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jueves, 10 de marzo de 2022

"Siempre listos"

 Uno de los acontecimientos más chistosos que me ocurrieron con Galeno en su viaje a Buenos Aires, fue el episodio del destapador.  

Antes de irnos, se me ocurrió llevar algunas cosas que podían servir, entre ellas, un destapador. Lo mismo Galeno, que trajo el mate y compró una yerba por si nos daban ganas de tomar.  ¿Por qué un destapador?  Porque ambos somos fanáticos del vino y a mí se me ocurrió que quizá un día podíamos comprar un vino que no conociéramos y tomarlo juntos, independientemente de si salíamos a cenar o no, porque a veces nos quedábamos haciendo "otras cosas" y se nos hacía un poco tarde. 

No obstante eso, al destapador, jamás lo usamos. Siempre terminamos saliendo a cenar y tomando vino con la comida pero, obviamente, yo seguí conservándolo en mi cartera. Y con esa misma cartera fui y vine por Buenos Aires todos los días que estuvimos juntos hasta que, en cierto lugar sacrosanto para nuestra democracia, yo entré con-el-destapador-encima.

Sí, lo olvidé y me mandé. 

II

Como había detector de metales en la puerta de entrada, animé a Galeno para que pusiera todos sus objetos de valor en mi bolso así pasábamos más rápido.  Cabe decir que no me acordé en ningún momento que tenía un destapador.  

El señor de seguridad me miró dudoso, casi con una mueca graciosa.  Claro, yo no tengo pinta de terrorista ni aunque me mires en la oscuridad, por lo que el contraste entre mi cara de inocente y el objeto punzante en mi cartera, era bastante bizarro. Lo mismo Galeno, que aguardaba a mi lado en un cómodo silencio. 

- ¿Puede ser que tengas un destapador? - me preguntó. 

- ¡Ay, sí, mil disculpas! - le dije, y me agarré la cara. 

Quería que la tierra me trague. 

- Es que... nada, por las dudas... - le dije, intentando explicar lo inexplicable. 

En un atisbo de lucidez, cerré mi boca.  Galeno se acercó a mi lado y disimuló una risa.  El de seguridad se quedó con mi destapador, me devolvió el bolso con todo el resto de nuestras cosas, e ingresamos a realizar la visita guiada. 

- Dios, qué vergüenza - le dije a Galeno, quien se carcajeó, cuando comenzamos a recorrer la primera sala. 

-  Hay que explicarle al señor que nos gusta tomar vino - me dijo, en broma. 

- Sí, creo que lo notó - añadí - ¿A quién se le ocurre? A nosotros nada más, mi *** - le dije. 

-  No sabemos cuándo nos podemos cruzar con un buen vino - musitó. 

III

A la salida, cuando la charla terminó, la guía que era una chica de mi edad muy simpática (con quien habíamos pegado onda durante la charla porque hacía muy bien su trabajo), me dijo: 

- Siempre listos ustedes - y sonrió. 

Con Galeno nos miramos y nos reímos. 

- Sí, la verdad que sí - contesté yo - siempre listos , nosotros, para un vinito.   

Acto seguido, me acerqué al señor de seguridad con cara de circunstancia, tratando en vano de no reírme. 

- Acá está, acá está, no creas que me lo iba a llevar... - me dijo. 

Me reí, otra vez. Alcancé el objeto que me depositaba en la mano con cordialidad. 

- Gracias por cuidarlo - le dije, y nos despedimos. 

Con Galeno salimos riéndonos.  Yo quería meterme debajo de una baldosa, y sé que, en condiciones normales, soy mucho más atenta. Pero también entiendo que, a veces, en ciertas ocasiones, distraerse es un equivalente al placer.  Aún mismo, esas distracciones, te hagan pasar una vergüenza plena. 

jueves, 24 de septiembre de 2020

Lecturas compartidas...

- Voy a traer algo - dijo Galeno, levantándose del sillón, donde estábamos haciendo fiaca antes de salir a cenar. 

- ¿Qué es? - lo miré, extrañada.

Galeno se levantó, en silencio, fue hasta la biblioteca y trajo un libro de Eduardo Sacheri. Él sabe lo que a mí me pasa con este escritor, no sólo por su manera de narrar, sino porque me parece un tipo interesante, es como si tuviera "algo" que me gusta físicamente. Sí, quizá no es el promedio de hombre agraciado según los estándares, pero quizá por como habla o por algo intrínseco en él, me gusta. Y Galeno, lo sabe. 

Una vez que volvió al sillón, volví también a acurrucarme a su lado, y me leyó en voz alta un capítulo de la novela La noche de la Usina que hablaba de una cadena de casualidades que, a menudo, pasan inadvertidas para los seres humanos. En éste caso, esa cadena de posibilidades, de micro-decisiones que tomamos todos los días, llevan a los dos personajes a la muerte. En el capítulo se hablan de aquéllos momentos en los cuales las personas no tenemos dimensión de que lo que estamos viviendo, puede ser lo último. 

A medida que Galeno me leía, yo me giré, volví a apoyarme en su falda, y me lo quedé mirando.  

- "Todos tenemos una vida, una vidita... " - leyó, concentrado, con algunas inflexiones en la voz. 

Había leído a Cortázar para mí, a otro escritor de sus pagos que siempre me recomienda y ahora, leía a Sacheri. Ése momento, era la felicidad porque adoro absolutamente con todo mi corazón que me lean en voz alta. Y más, si es Galeno. Justamente él en ese mismo momento, después de pronunciar la primera oración, me miró y me atrapó. Sí, me atrapó cuando vió cómo lo estaba mirando por ser el hombre que me lee a Sacheri en voz alta. 

-  Se nota tanto tu preferencia. Disimulá un poco...  - me dijo, divertido  - La carita que ponés...

Galeno no se dió cuenta, o no se quiso dar cuenta, vaya a saber, que yo no me había puesto así  del todo por Eduardo Sacheri.

Avergonzada, escondí mi rostro mirando hacia otro lado y me reí.

- No puedo disimular mi cara... No me mires - admití, entre risas.

Él se rió.

- No, no, esa carita... - insistió.

- No puedo gestionar bien ciertas emociones, no me juzgues por ello - le dije, en broma.

Galeno se rió, sonoramente.

- Veinteava, por favor... - dijo, de nuevo, en broma - Sigo leyendo, así ponés la carita...


lunes, 1 de junio de 2020

En defensa propia

madrugada del domingo 17 de noviembre de 2019


"¿No te querés quedar hasta mañana?". 

Esa pregunta me había hecho Galeno, en la oscuridad, cuando yo había comenzado a vestirme. La prueba, lo que había ido a concertar, el objetivo de conocernos personalmente luego de meses hablando a distancia, se había concretado. Pero, personalmente, después del impacto emocional que eso había tenido por dentro, y de todo lo que me había brindado, necesitaba alejarme. 

Galeno me miró con el desconcierto grabado en los ojos aunque lo entendió. Menos mal, porque pese a conmoverme, necesitaba estar sola, entender lo que significaba ese encuentro. Además, tenía miedo. El pasado comenzaba a quemarme por el costado con sus miedos ante el mínimo gesto de entrega genuina que parecía asomarse.

Considerando que por ese momento no tenía las herramientas para admitirlo, y que tampoco sabía con quién estaba del todo, me limité a levantarme y a ordenar mis cosas. Siempre había estado sola. Los últimos seis años yo había estado sola. ¿Qué diferencia podía existir en éste caso? Lo mejor era irme a dormir a mi casa. Nada de empezar a borrar los límites de un... viaje. Sí, así lo veía yo. Como un viaje que había hecho a Buenos Aires para, entre oootras cosas, conocerme en persona. Pero lo cierto es que mi imaginación fallo. Galeno había venido a verme a mi exclusivamente. Había viajado por mi y eso era algo tan sólido en su simple demostración, que era imposible negarlo .

Si, había estado sola. Pero está vez, las cosas no se estaban dando así. La diferencia estaba, precisamente, en que lo que acababa de pasar había sido muy fuerte. Por eso, no quería dormir con Galeno y enfrentarme a esa mañana siguiente, así que le avisé que me iba. 

Galeno se sentó en la cama, en calzoncillos, y me ofreció quedarme una vez más. Dijo que no pasaba nada, que todo iba a ser igual que esa noche, pero yo, de muy buenos modos, le expliqué que necesitaba volver un poco a mi normalidad, buscar ropa limpia y hacer presencia en mi casa. Cabe decir que mis padres, pese a que tuviera ya veinticuatro años, tenían sus inquietudes. Su hija menor estaba pasando una velada, y un encuentro, luego de largos meses de chateo y de teléfono, con un hombre que le llevaba veintiséis años y si el reloj marcaba las seis de la mañana y no volvía ni mandaba un mensaje... daba para pensar. Principalmente porque conozco a mis padres, sé que estaban preocupados pero que también entendían mis deseos... y quise, con ese gesto de aparecerme en casa para dar cuenta de que estaba bien, recompensarlos por la libertad y el apoyo que me habían dado. 

