Mostrando entradas con la etiqueta Buru osasuna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Buru osasuna. Mostrar todas las entradas

La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

Fragmento de La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

 

Bellos y no tan conocidos párrafos de Arturo Barea sobre su experiencia cercana a la locura en mitad del asedio a Madrid en la Guerra Civil. El miedo, el insomnio y la acumulación de horrores vividos como detonadores de un proceso que quiebra la estabilidad mental. Tal lejos y tan cerca. La Gran Vía, los obuses. La familiaridad de la fragilidad en épocas distintas…

Escuchaba con el conjunto de mi cuerpo por el silbido de un obús o el zumbido de un avión entre los mil ruidos de la calle; mi cerebro trabajaba febrilmente tratando de eliminar todos los sonidos que no eran hostiles y de analizar todos los que contenían una amenaza. Tenía que luchar incesantemente dentro de mí mismo contra esta obsesión, porque amenazaba cortar el hilo de lo que estuviera haciendo, escuchando o diciendo. Las gentes y las cosas alrededor de mí se borraban y contorsionaban en formas fantasmales, tan pronto como perdían el contacto directo conmigo. Me aterrorizaba estar en una habitación solo y me aterrorizaba estar en la calle entre las gentes. Cuando estaba solo, me sentía como un niño abandonado. Era incapaz de subir solo a nuestro cuarto en el hotel, porque esto suponía tener que cruzar solo la Gran Vía y porque después era incapaz de enfrentarme a solas con el cuarto. Cuando estaba en la habitación, me quedaba mirando la fachada blanca de la Telefónica, con los orificios de sus ventanas cubiertos de ladrillos o enmascarados con cortinas negras y sus docenas de cicatrices de granadas. Lo odiaba y me fascinaba. Pero no podía soportar más el mirar hacia abajo, hacia la calle.

Aquella noche me dio una fiebre alta y, aunque no había comido, vomité jugos amargos en convulsiones espasmódicas. Al día siguiente mi boca se llenaba del líquido agrio al sonido de una motocicleta, de un tranvía, del chillido de un freno, de las sirenas de alarma, del zumbido de los aviones, de la explosión de granadas. Y la ciudad estaba llena de estos ruidos.

Me daba perfecta cuenta de lo que me estaba pasando, y luchaba desesperadamente contra ello: tenía que trabajar y no tenía derecho a mostrar nerviosismo o miedo. Estaban los otros, ante los que yo tenía que mostrarme sereno si quería que ellos estuvieran serenos. Me acogí al pensamiento de que tenía el deber de no mostrar miedo, y de esta manera me encontré obsesionado con otra clase de miedo: el miedo de tener miedo.

Aparte de Ilsa y de mi cuñado Agustín, al cual había incorporado a la oficina como ordenanza en el puesto de Luis, todos sabían tan sólo que no me encontraba bien y que parecía tener un humor especialmente sombrío. El bombardeo era cada vez más continuo.

Los mismos periodistas pedían un traslado de la oficina de censura a un sitio más seguro; a petición suya habíamos instalado teléfonos para las conferencias en el piso bajo del edificio, pero aun así tenían que andar y cruzar constantemente la Gran Vía y esto se había convertido en un peligro innecesario e irrazonable. Ilsa era casi la única persona que defendía nuestra estancia allí: había tomado cariño a los muros de la Telefónica y se sentía una parte integrante de ella. Pero la situación se había hecho imposible de mantener hasta por ella misma.

En el hotel cambiamos nuestro cuarto a la espalda del edificio, donde nuestras ventanas daban a un patio interior, estrecho como una chimenea, que recogía y amplificaba todos los ruidos. Sufría ataques de fiebre y ataques de vómito y ni dormía ni comía. Por un día entero hice la censura en el rincón oscuro del hall del hotel, mientras Ilsa la hacía sola en la Telefónica. Fue ella quien obtuvo de Rubio Hidalgo la autorización para cambiar la censura al edificio del Ministerio de Estado. Algunos de los periodistas pedían que el traslado se hiciera a uno de los barrios más quietos y casi totalmente seguros contra el bombardeo, pero esto hubiera tomado mucho tiempo y una complicada instalación de cables. En el Ministerio, el cuarto de prensa y el de censura tenían aún las instalaciones y sus muros eran de gruesa piedra, aunque el edificio estaba dentro del alcance de los cañones y en el borde de su habitual campo de tiro.

