Tras varias escuchas del trabajo, nuestra conclusión es muy similar a la que sacamos cuando lo oímos la primera vez: por increíble que parezca, Steven Wilson ha vuelto a superarse mejorando en muchos aspectos su trabajo anterior, el brillantísimo “The Raven that Refused to Sing (and Other Stories)”. “Hand. Cannot. Erase.” es un disco mucho más versátil que aquel y, en cierto modo, retrata más fielmente lo que es Steven Wilson abarcando todas sus influencias junto con su estilo propio, el de Porcupine Tree en diferentes etapas o el de Blackfield. A pesar de lo desconcertante de algún tramo del disco (ese “Perfect Life” que, además, era el adelanto), su integración perfecta en la historia que en él se narra justifica su estilo, lejano a lo esperado en el artista. Si después de publicar “Grace for Drowning” alguien nos hubiera dicho que los dos siguientes trabajos de Wilson iban a ser aún mejores, le habríamos mirado con la condescendencia con que se mira a los “fans” en el peor sentido del término. Hoy nos encontramos con que esa descabellada afirmación hipotética es una realidad, al menos en nuestra opinión, lo que nos obliga a plantearnos ¿cuál es el techo creativo de Steven Wilson? Quizá su próximo trabajo nos ofrezca una aproximación de dónde se encuentra pero, mientras tanto, disfrutemos de un trabajo como este que tiene todos los visos de convertirse en un clásico instantáneo.


Os dejamos con el "teaser" del disco aunque lo que deberíais hacer es salir corriendo a comprarlo YA.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Steven Wilson en Madrid - Hotel Auditorium, 8 de noviembre



El que prometía ser el concierto del año tuvo lugar por fin ayer en Madrid en la fantástica sala de conciertos del Hotel Auditorium, un recinto en las cercanías del Aeropuerto de Barajas en el que, curiosamente, se celebran este tipo de espectáculos con grandes estrellas internacionales con cierta frecuencia (Steve Vai fue el anterior en el mes de junio) aunque no parezca, a priori, el lugar más adecuado.

Los seguidores habituales del blog conocen sobradamente la admiración que aquí sentimos por Steven Wilson y su único concierto en nuestro país de su gira actual era una cita a la que no podíamos faltar. Las críticas de su reciente concierto en el Royal Albert Hall londinense fueron magníficas y eso animaba a cualquiera, especialmente sabiendo cómo se las gastan los medios británicos. Nos sorprendió leer un tweet de Burning Shed (discográfica del músico) el día antes del concierto en el que anunciaban que había entradas disponibles para el mismo que se podían obtener gratuitamente respondiendo al mensaje y, sinceramente, no nos gustó leerlo porque nos temíamos un auditorio desangelado con más butacas vacías que ocupadas. Nada más lejos de la realidad: la asistencia fue masiva y, si algún cliente del hotel despistado no supiera el nombre del artista que iba a actuar, lo habría tenido aún más difícil si hubiese tratado de adivinarlo por las camisetas del público asistente: logotipos e imágenes de grupos y artistas como Peter Gabriel, Opeth, Pink Floyd, King Crimson, U2, Syd Barrett, Roger Waters, The Beatles, Genesis, Porcupine Tree e incluso Jean Michel Jarre estaban presentes por cualquier lugar en el que quisiéramos posar la vista.



La banda que acompaña a Wilson en la gira es difícilmente mejorable: Chad Wackerman (batería), Nick Beggs (bajo, stick), Adam Holzman (teclados), Guthrie Govan (guitarra) y Theo Travis (saxo, clarinete y flauta). Junto a ellos, un expresivo Steven Wilson (guitarras, bajo, teclados y voz) mucho más expresivo y cordial de lo que nos imaginábamos completaba el plantel. La aparición de Wackerman en lugar de Marco Minnemann (batería en el disco y en los primeros conciertos de la gira) se debía a que, al no estar cerradas las fechas para el tour de Wilson, Marco decidió aceptar otra oferta de Joe Satriani para girar en estos meses.

