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Bolcheviques contra obreros

Los bolcheviques contra los obreros en huelga
Centenario del masacre en la fábrica Putilov


En Rusia hace cien años, decenas de miles de obreros estaban en huelga en la ciudad de Astrajan y a la fábrica Putilov en Petrograd, capital de la revolución. Una huelga en la misma fábrica había sido una de las chispas principales que hizo estallar la Revolución de Febrero de 1917, la cual derrumbó el régimen tsarista. Ahora, los jefes eran burócratas del Partido y los obreros estaban en huelga en contra de un régimen socialista. ¿Cómo respondería la “dictadura del proletariado”?

Continuando el análisis que empezamos en artículos anteriores acerca de lo que denominamos “La Contrarrevolución Bolchevique,” dirigimos la mirada a la masacre, por parte de los bolcheviques, de la misma gente de la clase trabajadora que les habían permitido acceder al poder. Hoy en día, cuando tantas personas que nunca vivieron el socialismo de verdad en su carne y huesos, aun así, difunden una visión muy idealizada de lo pasado, es imprescindible entender que los bolcheviques infligieron la represión más sangrienta contra campesinos, obreros en huelga, anarquistas y otros socialistas. Aquellos que olvidan del pasado están condenados a repetirlo.


Realismo bolchevique

En marzo de 1919, los bolcheviques eran los dueños indiscutibles del estado ruso, pero la revolución les escapaba de las manos. Como pragmáticos y realistas, creyeron que la revolución se la tenía que dirigir por expertos, desde arriba. ¿Quién mejor entiende las necesidades de los campesinos y sabe la mejor manera de comunalizar la tierra y compartir la cosecha que un burócrata revolucionario en un despacho en la ciudad? ¿Y quién mejor conoce los apuros de los obreros que un funcionario del Partido que una vez trabajaba en una fábrica y ahora pasa todo el tiempo asistiendo a reuniones de comité e interpretando los preceptos de los Padres del Proletariado? Estos padres eran hombres como Lenin, Trotsky, Kamenev, Sokolnikov y Zinoviev quienes jamás trabajaban en una fábrica ni labraban las tierras.[^1] ¿Y quién está mejor dispuesto a proteger los intereses del soldado que el comisario político que se queda detrás de la línea durante un ofensivo, empalmando la pistola y preparado para disparar a cualquier que no se lance al fuego enemigo (Volkogonov, 180)?

[^1]: [De los siete miembros del primer Politburo—Lenin, Trotsky, Stalin, Kamenev, Sokolnikov, Zinoviev y Bubnov—todos menos Zinoviev recibieron formaciones universitarias de élite y se convirtieron en activistas profesionales inmediatamente después. Stalin fue el único de los siete que vino de una familia no completamente de clase media. Su padre era un zapatero exitoso, dueño de su propio taller, pero se arruinó y se hizo un alcohólico abusivo. El joven Stalin pudo recibir una educación religiosa de cualidad gracias a las conexiones sociales de su madre. Su primer trabajo era de meteorólogo. Trabajó muy brevemente en un almacén para organizar huelgas.

Lenin y Sokolnikov eran de familias profesionales de cuello blanco, Bubnov era de una familia mercantil, Kamenev era hijo de un obrero ferroviario altamente remunerado. Trotsky y Zinoviev eran hijos de campesinos propietarios, es decir, kulaks, la mismísima gente que señalaron como el enemigo de clase en el campo para justificar el asesinato de millones (tanto de kulaks de verdad como campesinos pobres que estaban contrarios a la política bolchevique).

La mayoría de anarquistas no creemos que la clase social en la que una persona crece determina sus creencias y actitudes, ni que les concede ni les niegue legitimidad como seres humanos. Reconocemos que el cómo crecemos marca nuestra perspectiva, pero tendemos a poner más importancia en el cómo alguien decide vivir su vida. Algunos anarquistas, como Kropotkin, procedían de familias de élite, mientras que muchos más—como Emma Goldman o Nestor Makhno—procedían de familias obreras o campesinas.

No obstante, es significativo el hecho de que casi cada uno de los anarquistas que influían en el curso de la Revolución Rusa o quienes fueron elegidos para liderar un destacamento importante en la Guerra Civil o fue un obrero o bien un campesino. Ejemplificaron el lema de la Primera Internacional, “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos.” (La única excepción es Volín, que provenía de una familia de cuello blanco.) También es significativo el hecho de que, mientras que los bolcheviques reclutaban considerablemente entre obreros industriales, su Politburo entero (el cerebro y dictador de su dictadura “proletaria”) fue 0% clase obrera.

Dado el uso sistemático tanto por Marx como por Lenin del artilugio retórico que consiste en señalar la identidad de clase—verídica o afirmada—de sus adversarios con tal de deslegitimarlos e incluso para justificar su liquidación, cuando ni Marx ni Lenin ni la totalidad del liderazgo Comunista eran de la clase obrera es, para decirlo muy suave, bastante hipócrita.]

El realismo bolchevique lo dejó bien claro que la única manera para ejecutar una revolución de verdad era la de tomar el Estado, hacerlo más fuerte aún y utilizarlo para aplastar todos sus enemigos, quienes eran, por definición, contrarrevolucionarios. Pero los contrarrevolucionarios debían tener escuelas secretas en cada pueblo y aldea, porque ya en 1919 cada vez más personas se estaban juntando con ellos, sobre todo campesinos, obreros y soldados.

La “dictadura del proletariado” tendría que matar muchísimos proletarios. No todo el mundo podía llegar a la Tierra Prometida.

 
Enemigos en todas partes
 
Los viles anarquistas habían corrompido el antiguo lema revolucionario, la emancipación de los obreros es la tarea de los comisarios políticos, así que vuelvan a trabajar, está todo controlado. Lo habían substituido por una mentira peligrosa y revisionista—la emancipación de los obreros es la tarea de los obreros mismos—y cada vez más personas se engañaron. En abril de 1918, cinco meses en el poder, los bolcheviques desataron un terror contra los anarquistas, quienes se estaban haciendo especialmente fuerte en Moscú.  En septiembre del mismo año, inauguraron el Terror Rojo, un terror más generalizado contra todos sus aliados de antaño. En los primeros dos meses, asesinaron más que 10.000 personas y pusieron en marcha el sistema gulag.

Los bolcheviques también se vieron obligados a dirigir sus armas contra los campesinos, quienes estaban en revuelta contra la política de “comunismo de guerra,” mediante lo cual los burócratas del Partido y del Ejército Rojo podrían robar toda la comida, ganado y suministros de los campesinos como les pareciera (Brovkin, 350-73). Al parecer, los campesinos poco formados no tenían el vocabulario para entender que este robo fue “requerimiento,” que su inanición era un tipo de “comunismo” y que además lo supervisaban unos hombres incorruptibles que velaban por sus intereses. En agosto de 1918, Lenin dirigió a la Cheka y al Ejército Rojo a realizar ejecuciones en masa en Penza y Nizhniy Novgorod para poner fin a las protestas campesinas. Pero la disidencia sólo se extendió. Los campesinos dejaron de protestar para armarse y defenderse de las agresiones bolcheviques. Muchos formaron “ejércitos verdes,” destacamentos de campesinos autóctonos que libraron batallas tanto contra el Ejército Blanco como contra el Ejército Rojo.

También al Ejército Rojo había una carencia de realismo. Se puede mantener que las unidades de combatientes más efectivas en la guerra contra los tsaristas y capitalistas del Ejército Blanco fueron los destacamentos localizados y voluntarios en los cuales en los cuales los oficiales fueron elegidos y revocados por la base y no se los dieron privilegios especiales; en los cuales se decidieron sus objetivos, estrategias generales y principios organizativos en asambleas; y los cuales dependieron del apoyo de los soviets de la zona para suministrarles y que conocieron íntimamente el terreno donde actuaban. Tales destacamentos incluyeron la Guardia Negra en Ucrania organizada por la partesana Marusia, el Ejército Revolucionario Insurgente, el Regimiento Dvinsk y los destacamentos de la Federación Anarquista de Altái. Pocos destacamentos consiguieron infligir derrotas tan críticas contra las fuerzas tsaristas siendo totalmente superados en tropas y en armamento (Skirda 2003).

