Ésos son algunos de los hechos. ¿Cuáles son ahora las posibilidades? Una es que la clase capitalista no espere a que nosotros obtengamos la mayoría en las urnas, sino que precipite el combate a partir de falsos dilemas, mientras la masa trabajadora permanece indecisa respecto al conflicto entre capitalismo y socialismo. Otra posibilidad es que, aun cuando la clase capitalista fuera bastante respetuosa con las leyes o hubiera analizado erróneamente la opinión pública, se negara a dejar sus cargos o a reconocer los resultados de las elecciones y, con el Senado y el ejército en sus manos, procediera tranquilamente a colocar a los candidatos a la presidencia, etc. que hubieran obtenido el mayor número de votos del electorado capitalista. En lo tocante a la primera posibilidad, la cuestión de si la clase capitalista puede evitar un triunfo socialista en las urnas ya está aquí y espero poderla ver materializada en algún momento, serena, pero efectivamente. Es decir, hemos visto a menudo a la clase capitalista recurrir a la ayuda del Tribunal Supremo para ahorrarle la más nimia molestia mediante la declaración de inconstitucionalidad de algunas de las llamadas leyes obreras u otra legislación. De modo que no veo ninguna razón para que ahora no pueda recurrir al mismo Tribunal Supremo para declarar inconstitucionales las victorias electorales de un partido socialista. Algunos pueden considerar eso inverosímil. Yo no lo considero tan inverosímil como el fallo por el que se aplicaban las leyes antimonopolísticas sólo a los sindicatos o se utilizaban las leyes de comercio interestatal para evitar huelgas en los ferrocarriles. Considero que, si la clase capitalista recurriera al Tribunal Supremo y le planteara si un partido político que pretende derogar la Constitución de los Estados Unidos puede actuar legalmente con ese objetivo dentro de la Constitución de los Estados Unidos, la respuesta negativa que ese tribunal daría sin vacilar no sólo sería completamente lógica, sino que, muy probablemente, satisfaría a todo pensador superficial y a todo devoto fanático de los ancestros del país. Y, si se diera esa eventualidad y, como dice Berger, las urnas cayeran en nuestras manos, sería demasiado tarde para plantearnos la cuestión que nos plantea ahora nuestro compañero y preguntar a nuestros amigos y seguidores: ¿qué vais a hacer? Pero incluso admitiendo, es más, alegando todo esto en beneficio de la pertinencia de la pregunta de nuestro compañero, de ahí no se sigue que apoye o recomiende su alternativa. El fusil es, por supuesto, un arma útil en determinadas circunstancias, pero es poco probable que esas circunstancias se den. Ésta es una época de compleja maquinaria en la industria de guerra y, comparado con las ametralladoras y la artillería, que matan a una distancia de siete millas, es improbable que los fusiles sean un material de gran valor para contribuir a resolver la cuestión obrera de manera proletaria. Haría bien el compañero Berger en leer un poco sobre las conquistas de su compatriota Count Zeppelin sobre el dominio del aire y pensar sobre la inutilidad de oponerse a un poder como el zepelín, incluso con una clase obrera armada. Los estadounidenses han estado tan entusiasmados con los éxitos de los hermanos Wright que se ha prestado insuficiente atención al desarrollo del globo Zeppelin. Sin embargo, sus manos han desarrollado la más perfecta y formidable máquina de combate jamás soñada. Las palabras globo dirigible parecen escasamente aplicables a su creación. Es un globo y más. Es un barco flotante, dividido en gran número de compartimentos separados, de modo que la perforación de uno, incluso por obús, deja intactos al resto y la máquina sigue flotando. Sólo el fuego puede amenazarlo con la destrucción inmediata. Puede llevar 17 toneladas y ser guiado a voluntad con ese peso a bordo, realizar todo tipo de maniobras, subir o bajar, viajar rápido o permanecer estacionario. Ya ha sido equipado con un arma Krupp de fuego rápido y con bombas para su especial uso y, en las pruebas del ejército alemán, se ha mostrado capaz de mantener un fuego rápido y sostenido sin interferir en su capacidad de flotación y de maniobra. Ningún ejército de la Tierra, ni siquiera el de hombres mejor entrenados y más disciplinados, podría resistir un ataque de diez de estos monstruos durante varios minutos. Es más que probable que, en un armisticio, el desarrollo de esas máquinas redundara en la conquista militar por parte de la clase capitalista internacional, la consolidación de la máquina volante a la fría tarea de mantener bajo control a la clase obrera y el aseguramiento y aprovechamiento de toda suerte de ataques a los derechos sociales y políticos. Para hacer frente a un arma como ésa en manos de nuestros patrones despiadados y sin escrúpulos, el arma del camarada Victor Berger es tan ineficaz como una papeleta electoral en las manos de un reformista.
