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Sobre el colapso

Sobre el colapso

(Artículo previamente publicado en el web del autor.)
Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata)
Acabo de publicar un libro titulado Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (Los Libros de la Catarata). Me permito resumir aquí, con vocación fundamentalmente pedagógica, algunas de las tesis que defiendo en esa obra. Lo hago, por lo demás, desde la certeza de que el debate relativo a un eventual colapso general del sistema que padecemos falta llamativamente tanto en los medios de incomunicación como entre los responsables políticos. Dicho esto, agrego que no estoy en condiciones de afirmar taxativamente que se va a producir ese colapso general, y menos lo estoy de adelantar una fecha al respecto. Me limito a señalar que ese colapso es probable. No sólo eso: que los datos que van llegando invitan a concluir que es cada vez más probable, algo que, por sí solo, invitaría a asumir una estrategia de reflexión, de prudencia y, claro, de acción.

1. ¿Qué es el colapso?

El colapso es un proceso, o un momento, del que se derivan varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos —acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores—, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.
Importa subrayar, de cualquier modo, que algunos de los rasgos que se atribuyen al colapso no tienen necesariamente una condición negativa. Tal es el caso de los que se refieren a la rerruralización, a las ganancias en materia de autonomía local o a un general retroceso de los flujos jerárquicos. Esto al margen, es razonable adelantar que el concepto de colapso tiene cierta dimensión etnocéntrica: es muy difícil —o muy fácil— explicar qué es el colapso a un niño nacido en la franja de Gaza; no lo es tanto, por el contrario, hacerlo entre nosotros.

2. ¿Cuáles son las previsibles causas de un colapso general del sistema?

Conforme a una visión muy extendida, y controvertida, habría que identificar dos causas principales del colapso, en el buen entendido de que en la trastienda operarían otras que llegado el caso podrían adquirir un papel prominente u oficiar como multiplicadores de tensión. Las dos causas mayores son el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos.
En lo que al cambio climático se refiere, parece inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles anteriores a la era industrial. Cuando se alcance ese momento nadie sabe lo que vendrá después, más allá de la certeza de que no será precisamente saludable. Conocidas son, por otra parte, las consecuencias esperables del cambio climático: además de un incremento general de las temperaturas se harán valer —se hacen valer ya— una subida del nivel del mar, un progresivo deshielo de los polos, la desaparición de muchas especies, la extensión de la desertización y de la deforestación, y, en fin, problemas crecientes en el despliegue de la agricultura y la ganadería.
Por lo que respecta al agotamiento de las materias primas energéticas, lo primero que hay que subrayar es nuestra dramática dependencia en relación con los combustibles fósiles. Si renunciamos al petróleo, al gas natural y al carbón, no quedará nada de nuestra civilización termoindustrial. Según una estimación, sin esos combustibles un 67% de la población del planeta perecería. Antonio Turiel sostiene que el pico conjunto de las fuentes no renovables se producirá en 2018, de tal suerte que inequívocamente la producción de aquéllas se reducirá y los precios se acrecentarán en un escenario en el que habrá que aportar cada vez más energía para obtener cada vez menos energía. Aunque se pueden imaginar cambios en la combinación de fuentes que hoy empleamos, con un mayor peso asignado, por ejemplo, a las renovables y al carbón, no hay sustitutos de corto y medio plazo para las fuentes presentes. Cualquier cambio reclamará, inequívocamente, transformaciones onerosísimas.
Entre los elementos acompañantes del colapso que podrían adquirir, en su caso, un relieve principal no está de más que mencione los que siguen: (a) la crisis demográfica; (b) una delicadísima situación social, con más 3.000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de 2 dólares diarios; (c) la esperable extensión del hambre, acompañada, en muchos casos, de una escasez de agua; (d) la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y de reaparición de dolencias como la tuberculosis; (e) un entorno invivible para las mujeres —son el 70% de los pobres y desarrollan el 67% del trabajo, para recibir sólo un 10% de la renta—; (f) el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas en forma de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre; (g) la quiebra de muchos Estados, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte; (h) las secuelas de la subordinación de la tecnología a los intereses privados;(i) una huella ecológica disparada —el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición—, y (j) una inquietante idolatría del crecimiento económico.

3. ¿Cuáles son los rasgos previsibles del escenario posterior al colapso?

Antía Barba Mariño
Antía Barba Mariño
Cualquier respuesta a esta pregunta tiene que ser por fuerza especulativa. Para que no fuese así deberíamos conocer las causas mayores del colapso, si éste tiene un carácter repentino o no, sus eventuales variaciones geográficas o la naturaleza de las reacciones suscitadas. Aunque tampoco es posible fijar el momento del colapso, no está de más que señale que muchos analistas se refieren al respecto a los años que separan 2020 y 2050.