El hecho de que los combatientes lucharon por una causa en la que creían, eligieron sus propios líderes y estrategas según sus habilidades y contaron con el apoyo de los campesinos y obreros de la zona, les permitió aprovechar mejor del terreno, luchar con más valentía que sus adversarios, innovar estrategias creativas e inteligentes en respuesta a circunstancias en desarrollo y transitar entre guerra convencional y guerra de guerrilla de forma tan ágil que confundieron al enemigo. Estos grupos fueron claves en derrotar al General Denikin, al Admiral Kolchak y al Baron Wrangel, así terminando las tres principales ofensivas de los Blancos. Y fue el Regimiento Dvinsk que capturó Moscú en la Revolución de Octubre.

No obstante, todos estos grupos padecieron un defecto importante. Sus integrantes priorizaban el escuchar a los campesinos y obreros y dar voz a la soldadesca que y no a los preceptos sabios de los Padres del Proletariado que emanaban de la capital. Aun peor, a veces que sintieron los preceptos y aun así no los hicieron caso. Y cuando los líderes del Partido, infinitamente sabios, decidieron que fue necesario masacrar a campesinos u obreros para el bien de la revolución, los destacamentos liderados por los mismísimos campesinos y obreros no estaban a la altura.

Para aumentar la eficacia del Ejército Rojo, los maestros sabios del Partido Bolchevique decidieron tomar lecciones de los grandes militaristas de la historia, empezando con el mismo ejército tsarista. Ya en junio de 1918, habían abolido todas las prácticas anti-realistas que los revolucionarios inocentes habían introducido en el Ejército Rojo: descontinuaron la elección de oficiales por los soldados que les seguirían, reinstituyeron los privilegios y grado de pago aristócratos para los oficiales, reclutaron oficiales tsaristas acostumbardos a aquellos privilegios y introdujeron comisarios políticos para espiar a los soldados y erradicar pensamientos incorrectos. Sabían que soldados rebeldes e idealistas ya habían tumbado un régimen en 1917 y sin una dosis suficiente de realismo, bien podrían tumbar otro.

Los bolcheviques también habían aprendido de ejércitos imperialistas a lo largo de la historia que enviaron soldados de un extremo del imperio para combatir rebeldes al otro extremo. Eso fue una amabilidad sentimental por parte de los bolcheviques. Psicológicamente, fue mucho más fácil para soldados de habla coreana evitar fraternizarse con campesinos y obreros ucranios cerca de Kharkiv—y a veces fusilarles—y para soldados de habla ucraniana evitar fraternizarse con campesinos y obreros coreanos cerca de Vladivostok (y, como no, a veces fusilarles, también). Además, esta práctica estratégica impidió que los soldados se perdiesen. Un soldado rojo de Ucrania, combatiendo contrarrevolucionarios en Irkutsk, lo tendría bastante difícil obtener ayuda de los autóctonos o encontrar su camino a casa sin permiso. Así se aseguró de que quedaría con su unidad en vez de desertar en un ataque de anti-realismo. Y si se perdiera, sería muy fácil encontrar un ucranio rubio y de ojos redondos entre los autóctonos, quienes le podrían devolver a las autoridades correspondientes. Buena organización: ¡así se libra una revolución exitosa!

No obstante, los soldados del Ejército Rojo carecían de la educación necesaria para entender. Hubo un millón de deserciones en un solo año. Muchos destacamentos rojos llevaron sus armas y se juntaron con los campesinos en los Ejércitos Verdes independientes. Más tarde, grupos muy grandes se juntarían con Makhno, un inocente que estaba derrotando a los Blancos sin instaurar una dictadura propia. Así que los bolcheviques tenían que ser más listos que sus mentores tsaristas e imperialistas. Fusilaron decenas de miles de desertores, pero esta táctica antigua no bastaba. En un estallido de realismo inspirado, improvisaron una táctica nueva: tomar como rehenes a las familias de los soldados y ejecutar parientes si los desertores no se entregaron para ser fusilados (Williams 1987).
Ya que tantas balas del Ejército Rojo acababan en los cuerpos de soldados del Ejército Rojo o en los cerebros sin educación de campesinos anti-realistas, demasiado pocas se disparaban contra el Ejército Blanco. Y el Ejército Blanco no hacía más que crecer. Amenazaba la revolución desde todos lados. Paulatinamente, el Ejército Rojo estaba haciendo retroceder a la Expedición de Rusia del Norte, compuesta por tropas británicas y norteamericanas, en el frente septentrional de la Dvina, pero combates intensos durante el invierno no habían logrado a sacar el General Denikin de la zona Donbas de la Ucrania oriental. Mientras tanto, una fuerza expedicionaria francesa había desembarcado en Odesa, el Ejército Blanco había tomado control del Cáucaso y—a principios de marzo—el Admiral Kolchak había emprendido una ofensiva general en el frente oriental. Capturó Ufa en poco tiempo y seguía avanzando.

El ejército anarquista mantenía el frente en el sureste de Ucrania, pero sus ingeniosos aliados bolcheviques les estaban privando de armas y municiones con la esperanza de que el Ejército Blanco les remataría. Fue una economización efectiva de recursos por parte de los Padres del Proletariado. No tendrían que gastar tiempo debatiendo con anarquistas o haciendo propaganda en su contra si todos los anarquistas estuvieron muertos. Además, era mucho más fácil presentarse como la alternativa a los tsaristas y liberales confusos del Ejército Blanco que debatir con los anarquistas, con sus mentiras insidiosas sobre la capacidad de la gente para liberarse a si mismo.

La estratagema de privar el ejército anarquista de recursos salió mal en el verano de 1919. Después de que Denikin abriera camino por las líneas, avanzó tanto contra un Trotsky indefenso para pararle que amenazaba a Moscú. Sólo una victoria rotunda por parte de los anarquistas en la Batalla de Peregenovka en setiembre de 1919 rompió las líneas de suministro de los Blancos, lo cual obligó a Denikin a retroceder. Después de todo, fue por eso que los bolcheviques tenían aliados: fue ventajoso no poner a todos las personas que querían matar en su lista de “enemigos” todo a la vez. Así se podrían matar entre ellos.
 

Resistencia obrera al estado soviético
 
Volvemos atrás a principios de 1919. Enfrentados con tanta resistencia, los bolcheviques necesitaban más aliados. Después de unos meses del Terror, habían vuelto a legalizar a los mencheviques y también habían conseguido que los distintos destacamentos anarquistas dirijieron sus esfuerzos contra el Ejército Blanco, mediante una tregua con ellos que, una vez pasada la amenaza blanca, romperían. Aun así, necesitaban más apoyo. Así que legalizaron también al Partido Socialista Revolucionario (SR), después de haber pasado medio año encarcelando y asesinando sus integrantes. Para ser justos, los SR habían intentado encarcelar y asesinar a los bolcheviques el año anterior; esto, a su vez, fue una respuesta al intento bolchevique de monopolizar todos los instrumentos estatales que les permitiría encarcelar y asesinar a la gente. Los bolcheviques ya habían ganado este monopolio—el Terror que empezó en setiembre de 1918 fue la prueba—pero una revolución no puede defenderse si demasiada gente está muerta o en la cárcel. Todavía necesitaban ayuda obligar a las clases populares cumplir con sus deberes de trabajar y luchar para ellos.

Los SR habían sido buenos propagandistas y no hace tanto tiempo habían sido más populares que los bolcheviques. Además, era más fácil controlar a los SR cuando éstos estaban al aire libre, con sedes públicas en las ciudades, que cuando estaban en la clandestinidad.

