Mostrando las entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de febrero de 2022

Lo más genuino

 La otra mañana mi sobrino-"bebé" estaba siendo cuidado por mi madre. Yo, estaba en mi casa estudiando, por lo que aproveche y le mandé un mensaje a mi mamá preguntando por él. 

Mi madre me dijo que estaba bien y me mandó una foto de mi sobri tomando su desayuno, con carita de dormido. Cuando vi la imagen, le pedí a mi madre que le mandé saludos de mi parte. Pero además se me ocurrió que, como yo también estaba desayunando mientras estudiaba, me podía sacar una foto y enviársela.  Eso hice y pedí que se la mostrará al gordi. 

- Mira, acá está tu tía, también está desayunando - le dijo mi madre. 

Él -según afirman los testigos- miró la foto y le dijo a su abuela: 

- Es muy linda  - y sonrió, con cara de ternura. 

Enseguida, mi madre me envió un mensaje de voz contándome la anécdota llena de ternura. Así que al ratito lo "video-llamé" y estuvimos charlando. Nuestras charlas, consisten en que me muestre sus juguetes y yo le hago preguntas simples para que podamos interactuar. Además, le pregunto si comió, si se está divirtiendo o si está haciendo caso (porque es bastante travieso el muchachito). 

 II

Hace unos días nos volvimos a ver, después de este episodio, y leímos juntos un buen rato. Siempre que me pide que le lea sus cuentos preferidos, le digo: 

- Dale, mi amor. Buscá el libro que vos quieras, acercate, y yo te lo leo. 

Cuando se acerca con el libro que elige exclusivamente - porque él elige su lectura, no le gusta que le leas algo diferente-, le abro mis brazos para que se acomode en el interior, agarro el libro con los manos, y le leo. Abrazados, mientras le voy señalando lo que estoy contando usando las ilustraciones, se aprende de a poco las historias con gran detalle.  Le hago voces diferentes para cada personaje, respeto las exclamaciones y todo tipo de inflexiones en la voz que lo mantengan interesado con la actividad.

 Él ya sabe que, cuando se trata de leer, siempre se lleva de regalo un abrazo y que si no quiere, también está bien.  Y yo sé que, así, quizá y con suerte, le puedo enseñar que la lectura conlleva una instancia de intimidad hermosa cuando se comparte, y que el amor por los libros también existe. 

De hecho, lo más genuino que me dio la vida, el amor más genuino, es hacia mi sobrino y también hacia los libros, entre tantas otras cosas con las que me ha bendecido. 


PD: estoy preparando un examen (otro) con poquitísimo tiempo, pero necesitaba frenar dos segundos y desconectar pues desde las 09 am. no me despegué de la materia y son casi las 19.00 hs. 

Qué tengan un buen final del día :) 

lunes, 9 de agosto de 2021

¡Gatito!

 El sábado viajamos a Tigre con gran parte de mi familia. Fuimos a pasear a cierta distancia de casa por primera vez desde que, allá lejos, comenzó la pandemia. El objetivo, además de pasar un buen momento, consistía en que mi sobrino - de dos años y medio - conociera ese municipio y paseara. 

Por esa razón, entre su mamá y yo, a la ida, le preguntábamos: 

- ¿Dónde vamos, gordo? - le decía mi hermana. 

- A pasear - contestaba mi sobrino.  Él es un nene que sale mucho, muy sociable, que se hace amigos con suma facilidad. Así que, cuando le dicen que sale a pasear, se alista enseguida, te alcanza la gorra que se quiere poner, y elige un juguete que se quiere llevar al paseo. 

- ¿Vamos a Tigre? - le decía yo. 

- A Tigre - me respondía. 

Hasta ahí, todo bárbaro. Repetía lo que le había comentado su mamá, como método anticipatorio, para explicarle que lo estaba preparando para salir.  Mientras, además, descontábamos kilómetros. 

A la vuelta, luego de un largo día de paseo con todos los cuidados, yo viajaba a su lado mientras él estaba depositado en su sillita. Le hablaba, lo escuchaba cantar (sí, canta, y a mi se me caen las medias), y miraba dibujos. 

- Gatito, *** - me dijo, llamándome por mi sobrenombre. 

- ¿Cómo? - pregunté, porque estaba distraída. 

- Mirá, tía gatito - insistió y me señaló. 

Morí de amor cuando me di cuenta. La señalización del Municipio de Tigre tiene, justamente, ese animal como distintivo en sus carteles dispuestos a lo largo del camino. Y mi sobrino se dió cuenta, con la única diferencia que, para él, el tigre es un gatito. 

- Ése es un tigre, ***, no un gatito... - le dije, muerta de ternura. 

- ¡No! ¡Es gatito, tíaaaaaa!

- Mi amor - le dije y me reí - ¡es un tigre, amigo del gatito, pero se llama tigre! 

- ¡Noooo tía, gatito! 

Suspiré tentada ya y le pregunté: 

- Bueno, está bien... pero ¿a dónde fuimos a pasar hoy? ¿A Tigre, no? ¿O me vas a decir que ahora fuimos a Gatito? - le dije, en broma, mientras le hacía mimitos. 

- ¡A pasear a gatito! - exclamó, entre risas. 

Me sorprenden tanto pero tanto las salidas que tiene. 

Ahora, básicamente, ya sé: para mi sobri, es el Municipio de Gatito. 

miércoles, 15 de abril de 2020

Amor incondicional

Ayer hablé con mi sobrino por videollamada. Creo que sí hay alguien que me hace muchísima falta en este momento, es el. Desde antes de que se dictase la cuarentena obligatoria que no lo veo porque estaba ocupada trabajando, estudiando y haciendo mil cosas. Según mis cálculos debe hacer un mes. Y nunca había pasado tanto tipo lejos suyo, desde el día en que nació. 

Todas las semanas, lo visitaba. A veces me iba después del trabajo, otras dedicaba mi único día libre a verlo u otras venía de visita a casa. Pero siempre estábamos muy cerca, a decir verdad. Y eso que la casa de mi hermana queda a tres bondis de la mía, o al menos, a 45 minutos yendo desde CABA. 

La última vez que lo ví, cuando me vio, me tiró los brazos. Lo agarre en upa y me dió un abrazo. Si, me dió un abrazo. Se quedó agarradito de mi y lo apreté profundamente conmovida. " Gracias, mi vida, un abrazo... Que hermoso, mi amor " le dije porque confío en que de algún modo el puede sentir mi amor.  Y ese gesto no lo había tenido con mucha gente a excepción de su mamá. 

Cuando hablamos ayer descubrí que dice y hace cosas nuevas. Dice palabras sueltas, se hace entender mucho mejor y sonríe cuando escucha nuestras voces. "Hola, ***" , le dije y me parece mentira que ya mire la pantalla y sonría con mi voz.  Mi hermana me dijo que, a su modo, dijo "hola ia"... Aunque yo no lo llegué a distinguir bien porque mientras habla con nosotros juega o hace lío.  

Lo lindo es que siempre que nos vemos o siempre que hablamos él realmente me conoce. Incluso, cuando lo visito en su casa, viene corriendo y me tira los brazos para que lo levante, si, increíble. Cómo suelo lavarme las manos, me sigue, haciéndose entender, y apenas lo levanto, lo abrazo y lo beso todo. El se ríe. Y lo mejor, se deja. Se queda quietito, a veces pega su cabeza a la mía y me mira fijo. Yo le hablo bajo y le pregunto : ¿Cómo estás, mi amor? Cuánto te extrañó tu tía, che" y se deja besar y abrazar todavía un poco más. 

No podría explicar lo mucho que lo extraño. Y cuánto lo necesito. 

domingo, 9 de febrero de 2020

Elección posible

Por esas horas donde durante las cuales Galeno y yo estuvimos en modo malentendido, lo cierto es que me sentí mal. Pero, al menos tiempo, lo consideré un aprendizaje necesario, igual que todos los que estoy pasando desde que ésta "historia" - como le dice Galeno a las relaciones afectivas - empezó, allá por agosto. A veces no puedo evitar reflexionar sobre la persona que yo era en ese entonces. Parece poco tiempo para hablar de dos versiones distintas de mi misma, pero lo cierto es que al cabo de un año puede cambiarte la vida por entero, y eso, me pasó desde 2018 a 2019 con el trabajo, la responsabilidad que asumí al estudiar al mismo tiempo y la madurez que me dió aprender a perder todo , menos la fe en mi misma.  Pero lo que también se modificó, fue el aspecto afectivo de mi vida, en ese 2019 que casi en su mitad me cruzó con Galeno e hizo que todo el miedo acumulado durante los años anteriores, después de Él, estuviera casi por salir victorioso. A veces pienso qué sentido tiene lo que estamos construyendo, pero, al mismo tiempo, no podría pensar mi presente afectivo sin Galeno. Y no es porque yo no pueda vivir sin él, porque es totalmente obvio que se puede, que yo puedo; sino, porque juntos estamos recorriendo un camino que es muy nuestro y que ha sido posible por ser exactamente nosotros. Ni otros, ni más feos, ni más lindos, ni ciudadanos de la misma provincia, ni de la misma edad, o con la misma profesión. Y eso, para mí, es un regalo maravilloso, que voy descubriendo entre el miedo y la curiosidad por una vida posible, por una temporada posible, al lado de una persona con la que realmente me siento comprendida. 

En todo esto pensé, cuando Galeno me dijo que yo era la única persona con la que podía expresar todos sus deseos sintiéndose libre, que de inmediato entre nosotros se había gestado una especie de acuerdo sin palabras donde el otro tendría el espacio para ser él mismo y para darse. Y que eso era lo que no quería perder, lo que le daba lástima que se perdiera, si es que estaba inhibido a nivel inconsciente.    Al día de hoy, sé que encontrarse conmigo para él fue una locura por esa sensación de conocerse de toda la vida; esa naturalidad, esa simpleza, ese acuerdo casi como si ya nos hubiesen pre-configurado en las cosas más básicas, en los espacios, en los tiempos, en los hábitos. Me lo dijo, pero también, me lo hizo sentir. ¿Y yo qué le podía refutar, si me pasó absolutamente lo mismo? 

El período que duró el malentendido con Galeno, aunque no cortamos para nada la charla, me hizo entender que hay sólo una parte que Galeno no ha conseguido ver de mí en estos siete meses , y es la de asumir lo que me está pasando, con todas las letras, y entregarme sin mezquindades. Porque aunque Galeno me explica que para él es importante que yo le pida lo que necesito, que le explique, que comunique mis deseos sin pudores, para mí, el hacerlo, es depositarme en sus manos de una forma que , en este alcance, no hice nunca. 

Y de sólo pensarlo, nada más, sobreviene una pregunta: ¿y si ésto se torna cada día más serio? ¿Qué vamos a hacer?  

El entredicho mantenido con Galeno me demostró que él no se anda con chiquitas. Que se comprometió en sus acciones, que no le da igual una broma, que le importa lo que yo pienso de él y que le importa además que yo sepa si algo le gustó o no le gustó, antes de mandar todo al infierno.  Y que, a diferencia, yo, hasta ahora, había hecho un recorte de mis verdaderos sentimientos tanto para los demás, pero en especial para mi misma, en pos de sobrellevar esta "relación" a distancia, con ciertas distancias afectivas. 