La Telefónica había sido tocada por más de ciento veinte granadas, y aunque dentro de sus paredes no había caído ni una sola víctima en todo este tiempo, los periodistas y los censores teníamos el presentimiento de un desastre inevitable.

El primero de mayo, la Oficina de Prensa Extranjera y la censura volvieron al Ministerio de Estado en la plaza de Santa Cruz. Durante algunos días aguardé, sin moverme de mi rincón en el hall del hotel, que la mudanza quedara terminada, luchando contra mí mismo y perdido dentro de mí. Por entonces ignoraba que Ilsa cruzaba la calle bombardeada y trabajaba durante ocho días en el piso cuarto de la Telefónica, con la convicción absoluta de que estaba condenada a ser matada allí. Y en mi ignorancia y mi egoísmo, la dejé incluso que fuera ella quien coleccionara todos los documentos importantes y los llevara al ministerio, ayudada por Agustín.

El día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un obús penetró por una de las ventanas de la desierta oficina y explotó sobre la mesa central. Unos pocos minutos después de las cinco. Todas las tardes, a las cinco en punto, Ilsa se había hecho cargo del servicio y se había sentado a esa misma mesa a trabajar.

El Ministerio de Estado está construido alrededor de dos grandes patios enlosados y techados con cristales, y separados uno de otro por la monumental escalera de piedra que conduce a los pisos superiores, arrancando de la triple entrada del edificio.

[…]

Al cabo de unos pocos días, cuando vi que tampoco podía dormir allí, pedí al médico del ministerio que me reconociera y me diera alguna droga que me ayudara. Me dio una medicina a base de opio. Ilsa pensaba que la mejor cura era batallar mentalmente contra la obsesión y vencerla, pero no entendía que simplemente no pudiese dormir. Aquella noche me metí en la cama temprano, tambaleándome de exhaustación y de falta de sueño, y me tomé la dosis ordenada por el médico.
Me hundía en un pozo profundo. Se disolvían las líneas del cuarto. Agustín no era más que una sombra que se movía entre paredes amarillas sin fin que se perdían a su vez en abismos oscuros. La luz era un resplandor débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido de peso y comenzó a flotar. Me hundía en el sueño.

Me invadió un terror infinito. Ahora, en aquel mismo momento, iba a comenzar el bombardeo. Y yo estaría allí atado en la cama, incapaz de moverme, de protegerme. Los otros se irían a los sótanos y me dejarían solo allí. Comencé a luchar desesperadamente. La droga había obrado sobre los nervios motores y no podía moverme. Mi voluntad no quería someterse, no quería dormir ni dejarme que yo durmiera. Dormir era correr peligro de muerte. El cerebro me gritaba órdenes urgentes: «¡Muévete, sal de la cama, chilla!». La droga continuaba su ataque. Me sacudían olas de náuseas profundas dentro de mí, como si las entrañas se hubieran desintegrado de mi cuerpo y se agitaran furiosamente, buscando su liberación con manos, no, con garras y dientes propios. Alguien estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de explicarme algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus cabezas enormes inclinadas sobre mí. Me sentía lanzado en abismos sin fin, cayendo en el vacío sin llegar nunca, con una presión horrible en el estómago; y al mismo tiempo tratando de empujar hacia arriba con todo mi cuerpo y resistir la caída y el choque final en el invisible fondo del abismo. Me estaba despedazando; mis miembros se convertían en masas algodonosas y deformes y desaparecían de mi vista, aunque aún seguían estando allí; y yo estaba tratando de recuperar estos brazos y estas piernas, estos pulmones y estas entrañas mías que se estaban disolviendo. Caras fantasmales y manos monstruosas y sombras flotantes se apoderaban de mí, me levantaban y me dejaban caer, me llevaban más y más lejos. Y yo sabía que en aquel mismo momento iban a comenzar las explosiones. Me sentía muriéndome de desintegración de mi cuerpo, con sólo un cerebro inmenso dejado a solas que acumulara todas sus energías contra esta muerte, contra esta disolución del cuerpo a que estaba unido.

