Es tan apabullante la de artículos que se están vertiendo estos días sobre Gabriel García Márquez. Vaya por delante: yo he leído la mitad de Cien años de soledad (suelo cansarme con las novelas, y muchas las abandono, por más que me dejen sin palabras, como es este el caso), entera Noticia de un secuestro, y entera Crónica de una muerte anunciada, que era obligatoria en COU.
Pero a este señor lo conservaré siempre en mi corazón por tres libros que he tenido la suerte de recomendar en mis cursos de guión, los cuales me descubrió mi amiga Montse Pedrós, y que son Biblia absoluta para el que sienta fascinación por lo que significa contar, o escuchar, o leer, una buena historia. Cómo se cuenta un cuento, La bendita manía de contar, y por encima de todos, Me alquilo para soñar, son imprescindibles, básicos en mi vida. Libros sobre la pasión de crear, la efervescencia de las ideas en grupo; como una idea, y otra, y otra, van conformando una historia. Guionistas, aspirantes, cuenta cuentos, estos libros valen más que un jodido master. En un master os van a cobrar pastones por algo que García Márquez y un grupo de jóvenes alumnos os enseñan en vivo y en directo. Contar historias es apasionarse, es arriesgarse, lanzar los dados, meterse en berenjenales ¡es maravilloso!
Los valores del trabajo en grupo (no os aisléis escritores, trabajad con gente, escuchad, contrastad ¡reíros!), la maravillosa construcción, sencilla ¡transparente, viva! de una historia. Leyendo estos libros todo me parece tan lógico y bonito. Para mi, ellos son Gabriel García Márquez.
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lunes, abril 21, 2014
jueves, diciembre 18, 2008
GUIONISTAS
Hay oficios que llevas como a escondidas. A nadie le cuesta decir que es abogado, pero a muchos guionistas nos cuesta horrores reconocernos como tales, y responder a la pregunta ¿Y tú que eres? con un claro y rotundo "soy guionista". Luchamos en primer lugar contra nosotros mismos, contra la sombra de la duda sobre nuestra propia capacidad. El guionista teme estar engañando al mundo, el guionista cree que no tiene nada qué decir, y que está viviendo en una fantasía inútil, que algún día un detective bielorruso surgido de la guerra fría descubrirá la tapadera de su falso talento, y que tendría que ser de una vez el médico o el camarero que siempre debería haber sido. Los guionistas lo tenemos fatal laboralmente, pero no hay peor crisis que la que nos montamos nosotros mismos. Nos fabricamos unos pollos de aúpa, y nuestras mesas están erosionadas por los golpes que nos damos con la cabeza. Si facturaramos cada golpe, cada bostezo, cada gesto de rabia contenida, seríamos ricos (y entonces seguro que no escribiríamos una línea más). El guionista también es como un pollito que necesita buscar un nido con más pollitos de su especie, y compartir penas y risas, hablar con alguien que lo entienda, sentirse mimado. Porque si no nos mimamos los unos a los otros, quién lo va a hacer. Los guionistas estamos hambrientos de vida, valoramos el darnos cuenta del amor, del odio, de que la Tierra gira sobre si misma y alrededor del sol. Cuando tenemos la mente clara, confiamos en nostros mismos y nos damos cuenta del mundo, entonces trabajamos y somos felices.
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