Los SR decidieron confiar en los bolcheviques, con la esperanza de que podrían recuperar el control de los soviets o ganar a su lado otras fuerzas revolucionarias. Pero una vez que salieron de sus escondites, la Checa inició la detención periódica de sus líderes, los cuales acusaron de conspiración y enviaron a los gulags. La organización nunca recuperó la fuerza para oponerse a los bolcheviques. Mientras tanto, su legalización redujo la cantidad de enemigos que tenían que combatir y aumentó la propaganda a favor de la revolución.

Los bolcheviques todavía tenían muchos problemas. Si ya no fueron lo suficiente preocupantes las rebeliones de tantos campesinos y soldados, los obreros industriales también empezaban a rebelarse. En la ciudad de Astrakhan, los obreros se declararon en huelga. Aun peor, muchos soldados rojos se juntaron con ellos. Huelgas parecidas se extendieron por las ciudades de Orel, Tver, Tula e Ivanovo. Entonces, se declaró una huelga en la grandísima fábrica Putilov en Petrograd, la capital de revolución.

La fábrica Putilov había fabricado material rodante y otros productos para los ferrocariles antes de diversificarse y comenzar la producción de artillería y armamentos para el ejército. Más tarde, también fabricarían los tractores que se volverían tan esencial a la industrialización de la agricultura rusa, después de que Lenin declarase la transición del comunismo de guerra al “capitalismo del estado” de la Nueva Política Económica (NEP). Una huelga en esta fábrica era especialmente vergonzoso para los bolcheviques, ya que los obreros de la Putilov habían generado una de las chispas principales de la revolución. La revolución de febrero, 1917, había surgido de cuatro grupos: unidades rebeldes en el ejército al frente, mujeres protestando contra el racionamiento de comida, marineros rebeldes estacionados en Kronstadt y Petrograd, y huelguistas en la fábrica Putilov. Huelgas en esta misma fábrica también habían sido una de las chispas de la Revolución de 1905.
Los bolcheviques ya habían lidiado con los soldados rebeldes cuando asesinaron el comandante, Grachov, del Regimiento Dvinsk y disuelto dicho regimiento, que tenía un papel muy heroico en la revolución, siendo el símbolo principal de la negativa de los soldados de luchar en una guerra imperialista en el frente y también siendo el regimiento que aplastó las fuerzas tsaristas de Moscú durante la Revolución de Octubre. Consiguieron hacer esto discretamente y fuera de la vista pública a finales de 1917. Sus reformas elitistas al Ejército Rojo a mediados de 1918, aunque generaron protestas, servían para controlar los demás soldados.

En cuanto a los marineros, en 1921, explicarían que los marineros de Kronstadt, los defensores más acérrimos de la revolución, se habían devenido individualistas burgueses infiltrados por agentes blancos. Nadie creyó en Trotsky cuando dijo esto, pero no importaba.[^2] Lo que estaba en juego no era la verdad, sino el poder; los bolcheviques ya habían aplastado todos sus enemigos y resolvieron cualquier duda acerca de las demandas y críticas de los marineros de Kronstadt no con la presentación de hechos y argumentos, sino con balas y artillería, masacrándolos todos.

[^2]: [Ya antes de Stalin, los bolcheviques utilizaban las mentiras no tanto para convencer a la gente sino para obligar a la gente a repetirlas. Fue una prueba de lealtad muy efectiva: cualquier que insistía en decir la verdad era un contrarrevolucionario peligroso, mientras que cualquier que denominaba a campesinos hambrientes “kulaks” o denunciaba a marineros revolucionarios ejemplares como “agentes del Ejército Blanco” había aceptado el realismo comunista.]

Aun quedaban dos años hasta el aplastamiento de Kronstadt. En el marzo de 1919, los bolcheviques todavía tenían muchos enemigos y todo el mundo estaba mirando. Los obreros de la Putilov tenían unas reivindicaciones sencillas, expresadas en una asamblea de 10.000 trabajadores: ya que morían de hambre, un aumento al racionamiento de comida y cesión del control de la comida a los organismos cooperativos de campesinos y obreros (es decir, fuera de las manos del Partido); libertad de prensa para todos los grupos revolucionarios; un fin al Terror Rojo; la eliminación de privilegios para los miembros del Partido Comunista; elecciones libres para los soviets y consejos de fábrica, surgidos en 1917 y suprimidos por los bolcheviques ese mismo año; y la repartición del armamento entre todos los campesinos y obreros. Además, declararon que los bolcheviques habían traicionado la causa de los obreros.

¿Qué harían los bolcheviques? ¿Era posible hacer una revolución sin condenar a los obreros a la hambruna, suprimir periódicos críticos, hacer desaparecer a los revolucionarios de otras tendencias y establecer los miembros del Partido como una nueva aristocracia?


La respuesta bolchevique

¡Que pregunta más tonta! Los bolcheviques eran realistas y su estrategia se centraba en hacer la revolución ganando control del Estado. El Estado era la Revolución, siempre que fuera un estado bolchevique. Simplemente no podían enfortalecer al Estado sin eliminar sus rivales, exprimir cada gota posible de sudor y sangre de los obreros y campesinos y dividir la riqueza entre ellos. ¿Quién, en su sano juicio, se convertiría en bolchevique al no ser que se tradujera en sueldos garantizados, racionamientos mayores y la oportunidad para ascender la escala social? El Partido Comunista necesitaba realistas. Los idealistas morirían de hambre, mientras aquellos dispuestos a decir que el Estado era la Revolución y la obediencia era la libertad se ganaron la oportunidad para contribuir sus talentos a la construcción del nuevo aparato.

En cuanto a los inocentes que seguían siendo obreros en vez de convertirse en oficiales del Partido, los bolcheviques lo tenían bien claro que el papel de los trabajadores era de trabajar. Trabajadores que no trabajaban eran como máquinas rotas. Y como bien sabe cualquier realista, cuando se rompe una máquina no hay otro remedio que llevarle a un rincón oscuro y meterle una bala en la cabeza.
Entre el 12 y el 14 de marzo, la Checa aplicaron mano dura en Astrakhan. Ejecutaron entre 2000 y 4000 huelguistas y desertores del Ejército Rojo. A algunos les fusilaron y a otros les ahogaron, atando piedras a sus cuellos y tirándoles al río. Esta táctica la habían aprendido de los heroes de Lenin, los jacobinos, iluminados revolucionarios burgueses que masacraron decenas de miles de campesinos que no eran lo suficiente formados para saber que las tierras comunas eran una cosa del pasado y que el cercamiento y privatización de la tierra fue la ola del futuro (Kropotkin, 454-458).
También mataron un número más pequeño de burgueses, entre 600 y mil. Los burgueses más listos ya se habían unido al Partido Comunista, lo cual reconocieron como la mejor manera de sacar beneficio de la situación nueva. Pero los burgueses conservadores más rancios estaban plenamente en contra de los bolcheviques, los anarquistas y también los aristócratas, aunque no tenían nada en contra de aliarse con los aristócratas. Cualquier sistema política en que no podían hacer lo que les daba la gana a quien sea, llamaban “tiranía.”

Los burgueses conservadores también hubieran aplastado a los huelguistas—igual con hambruna en vez de balas—si hubieran estado al mando. A pesar de esto, los bolcheviques afirmaban que los huelguistas tenían que ser agentes secretos del orden burgués. Lo cual era curioso, porque cuando los anarquistas de Moscú expropiaban a los burgueses en abril de 1918, los bolcheviques les habían tachado de “bandidos” y habían devuelto las propiedades a sus dueños capitalistas. Ahora en marzo de 1919, mataron tanto a disidentes burgueses como a obreros en huelga, pero, claro está, guardaron la mayoría de sus balas para los obreros. Dos días después, el 16 de marzo, la Checa asaltó la fábrica Putilov. Detuvieron a 900 obreros y ejecutaron a 200 sin juicio. Estos fueron asesinatos pedagógicas diseñadas a instruir a los obreros mediante la ejecución de algunos de sus compañeros. Todavía no entendían, pero lo tendrían que aprender: el sentido del trabajador es de trabajar. Si tenían que morir de inanición, era para el bien del proletariado.

