Fragmento de La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea
Bellos
y no tan conocidos párrafos de Arturo Barea sobre su experiencia
cercana a la locura en mitad del asedio a Madrid en la Guerra Civil. El
miedo, el insomnio y la acumulación de horrores vividos como detonadores
de un proceso que quiebra la estabilidad mental. Tal lejos y tan cerca.
La Gran Vía, los obuses. La familiaridad de la fragilidad en épocas
distintas…
Escuchaba con el
conjunto de mi cuerpo por el silbido de un obús o el zumbido de un avión
entre los mil ruidos de la calle; mi cerebro trabajaba febrilmente
tratando de eliminar todos los sonidos que no eran hostiles y de
analizar todos los que contenían una amenaza. Tenía que luchar
incesantemente dentro de mí mismo contra esta obsesión, porque amenazaba
cortar el hilo de lo que estuviera haciendo, escuchando o diciendo. Las
gentes y las cosas alrededor de mí se borraban y contorsionaban en
formas fantasmales, tan pronto como perdían el contacto directo conmigo.
Me aterrorizaba estar en una habitación solo y me aterrorizaba estar en
la calle entre las gentes. Cuando estaba solo, me sentía como un niño
abandonado. Era incapaz de subir solo a nuestro cuarto en el hotel,
porque esto suponía tener que cruzar solo la Gran Vía y porque después
era incapaz de enfrentarme a solas con el cuarto. Cuando estaba en la
habitación, me quedaba mirando la fachada blanca de la Telefónica, con
los orificios de sus ventanas cubiertos de ladrillos o enmascarados con
cortinas negras y sus docenas de cicatrices de granadas. Lo odiaba y me
fascinaba. Pero no podía soportar más el mirar hacia abajo, hacia la
calle.
Aquella noche me dio una fiebre
alta y, aunque no había comido, vomité jugos amargos en convulsiones
espasmódicas. Al día siguiente mi boca se llenaba del líquido agrio al
sonido de una motocicleta, de un tranvía, del chillido de un freno, de
las sirenas de alarma, del zumbido de los aviones, de la explosión de
granadas. Y la ciudad estaba llena de estos ruidos.
Me
daba perfecta cuenta de lo que me estaba pasando, y luchaba
desesperadamente contra ello: tenía que trabajar y no tenía derecho a
mostrar nerviosismo o miedo. Estaban los otros, ante los que yo tenía
que mostrarme sereno si quería que ellos estuvieran serenos. Me acogí al
pensamiento de que tenía el deber de no mostrar miedo, y de esta manera
me encontré obsesionado con otra clase de miedo: el miedo de tener
miedo.
Aparte de Ilsa y de mi cuñado
Agustín, al cual había incorporado a la oficina como ordenanza en el
puesto de Luis, todos sabían tan sólo que no me encontraba bien y que
parecía tener un humor especialmente sombrío. El bombardeo era cada vez
más continuo.
Los
mismos periodistas pedían un traslado de la oficina de censura a un
sitio más seguro; a petición suya habíamos instalado teléfonos para las
conferencias en el piso bajo del edificio, pero aun así tenían que andar
y cruzar constantemente la Gran Vía y esto se había convertido en un
peligro innecesario e irrazonable. Ilsa era casi la única persona que
defendía nuestra estancia allí: había tomado cariño a los muros de la
Telefónica y se sentía una parte integrante de ella. Pero la situación
se había hecho imposible de mantener hasta por ella misma.
En
el hotel cambiamos nuestro cuarto a la espalda del edificio, donde
nuestras ventanas daban a un patio interior, estrecho como una chimenea,
que recogía y amplificaba todos los ruidos. Sufría ataques de fiebre y
ataques de vómito y ni dormía ni comía. Por un día entero hice la
censura en el rincón oscuro del hall del hotel, mientras Ilsa la hacía
sola en la Telefónica. Fue ella quien obtuvo de Rubio Hidalgo la
autorización para cambiar la censura al edificio del Ministerio de
Estado. Algunos de los periodistas pedían que el traslado se hiciera a
uno de los barrios más quietos y casi totalmente seguros contra el
bombardeo, pero esto hubiera tomado mucho tiempo y una complicada
instalación de cables. En el Ministerio, el cuarto de prensa y el de
censura tenían aún las instalaciones y sus muros eran de gruesa piedra,
aunque el edificio estaba dentro del alcance de los cañones y en el
borde de su habitual campo de tiro.
La
Telefónica había sido tocada por más de ciento veinte granadas, y aunque
dentro de sus paredes no había caído ni una sola víctima en todo este
tiempo, los periodistas y los censores teníamos el presentimiento de un
desastre inevitable.
El primero de mayo,
la Oficina de Prensa Extranjera y la censura volvieron al Ministerio de
Estado en la plaza de Santa Cruz. Durante algunos días aguardé, sin
moverme de mi rincón en el hall del hotel, que la mudanza quedara
terminada, luchando contra mí mismo y perdido dentro de mí. Por entonces
ignoraba que Ilsa cruzaba la calle bombardeada y trabajaba durante ocho
días en el piso cuarto de la Telefónica, con la convicción absoluta de
que estaba condenada a ser matada allí. Y en mi ignorancia y mi egoísmo,
la dejé incluso que fuera ella quien coleccionara todos los documentos
importantes y los llevara al ministerio, ayudada por Agustín.
El
día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un obús
penetró por una de las ventanas de la desierta oficina y explotó sobre
la mesa central. Unos pocos minutos después de las cinco. Todas las
tardes, a las cinco en punto, Ilsa se había hecho cargo del servicio y
se había sentado a esa misma mesa a trabajar.
