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martes, 18 de mayo de 2021

Confinados

 


Cuando se escriba la historia de esta pandemia que sufre la humanidad, tendrá un espacio muy amplio el arte que ha producido y la forma novedosa de compartirlo. Siempre ha sucedido que un trastorno de la normalidad de este tipo ha dejado su huella en la literatura, en la pintura, en las tradiciones populares y en las costumbres, pero es la primera vez que los seres humanos tenemos una tecnología colectiva como internet y sus herramientas, que permiten la comunicación fácil e inmediata de noticias y emociones y propician también la creatividad individual y de grupo. Yo no soy de los que asistieron horrorizados a esta explosión de creatividad que antes parecía privilegio de unos pocos, sino todo lo contrario. No todo ha sido banal y despreciable ni interesado y siempre es mejor una sociedad creativa que otra en la que la creatividad se restringe.

A José Luis Rúa (Alcoy, 1950), el confinamiento de la población de marzo de 2020 le sorprendió en Ayamonte (Huelva), en donde reside, lo que ya de por sí es una circunstancia afortunada dentro del sufrimiento que produjo la extensión de la enfermedad. Desde su casa tiene vistas al Guadiana, que ya va a rendirse al mar. Profesor de Educación Física jubilado, poeta con un puñado de libros editados, editor a su vez preocupado de dar impulso a voces colectivas, generosísimo activista cultural del Bajo Guadiana empeñado en que el río no sea frontera sino puente entre Portugal y España, José Luis es, además, un enamorado de su gente y de su paisaje. Para un hombre tan activo, el encierro en casa no debió resultar fácil y aprovechó el tiempo para cerrar publicaciones y abrir otras.

Una de ellas, Confinados (Sevilla, Ediciones Moreno Mejías/Wanceulen, 2020), fue gestándose casi sin querer. Cinta, su mujer, a la que va dedicado el libro, le pidió compartir el recitado de un poema en su perfil de Instagram y eso fue lo que hizo desde el 16 de marzo y hasta el 3 de mayo, día de la primera salida autorizada, en la que el poema se grabó a las orillas del río. Cuarenta poemas que procedían de sus anteriores poemarios con algunos inéditos y uno de Antonio Machado (la Saeta, motivada por las celebraciones de Semana Santa).

Los poemas venían condicionados por el tiempo que permite la red social en su formato de vídeo y no debían superar el minuto de duración en su recitado. Esos poemas dichos, grabados y emitidos configuran este volumen, que es mucho más que una antología personal, sin dejar de tener esta importancia. Al recorrido por su obra (hay versos de libros en solitario o colectivos como Cuaderno de poemas 2000, Se ha vuelto loco 2003, Mar cien veces mar 2006, Los versos que te gustan 2011, Poemas en el lienzo 2012, Versos de color 2015, La noche en blanco 2015, Estación Término 2017, Centro comercial 2018, La noche de San Luis 2018, En el punto final 2018, Noche de Alcaraván 2020), se le suma esa nueva realidad que es exponer los poemas en circunstancias muy diferentes a las que los motivaron y difundirlos a través de una red social en la que se reciben comentarios y opiniones que amplían su significado. La temática, como corresponde a una antología de este tipo, es variada y recoge las preocupaciones habituales de Rúa como poeta: el paisaje, la gente, el dolor de las pérdidas y, sobre todo, su amor por Cinta (de hecho, se abre con un poema de agradecimiento por la vida juntos y se cierra con otro en el que celebra los cuarenta años compartidos). Entre los inéditos, el irremediable optimismo del autor, que siempre ve motivos para celebrar la mañana:

para luego poder sembrarla,
una vez más, 
de flores amarillas

Al inicio del poemario figura un Relato breve de un largo confinamiento. Diario de un aprendiz, en el que el autor da cuenta de las circunstancias en las que nació el libro, así como su manera de vivir el confinamiento, desde la perspectiva crítica (Nos olvidamos de los mensajes y abrimos las ventanas de la imaginación), hasta la cuenta de carencias, como la ausencia de los abrazos a los seres queridos, y las rutinas, que compartieron con muchos otros (los paseos por la casa, la desatada afición a la cocina). Termina con un canto de esperanza al mejoramiento del mundo que pone de relieve su personalidad: debe ser mejor: más solidario, más respetuoso con la naturaleza y más sensible con el propio hombre.

Ilustran el libro, excelentemente maquetado por Antonio Garrido, fotografías del propio autor, mucho más que un aficionado -como quiere aparentar en su afirmación de constante aprendiz-, puesto que se ha convertido en uno de los reporteros de deportes y de las actividades culturales más importantes de la zona. Alguien que da cuenta a diario de las puestas de sol, del vuelo de las aves o de cómo sus jóvenes vecinas aprovechaban las tardes del confinamiento para realizar sus acrobacias gimnastas a la puesta del sol, danzantes cuyo ágil vuelo expresa que el ser humano aún tiene salvación.

Todo este conjunto de cosas explican la importancia de personas como José Luis Rúa, que saben que el mundo se hace haciéndolo cada mañana, sin detenerse nunca, compartiendo ese impulso siempre con los demás con una generosa sonrisa.




domingo, 9 de mayo de 2021

Se hará junio pronto

 


Esta pasada noche terminó el último estado de alarma decretado en España a causa de la pandemia por la COVID-19 y cientos de personas se han echado a las calles a celebrarlo como si su no extensión en el tiempo significara también el final de la enfermedad. En las plazas de algunas ciudades se ha bebido, gritado y bailado dejando a un lado las medidas sanitarias. Son pocos, pero los suficientes para que el virus siga propagándose sin barreras. En toda sociedad hay un grupo de personas así, cuya actitud se debe a un conjunto de causas: insolidaridad, inconsciencia, ignorancia, falsas ideas, venganza. Los he oído en los informativos de radio y televisión. Ante la prensa, se crecían, algunos bajo los efectos euforizantes del alcohol. Siempre me ha llamado la atención cómo este tipo de personas está dispuesto a declarar ante un micrófono o una cámara de televisión con la mayor inconsciencia. Buscan su cuarto de hora de fama y los reporteros cubren con ellos minutos de los informativos. Muchos de ellos son muy jóvenes y sus imágenes quedarán asociadas para siempre a estas actitudes y reutilizadas en las redes sociales. Alguno repetía la derivada última de las consignas sobre la libertad de algunos políticos en la última campaña electoral madrileña, fabricadas por expertos que comprenderán la razón última de su éxito, que seguirán aplicando con la misma eficacia en futuras ocasiones poniendo en boca de los políticos ocurrencias de fácil consumo. Afirmaban que se sentían protegidos y amparados porque actuaban a la madrileña. ¿Saben que el principal argumento de la libertad es la aceptación de las responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos? No hay verdadera libertad sin esa responsabilidad y a estas alturas del juego no sirve alegar ignorancia. Me temo que en breve viviremos el olvido rápido del sufrimiento.