Nunca he sabido si aquella noche estuve en el umbral de la muerte o de la locura. Tampoco Ilsa ha sabido nunca si ella me vio marchar inevitablemente hacia uno de los dos fines.

Lentamente mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga. Al amanecer estaba completamente despierto, envuelto en sudor frío, mortalmente agotado, pero triunfante y capaz de pensar y moverme. A la caída de la tarde sufrí un nuevo ataque, en el que me revolqué sobre la cama, luchando por retener mis sentidos, mientras Ilsa, que no se atrevía a dejarme solo, contestaba las preguntas de dos visitantes polacos, antipáticos, sentados a la mesa que había en el cuarto. Veía sus caras distorsionadas haciendo muecas y trataba de no llorar. Parece, sin embargo, que lo hice.

La parte peor de mi experiencia, y de todas las fases de la experiencia a que me llevó el choque, fue que todo el tiempo me daba perfecta cuenta del proceso y de su mecanismo. Sabía que estaba enfermo y lo que tengo que llamar anormal: mi «yo» estaba luchando contra un segundo yo, rechazando el rendirse a él, dudando a cada momento de tener la energía necesaria para vencer; y prolongando así la batalla, dudaba si el otro yo que producía este miedo abyecto de destrucción no tenía realmente razón. Para poder vivir entre los otros, tenía que suprimir esta duda.

Cuando me levanté y reanudé el trabajo, me sentí completamente aparte de los demás, que a mí me parecían anormales por su incapacidad de compartir mis propias angustias. No podía librarme de la introspección, porque estaba obligado a mantener un control consciente sobre mí mismo, y esta autoobservación constante me hacía observar a los demás desde un nuevo ángulo.

Perdí mi interés en el trabajo de la oficina que los otros seguían en las líneas marcadas, manteniendo una resistencia pasiva y creciente contra los dictados de la oficina de Valencia. Lo que ocupaba toda mi imaginación era el entender los impulsos que movían en nuestra guerra a otras gentes y entender el curso de la guerra en sí.

Me parecía a mí que a cada individuo le impulsaban a la lucha cosas pequeñas impensadas e irrazonables, cosas que respondían sólo a emociones hondas e indefinidas.

Una partícula de materia gris palpitante había puesto en movimiento dentro de mí una cadena de pensamientos y emociones ocultos. ¿Qué era lo que animaba a los otros? No lo que decían en palabras ordenadas y escogidas, sino lo otro.

[ Primera Vocal-etik hartua ]

Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro

Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro                                          
El pasado mes de junio de 2017 se cumplió un año de la edición de Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis, de Javier Erro. Poco tiempo después publicamos la edición digital en la página web Mad in America para el mundo hispanohablante. Ahora, con un camino ya recorrido (tanto en lo que se refiere a cantidad de copias distribuidas y descargadas como a presentaciones realizadas por el autor a lo largo y ancho de la geografía ibérica), publicamos el pdf en Primera Vocal.
Queremos dar las gracias tanto a Javier Erro como a la Biblioteca Social Hermanos Quero de Granada, que ha sido el colectivo que se ha encargado de la edición y distribución de la guía. Os animamos tanto a solicitar copias impresas como a descargar y difundir la obra. Ya ha llegado a varios miles de personas, y estamos convencidos de que en el próximo año llegará a otros muchos miles más.
En ocasiones minusvaloramos nuestra capacidad de trabajo y el impacto de nuestros proyectos. Con medios relativamente precarios y mediante un proceso autogestionado hemos conseguido hacer llegar esta guía a bibliotecas, librerías, asociaciones de salud mental, institutos, etc. distribuidos por todo el país. Y ello ha sido posible por la enorme cantidad de manos que se han acercado y han comenzado a colaborar (desde supervivientes de la psiquiatría que han hecho llegar la guía a lugares y personas a las que no podríamos llegar de otra manera a profesionales que han comprado decenas de copias para regalar a pacientes, pasando por libreros que la recomiendan y venden aun a sabiendas de que apenas les dejará unos céntimos de beneficio). Al fin y al cabo, este ha sido un camino colectivo, algo que coincide con la misma esencia de Saldremos de esta: implicarnos, crear lazos, avanzar en la dirección contraria a la que apunta esta sociedad. Combatir el canibalismo social y la atomización. Sea apoyando a una persona en crisis o socializando conocimientos. No conocemos otra manera de sobrevivir al orden de cosas que nos ha tocado habitar… lo bueno que tiene es que además es una manera hermosa de estar en el mundo.
Saldremos de esta, por Javier Erro

