Comentaba hace unas semanas después del bolo de The
Jayhawks a un lector del blog, Alberto de Mieres, lo poco que me estimulaban e inspiraban
las novedades actuales. Llegamos a la conclusión de que se hacen buenos discos
pero que pronto los arrinconas a un lado para dar paso a otros. Hoy todo es intrascendente
y sabes perfectamente que nada importante va a cambiar el curso de la música. Hablábamos
también de que siempre acabábamos volviendo a los viejos clásicos de toda la
vida, discos que hacen parte de tu ser y que llevas en las entrañas. En su caso
tiraba mucho del soul y los grandes del género, en el mío de los grandes del
negocio que hicieron del rock’n’roll algo que llevamos con mucho orgullo.
Uno de esos que siempre tendré como referencia y al cual
nunca me cansaré de escuchar es por supuesto el gran maestro Chuck Berry. Si
queremos algo básico, auténtico, esencial, original, que salga de las raíces,
allí está en todo lo alto Mr. Berry.
Nunca podremos obviar ni despreciar lo que este hombre nos ha
proporcionado en su dilatada carrera. Su patrimonio musical es incalculable e
inalcanzable para cualquier mortal. Es más, me atrevería a decir que ningún
músico actual tiene tantos clásicos en su nómina como los que firmó este
fenómeno. Quizás la dupla Jagger/Richards y McCartney, pocos nombres más se me
ocurren.
Por eso cuando recupero su material 50’s todo vuelve a
encajar y recobrar sentido. ¡Madre del amor hermoso! Todas esas canciones que
hacen parte de ese trozo de la historia es canela en rama. “After school
sesión” (1957), “One dozen berrys” (1958) o este que nos ocupa hoy, “Berry is
on top” (1959), son obras que deberían figurar en cualquier colección que se
precie e incluso impartirlas en las escuelas para que nuestros “enfants” sepan
de qué va esto.
“Carol”, “Maybelline”, “Sweet rock’n’roller”, “Little
Quennie”, “Jo Jo Gunn”, “Johnny B.Goode”, “Around and around”, “Roll over
Beethoven”…paro y no sigo porque el nivel es de escándalo. Clásico tras clásico
y el tipo se queda tan ancho. Ante semejante ristra de clásicos sólo te queda
venerar a este hombre para el resto de tu vida y darle un millón de gracias por
tanta placer auditivo.