Aun con ello, y si se trata de identificar los rasgos generales de la sociedad poscolapsista, bien pueden ser éstos: (a) una escasez general de energía, con efectos visibles en materia de transporte, suministros y turismo, y al amparo de una general desglobalización; (b) graves problemas para la preservación de muchas de las estructuras de poder y dominación, y en particular para las más centralizadas y tecnologizadas; (c) una aguda confrontación entre flujos centralizadores, hipercontroladores e hiperrepresivos, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarizantes, por el otro; (d) inquietantes confusiones entre lo público y lo privado, con una manifiesta extensión de la violencia de la que serán víctimas principales las mujeres; (e) una trama económica general marcada por la reducción del crecimiento, el cierre masivo de empresas, la extensión del desempleo, la desintegración de los llamados Estados del bienestar, la subida de los precios de los productos básicos, la quiebra del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y retrocesos visibles en sanidad y educación; (f) un general deterioro de las ciudades, con pérdida de habitantes y desigualdades crecientes; (g) un escenario delicado en el mundo rural, resultado de la mala gestión de los suelos, del monocultivo, de la mecanización y de la mercantilización, y (h) una reducción de la población planetaria.
En el caso preciso de la península Ibérica, los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, el despilfarro y la escasa eficiencia energética, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria y por las autopistas, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda. El cambio climático se traducirá ante todo en una subida notable de las temperaturas en la mitad meridional de la península, con efectos graves sobre la agricultura y una insorteable crisis de la industria turística. Esto al margen, se harán valer fenómenos planetarios como los vinculados con la quiebra de empresas, la explotación laboral, el empobrecimiento, la crisis financiera, la desnutrición, el deterioro de la sanidad y el descrédito de las instituciones.

4. ¿Qué proponen, como alternativa, los movimientos por la transición ecosocial?

En sustancia lo que proponen no es otra cosa que una recuperación del viejo proyecto libertario de la sociedad autoorganizada desde abajo, desde la autogestión, desde la democracia y la acción directas, y desde el apoyo mutuo.
Si se trata de identificar, de cualquier modo, algunos de los rasgos de esa transición ecosocial, y del escenario final acompañante, bien pueden ser los que siguen: (a) la reaparición, en el terreno energético, de viejas tecnologías y hábitos, en un escenario de menor movilidad y de retroceso visible del automóvil en provecho del transporte público; (b) el despliegue de un sinfín de economías locales descentralizadas; (c) el asentamiento de formas de trabajo más duro, pero en un entorno mejor, sin desplazamientos, con ritmos más pausados, con el deseo de garantizar la autosuficiencia, y sin empresarios ni explotación; (d) la progresiva remisión de la sociedad patriarcal, en un escenario de reparto de los trabajos y de retroceso de la pobreza femenina; (e) una reducción de la oferta de bienes, y en particular de la de los productos importados, en un marco de sobriedad y sencillez voluntarias; (f) la recuperación de la vida social y de las prácticas de apoyo mutuo; (g) una sanidad descentralizada basada en la prevención, en la atención primaria y en la salud pública, con un menor uso de medicamentos; (h) el despliegue de fórmulas de educación/deseducación extremadamente descentralizadas; (i) una vida política marcada por la autogestión y la democracia directa; (j) una general desurbanización, con reducción de la población de las ciudades, expansión de la vida de los barrios y progresiva desaparición de la separación entre el medio urbano y el rural, y (k) una activa rerruralización, con crecimiento de la población del campo en un escenario definido por las pequeñas explotaciones y las cooperativas, la recuperación de las tierras comunales y la desaparición de las grandes empresas. Cinco verbos resumen, acaso, el sentido de fondo de muchas de estas transformaciones: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar.

5. ¿Qué es el ecofascismo?

Aunque el prefijo “eco-” se suele identificar con realidades saludables, no está de más que señale que en el partido nazi, el partido de Hitler, operaba un poderoso grupo de presión de carácter ecologista, defensor de la vida rural y receloso ante las consecuencias de la industrialización y de la tecnologización. Cierto es que este proyecto se volcaba en favor de una raza elegida que debía imponerse, sin pararse en los medios, a todos los demás…
Carl Amery ha subrayado que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos emplaza, antes bien, a estudiar esas políticas por cuanto bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas ahora por ultramarginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina y cada vez más decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos en virtud de un proyecto de darwinismo social militarizado, esto es, de ecofascismo. Este último, que en una de sus dimensiones principales responde a presuntas exigencias demográficas, reivindicaría la marginación, en su caso el exterminio, de buena parte de la población mundial y tendría ya manifestaciones preclaras en la renovada lógica imperial que abrazan las potencias occidentales. Cierto es que el escenario general de crisis energética puede debilitar sensiblemente los activos al servicio de un proyecto ecofascista.

6. ¿Qué es lo que la gente común piensa del colapso?