[ Primera Vocal taldekoen webgunetik hartua]

La antipsiquiatría

[Antipsikiatriaz bai baina baita ere psikiatriaren beste zenbait pasartetaz duela 10 urte eskas Psiquiatría histórica webgunekoek idatzi ziNaten zerbaitekin usten zaituztet]

La antipsiquiatría *




“Me llamaron loco y yo los llamé locos. Y maldita sea, me ganaron por mayoría de votos.”
Nathaniel Lee, al ser enviado a una institución mental en el siglo XVII.

En 1950 hizo su aparición la clorpromazina, el primer medicamento antipsicótico. Su influencia sobre la psiquiatría durante las próximas décadas fue enorme, al posibilitar lo que unos años antes había sido impensable: el tratamiento ambulatorio de la esquizofrenia. La psiquiatría ya no sería entonces sinónimo de reclusión vitalicia y aislamiento social obligatorio. Sin embargo, cuando la psiquiatría daba el gran salto que la llevaba a integrarse con todo derecho al resto de la medicina, surgió un movimiento que la cuestionaría desde sus mismos cimientos. Un movimiento heterogéneo y de propuestas a veces hasta contradictorias, que se amoldó perfectamente con el espíritu rebelde y contestatario de la década de 1960, y que recibió el nombre -no aceptado por todos sus exponentes- de antipsiquiatría.



Antecedentes

En 1947, Marguerite A. Sechehaye publicó Diario de una esquizofrénica, en donde relata la experiencia vivida por la esquizofrénica Renée y plantea un cambio en la relación médico paciente. Poco difundida en su tiempo, la obra de Sechehaye alcanzó mayor reconocimiento dos décadas después.

En 1961, Erwing Goffman publicó Asilos. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, libro en el cual describió a los hospitales psiquiátricos como instituciones totales (al igual que las cárceles y los cuarteles), por el aislamiento y reglamentación a los que están sometidos sus residentes. Otra obra suya es Estigma - La identidad determinada (1963), en donde estudió el estigma de la enfermedad mental en todas sus facetas.


Szasz

El mito

En 1960, Thomas Szasz publicó El mito de la enfermedad mental, obra considerada como el acta fundadora de la antipsiquiatría (aunque el autor nunca se consideró antipsiquiatra), y en la cual parte de un extenso análisis de la histeria para cuestionar toda la nosología psiquiátrica imperante, concibiendo las supuestas enfermedades mentales más bien como modalidades de comunicación, un “protolenguaje” que en vez de recurrir a símbolos verbales emplea signos icónicos, como el sueño y las fantasías. Plantea además que los psiquiatras no se enfrentan con patologías verdaderas sino con dilemas éticos, sociales y personales.

“Es corriente definir la psiquiatría como una especialidad médica dedicada al estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta definición es inútil y engañosa. La enfermedad mental es un mito. Los psiquiatras no se ocupan de las enfermedades mentales y de su terapia. En la práctica enfrentan problemas vitales de orden social, ético y personal.” (Szasz T. El mito de la enfermedad mental).

En 1960 apareció El yo dividido, de Ronald D. Laing, una de las figuras representativas de la antipsiquiatría. En esta obra, con clara influencia fenomenológica existencialista, pero que no rompe por completo con la psicopatología tradicional, el autor resalta la importancia de las relaciones familiares en el inicio y evolución de los síntomas psicóticos.

Posteriormente, en El yo y los otros (1961), Laing desarrolla más extensamente su teoría de la influencia familiar, postulando el concepto de doble lazo, situación en la cual la víctima se ve sometida a mensajes contradictorios simultáneos, uno a nivel explícito y el otro a nivel abstracto, que la llevan a adoptar conductas incomprensibles para los demás y que terminan siendo rotuladas como “esquizofrénicas”. La esquizofrenia es pues, para Laing, no una enfermedad de origen desconocido, sino una reacción ante circunstancias sociales. Por otro lado, el lenguaje esquizofrénico deja de ser incomprensible, pues detrás de cada manifestación psicótica existe un intento de comunicación, un grito de alarma, que debe hacerse inteligible.