Mientras tanto, las acacias han florecido. He comido un puñado de sus flores para recordar el sabor de aquellas que de niño tomaba camino del colegio, sabiendo ya que el curso caminaba veloz hacia su desenlace. Avanza mayo estirando abril. Se hará junio pronto.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Las artes escénicas durante la pandemia

 


Esta tarde hemos celebrado una sesión en el programa Valladolid Letraherido sobre el estado de las artes escénicas durante la pandemia. En la mesa me acompañaba Margarita del Hoyo, Coordinadora del Máster de Estudios Avanzados de Teatro de la UNIR, que se doctoró con una excelente Tesis sobre el análisis del espectáculo escénico, actriz, docente y autora de estudios imprescindibles sobre el mundo teatral contemporáneo. A su lado, uno siente la importancia de una preparación de gran profundidad en estos aspectos, aparte del poder de la creatividad y la constancia en el trabajo que siempre han caracterizado su biografía.

La pandemia causada por la COVID-19 ha provocado mucho sufrimiento y muertes en el mundo. En la economía, ha desatado una gran crisis y provocado paro, cierre de empresas, la ruina de empresarios y sectores económicos enteros en una situación de agonía y todas las consecuencias que son fácilmente imaginables. Las medidas tomadas por los gobiernos del mundo para detener el avance de la pandemia y evitar el colapso de los hospitales, han sido muy cuestionadas por razones ideológicas, sociológicas y económicas, incluso por quienes comprenden que puedan llegar a ser necesarias, pero en los lugares en los que no se han tomado medidas estrictas estos mismos sectores también se han visto afectados. La retracción de la sociedad por precaución o temor ha incidido también en la situación actual de los sectores relacionados con la vida en sociedad tal y como la concebíamos antes de la pandemia.

El mundo de las artes escénicas ha sufrido las consecuencias, como casi todos los sectores relacionados con la cultura. Los confinamientos, toques de queda, cierre de actividad, limitación de aforos, retracción de la población a las reuniones, etc., han afectado a este mundo hasta llevarlo a una situación límite. Hay que recordar que cuando hablamos de artes escénicas, lo hacemos también de toda una industria y un sector económico en el que están implicados profesionales cuyos ingresos económicos se han limitado o desaparecido. En este sector hay actores, bailarines, directores de escena, pero también técnicos de iluminación y sonido, sastres, escenógrafos, agentes y personal en los locales. Su actividad económica también incide en imprentas, diseñadores y en otros comercios locales...

En todos los casos de confinamiento estricto de la población que se han dado en el mundo, el sector de las artes escénicas ha mostrado su generosidad poniendo a disposición libre de la sociedad grabaciones de obras de teatro, recitando textos, programando actividades que se han emitido en directo, participando en todo tipo de programas, rebajando sus cachés incluso por debajo del coste de producción, etc. La mayor parte de los que participan en el mundo de las artes escénicas lo considera como algo más allá que una profesión y comprenden la función social que tiene, pero esto no impide su reivindicación necesaria y comprensible ante la situación que se ha generado.

A las pocas semanas de desencadenarse la pandemia y decretarse los primeros confinamientos en España, el sector se posicionó lanzando un documento con 52 medidas extraordinarias para afrontar las consecuencias de la crisis sanitaria provocada por el COVID-19 en el sector de las artes escénicas y la música (pinchar sobre el enlace para descargar), cuyas razones deberían estar continuamente en la mesa de las administraciones competentes, más todo el debate generado posteriormente.

Una de las circunstancias que se han constatado en este primer debate es que la pandemia ha causado problemas, pero que estos inciden en los que ya estaban antes del mes de marzo de 2020. Las soluciones concretas a lo que ahora ocurre deberían tener, por lo tanto, una mirada más amplia.

Con este debate iniciamos en Valladolid Letraherido una iniciativa con la que queremos trazar un mapa de situación de varios sectores relacionados con la cultura. Queríamos comenzar con este por la urgencia actual en crear un debate que llegue a la opinión pública y que contribuya a la búsqueda de soluciones.

En el debate hemos contado con las intervenciones grabadas de Miguel Ángel Pérez, José María Esbec, Mercedes Asenjo y Antonio Velasco. Dejo aquí el enlace a la grabación del acto con la finalidad de que podamos seguir debatiendo sobre esta cuestión: https://fb.watch/3JaJqY-i3k/

domingo, 17 de enero de 2021

No se puede andar por dos calles a la vez

 

Cada una de las veces que he regresado a esta casa, en la que pasé el confinamiento de la población decretado por el gobierno en marzo pasado, me asomo para ver si aún hay alguna sombra de lo vivido. Durante aquellas semanas, tomé dos fotografías al día. Una desde la ventana del salón, que da a la sierra; otra desde el balcón, que da a la calle mayor. Los dragones que embellecen la rejería del balcón me miran de soslayo cada vez que asomo. No se fían de mí, ahora que estoy libre. Parecen preguntarse qué quiero ahora de ellos. No les respondo, pero quizá sea cómo guardan la división de las calles que se ve desde aquí. Ellos saben, mejor que yo, que no se puede andar por dos calles a la vez, salvo en casos de bilocación, que no suelen ser frecuentes o, al menos, yo no estoy dotado para ello. Los epidemiólogos preferirían ahora otro confinamiento; los políticos sacan las cuentas económicas y de imagen y nos les salen. A mis espaldas, la casa aún se resiente de los paseos diarios de aquellos días, intentando quitarse nuestro peso de encima.


sábado, 16 de enero de 2021

Estatuas de sal. Cartas de Avelino Fierro

 


Que el fiscal de menores de León Avelino Fierro (Chozas de arriba, León, 1956) es uno de los mejores escritores de diarios actuales es conocido por los amantes del género, que va ganando adeptos en España. Una habitación en Europa (Diarios 2010-2012) (2014) llamó la atención sobre su nombre y su posición literaria se consolidó con las siguientes entregas: Ciudad de sombra (Diarios 2013-2014) con prólogo de José Luis García Martín (2015), La vida a medias (Diarios 2015-2017) con prólogo de Andrés Trapiello (2017, finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León) y Contra tiempo (Diarios: 2017-2018) con prólogo de Julio Llamazares (2019). El gran público tuvo noticia de su labor a raíz de la entrevista que Juan Cruz le hizo para El País, publicada el 29 de febrero de 2020, en la que resaltaba su condición de lector voraz y que ponía como penas a los menores, leer, pero ya sabemos cómo son estas cosas del gran público.