Habíamos decidido no indagar nada acerca de los conciertos anteriores de la gira por lo que, tanto el tipo de espectáculo como la selección de canciones, etc. nos eran desconocidos y lo cierto es que, tanto la concepción visual del show como la puesta en escena fueron sobresalientes. Comenzaba el concierto con la proyección de un cortometraje de unos 20 minutos de duración sobre un músico callejero que acude día tras día a la misma esquina. Alguien ha apuntado que el film narra la historia de la canción “Luminol” y podría estar en lo cierto. Era opinión general entre los asistentes que el video se hace excesivamente largo como comienzo pero no tardaríamos en olvidar esa espera. En los últimos momentos de la película, el músico coge su guitarra y comienza a interpretar unos acordes conocidos cuando caemos en la cuenta de que no es ya el sonido de la filmación lo que escuchamos sino al propio Wilson apareciendo desde el fondo del escenario e interpretando la primera canción propiamente dicha del concierto: “Trains”, procedente del disco “In Absentia” de Porcupine Tree. Tras la misma, entramos en el torbellino de sensaciones y buena música que es la monumental “Luminol”, larga suite de jazz-rock progresivo que fue estrenada en la gira del anterior disco del músico y que luego formó parte de “The Raven That Refused to Sign”. No importa las veces que hayamos escuchado la pieza: cada vez suena mejor que la anterior, incluyendo esta versión en vivo. A continuación se interpretó la excelente “Postcard”, una emocionante canción que se cuenta entre nuestras favoritas del disco “Grace for Drowning” y que aquí fue interpretada magistralmente junto con proyecciones relacionadas con el texto de la misma. Prosiguió el concierto con dos canciones seguidas del último disco, una espectacular “The Holy Drinker” con un fantástico Nick Beggs al stick que, no conforme con eso, se luce también en los coros finales. Tras esto, Wilson hizo una pequeña pausa para contarnos cómo se entiende con sus músicos ya que ni sabe leer ni escribir música. Así, con Guthrie Govan como aliado, el músico nos hablaba del tipo de descripciones que le hace a la hora de indicarle el tono que tiene que tener cada interpretación, descripciones del tipo de: “imagina que eres un chico perdido en el bosque, al que acaba de abandonar su esposa quien, además, se ha llevado a los niños con ella”. Pasado el momento de humos, llegaba otro de los puntos fuertes con el nuevo single del disco, “Drive Home”. Justo a continuación, el artista presentaría una de las dos nuevas canciones del show que formarán parte de un próximo trabajo. Como él mismo dijo, aún no hay título decidido y en cada concierto de la gira le ponen uno nuevo. Tras pruebas anteriores como “Mother’s Call” o “Wreckage”, fue Adam Holzman el encargado de titularla en esta ocasión aunque el propio Wilson se encargó de asegurar tras leerlo que, en ningún caso, el elegido por el teclista sería el título final de la pieza. Según nos pareció entender, éste era algo así como “The Rabbit Incidental Helmet” o algo por el estilo. La pieza sonó muy electrónica para lo que podríamos esperar de un nuevo trabajo de Wilson pero no deja de ser prometedora. En este momento llegó una pequeña pausa en el espectáculo.



Éste se iba a reanudar con la proyección de un video sobre un fondo sonoro que algunas crónicas identifican con un tema de Bass Communion que no conseguimos reconocer en el concierto. Sí que nos recordó algo más a los efectos sonoros del tema “Clock Song”, descarte del último disco que aparecía sólo en la edición “deluxe”. La proyección se realizaba sobre un telón semitransparente que apareció frente al escenario y que conigue un efecto realmente curioso al ver a los músicos a través de él mientras se proyectan las imágenes. La pantalla permanecería ahí durante algún tema más. A continuación, y como prolongación lógica del video, comenzaba “The Watchmaker”, esa fantástica combinación de rock progresivo y jazz (sensacionales el teclado de Holzman y la flauta de Theo Travis). Tras la historia del viejo relojero llega la de otro tipo aún más “jodido” como pudimos oír en la propia presentación de la canción. Evidentemente, hablamos del coleccionista obsesivo de “Index” en una interpretación impecable, una vez más, por parte de toda la banda. Prosiguiendo con los temas de “Grace for Drowning” llegaba “Sectarian”, un impresionante instrumental antes del cual, Wilson hizo una pequeña semblanza de un instrumento como el mellotron de cuya invención se cumplen ahora 50 años. Holzman ilustró la explicación con un par de ejemplos clásicos como las flautas del comienzo de “Strawberry Fields Forever” o las cuerdas de “The Court of the Crimson King” de King Crimson aprovechando para comentar jocosamente que posiblemente sea el único músico en el mundo con tantos seguidores fans de los Beatles como de King Crimson. Faltaba un sonido clásico del mellotrón por ser mostrado: el de los coros, pero ese iba a aparecer “intensivamente” en palabras de Wilson en la propia “Sectarian”. Al concluir ésta, el telón en el que se proyectaban los videos cayó derribando la separación imaginaria entre artista y público. Como queriendo reforzar esa idea, Wilson invita en ese momento al público a levantarse de sus asientos y a seguir de pie junto al escenario la parte final del concierto.