Los obreros no aprendieron esa lección a primeras. En un principio, la represión estatal sólo intensificó la oposición obrera. Según cables bolcheviques, 60.000 obreros estaban en huelga sólo en Petrograd en junio de 1919, tres meses después del masacre en la fábrica Putilov (Varios 1919, 60). Los pobres bolcheviques no tenían otro remedio que matar a aun más obreros y expandir el sistema gulag hasta que podría reeducar no miles sino millones.

Muchos marxistas posteriores echaron la culpa a Iosef Stalin por la conversión de la URSS en una maquinaria masiva de muerte, pero hemos justo aquí los orígenes de esa evolución macabra, en la necesidad de las autoridades bolcheviques de matar a obreros en nombre de los obreros. La totalidad del aparato del Partido, desde Lenin hasta los rangos más bajos, se dedicaron a la liquidación de toda oposición. Este monstruo en su totalidad fue ordenado en el momento en que los Comunistas decidieron que ellos eran la vanguardia consciente del proletariado, que la igualdad económica se podría conseguir mediante elitismo político y que fines emancipatorios justificaron medios autoritarios.

 
La política económica del Partido Comunista
 
Las otras corrientes revolucionarias tenían cada una sus ideas distintas acerca de las reivindicaciones obreras y sus organismos de auto-organización. Algunas favorecían los consejos de fábricas que surgían espontáneamente durante la Revolución de Febrero. Otras favorecían los sindicatos que habían crecido de forma dramática durante el curso de 1917. Sólo los bolcheviques tenían una posición realista, cambiando su relación con estas estructuras según como soplaba el viento. Como bien ha documentado Carlos Taibo (2017), los bolcheviques alternaron entre la promoción de los consejos y sindicatos, el intento de captarlos dentro de estructuras burocráticas controladas por el Partido, la socavación de sus poderes o su plena supresión. Su estrategia variaba considerablemente según si creían que podrían utilizar estas organizaciones para apoyar su propio poder o si, al contrario, temían la amenaza presentada por estas organizaciones a la supremacía bolchevique. Todo el poder para el Partido fue su único principio constante.

Durante el curso de 1917, los bolcheviques ganaron muchísima fama por su propaganda astuta. Prometieron devolver la tierra directamente a los campesinos, acabar la guerra sin dejar a la Alemania imperialista anexar territorio y ceder a los obreros el control de las fábricas y otros puestos de trabajo. Ya hemos visto como rompieron las dos primeras promesas. En cuanto a su compromiso con los obreros, enfrentaron a algunas organizaciones obreras con otras mientras fortalecían paulatinamente su control burocrático.

En 1917, consejos de fábrica habían aparecido en centenares de fábricas por toda Rusia, mientras la afiliación en los sindicatos creció de decenas de miles a 1,5 millones. En un principio, los mencheviques dominaban en los sindicatos y utilizaban su influencia para hacer que los sindicatos apoyasen al gobierno pre-Octubre de Kerensky. Según una perspectiva trotskista, “Cuando se estaban preparando para la toma del poder, Lenin y sus seguidores se acercaron a los sindicatos desde una nueva perspectiva y para definir su rol en el sistema soviético” (Deutscher 1950). Prometiéndoles más poder, los bolcheviques esperaban ganar el apoyo de los sindicatos en su proyecto de tomar el control del estado, o al menos ganar su consentimiento.

Según dos más académicos pro-leninistas, Lenin “esencialmente abandonó la consigna, todo el poder para los soviets,” cuando “convenció al partido de que era el momento adecuado para tomar el poder estatal” (Kelley y Benjamin, li). Esta es la admisión de un hecho evidente y bastante literal. Si los soviets iban a tener todo el poder, el Partido no podía tener nada.

En noviembre de 1917, inmediatamente después de tomar el poder, los bolcheviques decretaron que los consejos de fábrica no deberían participar en la gestión de las empresas ni tomar ninguna otra responsabilidad en su funcionamiento. Al contrario, cada comité fue subordinado a un “Consejo Regional de Control Obrero” que respondía al “Consejo de Control Obrero de Todas las Rusias”. La composición de estas instancias superiores fue decidido por el Partido, que daba a los sindicatos una mayoría de los puestos (Brinton, 65).
 
Una vez que el poder había pasado en manos del proletariado, la práctica de los consejos de fábrica de comportarse como si las fábricas les perteneciesen se volvió anti-proletariado.” A.M. Pankratova, Fabzavkomy Rossil v borbe za sotsialisticheskuyu fabriku (Consejos de Fábrica Rusos en la lucha por la fábrica socialista). Moscú, 1923.
 
La revolución ha sido victoriosa. Todo el poder ha pasado a los soviets. Las huelgas y las manifestaciones son perjudiciales en Petrograd. Demandomos que se ponga fin a todas las huelgas con motivas económicas y políticas, que se vuelva a trabajar y que se desempeñe el trabajo de una manera totalmente ordinaria… Todo hombre en su sitio. La mejor manera para apoyar al Gobierno Soviético hoy en día es la seguir adelante con su trabajo.” Portavoz bolchevique en el segundo Congreso de los Soviets de Todas las Rusias, 26 de octubre (calendario antiguo), 1917. (Citado en Brinton 1970).
 
Es absolutamente esencial que toda la autoridad en las fábricas se concentre en manos de la dirección… Bajo estas circunstancias, cualquier intervención directa por parte de los sindicatos en la dirección de las empresas debe ser considerado extremamente perjudicial e impresentable.” Intervención de Lenin en el undécimo Congreso, 1922.
 
Referiéndonos otra vez al texto trotskista, “Ahora [finales de 1917] los bolcheviques llamaron a los sindicatos para que prestaran un servicio especial al estado soviético naciente y disciplinaran a los consejos de fábrica. Los sindicatos se posicionaron firmamente en contra del intento de los consejos de fábrica para fundar una organización nacional suya. Impidieron la convocatoria de un Congreso de Consejos de Fábrica de Todas las Rusias, que ya estaba en preparación, y exigieron la subordinación completa por parte de los consejos” (Deutscher 1950). A finales de 1917, los bolcheviques obligaron a los consejos de fábrica a incorporarse en los sindicatos, como un intento de restringir su autonomía.
A pesar de sus lemas bonitas de mediados de 1917, desde el momento en que llegaron al poder, los bolcheviques trataron a los consejos obreros como amenaza. ¿Por qué? Muchos leninistas y también el trotskista ya citado, afirmaron que los consejos sólo tenían una conciencia de sus intereses al nivel de fábricas individuales y no podían tomar en cuenta los intereses de la economía entera ni de la clase obrera entera. No obstante, esto se contradice con los muchísimos ejemplos de solidaridad entre soviets y consejos de fábrica por todo el país, ya en 1917, y también con el hecho de apoyo material por parte de campesinos y obreros urbanos para los destacamentos anarquistas que luchaban contra el Ejército Blanco en las zonas libertarias de Ucrania y Siberia, donde revolucionarios idealistas no tan sólo permitían sino fomentaban y promovían la auto-organización de los campesinos y obreros.

El simple hecho de que los consejos de fábrica intentaron coordinarse a un nivel nacional a finales de 1917 demuestra que ya estaban en proceso de desenrollar lo que se podría denominar una conciencia revolucionaria universal y proletaria. Fueron los bolcheviques mismos quienes interrumpieron este proceso.