El colapso suscita reacciones varias. Una de ellas se asienta, sin más, en la ignorancia, visiblemente inducida por el negacionismo que proponen las grandes empresas con respecto al cambio climático o al agotamiento del petróleo. Una segunda reacción bebe de un optimismo sin freno, traducido en una fe ciega en que aquello que deseamos se hará realidad, en la intuición de que los cambios serán lentos, predecibles y manejables, en la certeza de que todavía tenemos tiempo o, en fin, en la confianza en los gobernantes. Una tercera posición es la de quienes estiman que inexorablemente aparecerán tecnologías que permitirán resolver todos los problemas. No faltan, en un cuarto estadio, quienes prefieren acogerse al carpe diem y, al efecto, consideran que sólo debe preocuparnos lo más inmediato y lo que está más cerca. Hay quien se acoge, en suma, al concepto de culpa y aduce, bien que no tiene obligación alguna de resolver los problemas que crearon otros, bien que la especie humana se ha hecho merecedora, por su conducta, de un castigo severísimo.
En este mismo orden de cosas, Elisabeth Kubler-Ross ha identificado cinco etapas en el procesamiento del colapso: la negación, la angustia, la adaptación, la depresión y la aceptación. Por detrás de muchas de las reacciones mencionadas se aprecia, de cualquier modo, el designio, en buena parte de la población del Norte opulento, de no renunciar a su modo de vida presente, y de preservar los niveles actuales de consumo y de status social. Y se aprecia también una firme negativa a pensar en las generaciones venideras y en las demás especies que nos acompañan en la Tierra.

7. ¿Esquivar el colapso?

El capitalismo es un sistema que ha demostrado históricamente una formidable capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la relativa a si, llevado de un impulso incontenible encaminado a acumular espectaculares beneficios en un período de tiempo muy breve, no estará cavando su propia tumba, con el agravante, claro, de que dentro de la tumba estamos nosotros.
Ante el riesgo de un colapso próximo, en el mundo alternativo las respuestas son, en sustancia, dos. Mientras la primera entiende que no queda otro horizonte que el de aguardar a que llegue ese colapso —será el único camino que permita que la mayoría de los seres humanos se percaten de sus deberes—, la segunda considera que hay que salir con urgencia del capitalismo y que al respecto, y a título provisional, lo que se halla a nuestro alcance es abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados, propiciar su federación y acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Si unos interpretan que estos espacios nos servirán para esquivar el colapso, otros creen que es preferible concebirlos como escuelas que nos prepararán para sobrevivir en el escenario posterior a aquél. Lo más probable, de cualquier modo, es que no consigamos evitar el colapso: lo que está a nuestro alcance es, antes bien, postergar un poco su manifestación y, tal vez, mitigar algunas de sus dimensiones más negativas.
Parece claro, de cualquier modo, que no hay ningún motivo serio para depositar nuestra esperanza en unas instituciones, las del sistema, sometidas a los intereses privados, jerarquizadas, militarizadas y aberrantemente cortoplacistas. Una de las estratagemas mayores del capitalismo contemporáneo se beneficia de la enorme habilidad que el sistema muestra a la hora de evitar que nos hagamos las preguntas importantes. Y es que un empeño principal del capitalismo de estas horas consiste en buscar desesperadamente materias primas y tecnologías que nos permitan conservar aquello de lo que hoy disponemos, sin permitir que nos preguntemos por lo principal: ¿realmente nos interesa conservar esto con lo que hoy contamos, o con lo que cuentan, mejor dicho, unos pocos?

Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco 'Un mal día lo tiene cualquiera' para el grupo Las Buenas Noches
Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco ‘Un mal día lo tiene cualquiera’ para el grupo Las Buenas Noches

Colapso


Colapso 




He aquí un análisis que pretende conectar dos artículos con temas más relacionados de lo que a primera vista pudiera parecer.

En el primero de ellos se aborda el tema del colapso de las sociedades. Centrado en la situación actual, pone en primer término el colapso financiero, puesto que el Poder Financiero está sobrepasando con mucho al Poder de los Estados, pero el análisis de lo actual se fundamenta en la experiencia histórica de muchas sociedades desaparecidas en medio del caos, generalmente por agotamiento de los recursos materiales y humanos que las sostenían. En resumen, el colapso se produce en sucesivas etapas en las que las estructuras se derrumban, una tras otra. Y con ellas se rompen los lazos sociales.

El segundo aborda un tema que debería sorprendernos, aunque no reparemos mucho en ello, porque lo que es habitual y cotidiano embota los sentidos. Como dice Juan Ramón Jiménez en un pasaje de Platero y yo, "el canto del grillo, de tanto sonar, se ha perdido".

Se trata de los derechos humanos, y de cómo, por mucho que se los pregone, no existen en lo sustancial, porque son derechos, ante todo, de los ciudadanos, y al no existir una ciudadanía universal solamente se aplican en función de que algún Estado los defienda.

Por una parte, ningún Estado tiene una protección perfecta de sus ciudadanos, pero son muchos los que no ofrecen la garantía de una ciudadanía verdadera, esa que solemos relacionar con la palabra "democracia". Por otra, el reconocimiento de derechos suele basarse en un principio de reciprocidad entre Estados. Además de ello, dentro de los mismos el ejercicio real está sobre todo relacionado con el primero de los derechos, que, retórica aparte, es el de Propiedad.

La ciudadanía, además, suele fundamentarse en el ius sanguinis o en el ius soli, En ambos casos, los que no tienen nacionalidad reconocida, o no reconocida por el Estado en que se hallen, poseen en realidad un único derecho: el de no ser eliminados físicamente y de modo directo en el territorio en que se hallen.

