A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
El registro Marlene Por Antonio Pardines Si miro la pantalla y lo pienso durante al menos unos diez segundos, llego a la siguiente conclusión: que, más que actriz, Marlene Dietrich apenas tenía más registro que el de Marlene. ¿Y cuál era este? La presencia magnética, ambigua, seductora que brillaba en la pantalla sometiendo al profesor Rath en El ángel azul ( Der blaue Engel , Josef von Sternberg, 1930). El resto de sus personajes fueron variantes de esa Marlene, hasta que la edad la llevó hacia otros personajes como el interpretado en Sed de mal ( Touch of Evil , Orson Welles, 1958). Por entonces ya era de esas pocas actrices y actores que se encontraban por encima de la actuación; es decir, lo que se esperaba de una película protagonizada por Marlene era verla a ella ofreciendo su físico y su voz a su personaje. Aunque ya había participado en otras producciones en su Alemania natal y, posteriormente, a su encuentro con Welles aparecería en otras producciones, pero ya no sería lo mi...