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El homicida era un hombre normal: veía la televisión

El homicida era un hombre normal: veía la televisión
    
niza
El autor de la penúltima matanza espectacular en Niza – la última fue esta mañana en Badgad o en Alepo o en Mali o en cualquiera de los variados destinos de militares franceses y españoles – era un hombre normal. La prensa en busca de semblanzas se ha topado con su propia horma. El autor de la masacre leía los periódicos, veía la televisión. Acaso pudiera ser esa su verdadera religión, cuentan sus cercanos a los periodistas. De tener credo sería: la fidelidad a la realidad. Directores de cadenas, de prensa, analistas de culto, recibieron con alarma la noticia. Cualquier noticia es como una ola que puede volverse por su enorme resaca en un contra tsunami: ¿Pueden los medios, y sus responsables, ser considerados autores intelectuales aplicando la premura con la que los propios medios buscan autores intelectuales cotidianamente?
El autor de la matanza en Niza puede considerarse un aventajado alumno de ciencias sociales de la espectacularidad. Y se ha puesto a la altura de los planificadores profesionales de matanzas legales: presidentes, secretarios de estado, militares, magnates comprometidos… Todos ellos han tenido que suspender sus vacaciones para recobrar los galones de actualidad usurpados por un sin nombre. La vulgarización del mérito y la propia realidad como reality democrático: si Belén Esteban es tan conocida como Rajoy, el autor de la matanza de Niza lo será como los autores de las matanzas que se han dado en Irak, Libia, Siria y el Magreb, que ya es decir. La democracia catódica y la de las redes es así. El medio es el mensaje. Y mañana será otro día en La Haya. Y otro trending topic.


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La television y los que la financian


la televisión y los que la financian.




las piedras y l-o-s plumas

Canal 9 pide perdón en directo por ocultar el accidente de metro [43 personas murieron]: "Las órdenes para silenciar aquellas voces salieron del despacho de la Generalitat".(El M)


To be, or not to be, he aquí la cuestión. ¿Que es más elevado para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra el piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? Morir..., dormir; no más ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y al los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir... dormir, tal vez soñar! ¡Si, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevivir en ese sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida. ¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! Pues ¿Quién soportaría: los ultrajes y desdenes del mundo, los agravios del opresor, las afrentas del soberbio, los tormentos del amor desairado, la tardanza de la ley, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno, Cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tales cargas, Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, Sino fuera por: Temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna, Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Así la conciencia nos vuelve cobardes a todos y así el primitivo matiz de la resolución desmaya con el pálido tinte del pensamiento, y las empresas de gran aliento o importancia, por esa consideración, tuercen su curso y pierden el nombre de acción.