antikapitalismoa-autogestioa-oroimena-komunismoa-herrigintza-duintasuna-formakuntza-asanblada-autodeterminazioa-parekidetasuna-borroka-elkartasuna-okupazioa-eztabaida-sozialismoa-lurralde batasuna-antinperialismoa-autonomia-iraultza-euskara-amnistía-internazionalismoa-langileria-kultura-erresistentziak.... KONTAKTUA: izartubuletina@gmail.com
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2016/06/07
¿VOTOS, BALAS O...? por James Conolly
Ésos son algunos de los hechos. ¿Cuáles son ahora las posibilidades? Una es que la clase capitalista no espere a que nosotros obtengamos la mayoría en las urnas, sino que precipite el combate a partir de falsos dilemas, mientras la masa trabajadora permanece indecisa respecto al conflicto entre capitalismo y socialismo. Otra posibilidad es que, aun cuando la clase capitalista fuera bastante respetuosa con las leyes o hubiera analizado erróneamente la opinión pública, se negara a dejar sus cargos o a reconocer los resultados de las elecciones y, con el Senado y el ejército en sus manos, procediera tranquilamente a colocar a los candidatos a la presidencia, etc. que hubieran obtenido el mayor número de votos del electorado capitalista. En lo tocante a la primera posibilidad, la cuestión de si la clase capitalista puede evitar un triunfo socialista en las urnas ya está aquí y espero poderla ver materializada en algún momento, serena, pero efectivamente. Es decir, hemos visto a menudo a la clase capitalista recurrir a la ayuda del Tribunal Supremo para ahorrarle la más nimia molestia mediante la declaración de inconstitucionalidad de algunas de las llamadas leyes obreras u otra legislación. De modo que no veo ninguna razón para que ahora no pueda recurrir al mismo Tribunal Supremo para declarar inconstitucionales las victorias electorales de un partido socialista. Algunos pueden considerar eso inverosímil. Yo no lo considero tan inverosímil como el fallo por el que se aplicaban las leyes antimonopolísticas sólo a los sindicatos o se utilizaban las leyes de comercio interestatal para evitar huelgas en los ferrocarriles. Considero que, si la clase capitalista recurriera al Tribunal Supremo y le planteara si un partido político que pretende derogar la Constitución de los Estados Unidos puede actuar legalmente con ese objetivo dentro de la Constitución de los Estados Unidos, la respuesta negativa que ese tribunal daría sin vacilar no sólo sería completamente lógica, sino que, muy probablemente, satisfaría a todo pensador superficial y a todo devoto fanático de los ancestros del país. Y, si se diera esa eventualidad y, como dice Berger, las urnas cayeran en nuestras manos, sería demasiado tarde para plantearnos la cuestión que nos plantea ahora nuestro compañero y preguntar a nuestros amigos y seguidores: ¿qué vais a hacer? Pero incluso admitiendo, es más, alegando todo esto en beneficio de la pertinencia de la pregunta de nuestro compañero, de ahí no se sigue que apoye o recomiende su alternativa. El fusil es, por supuesto, un arma útil en determinadas circunstancias, pero es poco probable que esas circunstancias se den. Ésta es una época de compleja maquinaria en la industria de guerra y, comparado con las ametralladoras y la artillería, que matan a una distancia de siete millas, es improbable que los fusiles sean un material de gran valor para contribuir a resolver la cuestión obrera de manera proletaria. Haría bien el compañero Berger en leer un poco sobre las conquistas de su compatriota Count Zeppelin sobre el dominio del aire y pensar sobre la inutilidad de oponerse a un poder como el zepelín, incluso con una clase obrera armada. Los estadounidenses han estado tan entusiasmados con los éxitos de los hermanos Wright que se ha prestado insuficiente atención al desarrollo del globo Zeppelin. Sin embargo, sus manos han desarrollado la más perfecta y formidable máquina de combate jamás soñada. Las palabras globo dirigible parecen escasamente aplicables a su creación. Es un globo y más. Es un barco flotante, dividido en gran número de compartimentos separados, de modo que la perforación de uno, incluso por obús, deja intactos al resto y la máquina sigue flotando. Sólo el fuego puede amenazarlo con la destrucción inmediata. Puede llevar 17 toneladas y ser guiado a voluntad con ese peso a bordo, realizar todo tipo de maniobras, subir o bajar, viajar rápido o permanecer estacionario. Ya ha sido equipado con un arma Krupp de fuego rápido y con bombas para su especial uso y, en las pruebas del ejército alemán, se ha mostrado capaz de mantener un fuego rápido y sostenido sin interferir en su capacidad de flotación y de maniobra. Ningún ejército de la Tierra, ni siquiera el de hombres mejor entrenados y más disciplinados, podría resistir un ataque de diez de estos monstruos durante varios minutos. Es más que probable que, en un armisticio, el desarrollo de esas máquinas redundara en la conquista militar por parte de la clase capitalista internacional, la consolidación de la máquina volante a la fría tarea de mantener bajo control a la clase obrera y el aseguramiento y aprovechamiento de toda suerte de ataques a los derechos sociales y políticos. Para hacer frente a un arma como ésa en manos de nuestros patrones despiadados y sin escrúpulos, el arma del camarada Victor Berger es tan ineficaz como una papeleta electoral en las manos de un reformista.
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