Cuando acabé de juntar mis pertenencias, me cepillé los dientes y me acerqué a saludarlo. Galeno se cepilló los dientes y se puso una remera. Todavía tengo la imagen de la vista a la ciudad de Buenos Aires desde el hotel, en esa noche de casi tormenta de noviembre, mientras escuchaba cómo se cerraba una canilla de agua fría desde el baño de nuestra habitación y esperaba que termine de sentirse listo.  Mi idea era irme, sin hacer ruido, y mandarle un mensajito desde el auto. El punto fue que, cuando me desperté, me di cuenta que me había quedado dormida y él me estaba abrazando desde atrás, muy dulcemente, mientras dormía como un niño. E incluso por esa misma razón, supe que me tenía que ir como un método de resistencia extremo, para poder pensar en lo que me estaba metiendo. 

Galeno respetó mi espacio. Me ofreció acompañarme abajo, a la recepción del hotel, pero le dije que no. Lo despedí con un beso y me tomó la cara con sus manos, muy despacio, para darme otros más. 

- Nos vemos mañana - me dijo. 

Se me hizo un nudo en la garganta. 

- Descansá lindo. Perdón por hacer ruido. Dormí - le dije para despedirme en susurros y saludarlo con una mano. 

Llamé al ascensor. Lo esperé, lo tomé, y comencé a peinarme en el espejo. Eran, después de todo ese desbarajuste emocional, los primeros minutos que pasaba sola después de conocer a Galeno.  Y yo, sin exagerar, me sentía frente al reflejo de una extraña. De alguien que, sencillamente, comencé a desconocer. 

Cuando llegué a casa, cuarenta minutos después, saludé a mis padres que, obviamente, se habían levantado a recibirme. El viaje hasta mi hogar me había ayudado a calmarme, me había dado espacio para pensar y me había ayudado a organizar mis primeras impresiones. 

Una vez pasé la puerta de la cocina,  fui directo a mi habitación a dejar mis cosas y ambos, como si fuera una niña, vinieron a preguntarme qué tal había ido todo. Creo que ahí, en ese gesto, comprobé que mis padres me quieren más de lo que imagino; pero además, que estaban mucho más preocupados de lo que, en realidad, me hacían saber y en silencio habían estado mucho más pendientes de mi felicidad de lo que yo me podía esperar. Así que fue sincera, dentro de lo que se podía revelar, con ellos. 

 "Fue muy bien. Es la persona que me dijo que era, ni más ni menos" , les dije, para que se quedaran tranquilos. Mi padre, ante eso, lo celebró discretamente y se fue de mi dormitorio para que me quedase con mi madre a solas. Mi mamá, obviamente, hizo las preguntas más femeninas. "¿Y... qué te pareció? ¿Te gustó o no te gustó?". La miré y me reí sorprendida. "Bien, todo bien, es él. El mismo. La pasamos bien, nos reímos, nos divertimos...", le dije. "¿Mañana se van a ver?" me preguntó. "Mañana vemos, mañana será otro día, hoy ya fue muy largo...", le dije, riéndome, dando cuenta que quería dormir. "Bueno, a dormir ahora Veinte. Al final lo conociste a tu ***", me dijo, con todo cariño. "Sí, finalmente, vino a Buenos Aires a mi ***", le dije, en broma, en referencia a ese viaje que era un símbolo de muchísimas cosas. 

Una vez que me quedé sola, le avisé a Galeno que había llegado bien, tal como me había pedido, le agradecí por haber sido tan buen compañero y le deseé un buen descanso. 

Aquélla noche tardé en dormirme. Mucho. Pero lo único que le pedí a mi cuerpo fue que se relajara y me proveyera de un buen descanso para el día siguiente que, como sospechaba, sería intenso emocionalmente. 

La mañana del domingo 17 de noviembre, me encontró con un mensaje suyo. "¿Te parece si te espero para almorzar?", me decía, entre otras cosas. "Sí, esperame, que voy", le dije. "Estoy más feo que ayer, tengo que decirte..", me dijo. "¿Por qué?", le pregunté, y me mandó un meme. El cartelito rezaba algo como: "cuando tienes una cita importante y amaneces más feo que de costumbre". Yo, me empecé a reír. "Me salió un orzuelo", me aclaró. "No te preocupes. Ahora te llevo una crema que uso cuando me salen, es alemana y es excelente", le prometí. Y así, por extraña que parezca, fue la genésis con Galeno. Desde ese momento, Buenos Aires, es sinónimo de dormir juntos. 

Mirándolo en perspectiva, cuando al día siguiente  me desperté y no sentía el deseo de modificar ni un solo detalle de esa noche, supe que mis planes habían sido aniquilados. Que habíamos sobrevivido. Y que ya no quería volver atrás. Nunca más.

"Cuando los odios andan sueltos, uno ama en defensa propia" 
(Mario Benedetti)

domingo, 1 de marzo de 2020

Preguntas

Apoyada en la falda de Galeno, miraba los detalles de su departamento. Cuadros, fotos, libros o el color de un individual sobre la mesa. Él me acariciaba y abrazaba de costado, acariciándome las costillas o mezclando sus dedos con los rebordes de aquél adminiculo que hacía las veces de ropa interior, con el sólo propósito de jugar con el huesito de mi cadera (detalle que le encanta, porque sobresale) durante largos minutos. 



- ¿Te acordás cuando no podía hacerte preguntas? - quise saber. 

Galeno me miró, asintió con la cabeza, e hizo un gesto para dar cuenta que lo recordaba. 

- Me costaba un montón, y ahora, me parece que fue hace mucho mucho tiempo... - admití, pensativa. 

- Fue hace mucho tiempo - bromeó. 

- Tenía vergüenza... 

- Ya lo sé. Ahora ¿ya pasó, no? - preguntó. 

- Sí. Ahora te hago preguntas... Pero vos también me respondés y eso hace las cosas más fáciles. 

- Sí, por supuesto... Y otras cosas más hacemos - musitó - No es díficil hacer preguntas. Lo máximo que te pueden pasar es que no te respondan. 

- Vos me respondías , por suerte. En éso tenés cierto porcentaje del resultado final. 

- ¿Por qué no te iba a responder? 

- No sé... Yo no sabía si querías responder a las preguntas , si te molestaba, si te fastidiaban. 

- No, para nada. 

Levanté la vista y sonreí. 

- Gracias a eso, hoy, estamos como estamos... 

- Y sí... Había que construir una confianza, conocernos, hablar... Así lo demás se da solo, Veinteava. 

- ¿Te acordás cuando no te "beboteaba" y sólo hablábamos de cosas castas? - me reí. 

Galeno también se rió. 

- Bueno, pero es lógico. No me tenías confianza... El beboteo , el querer hacerme calentar en todos lados, vino después... - dijo, con la voz un poco más ronca - El lograr que esté siempre en este estado, necesitaba una base... 

Me sonreí , inquietándome un poco... bastante. 

- Cambiaron las cosas - le dije - Y es cierto que hay una base porque, si no, nuestro wi-fi... 

Perdiendo una mano por debajo de mi remera Galeno comenzó a acariciarme. Automáticamente, también empezó a representarme un esfuerzo extra recordar lo que iba a decir. 

- ... no sería de ésta calidad, Dios... - me quejé, riéndome, porque a él solo le alcanza con unas caricias para que yo empiece a relativizar el tiempo y el espacio. 

- Excelente calidad... - musitó, cerca de mis orejas. 

¿Cómo decir que, en ése momento, Galeno borra con su seducción muchas fronteras del recato? 

- Se va a pudir todo... - le advierto

- Sí, yo quiero que se pudra todo - me dice. 

Y entonces me levanto, me acomodo de frente a él para que me desvista (porque no hay momento donde me sienta más apreciada que ese instante donde Galeno me desnuda con mucho respeto) y empiezo a tironear la ropa. 

- Que se pudra todo - repito, entre risas, mientras veo mis prendas volar por el aire y aterrizar en cualquier lado. 

Galeno se ríe, se aproxima y empieza a recorrer mi cuerpo con su boca. Noto que está un poco más salvaje que otras veces, donde siempre es muy suave, y emparejo mi intensidad a la suya. 

- Tranquilo, todo está bien, no te contengas... - le indico, mientras aplica más intensidad conforme lo autorizo con mi voz - Decime ¿qué querés? 

- No quiero dejarte marcas... 

- Despreocupate... 

- Pero es que estás tan dispuesta siempre que... 

- Eso es porque quiero todo ésto con vos, tranquilo, todo está bien...  - le susurro, mientras se adueña momentáneamente de mi cuerpo, casi con desesperación. 

- ¿Puedo (...)? 