En una palabra,  todo esto, me hizo dar cuenta que a nuestra historia me la estaba tomando con demasiada liviandad, como si el otro fuera incapaz de tener sentimientos profundos. Sí, después de siete meses, y de todo lo compartido con Galeno, parecería que recién ahora me doy cuenta que no sólo tengo un vínculo consigo, sino que tengo sentimientos por él y que él, por su parte, no es indiferente a mi existencia.  ¿Y por qué me llevó tanto tiempo admitirlo, no? Para no sufrir, claro. 

Como me dijo mi madre, en una charla que tuvimos hace unos días: 

 - Llegado el caso, Veinteava, te irás a vivir allá, qué querés que te diga... - admitió, muy seriamente. 

Me la quedé mirando petrificada. 

- ¿Qué estás diciendo, mami? - exclamé. 

- Que te podés llegar a ir a vivir allá en algún momento, que nunca sabés lo que va a pasar. No te prives de vivir esto, de disfrutarlo, por pensar demasiado. ¿Vos no querés seguir porque viven en una provincia distinta o porque no te interesa ? 

- No, yo quiero estar con él... Me interesa. 

- Bueno ¿y entonces? - me preguntó. 

- No quiero que se enoje el boludón, yo soy incapaz de tratarlo mal, lo que pasa es que me cuesta mucho expresar mis sentimientos con él. 

- Te dá miedo - musitó - Tenés cagazo. 

- Y sí, mami, es que... No quiero sufrir si él no está conmigo. Fue mi acuerdo para permitirme vivir esto, no encariñarme demasiado... - le confesé. 

Mofó 

- Es que así no se pueden vivir las cosas, Veinte. No se eligen esas cosas, te pasan, ¿eh? 

- Umm, sí - musité. 

- ¿Y si te vas a vivir allá, con el tiempo? ¿Permitirías que conozca tus sentimientos? 

- Creo que sí, que yo no me quiero encariñar más porque está lejos... Pero no quiero que piense que no valoro lo que hace. O que creo cosas de él que en realidad no creo. Para mí es un buen hombre. 

- Mirá, Veinteava, no la hagas tan difícil : vos viví.  ¿¡Qué sabés lo que te va a pasar?! No digas que no, que ni loca te vas a ir, que no... ¿Qué me dijiste cuando recién lo conocías? Yo ni loca lo voy a conocer, ni loca me voy a poner a salir con el tipo... ¿Y?  

Me reí y sacudí la cabeza. 

- ¿Vos tenés idea de lo que estás diciendo, mami? ¿Sabés lo que eso significa, no?  No es joda lo que estás diciendo, no es una decisión fácil, ni que se tome a la ligera. Llegado el caso, hablaríamos de vivir en otro lugar, no de viajar. De vivir.

- Ya lo sé... 

- Pero... no entiendo... ¡Antes eras vos la que me miraba horrorizada! ¿No me extrañarías? - le pregunté, sin poder comprenderla del todo. 

- Sí, me costaría mucho, pero si tu felicidad está ahí, los padres tenemos que aceptarlo - me dijo - Así que no te adelantes a los acontecimientos... y permitite expresarle lo que te pasa. Decile "mi **** lindo, dame un abrazo" - me burló - Mimalo, abrazalo, dale besitos, y se le pasa todo - me sonrió.

II

Sonreí  quedándome en silencio y, mientras mi madre de entretenía con el celular, sobrevino un recuerdo. 

La última noche de Galeno en Buenos Aires, ya sobre la cama, sobrevolaba un aire diferente. 

- Pedime lo que quieras, Veinteava - musitó, mientras me desvestía. 

Yo me reí , lo ayudé a sacarme lo ropa, y lo abracé. 

- No hace falta exigirte nada... - dije, en voz muy baja, mientras sentía todo su cuerpo contra el mío, sobre el mío, apoyándose con todo el cuidado del mundo para no aplastarme - Sos bueno, sos suave conmigo... No te voy a exigir nada que vos no quieras. 

- No me estás exigiendo nada. Yo quiero que seas libre de pedirme. Por favor, no tengas vergüenza, no te voy a decir que no a nada...   - dijo, mientras me acariciaba y me daba besos intercalados con su confesión.


Entonces, ocurrió lo inesperado. Algo en mí se desactivó para bien. Y vi en esa entrega suya una forma de inmiscuir la mía. 

- Quiero probar algo... - dije, y enseguida se frenó para escuchar mi solicitud - ¿Puedo? 

- Sí. Lo que vos quieras - me contestó, con una voz ronca pero dulce a la vez. 

Por lo que me removí y le indiqué a Galeno dónde y cómo acostarse. Lo miré y me sonrió con gran aprobación. Era otro cara de mí que él no conocía, pero de la cual yo tampoco me había puesto al corriente a éste nivel.  Me acerqué a su cuerpo y me dediqué a acariciarlo y a besarlo durante largos minutos, intentando que sintiera un poco del placer que yo había sentido todos los días anteriores, en todo momento y lugar, para después proseguir con otras actividades. Me tomé todo el trabajo del mundo para sentir su cuerpo, para palparlo, para entender su misterioso mecanismo del placer y del deseo, hasta dejarlo apunto de estallar. 

- ¿Todo bien? - le pregunté, haciendo un chequeo, porque si bien interpretaba correctamente las señales del cuerpo de Galeno, necesitaba palabras.   

- Siiiiiii, está todo muy bien...  - dijo, sin dudarlo - Es hermosa la vista que yo tengo en este momento ...  - me dijo, mientras me peinaba todo el pelo para un lado, de un manotazo, sentada sobre él y me reía por todos los mimos prodigados que habían logrado maravillas, a la espera de su respuesta.  

- ¿Seguro? - musité mientras empezaba a acariciarme las costillas y todo lo que le quedaba suspendido en la altura pero al alcance de la mano - 

- Sí, soy todo tuyo - dijo,  riéndose, mientras me atraía hacia su cuerpo para ascender juntos hacia otras cumbres .

(...) 

Días después, cuando cada uno estaba en su casa ya, Galeno admitió que nada le había gustado más que el momento donde yo había tomado mis armas y me había deshecho del pudor, mostrándole de lo que estaba hecha, sin remilgos o prejuicios a la hora de disfrutar o experimentar consigo para que pudiese disfrutar.  Curioso que el momento de mayor plenitud, y el de mayor intensidad de mi parte hubiera sido el mismo, le dije. 

- No - me explicó - No hay nada que me guste más que verte libre, disfrutando, riéndote... Vos sos capaz de calentar, de darle placer, al tipo que quieras... - admitió - A mí, y a cualquier tipo - insistió. 

Sentí que, con eso, había un elogio pero también un pequeño registro de temor. 

- Es una elección darle placer al otro, cuidarlo...  - contesté, medio en broma - Vos hiciste eso y mucho más conmigo. Quería que estuvieras bien... Que estuvieras deseando todo el tiempo la situación... 

- Vos me hacés re-calentar, Veinteava...  - dijo, haciéndome reír - Sos muy dulce, muy suavecita, sos toda hermosa, y a mí, eso, me encanta. 

- Menos mal que elegí al indicado...  - dije, algo escueta. 

Se rió. 

- Sí, yo soy el indicado para todo lo que quieras hacer - dijo, divertido. 

- Este Galenito atorrante - agregué. 

(...) 

Días después, cuando todo estuvo bien, cuando pasó la nube, me pregunté seriamente para cuántas cosas elegí a Galeno durante todo este tiempo, de las cuales no había tomado plena conciencia, y para cuántas cosas tenerlo en cuenta en mi vida es una elección posible. 

Internamente, traté de controlar el miedo que me dió sentir una vez más, después de tantos años, y al mismo tiempo con una intensidad tan diferente, las ganas de entregarme. Sí, yo, la misma que había dicho nunca más, sintiendo ganas de entregarse. Ahora en verdad, sin dobles fondos. Porque ¿de otra manera, qué sentido tiene tener miedo a lo que pueda pensar el otro de nuestra manera de querer? 

La intensidad, diría Borges, es una forma de eternidad. 

La única que puedo darle a Galeno en éste momento. La más valiosa. 

miércoles, 16 de octubre de 2019

Dormir juntos

El sábado a la noche, mi sobrino, se quedó a dormir en mi casa. Hacía dos semanas que no lo veía entre mis casi cuarenta horas de trabajo, mis ocho horas de cursada semanal en la Facultad, las horas de estudio dedicadas al parcial recientemente rendido y un considerable tetris vital que llevo hace casi un año. Lo extraña al punto de estar todo el día preguntando por él, contando las horas para verlo y mirando mis fotos desde el celular en cada momento libre. Hasta Galeno, en nuestras charlas telefónicas, me había preguntando si tenía planes para encontrarme con él y con mi hermana, porque se notaba a kilómetros de distancia la falta que me hacía. 

En ese contexto, el domingo a la mañana, muy temprano, muy muy temprano, escuché un quejidito. El Principito duerme en medio de mi hermana y yo, para evitar que se caiga; por lo que levanté la cabeza, re-contra dormida, y lo busqué para asegurarme que estuviese bien. 



- ¿Qué, mi amor? - le dije, mientras le acariciaba la espaldita y el "culi-culi", para que siguiera durmiendo - ¿Qué pasa, qué te pasa?

Otro quejido, mezcla de sueño y mimos. 

- Vení, mi amor, vení *** loquito - le dije, muy bajito, y lo acerqué con cuidado a mi cuerpo. 

Lo besé, besé su pequeña cabecita, lo abracé y lo puse encima de mí. 

- Descansa, mi amor, descansá tranquilo... - dije, mientras lo arrullaba 

Mi sobrino volvió acomodarse, desparramándose por encima de mí, mientras lo abrazaba, acariciaba,  y él apoyaba su frente en mi rostro. Así, el amor más chiquito y más grande de mi vida, pudo retomar su modorra y finalmente, seguir con su descanso un ratito más. 

- Te amo mucho, mi chiquito - le dije, mientras le daba palmaditas suavecitas en su espalda. 



Verlo tranquilo, confiando en mis brazos, con su capacidad de dormirse intacta, soñando pegaditos, constituyó un momento de felicidad que atesoraré toda mi vida. 


viernes, 13 de septiembre de 2019

Caminar a través del fuego IV

18 de agosto de 2019

- Hay que estar atento a lo que sale desde adentro. Corazón, razón, alma... como se quiera llamar. Ésa es la posta y uno lo sabe. 

Me reí a medida que lo leía. Quizá porque estemos lejos disté de creerle, pero no negué que me pareció innovador su argumentación. Después de haber conocido a tantos tipos cobardes, que uno sostuviera eso, por el sólo hecho de que pudiera pensarlo diferente, más allá de todo, independientemente de todo, resultó digno; totalmente digno para mí. 

- Sí eso es cierto... Igualmente, fuera de toda consideración que tengamos, a veces te tira cada posta que tenés que cambiar de vida. Me parece increíble pensar eso - admití. 

- Y bueeeno - dijo, con alevosía - Hay que escuchar... 

- Creo que es la únuca manera en que justifico cuando la gente pega esos volantazos... Pienso "siguió a su deseo, no hay caso" - le confesé. 

- Eso es verdad - asumió - Hay que ser valiente. 

- Sí, ya lo sé, totalmente. Antes, lo era más - le respondí, sin pensar. 

- ¿Vos quedaste golpeada y sentís miedo? - me preguntó. 

En pocos días, era la segunda vez que me hacía la misma pregunta. 

- Sí, soy más cauta. Los años me han vuelto más concienzuda, creo - dije, haciéndome cargo de la respuesta anterior. 

