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La trampa del lujo

La trampa del lujo
El autor reflexiona sobre el sentido de las pequeñas dosis de lujo que inoculan marcas que se sitúan al margen del poder adquisitivo de las mayorías.
Cómo nace el consumismo. Una breve historia de antropología económica.
Spots televisivos, revistas de papel cuché, suplementos dominicales y soportes de publicidad exterior no cesan de ponerlos al alcance de nuestros ojos y, por tanto, de nuestro deseo: productos de lujo que se nos ofrecen tentadores a nuestra mirada con toda su carga de seducción a cuestas: perfumes, coches de alta gama, tratamientos de belleza, vestidos y trajes de las firmas más cotizadas del mundo... Con la particularidad de que la inmensa mayoría de esos productos no están al alcance de nuestro poder adquisitivo.
¿Cuál es, entonces, el objetivo de esa exhibición pública que podemos calificar de obscena? ¿Por qué la publicidad de tales productos de lujo no está recluida en los circuitos sólo accesibles a las élites a las que están naturalmente destinados, de manera que no contamine la escena pública; con lo cual, por lo demás, su rentabilidad publicitaria se multiplicaría por muchos enteros?
Hay dos explicaciones al efecto. La primera es de índole pragmática y corresponde a las estrategias de márketing que desarrollan la gran mayoría de los fabricantes de tales productos elitistas. Nuestro poder adquisitivo no alcanza con toda probabilidad para adquirir un Mer­cedes clase S, un bolso de Loewe o bien para embutir nuestro esqueleto en un arquetípico traje de Armani o una creación de alta costura de Dior. Pero tal vez con un poco de suerte sí llegue para comprarnos un Smart –que, a fin de cuentas, es igualmente un producto de la empresa alemana–, para regalar a nuestra pareja con motivo de una ocasión especial una fragancia, un desodorante o un after shave de Loewe o bien para permitirnos de cuando en cuando una fruslería de Armani o un lápiz labial de Dior. Productos éstos que corresponden a lo que los expertos llaman “políticas de extensión de marca” y que, al margen de aumentar su rentabilidad y su presencia en el mercado, cumplen la función de hacernos participar, de manera si se quiere vicaria, en el imaginario de la marca de lujo, sintiéndonos en cierta medida, en lo más secreto de nuestro subconsciente, parte de esa minoría privilegiada que sí posee un Mercedes clase S, un bolso de Loewe, uno o varios trajes de Armani y hasta un modelo de alta costura de Dior.
La publicidad
encauza nuestras expectativas según marcan las exiguas minorías que nos gobiernan
La segunda es de carácter más sutil. ¿Por qué las marcas de lujo exhiben sus creaciones ante un público masivo que no dispone ni remotamente de los medios para ser su “público objetivo”? La razón profunda es la siguiente: están marcando el horizonte de nuestros deseos y de nuestras aspiraciones. No nos sentimos en absoluto formando parte de esa minoría exquisita y refinada a la que se destinan por definición tales productos de lujo, pero sí podemos aspirar a ser miembros de la misma. Y puesto que la publicidad nos pone tales productos al alcance de nuestra mirada deseante, tendemos a vivir la ilusión de que ya estamos integrados en ella.
Es de este modo como la publicidad en general, y la publicidad de productos de lujo en particular, cumple uno de sus objetivos más perversos y, por lo demás, menos conocidos:encauzar nuestras expectativas individuales y sociales en el sentido que marcan las exiguas minorías que nos gobiernan. Y con ello, contribuir a preservar el orden establecido.