El último tramo del concierto comenzaba con el único tema procedente del disco “Insurgentes”, esa soberbia canción titulada “Harmony Korine” para continuar con una versión algo reducida de la monumental “Raider II” de “Grace for Drowning” y cerrar el concierto con “The Raven that Refused to Sign” con las proyecciones del emocionante videoclip animado de la pieza. Sólo quedaban los bises y estos no decepcionaron: una canción nueva titulada “Happy Returns” que según el músico formará parte de un próximo trabajo y el sensacional final que puso “Radioactive Toy”, tema insignia de la primera etapa del músico cuando Porcupine Tree era sólo un pseudónimo. En algún otro concierto de la gira hemos leído que se interpretó un tercer “bis” como “Ljudet Innan” del dúo de Wilson con Mikael Akerfeld llamado Storm Corrossion pero no tuvimos tanta suerte en Madrid.



Ya con las luces encendidas se proyectó otro corto con música de Bass Communion mientras el público abandonaba la sala. Como si de una película se tratase, en la pantalla se proyectaban los nombres de los músicos y una despedida. Cuando miramos el reloj y vimos que habían pasado más de dos horas y media desde que empezó el concierto, no nos lo podíamos creer ya que todo había pasado volando, lo que no deja de ser una magnífica señal.

Es una pena que en esta ocasión sólo haya habido una fecha de Wilson en España y él mismo se mostraba sorprendido cuando comentaba en un momento del concierto que creía que nadie en nuestro país escuchaba su música, opinión que cambió cuando pudo contemplar el estado del teatro en los momentos previos a la actuación. Esperamos que en próximas giras mucha más gente pueda asistir a los conciertos porque, realmente, merecen mucho la pena.

Os dejamos con un video en el que Jess Cope explica cómo hizo los videos que acompañan a las canciones del último disco de Wilson y, claro está, que son proyectados en los conciertos.

 

miércoles, 19 de junio de 2013

Steven Wilson - The Raven That Refused to Sing (and Other Stories) (2013)



Un nuevo disco de Steven Wilson es un acontecimiento que hay que dejar reposar un tiempo, saborearlo poco a poco antes de emitir un juicio sobre él ya que es tal la cantidad de matices y sensaciones nuevas que nos descubre cada escucha que una crítica precipitada estaría condenada a quedar incompleta. Por ello, hemos esperado casi cuatro meses desde su publicación para dedicarle una entrada que no podía faltar por aquí.

Según él mismo confiesa, su intención tras publicar “Grace for Drowning” en solitario y “Welcome to My DNA” con Blackfield en 2011 era dedicar parte de 2012 (el tiempo que le dejaban todos sus proyectos) a preparar un nuevo disco de Porcupine Tree pero como tantas veces sucede, los planes que tenemos no tienen nada que ver con lo que más tarde hacemos en realidad. No sabemos cuál fue el detonante de su decisión pero lo cierto es que lo que hizo el músico británico fue preparar un nuevo trabajo en solitario en lo que parece que va a ser la orientación de su carrera en los próximos años, rompiendo poco a poco los lazos con sus otros proyectos.