- ¿Sabés qué? Hay que jugársela y bancar lo que queda después... Pero vivir (...) - me dijo - Bueno, yo estoy en otro tiempo, claro - enseguida, me aclaró. 

- ¿En qué sentido ? - le dije, para que fuera todavía más claro. 

- Por mi edad. 

Mofé, en voz alta, dándome cuenta que era obvio. ¿En qué otro sentido iba a ser? 

- Yo pensaría que a tu edad es más común tener mi cautela - admití, con sorna- pero, por suerte, tengo ante mí la excepción a la regla, parece... Es más, hubiera pensando que habiendo pasado tantas cosas ya te agarra tanto miedo que, entonces, decís: "no (...)" - le dije, siendo totalmente franca consigo. 

- Mirá ... - me dijo, a modo de explicación, con toda paciencia  - yo tengo cincuenta años. Me queda muy poco para vivir, y lo que me queda para vivir no va a estar bueno; porque la vejez trae aparejadas un montón de cosas que no están buenas. Hoy me siento perfecto, obvio, pero el pensamiento es ése. Supongamos que me queden veinte, veinticinco años, dependiendo cómo esté (...) éso yo lo tengo claro. Imaginate si voy a andar cuidándome, diciendo "no, no me juego, no, no lo hago, no, mirá si ella me lastima ..." - argumentó , a modo de pregunta no explícita en el aire- Noooo - respondió. 

- Me alegro que, realmente, sea así - le dije, luego de escuchar su voz en un audio con ese argumento. 

- Pero es que es así. No estoy acá para mentir, ya - revalidó. 

- Bueno, lo entiendo... Aunque hay que reconocer que, a veces, otra gente, te la vende - resalté. 

- Bueno, yo no. Yo soy ésto. 

- Sos el anti-concepto que tengo de todos los tipos de tu generación - dije, con un dejo de humor y un instante después pasé a argumentar mi tesis.

Porque eso sí, a Galeno - así le llamaré, a partir de ahora -,  desde el comienzo supe, a la manera que se saben las cosas inesperadas, que no le podés dejar un punto sin pechear. 

Viernes, 13 de septiembre 

Ése día, pienso ahora, fue el momento preciso donde yo empecé a sentir miedo, un miedo diferente a todo, miedo a la vertiginosa sensación de irrealidad, de puro presente en la que ni siquiera se puede conmensurar el tiempo producto del pavor. ¿Miedo de qué? Éso pensarán muchos, incluido él.Pero la única que lo entiende desde el vivirlo en carne propia, a fin de cuentas, soy yo. Y eso, independientemente de todo y de todos, me alcanza para saber que a veces (aún mismo pensé lo contrario durante tantos años, y cómo la vida me lo está devolviendo...), la tibieza no es una elección deliberada, nuestra carta de oro; sino que es, por el contrario, aquéllo último a lo que no podemos renunciar...    Porque, de hacerlo ¿qué es lo que nos queda?  El disfrute por el disfrute mismo, sin mañanas, sin la "próxima vez".

¿Y quién no le tiene siquiera un poco de miedo a la felicidad intensa pero efímera?
¿A no poder pagar, más adelante, ése recibo?

Yo, casi con veinticinco, sí.  Y, por primera vez en mis años vividos, no me avergüenza admitirlo.  Estaré aquí, por el contrario, dispuesta a atacar la raíz del problema y no a quien, eventualmente, lo encarna.

El que lo sepa entender, será quien reciba toda la luz que pueda salir a irradiar a partir del arduo trabajo que he comenzado. El que no lo sepa comprender, que mire para otra parte. 

martes, 29 de enero de 2019

"Mi amor por vos se ve tan grande, tan grande como dos galaxias."

El fin de semana mi sobrino tenía los ojos inusualmente abiertos, estaba acostado sobre mi falda - ésa posición le encanta - y miraba para sus costados porque su mamá - mi hermana mayor - le hablaba de lejos. Todo eso se mantuvo, hasta que le hablamos nosotras. Primero mi hermana, y después yo. Ahí El Principito revoleó los ojos, sin fijar la mirada, como es esperable de ésta época en nuestra dirección. Unos segundos después, cuando estallamos en una carcajada de incredulidad, él levantó las dos cejitas a la vez, mientras miraba hacia la misma dirección donde se hallaban nuestros rostros.  Nunca antes nos había escuchado reírnos así. Entonces, qué remedio, nos miramos incrédulas por segunda vez y nos reímos conmovidas. Magnetizadas. Sin poder ponerle palabras a un amor que nos desarma y nos habita por todos nuestros costados. 

¿Qué decir en lo personal?  Él es un milagro para mí. Si es que alguna vez pensé poder querer a mi sobrino, el día donde  llegara, ésto no se le parece a nada. Lo que siento, en realidad, viviendo día a día la experiencia, es algo que me ha modificado por completo. Que alteró mi percepción del futuro. Que me ayudó a entender el propio paso de mi vida. Que me impulsó a ser mejor. Que me llenó de miedos. Que me agolpó en el corazón una felicidad inusitada. Que me pobló el cerebro de preguntas y la coraza interior de filtraciones.  Es algo que, sin dudas, me hace olvidarme de todo, por angustioso o difícil que sea. 

Sobrino mío, mi amor, mi infinito amor... ¿Cómo hacer para explicarte que, desde el día que llegaste, te convertiste en lo que más amo en la vida? Mi chiquito, quizá alcance para empezar con decirte que, cada día donde sé que compartimos éste mundo, vos me das la fuerza para vivirlo. Y eso no es poco. ¿Cómo puede ser que seas el aliciente a todo? Quizá alcance por ahora con decirte que cada minuto donde abrís los ojos, me cuesta creer que estás finalmente con nosotros, porque te amo tanto, tanto, y sos tan chiquito y tan hermoso que se me corta la respiración. 

Valió tanto la pena esperarte, mi vida... Tanto valió soñarte, desde que era adolescente. Tanto valió pensar que alguna vez llegarías. ¡Tanto!  Lo he dicho y pensado muchas veces, en éstos veinte días desde que naciste: sos un sueño, inserto en la realidad, para mi familia, pero en particular, y al menos para mí, también sos todo y mucho más de lo que siempre soñé cuando pretendí ser tía. 

 Gracias a la vida, a Dios, al Universo, y a todo quien corresponda por este ser humano que me caló hasta los huesos, y lo seguirá haciendo, hasta el día en que me muera.  Porque ahora, en sus ojos, veo a mi hermana. Y en mi hermana, al mismo tiempo, sigo viendo a la nena rubia con la que yo jugué toda mi vida. Y aunque parezca incongruente, también puedo verme dentro de unos años re-elaborando la infancia y jugando así, de nuevo, de otro lugar, con su hijo. Es decir, sangre de nuestra sangre. Amor de todo nuestro amor.  Y eso, es impresionante.  Ésa es la única palabra que se me cruza por la mente, cuando me detengo a pensar en ésto: impresionante. 


Te amo con toda el alma, ***. 
Ésta canción es para vos. 
De acá, pasando las dos galaxias. 



domingo, 13 de enero de 2019

Buscando palabras...

Hace unos días, tuve a upa por segunda vez a mi sobrino, más conocido por estos pagos como El Principito. 

Lo miré, durante cada uno de los segundos que pude, hasta que finalmente, le dije todo lo que venía procesando, en susurros, mientras dormitaba: 

¿Vos sabés que soy tu tía? ¿Por eso me pateabas tanto desde la panza solamente a mí? ¿Te diste cuenta que te esperé muchos años, no? Sos tan suavecito, tan frágil, mi vida... Sos un sueño... - me quedé callada, mirándolo -  No tenés que tener miedo nunca; acá, todos te aman. Siempre te vamos a cuidar ¿sabés? - le conté, como si me entendiera, mientras le besaba muy suavemente el pelito y lo seguía mirando, embelesada como nunca antes en mi vida, entre suspiro y suspiro: - Te amo mucho-mucho, mucho ***  - me reí. 

Él, mientras tanto, siguió sumido en sus sueños. 
E incluso, me sonrió mientras dormía a modo de reflejo. 

Yo, por mi parte, y siendo totalmente sincera, voy cayendo conforme pasan los días. Escribir me ayuda a hacerme a la idea de que es un cambio de índole definitiva el que se ha efectuado. Nada, en mi vida por lo menos, va a volver a ser lo mismo después de éste último nueve de enero, el día donde él nació. Y eso no tiene que ver, solamente, con el cumpla años un día después que yo, ni con que a la única persona que le pateaba SIEMPRE durante su estadía en la panza, era a mí. Ni con que sea el primer sobrino después de años de espera... 

Tiene que ver con el hecho irrevocable de saber que lo voy a amar hasta el último día de mi vida. De saber que existe, finalmente, la personita que, yo sé, amaré por el resto de mis días porque así de fuerte es lo que siento por él.  

Con su llegada, me ha sacudido por completo de una forma que todavía no puedo explicar muy bien. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

El Principito II

- Mirá que *** puede nacer el ocho de enero, eh - me dijo mi madre un día. 

Y me la quedé mirando petrificada. 

- ¿No tenía fecha para la semana próxima, el dieciséis de enero? - pregunté

- Pero los primerizos se adelantan. Y le dijeron que era posible que nazca el ocho - insistió. 

Los ojos, se me llenaron de lágrimas.   ¿Y qué si la personita que más amo en éste mundo, encima, llega el mismo día que llegué yo y terminamos soplando velitas a dúo, no? Sería una universal paradoja, en especial, considerando que a mi no me gusta mi cumpleaños pero que amaría seguir compartiendo todo con El Principito. 

Porque con él, todo es emoción, aunque me resulte extraño. Todo es emoción. Emoción, sí, emoción irrefrenable, como siempre que me nombran a mi sobrino, que pienso en el, que hago algo para él, que lo voy a visitar y le hablo a la panza de mi hermana.  Emoción como siempre que lo siento patear cuando le froto la panza y me escucha la voz, como si me respondiera. Emoción por verlo, por conocerlo, por cuidarlo, por mostrarle todo lo que quiera descubrir del mundo, por ayudarlo, por consentirlo.  Por ser su tía. 



II 

Creo que el único deseo que tengo, además de que nazca con salud, es que alguna vez se de cuenta de cuánto lo amo. Que un día se de cuenta de lo feliz que me hace ver sus manitos en una ecografía y escucharle el corazón dentro del consultorio. De lo feliz que me hace hacerle un mimo a la panza de mi hermana o hablarle, y notar cómo patea cuando llego de visita después de tomarme tres colectivos diferentes y le digo: "Hola, mi vida, lleguéeee". De lo feliz que hizo hacerle el primer regalo, como el mayor acto de fe que alguna vez puse sobre algo. De lo mucho que pienso en él, todos los días, y de cuánto rezo para que esté bien. 

Sí, quisiera que algún día se de cuenta que cuando pienso cómo le va a quedar el conjuntito de Mimo o el babero azul que le regalé con tanto pero tanto amor, atajo con esfuerzo las lágrimas de emoción. Lo mismo cuando me pongo a pensar que me va a mirar un día y me va a decir, quizá, "¿che, tía, tomamos unos mates?", y para mí, eso sea la felicidad absoluta. 

III 

Sí, puede parecer idiota pero, mi mayor deseo es que me diga: "Tía, ¿vamos a tomar un heladito, hoy?", dentro de unos años, quizá cuando sea chiquito. Pensar que voy a poder llevarlo de la manito, caminando por la calle a que disfrute de sus gustos preferidos, mientras me sonríe y me cuenta sus cositas.  O imaginármelo maravillado mientras le cuento que en el mundo existen pájaros, libros, cuentos, pelotas, muñecas o todo lo que él me diga que le llama la atención. O  imaginarme a mi, maravillada también, mientras él me cuenta sus pareceres sobre el mundo... 