“Nuestra percepción de la ‘realidad’ es el logro perfectamente consumado de nuestra civilización. ¡Percibir la realidad! ¿Cuándo habrán dejado los hombres de creer que lo que percibían era irreal? Tal vez la creencia y la idea de que lo que percibimos es real sea muy reciente en la historia del hombre.” (Laing RD. El yo y los otros).

Entre 1962 y 1966, David G. Cooper estableció una unidad autónoma –el “Pabellón 21”- dentro de un gran hospital psiquiátrico londinense. En esta unidad, que se inspiró inicialmente en las comunidades terapéuticas de Maxwell Jones, se buscó cambiar el rol tradicional de médicos y pacientes, e investigar la interacción familiar y grupal en la esquizofrenia. Progresivamente, las reglas y las diferencias entre el personal y los enfermos se fueron disolviendo hasta casi desaparecer. Al evaluar los resultados del experimento, los 42 pacientes del Pabellón 21 pudieron salir de alta antes de un año (3 meses en promedio), sin haberse utilizado choque insulínico, electrochoque o dosis altas de medicamentos; un año después sólo el 17% fue reinternado, siendo una cifra menor que la de los tratamientos habituales en ese entonces.

Cooper volcó sus experiencias del “Pabellón 21” en su libro Psiquiatría y antipsiquiatría (1967), con el cual se institucionalizó oficialmente el movimiento antipsiquiátrico. En esta obra el autor denuncia el proceso de “invalidación” que la sociedad impone a algunos de sus miembros mediante el rótulo de “esquizofrénicos”, víctimas de la violencia (entendida en su sentido más amplio y no únicamente como violencia física) que sobre ellos ejercen los “sanos” con la “complicidad” de los psiquiatras, violencia que alcanza su máxima expresión en el internamiento manicomial. Como Laing, Cooper culpa en primer lugar a la familia y al “doble vínculo”, por el proceso que lleva al futuro esquizofrénico a sumirse en una situación insostenible.

“La esquizofrenia es una situación de crisis microsocial en la cual los actos y la experiencia de cierta persona son invalidados por otros, en virtud de razones culturales y microculturales (por lo general familiares) inteligibles, hasta el punto de que aquélla es elegida e identificada de algún modo como “enfermo mental”, y su identidad de “paciente esquizofrénico” es luego confirmada (por un proceso de rotulación estipulado pero altamente arbitrario) por agentes médicos o cuasi médicos.” (Cooper DG. Psiquiatría y antipsiquiatría).


Kingsley Hall

Kingsley Hall

En 1965, Laing, Cooper y Aaron Esterson fundaron la Philadelphia Association, que tuvo como objetivo crear centros para dar acogida a personas con enfermedades mentales. Se abrieron tres “hogares” de este tipo, el más célebre de los cuales fue Kingsley Hall, que funcionó entre 1965 y 1970 en un antiguo edificio de Londres.

En Kingsley Hall no existían reglas de ningún tipo, los residentes hacían lo que querían, médicos y pacientes convivían en condiciones de igualdad absoluta, y los supuestos enfermos podían llevar a cabo su “viaje regresivo” para ubicarse luego en un mundo más “auténtico”. La paciente más famosa del centro fue Mary Barnes, quien junto a Joseph Berke, publicó sus memorias bajo el título Mary Barnes. Viaje a través de la locura, en donde paciente y psiquiatra narran la experiencia psicótica fuera del marco psiquiátrico convencional.La autora se hizo famosa también por sus pinturas, realizadas inicialmente con sus propios excrementos.

“Además, las experiencias por las que pasa la persona denominada esquizofrénica, que comúnmente se incluyen bajo el nombre genérico de ‘psicosis’, no son en absoluto ininteligibles, es decir, una locura. Simplemente ocurren en un orden diferente de realidad, como cuando uno sueña despierto. La invalidación social de tales experiencias, al llamarlas ‘enfermedad’ o ‘locura’, es una maniobra básica interpersonal entre las gentes de la cultura occidental, donde los sueños y los estados parecidos al sueño no se consideran un vehículo válido para comunicar la realidad, por mucha verdad que expresen.” (Barnes M, Berke J. Viaje a través de la locura).