- Sí que podés, obvio - le digo, mientras lo beso mordiéndole el labio inferior con fiereza y Galeno oprime más intensidad en su contacto y yo en el mío. 

Sonríe, por mi afirmativa, por darle pie a que se saque las ganas de hacer cosas, de que probemos cosas juntos, para ver qué tal nos funcionan. 

- Sos toda hermosa, vos, y siempre que (...)  - me dice, mientras concreta algunas de sus fantasías - Me encanta, quiero que disfrutes siempre... 

Sonrió, acompañando ese deseo y tratando de complacerlo. 

-  Sí, me encanta todo lo que me hacés - lo calmo - Relajate que es perfecto, disfrutá... - le susurro, mientras sigue despertando todos los instintos más bajos, y al mismo tiempo más humano. 

La estoy pasando tan bien que no quiero que Galeno deje de hacer todo lo que está haciendo. En cuanto a experiencia sobre cómo tratar a una mujer en la cama, tiene todas las materias aprobadas. Y se lo demuestro de todas las maneras honestas y reales en las que lo puede demostrar una dama. Porque la verdad es que entre nosotros, físicamente hablando, hay una comunicación muy inusual. 

Ya un rato después, absorta por los derivados de esa charla tranquila - otra vez en el sillón - lo miro sonriéndole. 

- Ahora parece que no hay ningún problema con hacerte preguntas... - digo, a modo de broma. 
- En absoluto - dice, todavía buscando recuperarse de aquél consumo masivo de energía. 

jueves, 27 de febrero de 2020

Llegada

" Anunciamos que el vuelo 6022, con destino a ***, ya está listo para comenzar con el pre embarque". 

Me acerqué a la fila que ya habían hecho un montón de otros pasajeros delante de la puerta de embarque. Saqué mi boording pass, apronté mi documento y mantuve unos minutos la vista en la pantalla que anunciaba el estado de mi vuelo. 

Se me hizo un nudo en la garganta y el corazón se subió a mi pecho. Empecé a parpadear con más velocidad y respiré hondo.  Tenía miedo, emoción, ansiedad, deseo e incertidumbre. No sabía con qué me iba a encontrar, pese a que Galeno me hubiera contado de su vida mil veces desde que nos conocimos. Pero tampoco hubiera sabido cómo vivir con el peso de no haber tomado la decisión de volar hasta él, jugándome desde mi lugar. 

Embarque rápidamente y subí al avión . No pensé en nada. Solo me dedique a apretar mi cinturón de seguridad y rogar que todo saliera bien durante aquel trayecto entre Buenos Aires y su provincia. 

Solo cuando llegué, y reconocí en el paisaje distinto y el bajón de temperatura mi estancia en un lugar nuevo, comprendí lo que había hecho. 

De nuevo vinieron a mi la ansiedad, el deseo , y el recuerdo de la despedida con Galeno.  ¿Estaría ahí, esperándome? Quería abrazarlo, mientras caminaba hacia la salida al exterior más cercana y al mismo tiempo no podía dejar de pensar que ojalá comprendiera lo que significaba para mí confiar tanto en el.

Confiar para viajar sola, para esperarlo en el aeropuerto creyendo en su venida. Confiar y quedarme viviendo su casa por unos días. Confiar en lo que me había dicho. Confiarme su respaldo. Confiar en lo que siento cuando estoy consigo. 

Hasta que llega en el auto, me saluda de lejos, se baja y me abraza con fuerza. El ambo , ya que está recién salido de otra guardia, se esconde debajo de una campera negra.

Tiene cara de cansado y yo también. El no durmió en toda la noche porque tuvo que trabajar sobre algunas urgencias. Yo tampoco dormí porque para estar a las ocho y media de la mañana en su provincia había tenido que salir de madrugada.

Sonreímos.

- Bueno, este es mi lugar... - dice - Bienvenida a la Provincia de ***.

Me río.

- Que tremenda bienvenida, eh - lo burle - Ya con solo bajar del avión me di cuenta que pinta muy bien tu provincia...

Se rió.

- ¿El vuelo estuvo bien?

(...)

- ¿Como te fue en la guardia? - pregunté y se quedó callado.

Revoleando los ojos, entendí a que se refería.

Perdí una mano por su pelo.

- Uy, pobrecito...

(...)

- Seh. No dormí nada. Pero igual ahora vamos a desayunar algo... ¿Vamos a casa?

- Vamos, si, dale. Así dejamos esto...

Asintió con la cabeza y siguió conduciendo mientras me mostraba sus lugares de paso.

- ¿Ves esa torre , a la izquierda?

- ¿La que tiene un distintivo rojo? - le pregunté.

- Sí, esa.

- Sí, si. La más alta.

- Ahí vivo yo... - dijo.

Y poco después ingresamos en el complejo privado dónde vive Galeno.  Porque ese desconcierto también lo tenía que enfrentar. ¿Cómo es que vive en un barrio privado? Eso pensé. Y me asusté porque todo era demasiado extraño para mí.

Sin embargo, cuando me llevo consigo por las calles hasta la entrada, me mostró las instalaciones y subimos a su departamento, todo se acomodo. Es un lugar bello y lujoso, si, pero una vez que me adentré en su intimidad, pude ver la razón por la que yo había viajado hasta allí, es decir, lo que Galeno es.

Libros de Cortázar por todas partes. Cuadros de su hija. Fotos con su hija. Dibujos de su hija. Música de fondo y el termo con el que paseamos por Buenos Aires arriba de la mesa.

Galeno me dijo que tenía algunas cosas que eran para mí en la heladera. Y sonriéndome saco una mermelada artesanal que, sabe, me matan de placer.

- Ohhhh. ¡Graciiias! - le dije.

Me la había comprado para mí porque el no come. Cuando noté eso, me invadió una oleada de ternura.

- No hacía falta, Galeno...

- Si, para que desayunes... ¿Cómo querés el café? - sonrió- ¿Que capsulita?

Lo miré, sonreí, y me sentí en casa.

Muy agradecida.

Muy agradecida por haber vencido el miedo. 

martes, 28 de enero de 2020

Cuando toca la campana

Cuando Galeno hace las valijas en silencio, silbando una canción, o haciendo algún comentario breve sobre el día siguiente donde abordará un avión rumbo a su provincia natal. Cuando Galeno sale de la ducha, se cepilla los dientes y se rocía el cuerpo con su perfume francés. Cuando Galeno recoge sus últimos detalles y los mete dentro de un neceser que tiene la marca de un laboratorio que fabrica leches de fórmula para recién nacidos y prematuros, que casualmente yo tomaba cuando era muy chiquita. Cuando Galeno acomoda mis alfajores en la valija procurando que no se le aplasten. Cuando llega el momento donde tiene que hacer el web check-in un día antes de irse y se toma un momento de silencio y yo ya empiezo a sentir una especie de quemazón en la panza.  Cuando me deja la bolsita con los regalos comestibles que me trajo de su provincia, y dentro, se olvida el pasaje de ida, como si fuera parte de un recuerdo accidental pero simbólico, igual que la primera vez, con aquél papel en el baño. 

Cuando Galeno se viste, eligiendo la ropa sin demasiado detenimiento, y se calza sus Levis antes de salir. Cuando Galeno se sienta en la cama y en silencio se ata los cordones de las zapatillas. Cuando da vueltas por la habitación y mira hasta debajo de las camas, evitando olvidarse algo. Cuando Galeno termina de armar las valijas, sabe que es el momento de irse al aeropuerto, y yo no puedo más que mirarlo en silencio, como si por dentro, se leyera un cartel luminoso rezando "me da mucha lástima que te vayas, pero deseo que llegues bien a tu casa". 

Ése es el preciso momento donde bien ha valido la felicidad y empieza a ser necesaria la fortaleza.  Entonces, nada más nos miramos frente a frente, por unos momentos , como si nos dijéramos que todo está listo.  Me acerco, despacio, y lo abrazo sin decirle nada. Galeno me corresponde pegándome a su cuerpo, con fuerza. Suspiro y bajamos hasta la puerta de calle, donde nos quedamos cinco segundos antes en la puerta. 

- Desayuná - me dice, procurando que coma - Y dormí otro ratito, no corras... Todavía es muy temprano. 

- ¿Me avisás cuando aterrizás, si? - sonríe y me dice que sí con la cabeza 

Nos acercamos mutuamente para fundirnos en un abrazo. Es de esos abrazos largos, y desde mi lugar, llenos de gratitud. 

- Quiero un beso - le digo, burlándolo, poniéndole la boca en forma de trompita. 

 Galeno sonríe y sin decirme nada me besa varias veces, algunas más largas que otras, mientras me levanta un poquito el vestido. 

- ¿La pasaste bien? - me dice, por primera vez en esos días de convivencia que están acabándose. 

