Sigur Rós juegan tan a sota-caballo-rey que un concierto suyo puede parecer ya demasiado perfecto, demasiado lo que esperas de Sigur Rós. En el anexo al Sant Jordi -una sala cómoda pero que no me convence, es demasiado fría y sobretodo da una sensación de longitud y estrechez que no favorece mucho a la cercanía con el artista- se cumplieron todas las expectativas, de hecho, siempre se cumplen. Había alguna novedad, esta vez los islandeses prescindieran de su sección de cuerda y percusión habitual, algo que yo deseaba para poder gozar de una vez del grupo a pelo, y otra novedad fue que el líder Jónsi está empezando a creerse, a su manera claro, su éxito, y dejó entrever ciertos intentos de convertir el concierto en una ceremonia arena rock para modernillos; nada serio, claro, Paul Stanley es más arena rock en la ducha que Jónsi en el Madison Square Garden, pero aún así, el hecho de que el vocalista animara al público a seguirle en los coros o a cantar me hace pensar que algún pequeño resorte está cambiando en la rutina de esta banda. Ahora llenan por donde pisan, arrasan, y los rockdeluxianos seguidores de la banda les siguen y aplauden sin titubear, su sonido ya ha sido plenamente asimilado por la masa, por eso el factor sorpresa se pierde. Hay algo que debe cambiar en esta banda, en directo y en estudio, sino quieren convertirse en la versión arte y ensayo V.O.S.E de Coldplay. El concierto fue perfecto desde luego, musicalmente están tan engrasados y se lo toman tan en serio que nada falla, pero a veces preferiría que llevaran una copa de más, que se salieran por un desvío desconocido, que les dieran morcilla a toda la comunidad de boquiabiertos fans, y a tantos posers y erasmus que acudieron al concierto, muchos de ellos capullos que se dedican a grabar religiosamente con el móvil cualquier cambio de luz en el escenario, cuando la verdad es que los montajes que lleva la banda cumplen y punto, y otros que simplemente charlan en la pista, y de vez en cuando, como para hacer un favor al mundo, miran el escenario y cierran los ojos para hacer ver que flotan diez segundos y luego seguir con la conversación de barra de bar. Sigur Rós nacieron como una anomalía sin comparación posible, y eso les hizo grandes, ahora necesitan, repito, salirse del camino fácil en el que se han metido, el fantasma de Coldplay les acecha. Un comentario con respecto a los teloneros, unos islandeses que demuestran que la etiqueta post-rock es otra farsa más para revestir de cool un género donde todo el pescado está vendido: desarrollos hipnóticos combinados con estallidos de electricidad y distorsión que suben, suben, suben... sin llegar a ningún sitio. Música vacía.
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domingo, noviembre 16, 2008
SIGUR RÓS (13-XI-08, SANT JORDI CLUB)
Sigur Rós juegan tan a sota-caballo-rey que un concierto suyo puede parecer ya demasiado perfecto, demasiado lo que esperas de Sigur Rós. En el anexo al Sant Jordi -una sala cómoda pero que no me convence, es demasiado fría y sobretodo da una sensación de longitud y estrechez que no favorece mucho a la cercanía con el artista- se cumplieron todas las expectativas, de hecho, siempre se cumplen. Había alguna novedad, esta vez los islandeses prescindieran de su sección de cuerda y percusión habitual, algo que yo deseaba para poder gozar de una vez del grupo a pelo, y otra novedad fue que el líder Jónsi está empezando a creerse, a su manera claro, su éxito, y dejó entrever ciertos intentos de convertir el concierto en una ceremonia arena rock para modernillos; nada serio, claro, Paul Stanley es más arena rock en la ducha que Jónsi en el Madison Square Garden, pero aún así, el hecho de que el vocalista animara al público a seguirle en los coros o a cantar me hace pensar que algún pequeño resorte está cambiando en la rutina de esta banda. Ahora