Cooper

Antisociedad

En 1971, Cooper publicó La muerte de la familia, en la cual critica duramente a la institución familiar, considerándola fracasada y heredera de la sociedad esclavista y de la sociedad feudal, proponiendo su completa desaparición. Cooper además preconiza la superación de todos los prejuicios que impone la sociedad actual, defiende la libertad absoluta, para la cual no duda en sugerir el uso de drogas alucinógenas con el objeto de intensificar las posibilidades. Posteriormente, en La gramática de la vida (1974) postula la aceptación del riesgo, que representa la desobediencia a los imperativos ajenos, considerando la vida “normal” de nuestra sociedad como “una aburrida distracción hacia la muerte”.

“Las personas, desde luego, son cerdos. Desde luego también, las instituciones humanas son chiqueros, o factorías, o mataderos de cerdos. (...) Los cerdos a menudo destruyen su prole, pero también nosotros lo hacemos con nuestros métodos humanoides más tortuosos. (...) La pareja parental convencional de la burguesía es a la vez el supercerdo ambisexual y una masiva factoría de tocino. (...) Podemos estar seguros de que no es casual el apelativo de “cerdos” que los jóvenes revolucionarios estadounidenses dedican a la policía y sus colaboradores, psiquiatras, y falsas autoridades en general.” (Cooper D. La muerte de la familia).


Basaglia

El cierre de los manicomios

En 1968, Franco Basaglia publicó La institución negada, en donde narra su experiencia como Director del Hospital de Gorizia (1961-1969), lugar en el que aplicó sus ideas dirigidas a la transformación del manicomio tradicional, y postuló la desaparición de todo tipo de institución psiquiátrica, así fuese una comunidad terapéutica. Los seguidores de Basaglia fundaron en la década de 1970 la asociación Psichiatria Democratica. El epílogo de la aventura antipsiquiátrica en Italia fue el cierre de los hospitales psiquiátricos luego de promulgarse la ley 180 en 1978.



La decepción

“Desde 1970, la fiebre descendió. Los movimientos antipsiquiátricos no consiguieron implantarse de manera duradera, ni en los Estados Unidos ni en Inglaterra o Italia. La fiebre liberadora o revolucionaria chocó no sólo con los medios conservadores, sino quizá más aún con la inercia del núcleo duro de la psicosis.” (Trillat E. Una historia de la psiquiatría en el siglo XX).

En 1979, Szasz publicó Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría, en el cual descalifica todas las propuestas históricas de considerar a la esquizofrenia como una enfermedad, esgrimiendo como argumento principal la reiterativa falla en encontrar algún tipo de alteración orgánica demostrable en los supuestos esquizofrénicos, mencionando como paradigma de una enfermedad real -en contraposición a la enfermedad falsa que es para él la esquizofrenia- a la neurosífilis, de etiología claramente identificada. En dicho libro, Szasz toma distancia de la antipsiquiatría de Laing, Cooper y Esterson, a quienes critica duramente por la contradicción que para él representa el negar la esquizofrenia como patología y al mismo tiempo proponerle terapias (como Kingsley Hall) y causas (basadas en teorías sociales).

“Esto es, brevemente, el por qué yo considero a Kraepelin, Bleuler y Freud los conquistadores y colonizadores de la mente del hombre. La sociedad, su sociedad, quería que ellos extendieran las fronteras de la medicina por encima de la ley y la moral y así lo hicieron; quería que ellos extendieran las fronteras de la enfermedad del cuerpo al comportamiento, y de esta manera lo hicieron; quería que ellos disfrazaran el conflicto como psicopatología y el confinamiento como terapia psiquiátrica, y de esta manera lo hicieron.” (Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría).

“Los psiquiatras y los antipsiquiatras son simplistas por igual en sus imágenes causales y sus estrategias de remedio. Según el punto de vista psiquiátrico, la investigación médica hará que todos estemos sanos. Según el punto de vista antipsiquiátrico, el permitir que personas incompetentes, destructivas y autodestructivas, se revuelquen en su propio autodesprecio y su desprecio por los otros, será suficiente para guiarlos con seguridad a través de su viaje por los Alpes de la alienación, después del cual llegarán a la limpia y pulcra ciudad suiza y vivirán felices para siempre. Tales son las promesas de los propagandistas, de la investigación psiquiátrica por una parte, y de los retiros antipsiquiátricos por la otra.” (Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría).