- ¿Cómo te dije la otra vez, te acordás? "Fui feliz este fin de semana, Galeno" - le repito - Sí, fui feliz este fin de semana - insisto. 

- Me alegro mucho - dice, y sale con sus valijas detrás. 

No quiero decirle chau, adiós o hasta pronto. Él, parece, tampoco quiere. 

- ¿Vas a desayunar? Comé algo antes de irte a tu casa - insiste. 

- Te prometo que sí. 

- Bueno... ok, te creo - dice 

- Cuidate, que tengas buen viaje - le digo, tratando de mantener la compostura 

- Vos también. Contame qué tal están tus huevos revueltos, después - me dice, con una sonrisa. 

Es que ésa era nuestra elección común de todas las mañanas y hablábamos todos esos días de lo buenos que estaban. 

- Prometido - le digo. 

Me sonríe, me saluda casi con una mano... y se va. 

Un rato después de irse, mientras tanto, me quedo sentada en la cama del hotel. Me doy cuenta que Galeno se dejó algo, por lo que le escribo y le aviso. Estoy aturdida y un poco triste, así que me acuesto de su lado de la cama sin querer reconocer del todo lo que estoy sintiendo. Tengo que hacer el bolso, juntar mis cosas , darme un baño y bajar a desayunar. A retornar a mi casa, con mi familia y una lista de largos etcéteras. Pienso en eso, pongo música de fondo y mientras desde el celular alguien canta, prosigo. 

De pronto, ni siendo una hora de distancia concreta, me llega un mensaje de Galeno respondiendo al mío y despreocupándome. 

- Desayunaaa - me dice, a modo de despedida, cinco segundos antes de embarcar - Estoy por embarcar, ya. 

- Buen viaje, buen regreso a tu casita - le deseo, y empiezo a cargar mis petates sin pensar qué pesa más, si la ropa a las despedidas. 

Cuando ya estoy de nuevo en casa, rodeada de mis cosas, un mensaje de Galeno vuelve a despabilarme. 

- Ya estoy en **** . Acabo de aterrizar - me avisa, cumpliéndome. 

- Y yo desayuné. Te saqué una foto - le digo, y adjunto un archivo multimedia del desayuno que supimos disfrutar. 

Porque cuando Galeno se va, efectivamente, una especie de niebla de felicidad tarda en disiparse. Y acerca de lo que sobreviene, es mejor ni hablar. 

viernes, 24 de enero de 2020

Reencuentro

Salgo del trabajo ese viernes y lo único en lo que pienso es en que tengo que hacer mil cosas: sacar dinero del cajero, comprarle el regalito a Galeno, organizar mis pertenencias y considerar si necesito lavar alguna prenda a último momento; también cargar la SUBE, comprar chicles, caramelos y derivados.  En cambio, cuando termino de trabajar el sábado, corro a ducharme. Mientras lo hago, desde su província natal, Galeno está viniendo a mi encuentro en su vuelo para poder pasar unos días juntos. Es el último fin de semana del año, el del veintiocho de diciembre, y pese a las dificultades horarias y existenciales de esas fechas, había pasado contando los días previos hasta que me llegara ése mensaje.

 " Ya aterricé en Ezeiza y estoy yendo para el hotel" dice el texto que esperé varios días, y no puedo evitar sonreír. "Me cambio y voy para allá" le respondo, a medida que voy memorizado el teléfono para pedir un taxi hasta el hotel en la Ciudad de Buenos Aires que reservó para los dos.  Me tomaría un cohete, de haber posibilidades, porque no quiero perder tiempo, al contrario, quiero volver a verlo lo más pronto que se pueda. Me tomo un remis que, sé, es lo más rápido que existe.

Cuando bajo del auto y Galeno está esperándome para ayudarme con los bolsos no puedo más que demorar un poco más la descarga de ellos y lanzarme a sus brazos, desprendiendo un breve grito de felicidad.

 – Hooolaa, - exclamo y me cuelgo de su cuello.

Galeno reacciona sorprendido y me devuelve el abrazo casi levantándome un poco del suelo. Está acá, en ese instante lo sé, y lo abrazo fuerte para recibirlo, para celebrar su venida, para hacerlo sentir anhelado.

- Hooola, hola - dice, con tonada.

Y me ayuda a descargar las cosas del auto. Su tonada me recuerda el privilegio de esos días juntos y me dispongo a disfrutarlos. Aunque al principio me cuesta creer que estamos juntos, más o menos a la hora, cuando ya nos reconocimos y ya nos conectamos físicamente, la presencia es una realidad más que tangible.

Cuando subimos y por fin estamos a solas en la habitación , no puedo más que mirarlo y reírme.  Sí, está acá, en Buenos Aires, una vez más. Le doy su regalo de bienvenida a la provincia mientras el me da una sorpresa que me trajo de la suya. En ese instante se sienta en la cama a observar como abro el paquete y me mira con expectación. Lo abro, descubro lo que es, comento brevemente un poco acerca de su gesto ... Y lo abrazo, tirándolo en la cama del todo, pegándome a su cuerpo.

-  Hola mi ****, bienvenido a la provincia... - le susurro, usando el gentilicio de la misma como apodo - Ahora sí se puede decir que llegaste...

Me observa largamente durante algunos segundos, y corre el pelo de mi cara.

- Hola, mi aliencita - me repite en susurros.

- Ya estás acá ... - digo, con alegría, y lo vuelvo a abrazar.

- Ya estamos acá , sí - me dice y me acaricia la cintura con ternura.

 - ¿Te acordabas de como te abrazo ? - le pregunto, un poco en broma y otro poco en serio.

- Claro que sí - dice - Y me acuerdo también de ésto - sonríe y me besa  - Permiso, señorita, voy a hacer una constatación  - dice de nuevo y vuelve a abrazarme, ésta vez, dejando correr más sus brazos larguísimos y sus manos suavecitas, impecables y tan limpias.

Lo beso. Me besa una vez más. Galeno ya está en Buenos Aires.

Un rato después, cuando salimos a pasear por ahí, me observa atarme el pelo en el medio de la vereda a la salida de la cena, caminar a su lado con mi short de jean desflecado y mis sandalias sin taco y decirle mis palabras con su llamada "tonadita porteña".  Anhelo, mientras caminamos juntos, que esté disfrutando aquél momento de la misma manera en que lo estoy disfrutando yo. 

¿Será por eso que cuando se va me cuesta unos días volver a mi ritmo habitual?


jueves, 2 de enero de 2020

Sorpresa de bienvenida

- Me quiero bañar - le dije, cuando recién entramos a la habitación.Acabábamos de llegar al hotel después de cenar, caminar y recorrer un poco. Lo dejé ducharse primero, teniendo en cuenta lo poco que tardaba, y mientras tanto preparé mi ropa.  En medio de ella, aprovechando que no me veía, escondí un conjunto de ropa interior color azul , que me había sugerido que le gustaba, y que yo busqué para la ocasión sin decirle nada al respecto. Así que, cuando salió, y mientras se alistaba y se perfumaba, yo entré a la ducha y me bañé sin levantar sospechas. Ahora, cuando yo salí , vestida deliberadamente para que no se me viera nada, Galeno me miró extrañado.  Supuse, en ese instante, que estaba pensando si yo seguía teniendo pudor de mi propio cuerpo cuando lo conocía desde todos los ángulos. 

-¿Qué pasó? - preguntó.

Me dí vuelta, me agaché a guardar algo en mi mochila, y le contesté: 

- Hoy quiero dormir vestida - disimulé el tono de broma y evité mirarlo para no tentarme de risa.
- Bueno. Está bien. No pasa nada - dijo y me siguió con la vista mientras me cepillaba el pelo y humectaba mis piernas. 

Una vez terminé, apagué la luz y solo dejé una pequeña lámpara central que le daba un aspecto de cuentos a la habitación. Al tener un diseño de líneas, las mismas se reflectaban en la habitación, dibujándolas a nuestro alrededor, gracias a la luz tenue. Era un micro-clima romántico por lo que me pareció bien terminar con la broma.


- Tengo una sorpresa - le dije y corrí un poco un tirante grueso de mi remera para que pudiera ver el color.

Ni bien lo descubrió, se mostró complacido.

- Azuuul - dijo, sonriéndome - Oohh. Lo encontraste...

- La próxima vez - le pedí , mientras él me desvestía - pedime un color más fácil. Te juro que estaba buscando por todos lados, querido, así no se puede eh...

Nos reímos. Había sido muy divertido buscar las prendas para darle la sorpresa. 

- ¿Te costó conseguirlo?
- Sí - dije - pero quería darte el gusto. 

Galeno me besó, con intensidad.

- Está muy bonito ... - admitió - Gracias - dijo y me atrajo hacia él - Igual...

Se quedó callado y me abrazó con fuerza.

- ¿Igual , qué?

Se rió.

- Sos más linda sin ropa ...

- Jajaja ah, porque el señor ...