Sí, puede parecer exagerado, pero de sólo pensar en eso, en ése momento, en ése instante donde lo pueda agarrar de la mano por primera vez, se me caen las lágrimas de emoción por pensar que El Principito llegará a ser un hombre un día. Una persona que hable, que piense, que sienta, que sonría, que luche por sus sueños. Una persona que, por fortuna, esté presente en mi vida y me de el motivo para vivirla. 

Porque aunque no se lo imagina, ni quizá lo sabe en su estadía dentro de la panza, si hay algo por lo que sigo luchando, en especial en un año tan extraño para mí, donde se me cayeron ciertas bases que yo creía fundamentales para el futuro; es por verlo nacer y crecer.  Y quizá, si es que debe nacer el mismo día que yo, nunca más me haga falta volver a pedir deseos cuando soplemos las velitas juntos... Porque de sólo pensar en mi sobrino, sé que es el amor hecho realidad. El amor más grande que alguna vez me imaginé poder sentir en mi vida.

Empiezo a sospechar que eso explica todo.
Lentamente, explica todo. 


domingo, 2 de septiembre de 2018

El Principito

Puse una de mis palmas sobre su panza y acerqué mi cabeza. 

- Hola, *** hermoso... Acá está la tía tranquila - me reí  porque así nos determinó mi hermana-  Te estamos esperando todos, eh. Tomate tu tiempo y portate bien, ¿eh? - le dije. 

Mi hermana se rió. 

- ¿Ya habrás escuchando lo hueca que es tu otra tía, vossssss? - bromeé, esperando que hiciera su aparición. 

Unos instantes después,  finalmente, sentí el lado izquierdo de su panza un poco más duro. 

Miré a mi hermana asombrada, porque fue la primera vez donde pude sentirlo, casi a modo de respuesta. 

- Ay - se me llenaron los ojos de lágrimas - ¿se movió? 

Asintió con la cabeza. 

Sacudí la cabeza, fascinada. 

- ***, mi vida, ya te ama tu tía ¿sabés? Te ama mucho, mucho... - le dije, por fuera de la panza. 

Ahí estaba, con su tímida presencia, mi sobrino. 
Dejé mi mano un buen rato, a modo de mimo. 

¿Cómo se hará para describir tanto amor, no? ¿Cómo se hará para manifestar tanto pero tanto amor?  

sábado, 14 de julio de 2018

Enamorada

Tardé mucho en decidirme, porque pretendía esperar. Quería que pasase el tiempo y con ello, la idea se me fuese haciendo carne.



 ¿Cómo es que, de un momento para el otro, yo finalmente me había enamorado?  

Dos segundos después y el mundo que yo concebía como posible antes de lo inesperado, acabó por explotar.  Dos segundos después, y una hectárea más grande mi corazón, dispuesto a dar y dar y dar afecto de modo irrenunciable. Dos segundos más y los ojos llenos de lágrimas, producto de la más inmensa felicidad, con la certidumbre de haber estado años esperando por éste momento. 

Quizá, a resumidas cuentas, bastaron cinco minutos en total para cambiarme la vida. Quizá menos, cuatro, no importa ya, no es ése el punto. Hoy, que el cambio está hecho, me afianzo a la idea como quien se anuda a una balsa. Hoy sé que esto es lo más importante que viví en veintitrés años de vida.  Sí, estoy convencida: la felicidad mayor ha sido ese instante donde me di cuenta que estoy rendida a los pies de alguien que es maravilloso, de alguien que es puro, de alguien que me emociona hasta las lágrimas y me hace tener el corazón lleno de alegría. 

 Sí, me enamoré, sin ninguna resistencia, de quien irá a ser indudablemente el dueño de mi corazón...  

Me enamoré de mi sobrino... o de mi sobrina. 

Me enamoré de esa vida que llega para transformar la de mi hermana y, por añadidura, la mía. Me enamoré de ese pequeño que me convierte en la tía más feliz del mundo con cada día que pasa, desde hace unos meses. Me enamoré de unas manitos en una eco. Me enamoré instantáneamente. Me enamoré sin condiciones. Me enamoré de un babero, imaginándomelo dentro. Me enamoré de una vida, de un futuro, de unos sueños, de un porvenir feliz. 

Quizá por la fortaleza de este lazo no me extrañó llorar de felicidad, por primera vez en mi vida. No me extraño llorar  de júbilo, de dicha, de alegría, de emoción, de agradecimiento, de anhelo, de sorpresa, de esperanza. Llorar por no poder creer que finalmente sucedió algo que deseé prácticamente desde siempre. Llorar porque me desbordase el amor. Llorar de alegría por la existencia próxima de alguien a quien voy a amar incluso más de lo que amo a mis hermanas, incluso más de lo que alguna vez amé a alguien... Porque va a tener que ver con una de ellas, con mi familia de origen, con lo que más quiero y por lo que más velo. Porque va a tener los ojos, quizá, o sus manos, o su pelo, o sus maneras... Y notarlo va a enloquecerme de felicidad. 

¿Se puede ensanchar más el corazón?  Pese a toda mi cerrazón, general, hoy me digo que sí.

 Los ojos se me inundan en lágrimas de felicidad mientras escribo, cada vez que pienso en ésto, cada vez que hablo con mi hermana del tema.  Aunque todavía falta mucho, todavía es algo que recién está empezando a disfrutar, todavía hay que ser silenciosos y cautelosísimos, si de algo estoy segura es del amor.  No puedo explicarlo racionalmente, es infinito, ya de antemano, quizá porque verdadero amor no entiende de todavías y se esconde bajo las formas más inesperadas.  

 ¿Habrá palabras para explicarlo?  

De aquí a contestar esta pregunta, sigo como una maricona lagrimeando de felicidad cuando veo una eco, cuando veo la creciente panza de mi hermana, cuando le compro alguna cosita, cuando pienso en el futuro que, si Dios quiere, le espera. 

Creo que nunca en mi vida fui tan feliz como el día donde me enteré que estaba enamorada... de ella, o de él, lo mismo dá a ésta altura del partido.  Creo que nunca fui tan feliz como el día donde me enteré que iba a ser tía.  

viernes, 5 de enero de 2018

El accidente perfecto

Mi hermana tuvo un accidente de coche, ayer.  Dentro de todos los detalles, podría decirse que fue el accidente perfecto, porque no pasó casi nada de todo lo que podría haberle pasado. Está bien, va encaminándose con el correr de las horas. 

Según mi cuñado, médico al igual que ella, tuvo un traumatismo de tórax. Según mis ojos, se dió un golpe fortísimo, pero es una bendición que estuviera utilizando el cinturón de seguridad, y derivados. 

Cuando llegué a su casa, en medio de un nivel de conflicto muy alto, por otros menesteres que venían y no venían al caso, me senté cerca de ella. No quería hablar con nadie, ni siquiera, con su esposo. Nadie, absolutamente nadie, me importaba a excepción de mi hermana, es decir, mi hermana,  una de las personas más importantes que yo tengo en la vida. No un ajeno, no un conocido, sino mi hermana.   Es decir, una de esas personas sin las cuales yo aseguro que no sé vivir y sin las que, definitivamente, nunca aprendería. Es decir, una de las dos personas con las cuales yo aprendí sobre la felicidad, dí mis primeros pasos, hice mis primeras travesuras y confié mis primeros secretos. 

No puedo ni pensar, ni escribir, ni siquiera quiero imaginarme un mundo donde no existan mis hermanas si cada día que pasa yo siento que las puedo querer más, o al menos, mejor. 

Pese a que ella se sentía bastante mal, estaba dolorida y con cólicos posteriores al golpe, me alegró verla. Se me hizo un nudo en la garganta, a través del cual mi cuerpo pretendió hacerme entender la impotencia, el miedo, la fragilidad frente a la vida y su ritmo desencajado.   Me tragué las lágrimas, respiré hondo, y solamente me quedé callada, quieta, acariciándole la cabeza después de darle un beso en ella y preguntarle cómo se sentía.  Mi hermana se iba quedando dormida, con el efecto de las drogas que le había suministrado su reciente marido, por suerte ya no lloraba y por suerte para mí, mis lágrimas habían remitido mientras le pasaba mis dedos por el pelo rubio, por la frente blanquísima, intentando que se relajara del todo. 

Yo te cuido, me dije, aunque debería habérselo dicho a ella, mientras velaba el sueño en que se iba cayendo. Yo siempre te voy a cuidar, me repetí, aunque debería habérselo dicho, mientras la observaba dormir, sentada en un sillón de dos cuerpos, leyendo un libro desde el celular. Yo no entiendo la vida si a vos te llega a pasar algo, me dije, agradecida de que pudiéramos contar una historia con buen final. 

Fue un accidente, un disgusto, un susto; pero también, fue el accidente perfecto. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Mejor pronto que tarde...

Luego de muchos meses, casi diez, volvió a escribirme Alguien.  Pasó mucho tiempo, durante el cual  no hablamos, siendo más exacta desde los primeros días de marzo hasta ahora. La última charla que habíamos tenido ocurrió unos días después de nuestra cita fallida, experiencia por demás incómoda para mí, pese a sus incontables esfuerzos y pese a haberle puesto toda mi voluntad disponible para el caso. Luego de esa cita, naturalmente, llegué a tocar "fondo emocional" y empecé a ponerle cuerpo, rostro y expresión a las verdaderas razones de mi resquemor. Me dí cuenta que Alguien no me gustaba de esa manera, que estaba haciendo un esfuerzo innecesario, que el amor o una relación afectiva no tenía que ser una cuestión de voluntad.

 La noche luego de vernos llegué muy angustiada a casa, en especial, porque sentí que la distancia con mis contemporáneos se ahondaba todavía más, visto y considerando que me sentía más y más lejos de sus orillas, a través de estas experiencias.

Recuerdo la charla que mantuve con mi madre, pero especialmente, con mi hermana, esa misma noche. La misma fue algo clave para nuestro vínculo porque, desde esa conversación, ella jamás volvió a mirar mi forma de vincularme con los hombres de una manera esquiva, ella jamás me dijo que era "rara", como si eso fuera algo malo. Al contrario, cuando más lo precisaba, por fin se puso a hablarme en serio y llegó a darme un juicio amoroso : "si vos sos feliz, andá para adelante, con quien sea y te dé tranquilidad. Si es un viejo, lo traés acá a casa, y comen milanesas juntos; ya fue, Veinte, lo importante es que te quiera de verdad. Al fin y al cabo, es tu vida, no la de los demás. Si a los demás no les gusta, que se metan los comentarios en el c **** ".

 Al escucharla y al explicarle realmente cómo me sentía, a mi hermana se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras las mías corrían por mi cara. Le dije que lo había intentando, por la noción de construir, por la noción de tener mi familia, por la noción de ser una chica igual a todas las demás en ese aspecto; pero que no podía negar lo que era, o por lo menos, lo que me gustaba (fuera esta una persona joven, una persona más grande, o alguien que me doblase en edad). Yo, simplemente, no quería traicionarme a mi misma. No quería mecanizarme en mis elecciones. No quería estar al lado de una persona a quien sabía que no iba a poder querer con la autenticidad y el coraje que había querido a otras personas, al punto de sentirme fuerte y capaz de hacerle frente a cualquier cosa. No, no quería doblegarme, como una rama seca, fácilmente quebradiza. Y, en ese sentido, agradezco haberme dado cuenta más pronto que tarde, en la sucesión de los acontecimientos.