Abandonó la publicación de su diario, pero la insistencia de Elosía Otero le llevó a la revista digital Tam Tam Press, en donde dio a luz una serie de textos reunidos bajo el título de Calendario, siguió con Desde mi celda y continuó con El cuaderno naranja, acompañados de dibujos propios. En las tres series, de manera diferente, juega con el diario como motor de una escritura literaria fronteriza, en unos casos como apuntes, en otros con la forma epistolar y en el último, con la novela. No se trata ya de un diario, pero no deja de serlo. Dada su ausencia de las redes sociales, los fieles lectores de Avelino Fierro compartían estas entradas en sus perfiles y a través del correo electrónico.

Precisamente las cartas Desde mi celda son el origen de Estatuas de sal (2020), que publica Ediciones Franz con prólogo de Jordi Doce (que es autor de un diario sobre el mismo tema, La vida en suspenso. Diario del confinamiento). Se trata de treinta cartas escritas durante el momento más estricto del  confinamiento de la población española el año pasado, entre el 13 de marzo y el 12 de abril. Curiosamente, estas cartas sí llevan fecha, a diferencia de lo que ocurría con las entradas de sus diarios, estrategia que le alejaba de la ortodoxia y definición del género. Las cartas se escribían para ser publicadas, dirigidas a una serie de amigos, entre los que se encuentran editores, escritores, periodistas, profesores, pintores y otros relacionados con su profesión. Con esta consideración de carta privada y pública juega inteligentemente en los textos el autor, así como con la idea de construir un diario que no lo es, a partir de la sucesión de epístolas. A diferencia de otros textos escritos durante aquel confinamiento, estos receptores le permiten abrir los temas tratados hacia las noticias de otras vidas confinadas como la suya y hacia la intimidad y la complicidad de las relaciones personales, siempre pasadas por el tamiz de un texto público.

La carta del viernes 13 de marzo con la que arranca el volumen parte de la sensación común que pudimos tener todos al sufrir un paréntesis vital que no sabíamos bien cuánto iba a durar, la extrañeza ante un tiempo diferente:

Ayer ya no traje papeles para trabajar en casa y me deprimí: pero me vino la inspiración y escribí tres o cuatro folios; no sé bien para qué.

Se llenan las cartas de referencias cotidianas, de películas y de recuerdos. Cuando se nos detiene el presente, el tiempo se adensa hacia el pasado:

¿No te sucede que estos días, en los minutos más ténebres, aparece ante ti toda tu vida como un torbellino? No te atreves a mirar hacia el futuro y das un volantazo hacia el pasado, que es como decir hacia la infancia.

Un ir y venir en el tiempo en el que reconocemos lo mejor de la escritura de Avelino Fierro: el tratamiento de lo cotidiano trufado por lo cultural, un estilo que aparenta liviano pero lleva dentro la carga del pensamiento y el juego de las relaciones de ideas y referencias bien asentadas, la ironía y el humor incluso sobre sí mismo, y las referencias literarias constantes, puesto que la condición de lector del autor es casi una definición de su biografía:

Leo un libro tras otro, como quien pasa las cuentas de un rosario. Muevo a veces los labios.

También está presente la reflexión sobre lo que ocurre fuera:

Sólo el sufrimiento nos iguala. Será difícil curarnos de ese silencio venenoso que está ahí afuera, que nos oprime las sienes y el corazón. 

Su conclusión final no es esperanzadora. En cuanto se abandone el confinamiento, opina, saldremos en estampida sin mirar hacia atrás, para no convertirnos en estatuas de sal. Aún estamos en eso.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Días a título de inventario

 


Por si el tiempo lo impidiera los próximos días, nos hemos echado a la sierra. En el prado de los centauros, unas vacas rumiaban sus cosas y nos miraban como no haciéndonos caso. Un ternerillo dormía al sol de la mañana, tendido sobre la hierba. Está la sierra otoñal y a la espera, como estas reses. Lo que tenga que venir, vendrá.

Por ahí se ha decidido salvar la Navidad a medias en la lucha contra la pandemia. Con resignación, las autoridades admiten que no se les haría mucho caso, así que arbitran medidas cuyo cumplimiento no podrá ser controlado de ninguna de las maneras. Todo queda, así, en manos del comportamiento ciudadano. Levantaremos la lista de pérdidas a partir de enero, pero eso ya será otra cosa.

Ayer tuve una idea brillante, pero esperé el suficiente tiempo para que derivara en antigualla. Estos días primeros de diciembre no tienen más sentido que ese, el de la espera. Hay que pasarlos como sea y cuanto antes. Son días a título de inventario.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Nos desconocemos


Ahora, de noche, truena, pero me acuerdo del amanecer, del sol asomando en el horizonte, sobre la paramera y bajo el techo de nubes, como si nos mirara entre rendijas o como si esperara algo para salir del todo. ¿Dependerá de nosotros que amanezca aunque amanece de todos los modos?

Noticias de ayer hablaban de un cierto alivio en la curva del gráfico que evidencia el avance de la pandemia en España. Noticias de hoy alertan del aumento de casos, especialmente en las residencias de mayores. Esto ya lo hemos vivido.

Los analistas intentan comprender las razones del actual presidente de los EE.UU. para actuar como lo hace. Se olvidan de que su actuación es fruto de la decadencia de los sistemas políticos occidentales desde hace un cuarto de siglo. Suele suceder que nos sorprendemos más del otro que de nosotros. Creemos conocernos.

No hay nada más desconocido que nuestra propia biografía. La mayor de nuestras sorpresas es que un día fuéramos quienes decimos ser. Nos retiraríamos el saludo al cruzarnos en la escalera.

jueves, 29 de octubre de 2020

Poner puertas al campo

 


Lo que antiguamente se llamaba cordón sanitario ahora recibe el nombre de confinamiento y en los últimos días, confinamiento perimetral. Da igual como se llame cuando al campo no se le puede poner puertas, más si las puertas tienen tantas gateras.

Este coronavirus no es un castigo bíblico, pero sí parece atacar nuestra soberbia y la despreocupada manera de vivir que tenemos. Se nos ha olvidado que somos humanos y mortales y que la única manera de vivir más y en mejores condiciones es la inversión pública en sanidad y en investigación médica.

No debería enfadarnos no poder hacer las cosas que nos han traído a esta situación.

Es de una gran inmoralidad que algunos políticos armen gresca por lo adjetivo y no lo sustancial. Aunque sea por incompetentes.

A diferencia de lo ocurrido en primavera, caminamos ahora hacia los días más cortos. ¿Y si aprovechamos las largas tardes de otoño para conversar y leer en casa, esos placeres que se nos habían olvidado? ¡Qué cosas digo, leer en estos tiempos! Me está comenzando a afectar la pandemia.

