
Quedan muy pocos días para que desembarque en nuestro país la gira tan esperada de Roger Waters presentando este mítico doble álbum llamado “The Wall” y nada mejor que volver a pincharlo estos días para entrar en faena y preparase ante lo que nos espera el próximo 25 de marzo.
Desde que saqué mis entradas hace un buen puñado de meses no quise saber nada de lo que nos vamos a encontrar. Ya sé que circulan por la web infinidad de vídeos colgados de las diferentes canciones que tocan en el show pero en ningún momento he sucumbido a la tentación de visualizar alguno para mantener el efecto sorpresa y que el propio espectáculo audio-visual me sorprenda sin haber visto nada antes.
Lo que sí me he metido en vena ha sido este doble disco que tenía bastante olvidado en la estantería. Quizás llevaba un par de años sin ponerlo en el reproductor. No es precisamente un trabajo para escuchar a diario o que haga parte asidua de mi vida. Escuchar un artefacto de este calibre requiere su momento con un estado de ánimo apropiado. No es nada fácil meterse este disco de un tirón y salir tan airoso como si nada te fuera en ello. Muchos de sus temas son altamente depresivos y te pueden hundir el día muy fácilmente. No cabe duda que tener el concierto a la vuelta de la esquina me ha ayudado a volver a desempolvarlo porque escuchar una obra tan compleja, retorcida, demente y grandilocuente como “The Wall”, es toda una experiencia singular e incomparable y que puede dañar seriamente tu cerebro.
No me voy a poner a analizar punto por punto las impresiones que me producen cada uno de los temas que se esconden en este doble álbum, porque cada cual tendrá sus propias sensaciones ante una obra tan ambiciosa, rica en matices y con unas atmosferas musicales tan peculiares. Es un disco conceptual que es un mundo en sí mismo y que tienes que escuchar con los cincos sentidos.
A pesar de ser un disco muy enrevesado, no negaré que he vuelto a disfrutar con canciones como las iniciales “In the flesh?” o “The twin ice”, que ya te dejan tocado desde el principio con Waters llevándote irremediablemente a sus infiernos personales; las tres partes de “Another brick in the Wall”; las inquietantes atmósferas que me producen “Don’t leave me now”, “Is there anybody out there?” o “Empty spaces”; los magníficos arreglos en “Nobody home”, “Mother”, y tantas otras que pueblan esta obra irrepetible que pronto tendré el gustazo de poder oír en manos de su creador. Otra de las genialidades de “The Wall” es el trabajo de guitarras de Gilmour, que está sobresaliente recreando un sonido inconfundible y dejando su sello para la historia con solos de guitarra de una belleza extrema en la espeluznante “Comfortably numb”, que te lleva inevitablemente al séptimo cielo o la profunda “Hey you”, por poner un par de ejemplos.
Con los nervios a flor de piel, ya no queda nada para ver semejante evento.
¡18 días y bajando!