llenan por donde pisan, arrasan, y los rockdeluxianos seguidores de la banda les siguen y aplauden sin titubear, su sonido ya ha sido plenamente asimilado por la masa, por eso el factor sorpresa se pierde. Hay algo que debe cambiar en esta banda, en directo y en estudio, sino quieren convertirse en la versión arte y ensayo V.O.S.E de Coldplay. El concierto fue perfecto desde luego, musicalmente están tan engrasados y se lo toman tan en serio que nada falla, pero a veces preferiría que llevaran una copa de más, que se salieran por un desvío desconocido, que les dieran morcilla a toda la comunidad de boquiabiertos fans, y a tantos posers y erasmus que acudieron al concierto, muchos de ellos capullos que se dedican a grabar religiosamente con el móvil cualquier cambio de luz en el escenario, cuando la verdad es que los montajes que lleva la banda cumplen y punto, y otros que simplemente charlan en la pista, y de vez en cuando, como para hacer un favor al mundo, miran el escenario y cierran los ojos para hacer ver que flotan diez segundos y luego seguir con la conversación de barra de bar. Sigur Rós nacieron como una anomalía sin comparación posible, y eso les hizo grandes, ahora necesitan, repito, salirse del camino fácil en el que se han metido, el fantasma de Coldplay les acecha. Un comentario con respecto a los teloneros, unos islandeses que demuestran que la etiqueta post-rock es otra farsa más para revestir de cool un género donde todo el pescado está vendido: desarrollos hipnóticos combinados con estallidos de electricidad y distorsión que suben, suben, suben... sin llegar a ningún sitio. Música vacía.
miércoles, julio 16, 2008
SIGUR RÓS (Jardins del Boboli, Florència, 11-VII-08)
Dubto que Sigur Rós facin mai un mal concert. Els islandesos actuen com una roda imparable de calculadíssims efectes, perfectes en l'execució, intensos en el resultat, amb una visió del que ha de ser el directe clara i invariable; no deceven mai, i per si de cas, el dia que fallin, els seus cada cop més nombrosos (i integristes) seguidors no voldran notar el canvi per no desfer un centímetre de l'intim cosit màgic que han format amb el grup.
I si a sobre escullen entorns tan meravellosos com els jardins del Boboli a Florència, llavors l'orgasme icelander està garantit. La nit era plàcida, la cervesa freda, i rodejats de gegantins pollancres els quatre membres del grup, més el recolzament habitual d'una secció de corda i una felliniana secció de vent van desplegar la seva rutina amb generositat. Rutina pel que deia abans, el show està a aquestes alçades tramat com una pintura de Mondrian, i no hi ha lloc per sorpreses que s'allunyn del guió, i generositat perquè el concert va ser llarg i intens, molt intens. Hi ha la intensitat dels moments sigurosians amb crescendos inacavables, bateria, baixista mirant de tocar el cel i el cantant abusant de la seva guitarra a llesques d'arc de violí, pell de gallina; i intensitat rara i particular, i aquí és on neix l'originalitat marciana d'aquest grup, i el seu principal actiu, per exemple, quan tots quatre manipulen els seus xil-lofons i estris de percussió a un costat de l'escenari, com si més enllà el món s'enfonsés i ells ni cas, o els passatges on la veu de Jónsi (un Thom Yorke abandonat en algun petit planeta dels d'Antoine Saint-Exupéry) s' estira, puja i baixa, i on l'economia musical del grup es posa de manifest a favor d'un context més espaial de les cançons. Tot plegat una visió de dins a fora del seu país i de l' estat d'ànim que deu significar ser islandés. Prenc nota, per acabar, del joc sonor que ofereix la secció de vent, que fa de la música del grup quelcom més vodevilesc (si es que hi ha vodevils al planeta on ells habiten) i surreal, que pot enriquir les seves futures obres. Fue una noche bonita ¿Verdad?
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