Resistamos.

martes, 20 de octubre de 2020

Regresa el óxido

 


He visto un mapa de las zonas más afectadas por la enfermedad en España, coloreadas en rojo. Sobre la península, una culebrilla recorría de arriba abajo el territorio, dejando zonas menos afectadas al norte, al sur, al este, al oeste. El dibujo semejaba el recorrido de un herpes zóster sobre el torso humano. El rojo salpica el territorio, casi como un cuadro en el que se hubiera arrojado gotas de pintura al azar. 

En los inicios de este blog tuve una serie que titulé óxido, con la que pretendía reflexionar sobre cómo nuestra sociedad queda impregnada por él. El DLE lo define como "Capa, de diversos colores, que se forma en la superficie de los metales por oxidación, como el orín". El rojizo del orín va ganando terreno en la superficie del hierro, hasta inundarlo todo. Esta inundación de la enfermedad se me asemeja, como si fuéramos un viejo metal que se va oxidando poco a poco.

Soy un pesimista que actúa como si todo fuera a salir bien porque todo, al final, siempre acaba y ese mismo término es el comienzo de nuevas cosas.

domingo, 27 de septiembre de 2020

En las marismas


Tres flamencos pasaron sobre nuestras cabezas en formación. Venían de las marismas, de comer langostinos en la piscifactoría, unos quilómetros más abajo. Nos quedamos mirando su elegancia. Iban tierra adentro, como tres dardos ágiles, largos y sinuosos que supieran abrir el aire con poco esfuerzo. Rompió el silencio el cabrero, contando que la mastina andaba en celo y el macho no dejaba que se le acercara nadie. Dentro de poco comenzarán a parir las ovejas, dijo, y estos cuatro mastines me alejan las alimañas. Le pregunté si este año había muchos zorros. Una puñá, pero son peores los meloncillos. Esos se encaran con los perros y los enfrentan. Es buen tipo el cabrero, buena gente de campo, fiel a su gente y sus principios. El primero de ello es dejar a la gente en paz. Hace tiempo él puso un lechazo y nosotros, como no quiso ir a partes, vino, queso y el horno. Yo lo asé a la manera de mi tierra. Fue una buena velada, que hemos quedado en repetir cuando todo esto termine.

Por aquí, los primeros meses de la pandemia fueron tranquilos, con pocos casos. Este verano las cosas han cambiado. Por un lado, las condiciones en las que se tenía a los jornaleros (jóvenes emigrantes en su mayoría) en las primeras semanas de la temporada de fruta. Los campamentos en los que vivían llegaron a sufrir varios incendios, no aclarados suficientemente todavía. Parece que la alarma hizo que se corrigieran algo las cosas, no sé si lo suficiente. Por otro, el turismo de este verano. El caso es que, aunque todavía es de las zonas de España en las que parece haber menos contagios, los casos han aumentado.

El puente, cerrado durante el confinamiento, está ahora abierto, aunque con obras. Vuelve a unir España y Portugal. El Guadiana pasa por debajo de su esbelta figura, turquesa y misterioso, camino del mar.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Somos como somos

 


Con la limitación de movimientos por la pandemia que sufrimos, muchos han descubierto el turismo tradicional de interior. Más barato, más satisfactorio y más enriquecedor que el de los complejos turísticos de todo incluido.

Yo todavía soy de una generación que recuerda que las familias iban a merendar a los pueblos más cercanos, a pasar el día a una ciudad a una o dos horas de viaje, a veces en los trenes lentos que paraban en todos los apeaderos y que, por desgracia, ya han desaparecido. Mi padre se sabía en qué mesón había que comer la mejor tortilla de patata con ensalada, cuál era la bodega en la que por poco dinero toda la familia podía compartir unas chuletillas de lechazo con patatas fritas o dónde había una chopera para descansar a la sombra en los días con calor, junto a una fuente, en mitad del páramo castellano. Recuerdo la tradición de la merienda cena, que solucionaba el regreso a casa para que los niños nos fuéramos a la cama a una hora adecuada. Antes de conocer una playa del mar Caribe guardada por personal de seguridad, nos familiarizábamos con las murallas de Ávila y nos asombrábamos por las leyendas sobre el diablo ante el acueducto de Segovia.

Sin embargo, estos días, en las ciudades en las que han vuelto las normas que restringen la movilidad y los aforos de los establecimientos, otras muchas familias se han subido al automóvil, han conducido hasta el centro comercial de la localidad más cercana y se han pasado allí toda la tarde, incluso haciendo colas de entrada cuando el aforo estaba completo, intentando burlar los controles de seguridad para entrar a pasear por esa ficción de realidad que son las grandes superficies comerciales, que aparentan calles llenas de tiendas de ropa, de móviles, de productos de regalo, plazas con restaurantes y parques infantiles. Ante el control de entrada, no comprenden por qué no se les dejaba pasar si el número de clientes rozaba el permitido y afean al personal de seguridad que cumpla con su trabajo. Se molestan más por no poder entrar allí que por las carencias en el sistema sanitario por la escasa inversión de los últimos años.

Somos como somos y volveremos a los mismos errores, me decía el dueño del mesón en el que hemos comido hoy.

jueves, 3 de septiembre de 2020

El campo se llena de otoño



El campo se llena de otoño estos días. Después de las moras de zarza y los higos, comienzan las bayas. Sucede que la vegetación tira ya hacia el marrón o el verde envejecido y sobre esta melancolía explotan las gotas de color: azules, naranjas, rojos, como salpicaduras salvajes de un dios enloquecido.
*
Cuando nos dejaron salir, caminé hacia el monte para ver la primavera. Aquella fiebre de las plantas en flor se trasforma ahora en fruto. La naturaleza ha cumplido su ciclo, sin echárnoslo en cara.
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¿Tendré que ver el otoño desde la ventana? En la sierra, la gama de verdes y marrones llegan en noviembre a matices tan extraordinariamente hermosos, que solo sentarse a contemplarlos ya es mucho, es todo.
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El otoño es una estación sin prisa. Tiene su tiempo, que siempre lleva la lentitud de lo que se ha vivido.
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No todos los otoños se parecen. Algunos tienen semilla de luz, otros calor de inicio de verano. Hay que apurarlos cuando llegan, como si se nos llenara el cuerpo de fiebre de vida, porque abundan los invernizos y largos como este que comienza.
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Todo otoño lleva dentro el final de las cosas, pero hay que decidir su hermosura.

sábado, 29 de agosto de 2020

Y en esto, se nos ha ido el verano

 