Para la grabación de “Grace for Drowning”, Wilson se rodeo de un grupo de músicos de excepción, cada uno con sus bandas y proyectos personales por lo que, a la hora de organizar una gira de conciertos, se vio obligado a formar una banda completamente nueva para acompañarle. Fue esa interacción con sus nuevos compañeros la que inspiró el nuevo trabajo en el que nuestro protagonista iba a dar un paso más allá en su estilo, por difícil que parezca en un artista que ha tocado todos los palos posibles en los últimos años. Una de las grandes ventajas de ser Steven Wilson es que puedes llamar a cualquier puerta hoy en día y ésta se te abre inmediatamente. Así, pudo conformar un grupo de músicos de un nivel excepcional para acompañarle en sus conciertos y convencer a la mayoría de ellos para que participasen en la grabación y posterior gira del que sería su nuevo disco. Para la primera parte del tour de “Grace for Drowning”, Wilson reunió al teclista Adam Holzman, el guitarrista Aziz Ibrahim, el batería Marco Minnemann, el bajista Nick Beggs y el flautista Theo Travis siendo reemplazado Ibrahim por Niko Tsonev en la segunda mitad de la gira. Parece que el puesto de guitarra era el que más dudas suscitaba a Wilson puesto que para la grabación del siguiente disco de estudio, que llevaría el título de “The Raven that Refused to Sing (and other stories)” se incorporó Guthrie Govan repitiendo el resto de la banda de la gira. Repasar la trayectoria de los músicos participantes en el disco, nos da una idea de los derroteros por los que va a discurrir el disco. Comenzamos por Holzman, de quien se podría afirmar que dio sus primeros pasos profesionales de la mano de un tal Miles Davis en su controvertido disco “Tutu” (1986). Tras ello, perteneció durante un tiempo a la banda del trompetista. Casi todo su desempeño posterior se ha desarrollado en estilos cercanos al jazz-fusión y al funk. Marco Minnemann es uno de los baterías más interesantes del momento y su producción discografica, así como la cantidad de proyectos en los que está implicado son comparables a los del propio Wilson. Siempre se ha movido por caminos cercanos al rock progresivo pero no ha hecho ascos a otros estilos como el trash metal o el death metal. Nick Beggs procede de un campo absolutamente diferente al de los dos anteriores músicos como es el del tecno-pop y la new wave (fue miembro de los Kajagoogoo de Limahl) y casi todas sus colaboraciones con otros músicos se movían en esos estilos aunque en los últimos años se acercó al rock progresivo colaborando con Steve Howe o Steve Hackett antes de incorporarse a la banda de Wilson para la grabación de “Grace for Drowning”. Recientemente se ha anunciado su incorporación a The Pineapple Thief. Theo Travis es quien requiere de menor presentación para los seguidores de Wilson ya que ha colaborado en buena parte de los proyectos de éste, desde Porcupine Tree hasta No-Man, pasando por Bass Communion. No podía faltar en el disco y su presencia es notable. Por último, aunque no menos importante por ello, tenemos a la más reciente incorporación de la banda en la figura del superdotado Guthrie Govan, virtuoso de la guitarra, que ya hacía sus pinitos con sólo tres años a partir de las enseñanzas básicas de su padre. Con el tiempo se ha convertido en una referencia en su instrumento a pesar de que se dedica más a la vertiente didáctica del mismo que a la profesional.

La temática del disco es oscura y cada canción es un relato de terror con tintes sobrenaturales que van desde historias de fantasmas en la carretera, mendigos que vuelven de la muerte (o que se niegan a morir), un anciano relojero que mata a su esposa y la entierra en su taller o un personaje que espera a que llegue la muerte precedida del canto de un cuervo que se niega, precisamente, a cantar y a liberarle de la pesada carga de la existencia. Todo con un ambiente que recuerda por fuerza a los relatos de Edgar Alan Poe (el cuervo del título es un referente innegable).



“Luminol” – El primer corte del disco fue presentado ya durante la gira de “Grace for Drowning” y era uno de los grandes momentos de aquellos conciertos. Una poderosa línea de bajo es la que marca el comienzo de la pieza que es un largo desarrollo instrumental con la batería dando una réplica perfecta a Beggs y la flauta dibujando arabescos por doquier. Una súbita intervención vocal en un estilo que recuerda mucho a  Yes marca un primer cambio antes de que aparezcan los teclados y nos sumerjan en un auténtico estallido de jazz-rock con elementos progresivos de tintes épicos. Tras la extensa introducción llega la calma y entramos en un pasaje de tintes “floydianos” con la voz de Wilson respaldada por los coros y la flauta de Travis combinada con sonidos de mellotron. El piano de Holzmann pone la nota jazzistica en este segmento con una clase indiscutible. La tercera parte de la pieza llega tras una intensa transición de mellotron en la que reconocemos al Wilson al que estábamos más acostumbrados antes de cerrar con un impresionante sólo de guitarra y un regreso a los sonidos y ritmos del comienzo.

“Drive Home” – Con el segundo corte del disco se produce el primer cambio radical en el mismo. Pasamos de una música desatada e incontenible a una balada mucho más calmada y con un estribillo típicamente “wilsoniano”. Estamos ante una canción que podría haber pertenecido a cualquier trabajo de Porcupine Tree. Los arreglos de cuerda presentes en toda la pieza son realmente magistrales y la guitarra de Govan suena maravillosamente bien en todo el tema, especialmente en los minutos finales en los que tiene libertad para explayarse a sus anchas. Una delicia.