“Como todo movimiento de contracultura, (la antipsiquiatría) pasó como una ráfaga, vivificante y destructiva al mismo tiempo. De ella no quedan hoy sino algunos rastros en la psiquiatría social y comunitaria, así como en las múltiples alternativas paramédicas de la psiquiatría (homeopatía, expresión corporal, acupuntura, quiropraxia, grupos de encuentro, etc.). Sirvió, además, para que los médicos se interesaran cada vez más a fondo en el proceso psicoterapéutico. La antipsiquiatría fue –pues ya es cosa del pasado- como un intento más de encontrar la razón de la sinrazón, pero esta vez procediendo a la inversa, tratando de poner las cosas patas arriba y ver qué tal funcionan así. En la oscilación pendular de la historia, la antipsiquiatría se identifica como una reacción romántica frente a una sociedad tecnocrática en donde al hombre le resulta difícil individuarse adecuadamente.” (Vidal G. La antipsiquiatría).


Bibliografía

  • Barnes M, Berke J. Viaje a través de la locura. Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1974.
  • Coalición de Antipsiquiatría. http://www.antipsychiatry.org/espanol.htm.
  • Cooper D. Psiquiatría y antipsiquiatría. Buenos Aires: Locus Hypocampus, 1967.
  • Cooper D. La muerte de la familia. Buenos Aires: Editorial Paidos, 1971.
  • Foucault M. Historia de la locura en la época clásica. México: Fondo de Cultura Económica, 1998.
  • Il nido del cuculo. Gli orrori della psichiatria. http://www.club.it/cuculo/.
  • Laing RD. El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad. México: Fondo de Cultura Económica, 1999.
  • Laing RD. El yo y los otros. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
  • Salvat Editores. Psiquiatría y antipsiquiatría. Barcelona, 1973.
  • Szasz T. El mito de la enfermedad mental. Barcelona: Círculo de Lectores, 1999.
  • Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría. México: Premiá Editora, 1990.
  • Trillat E. Una historia de la psiquiatría en el siglo XX. En: Postel J, Quetel C (ed). Nueva historia de la psiquiatría. México: Fondo de Cultura Económica, 2000: 340-5.
  • Vidal G. La antipsiquiatría. En: Vidal G, Alarcón R. Psiquiatría. Buenos Aires: Editorial Médica Panamericana, 1988: 59-60.

* Presentado en la Asociación de Psicopatología y Psicoterapia Médica (Perú), 2003.

«Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis»

Novedad editorial: «Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis»


Ya puedes venir a Magdalena a por tu ejemplar de la nueva co-edición de la B.S. hnos Quero con primeravocal.org, «Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis» de Javier Erro.
En determinadas situaciones personas que nos rodean entran en crisis de salud mental. Deprimirse, oir voces, tener ansiedad, abusar de las drogas… Estas son respuestas habituales ante eventos estresantes. Pero en muchas ocasiones, las personas cercanas no sabemos responder adecuadamente a las necesidades que la situación plantea y dejamos a la persona sola. En esta guía se dan algunas pinceladas acerca de cómo comunicarse, qué hacer con respecto a la ayuda profesional, cómo poner límites, cómo acompañar y, en definitiva, cómo generar el apoyo mutuo necesario para la persona que atraviesa una crisis de salud mental

Son muchos, cada vez más, los materiales teóricos que cuestionan los modelos hegemónicos de atención en salud mental. Pero nos hacen falta herramientas prácticas… saberes ubicados más allá del conocimiento especializado que sirvan para desplegar estrategias colectivas con las que reducir todo ese dolor que brota día a día en nuestros entornos. Esta guía pretende ser uno de los muchos pasos que nos quedan por dar en esta dirección.
saldremos-de-esta
B.S. hnos. Quero & primeravocal.org
16cm x 11cm. 76 págs.
ISBN: 9788460873365
PVP: 3,80 euros

[Magdalena lokal anarkistaren webgunetik hartua]