Si hay una fruta de verano es la sandía. El melón, no lo es tanto. El melón se guarda entre paja o periódicos viejos y se consume también a lo largo de los meses siguientes y los más duraderos, en Navidad. Así que, definitivamente, la sandía es la fruta del verano. Nada más cruzar el río, en Puente Duero se instalaba un puesto de sandías durante todo el verano. Elegir una sandía para consumir en el día tiene su ciencia. Tan seguros estaban de su género, que te daban a catar una prueba que extraían de la sandía con una incisión precisa. El cliente habitual ni pedía la cata, había confianza. Las familias que pasaban los domingos en el pinar compraban una y la ponían a refrescar en el agua del Duero o en un barreño metálico, junto a las botellas y una gran barra de hielo comprada en alguna de las fábricas de la ciudad. El operario te despachaba una gran barra que agarraban con un gancho. Era lo último que se cargaba en el coche, antes de ir hacia el pinar, para que durara casi todo el día. A la hora del postre, el padre abría la sandía con precisión de cirujano y repartía grandes rajas a los miembros de la familia. Era el momento en el que los chavales sabíamos que se nos daba permiso para levantarnos de la mesa de camping y comíamos a bocados sedientos la sandía, cuyo jugo nos corría por la comisura de la boca hasta el mentón. El sabor de la sandía era más poderoso que el del pollo asado de la comida. Ya la gente no veranea en el pinar. También han cerrado aquellas fábricas de hielo.
*
Hay un momento en agosto en el que cambia el tiempo y bajan de golpe las temperaturas. En agosto, frío en el rostro, se decía. Quedarán días agradables, pero por estas tierras hay que salir con chaqueta si te puede pillar el atardecer. Por la mañana, al despertar, todo está fresco y nuevo, como si alguien hiciera limpieza general para preparar el curso.
*
Parece que comenzaremos septiembre sin haber preparado los exámenes de recuperación. Suspenderemos.
*
Anoche, en el jardín de la Casa de Zorrilla, actuó Hot Club de San Marcos, uno de los grupos impulsados por Jesús Parra. Lo pasamos bien porque Parra siempre es garantía de un rato agradable con buena música, pero tuve la sensación de que con los aplausos finales se daba por clausurado el verano. Un verano en el que muchos se han comportado como los malos alumnos que tenían asignaturas pendientes para los exámenes de recuperación y dedicaban las vacaciones a la holganza, algunos con bravuconería, otros pensando que quedaba el suficiente tiempo. Ahora, deprisa y corriendo querrán preparar en una semana lo que no hicieron en más de dos meses. Ni siquiera la conciencia del suspenso general en el que pagarán justos por pecadores me quitó de disfrutar de la música. Sin levantarme del sitio asignado y con mascarilla.

Concierto de Hot Club de San Marcos ayer por la noche en el jardín de la Casa de Zorrilla de Valladolid

lunes, 10 de agosto de 2020

Impaciencia

 

Esta flor parecía practicar una extraña danza aérea. Es una impaciencia, una herbácea que procede de Cachemira y que ahora puede encontrarse silvestre en España en lugares húmedos. Qué largo su viaje desde el Himalaya hasta la umbría de Béjar. Esta lo es, silvestre, digo. En este racimo tenía todas las posibilidades, desde la flor abierta hasta la promesa futura. Impaciencia, el nombre no define a la planta sino al que la busca. La planta se limita a ser y en eso está su perfección.  Hay una belleza que no imita las formas de la naturaleza, pero no me resulta atractiva.

Estos días proliferan las noticias de los nuevos brotes del COVID-19 en España y se discute sobre si estamos aún en la primera ola de la pandemia o ya nos encontramos en la segunda y la eficacia de las medidas con las que se intenta atajar que se extienda la enfermedad y llegue a los niveles del pasado marzo. Las noticias de los medios de comunicación se centran en la irresponsabilidad de muchos en reuniones familiares o de amigos y el descuido de cualquier protección adecuada en los encuentros de ocio y fiestas. Muchas imágenes son escandalosas y deberían tener consecuencias con severas sanciones y procedimientos judiciales para las más graves. Ahora bien, sería preciso una eficaz coordinación y la corrección eficaz de los errores cometidos en los primeros meses de la pandemia porque ya no existe la excusa de la sorpresa. Todo anuncia que en un mes la situación será peor que la actual.

Recuerdo el verano en el que cumplí quince años. Un verano largo y algo solitario en el que leí todo lo que pude. Las tardes en el jardín que mi padre trabajó delante de la casa sin importarle que ni la casa ni la tierra fueran suyas. Yo acababa de regar con la manguera, curvando el aire a la luz arcoíris. La tierra húmeda, los rosales cuajados de flores, el olor de la hierbabuena mojada. Sentado en el suelo sobre el cemento de la acera, apoyaba la espalda en la pared de la casa y leía.

Impaciencia, la vida entera, no solo esta planta. Hay tantas cosas que hacer antes de morirse. Vivir, por ejemplo.

martes, 28 de julio de 2020

¡Ah, el verano!


Extraño verano este del COVID-19. Acostumbrados a pasar el verano dejándonos ir, sin prisas, sin agobios, descuidando la formalidad del año, nos encontramos incómodos en un tiempo extraño que, sin embargo, es el habitual de la mayor parte del mundo incluso sin pandemia. Durante las últimas décadas, todo el que podía marchaba a lugares exóticos (que, para sus habitantes no lo eran), salía de su ciudad, tomaba un avión para alojarse durante unos días en un hotel con todo incluido y las escapadas marcadas en las guías turísticas. Días en los que la única precaución era llegar a tiempo al museo de turno, hacer las mismas fotografías que miles de personas más ese mismo día, acudir a la comida reservada en el restaurante o la paella del chiringuito playero, a la hora de recogida del autocar de la excursión organizada. La epidemia nos devuelve en estas tierras a las vacaciones de antes, en las que se regresaba al pueblo -los que lo tenían- o se quedaba uno en casa bajando las persianas y durmiendo largas siestas para pasear a la puesta de sol por el barrio. En fin de semana, quizá una escapada a una ciudad no muy lejana, hora o quizá hora y media en un automóvil sin calefacción ni cinturón de seguridad. Visitar Segovia, Ávila, Burgos, Arévalo, Salamanca, hasta la hora de la comida, un menú con lo habitual de cada zona y vino en jarras de barro. Si no era posible, se marchaba hasta la ribera del río más cercano, en donde la familia plantaba la mesa y las sillas plegables a la sombra de los árboles, ponía a refrescar las botellas y la sandía en el barreño junto a una barra de hielo, y se disponía a pasar el día huyendo del calor.

La epidemia ha provocado un desastre económico en países en los que, como en España, la industria del turismo es tan importante. Como tenemos que adaptarnos a la realidad, debemos pensar si no es una oportunidad para pensar la locura en la que se nos habían convertido los veranos. Los mejores que recuerdo son los más lentos, nunca los más viajeros. Quizá me esté haciendo viejo.