El
Ministerio de Estado está construido alrededor de dos grandes patios
enlosados y techados con cristales, y separados uno de otro por la
monumental escalera de piedra que conduce a los pisos superiores,
arrancando de la triple entrada del edificio.
[…]
Al
cabo de unos pocos días, cuando vi que tampoco podía dormir allí, pedí
al médico del ministerio que me reconociera y me diera alguna droga que
me ayudara. Me dio una medicina a base de opio. Ilsa pensaba que la
mejor cura era batallar mentalmente contra la obsesión y vencerla, pero
no entendía que simplemente no pudiese dormir. Aquella noche me metí en
la cama temprano, tambaleándome de exhaustación y de falta de sueño, y
me tomé la dosis ordenada por el médico.
Me
hundía en un pozo profundo. Se disolvían las líneas del cuarto. Agustín
no era más que una sombra que se movía entre paredes amarillas sin fin
que se perdían a su vez en abismos oscuros. La luz era un resplandor
débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido de
peso y comenzó a flotar. Me hundía en el sueño.
Me
invadió un terror infinito. Ahora, en aquel mismo momento, iba a
comenzar el bombardeo. Y yo estaría allí atado en la cama, incapaz de
moverme, de protegerme. Los otros se irían a los sótanos y me dejarían
solo allí. Comencé a luchar desesperadamente. La droga había obrado
sobre los nervios motores y no podía moverme. Mi voluntad no quería
someterse, no quería dormir ni dejarme que yo durmiera. Dormir era
correr peligro de muerte. El cerebro me gritaba órdenes urgentes:
«¡Muévete, sal de la cama, chilla!». La droga continuaba su ataque. Me
sacudían olas de náuseas profundas dentro de mí, como si las entrañas se
hubieran desintegrado de mi cuerpo y se agitaran furiosamente, buscando
su liberación con manos, no, con garras y dientes propios. Alguien
estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de explicarme
algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus cabezas
enormes inclinadas sobre mí. Me sentía lanzado en abismos sin fin,
cayendo en el vacío sin llegar nunca, con una presión horrible en el
estómago; y al mismo tiempo tratando de empujar hacia arriba con todo mi
cuerpo y resistir la caída y el choque final en el invisible fondo del
abismo. Me estaba despedazando; mis miembros se convertían en masas
algodonosas y deformes y desaparecían de mi vista, aunque aún seguían
estando allí; y yo estaba tratando de recuperar estos brazos y estas
piernas, estos pulmones y estas entrañas mías que se estaban
disolviendo. Caras fantasmales y manos monstruosas y sombras flotantes
se apoderaban de mí, me levantaban y me dejaban caer, me llevaban más y
más lejos. Y yo sabía que en aquel mismo momento iban a comenzar las
explosiones. Me sentía muriéndome de desintegración de mi cuerpo, con
sólo un cerebro inmenso dejado a solas que acumulara todas sus energías
contra esta muerte, contra esta disolución del cuerpo a que estaba
unido.
Nunca he sabido si aquella noche
estuve en el umbral de la muerte o de la locura. Tampoco Ilsa ha sabido
nunca si ella me vio marchar inevitablemente hacia uno de los dos fines.
Lentamente
mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga. Al amanecer estaba
completamente despierto, envuelto en sudor frío, mortalmente agotado,
pero triunfante y capaz de pensar y moverme. A la caída de la tarde
sufrí un nuevo ataque, en el que me revolqué sobre la cama, luchando por
retener mis sentidos, mientras Ilsa, que no se atrevía a dejarme solo,
contestaba las preguntas de dos visitantes polacos, antipáticos,
sentados a la mesa que había en el cuarto. Veía sus caras distorsionadas
haciendo muecas y trataba de no llorar. Parece, sin embargo, que lo
hice.
La parte peor de mi experiencia, y
de todas las fases de la experiencia a que me llevó el choque, fue que
todo el tiempo me daba perfecta cuenta del proceso y de su mecanismo.
Sabía que estaba enfermo y lo que tengo que llamar anormal: mi «yo»
estaba luchando contra un segundo yo, rechazando el rendirse a él,
dudando a cada momento de tener la energía necesaria para vencer; y
prolongando así la batalla, dudaba si el otro yo que producía este miedo
abyecto de destrucción no tenía realmente razón. Para poder vivir entre
los otros, tenía que suprimir esta duda.
Cuando
me levanté y reanudé el trabajo, me sentí completamente aparte de los
demás, que a mí me parecían anormales por su incapacidad de compartir
mis propias angustias. No podía librarme de la introspección, porque
estaba obligado a mantener un control consciente sobre mí mismo, y esta
autoobservación constante me hacía observar a los demás desde un nuevo
ángulo.
Perdí mi interés en el trabajo
de la oficina que los otros seguían en las líneas marcadas, manteniendo
una resistencia pasiva y creciente contra los dictados de la oficina de
Valencia. Lo que ocupaba toda mi imaginación era el entender los
impulsos que movían en nuestra guerra a otras gentes y entender el curso
de la guerra en sí.
Me parecía a mí que
a cada individuo le impulsaban a la lucha cosas pequeñas impensadas e
irrazonables, cosas que respondían sólo a emociones hondas e
indefinidas.
Una partícula de materia
gris palpitante había puesto en movimiento dentro de mí una cadena de
pensamientos y emociones ocultos. ¿Qué era lo que animaba a los otros?
No lo que decían en palabras ordenadas y escogidas, sino lo otro.
[ Primera Vocal-etik hartua ]