Unos días después, hablé con Alguien un poco más a fondo, sobre cosas que le había anticipado en persona antes de despedirme por última vez.  Le dije que se merecía una persona mejor que yo, porque no podía corresponderlo. Le dije que estaba mal trazada, porque me sentía muy lejos de él, pese a que me tratara muy bien y estaba acostumbrada a relacionarme de otra manera, pese a mi edad. Le dije que no estaba acostumbrada a tantas preguntas, que no estaba acostumbrada a tanta atención; que yo necesitaba mi tiempo y mi espacio tal y como siempre, a mi disposición.

Y es que, esto ha sido siempre una constante en mi vida, con todo el mundo: no me gusta que la gente se quiera apropiar de mi espacio personal y, en ese sentido, por defenderlo, soy en extremo contundente. Siempre, y pese a todos, quiero mi espacio para leer, tomar una cerveza sola, salir a caminar, escribir o escuchar música. La idea de que un otro venga a intentar dominarlos o ocuparlos a todos me quita el interés de inmediato y me mantiene todavía más fuerte en mi postura; indeciblemente terca. Eso era, precisamente, lo que me estaba pasando con Alguien; me sentía invadida, como si el tiempo fuera el camino sin retorno para que pudiera convencerme a que lo quisiera.  Yo no quería ceder espacios celosamente reservados para pasar tiempo conmigo misma, haciendo cosas que toda la vida me han dado placer y que fueron, invariablemente, mucho más constantes que el resto de las personas. Yo no sentía que debía convencerme de nada, sino, justamente, darme el espacio para meditar mis sentimientos y mis sensaciones ante un cuadro nuevo, sin ninguna intervención, haciendo posible un fluir natural en los hechos.

Por eso,  me parecíó lo más honesto reconocerle que no me sentía como lo esperaba frente a la situación. Me preguntó, como era de esperarse, si tenía algo que ver con Él mi reacción. Y yo le dije que no, porque era cierto, pero no dejé de reconocerle un hecho que sí se puede considerar verdad: no siento atracción física, ni termino de conectarme, con las personas como Alguien.  Las concibo, las veo, trato con ellas, porque soy perteneciente a esta generación, pero nunca termino de sentirme parte intrínseca de la misma.

Como digo que me gusta tener mi espacio, mucho más de lo que puede imaginarse; valoro mucho,  me gusta muchísimo que el otro tenga personalidad propia, que tenga un criterio formado, que no actúe para agradarme. Me gusta que el otro me confronte, me haga pensar, me plantee cosas que no hubiera poder advertido. Me gusta que el otro tenga sus pasiones, sus espacios, haya aprendido a estar solo no desde el padecimiento, sino, desde la libertad de descubrirse más allá del mandato social. Me gusta que el otro sea como es, desde la confianza en si mismo, más allá de poder atraerme a mí o a cualquier otra mina, poniendo por encima la esencia antes que la apariencia.

Me parecía, por ende, que era muy difícil explicarle todo eso a Alguien sin lastimarlo. Pero esta falla mía  se notaba a veinte kilómetros para todo quien me conoce un poco y la ausencia de entusiasmo hacía las veces de síntoma para cualquier desconocido.  Él, amoroso en este sentido, se empeñaba en dejármelo pasar todo, en perdoname los silencios, en admitir las marcas de límites, en admitir el tiempo, los baches, entre charla y charla.

Luego de explicarle que "yo había empezado al revés", luego de intentar hacerle entender que no me sentía cómoda, que me sentía presionada y que prefería no seguir viéndolo; el me dijo que no había ningún problema, que entendía, que yo era una chica divina y que era cuestión de tiempo, hasta que me acostumbrara a estar consigo porque si bien él no era como "el otro tipo grande", tampoco era una pibito. "Yo tengo veintiocho años, Veinte, pensé que eso era suficiente... ¿El otro, era mucho más grande que vos, no? " quiso saber.  Mofé, en mi fuero interno, cuando lo escuché decirme eso. Evidentemente Alguien pensaba, como todo el resto de las personas, que mi amor se enfocaba en un número, sin tener en cuenta que aspiraba a una manera de entender el mundo, una manera de manejarse en la vida, una manera de enfrentar lo maravilloso que esconde, y por cierto, también lo más escabroso. Alguien creía que a mí me gustaban más grandes y él estaba dentro de ese eslabón, por ende, nada podía salir mal. Pero estaba equivocado, y no llegaba a entender la profundidad de lo que le planteaba; pese a tener las mejores intenciones.

Pensándolo bien, creo que ese comentario y otro sobre el tiempo, fue la única cosa que me resultó hiriente en Alguien, aunque pueda entender que haya sido un comentario producto de mis actitudes.  A colación le dije, con un fuerte dejo de desagrado, que si estaba todo bien no entendía por qué tenía un cronómetro corriéndome, por qué me decía que había tenido meses de tiempo, con aires de reproche. Se me quedó mirando y cayó en la cuenta de que no me iba a dejar doblegar, ni convencer, ni presionar; por nada; al margen de mis tiempos y mis modos de hacer.  Me pidió disculpas, me dijo que era un boludo, que sí, que tenía razón.  Yo le pedí disculpas también, por haberlo hecho perder su tiempo, y le dije que era lo mejor dejar todo como estaba, porque se merecía a otra chica más parecida a él, con la que pudiera compartir cosas; y que yo seguía necesitando un tiempo para arreglarme, que la solución no estaba en complicarle la vida con mis formas de entenderla, diferentes a la suya.

Luego de esa charla en persona, y luego de esa otra comunicación por teléfono, yo pensé que este chico se iba a terminar casando con una abogada igualita a él, con quien pudiera hablar largo y tendido de Derecho Internacional, como estuvo hablando conmigo, en nuestra primera cita, haciéndose un poquito el banana (de puro susto, nomás, como llegó a decirme en un gesto que valoré y resalto hasta el día de hoy).

Pero, al parecer, la que se equivocó en esto, también fui yo.

II

Si existió algo que no omití fue, a partir de ese día, la verdad: soy incapaz de corresponderlo y Alguien lo sabe.

Sé que lo sabe no porque lo crea arbitrariamente, sino, porque se lo hice saber y jamás volví a darle ninguna señal de interés emocional. Incluso, luego de una repetición de likes, mi mejor amiga vino a comentarme, muy incómoda, que el estaba insistiendo también desde ese lugar; y pese a que me molestó que pinchara en algo que para mí es muy sagrado, también se la dejé pasar, considerando que se pueden esperar estas cosas de una persona que quedó decepcionada; porque... ¿quién no lo ha estado alguna vez?  Dejó así de ponerle likes a mi mejor amiga, o en las fotos que tenemos juntas, para centrarse solamente en personalizar esa especie de atención permanente. Yo pensé que no había sido demasiado clara, que me había vuelto a equivocar, que no me podía estar pasando esto, que nunca se me daba el explicarme bien, que era un asunto serio éste de los equívocos verbales. O que estaba teniendo una actitud infantil, pretendiendo llamar la atención desde un lugar equivocado, metiéndose, justamente, en mis espacios más sagrados, en mis relaciones más íntimas.

¿Y qué pasó? Nada, con más razón, no me pasó nada.

III

Pero luego de este fin de semana en particular, me dí cuenta de algo: Alguien  siente cosas por mí que son más fuertes o distintas de las que me imaginaba, y no depone su actitud.  No me animo a decir que está enamorado, pero noto que su interés persiste y la situación de no corresponderlo, me genera nuevamente aquélla forma de presión, porque no estoy dando con la manera de ponerle los límites, o al menos, unos límites que él comprenda.

La presión es un estado que yo no estoy dispuesta a soportar por nadie, en una edad y en una etapa de mi vida donde no tengo ningún compromiso ni ninguna pretensión de conformarme. A mí me gustaría tener un compromiso, pero desde una perspectiva más madura. Me gustaría tener un compromiso que fuera elegir al otro desde el deseo y no desde la convención. Me gustaría tener al lado a una persona que me dé espacio, el espacio suficiente para ser yo misma, sin llenarme de expectativas o atribuirme cualidades que no tengo; porque existirán deseos que no estaré dispuesta a cumplir o roles que no creo ocupar, a menos que no lo anhele de esa manera.

Esta presión que surge con Alguien es la de no saber cómo se le explica a una persona, sin lastimarla, que vos no la querés, que no te gusta, que es buena, sí, pero que carece de esa chispa relevadora; y que en el amor no sirven sus estrategias profesionales, orientadas al convencimiento, porque yo no soy un expediente caratulado, un modus operandi más, una estratégia con su táctica; sino, una persona. Y, en especial, una persona que en cuanto nota un mínimo índice de manipulación, no solamente rechaza el hecho, sino también, lo siente insultante a sus capacidades, a su independencia, a su empeño para elegir la vida que desea vivir.

 ¿Cómo se le explica, sin ser cruel, sin sonar maldita o pedante; cuando lo que menos se quiere es esto?

 Todo un descubrimiento para mí, porque nunca me había sucedido algo como esto con una persona que, si bien es más bien contemporáneo, me resulta muy sorprende en muchas cosas, no quizá, de la manera en que me gusta. No pensé, tengo que admitirlo, que una persona intentaría convencerme para que la quiera porque, por lo general, han tenido que convencerme para que las deje de querer y mucho menos lo han logrado.

Yo no sé, por ende, si no se da cuenta; si no se quiere dar cuenta o si simplemente cree que me va a ganar por cansancio; como si fuera una muñeca sin poder de acción.  Yo no sé si realmente le pasan cosas conmigo sólidas - lo estimo, pero no sé hasta dónde puede ser real -  y tampoco, sé cuáles son sus motivos, porque si bien intenté conocerlo, al ver que no funcionaba, fui clara y muy sintética. ¿Qué se hace entonces, cuando estamos frente a un joven de veintiocho años, que pese a ser una buena persona, no es capaz de entender que el amor es corresponderse, que no es cosa de que uno quiera y el otro se deje querer (al menos, no conmigo)?

Puede sonar dura mi pregunta, puede sonar duro este planteo, pero juro que se basa en las mejores intenciones. Porque me hace sentir muy mal por él mismo que se conforme con esto, que se conforme conmigo, estando así; parca, relativista, esquiva y ciertamente asquerosa. ¿Por qué ese malestar? Porque no quisiera engañarlo, porque por alguna razón no puedo ser como soy con otros hombres, consigo; porque la versión que él conoce de mí no es adulterada, pero tampoco, la más pura. Y porque, básicamente, por mucho que me insista, tengo mis serias dudas de que eso pueda dar algún resultado. Es que, a mí, hasta ahora, nunca nadie me ganó por cansancio y la pretensión, de hecho, me parece muy extraña desde mi manera de ver los vínculos.

En el caso de Alguien en particular, me sucede algo distinto a todo: es un buen chico, parece un chico bueno, con lindos valores, que me trata bien y que hace cosas por mí de las cuales en otro caso me hubiera sentido enormemente agradecida. De hecho, si no tuviera la presión de que me vea como la novia que quiere llevar a la casa,  gustaría verlo, salir consigo como amiga y dejarlo que se me acerque desde otro lugar.     A veces, es divertido e inclusive es una persona con ganas de progresar, que le interesa formarse, con quien compartimos esas formas de ver la vida y con quien acuñamos las mismas ganas de trabajar duro para lograr nuestros proyectos. Sí, me entiendo mucho desde ese lugar, pero como hombre no me genera ni una pizca de atracción, ni tampoco, me atrae físicamente.