(A diferencia de otros veranos, en este no cerraré por vacaciones el blog, pero publicaré con menos regularidad de lo habitual. Os deseo un feliz descanso, dentro de lo que se pueda.)

martes, 7 de julio de 2020

Alguna hilacha rojiza


Este fin de semana regreso a Béjar. Es la primera vez, después de que se levantara el estado de alarma decretado por la pandemia. Allí pasé todo el confinamiento y tengo cierta ansiedad por conocer qué siento, unida a las ganas de reencontrarme con los amigos, de sentirme de nuevo en el paisaje de la sierra. Se nos han olvidado ya los tres meses que duró esa etapa de la primera fase de la epidemia. En realidad, vivimos en un paréntesis, en la suspensión del ánimo, vigilando los rebrotes en nuestro país y la pésima evolución de la enfermedad en buena parte del mundo. Estos días que he pasado en Valladolid apenas he salido de casa, resuelvo casi todo por internet o por teléfono y aprovecho las gestiones del día para dar el paseo necesario o visitar alguna exposición. Es como si hubiera trasladado a esta casa los hábitos adquiridos durante el confinamiento, supongo que me costará desprenderme de ellos y algunos me acompañarán para siempre, como extremar las medidas de higiene.

Hago algunos proyectos para este verano, que incluyen mi participación en actividades públicas: un recital, una presentación de un libro en el que participo. Acudiré a algunos espectáculos con el aforo controlado. También comienzo a proyectar qué haré después del verano y recupero la organización de los eventos habituales a partir de septiembre. Leo, escribo. Pero no logro quitarme de la cabeza la sensación de que todavía nos queda mucho padecimiento por delante, la intromisión del virus en todo lo que hagamos en los próximos meses. Sin embargo, hay que hacer cosas, hay que continuar en el trabajo, que en mí, por suerte, coincide con mi vocación. Proyectar cosas como si no estuviera el virus, pero también como si fuéramos a confinarnos de nuevo, pero con la experiencia de cómo actuar para llegar a otros.

Se ha puesto el sol, tan lento, que parecía no querer marcharse, como si el día quisiera enredárseme en la mirada. Cuando escribo esto es casi de noche, aunque aún permanece en el cielo alguna hilacha rojiza de la postpuesta. Hace mucho calor. No corre el aire. 

miércoles, 17 de junio de 2020

La calle Mayor


Contemplo ahora la calle Mayor de Sánchez Ocaña y la calle Solana, que baja aquí desde Miguel de Unamuno. A esta altura, la calle Mayor toma otro nombre, de Pardiñas. Oigo, desde el balcón, el monótono ruido del agua del Caño Comendador. Me pienso hacia atrás, hacia los días del confinamiento más estricto. Entonces, la calle entera guardaba silencio excepto con los aplausos que a las ocho de la tarde se ofrecían como homenaje unánime a las personas que trabajaban para que todo siguiera funcionando en los momentos más difíciles de la pandemia. Recuerdo mi temor al bajar la basura cada tres o cuatro días, mi apresuramiento al ir a comprar una vez a la semana. Caminaba por la calle con la cabeza gacha, temeroso de contagiarme o de contagiar y provocar la muerte de alguien.

El lunes próximo se levanta el estado de alarma en España, con lo que se facilitará la libre circulación de las personas en todo el territorio nacional. Se han abierto ya algunas zonas al turismo extranjero por la necesidad de reactivar el sector y la economía. Sin embargo, todas las administraciones toman medidas que reducirán el aforo en los lugares públicos y asegurarán las medidas higiénicas en comercios y negocios de hostelería. Todo lo demás serán recomendaciones y su cumplimiento recaerá en el sentido común de cada uno de nosotros. No todo lo puede hacer el gobierno si nos consideramos una sociedad moderna y madura.

Durante este tiempo, como todos, mi estado de ánimo ha oscilado, pero me noto preocupado aún. No se me escapa que el COVID-19 sigue circulando aquí y en el resto del mundo (América parece ahora el continente más afectado y hay nuevos brotes en China y Alemania, países que parecían haber superado sin grandes dificultades la pandemia contemplan perplejos que sus medidas no fueron suficientes, seguimos sin noticias fiables de muchos países). No hay que bajar la guardia. De hecho, cada día me llegan correos electrónicos notificándome la suspensión de programas universitarios el próximo curso relacionados con alumnos extranjeros o el envío de nuestros alumnos fuera de España, las dudas sobre cómo organizar la docencia o los problemas para que los actos culturales se desarrollen como antes.

De vez en cuando compruebo en mí algunas imprudencias. Me quito la mascarilla antes de tiempo o tardo mas en colocármela de lo que manda la prudencia y el respeto por los otros, toco con las yemas de los dedos los pulsadores del ascensor o los de la luz. Alguna vez he bajado a la calle como si todo fuera ya normal y me he tenido que dar la vuelta porque se me había olvidado la mascarilla o el pequeño bote de gel desinfectante que llevo en los bolsillos. Esta mañana, en la zona de verduras del supermercado, me he notado impaciente cuando la persona que había delante de mí tardaba en elegir unos pimientos y he estado a punto de no respetar la distancia recomendada. Por un par de pimientos rojos. En las pocas reuniones que he tenido con la familia o con los amigos todo es extraño y siempre hay quien se acerca como antes. Algunas imágenes advierten de mayores imprudencias cometidas en lugares públicos. Qué incierto es todo.

No sé si yo soy o no mejor que antes, pero he aprendido, sobre mí y sobre esta sociedad, muchas cosas estas semanas pasadas que me acompañarán durante el resto de mi vida.

Contemplo la calle que me ha acogido tres meses, desde mediados del mes de marzo. No tiene aún gran actividad, pero ya no es el desierto que ha sido. Se viene el verano.

lunes, 25 de mayo de 2020

El ruido de la vida. (Final de este diario del confinamiento.)


Hoy hemos entrado en la fase 1. Como he anunciado, dejaré de publicar en este blog como un diario del confinamiento para recuperar el sentido normal que tenía antes. No quiero decir que no vuelva a publicar aquí mis impresiones o dar cuenta de mi día porque en el fondo eso es en lo que consiste un blog, pero la recuperación de cierta normalidad cambia la necesidad de escribir de  la misma manera que estas semanas pasadas. No tendría ya mucho sentido porque la libertad de movimiento avanza rápidamente con el descenso del número de casos de contagiados y muertes, que parece ha llegado a ese punto en el que nos parece asumible sin crear alarma. Lo que parecía estar muy lejano se acerca y los plazos para pasar de fase se acortarán porque el número de afectados por el virus desciende. Sin embargo, no deberíamos confiarnos porque sigue entre nosotros y esperará su momento para rebrotar con fuerza si no conservamos las medidas de protección e higiene que hagan más difícil su capacidad de propagación, reduciéndolo al mínimo hasta la llegada de la vacuna. Parece ser que hay posibilidades de controlarlo de esta manera si nos acostumbramos a las recomendaciones sanitarias, sin que tengamos que sufrir en otoño otra ola de la importancia de esta que aún circula por todo el mundo, aunque los científicos no tienen un consenso sobre esto.