El embrujo del orden social

El mecanismo es tan sutil como difícil de desentrañar. La exposición pública de los productos de lujo a través de la publicidad cumple, por así decir, una función delegada. En la medida que el ciudadano de a pie se deja llevar por el embrujo o la seducción que aquéllos provocan, se va adhiriendo sin saberlo al orden social que existe en su base. Incluso cabría decir que los elementos de que el márketing se vale para producir tal embrujo –desde la sofisticación del envase de un perfume hasta la belleza etérea de la modelo que lo anuncia– persiguen como objetivo último obtener dicha adhesión. Y de este modo empieza a entenderse el papel institucional que, en detrimento de otras instituciones históricas, cumple hoy en día la publicidad. Y de este modo tal vez resulte comprensible que, en una nación como la nuestra con una cuarta parte de su población en paro, aún no se haya producido una explosión social.
Y porque la exhibición publicitaria del lujo en los medios masivos no es finalmente otra cosa que una trampa, ello no es incompatible con que el lujo “de verdad” resulte por definición inalcanzable para las grandes mayorías. Esto es lo que venía a proclamar un reciente titular del suplemento dedicado a la moda del autodenominado “periódico global” en español: “Hiperlujo contra lujo democrático: la élite reclama un giro a lo ultraexclusivo para distinguirse de las masas”.
Hasta aquí, amigo Sancho, hemos llegado. Una cosa es que la exhibición publicitaria de los objetos de lujo cumpla el papel institucional y socialmente integrador que aquí hemos comentado. Otra cosa muy distinta es que las “masas” se tomen en serio esa exhibición y aspiren nada menos que a disputarnos nuestros Mercedes serie S, nuestros bolsos de Loewe y nuestros trajes de Armani.

JOBS, creando yonkis de la tecnología


JOBS, creando yonkis de la tecnología

Comisión de consumo Ecologistas en Acción

Unos ven lo que es posible, otros cambian lo que es posible, reza el cartel de la película Jobs, presentando al creador de Apple como un auténtico gurú. Y es que la propia marca se muestra en su publicidad como una impulsora del progreso, incluyendo, en uno de sus últimos anuncios frases como hasta que cada idea que tocamos mejore cada vida que toque.
Todo ello está muy relacionado con la imagen que se tiene en nuestra sociedad de las nuevas tecnologías y del papel tan predominante que han adoptado en nuestra forma de relacionarnos. Sin embargo, como de costumbre, a este discurso dominante le falta capacidad crítica para juzgar si en el nuevo contexto ha mejorado nuestra forma de comunicarnos y valorar hasta que punto estas tecnologías están sirviendo para cubrir necesidades básicas, a parte de tener en cuenta que quien puede disfrutar de esta tecnología es sólo parte de la población mundial.



No hace falta ser muy observador para darse cuenta que los niños ya no se juntan en la calle para jugar, los padres prefieren que se comuniquen con los otros niños desde su casa, a través del móvil o el ordenador, también es frecuente ver a un grupo de adolescentes en el cada uno presta más atención al móvil que a sus acompañantes, o a unos padres más pendientes de sus teléfonos que del hijo… En relación a esto, cada vez son más los maestros que advierten de la poca capacidad de atención de sus alumnos cuando no están viendo imágenes.

Todas estas son consecuencias de trascendencia que han adquirido en nuestras vidas las nuevas tecnologías, pero a parte de tener en cuenta estos efectos, también hay que considerar su incidencia sobre el Medioambiente y otros impactos sociales de su ciclo de vida, tema del que poco se habla. El funcionamiento de estas nuevas tecnologías genera un gran gasto de energía y de materiales, no sólo por el uso en sí de los dispositivos, también hay que tener en cuenta la necesidad de que existan enormes servidores de datos, miles de kilómetros de cableado…



A parte, para la construcción de dispositivos como los móviles, tabletas o portátiles, se necesitan gran número de minerales, como el coltán, el níquel, el cobalto, el litio… que son extraídos en distintas partes del mundo, generando un gran impacto ambiental, además, de en muchos casos, también sobre las poblaciones locales. Mientras estas nuevas tecnologías son disfrutadas en el llamado Norte económico, no sólo son fabricados en el Sur, por ser menores los costes laborales, sino que frecuentemente, cuando los dispositivos ya no funcionan, vuelven a estos países como residuos peligrosos muy contaminantes.

Comisión de consumo de Ecologistas en Acción