En el artículo en cuestión se menciona el antiguo concepto de homo sacer, que era el individuo que, no estando considerado como sujeto por ninguna ley divina o humana, o habiendo sido expulsado de la protección de las mismas, carecía de cualquier consideración práctica como persona.

Las sociedades han evolucionado mucho desde entonces, pero como las leyes son esencialmente leyes de los Estados, por muchas convenciones que digan otra cosa y muchas proclamas de derechos universales que se emitan, el colapso de los Estados es sinónimo de colapso de la ciudadanía y los derechos que proclama. ¿Cuántos son actualmente los "Estados Fallidos"?

Por eso el colapso de una estructura protectora deja inermes a los "exciudadanos", y por eso un colapso generalizado, como el que amenaza en medio de la ruina previsible de la estructura productiva, y con ella de la financiera, a escala mundial, coloca, está colocando ya, a una parte creciente de la humanidad en la situación de personas sin derechos.

Ahí es donde está el nexo entre ambos artículos.


Paso a comentar ambos textos:

Prosigue la acumulación por desposesión como única forma de capitalizar cuando merma la riqueza del mundo. Si unos pocos acumulan cada vez más de lo poco que queda, otros muchos se encuentran en una situación insostenible. Cada vez menos de un lado, cada vez más del otro. Es inevitable pensar en un fallo sistémico.

La metáfora que viene a mi imaginación es la de un corrimiento de tierras. En suelos poco coherentes, el terreno no puede tener una inclinación mayor que la del llamado talud natural, el ángulo en que el rozamiento interno equilibra la tendencia del material a deslizarse pendiente abajo. Cuando la humedad disminuye ese rozamiento o una excavación imprudente socava la pared, se produce el desplome.

También para las sociedades, como para los terrenos, hay un límite en su coherencia interna. Es en condiciones de agotamiento de recursos cuando se alcanza la ruptura. No siempre ello conduce a una reacomodación o a un cambio organizativo que mejore la situación y restablezca el equilibrio. Es frecuente que la sociedad entera se derrumbe, que colapse.

El fenómeno catastrófico no suele producirse de una vez, sino en varias etapas, a lo largo de un tiempo en que los afectados van resolviendo su situación como pueden, apoyados en las estructuras sociales que aún no se han derrumbado. La progresiva pérdida de confianza en las instituciones hace que la población ponga sucesivamente su esperanza en otras que a su vez van siendo desbordadas. Así se producen, sucesivamente, el colapso financiero, el comercial, el del Estado, y luego el de grupos sociales menores, terminando incluso con el de la familia, en medio de una lucha de todos contra todos.

Este proceso en el tiempo tampoco es homogéneo en el cuerpo social. Algunas personas ya están en la última etapa mientras otros conservan la esperanza en la primera. Aunque a estas alturas no creo que los mismos financieros tengan otra perspectiva que la de aguantar mientras puedan.

Encuentro una descripción de cómo es un colapso en un escrito de Antonio Turiel en su blog The Oil Crash. Él la toma a su vez de Dimitri Orlov.
Sostiene Dimitri Orlov en un post de su blog que el colapso consta de cinco fases, a saber: colapso financiero, colapso comercial, colapso del estado, colapso de la comunidad y colapso de la familia.
Durante el colapso financiero (situación muy semejante a la que estamos viviendo hoy en día en la mayor parte del mundo occidental) los bancos y compañías tienen problemas para hacer frente a sus deudas y acaban en bancarrota.
Después viene el colapso del comercio: incapaz de pagar sus deudas a nivel corporativo, estatal e individual, el país colapsante deja de ser fiable y los demás países interrumpen sus tratos con él.
La siguiente fase, el colapso del estado, viene cuando la situación se deteriora, los servicios se interrumpen y las infraestructuras no pueden ser reparadas; el Estado pierde relevancia y la gente acaba haciendo su vida y organizándose a espaldas del mismo, basándose en comunidades de todo tipo, desde las asamblearias hasta las comandadas por un señor de la guerra.
En la siguiente fase, las comunidades no son capaces de ayudar a los individuos en problemas para ellos críticos, como el acceso al agua y a los alimentos, y se disgregan. La única unidad que persiste es la familia, entendida de forma extensa como clan familiar.
En la quinta y última fase del colapso, la escasez de recursos y la dureza de las condiciones hacen que la situación se convierta en un "sálvese quien pueda" y todos los individuos compiten con todos; el canibalismo es norma y la especie puede subsistir en pequeños grupúsculos aislados o extinguirse. (1)
Hasta ahora, el proceso desigual ha llevado a desaparecer a algunas sociedades. Otras se han fragmentado, sea en varias unidades estatales o en grupos mucho menores. Algunos de estos grupos existen a nuestro alrededor, en forma de comunidades más o menos aisladas, más o menos autosuficientes, más o menos legales. Sobran ejemplos, y la tendencia es que la desigualdad creciente conlleve a un depauperación creciente y una disgregación en alza.

Entre los más vivos espectáculos de un colapso ante nuestros ojos y entre nosotros, el que ofrece la actual crisis de los refugiados y las barreras que los Estados en decadencia alzan ante ellos.