Lo peor es que el virus puede casi desaparecer de los países más avanzados gracias a la extensión de los servicios públicos, agua corriente, productos de higiene y fármacos, quedándose como epidemia crónica en los países más pobres. Esto implicaría que tenderíamos a restarle importancia, como tantos virus y enfermedades que vemos hoy desde lejos, como quien asiste a una película documental que no tiene nada que ver con nuestra realidad.

Me llama la atención la incongruencia de muchos que pedían esta libertad de movimiento desde hace semanas y ahora que la tienen comienzan a circular ideas sobre las oscuras intenciones del gobierno que, según ellos, pretende acelerar los contagios para justificar un nuevo confinamiento en breve. Analizar sociológicamente estas contradicciones del pensamiento de algunos sectores de la población durante estos meses de pandemia, los canales por las que se propagan y las intenciones de quienes las producen, es una de las tareas más interesantes para un teórico del pensamiento colectivo. No es nuevo, claro, pero siempre sorprende que ocurra en el presente, con toda la información a disposición de cualquiera. Es más, sorprende su eco en una parte de la población que a priori tiene una formación y capacidad para informarse superior a la media.

¿Qué ha sido diferente en esta pandemia con respecto a otras anteriores de las que tenemos noticia? Hay unas cuantas respuestas que corresponden a la vida del ser humano hoy.

Por primera vez, la velocidad de extensión del virus ha correspondido al mundo global en el que vivimos. Desde que aparece el paciente 0 en China a mediados de noviembre hasta ahora han transcurrido solo seis meses. En este período tan breve, se ha convertido en una epidemia generalizada en el mundo con un cómputo de cinco millones y medio de contagiados y trescientos cincuenta mil muertos. Como las cifras no son fiables y deben multiplicarse en todos los países, pero sobre todo en aquellos que tienen un sistema sanitario y administrativo peor, la estadística nos dirá dentro un tiempo los números reales. Quienes los lean, en el futuro, conocerán el impacto real y podrán cotejarlos con epidemias similares del pasado. Es casi seguro que el número de afectados y fallecidos será menor que en otros casos parecidos, lo que afirma que el mundo ha mejorado, pero también que no tanto como nos creíamos, indicándonos por dónde caminar. De la misma manera, poniendo en relación las cifras y la rápida circulación del virus con el sentido inevitable de la globalización del mundo, se podrían prevenir mejor futuras pandemias y hacerlas menos agresivas. Habrá otras y los especialistas anuncian una de origen bacteriano por el abuso de los antibióticos que ojalá nunca ocurra. Solo se podrá lograr con inversión en sanidad y en investigación científica y una legislación mundial sobre medidas de higiene, mejora de las condiciones sanitarias en los desplazamientos masivos y regulación sobre las patentes.

La comparación con pandemias similares del pasado nos traerá también la sorpresa de que muchas de las cosas han sucedido igual, desde la tibieza inicial en la actuación por parte de la administración hasta el negacionismo conspiranoico de algunos. También la profusión de mensajes que provocan la desinformación y la actuación poco ejemplar de una parte de la sociedad. En esta ocasión lo hemos vivido en primera persona y en tiempo real por el uso masivo de las redes sociales y la extensión de los medios de comunicación, pero la sociedad ha actuado sorprendentemente igual que en otros momentos históricos, cuando había menos información y capacidad para reproducir un mensaje.

Una tendencia recurrente del ser humano es la arrogancia cuando mira hacia el pasado y con nuestro comportamiento hemos comprobado que hay un porcentaje de la población con un pensamiento mítico y no científico, fácil de captar por mensajes manipuladores. También que una parte de la población está dispuesta siempre a saltarse el bien general porque entienden vivir en sociedad solo como un derecho constante, pero nunca como un deber.

Medito sobre todo esto mientras anochece, también sobre mí mismo y cómo he vivido estas semanas pasadas. Quizá sea más estricto en el balance conmigo que con la sociedad.

Durante la jornada, la ciudad ha manifestado más vida y ruido que en días pasados, el ruido de la vida cotidiana. Podría tomar este lunes como un día normal de verano de este tipo de ciudades pequeñas del interior de la península. Hablando con unos y con otros me informo de cómo se reabren todos los negocios y las casas comienzan a recibir visitas. Armando nos ha contado esta mañana que abrirá la terraza de su restaurante El abrasador, en la plaza mayor, para el fin de semana y es casi seguro que iremos a tomarnos algo. En cuanto podamos, los amigos nos juntaremos prudentemente en la primera salida al campo. Iremos también a visitar a los familiares y amigos que viven en la provincia de Salamanca. Más adelante podremos movernos dentro de la comunidad y para junio viajar por toda España, quizá para comprobar la mezcla de recelo y necesidad con la que se recibirá al forastero. Recelo ante el temor de extender el contagio, necesidad porque hay que reactivar la vida y la economía.

Miro por última vez la calle mayor de Sánchez Ocaña con los ojos con los que la he visto estas semanas pasadas. Parece ya vestida de luz de junio, que por aquí es tiempo de sosiego. En parte no la reconozco porque quizá lo que me ocurra es que no me reconozco yo. Quién sabe cómo trascurrirán los próximos meses, incluso si yo mismo pueda enfermar o morir. Por ahora se ha ido apagando la luz del día y encendiendo las farolas de la calle.

domingo, 24 de mayo de 2020

Solo por contemplar las rosas


Seguimos en la fase 0 aliviada y mañana entramos en la 1. Todo el país sale de la fase 0 y buena parte de él se hallará ya en la 2. Hace unos días todo esto parecía imposible. Los planes del gobierno son que a partir de ahí se acorte la duración de cada fase y, si nada malo ocurre, en vez de quince días sean solo de una semana, con lo que si se cumple esa proyección, en un mes recuperaremos la vida normal con ciertas restricciones y recomendaciones sanitarias.

Se habla ya de forma decidida de la apertura al turismo extranjero en verano o de cómo se organizará el regreso a las aulas en septiembre. Hace unos días, los expertos que asesoran al gobierno aseguraban que la duración mínima recomendable de cada fase debía ser la de los quince días, pero los datos deben haber mejorado mucho o, al menos, estabilizarse. Quizá sean las fuertes presiones económicas nacionales y europeas las que hagan avanzar más rápido y aconsejen acompasar nuestro ritmo al de otros países. Hay mucho temor a que una región o una nación se quede descolgada. Parece que unos días o un mes puede ocasionar tan serios trastornos para la recuperación económica que haga aconsejable asumir cierto riesgo. Supongo que también pesa el intento de dejar sin argumentos a la oposición política que, desde que se vio que todo estaba más controlado, se apresuró a clamar por la supresión rápida de las medidas tomadas para contener la epidemia que ella misma echó en falta al inicio.