Desde la perspectiva bolchevique, lo más peligroso de una conciencia naciente en los consejos de fábrica fue la posibilidad de que no llegara al tipo de conciencia obrera muy particular que necesitaban los bolcheviques desesperadamente para quedar en el poder. Fábricas auto-organizadas apoyarían ejércitos revolucionarios de obreros y campesinos, pero probablemente no apoyarían al Ejército Rojo cuando éste aplastaba a los obreros y campesinos, ni apoyarían a la cesión infame—firmado por Lenin—de Ucrania, Polonia y los Bálticos a la Alemania imperialista.

Los consejos eran peligroson para otro motivo, también. No eran tan solos un órgano de autonomía y auto-organización obreras que dejaron obsoleto cualquier partido político, sino que también tenían la tendencia de erosionar la disciplina de partido. Dentro de los consejos, trabajadores afiliados a los mencheviques, a los bolcheviques o a cualquier otro partido solían actuar en acuerdo con sus intereses comunes como obreros de fábrica en vez de velar a los intereses del partido (Machaquiero, 144).

Como bien mostró Paul Avrich (2006, p.147), los bolcheviques aprovecharon de una distinción sútil entre dos versiones muy distintas de control obrero. Upravleniye significaba control directo y auto-organización por los obreros mismos, pero las autoridades Comunistas se negaron a conceder esta reivindicación. Su consigna preferida, rabochi control, no indicaba nada más que una vigilancia nominal sobre la organización fabril por parte de los obreros. Bajo el sistema impuesto por los bolcheviques, los trabajadores participaron en la toma de decisiones junto con los patrones, quienes podrían ser los mismos dueños capitalistas de antes de la Revolución o bien agentes del Partido y del Estado, según la política soviética del momento.

Todas las decisiones finales respecto a las fábricas y el trabajo fueron tomadas por el Soviet Supremo de la Economía Nacional (la Vesenkha), un cuerpo burocrática y no elegido que fue establecido en diciembre de 1917 por un decreto del Sovnarkom y el Comité Central Ejecutivo de Todas las Rusias. Todos estos cuerpos burocráticos fueron controlados en todos momentos por los bolcheviques, así que ningún obrero podría tener voz y voto en decisiones relacionadas con su trabajo sin convertirse en liberado del Partido a jornada completa y escalar hasta los escalones más altos de la burocracia.

Ya en marzo de 1918, una asamblea de consejos de fábrica en Petrograd denunció el carácter autocrático del gobierno bolchevique, así que el intento bolchevique de disolver todos los consejos de fábrica que no estaban bajo su control (Taibo, 58). Tal autocracia sólo creció cuando los bolcheviques por fin nacionalizaron la economía en el verano de 1918, aumentando el control del Partido y gestionando las fábricas con la ayuda de “expertos” reclutados del régimen antiguo. (Hasta este momento habían dejado casi todas las empresas en manos de sus dueños capitalistas).

En un principio, existía un continuo ambiguo entre los consejos de fábrica, de orientación económica, y los consejos de aldea o ciudad, de orientación política. El Partido Comunista rápidamente homogeneizó y burocratizó a los soviets territoriales, empezando con códigos y normas para las elecciones de éstos, ya en marzo de 1918, y acabando ya en el momento de la Constitución Soviética de 1922. Con aun más rapidez, se deshicieron de los soviets que se componían de todos los trabajadores de una fábrica u otra empresa y los reemplazaron por delegados obreros totalmente simbólicos y subordinados al director nombrado por el Partido.

Los Comunistas hicieron todo esto mientras hablaban de boca para afuera sobre su consigna y su promesa electoral de 1917, “Todo el poder para los soviets.” Con el tiempo, superaron la contradicción de simultáneamente promover y suprimir los soviets cuando declararon que comités compuesto por representantes de otros comités compuestos por representantes de aun otros comités también eran “soviets”. Así que no había otra cosa más soviética que un burócrata. De hecho, el comité más apartado de cualquier soviet de verdad de campesinos, obreros y soldados normal y corrientes fue el “Soviet Supremo”. Ya que los bolcheviques controlaron bien rígido todos estos órganos más altos y burocráticos del gobierno, que arbitrariamente también habían decidido llamar “soviets”, podían decir “Todo el poder para los soviets” con caras de póker, porque ahora sólo quería decir, “Todo el poder para nosotros”, y esta era la única consigna verídica que jamás podrían pronunciar.

Esta truque ingenioso fue muy parecido a aquello utilizado por los Padres Fundadores de los Estados Unidos, cuando un surtido de comerciantes pudientes y esclavistas establecieron un gobierno “del Pueblo, por el Pueblo y para el Pueblo.” Según ellos, los esclavistas se calificaban de pueblo; los esclavos no.

Los bolcheviques aplastaron los consejos de fábrica primero, aunque no tardaron mucho en clavar sus dientes en los sindicatos y mermar su independencia. Es digno de atención que dieron el golpe a los sindicatos de forma preventiva, evitando una amenaza posible al gobierno totalitario incluso antes de que éstos habían mostrado cualquier señal de resistencia. Al primer Congreso de Sindicatos de Todas las Rusias en enero de 1918, los bolcheviques defendieron su postura con éxito de que los sindicatos deberían subordinarse al gobierno soviético, oponiéndose a la posición de los mencheviques y anarquistas de que los sindicatos deberían permanecer independientes.

Los bolcheviques consiguieron dominar a los sindicatos mediante el Comité Central de Sindicatos. Ya para 1919, bajo el pretexto de las medidas extraordinarias requiridas por la Guerra Civil, el Comité Central se había incorporado plenamente a la burocracia controlada por la cúpula del Partido.
Por supuesto, como ya hemos mostrado, las “medidas extraordinarias” del Partido Comunista venían de antes de que la Guerra Civil Rusa comenzara de verdad. De hecho, estas medidas eran entre las causas principales de la oposición y furia que alimentaban a las facciones múltiples y conflictidas que luchaban en la Guerra Civil.

En 1921, cuando la Guerra Civil casi había terminado y el dominio bolchevique era indiscutible, Lenin y sus seguidores podían eliminar el “comunismo de guerra”. Retrasaron otra vez la repartición igualitaria de la riqueza social, esta quimera que les esperaba a los trabajadores ya en el paraíso socialista. Esta vez inventaron nuevas excusas acerca de circunstancias excepcionales. El resultado fue la Nueva Política Económica (NEP), lo cual Lenin mismo describió como “un mercado libre y capitalismo, ambos sujetos al control estatal” junto con empresas estatales operando según la lógica del ánimo de lucro” (Lenin, 184). Los anarquistas eran los primeros en nombrar el sistema soviético como “capitalismo de Estado”, pero Lenin aceptó la etiqueta como un hecho objetivo.

En conclusión, los bolcheviques se columpiaban entre noviembre de 1917 y el NEP de 1921, cambiando su política económica múltiples veces. En el curso de estos cambios, confiaron el control de las empresas a los dueños capitalistas con una vigilancia obrera simbólica, a funcionarios del Partido, a Comités Supremos varios y a los nepmen, los oportunistas económicas de la época de la NEP. Resulta que las únicas personas a las cuales los bolcheviques no estaban dispuestos a confiar eran los trabajadores mismos.

Marxista anticolonial Walter Rodney, quien empatizaba con Stalin y apoyaba a Lenin con todo el corazón, reconoció, sin embargo, que “En efecto fue el estado, y no los obreros, que controló los medios de producción” (Kelley y Benjamin, lvi). También mostró que la Unión Soviética heredó e impulsó el imperialismo ruso del anterior régimen tsarista, aunque esto es el tema para otro ensayo.
Un realista sabe que la mejor respuesta a todas estas quejas sentimentales es el hecho indiscutible de que, al final, la estrategia bolchevique triunfó. Eliminaron todos sus adversarios. Los idealistas estaban muertos y, por lo tanto, equivocados. ¿Acaso existe una mejor prueba científica para la certeza de la posición bolchevique?