“The Holy Drinker” – Nuevo giro de tuerca en el disco con un corte misterioso, introducido por teclados llenos de reverberación que casi nos predisponen para vivir una pesadilla. Aparecen entonces bajo y batería acompañando a una guitarra que va por libre hasta la aparición del inquietante saxo de Travis. Con la llegada del mellotron ya tenemos a todos los invitados a la fiesta. Cambio de ritmo, sonido de órgano marcando la pauta y primera intervención de Wilson como vocalista en el tema. A partir de ahí, entramos nuevamente en un desarrollo clásico en su autor con cantidad de nuevos motivos apareciendo y desapareciendo a cargo de todos los instrumentistas, influencias de todo tipo se mezclan en una amalgama brillante que no deja ningún respiro al oyente hasta el final cuando nos sorprenden de nuevo con un estallido de ritmo y energía justo tras un tramo relajado que hacía presagiar que todo iba a terminar ahí.

“The Pin Drop” – El corte más breve del disco es también el más flojo en nuestra opinión, lo que no significa en modo alguno que sea malo. Afortunadamente, cuando hablamos de músicos como Wilson, hasta sus temas más anodinos rozan el notable y en esta ocasión nos quedamos con sus coros (excelentes como de costumbre) y las impresionantes intervenciones de Govan, soberbio en todo el disco.

“The Watchmaker” – Contrastando con el resto de canciones, el penúltimo corte del disco tiene una largísima introducción a base de guitarras acústicas y flauta principalmente que ocupa un tercio de la pieza. A partir de ahí entramos en una sección que se nos antoja muy crimsoniana con el precioso sonido del mellotron llenando todos los huecos del tema y un magnífico desempeño rítmico. Volvemos a los sonidos acústicos (guitarra y piano) mediada la pieza para arropar la voz de Wilson antes de llegar al cierre con ese mellotron que no nos cansamos de escuchar.

“The Raven that Refused to Sing” – La última canción del disco tiene un tono de réquiem desde los primeros instantes, con Wilson declamando con un hilo de voz y el único acompañamiento de un piano. Más tarde aparecen sonidos electrónicos en segundo plano. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, la canción va evolucionando, ganando en intensidad, añadiendo nuevos elementos en un crescendo continuo. Tenemos un pequeño descanso en la parte central con un aire ligeramente ambiental en el que creemos notar la presencia de Eno y Fripp antes de la aparición de la batería y el bajo culminando una pieza excelente que termina en lo más alto. Cerca de las estrellas, como rezaba el título del clásico programa deportivo.




“Grace for Drowning” y “The Incident”, los últimos trabajos de Steven Wilson y Porcupine Tree respectivamente fueron discos dobles. “The Raven...” sin embargo, no llega a la hora de duración. Creemos encontrar en este dato una búsqueda de una mayor concreción por parte de Wilson, un uso más intensivo que extensivo de las ideas que redunda en una mayor elaboración si cabe, en un músico que ya es epítome de la meticulosidad y el detallismo en el trabajo. Creemos que, sin ser superior por ello a sus discos anteriores, el último disco de Wilson es más maduro y nos hace esperar grandes cosas del músico, especialmente ahora que parece haber recortado drásticamente el número de proyectos simultáneos a los que dedicar su tiempo.

Hemos dejado para el final la mención del que quizá sea el participante más ilustre en el disco: nada menos que Alan Parsons quien vuelve a ocupar el puesto de ingeniero de sonido de un disco ajeno por primera vez desde “The Year of the Cat” de Al Stewart en 1976. Parsons es uno de esos nombres que figuran con letras de oro en la historia de la música popular por su participación en varios discos fundamentales como “The Dark Side of the Moon” o “Abbey Road”, al margen de sus trabajos en solitario o con el Alan Parsons Project. Es revelador que Wilson recurra a él cuando él mismo es uno de los más destacados en ese mismo terreno como demuestran sus constantes remasterizaciones de clásicos del progresivo de King Crimson, Jethro Tull o ELP. Tanto Wilson como Parsons se han deshecho en elogios mutuos durante la grabación del disco y eso dice bastante del mismo.

Sabida es nuestra admiración por Wilson por lo que no podemos dejar de recomendar la adquisición del disco:


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Nos despedimos con "Luminol" en directo: