Uno de los acontecimientos más chistosos que me ocurrieron con Galeno en su viaje a Buenos Aires, fue el episodio del destapador.
Antes de irnos, se me ocurrió llevar algunas cosas que podían servir, entre ellas, un destapador. Lo mismo Galeno, que trajo el mate y compró una yerba por si nos daban ganas de tomar. ¿Por qué un destapador? Porque ambos somos fanáticos del vino y a mí se me ocurrió que quizá un día podíamos comprar un vino que no conociéramos y tomarlo juntos, independientemente de si salíamos a cenar o no, porque a veces nos quedábamos haciendo "otras cosas" y se nos hacía un poco tarde.
No obstante eso, al destapador, jamás lo usamos. Siempre terminamos saliendo a cenar y tomando vino con la comida pero, obviamente, yo seguí conservándolo en mi cartera. Y con esa misma cartera fui y vine por Buenos Aires todos los días que estuvimos juntos hasta que, en cierto lugar sacrosanto para nuestra democracia, yo entré con-el-destapador-encima.
Sí, lo olvidé y me mandé.
II
Como había detector de metales en la puerta de entrada, animé a Galeno para que pusiera todos sus objetos de valor en mi bolso así pasábamos más rápido. Cabe decir que no me acordé en ningún momento que tenía un destapador.
El señor de seguridad me miró dudoso, casi con una mueca graciosa. Claro, yo no tengo pinta de terrorista ni aunque me mires en la oscuridad, por lo que el contraste entre mi cara de inocente y el objeto punzante en mi cartera, era bastante bizarro. Lo mismo Galeno, que aguardaba a mi lado en un cómodo silencio.
- ¿Puede ser que tengas un destapador? - me preguntó.
- ¡Ay, sí, mil disculpas! - le dije, y me agarré la cara.
Quería que la tierra me trague.
- Es que... nada, por las dudas... - le dije, intentando explicar lo inexplicable.
En un atisbo de lucidez, cerré mi boca. Galeno se acercó a mi lado y disimuló una risa. El de seguridad se quedó con mi destapador, me devolvió el bolso con todo el resto de nuestras cosas, e ingresamos a realizar la visita guiada.
- Dios, qué vergüenza - le dije a Galeno, quien se carcajeó, cuando comenzamos a recorrer la primera sala.
- Hay que explicarle al señor que nos gusta tomar vino - me dijo, en broma.
- Sí, creo que lo notó - añadí - ¿A quién se le ocurre? A nosotros nada más, mi *** - le dije.
- No sabemos cuándo nos podemos cruzar con un buen vino - musitó.
III
A la salida, cuando la charla terminó, la guía que era una chica de mi edad muy simpática (con quien habíamos pegado onda durante la charla porque hacía muy bien su trabajo), me dijo:
- Siempre listos ustedes - y sonrió.
Con Galeno nos miramos y nos reímos.
- Sí, la verdad que sí - contesté yo - siempre listos , nosotros, para un vinito.
Acto seguido, me acerqué al señor de seguridad con cara de circunstancia, tratando en vano de no reírme.
- Acá está, acá está, no creas que me lo iba a llevar... - me dijo.
Me reí, otra vez. Alcancé el objeto que me depositaba en la mano con cordialidad.
- Gracias por cuidarlo - le dije, y nos despedimos.
Con Galeno salimos riéndonos. Yo quería meterme debajo de una baldosa, y sé que, en condiciones normales, soy mucho más atenta. Pero también entiendo que, a veces, en ciertas ocasiones, distraerse es un equivalente al placer. Aún mismo, esas distracciones, te hagan pasar una vergüenza plena.