- Me encantó el conjunto. Podes ponerte lo que a vos más te guste. Me siento halagado. Pero yo te quiero ver siempre así - dijo.

Su comentario me predispuso y me enterneció a la vez.

- ¿Eso quiere decir que si fuera por vos yo estaría todo el tiempo desnuda , Galeno? ¿A vos te parece?

- Conmigo, sí. Me encantaría poder verte siempre así . Sin ropa que te tape. Me da lastima que tengas que vestirte cuando salimos , porque si fuera por mi , te pediría que te quedes siempre así. Cuando me den ganas de tocarte o de abrazarte, estás más cerca...

Me reí a carcajadas.

- ¿Tanto te gusta ? Mira que no soy Pampita... Soy una piba común, como, no voy al gym...

- Siiiiii. Pampita no es como te la venden en la televisión...  Vos sos abrazable y comestible - dijo - Y no comés nada. Solo porquerías.

Y me enterneció.

Me pegué a su cuerpo, deshaciéndome del abrazo , y lo observé.  Galeno estaba completamente desnudo , relajado y tenía el deseo y la intención grabada en la mirada.

- Y vos siempre estás listo para mí ... , aunque lo único que haga sea abrazarte- dije y lo besé.

- Viniendo  de vos, sufi - dijo, riéndose  - Me encantó la sorpresa - me susurró, mientras empezaba a agradecerlo con mayor efusividad - Te podés poner cualquier cosa, que me va a encantar sacartelo a la mierda - confesó, riéndose. A mí me hizo reír tanto con esa salida que el proceso de seducción volvió a empezar - Sos muy linda sin ropa.
- Y vos, que además de malcriarme,  solo con olerte ese perfumito Armani... - lo burlé - No quiero que se te acabe nunca.

Se rió y empezó a besarme todo el cuerpo.

- Me lo compro de nuevo , vos tranquila, disfrutalo...  - dijo, mientras empezaba a hacerme estremecer con muchísima habilidad.

Claro, indudablemente, después de eso , empecé a dejar de tener contacto con la tierra. No en vano Galenito me dice, cuando se pone mimoso y admite que soy un poco particular con mis gustos , a los veinticinco años, que soy su aliencito.

miércoles, 1 de enero de 2020

Felicidad

"... que la felicidad sea un disparo,
lo que dure este momento"

Siempre sostuve que la felicidad no es un producto de las cosas, sino, de los momentos. Pero, esos momentos, en algunos tópicos de mi vida, tardaron lo bastante en llegar como para que empezara a convencerme de que, quizá, a todos los mortales, no les tocaba conocerla en el mismo grado.  Por esa razón, en muchas ocasiones, cuando experimenté esa sensación de inmensa dicha vinculada a mi familia, a mi sobrino (especialmente) o a mis amigos; consideré que aquél iría a ser el lado de la felicidad que a mí me tocaba. Y, lejos de entristecerme, me aferré a mi ramito y lo disfruté.  Porque yo no esperaba, después de las experiencias previas, la felicidad vinculada al amor romántico, ni a los vínculos anexos de éste tipo. A través del pasado y sus lecciones había aprendido a entender éste sentimiento tan especial en relación a mi familia, de nuevo a mi sobrino, a mi vocación profesional -la literatura-, a los perros y al guiso de lentejas de mi mamá. Es decir, nada que tuviera que ver con el amor romántico, que ya me había dado las suficientes decepciones. 

¿Pero qué decir después de aquél momento del domingo donde, realmente, yo tuve plena consciencia de estar viviendo un instante de felicidad? Me cuesta ponerlo en palabras, para quien esté del otro lado, y haya visto las progresiones, las decepciones y las diferencias. Pero, si tuviera que intentar explicarlo de algún modo que fuera sencillo, diría que todo lo que yo había deseado en mis ensoñaciones más íntimas, durante casi veinticinco años, lo vi hacerse realidad frente a mis ojos.  Y no pude más que pensar: "no puedo creer que esté pasando esto".  La situación era sencilla, claro, era un momento. Igual que lo había pensando siempre, la felicidad, era un disparo. Pero ahora, además de pensarlo, por fin, lo estaba viviendo. 

II 

El salón del hotel era bellísimo y cálido, gracias a una restauración de una propiedad que, antes, había sabido ser casa de familias coloniales.  El sillón con forma de "L" nos amparaba y contenía. A nuestros costados, lámparas suspendidas en el aire y diversos objetos, decoraban el ambiente; dándole un aspecto acogedor. Apenas lo descubrimos, ambos coincidimos en que teníamos que quedarnos un ratito allí, disfrutándolo. Queríamos languidecer en el sillón, apoyar los piecitos en la alfombra y gozar, y disfrutar, de la posibilidad de estar ahí, así, testimoniando lo extraordinario. Cada uno habiendo hecho un bolso para encontrarse, disponiendo el tiempo, pedido vacaciones, comprado boletos de avión, faltado a su trabajo, juntado peso a peso. 

- ¿Vamos a tomar unos mates al salón? - me dijo Galeno, cuando recién llegamos a la habitación, después de una tarde de paseo y larga recorrida - Está buenísimo. 

- Sí, absolutamente, acepto, acepto...  - le contesté, sonriendo - Es mi lugar preferido, me siento en casa... 

-  Voy a buscar agua caliente...   - dijo - Sí, es nuestro lugar acá, nos lo adueñamos - admitió, sonriendo. 

- Voy a ir a buscar los libros... 

- ¿Me traés a Salzano? Es un libro blanco, está en el fondo de la valija. Son dos libros, en realidad, podés traer en que vos quieras - dijo. 

Lo miré y sonreí. 

- Dale. Yo te voy a mostrar el de Alianza, que te conté. 

- Dale - dijo. 

Y fui a buscar los libros. 

Cuando volví, lo encontré sentado en el sillón, con sus Levis y su remera color tostado, habiendo dispuesto el mate, su termo y la yerba que acababa de comprar. Me acerqué con los libros y, disimuladamente, lo miré.  Empezó a preparar el mate con aplicación, cebó el primero, y se quedó en silencio, mirando hacia la ventana, donde estaba anocheciendo progresivamente mientras el cielo se nublaba minuto a minuto.  Me acurruqué muy cerca de su cuerpo, saqué mi edición Alianza de La tregua,  y comencé a ojearlo.  Galeno me pasó un mate, miró el libro y se lo tendí. Mientras yo lo tomaba, en silencio todavía, observé cómo aquél hombre que pasé veinticinco años de vida sin encontrar, y que vivió esos mismos veinticinco y otros veinticinco más casi en otra vida; ahora, estaba ojeando la edición de una de mis novelas favoritas, esperando que se largue a llover, mientras pasaba y declinaba la tarde del domingo. 

- ¿Está bien el mate? - me preguntó. 

- Sí - sonreí - Esto es mejor que los que debe hacer Leo Sbaraglia - le dije, porque mi amor platónico, y él, tienen el mismo termo... Entonces, pues, lo cargo. 

Me miró, sonrió, y me devolvió el libro. 

- Está muy buena la edición. 

- Muy, sí. Valió la pena. 

- Estaba ahí para vos, te estaba esperando - dijo, en referencia al libro. 

Lo miré, pensativamente, por un segundo. 

- Sí, fue así. Mirá que entré durante todo el último año a esa librería y no estaba, y lo busqué, y no lo encontraba, hasta que un día fui, resignada, y la única cubierta diferente era la de éste último ejemplar, editado por Alianza. 

Galeno me miró, agarró el mate que le pasé, y me dijo: 

- ¿Viste? Todo llega. 

Un rato después, mientras me leía en voz alta a un autor que le encanta, y me lo hacía conocer a través de su voz, con su tonada y sus pausas, lo miré de nuevo, callada, sólo disfrutando de la capacidad de poder sentir el momento. Sin que me viera, sonreí. Seguiamos tomando mate,  ya se había hecho de noche, de fondo sonaba la música de una  emisora decente que habíamos encontrado en la radio, y sin embargo, yo me sentía fuera de éste mundo. 

No podría explicarle, a nadie, lo inmensamente feliz que fui en ese momento. Pero seguiría sosteniendo que, efectivamente, la felicidad, son instantes. Instantes que, a veces, fueron soñados de una forma tan personal e íntima, pero que al final, de una manera muy extraña, se vuelven una realidad; casi como si Dios, o el Universo, o La Vida, nos mirase por dentro e, identificando nuestros más profundos anhelos, nos hiciera un regalo del talle indicado y en nuestro color preferido. 

martes, 31 de diciembre de 2019

Gratitud

Me desperté con el sonido de la alarma que Galeno había puesto puntualmente en el celular. Como él tenía que irse más temprano a esperar la salida de su vuelo desde Ezeiza, lo dejé despabilarse sin rechistar. Continué dándole la espalda después de haber vivido juntos estos últimos cuatro días y lo único que pensé fue que lo extrañaría. 

Galeno apoyó, casi en el mismo momento de un breve movimiento su mano en mi espalda. Me acarició para que me despierte igual que las anteriores mañanas y me arrastró consigo, pegándome a su cuerpo, para darme los buenos días.  Lo abracé y acaricié, acompañando ese contacto. ¿Cómo no iba a despertar así , si me despertaban así?



- ¿Tenés cinco minutos? - le pregunté, mientras me rodeaba desde atrás con los brazos y disfrutaba del plácido roce que tanto explica. 

Sonrió, me mordió levemente la piel de la nuca, y me dijo que sí.  Entonces hice lo que pude. Es decir, me acerqué, removí todas las sábanas hasta dejarlo completamente al descubierto, y lo abracé para que nos sintiéramos antes de separarnos. No quería sexo, sólo quería acercarlo, compartir unos instantes de silencio y de contacto antes de partir. 

 Llevé su cara a mi pecho, acaricié su pelo y lo acaricié a él por entero, intentando devolver sólo un poco de todas las caricias que había recibido.  

Pensé, sin poder evitarlo: 

"Gracias Dios por haberme dado la oportunidad de volver a estar juntos y de haber pasado estos días tan hermosos" 

Por último, lo abracé por un instante más.  Después de ése momento energéticamente tan fuerte, y de amplia gratitud, le dí muchos besos en su pecho. 

- Ahora sí, podés volver a casa - le dije.

Ésa era mi forma de despedirlo. Agradecida. 

Galeno me abrazó una vez más y se rió, con ternura.  Se levantó, se fue a bañar, y mientras yo escuchaba el agua caer desde la cama, yaciendo al aire libre en todos los sentidos, me di cuenta que si bien cada uno volvería a su provincia en breve, ésos últimos cuatro días, juntos, en ése lugar, había sido estar en nuestra casa.   Así que no pude más que agradecer profundamente a la vida porque, si bien el futuro sea incierto, el presente que habían constituido esos cuatro días, se había grabado en nuestra memoria.

E instantáneamente comprendí que todo lo que soñé alguna vez, que todo lo que me parecía imposible de lograr, que todo lo que yo pensé que no existía, que todas las veces donde me habían sentido excluida e incomprendida y que todas las veces donde me habían rechazado; no habían sido más fuertes. Que el sufrimiento anterior no me había quitado, ni privado, de la posibilidad de encontrarme con Galeno.   Y que poder vivirlo, ya sea por su parte,pero también porque me lo he permitido, es realmente un milagro que casi me emociona hasta las lágrimas. 

Despedida

La habitación está en un silencio puro y extraño. Extraño porque, después de convivir cuatro días con Galeno, me había acostumbrado a su presencia. Y puro, porque cuando vuelvo a estar sola, después de esos cuatro días, me doy cuenta que es lo único que necesito.



¿Por qué será que verlo irse, aunque lo sepa, me genera esta tristeza? Ahora sí me dí cuenta. Es tristeza. Porque todo lo que pienso que no va a funcionar en nosotros, funciona. Y porque eso es un milagro. 

Todavía sigo acostada en la cama donde dormimos juntos y falta una hora para que empiecen a servir el desayuno en el comedor.  No tengo ganas de bajar. Aunque lo bueno sea que dentro de un ratito ya estaré de nuevo en casa, con mis afectos, disponiendo las cosas para la cena de Fin de Año. 

Fui feliz este fin de semana, Galeno, volví a decirle después de despedirlo con un beso y abrazándolo con fuerza. 

Si él supiera lo feliz que fui este fin de semana, considero que no se animaría a creerlo. 

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Silencio

Creo que si algo deseé siempre es encontrarme con una persona que fuera capaz de respetar mis espacios. 

Desde muy pequeña he sido de esa clase de niñas que no se escuchaban en la casa, no por estar retraída, sino, por estar leyendo o dibujando. Con el paso de los años, en la adolescencia, el arrebato por la lectura se intensificó y el silencio se acentuó porque el dibujar fue reemplazo por el escribir, lo cual seguía constituyendo una actividad silenciosa. Con mi familia era un niña sociable, llena de atenciones, mimada, y sin embargo, no era por eso revoltosa ni traviesa, en búsqueda de la atención todo el tiempo.  Cuando pasé la adolescencia, e ingresé a la vida universitaria, mis hábitos relacionados al estudio fueron haciéndome una jovencita muy silenciosa. Estudiar una Licenciatura en Letras, esto es, estudiar Literatura implica leer muchísimo, analizar muchísimo e interiorizar mucha información; es decir, hacer mucho silencio para poder interpretar lo necesario en los textos críticos como literarios. 

Al día de hoy, no sólo que sigo estudiando la misma carrera universitaria, sino que también trabajo en un lugar donde me debo el escuchar a gente cuando, francamente, no me interesa hacerlo.  Y es por eso que revaloricé el silencio de una manera abismal. Hay momentos donde no quiero oír a la gente decirme nada - aturde estar tantas horas hablando por teléfono por día, a decir verdad - y existen otras veces donde siquiera soporto la música.  Sólo necesito eso, silencio, para relajar mi mente. 

En relación a ésto, y manteniendo el aturdimiento, el primer fin de semana que pasé con Galeno a mí había algo que me preocupaba un poco: hablar tanto. Si bien tenía deseos de hacerlo, hacía muchísimos años que no me exponía físicamente a una persona capaz de conmoverme para darme a conocer... Y, claro, como es de suponer, aquéllo lo sentía como un gasto extra de energía que no sabía si me iba a terminar hartando o iba a terminar disfrutando... Yo solamente anhelaba lo mismo de siempre: un hombre que respetara los espacios propios para poder elegir quedarme a su lado libremente; movida por la decisión real de preferirlo cada uno de los días por sobre el resto de las otras personas. 



La primera vez que ocurrió ese silencio tan especial, con Galeno, fue cuando estábamos cenando en la pizzería en plena Calle Corrientes y mirábamos a nuestro alrededor. Había tanta gente del otro lado de la ventaba que, mientras disfrutábamos de una de las pizzas más ricas que he comido, de pronto nos quedamos callados. Y lo cierto es que no fue algo que pensé, ni por lo que me incomodé, sino que ocurrió de pronto como desarrollo natural de nuestras formas de ser, y encajó. Porque el silencio se pronunció hasta que unos largos minutos después retomamos la charla y, sin embargo, aquéllo no simbolizó una irrupción en el equilibrio inusual que se estaba estableciendo.  La segunda vez fue mientras caminábamos por Plaza Serrano, mirando los puestos de diversos artesanos, y buscábamos un regalo para Frutillitas, su hija, que le había pedido que le llevara algo como recuerdo de ese viaje.  El resto de las veces fueron, siempre, después de un contacto físico intenso y tierno que fuera capaz de reemplazar las palabras. 

Pero hubo una muy especial y fue, claro, la última noche que estuvimos juntos antes de volver cada uno a su casa.  Porque allí nos quedamos callados durante muchísimo tiempo, abrazados, disfrutando de esa paz y esa forma de compartir que no implica estar encima del otro todo el tiempo. 

Galeno me acarició, me peinó y me besó la frente y la cabeza, pero no habló, porque tampoco tiene la necesidad plena de estar todo el tiempo diciendo, sino, más bien, corre más del lado de la observación.  Y yo me di cuenta que había encontrado finalmente al hombre con el cual el silencio no me incomodaba. Con el que podía estar en la misma habitación, en el mismo colchón, en el mismo momento, después de haber pasado muchos días, casi todo el tiempo juntos, y no me agotaba.  Porque era un hombre con el que no tenía que fingir, ni explicar muchísimas cosas, ni mentir... Porque nuestros dos silencios, se llevaban, gracias a Dios, de maravillas.  Porque podíamos estar allí, acostados, recién bañados, como hemos venido al mundo, y en silencio, sin sentirnos fuera de lugar, aún mismo, nos lleváramos muchos años de diferencia.  

Sí, siempre deseé encontrar una persona con la que pudiera compartir todo, pero también, el silencio. Siempre deseé con todo el corazón cruzarme con una persona que no viera nada de malo en eso de estar con el otro desde la presencia del cuerpo, desde la respiración, desde la certidumbre de que su espíritu está con nosotros y no tanto desde la palabra, como si hubiera que rellenar huecos. 

Porque hay momentos que solo pueden ser disfrutados así, sintiéndolos, no hablando. Y con Galeno, en nuestro fin primer fin de semana juntos, descubrimos que eso no suele darle con tanta facilidad y con tanta comodidad, tan seguido. Por eso, lo volvimos a revalorizar una vez más. 