Puede que sea de una u otra manera, pero las veces donde me he enamorado, francamente, no ha sido de un color de ojos o de un rasgo aislado. Ha sido del modo de pensar, de la forma de hablar, de cómo es el otro con los demás y no exclusivamente conmigo; me enamoré de una mirada, de un modo de tomar mate, de un modo de decir, de una manera de defender argumentos, e incluso, del modo de hacer chistes, del modo de hablarme. De un modo de comer, de unos pantalones, de un tic, de una sonrisa, de una muletilla, de una melodía querida por el otro, de una marca de vinos, de una camisa.

¿Por qué, para otros, esto es tan difícil de entender? Eso es lo que no puedo encontrar el modo de hacerle comprender. Eso es lo que desearía que entendiera Alguien; yo no lo correspondo.

 No pienso en él cuando viajo en colectivo, no pienso en él cuando pongo la pava, no pienso en él cuando hablo con mis amigas o cuando no puedo dormir de noche. No; yo no pienso en Alguien de ese modo. No pienso en él cuando leo algo que me gusta por la calle, no pienso en él cuando veo una corbata linda para regalar; ni tampoco, pienso en él cuando veo un Código Civil y Penal. No pienso en él cuando escribo, ni cuando escucho una balada, ni cuando suena un tema de Ismael Serrano y se me apichona el corazón.  ¿Y, si todo es de ese modo, para qué estar consigo? ¿Para qué privarlo de la oportunidad de conocer a otra chica que realmente lo quiera, dejándolo que pierda su tiempo intentando cambiarme? No, me parece injusto, para ambos; me parece que podría evitarme ese mal trago.

Yo no lo concibo ni deseo de ese modo, no me imagino compartiendo la vida consigo, no me imagino tomándome una copa consigo, yendo al supermercado, a una librería, al cine o a cenar. Y él, conmigo, se imagina precisamente esas cosas que yo ni siquiera puedo ilustrar o acompañar desde las palabras; porque cuando me dice juicios vivificantes - que nadie me dijo, que son muy amables de su parte - yo siento una profunda timidez, en especial, porque no puedo contrastarlo con nada, porque no puedo decirle nada, porque no me sale nada de nada. 


IV

 "Sé que es muy desubicado de mi parte escribirte a esta hora, Veinte, pero estoy mirando la televisión y están pasando tu película y me dije no le puedo dejar de avisar a ELLA" me escribe y resulta que ese ELLA, en grande, soy yo.

Me cuesta asimilar ese hecho, me sorprende que piense en mi, de esa manera, cuando todo contacto acabó casi hace diez meses. Mientras leo el mensaje no puedo dejar de ponerme en su lugar, al imaginarlo, haciendo ese tipo de asociaciones; porque sé perfectamente de dónde es que vienen.  Yo hice esa clase de cosas por otras personas y admiro su coraje, desde ese lugar, pero, por mi parte, estoy fuera de todo tiempo y espacio.

Me siento agobiada; y yo sé que nadie tiene la culpa, pero solamente necesito tiempo físico para procesar las cosas, pasando un tiempo a solas.   Es como si quisiera aislarme en una isla para poner en orden mis ideas y mis sentimientos. No es que esté triste, ni enojada, ni angustiada, solamente, necesito frenar y recalcular respecto a mi rumbo, haciendo un balance que me pide el cuerpo y la cabeza, más allá del fin de año.

Y Alguien no llega a advertir que no es histeria lo que yo tengo, sino, falta de amor. 

V

 Luego de una semana tan extraña, estoy demasiado sensible y despistada. Pero estoy segura de que - lamentablemente, en cierto modo - él no es la persona para quien tengo los ojos vueltos hoy. No es la persona que quiero de esa manera y no sé cómo decirle, elegantemente, que no.  Alguien es ubicado, educado, pero también insiste subestimando mi capacidad de tomar una decisión, al igual que muchos hombres, creyendo que si una mujer dice que no, es sí.

¿Quién y dónde, a algunos hombres, les han metido el chip? ¿Quién fue el amigo patriarcal que intentó obturar este sentido, pensando que el otro es una planta?  ¿Quién les dijo a los hombres que tenían que convencer a las mujeres de las cosas? ¿Quién les hizo pensar que tenían que intentar apalabrar nuestro deseo, como si fuera una estrategia, si antes decirle que lo que no tiene semilla es incapaz de crecer? No, no y mil veces no.  Lo mismo, si lo hiciera una mujer, no no y no.

Cuando explicarle que yo soy cerrada, arisca, que me cuesta mucho expresar lo que siento; me dice que no tengo que responder nada, que no me preocupe, que él solo quiere que yo lo sepa, que quiere decírmelo.  Y, si no me tengo que preocupar, ¿qué soy, entonces, para él? ¿Un depósito de elogios, una plantita que riega, un trofeo? ¿Dónde, entonces, mi deseo, la reciprocidad, el dar y recibir?

Con esta clase de cosas lo único que logra, es que me aleje más y me cierre más, porque tiene tantas ganas de decirme las cosas que no está escuchando lo único que le expreso: es mejor que busque una chica que realmente lo quiera, no que insista conmigo, y que pierda mucho de su tiempo. Y aunque yo le digo, nuevamente, que soy una atragantada; él va por más, aún sabiendo que me incomodan estas cosas, como si fuera algo gracioso u otra desafío; aprovechando que está en tema: "Veinte, yo sé que no es el momento, pero te quiero decir algo: sos una de las pocas personas con las que se puede charlar horas y horas (a la madrugada, o con un café, no sé); y eso te hace una muy linda persona. Sos una linda persona, sumado a lo que aprecian los ojos... Y sé que te estás poniendo incómoda, pero bueno... "  remacha.

VI

Mientras pienso en el asunto, me pregunto cuántos más clavos le caben a mis alas, mientras tengo certezas sólo de una cosa: necesito tiempo; necesito hablar conmigo misma y ver cómo me siento, sin importarme nada de los demás, ni de sus deseos, por una vez en la vida. 

Hoy todavía sigo con esa necesidad insatisfecha, estudiando y estando agobiada con los últimos exámenes del año.  Espero, pronto, poder dar con ese tiempo. Espero, cuando sea el momento, poder escribir sobre una persona que me quiera, a quien yo corresponda, y con quien la esté pasando muy bien. 

Lo importante es entender esto y defender esa idea, más pronto que tarde. 

viernes, 7 de julio de 2017

Aladdin

... se llama mi perro, de aquí en más.


Todo empezó cuando estaba estudiando, hace unos días, para seguir con la interminable caravana de parciales y el precioso entró a mi habitación. Desde el costado de la cama, considerando que no llegaba con su altura para subirse al colchón, me extendió una de sus patas. <<No tengo comida, bombón >> le dije, como si me entendiera, entonces se puso mas insistente con que yo me levantara. Le di besos en sus patitas delanteras para consolarlo, pero no se rindió. Conmovida me levanté y automáticamente me di cuenta que estaba sentado sobre la alfombra que coloqué en ese lugar hace muy poco.



 Al verme bajar mis pies al suelo y agacharme a su altura, se tiró en la alfombra de colores que me hizo mi mejor amiga y yo me senté cerca suyo; listos para la rutina de todos los días: besos, más besos y más besos, hasta que alguno de los dos se cansa (y pocas veces es él).  

Lo abracé muerta de amor por el gesto de venirme a buscar y él, como si supiera, me dió algunos besos en la cara contento por lograr su cometido de saludarme. Apoyó la cabeza en mis hombros, como si quisiera esconderse dentro mío. Le besé varias veces la cabeza. Siguió feliz, depositado en la alfombra, con las orejas en alto y el semblante feliz.

Un rato después le gusto tanto que se acomodó, se desperezó y se deslizó sobre ella, un montón de veces moviendo la colita, buscando que juguemos.  Y otro rato después, no lo podía sacar de ahí luego de que varias veces, sin que nadie se entere, se escabullera silencioso (y tal como es llamativo el silencio de los niños, porque suele ser sinónimo de travesuras,  el de los perros...) en mi habitación, no sólo para dar vueltas por ahí, sino para acostarse sobre ella.

La nueva es que si no lo encontrás, probablemente, ahora no esté durmiendo en su cuna ni acostado al lado de mi madre, ni escondido debajo de la mesa, ni siquiera leyendo conmigo al sol, sino,  acostado en la alfombra con cara de circunstancia esperando que lo descubran para ponerte cara de "fue sin querer" y comprarte, claro, con lo mucho que le cuesta...

Aladdin me alegra la vida.
Y a él, mi alfombra, ni qué decirlo.


viernes, 30 de junio de 2017

Literatura, cuanto menos, ficción: De salvarse y escapar

- ¿Te parece ésta mesa? - me preguntó. 

Nerviosa como estaba, asentí con la cabeza y esperamos hasta que viniera la moza. Tenía tantas cosas para decirle, y al mismo tiempo tanto miedo, que me sentía incapaz de hablar, como si esas dos emociones fueran en un contrasentido interno que antes de ayudarme estuviera dándole pie a una cerradura emocional. 

- Estás nerviosa - evidenció y asentí con la cabeza - Quedate tranquila, Veinte, que no vamos a poder hablar ... - comentó. 
- Vos tenés la misma cara de espanto que yo, solamente que no tenés un espejo para vértela - le aclaré - Los dos, tranquilos, que no nos vamos a morder - le dije, intentando consolarme a mi misma con ello. 

Esa charla, la primera de todas, fue la más intensa quizá pero no la más difícil; aquélla clasificación le cabe a la última, aunque sea otro tema. Lo que tuvo esa conversación inicial que no tuvieron otras fue el ser una especie de piloto respecto al cómo sería, cotidianamente, estar. 

- ... para mí, todo esto que me dijiste, fue muy loco, muy loco... - me decía, bien que lo recuerdo - Pero no estoy en condiciones de nada. Me pasaron muchas cosas en la vida, Veinte, y no puedo entender cómo vos me mirás a mí de esta forma... - argumentó. 

Pensé mi respuesta unos segundos, conteniendo mis sentimientos, intentando no reaccionar de una forma brusca teniendo en cuenta de que estaba siendo Él muy delicado desde todo punto de vista. 

- Considero que es porque no te juzgo, que te puedo ver el lado bueno - le expliqué - Trato de entender que si no fueras este tipo que sos, vos y yo no estaríamos tomando una cerveza ahora, sino, haciendo otras cosas y eso me gusta de vos... - lo pinche. 

Mofó. 

- Eso es cierto - me dijo, sin pensar - Si vos le decís esto a ***, a **** o incluso a ***, no te das una idea... - enumeró a conocidos nuestros, todos de su edad.

Me sentí brevemente incomoda, porque para esa época, yo no me había dado cuenta de tantas cosas ya que tenía la atención orientada hacia un sólo lugar, que me despertaba real interés.

- ¿Y vos, sí te das una idea? - le pregunté, con mi mejor cara de pocker.

Me miró y, con la forma en que lo hizo, me dejó claro todo.

- Por favor... - me pidió, sonriéndose.

-Hasta hace diez minutos me decías que cómo te ibas a atrever, que era pecado, más o menos... - me reí. 

Se me quedó mirando y se pasó una mano por la frente. 

