Hacía tiempo que me rondaba la idea de hablar de
Copperhead pero, por el motivo que fuera, nunca encontraba el día para hacerlo. Hoy,
mientras los volvía a escuchar, pensé que era la ocasión perfecta para saldar esa
cuenta. Al nombrar esta banda es
inevitable referirse al líder del combo como fue John Cipollina, todo un
maestro de la guitarra que desgraciadamente nunca tuvo un reconocimiento como
se merecía. Un tipo poseedor de un enorme talento que tenía la virtud de tocar las notas justas, dotadas una gran sensibilidad.
La breve historia de Copperhead se resume en este álbum
que nos ocupa hoy. Las ventas fueron tan nulas que Capitol Records ni tan
siquiera les publicó su segunda entrega. Una auténtica lástima porque este
primer L.P. rebosa de calidad y es digno de ser alabado por cualquiera que le
guste el rock hecho con actitud, oficio y gusto. Cipollina, en aquellos años, tenía ganas de crear una nueva banda después de su ruptura con Quicksilver
Messenger Service y se rodeó de excelentes músicos para parir una obra que sigue
sonando maravillosamente bien cuatro décadas más tarde.
Recomendado en su día por el Popu, recuerdo que las
primeras escuchas de este disco no me sedujeron mucho. Me costó bastante
adentrarme en la música de esta banda con claro sonido llegado de San Fransisco pero a la vez intuía que le tenía que
dar más cera para saborear mucho mejor todos los matices que escondía. La cosa
empezó poco a poco a fascinarme con joyitas como “Pawnshop man”, “Roller
Derby star”, “Spin-spin” o la maravillosa “A Little hand”, y así sucesivamente
para caer rendido a las nueve canciones que componen este tesoro totalmente
eclipsado en su día por el resto de discazos que se publicaron en aquel año. Os
puedo asegurar que, desde entonces, es raro que no lo pinche de tanto en cuánto.