Mañana escribiré mi última entrada aquí con el formato de diario, para regresar al que era habitual.

El caso es que los expertos que leo y escucho, no solo españoles, no quisieran ir tan rápido. Ven el peligro real de propagación del virus y de nuevos brotes. Escribí aquí hace días que no me gustaría ser político en estos momentos en los que hay que tomar la decisión de abrir la mano porque no puede ir más allá el confinamiento por razones psicológicas, sociológicas y económicas. Es la conversación que más oigo estos días en los breves ratos en los que converso a distancia o por teléfono. Supongo que nos hemos acostumbrado a las noticias, que lo peor parece haber pasado y las noticias más dramáticas de la pandemia ya no son de aquí sino de América (los datos de allí son muy malos, incluso la falta de datos de muchas zonas de aquel continente o de los países más pobres de Asia y África). Por aquí la cifra de fallecidos y contagiados ha descendido tanto que muchas personas consideran que estadísticamente es difícil que les afecte y cuando desaparece el temor y se asume que alguien caerá, no se piensa que uno mismo pueda ser el que apunte su nombre en el lado malo de la estadística. La mayoría piensa que bastará con llevar una mascarilla y guardar unos hábitos higiénicos durante unas semanas. Nos iremos relajando tomando una cerveza en las terrazas de los bares y recuperando la vida social, incluso en las playas, que se abren de forma inmediata.

Si sucediera el rebrote que se vaticina para septiembre, me pregunto cómo aceptaremos volver a las restricciones de movimiento y si nos sentiremos responsables de algo. En mis paseos diarios veo ya pandillas de jóvenes sin protección y sin guardar la distancia, he visto besos furtivos en los bancos de los parques. Regresan después cada uno a su casa, en donde se encuentran con sus padres y con sus abuelos. A través de los medios de comunicación y las redes sociales he visto también las imprudencias cometidas por decenas de jóvenes de varios lugares de España haciendo botellón, celebrando fiestas locales, reuniéndose sin temor en las calles para celebrar un cumpleaños o el regreso de alguien que ha estado ingresado.

Es lógico que los jóvenes se sientan inmortales ante este virus porque las cifras les dan la seguridad de saberse en la franja de edad con menos riesgo, pero las imágenes de los participantes en las manifestaciones de los últimos días convocadas por los grupos ultraconservadores, no dejan lugar a dudas. No son jóvenes y su actitud es la de la celebración al reconocerse como grupo, se jalean, cantan y bailan, como si hubiera algo que celebrar. Hacen bien ejerciendo el derecho a manifestarse que ampara la democracia y en pedir la dimisión del gobierno si a su juicio lo ha hecho tan mal como para hacerlo, pero la actitud festiva con la que se han concentrado sin guardar las medidas de seguridad que nos protegen a todos define el problema y califica por sí misma a quienes hasta hace poco afeaban que no hubiera un luto oficial por los fallecidos o que no se llevara una corbata negra o un crespón del mismo color en la solapa o en el perfil de las redes sociales.

Sin embargo, la mayoría de la población sale a la calle con precaución, guarda la distancia recomendada, se protege con mascarillas. La mayoría no es culpable de los resquicios abiertos para un posible rebote de la epidemia que pudiera colapsar el sistema sanitario como ha sucedido en los momentos más difíciles de la pandemia.

Hoy he comprobado si podría regresar a Valladolid en trasporte público porque tendré que hacer algunas gestiones en breve que exigen mi presencia física, de las contempladas como permitidas en la normativa. En el caso de Béjar solo es posible a través del autobús, porque hace mucho tiempo que se suprimió la línea férrea, pero la empresa concesionaria, ALSA, tiene suspendidos todos los horarios. Quizá sea esa la medida verdadera de que todavía esto, en verdad, no ha terminado en la parte de la España más que vaciada abandonada...

Esta mañana, en mi paseo, he subido hasta la plaza de toros de la ciudad, una de las más antiguas de España (es conocida como la ancianita y fue inaugurada a principios del siglo XVIII). Pasado el Regajo y un poco antes de la Colonia madrileña, se levanta una de las villas más hermosas de la zona. Construida a principios del siglo XX, guarda toda su belleza como edificio y el jardín es una delicia. La barandilla y los accesos han ganado con la pátina del tiempo. Desde la altura, cuelgan, hacia la calle, las rosas de varias especies. Solo por contemplarlas ha merecido la pena el día.

sábado, 23 de mayo de 2020

La sierra no es la misma


Seguimos en fase 0, aliviada. Se ha confirmado que el lunes entraremos en la 1, con el desahogo para la vida que esto supone.

Si repaso las fotografías de la sierra que he tomado cada día durante estas semanas desde la ventana del salón, compruebo cómo el tiempo  ha pasado y me encuentro en otro momento bien diferenciado. La nieve caída al poco de decretarse el estado de alarma se ha ido ya, salvo algún pequeño nevero al que no le quedan más que unos días para que desaparezca. Tampoco amanece la montaña con bruma, ni las nubes se pegan a las cimas como ha ocurrido durante el final del invierno y casi toda la primavera. Ha dejado de llover y el sol ya luce con fuerza, la hierba comienza a tomar un tono pajizo en los baldíos y solares, aunque en los prados todavía está húmeda, joven y verde. Miro estas fotografías y la sierra es la misma y no lo es. Yo me entiendo. Como tampoco lo es la calle mayor de Sánchez Ocaña que veo desde los balcones del otro lado de la casa y que también he fotografiado durante estos días. Ya no es la calle inverniza y solitaria de hace unas semanas, sino que retoma poco a poco su vida con paseantes, gente que cruza de un lado a otro para hacer sus compras, el ruido del tráfico y el murmullo más o menos normal que tiene esta calle desde hace unos años, desde que Béjar perdió impulso por el cierre de las fábricas textiles.

Ahora que nos han confirmado que el lunes que viene -pasado mañana- entraremos en la fase 1 y que podremos ampliar la vida cotidiana, siento melancolía. Hoy me ha embargado la tristeza durante la mañana. Predomina más en este momento en el que escribo que la alegría por recuperar la vida lentamente. Siento que no he cumplido conmigo durante el confinamiento, que podría haber sacado más de esta experiencia, pero quizá me exija tanto porque ya estamos saliendo, porque se me olvida lo importante que era superar cada día cuando solo podíamos pasear dentro de la casa. También miro esta sierra y esta calle como si me despidiera de ellas, como si no fueran a estar aquí cuando regrese después de acudir a otras ciudades y obligaciones, como si fueran a ser tan diferentes que el paisaje ya no se reconozca a mi vuelta.