Como la visión irónica y ácida de Miguel Brieva, ahora más real si cabe, nos presenta:



Hasta aquí, lo que me sugirió el primer artículo. Paso a extractar el segundo:



Rebelión

"El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos". Antonio Gramsci

1. Introducción

Encabezar este trabajo con esta cita del intelectual sardo no es casual. En esa frase se condensa de manera sustancial, el significado de crisis. Y es que vivimos en tiempos de crisis. “Crisis económica”, “crisis política”, “crisis mediambental”, “crisis europea”, “crisis energética”, y tras un largo etcétera, llegamos a la de carácter más reciente, la llamada “crisis de los refugiados”. Gramsci, nos habla de un mundo que se muere, que agoniza pero que no acaba de morir, porque lo nuevo es incapaz de llevarse a cabo. El claroscuro, el tiempo entre lo que muere y lo que nace, nos evoca a una especie de estado en stand-by, de no-tiempo, de excepcionalidad. Sin duda alguna, es hacia ese período de excepción, en el cual la mayor parte de la humanidad está sumida, a donde nos dirigimos. De esta forma, la actual “crisis” de los refugiados se entiende como otra de las manifestaciones sintomáticas de lo verdaderamente monstruoso de estos tiempos: un capitalismo agonizante cuya única salida lleva a la aceleración del mismo.

Slavoj Zizek (2009), nos habla así, de que vivimos en tiempos apocalípticos. Su análisis de la situación actual, gestada sobre todo en las cuatro últimas décadas, le lleva a hablar de cuatro contradicciones o “antagonismos” de nuestra era:
  • la amenaza que se cierne de una catástrofe ecológica; 
  • lo inadecuado de la noción de propiedad privada en relación con la así llamada “propiedad intelectual”; 
  • las implicaciones ético-sociales de los nuevos desarrollos tecnocientíficos (especialmente en la biogenética); y por último, pero no menos importante, 
  • la creación de nuevas formas de apartheid, nuevos Muros y ciudades de miseria (p. 106). 
Lo que se describe es un futuro cercano que refleja una mezcla de paisajes de películas como Mad MaxBlade Runner y distopías similares, organizado político-socialmente como en el largometraje de Alfonso Cuarón, Los hijos de los hombres (2). Cierto es, que la actual “crisis” de los refugiados, nos ha ofrecido algunas imágenes que bien podían formar parte de cualquiera de las distopías señaladas. Pero cierto es también, que algunos paisajes apocalípticos vienen siendo habituales en nuestro entorno, en nuestras vidas, donde las fronteras entre la inclusión y exclusión cada vez son más evidentes.


(...)

2. “...Ahora todos somos homo sacer

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo. Blade Runner

Nos centraremos ahora en la figura del refugiado, en lo que esta representa más allá de situaciones “coyunturales” actuales. Para ello cabe regresar a la obra de Hannah Arendt, una de las autoras primordiales en lo que respecta a esta figura. En sus obras “Los orígenes del totalitarismo” y “Nosotros, los refugiados”, Arendt, a través de su experiencia personal, pues ella misma conoció el exilio, el refugio, y el ser apátrida, escapando de la persecución nazi, mostró, no solo el significado del refugiado, sino los mecanismos que lo construyen.

La palabra “refugiado”, deriva del latín refugium, que significa cobijo. Dentro de la misma se encuentra otra que le da aún más sentido: fugium, que significa “huir”, “fugarse”  (Ruiz, 2014). Re, sería el prefijo que recalca la acción de repetición, de “volver a”. La palabra cobra un significado un tanto significativo: aquel que huye dos veces, aquel que repite la huida, o incluso aquel relegado a una repetición continua de la huida. De este modo, la palabra refugiado, adquiere el sentido parecido al que Arendt (1998) nos remite cuando escribe
Lo que carece de precedentes no es la pérdida de un hogar, sino la imposibilidad de hallar uno nuevo. Repentinamente ya no había un lugar en la Tierra al que pudieran ir los emigrantes sin encontrar las más severas restricciones, ningún país al que pidieran asimilarse, ningún territorio en que pudieran hallar una nueva comunidad propia. (p.245)
(...)

Hannah Arendt, ya señalaba que existía una especie de desajuste entre los derechos humanos y su aplicación, pues esta última versaba sobre la condición de ciudadano, es decir, la condición de pertenecer a un Estado. Este desajuste estaría ya reflejado incluso, en el mismo título de la declaración de 1789,  Declaration des droits de l'homme et du citoyen (Ruiz, 2014), cuya ambigüedad presagia la idea de Arendt (1998), que señala que al vincular derechos humanos con ciudadanía, se produce una mutación de “humano” a “ciudadano”. “Ciudadano” es una figura jurídica vinculada a un territorio mediante nacimiento, por lo tanto, los derechos humanos, “sólo se atribuyen en la medida en que el ser humano se convierte inmediatamente en ciudadano, siendo la ciudadanía el único lugar en donde se pueden conservar y garantizar dichos derechos” (Luquín, 2014). Así expone Arendt, citado por Agamben (2006)
La concepción de los derechos del hombre basada sobre la supuesta existencia de un ser humano como tal, se vino abajo tan pronto como los que la propugnaban se vieron confrontados por primera vez a hombres que habían perdido toda cualidad y relación específicas, excepto el puro hecho de ser humanos. (Agamben (2006) p. 261) 
De esta manera, el refugiado, convertido en una especie de apátrida, es decir, sin un estado que le proporcione ese “cobijo jurídico” ya sea por negación de su condición de ciudadano o por la desprotección derivada de los “estados fallidos” su condición y por ende, su vida, queda, como diría Zambrano (2004), “desnuda ante los elementos, que entonces muestran toda su fuerza”. (p.38)