- Es que, Veinte, por favor... Mirate. No sé, es decir, no sé... De esa manera, no lo busqué, me pasó. No me quise dar cuenta, lo dejé pasar, lo dejé pasar, lo dejé pasar, hasta que no pude más...  - empezó a darle vueltas - Sos una chica muy especial, muy muy joven, y eso todavía es más extraño, no sé. 

Enarqué una ceja. 

- ¿Especial? ¿Sabés cuántas veces me dijeron que yo era especial, ***? - le confesé. 
- ¿Y no te gusta?

Me reí.

- No lo soy, eso es lo que pasa. Yo, de hecho, sé que no soy especial para vos, solamente querés ser cortés, amable, porque si hay algo que no te falta y me encanta es educación... - reconvine y me lo quedé mirando - ¿Puedo preguntarte algo? 
- Lo que sea - asintió y se me acercó, un poco más, intentando crear una especie de semicírculo con su cuerpo cada vez más inclinado sobre la mesa. 

Lo miré y me sobresalté con el ruido de la puerta de entrada, pero en un principio, no le dí mi atención. 

- ¿Puede ser que vos te hayas confundido un poco conmigo, no? ¿Se te mezclaron un poco los cables o yo consumí algo previamente a verte y aluciné? - le pregunté, muy muy seria, obviamente, con un fuerte dejo de sorna. 

Sonrió. 

- ¿Qué quiere decir confundirme con vos? - me preguntó - Ahora, de hecho, estoy confundido. No pensé que iba a ser así esta charla con vos. 

La que se rió fue yo. 

- A lo que me refiero es a mirarme de otra forma - puntualicé - Yo puedo ser joven, pero no soy boluda. En mi cumpleaños, cuando viniste a casa, yo me terminé de dar cuenta de la forma en que me miraste cuando me levanté... 
- Veinte... - me frenó. 
- ¿Qué? 
- Yo me quiero morir, perdón.  
- ¿Por qué me pedís perdón? ¿Lo reconocés, entonces? 

Asintió con la cabeza, sin dudarlo. 

- Por eso no te quedaste para la torta - dije, en voz alta, sin pensarlo. 

Lo miré, entendiendo todo. 

- ¿Qué pasa con la torta? - me preguntó, para entender ese último comentario.

Pensé en que finalmente yo no estaba tan loca.

- Que no pudiste soportar  la torta con las velitas de los diecinueve. Y por eso te fuiste.
- Me escapé de una comida en familia, con mi hermano y mi viejo, esa noche - me confesó. 
- ¿Para venir a verme el día de mi cumpleaños? 
- Sí - dijo, y agachó la cabeza.
- Sabiendo que cumplía diecinueve años...
- Sí - me miró, dudoso.
- Y a mí eso me encantó, porque yo te ví pasar por ****, con tu papá y sabía de esa comida, un rato antes de que empezara el festejo.
- ¿Cómo me viste?
- Fui a encontrarme con un compañero de la facultad que me quería ver por ser mi cumpleaños.
- ¿El chico ese de anteojitos? - me preguntó.
- Sí, ése.

Sonrió.

- ¿Qué?
- Nada.
- Es un buen chico.
- Me imagino, sí, yo no dije nada sobre eso...

Dudé.

- Dicen que está enamorado de mí - musité - Mi mejor amiga, de hecho, dice que cuando viniste vos le cambió la cara.

Sonrió.

- ¿Ah, si? - fingió sorpresa.
- Pero viste que uno no siempre donde pone el ojo, pone la bala - me lo quedé mirando, un poco más seria - Yo te juro que no me dí cuenta, hasta que me lo dijeron todos.
- Suele pasar...
- Supongo... - dije, solamente. 

Cambié la vista y me decidí a darnos un poco de aire. Si bien el ritmo de la conversación era muy bajo, calmo y aparentemente civilizado, el lenguaje no verbal nos superaba a sus anchas. 

- Más allá de que vos no me quieras, me gustó que hayas venido... 

Me miró, con esa mirada mansa, tan característica, que me ponía cuando le decía esas cosas. Me miró con infinita paciencia y con algo parecido a la ternura que sin embargo no era la misma ternura que sentía por cualquier otra mujer jovencita como yo. 

- ¿Terminó bien el cumple? - reconoció - ¿La pasaste bien, al final? 
- Estaba triste, pero sí, la pasé lindo. Me pone nostálgica, como triste, cumplir años.  Es largo de explicar. 
- ¿Te pone triste cumplir años? - me miró, sorprendido -  ¿Qué me queda para mí, entonces? 
- Seguir cumpliéndolos, como todo el mundo, eso te queda ... - espeté - Lo mismo que a mí, aunque pudiendo elegir si querés hacer una fiesta o no...  
- Pero lo tuyo es diferente... 
- No quiero hablar de mi negatividad hacia mi cumpleaños y ser el centro y toda esa rosca... - lo corté, en seco - Solamente te digo que me alegré de verte, más que nada, porque me prometiste algo y cumpliste. Nada más que eso. Lo valoro, más allá de todo lo que estamos hablando hoy. 
- No tenés que agradecerme - sonrió - Te lo prometí y cumplí. Además, tenías cosas ricas. ¿Cómo no voy a ir a comerte todo? - nos reímos. 

Bajé la cabeza y aunque sentía su mirada en mi coronilla,  no me animé a levantar la vista. 

- ¿Por qué no te gustan tus cumpleaños? - me preguntó. 
- Antes me gustaban... - recuerdo haberle dicho - Pero, cuando pasaron los años, mucha gente que consideré parte de mi familia, me decepcionó. Y no te estoy hablando de gente pasajera, porque de esa ya lo espero todo, te hablo de mi padrino que siquiera me llamó para éste cumpleaños y yo me quedé esperando que viniera a verme, ya que es casi la única vez que me visita en todo el año, y nunca vino ni tampoco me saludó, por eso estaba triste - le confesé. 

Se quedó en silencio al verme más auténtica que nunca. 

- ¿Pero, hubo algún problema? 
- No, no pasó nada - le conté -  Sé que no es muy expresivo, y yo tampoco, pero a mi forma... Lo quiero. Y durante todo este año siempre me dije "bueno, vendrá para mi cumpleaños", sabiendo que yo hablaba con su novia y con la hija de ella y sentía que estaba manteniendo el contacto y le dejaba saludos - le expliqué - Pero no apareció ni me llamó. Hizo como si no existiera... - lo miré -  Creo que nunca se los dieron los saludos - sonreí, levemente, pero Él se puso serio. 

- No entiendo que pasó y hasta mi cumpleaños había tenido esperanzas... Pero cuando ví que pasaba la hora y no venía y no venía... - me encogí de hombros - Bueno, aposté por lo que estaba, que en definitiva, me recordó lo real. Cuando tocaron el timbre yo no pensé que fueras a venir, porque tengo que reconocer que no esperaba que te animaras, pensé que era mi padrino. 

Asintió, firme.

- Bueno, pero yo te avisé ya unos días antes que iba a ir.
- ¿Y vos te pensás que si faltaba parte de mi familia iba a esperar que vinieras?
- Sí, ya sé, claro...
- Por eso, te agradezco que hayas venido especialmente porque me puse un poco más contenta. Además te comiste todo lo que él se podría haber comido y conociste a mi familia, a mis perros y a mis amigos sin despreciar nada... - le dije, en broma, para distender el clima íntimo que se había generado de pronto, sin poderlo yo evitar. 

Se rió. 

- Yo no iba a ir - me confesó - Dí muchísimas vueltas antes, muchas vueltas.
- Por eso no acostumbro a esperar nada...
- Pero fuí.
- ¿Cómo fue que decidiste?

Meditó.

- Tenía la idea de llegar de la oficina, darme una dicha, cambiarme de ropa, pasar a comprarte un regalo que ví y me gustó y después ir.

Me reí.

- ¿Y qué pasó?
- Llegué de la oficina más tarde y dí vueltas. Pensé mucho y dije "listo, no voy".
- Qué trabajo todo, conmigo...
-  Cuando me cansé de dar vueltas me bañé y me puse cualquier cosa. Me junté a comer con mi viejo y con *** (su hermano) - esclareció.
- ¿Y cómo caíste en mi casa?
- Estábamos comiendo, me levanté de la mesa, agarré las llaves del auto y le dije a mi papá que me disculpara, que me iba, que después volvía.

Sonreí.

- Qué placer me da entender... Te juro.
- ¿No me odiás? ¿No te enojaste conmigo? 

Me extrañó la forma de llamar ese sentimiento que no era, ni por asomo, odio. 

- ¿Por qué tendría que enojarme? - lo miré - El amor es corresponderse. Y vos por la razón que sea no parece que me correspondas... - afronté -  Podía pasar esto, yo ya lo sabía de antes, que podía pasar.  

Me miró, seriamente. 

- Sí, ya sé, pero, es que no es...  - intentó decirme algo más pero se quedó tieso.  
- No te hagas cargo de todo. Vos no tenés obligación de corresponderme. Sos libre. 
- No, pero, esperá... - se afirmó - Te quiero pedir perdón.  Yo quise negar esto, no me quise dar cuenta a tiempo de lo que estaba pasando, pensando que lo podía negar, como hago con todo, pero con vos no... - me confesó, ligerito, sin dejar de mirarme.
- Pudiste
- No, no pude - suspiró, largando el aire contenido. 

Asentí con la cabeza como si dijera, a los gritos, <<la puta madre, esto yo ya lo sabía, no estoy loca>>. 

- ¿Tan fea soy que te querés escapar de mí? 

- No, Veinteava, por favor... - sacudió la cabeza - No me digas esas cosas.  Preguntale a cualquiera de los pibes, que tienen la misma edad que yo, a ver qué te dicen. 
- ¿Qué me van a decir? 
- Que... - se pasó una mano por la cara - Dios mío - me miró, descolocado - Vos a mí me estás poniendo muy nervioso, carajo, qué desastre - me dijo con algo de humor. 

Miré para mis costados y noté que las personas que antes habían hecho ruido al entrar, eran conocidas para nosotros, y nosotros, para ellos. En el momento, elegí no decirle nada, para no arruinar ni tensar más las cosas, haciéndome la sota. 

- *** - lo llamé, por un diminutivo de su nombre para que se relajara - ¿Tanto lío para decirme que vos me miraste con ganas? Sos hombre no un marciano. 
- Ya lo sé, Veinte, pero justo a vos... 
- Te lo digo porque quiero que le restemos moralidad a ésto, para dejar todo en claro... - nos reímos, ante la necesidad de términos inequívocos, aunque menos formales - Si lo que te pasa conmigo es calentura, me lo decís, brindamos y por lo menos sé qué te pasa por esa cabeza desde hace dos noches... - le expliqué. 

Negó con la cabeza. 

- No, no. 
- ¿No qué? 
- Que no, que no es que estoy caliente con vos. 
- Entonces soy fea - le seguí la corriente. 
- No, la puta madre, que no sos fea. ¿Me estás hablando en serio? - se mantuvo firme. 
- ¿Y entonces, cuál es el problema en decir que sí, siendo un hombre como sos, me echaste el ojo como un campeón?  
- Que yo no puedo, que esto es una locura ¿entendés? ¿Vos te das cuenta la edad que tengo? ¿Vos te paraste a pensar en eso? ¿Me viste a mi? Soy un tipo viejo, estoy hecho polvo. 

Hice un gesto de agradecimiento al cielo, intentando ser discreta. Me miró y sonrió. 

- Aleluya, gloria, aleluya - me reí - ¿Ése es el problema, entonces? 