No es , entonces, decirle a ése otro todo, todo el tiempo. Es, más bien, estar con ese otro mucho tiempo, y que cuando un silencio no te incomode, te sientas finalmente satisfecho. No es que el otro se acuerde de memoria, haciéndote reír sorprendida, el color de toda la ropa interior que usaste a su lado. No es que le encante la producción. No es que te mire las uñas esmaltadas en el medio de una heladería y sonría , ni tampoco, que te huela el pelo mientras te lo peina, larguísimo, y te pide que no te lo cortes, porque le encanta.  No es que se ría de tu tonada. Tampoco es que te confiese que además de deseo físico, en esos momentos donde no tiene límite de espacio con vos, le da una enorme ternura ser acariciado y besado por tu boca o tus manos. Mucho menos es, aunque parezca lo contrario, que privilegie tu propio disfrute antes que el suyo, sólo para enseñarte a tocarlo sin miedo al rechazo o al arrepentimiento intempestivo. Tampoco es el hecho capital de que se dedique a besarte todo el cuerpo, sin pedirte nada a cambio, sólo que lo disfrutes. No es compartir un helado, parecer dos turistas, caminar mucho o sacar fotos. No es admirarnos por ediciones de libros o conversar mientras miramos los anaqueles de una librería. No es, únicamente, charlar de Medicina o de Literatura, con naturalidad. No es que le haga chistes sobre el médico más codiciado de su servicio.

 Es todo eso y además que, cuando se dé, el silencio no dé miedo. Que el silencio nos una, cuando lo vivimos juntos. Porque lo más curioso de todo sea ese juntos. Que haya tenido que esperar veinticinco años y 900 kilómetros para encontrar a mi compañero en el silencio, y que exista, contra todos mis pronósticos y las dudas que haya tenido. 

Sí, increíblemente, todo es aprendizaje.

Inclusive, lo que no se dice.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

"La realidad tiene fecha"

La primera vez que Galeno me dijo que quería viajar a Buenos Aires desde su provincia de residencia, en septiembre pasado, yo le dije que sí... pero, al poco tiempo, le pedí disculpas y le dije que no.  Tenía tanto miedo respecto al no saber con quién o con qué me iba a encontrar que tampoco encontraba el modo de gestionarlo positivamente. Por primera vez el temor me estaba ganando la partida de una persona que, por su parte, mostraba con determinación sus cartas. 

Todavía hoy, y aún más ahora, recuerdo el día donde le dije que no quería que viniera a Buenos Aires a pasar un fin de semana conmigo porque no estaba preparada para eso. Y recuerdo, también, que se lo dije para alejarlo definitivamente considerando que, por lo demás, en concreto, ya vivía lo bastante lejos.  Sin embargo, fue ese el momento donde entendí que me había pasado algo diferente con nosotros... El problema que, creí, se solucionaría con esa decisión de dar por perdida la partida, sólo creció; y cuando acabé esa conversación me di cuenta que había tomado una decisión cobarde. La primera decisión cobarde, y con noción de esa cobardía, en casi veinticinco años de vida.  ¿Cómo me iba a pasar una cosa así a mí? Éso me preguntaba todo el tiempo. ¿Por qué me iba a pasar una cosa así a mí? Ésa era la siguiente pregunta que llegaba sin falta. 

Luego de esa charla del cinco de septiembre creí con todas mis fuerzas que Galeno iría a alejarse y que me dejaría de hablar definitivamente.  Había hecho todo lo posible para alejarlo, para desacreditarme, para explicarle que no iba a tener gracia que viniera y, aquélla maniobra, constituía la estocada final. 

II

Del cinco de septiembre a mediados del mismo mes , contra todas mis creencias, Galeno no dejó de escribirme ni un sólo día, más allá de dos donde imperó un silencio que nos tomamos después de esa primera negativa.  Cuando volvimos a hablar, notamos que la naturalidad inicial, que había sostenido, previamente, y durante un mes entero las charlas en todo momento, no estaba perdida. Él comprendió que yo no estaba lista y, por mi parte, yo empecé a pensar que quizá no era un asesino serial que quería matarme. 

De los mensajes de voz pasamos a las largas charlas por teléfono; a las risas por teléfono, a las lágrimas, a los días buenos y a los días malos. De las charlas por teléfono de media hora pasamos a las de dos horas y media y de los temas más intelectuales pasamos a nuestras historias más personales e íntimas... Hasta que llegó el día donde le confesé a Galeno que tenía terror a verlo en persona por miedo a que me gustase, porque desde que había llegado ese primer contacto en las redes, yo sentía que me estaba rompiendo... y romperme me daba muchísimo miedo. 

Galeno, en su experiencia, se lo tomó con calma. Luego de la primera negativa hizo todas las preguntas del caso y me juró que me iba a tener paciencia para conocernos, que comprendía que yo tuviera miedo, que no estuviese lista tan sólo un mes después del primer chateo. Me prometió que nada iba a cambiar en nuestro contacto. Yo, obstinada, le dije que lo más sabio era ver cómo se daban las cosas con el tiempo (porque estaba segura que se iba a cansar y se iba a buscar otra chica que le quede más cerca) y , así, pasaron todos los días que necesité para estar lista, habiéndose dado todas las charlas que necesité tener para estar preparada. 

Por fortuna, llegó el momento donde reuní todo el valor que sentí alguna vez a la altura de las entrañas y, mientras me hablaba de la asistencia a un Congreso de Pediatría, le dije: 

- Creo que podríamos pensar en alguna fecha para organizar y vernos... después del Congreso. 

A lo que Galeno, muy tranquilo, me contestó: 

- Sí, claro. ¿Pensaste en alguna fecha que te interese? 

- ¿Qué te parece el último finde largo del año? - le pregunté. 

- Podría ser. Sólo dejame ver si tengo algún compromiso y te aviso - me dijo, sin perder en absoluto los papeles. 

A los pocos días, volvimos a tocar el tema en una conversación telefónica. Finalmente, el encuentro, al parecer, quedaba pactado para el fin de semana comprendido entre el 16 de noviembre hasta el 18 de noviembre inclusive.

13 de octubre de 2019 

- Cuando salgo del Consultorio me pongo a buscar pasajes, si te parece...  - dijo, habiéndome dado el espacio de hacerme a la idea inicial que tanto había temido. 

- Sí, me parece bien. Avisame si encontrás algo - le dije. 

Y cuando salió, y cuando llegó a su casa, y cuando me avisó que se desconectaba para poder buscar finalmente alguna fecha posible de arribo a Buenos Aires, se tomó cinco horas de ausencia y de silencio. En esas cinco horas, creo que jamás creí poder pensar tantas cosas diferentes, pero lo cierto es que me mandó un mensaje diciéndome que tenía novedades, y yo, me imaginé lo peor. 

- ¿Podemos hablar y no usar los mensajes en este caso? - pregunté. 

Me envió un audio que me paralizó después de esperar durante cinco horas alguna novedad. Lo reproduje con cuidado y escuché, finalmente, su: 

"  Te quería contar que ya saqué los pasajes y reservé el hotel (...) para estar el sábado al mediodía por allá ". 

III

- Bueno, ahora sí... - me dijo, más tarde, en otra charla por mensaje. 

- Sí, ahora sí nomás - admití  - Vamos a pasar al plano de la realidad. Realmente vas a venir... 

- Sí,  yo nunca dudé en ir a verte...  - me recordó - Ahora, la realidad tiene fecha. 

sábado, 23 de noviembre de 2019

Asilo

Atardecer del lunes feriado. Luego de haber almorzado, con Galeno, no teníamos hambre. Habíamos fracturado los horarios después de pasar una larga jornada juntos, paseando, comiendo y conversando.  En ése instante, sin embargo, yacíamos en la cama grande de hotel todavía abrazados. 

- ¿No querés que bajemos a comer algo, a comprar algo en un rato.. ? - me susurró - ¿No tenés hambre? 

Lo miré, a pocos centímetros de su rostro, y le dije que no. 

- ¿Vos? ¿Tenés hambre?  Bajamos si querés... 

- No, yo estoy lleno...  pero lo digo por vos... Te debo una cena - contestó. 

Me reí. 

- No, no me debés nada - musité - Lo que sí, voy a prender la televisión... - dije 
- Prendé, prendé... 

Me estiré lo suficientemente para buscar el control remoto. Lo tomé y encendí la televisión. Una vez que lo dejé tirado por ahí, volví a abrazarlo. Se me quedó mirando, unos breves segundos, como si estuviera pasmado, anonadado. Después, me dió muchos besos pequeños en los labios, haciéndome sentir que el tiempo y el espacio comenzarían a borrarse pronto. 

- ¿Qué vas a mirar? 
- Las noticias... Quiero saber qué está pasando en el mundo, allá afuera - le expliqué. 

Mirando la pantalla, fijamente, me dijo: 

- El mundo es una porquería afuera, Veinteava... 