Las palabras de María Zambrano nos llevarían a una (...) cuestión que en cierta medida, viene precedida por las cuestiones planteadas por Arendt, y que nos dirigen a otros terrenos. Se trata de la cuestión de la vida humana, y su gestión. No me refiero con ello al hecho de la manera de gestionar la “crisis de los refugiados” –que también– ni a las dramáticas consecuencias del mismo. Me estoy refiriendo a la situación de absoluta desprotección y desamparo no ya de la condición de refugiado, sino de la condición de la vida humana. Pero lejos de entrar en consideraciones filosóficas y morales sobre lo humano y de hacer cualquier llamamiento a la humanidad –lo cual nos situaría en uno de los lugares comunes y significantes vacíos más recurridos de los cuales queremos escapar– a lo que nos estamos refiriendo es al poder y cuando hablamos de poder, hablamos de todo el entramado del capital representado por el binomio mercado/estadoque se vierte sobre la propia vida, el cual, también es humano, “demasiado humano”.

Para ilustrar este hecho nos valen los pactos establecidos recientemente por la UE y Turquía, a partir de los cuales (3), la UE “devolverá” a Turquía a cada sirio/a que entre de manera “ilegal” –el pacto únicamente alude a la población del Estado Sirio, eludiendo los demás países en conflicto, por no hablar del resto de nacionalidades, que igualmente huyen de la desesperanza económica de sus países (4)– a cambio de asentar otro proveniente de Turquía. El pacto se selló con la cifra de 3000 millones (5) de euros a Turquía, cifra que se suma a las “ayudas” previamente otorgadas con el mismo sentido al país otomano (6). La cuestión que subyace de todo ello, a parte de, como apunta Sami Naïr, atentar contra los derechos humanos y, en concreto, contra el artículo 19 de los derechos fundamentales de la UE, que prohíbe cualquier deportación colectiva, es esa desnudez de la vida, a la que alude Zambrano, abandonado por el derecho y por la ciudadanía (Ruiz, 2014), sobre la cual el poder soberano sigue vertiendo su poder.

Nuda vida que revela la figura del homo sacer , recuperada del derecho romano por el filósofo italiano Giorgio Agamben en su obra Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida (7). El homo sacer, es aquel sujeto que sufre una doble excepción, “tanto con respecto al ius humanum como al ius divinum, tanto en relación al ámbito religioso como al profano” (Agamben, 2006, p.107). Por lo tanto, en cuanto a que es excluido dos veces, le deja expuesto a una “violencia –el que cualquiera pueda quitarle la vida impunemente”– sin que sea “clasificable ni como sacrificio ni como homicidio, ni como ejecución de una condena ni como sacrilegio” (ibid, p.108). La figura del homo sacer es así una figura de excepción y su nuda vida “no son situaciones ajenas o previas a una comunidad política basada en el consentimiento o en el otorgamiento de poderes al soberano, sino su excepción, su antagonismo y, por lo tanto, su fundamento” (Iglesias, 2009, p.5) (8). De esta forma el homo sacer, sería una figura originaria en la cual se fundamenta el papel soberano: su abandono, su estado de excepción, forma parte de la constitución del ese poder. En línea con Delgado (1999), designaría a todas aquellas “figuras límite” cuya existencia supone la garantía del Estado-nación, pues en última instancia es garante de su poder. Por lo tanto, es una figura que está dentro del ordenamiento establecido a partir de esa excepción, es decir, que su inclusión se da a través de su exclusión (Ruiz, 2014).
(...)

No de forma desinteresada, se esta haciendo una distinción entre refugiado y migrante económico. El pacto de la Unión Europea con Turquía materializa políticamente esa distinción, separando a “ilegales” y “legales”, señalando quienes son “aptos” para vivir dentro de esos muros y quienes no como bien lo expresa el sacerdote palestino Carlos Khalil Jaar: “Europa quiere refugiados a la carta: un mercado de esclavos donde escoge a los que le conviene” (9). Es precisamente las figuras de los esclavos maniatados las que evocan las imágenes de las recientes deportaciones masivas que se han puesto en marcha el 4 de abril (10). Pero, como decíamos, es precisamente también ese pacto, el que significativamente mejor refleja la figura del homo sacer y la relación con el poder: son figuras en las que recae la excepción de los poderes por encima de cualquier norma, derechos humanos y legislación internacional (11).

Ambos, refugiados e inmigrantes económicos, son clases de lo que Bauman (2005) denomina “humanos residuales”. La diferencia estribaría en que, mientras que los solicitantes de asilo tienden a ser los productos de sucesivas entregas del celo puesto en el diseño y la construcción del orden, los inmigrantes económicos constituyen un subproducto de la modernización económica, que […] ha abarcado a estas alturas la totalidad del planeta. […] Refugiados, desplazados, solicitantes de asilo, emigrantes, sin papeles, son todos ellos los residuos de la globalización. (pp. 80-81).

Extrapolando las premisa de Arendt a la época actual, ellos conformarían “las vanguardias del pueblo”. Y, ¿qué hay de las otras vanguardias? Walter Benjamin en la octava tesis sobre el concepto de historia (1982) exponía que “la tradición de lo oprimidos nos enseña que el estado de excepción en el cual vivimos es la regla”. La excepción pareciera convertirse en la norma en tiempos neoliberales. A los muros que separan diferentes mundos, se le unen los “tradicionales muros” existentes en nuestras sociedades. La aceleración del mundo capitalista, la globalización, el mercado desregulado y el retroceso de los sistemas de bienestar, producen cada vez más “humanos residuales” en los centros desarrollados. Basta mirar los actuales paisajes de los otrora centros industriales como Detroit para ver el resultado parecido a las ciudades como Homs en Siria o Sirte en Libia. Basta ver lugares como la Cañada Real en Madrid o “El Vacie” en el polígono norte de Sevilla, para ver la similitud con los campos de refugiados en Idomeni (Grecia). O baste también cómo incluso la norma –la Constitución del Estado español– fue cambiada en base a los intereses del capital, que a día de hoy justifican recortes de derechos y libertades, sumiéndonos en esa “sociedad del riesgo” retratada por Ulrich Beck (1998). Todo ello no refleja más que ese estado de excepción hacia el cual parecemos abocados. Sin duda alguna, todos estos procesos parecen dar la razón a Zizek (2009) en su afirmación de que “actualmente, todos somos potencialmente un Homo Sacer (p. 108)

3 … Y si todos somos homo sacer, ¿qué hacemos? (12)

No basta con hacer (lo que consideramos) lo mejor para los refugiados: recibirlos con las manos abiertas, mostrar toda la simpatía y generosidad de que seamos capaces. El mismo hecho de que esa muestra de generosidad nos haga sentirnos bien debería despertar nuestro recelo: ¿no estaremos haciendo todo esto para olvidar qué es lo necesario? (Slavoj Zizek, 2016, p.56)

(...)

Al principio de este artículo, a partir de Zizek (2009), exponíamos cuatro contradicciones: la catástrofe ecológica, la cuestión de la propiedad privada en relación con la propiedad intelectual, los problemas éticos derivados del desarrollo biomédico y biogenético y la brecha que separa a incluidos y excluidos, materializada en muros cada vez más presentes en el interior de las metrópolis, que nos dirige, decíamos, a un paisaje similar al de la película Los Hijos de los hombres.

De estos cuatro antagonismos, de acuerdo con el esloveno, el cuarto, es el verdaderamente decisivo. La diferencia estribaría en que mientras los demás antagonismos se pueden resolver mediante un “régimen autoritario-comunitario”, incluso dentro de la propia lógica capitalista apelando al desarrollo sostenible, a leyes que den un sentido más amplio al de propiedad, o afrontando los desafíos éticos planteados por la biogenética; es en el cuarto antagonismo, entre Incluidos y Excluidos, donde verdaderamente reside la carga revolucionaria –sin éste los demás perderían “el filo subversivo” (Zizek, 2009). En este sentido, si la realidad actual refleja un proceso de proletarización creciente, donde cada vez más población está en aras de convertirse en homo sacer o en población superflua (Bauman, 2005), lo que tenemos es cada vez más población que engrosa las filas de esas “vanguardias del pueblo” que diría Arendt. Contrariando a esta autora, los refugiados en sí, no constituyen una vanguardia de por sí: su situación desprendida de cualquier derecho no es lo que les da el carácter subversivo. No hay nada de subversivo en el sufrimiento. De esta forma, Zizek (2016) apunta, a partir de los campos de concentración nazis, que
[…] hemos de abandonar la idea de que hay algo emancipador en las experiencias extremas, como si nos permitieran abrir los ojos y ver la verdad definitiva de una situación. 
[…] Ésta es, quizá, la lección más deprimente del horror y el sufrimiento: que no hay nada que aprender de ellos. La única manera de salir del círculo vicioso de esta depresión es pasar a un terreno de análisis económico y social concreto.(pp. 28-29)
Así, la máxima de Walter Benjamin de que “Sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza” no es suficiente. Aquellos que ven a los refugiados como un sujeto revolucionario de por sí que puede hacer colapsar los cimientos del capital, pecan de mesianismo (Zizek, 2016). La “sin esperanza” si no es articulada en el plano de la lucha económica, política y social no sirve. Es más, lo único que puede ofrecer sin esa articulación, es una espiral de violencia sin sentido que pueda acabar sirviendo de justificación de algo peor.