Lo reconoció, casi con la cara descompuesta, entre la risa y el miedo. 

- ¿A vos no te parece raro, Veinte? 

Asentí con la cabeza. 

- ¿Y no te parece que está mal? ¿Que es una locura, no sé, que esto es raro? 
- No. De hecho, si con algo hubiera podido frenar lo que me pasa, yo no estaría acá. 

Sacudió la cabeza. 

- ¿Te puedo contar algo? 
- Sí. 
- ¿Sabés lo que me molesta de vos? 

Se tapó la boca con ambas manos y negó con la cabeza. 

- No saber qué significa la manera en que me mirás. Lo único que sé de tu mirada es que no es común y que no es la misma de agosto, cuando recién nos conocimos, sea lo que sea que pase entre nosotros - tomé aire - Te senté acá para saber, para traducir y ahora estoy intentando ponerle palabras, digamos, que sean más simples - abordé, de lleno, el punto más álgido del problema - Por eso si vos me decís que tenés ganas de acostarte conmigo y nada más, yo pongo una etiqueta mental que diga <<*** sólo se quiere acostar con vos>> ó << mirá que al otro día éste tipo no te llama >> - le dije, afronté el camino sin retorno y cuando mencioné el asunto sonreímos - Lo mismo si te pasa otra cosa al estilo de <<este tipo se quiere suicidar desde que te conoció, porque le estás cagando la vida, nena, a la noche ya ni de casualidad duerme. Cree que estás loca, que lo estás acosando, que lo vas a matar ni bien se duerma...  >> - bromeé - O la tercera, y la más dura de todas en cierta forma, que es la etiqueta de la lástima y la vergüenza. 

Me miró, extrañado, y la sonrisa que venía poniendo se le borró enseguida. 

- No, pero... 
- Seria la etiqueta del << a mí esta piba me da entre lástima y verguenza por todo lo que me dice, no sé cómo sacármela de encima y me quiero matar, porque yo ya estoy grande para sus pelotudeces>> - concluí - Y esa también es válida, como las otras dos, pero no es un chiste. 

Se me quedó mirando, sabiendo que otra vez, había vuelto a dar un revés la charla. 

- Es que yo no tengo lástima, ni nada de eso. ¿Lástima de qué? ¡No, por Dios! 
- Entonces lo que vos tenés es vergüenza... - musité y no me lo negó. 

Mastiqué esa pequeña revelación, por un instante.  

- ¿Yo te doy vergüenza? - le pregunté, seria. 
- No, vos no me das vergüenza. Soy yo el que se siente mal con esto. 
- ¿Qué estás haciendo de malo, acá, comiendo un picada conmigo, por ejemplo? - lo cuestioné - ¿Alguien me preguntó qué edad tengo para comer con vos o me ofreció el menú infantil? - bromeé. 

Me sonrió de una forma más dulce que jocosa. 

- Yo no te voy a convencer de nada. Grande sos para tener tus ideas propias, eso queda más que claro. La cosa es que no importa lo que digan los demás. 
- Tengo cuarenta y dos años - susurró. 
- Y yo tengo diecinueve - espeté. 
- Vos te das cuenta lo que eso quiere decir. A mi edad, es una locura - expresó. 

Por primera vez en toda la charla, el tono suyo, fue de una realidad angustiosa. Me dí cuenta por primera vez, además, que el asunto lo afectaba en serio, tanto como a mí, aunque no me lo demostrara tan seguido. 

- Y a la mía ni te digo... - me reí - Pero bueno, sí, seré un poco loca, entonces, si depende de mí. Te lo escribí y ahora, te lo digo personalmente: - A mí no me importa lo que diga la gente de nosotros y no porque no tenga noción sino porque lo veo y me parece que no debe importar. ¿Cuándo me siento mejor hablando con vos, por ejemplo, de lo que pasó en mi cumpleaños, ves algo de malo? 
- No, no, para nada... 
- Bien. Eso es bueno - resalté - ¿Y cuando vos te sentís inquieto como ahora o yo me sentía con ganas de decirte que estoy hasta las manos con vos, alguien de afuera vino a ofrecernos ayuda, a hacernos la vida más fácil, a darnos felicidad?  

Se me quedó mirando, fijamente, con muchísima intensidad. 

- Yo no ví a ninguna de todas esas personas que desde afuera tiran mierda, que me dicen que estoy re loca venir a darme una mano con todo esto que me pasa con vos para ver de qué se trata.  No ví venir a ningún careta que no tienen pelotas a decirme "Veinteava, lo importante es que seas feliz, en el fondo, eso es lo que importa". 

Otra vez, me miraba como si lo estuviera arrastrando por el suelo con mis palabras. 

- Como la gente que critica y juzga solamente es gente de porquería, que no es capaz de hacer nada realmente para vernos bien, que no se jugaría por nosotros como la gente que sí nos quiere y nos acepta. Si uno quiere estar medianamente satisfecho me dí cuenta que hay que hay que cagarse en lo que digan.  Cuando uno necesita una mano sincera, a veces te la da la persona que menos esperás, porque es la que más te quiere - concluí. 

- Tenés razón... 
- Pero vos no vas a cambiar de opinión ni porque yo tenga razón - advertí. 
- Yo pensé que esta charla iba a ser diferente, pero no dejo de sentirme un pelotudo con vos. ¿Te das cuenta, no? 
- ¿Está siendo mejor o peor? 
- Diferente. 
- ¿Esperabas llanto y mocos? ¿Drama de novela mexicana? ¿Culebrón latino? 

Se rió. 

- No, no, no - se tomó unos instantes - Vos a mí me ponés en un estado terrible y entre más hablamos, es peor. Cuando leí todo lo que me pusiste en esa carta tuya, casi me muero. ¿Sabés cuántas veces la leí, no? Leía y leía y pensaba <<no me puede estar diciendo esto, la puta que lo parió >> - me dijo. 
- Perdón - musité. 
- Estaba en la oficina hoy y no podía trabajar... - me relató - Tengo la cabeza destruida, pero me acordaba de la carta y... - suspiró, sacudiendo la cabeza. 

Me avergoncé. 

- ¿Tiene estilo literario, por lo menos? - me animé a decirle y me hizo un gesto, espantándome, mientras sonreía. 
- No seas boluda... 
- Hablando en serio... - suspiré - ¿ ***, de verdad no podés dormir? - me preocupé, por su estado. 
-  Estuve durmiendo muy poco estos últimos días, desde que me escribiste hasta ahora. Intenté dormir, cuando llegué de trabajar, a la noche, acostarme temprano, de cualquier forma, pero fue muy poco. Estoy fusilado, hoy. No me da más el cuerpo.

Me lo quedé mirando, fijamente, indecisa. En ese estado que estaba atravesando, entendí que lo suyo no podía ser una simple y laxa calentura, pero me negué a afirmar, y de hecho, no lo confirmé nunca, si podía ser compatible con el amor. 

- ¿Tan terrible es para vos que yo te diga que me gustás? 
- Es que sos re joven, vos. 
- Pero soy mujer, no una marciana - me reí - Y soy una piba joven, sí, que no se guía por lo físico, que valora otras cosas en la gente y que toda su vida se sintió cómoda con otra clase de personas. Oh casualidad que, esa misma piba, un día, conoció a un tipo un poco más grande, que le gustó, que le pareció inteligente, ocurrente y especialmente buen tipo, y se lo dijo - me encogí de hombros. 

Tomó cerveza y me miró. Esa mirada me gustó mucho más que las anteriores porque parecía menos atormentada, al menos, por un instante breve. 

- Estoy segura que alguna vez, a lo largo de tu vida, te habrán sentado o se te habrán declarado, no sé - simplifiqué - Esto no tiene que ser diferente a esas cuantas minas que habrás rebotado a lo largo de tu vida. Una más en la lista. Sin tanto drama. 

Negó con la cabeza. 

- Vos no te das cuenta... - fue lo único que me dijo - Yo me estoy volviendo loco. Pienso en absolutamente todo, por eso no puedo dormir ni trabajar. ¿Sabés la cantidad de prejuicios que yo tengo, especialmente, respecto a éste tema? - me dijo, siendo sincero - Siempre tuve prejucios con la edad, toda la vida los tuve y mirá lo que me está pasando... 

- Te los tenés que meter allá, allá, a lo profundo - me reí. 
- Es que yo no puedo con ellos, ése es el problema. 

Lo acepté, en silencio, con un asentimiento firme de cabeza. 

- No te das una idea la cantidad de mujeres que dejé pagando en estos años. Me escapé, después de pasar tantas cosas feas, me escapaba de ellas. Salía un par de veces, la pasaba bien y después - me hizo un gesto de despedida - Me escapaba sin dar explicaciones de nada. 

Enarqué una ceja ante su confesión. 

- La hacías muy fácil, claro, elementos descatables... - mofé - ¿Cómo no te vas a querer matar si yo me declaro y te escribo una carta y nos juntamos a hablar de esto, si vos descartás a todas? - me reí. 

- Yo no me quiero matar, nada más me estoy volviendo loco porque antes me quise escapar, me quise seguir haciendo el boludo y me doy cuenta que no puedo. 
- Porque todavía te quedan escrúpulos ¿no? 

Negó con la cabeza 

- No, porque yo no puedo hacer lo mismo con vos, con vos no... - reconoció -  Yo te conozco a vos, sé la persona que sos, sé los valores que tenés, sé lo tímida que sos, sé lo valiente que fuiste cuando me dijiste todo esto. ¿Querés saber si te veo? Sí, obviamente, me vuelvo loco.  Te veo, Veinte, claro que te veo, no soy ciego ni boludo, claro que te veo. Preguntale a cualquiera de los nuestros si yo no te veo... - tomó aire -  Lo que pasa con esto es que por primera vez en mi vida, me estoy haciendo cargo y no me estoy escapando. 
- ¿Si no fuera yo, qué hubiera pasado? 
- Es obvio. 
- ¿Y después? 
- ¿Qué? 
- ¿Te hubieras escapado, no? 
- Sí. 
- ¿Sí qué, ***? - pinché. 
- Sí, yo me hubiera escapado. 

Asentí. 

- Hemos cantado bingo... - le dije, con ironía. 

- Pero esto es otra cosa - me aclaró - Con vos yo no puedo escaparme. 
- Ni siquiera aunque quieras... 
- Esto es diferente a lo que podría pasar con las otras...  - fue lo último que me dijo. 

Me lo quedé mirando, un largo instante, en silencio. 
Bajé la cabeza para seguir procesando la información. 

- Gracias, de todos modos - murmuré, cuando consideré que había salido del impacto. 
- ¿Por qué? 
- Por intentar hacer algo distinto conmigo. Y por ser realmente sincero, ahora, a diferencia de cuando empezamos a hablar - sonreímos.  
- ¿Qué pasa que tenés esa cara? 
- No me imaginé que fueras un tipo tan cómodo de elegir el camino fácil, siempre, dejando a la gente así. 

Mofó. 

- No es el camino fácil, te lo garantizo. No quisieras saber cómo se vive escapando de las cosas todo el tiempo - afrontó - Por eso me pareció re valiente pero muy valiente todo lo que hiciste y lo que me dijiste. 
- Y ahora resulta que nunca falta la pendeja  que viene y te pone en órbita... - lo burlé - Como tampoco falta el tipo que viene... y bueno, viste, viene, viene, hasta que llegó y cagamos - le dije, riéndome. 

Él también se rió. 

Y yo que, supuse, ahí terminaba la historia, que ese era el final.