El final de la resistencia al realismo bolchevique

Las cosas mejoraron de forma immediata. Los trabajadores ya no tenían que sudar para enriquecer la clase capitalista. En adelante recogerían los frutos de sus propios labores (con la excepción, claro está, de todos los empleados de las empresas de mercado libre permitidas bajo la NEP, además de los millones de campesinos que tenían que ceder los frutos de sus cosechas). Para hacer las cosas más sencillas, se guardaba toda la riqueza social en un fideicomiso gestionado por los trabajadores intelectuales. Estos trabajadores intelectuales trabajaban más duro y requerían más recompensa, mejor comida, casas más grandes. Pero también se aseguraron de que la mayoría de esa riqueza social se destinó a movilizar un ejército de 11 millones (sólo un millón menos que el ejército más grande en la historia humana). Y también una ópera de puta madre. Y uno de los aparatos de policía secreta mas extensas, para proteger al pueblo.

Durante los Planes Quincenales de Stalin, la economía soviética creció más rápido que las economías de los países democráticos contemporáneos. También evitaron la Gran Depresión que estaba asolando a la mayor parte del mundo. Las críticas idealistas de los anarquistas desde ya hace mucho tiempo han señalado que los Comunistas consiguieron implantar el capitalismo en los países donde la clase capitalista había fracasado. Que hicieron el capitalismo mejor que los capitalistas mismos. Pero esta queja inocente obvia el hecho de que un Estado fuerte—y por lo tanto una Revolución fuerte—requiere una economía robusta que produce cantidades inmensas de valor excedente que se puede reinvertir según el criterio de los Padres del Proletariado.

Eventualmente, los trabajadores recibieron vivienda y sanidad pública, si trabajaban duro y mantenían cerradas las bocas. Siempre y cuando no eran entre los millones de víctimas de las hambrunas sistemáticas diseñadas para romper el campesinado y conseguir la acumulación primitiva (la cual los poderes occidentales también habían conseguido mediante hambrunas masivas en siglos anteriores).

Por todo esto son fechas tan importantes para recordar.
 
En el centenario del masacre de huelguistas en Astrakhan y Petrograd, los miembros de la clase trabajadora deberíamos acordarnos quien tiene en mente nuestros intereses y no olvidar nunca de que la obediencia es la libertad. Para celebrar el triunfo de la Revolución Bolchevique—que sigue iluminando como un faro para la gente oprimida en todas partes—los trabajadores deberían obedecer a los liberados sindicales, los presos deberían escuchar a sus guardianes, los soldados deberían acatar el orden de abrir fuego y el pueblo debería esperar las directivas de su gobierno. ¡Cualquier discrepancia sería la anarquía!
 
 
Bibliografía
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– Paul Avrich, The Russian Anarchists. Oakland: AK Press, 2006.
– Maurice Brinton, The Bolsheviks and Workers’ Control 1917-1921. 1970.
– Vladimir Brovkin, , “Workers’ Unrest and the Bolsheviks’ Response in 1919”, Slavic Review, 49 (3): 350–73. (Autumn 1990)
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– Robin D.G. Kelley and Jesse Benjamin, “Introduction,” in Walter Rodney, The Russian Revolution: A View from the Third World. London: Verso, 2018.
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– George Leggett. The Cheka: Lenin’s Political Police. Oxford: Oxford University Press, 1986.
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– V.I. Lenin, “The Role and Functions of the Trade Unions under the New Economic Policy”, LCW, 33, p. 184., Decision Of The C.C., R.C.P.(B.), January 12, 1922. Published in Pravda No. 12, January 17, 1922. Lenin’s Collected Works, 2nd English Edition, Progress Publishers, Moscow, 1973, first printed 1965, Volume 33, pp. 186–196. https://www.marxists.org/archi
– Mário Machaquiero, A revolução soviética, hoje. Ensaio de releitura da revolução de 1917. Oporto: Afrontamento, 2008.
– Igor Podshuvalov, Siberian Makhnovschina: Siberian Anarchists in the Russian Civil War (1918-1924). Edmonton: Black Cat Press, 2011.
– James Ryan. Lenin’s Terror: The Ideological Origins of Early Soviet State Violence. London: Routledge, 2012.
– Alexandre Skirda, trans. Paul Sharkey, Nestor Makhno: Anarchy’s Cossack. Oakland: AK Press, 2003.
– Carlos Taibo, Soviets, Consejos de Fábrica, Comunas Rurales. Calumnia: Mallorca, 2017.
– Various, A Collection of Reports on Bolshevism in Russia. London: HMSO, 1919.
– Volin, La Revolución Desconocida, 1917-1921. Paris: 1947. https://www.portaloaca.com/historia/otroshistoria/6347-volin-la-revolucion-desconocida-libro.HTML
– Dmitri Volkogonov, Shukman, Harold, ed., Trotsky: The Eternal Revolutionary. London: HarperCollins, 199
Nicolas Werth, Karel Bartosek, Jean-Louis Panne, Jean-Louis Margolin, Andrzej Paczkowski, Stephane Courtois, El libro negro del comunismo, Traducción de César Vidal, Ediciones B, Barcelona 2010.
– Beryl Williams, The Russian Revolution 1917–1921. Boston: Wiley-Blackwell, 1987.
Más lectura
Frank Mintz, ¿Una Majnovschina siberiana? https://es.theanarchistlibrary.org/library/frank-mintz-una-majnovschina-siberiana
La contrarrevolución bolchevique” http://segadores.alscarrers.org/la-contrarevolucion-bolchevique-the-bolshevik-counterrevolution-castellanoenglishportugues/
– Nicolas Werth, Karel Bartosek, Jean-Louis Panne, Jean-Louis Margolin, Andrzej Paczkowski, Stephane Courtois, El libro negro del comunismo, Traducción de César Vidal, Ediciones B, Barcelona 2010.
Abril 2018: Centenari del començament del terror bolxevic” http://segadores.alscarrers.org/abril-2018-centenari-del-comencament-del-terror-bolxevic/
– “1921-1953: A Chronology of Russian Anarchism” https://libcom.org/history/1921-1953-chronology-russian-anarchism
– “Ilyich Moves to Moscow, His First Months of Work in Moscow” https://www.marxists.org/archive/krupskaya/works/rol/rol28.html , from Krupskaya’s “Reminiscences of Lenin”
– “Bolshevik repression against anarchists in Vologda” https://libcom.org/history/bolshevik-repression-against-anarchists-vologda
– “Lenin Orders the Massacre of Sex Workers, 1918” https://libcom.org/library/lenin-orders-massacre-prostitutes-1918
– “Manual for Revolutionary Leaders” https://theanarchistlibrary.org/library/micheal-velli-manual-for-revolutionary-leaders Michael Velli


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1976. Euskal Herria. Vitoria: enero-marzo

1976. Euskal Herria. Vitoria: enero-marzo

MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA
Carlos García V


El 3 de marzo de 1976, el ametrallamiento por parte de la Policía Armada y de la Guardia Civil de una multitud de trabajadores, obligados a abandonar su encierro en una iglesia vitoriana, bombardeada con bombas lacrimógenas, se salda con cinco muertos y más de cien heridos, y supone el principio del fin de una movilización de varios miles de trabajadores en lucha por una serie de reivindicaciones laborales.


La masacre de Vitoria culminaba, así, una huelga que se había iniciado dos meses antes y que en su desarrollo iría adquiriendo unas características que la convertirían en punto de referencia de la autonomía obrera en los años de la transición democrática. Desde finales de 1975, algunos trabajadores de diferentes fábricas se reunían clandestinamente en la montaña para elaborar una plataforma reivindicativa unitaria que recogía, entre otras reivindicaciones, aumentos lineales de 5.000/6.000 pesetas, jornada semanal de 40 horas, percepción del 100% del salario en caso de accidente o enfermedad y jubilación a los 60 años en algunas fábricas. La segunda semana de enero de 1976 se inicia la huelga en torno a esa plataforma unitaria que, por primera vez, englobaba a todos los trabajadores, independientemente del sector o rama en que trabajasen, lo que superaba la estrategia de división de clase propia de los convenios por rama que luego impondrían los sindicatos. Además, la huelga vitoriana se desmarca tanto del sistema de representación sindical vertical oficial, como de la representación que intentaban vehicular los sindicatos de la oposición antifranquista.

Se establece una dinámica de asambleas de fábrica que eligen comisiones representativas, cuyos representantes son permanentemente revocables y carecen de capacidad de decisión por sí mismos. Los representantes lo son en la medida que son elegidos por sus respectivas asambleas de fábrica y no por su condición de representantes de cualquier partido u organización de la oposición. La patronal rechaza la forma de representación impuesta por los trabajadores y se niega a negociar. Los trabajadores aguantan el pulso.

A medida que se desarrolla el conflicto, la plataforma reivindicativa inicial va dejando paso a un debate de carácter político, que cuestiona el papel del Estado, de la policía, etc., que reflexiona, en fin, sobre la condición obrera en la sociedad capitalista. Las asambleas generales de cada tarde son masivas (más de 5.000 personas) y sus decisiones vienen determinadas por las decisiones adoptadas previamente en cada asamblea de fábrica. Esa creciente politización del conflicto hace que el movimiento asambleario y de solidaridad se extienda entre la población, en los barrios, mediante diferentes grupos de apoyo y que nazca, asimismo, la Asamblea de Mujeres de Vitoria. El 3 de marzo es día de huelga general, la policía quiere impedir por todos los medios que se celebre la asamblea general y comienza las cargas contra los que acudían a la convocatoria. La policía, que había sido reforzada con tropas de otras provincias, no sólo emplea los medios habituales antidisturbios, sino que utiliza armas de fuego contra los trabajadores. El resultado, cinco muertos y un centenar de heridos. «Con el final trágico no hay ninguna negociación. Económicamente, las empresas conceden todo lo que habíamos pedido, pero sin negociar absolutamente nada… Readmitieron a todo el mundo», testimonia uno de los protagonistas de aquellas jornadas.

Sorprendente final de un conflicto en el que la patronal se había mostrado cerrilmente inflexible y que el Estado liquidaría con un desproporcionado alarde represivo. ¿O quizás se trataba precisamente de eso: dar una lección a un movimiento obrero que no atendía a las razones del pacto democrático que venían urdiendo franquistas y antifranquistas? Los meses en que tiene lugar la huelga de Vitoria se inscriben en el periodo de acelerada descomposición de la Dictadura que, sobre todo desde la muerte del dictador, en noviembre de 1975, se hacía perceptible en el propio aparato franquista, en la medida que una buena parte de los beneficiarios de la dictadura constataban la necesidad de instaurar un sistema democrático que diera satisfacción a las aspiraciones de la oposición política y contuviera la escalada de las movilizaciones sociales. Por otro lado, las transacciones más o menos en la sombra que llevaban a cabo franquistas reconvertidos a la democracia y representantes de la oposición política, se veían dificultadas por una creciente insubordinación social que se materializada en la proliferación de huelgas y movilizaciones en buena parte de los sectores de la sociedad, conflictos que evidenciaban una incapacidad real de control sobre el proceso de transición tanto por parte de los franquistas reconvertidos, como de la oposición política.

Con la perspectiva de los años transcurridos, se confirma la hipótesis de entonces; de manera que cabe concluir que la represión del movimiento obrero en Vitoria, como expresión masiva de la autonomización de la clase obrera contra la Dictadura, fue la lección necesaria para consolidar el pacto de transición. No hay que olvidar que la huelga de Vitoria comienza la segunda semana de enero de 1976, precisamente, unos días después de que un indulto, en Navidad de 1975, liberara a los sindicalistas de CC.OO. condenados tres años antes en el proceso 1.001 a largas penas de prisión. Por otro lado, la Junta y la Plataforma democráticas, formaciones que encabezaban el PCE y el PSOE, respectivamente, habían firmado en julio de 1975 su primer comunicado conjunto y en el mes de diciembre constituían el comité coordinador de ambas organizaciones que las llevaría a formar el 26 de marzo de 1976 una nueva entidad, Coordinación Democrática.

La huelga de Vitoria se produce, pues, en un contexto en el que desde la oposición antifranquista se llevan a cabo movimientos estratégicos y se aceleran las negociaciones para el pacto con los franquistas reformistas. Sin embargo, debido a la naturaleza autónoma del movimiento vitoriano, la oposición antifranquista no sólo no puede instrumentalizarla para sus intereses en la mesa de negociación, sino que pone de manifiesto su limitada capacidad de control sobre el movimiento obrero y popular. Además, a partir de marzo de 1976, los sindicatos CC.OO. y UGT, en una situación de oposición tolerada, reformulan su táctica de presión renunciando a la acción de la huelga general, cuyo final era incontrolable por los sindicatos, en favor de las denominadas jornadas de lucha; cambio táctico que culminaría con la convocatoria de una jornada de lucha por la Coordinadora de Organizaciones Sindicales, en noviembre de 1976. A su manera, los sindicatos dependientes del PCE y PSOE intentaban transmitir la lección de Vitoria al conjunto del movimiento obrero. Y no escatimaron insidias, injurias y falsedades. Así, el estalinismo tardío, hegemónico en la oposición política, que se expresaba por medio del semanario Triunfo, llegaba a afirmar en su edición del 13 de marzo, que la movilización de Vitoria había sido una provocación de la extrema derecha y –añadía– que el recurso a la violencia hacía el juego a la derecha, al tiempo que se pronunciaba por poner fin al «desgobierno» reinante. Nada nuevo, por lo demás, que la oposición democrática pusiera en práctica la confusión interesada de hechos y conceptos para desacreditar la autonomía obrera.

Había, por tanto, una convergencia táctica entre oposición y franquistas a la hora de reprimir Vitoria. Por eso no debe extrañar a nadie que los responsables políticos directos de la masacre de Vitoria, Manuel Fraga Iribarne, ministro de la Gobernación, Adolfo Suárez, secretario general de Movimiento, Adolfo Martín Villa, ministro de Relaciones Sindicales, gerifaltes de la Dictadura que continuaban al frente del aparato represivo en los primeros tiempos de la monarquía, y que continúan activos en la vida política y empresarial, aún en la actualidad, jamás fueran encausados por los asesinatos cometidos.

Vitoria significa, entre otras cosas, que la experiencia de la transición no puede ser encasillada en la fábula consensuada para legitimar el Pacto, pues hubo un movimiento obrero cuyas tendencias autónomas se desmarcaban de las formas y las tácticas de la oposición antifranquista y de sus sucursales sindicales. Un movimiento obrero que pugnaba por su autonomía dentro del proceso de autonomización y cuestionamiento general de los modelos imperantes (enseñanza, prisiones, familia/vida privada, modelo de consumo, etc.) que se daba al calor de la conflictividad social de entonces; no sólo del modelo fascista, en proceso de descomposición, sino también de las alternativas ofrecidas por el Pacto de franquistas y antifanquistas. A fin de cuentas, la ruptura política y social que apuntaba la movilización de Vitoria desbordaba los presupuestos continuistas contemplados en el pacto de transición que la retórica del momento calificaba de «ruptura pactada». En realidad, la autonomización obrera representaba una seria perturbación para los planes de adecuación política a las nuevas necesidades del capital: la plena inserción de España en el circuito capitalista europeo y mundial.

Por lo demás, Vitoria es un testimonio fundamental de la naturaleza de la democracia española, asentada sobre una derrota sangrante de la clase obrera, cuya responsabilidad directa recae sobre los herederos políticos e ideológicos de la Dictadura; los mismos que negociarían la peculiar transición a la democracia en España, en estrecha colaboración con las fuerzas políticas y sindicales, a cuya cabeza se encontraban el PCE y PSOE.

Por eso Vitoria 1976 es una referencia incómoda para los recuperadores y legitimadores de la transición y de la democracia. Porque lo acontecido en Vitoria durante los primeros meses de 1976 es irrecuperable para el sistema democrático; y lo es por la propia práctica de autoorganización de la clase trabajadora vitoriana –la más avanzada expresión de la autonomía obrera de aquellos años–, que fue derrotada por la fuerza de las armas. Y es particularmente irrecuperable, además, para una democracia que es continuadora de la dictadura franquista en algo más que en el mero orden cronológico.

Para saber más:
Todo el poder a la asamblea. Vitoria 3 de marzo de 1976. Bilbao: Likiniano Elkartea, 2001.
Mariano Guindal y Juan H. Jiménez. El libro negro de Vitoria. Contracensura. 
Francisco Quintana (coord.). Asalto a la fábrica. Luchas autónomas y reestructuración capitalista 1960-1990. Barcelona: Alikornio, 2002

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Acciones anarcosindicalistas en 13 países contra el Banco Santander, Isban y Panel Sistemas

Acciones anarcosindicalistas en 13 países contra el Banco Santander, Isban y Panel Sistemas

Sección en ISBAN 
La jornada de lucha convocada por la Asociación Internacional de Trabajadores el 6 de marzo se salda con decenas de acciones de protesta en 13 países diferentes. La CNT y la AIT exigen la readmisión del trabajador despedido en Isban por denunciar el tráfico de mano de obra.
Los anarcosindicatos de la AIT demostraban, una vez más, que la solidaridad de la clase trabajadora no tiene fronteras.
En todo el mundo se repartieron miles de octavillas, se pegaron cientos de carteles y pegatinas, se enviaron centenares de faxes e e-mails de protesta, se visitaron decenas de sucursales del banco, se realizaron numerosas concentraciones, se colgaron pancartas informando del conflicto y se llevaron a cabo otras acciones de boicot.
La Solidarity Federation (SolFed) realizaba varias acciones en Inglaterra en sitios como Brighton y Newcastle.
Newcastle (Inglaterra)

En Argentina, la FORA (Federacion Obrera Regional Argentina) realizaba una concentración en Neuquén Capital.
Neuquén Capital (Argentina)

En Alemania, sindicatos de la FAU (Freie Arbeiterinnen und Arbeiter-Union) organizaban acciones de protesta en Berlín, Colonia, Dresden, Erfurt, Jena...
Jena (Alemania)

Berlín (Alemania)

La AIT-Secção Portuguesa llevaba a cabo concentraciones de protesta en Lisboa y Oporto.
Lisboa (Portugal)

Oporto (Portugal)

La ZSP polaca (Zwiazek Syndykalistów Polski) se concentraba a las puertas del banco Santander del centro de Varsovia.
Varsovia (Polonia)

La Confederação Operária Brasileira (COB) llevaba a cabo piquetes en ciudades como Araxá.
Araxá (Brasil)

En Uruguay, anarquistas informaban del conflicto en la sucursal central de Santander Río en Montevideo.
Montevideo (Uruguay)

En los Estados Unidos de América, solidarias organizaban una protesta en una céntrica sucursal de Banco Santander en Philadelphia.
Las secciones de la AIT radicadas en lugares donde no hay oficinas de ninguna de las empresas implicadas en el conflicto, enviaban sus exigencias por fax e e-mail. Es el caso de la la NSF noruega (Norsk Syndikalistisk Forbund), la KRAS rusa y la PA eslovaca (Priama Akcia).
 
Oslo (Noruega)

Moscú (Rusia)

Laure Akai, Secretaria General de la AIT-IWA

También en Francia, anarcosindicalistas de Clermont-Ferrand enviaban comunicaciones a Emilio Botín y las directivas del Banco Santander, Isban y Panel Sistemas.
Los sindicatos federados en la CNT organizaban también numerosas concentraciones en el estado español. Destacaban las acciones de lugares como Albacete, Barcelona, Donostia, Gijón, Granada, Guadalajara, Jerez, Madrid, Ontinyent, Oviedo, Rivas, Sabadell, Sagunt, Salamanca, Santa Perpetua, Santander, Tarragona, Vigo... 
Madrid - Panel Sistemas

Madrid - Panel Sistemas

Madrid - Barrio del Lucero

Salamanca

Santander

 
Sabadell

Jerez

Albacete

Donostia

Vigo

Sagunt

Guadalajara

Tarragona

Ontinyent

Santa Perpetua 

Al cierre de este artículo siguen llegando noticias de acciones en solidaridad como la concentración organizada en Gijón el pasado 10 de marzo.

BOICOT BANCO SANTANDER, ISBAN Y PANEL SISTEMAS
En agosto de 2013, la sección sindical de la CNT-AIT en Isban denuncia públicamente eltráfico ilegal de mano de obra entre Panel Sistemas e Isban, empresa de servicios informáticos del grupo Santander.
Esto provoca el despido encubierto del delegado de la sección, trabajador precario en situación irregular, que es enviado por Isban a la empresa "cárnica" Panel Sistemas. Allí sufre el acoso de la directiva hasta su despido definitivo el pasado 3 de marzo de 2014.
Sindicatos revolucionarios federados en la Asociación Internacional de los Trabajadores, responden al ataque exigiendo la readmisión del despedido en Isban-Banco Santander allá donde la multinacional mantiene sus sedes. El conflicto es difundido por todo el planeta en 12 idiomas diferentes.
Isban dirige un entramado de empresas "cárnicas", que proporcionan mano de obra barata y precaria al banco Santander. Cuenta con más de 10.000 trabajadoras cedidas ilegalmente por otras empresas, que en cualquier momento pueden ser despedidas sin coste alguno para el banco, ya que no son reconocidas como personal propio.
Panel Sistemas es una de las decenas de empresas que se lucran con la cesión ilegal de trabajadoras a potentes "clientes" como Isban, mientras destruyen empleo estable de forma masiva.
Las trabajadoras temen quedarse en la calle a la mínima protesta, lo que facilita la aceptación de jornadas de trabajo surrealistas, horas extra y desplazamientos obligatorios, calendario laboral a medida de la empresa, categorías y sueldos por debajo de las funciones desempeñadas...
Cientos de despidos irregulares en el grupo Santander se han cebado con las más desprotegidas, contando con la complicidad de gobierno y sindicatos amarillos. Mientras tanto, el beneficio neto del grupo ha ascendido a 4.370 millones de euros en 2013, casi el doble que en 2012.
Emilio Botín, Rodrigo Rato, Alfredo Sáenz, Jose María Amusátegui, y otros altos cargos del banco Santander ya han sido anteriormente denunciados, y en ocasiones condenados. Pero nunca se ha hecho justicia gracias a chanchullos jurídicos como la famosa "doctrina Botín".
Algunas de sus más célebres tropelías son la continua evasión de impuestos, la compra irregular de bancos como Banesto o Totta, el hundimiento y posterior rescate de Bankia, las indemnizaciones millonarias a cargos directivos, el caso de las cuentas suizas de la familia Botín, la venta de hipotecas y valores basura, los desahucios y la especulación inmobiliaria, el cobro de intereses abusivos, los negocios turbios con universidades, la participación en empresas de armamento o la gestión financiera del terrible sistema penitenciario español. Una larga lista de crímenes impunes hasta la fecha.
Nosotras no vamos a callarnos ni a resignarnos. Mientras exista explotación y desigualdad vamos a dar la cara, unidas entre iguales y sin subvenciones ni dirigentes de ningún tipo. En lucha por nuestra dignidad y emancipación. Hacia la Revolución Social.
LOS DERECHOS SE CONQUISTAN LUCHANDO
Sección sindical en Isban y Panel Sistemas
Sindicato de Telecomunicaciones y Servicios Informáticos
CNT-AIT Madrid