El paso estaría entonces, en pasar del humanitarismo alienante al espacio político-económico, aislando lo emocional para llegar al pensamiento como proponía Oscar Wilde, lo que significa el abandono de lo “dramático” para pasar al análisis “épico” en términos brechtianos. Lo que separa a los tres antagonismos con el último, siguiendo con Zizek (2009), es que mientras los tres primeros se pueden leer en tanto que afectan a la supervivencia, el ultimo –el muro entre Incluidos y Excluidos– se debe leer en clave de justicia. Es el punto universal que recupera la noción de lucha de clases. El capitalismo planetario, produce el homo sacer, ya sea en forma de refugiados, explotadas, inmigrantes o paradas. Es en ese punto, reconociéndonos en la exclusión donde se sitúa el inicio –y no el fin– de esa lucha.
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(1)
Stages of Collapse
Stage 1: Financial collapse. Faith in "business as usual" is lost. The future is no longer assumed resemble the past in any way that allows risk to be assessed and financial assets to be guaranteed. Financial institutions become insolvent; savings are wiped out, and access to capital is lost.
Stage 2: Commercial collapse. Faith that "the market shall provide" is lost. Money is devalued and/or becomes scarce, commodities are hoarded, import and retail chains break down, and widespread shortages of survival necessities become the norm.
Stage 3: Political collapse. Faith that "the government will take care of you" is lost. As official attempts to mitigate widespread loss of access to commercial sources of survival necessities fail to make a difference, the political establishment loses legitimacy and relevance.
Stage 4: Social collapse. Faith that "your people will take care of you" is lost, as local social institutions, be they charities or other groups that rush in to fill the power vacuum run out of resources or fail through internal conflict.
Stage 5: Cultural collapse. Faith in the goodness of humanity is lost. People lose their capacity for "kindness, generosity, consideration, affection, honesty, hospitality, compassion, charity" (Turnbull, The Mountain People). Families disband and compete as individuals for scarce resources. The new motto becomes "May you die today so that I die tomorrow" (Solzhenitsyn, The Gulag Archipelago). There may even be some cannibalism.
(2) Esta película quizás refleje de manera más directa los tiempos pre-apocalípticos en la línea del análisis del filósofo esloveno. Situada en el Londres de 2027, las guerras, el terrorismo, la crisis medioambiental y una enfermedad que impide la procreación, muestran a la mayor parte de la sociedad sumida en el caos, donde la población pobre e inmigrante es recluida y apartada manu militari de las clases más pudientes. 

(3) “La Unión Europea confirma su portazo a los refugiados en 24 horas”   

(consultado el 23 de marzo de 2016)

(4) Sin querer entrar en un debate acerca de las diferencias entre refugiados e migrantes económicos en cuanto a desplazamiento forzoso, nosotros entendemos que ambas categorías parten de una misma matriz que atiende a causas estructurales, que hacen que ambas adquieran carácter forzoso.

(5) El pacto también incluía otras cláusulas, como expone Iosu Perales (2016) “ Ahora, la manera democrática de afrontar la crisis de los refugiados consiste en patrocinar y financiar un mapa de campos gigantescos de concentración, desde donde se deportan, devuelven y reprimen a refugiados, a cambio de 6.000 millones de euros, la anulación de los visados para los ciudadanos turcos y la promesa de acelerar el ingreso de Turquía a la UE”. En 
(consultado el 6 de abril de 2016)

(6) Por otro lado, es conveniente recordar que este hecho no es una novedad. Mucho menos en el Estado español, donde la externalización de la frontera y el control de los flujos migratorios ha sido una constante con Marruecos y posteriormente, con demás países africanos sobre todo a partir del desarrollo del Plan África, donde los proyectos de cooperación al desarrollo esconden los verdaderos intereses político-económicos que están presentes.

(7) Agamben, G. (2006). Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos.

(8) En esta línea Agamben (2006) expone lo siguiente: Se ha hecho notar agudamente que el Estado no se funda sobre un lazo social, del que sería expresión, sino sobre su desligadura (déliaison), que prohíbe (Badiou, p.125). Podemos ahora dar un nuevo sentido a esta tesis. La déliaison no debe ser entendida como la desligadura de un vínculo preexistente (que podría tener la forma de un pacto o contrato): más bien el vínculo tiene de por sí originariamente la forma de una ligadura o de una excepción, en que lo comprendido, en él es, al mismo tiempo, excluido; la vida humana se politiza solamente mediante el abandono a un poder incondicionado de muerte. (p.117-118)

(9)  
(consultado el 4 de abril de 2016)

(10) 
(consultado el 5 de abril de 2016)

(11)
(consultado el 27 de marzo de 2016)

(12) El título deriva de uno de los recurridos encabezamientos de Slavoj Zizek a lo largo de su obra, que a su vez deriva de la obra de Lenin ¿Qué hacer?

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Bibliografía

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   (1997). Nosotros, los refugiados. Archipiélago: Cuadernos de Crítica de la Cultura, (30), 100-107.

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    (2016). La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Madrid: Anagrama (formato Epub) 

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