Me enderecé, levemente, y tracé mis movimientos para que me dejaran casi mirándolo de frente. Galeno me sacó el pelo de la cara y acomodó los mechones sueltos detrás de las orejas, dejando al descubierto mis hombros y el resto de mi cuerpo en un estado tan pero tan vulnerable como es la absoluta desnudez. 

- ¿Cómo decís eso? ¿Y esto, entonces?  - le dije, acariciándole muy suavemente la barba tan recortada y perfumada como - sabe - me pierde. 

- ¿Qué? 

- Está también dentro del mundo que llamás porquería, Galeno - le recordé, con algo de sorna. 

Me miró y sonrió de una manera dulce. Negó con la cabeza y me acarició la frente con la yema de su pulgar. 

- No, ésto está fuera de la vulgaridad... Éste es nuestro mundo. 

- ¿Y entonces? - dije, solamente, para no pensar en lo cursi que estaba siendo todo ese momento. 

- Que no es una mierda, al contrario. Éstos son los días que justifican a todos los demás. Afuera estarán los otros días, igual al que vamos a tener mañana, por ejemplo, cuando tengamos que volver cada uno a su trabajo... 

- Y vos a tu casa...  - admití, con cierta pena, mientras me apretujaba más a su cuerpo. 

- Exactamente- afirmó - Por eso, Veinte,  éstos momentos así, son lo extraordinario en la vida... La vida son éstos momentos. Los demás días son la pausa antes de éstos donde estamos así como ahora... 

- Bien ahí. Hay que agradecer a la vida que nos hizo este regalo. Mañana, cuando vuelvas a tu casa y yo a la mía, pensemos en ir a trabajar para que sigan siendo posibles estos días fuera del mundo... 

- ¿Eso? ¿Ves? Vamos a aprovechar... - dijo, y me abrazó fuerte, dedicado a olerme. 




- ¿La pasaste bien éstos días? - le pregunté, luego de un ataque de mimos. 

- Ufff - espetó. 

- ¿Sí? 

- ¿Te parece que la estoy pasando mal? - se rió, levemente. 

- No, eso es cierto - medité - Yo creo que la estás pasando bien, pero quería saber. 

- La pasé muy bien... desde el sábado en el café, hasta ahora... - admitió - La mejor parte fue cuando te dormiste conmigo. Yo me acordé cuando, al principio, me dijiste que vos no dormías con nadie en quien no confiaras... 

Le sonreí y lo miré de costado. 

- Fui feliz este fin de semana, Galeno - le dije - Y hasta me dormí ¿viste? - hice una mueca graciosa. 

Sonrió, sin mostrarme los dientes y me besó la frente varias veces. 

- Sí, dormiste conmigo... - musitó. 

martes, 19 de noviembre de 2019

El día después...

Galeno viajó a Buenos Aires el sábado temprano. Se trata de una de las circunstancias más extrañas y ... paradójicamente de las más inabarcables en veinticuatro años de vida. 

Creo que todo puede ser resumido en una frase: 

«Este fin de semana fui feliz, Galeno» dije, de pronto, mientras me miraba envuelta entre sus brazos. 

Hasta nuevo aviso, esa es lo único que puedo escribir al respecto. Cuando se me vayan acomodando las ideas, y todo vaya siento integrado, veré cómo consensuar en mi mente que un fin de semana ha sido lo mejor que pasó en los últimos cinco años.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Del lado de acá...

Tengo la noche libre. Galeno (alias el Doctor, alias mi amigo de la provincia, o como lo llamaremos desde ahora, sí, Galeno) se fue a ver un recital. Ni bien enuncio esta frase en mi mente no puedo evitar añadir un irónico "supuestamente, claro", que me recuerda dónde estoy y dónde piso.  Aunque lo cierto es que las fronteras del tiempo y el espacio, en estos casi dos meses, se han vuelto muy extrañas para mí. Es real que desde hace un tiempo muy breve, cuando me quiero referir a su provincia de residencia digo "ACÁ" y cuando quiero preguntar, por ejemplo, si fue su amigo a visitarlo esa tarde utilizo la expresión: "¿al final, ya te dijo si iba a venir para acá?" cuando, en lo lógico, sería - obviamente - algo como: "¿ya te dijo tu amigo si va para allá?"... Porque, nosotros, aunque estemos conectados mucho mucho tiempo, y los tiempos se vayan entrelazando, estamos del lado de acá y del lado de allá. No obstante, sé que ésta confusión no es, definitivamente, un error por falta de conocimiento. Es un síntoma de cómo se va mezclando el tiempo, el espacio, y en especial, el sitio mental donde cada uno está, y a la vista queda, con las articulaciones del lenguaje con el que edificamos nuestros discursos. 

Hacía varias semanas que no tenía una noche para escribir, para sentirme y preguntarme qué estoy haciendo, hacia dónde quiero ir. Es extraño para mí, pero me acostumbré a hablar con Galeno después de dos meses haciéndolo todos los días. Las conversaciones se han sostenido con una solidez inusitada por lo que, inclusive, establecimos planes horarios para no perder productividad en lo cotidiano y poder cumplir con las obligaciones. Establecimos convenios, acuerdos, reglas razonables para el caso. 


II 

Por eso, nosotros... 

1. 

No hablamos al otro cuando está laburando y no lo dejan usar el celular, ni cuando está estudiando o leyendo sobre novedades médicas, ni tampoco molestamos cuando ese otro está de Guardia prolongada o en clases de la Facultad. 

2. 

Si el otro está con su familia, lo dejamos estar con ella realmente. Disfrutar el momento propiamente dicho. Si yo estoy con mi sobrino, me escribe en otro momento. Si él está con su hija, nos escribimos en otro momento o esperamos que, en caso de tener ganas, "el ocupado en cuestión", escriba y avise que ya terminó o que tiene un momento libre. 

3. 

Cuando estamos con nuestros amigos, estamos realmente con nuestros amigos. Hacemos una pausa. Salimos, comemos, disfrutamos, sin usar el celular para hablar con el otro. Al otro día, o al rato, cuando terminamos y volvemos a nuestras casas, por lo general, nos contamos qué tal la reunión o el asadito. 

4. 

Comprendemos, pese a estar lejos, que cada uno tiene su espacio. Parte de todos los acuerdos gira en relación a esto. Hemos hablado mucho del tema, y siempre ajustamos lo que haga falta en estos dos meses; especialmente ahora, donde uno de los dos está de vacaciones, donde el otro - yo, en este caso - está lleno de ocupaciones, donde se hace más difícil sostener, entender, sincronizar, hacerse el espacio y disfrutarlo en medio del estrés y el apuro.  Damos al otro, en la medida de todo lo que va surgiendo, ese espacio. Cuando Galeno está en el Consultorio, yo le dejo todo el espacio para que interactúe con sus pares del mismo modo en que me lo dá cuando yo estoy con mis compañeros de la Facultad. No importa si después uno habla con otra persona; lo importante es que tenga el espacio y la posibilidad de decidir... Porque creo que ninguno de los dos está pensando cómo anular al otro. 

5. 

Protegemos, dentro de lo que es posible, la intimidad y la integridad de nuestros parientes y conocidos. Hablamos mucho, de nosotros, y de quienes nos rodean, pero no mostramos datos privados ni vídeos familiares, ni direcciones, ni especificaciones muy certeras; por el momento.

6. 

Respetamos si el otro no quiere mandar fotos de todo lo que hace o de todos los lugares donde está. Confiamos, al menos yo eso intento, en la palabra. En la voz que nos cuenta y se ríe, en lo que el otro quiera ir relatando, en el momento donde esté dispuesto a contar. En los horarios que nos dice, en lo que nos dice que hace. En la voluntad que sigue haciendo posible estas charlas.

7.

Intentamos ser honestos, todo el tiempo, sabiendo que el otro no está cerca para vernos la cara. Aclaramos, volvemos a preguntar, explicamos si por alguna razón nos quedó pendiente algo de la charla anterior.  En nosotros, no hay después. Es, solamente, ése instante donde aquéllo pasa y puede, necesariamente puede, no pasar nunca más. O puede pasar siempre.

III

Y eso está bien. Es suficiente, en verdad, por el momento.  Mucho más de lo que hubiera esperado, mucho más de lo que podría haberme imaginado estar haciendo, hace dos meses atrás.  Mientras tanto, yo sigo del lado de ACÁ. Él, sigue del lado de ALLÁ. Ambos, ya lo hemos dicho, nos acordamos de Rayuela cuando hacemos ésta distinción.

 Sobre todo lo demás, hoy más que nunca, sé que Dios dirá. Para el caso, no estaba en mis planes nada de lo que está ocurriendo así que, en definitiva, no puedo negar que, por la razón que sea, Dios está hablando ahora en un lenguaje que, de a poco, mientras me voy poniendo de acuerdo en tantos sentidos, intento descifrar.

Mientras tanto, la idea es seguir viviendo.  Lo que no es poco, claro.