"...las revoluciones son procesos de transformaciones
en el tiempo, por mucho que algunos insistan en presentarlas como actos
heroicos en los que de un día para otro todo cambia. Creer que decretar
la nacionalización de la banca o de las grandes empresas va a hacer
desaparecer de la noche a la mañana unas relaciones sociales de
producción y una visión del mundo basadas en la desigualdad, la
explotación y la opresión es no haber aprendido nada de la experiencia
histórica."
“De Vietnam a Nicaragua, de El Salvador a Palestina, del Sáhara a Sudáfrica, a lo largo de toda la superficie del globo, las banderas cuelgan a media asta en cariñosa memoria de este gigante de la justicia que llegó a convertirse en un ciudadano del mundo, un hermano y un camarada de todos los oprimidos”,
Oliver Tambo, presidente del Congreso Nacional Africano, 1986.
“Al fin Suecia ha vuelto a lo que tenía que ser, un país pequeño que no tiene por qué andar metiéndose en los líos de los grandes”.
Declaraciones de un asesor de Ronald Reagan tras el asesinato de Olof Palme recogidas en el libro “¿Pero quién mató a Olof Plame?” de Ramón Miratvillas.
”Es inexplicable que la policía sueca nunca haya investigado a fondo las pistas que apuntan a una conspiración política.”
Gunner Wall, autor del libro “Konspiration Olof Palme”.
El pasado mes de febrero se cumplió el 30 aniversario del asesinato del primer ministro socialdemócrata sueco Olof Palme. Más allá de las fronteras de Suecia, el 30 aniversario del asesinato de Palme no ha suscitado demasiado interés, algo que sorprende por diversos motivos, dada la talla y la importancia internacional del dirigente sueco o el tremendo impacto que tuvo su asesinato, un caso aún no resuelto y que seguramente nunca se resolverá.
Recopilar todas las teorías que se han lanzado en estos 30 años sobre el asesinato de Olof Palme daría prácticamente para escribir una obra en varios volumenes, y no exageramos. Si descartamos las más inverosímiles, como aquellas que apuntaban al PKK kurdo, a la RAF alemana, a Lisbeth –esposa de Palme-, a las presuntas adicciones del primer ministro, o hasta a la posibilidad de que Palme hubiera sido nada más y nada menos que un agente doble soviético, aun nos quedarían múltiples variantes sobre qué sucedió aquella fría noche del 28 de febrero de 1986 en Estocolmo, por qué y quién o quiénes estuvieron detrás realmente. Hasta el autor de la conocida trilogía de “Millenieum”, Stieg Larsson, ha intervenido en el asunto, hace 2 años, en febrero de 2014 aportó a la policía sueca 15 cajas con documentación que supuestamente reforzaban la autoría del régimen sudafricano del apartheid en connivencia con elementos de la policía y la ultraderecha sueca.
Pero más allá de las circunstancias del crimen y de quién o quiénes estuvieron detrás, un tema sin duda apasionante y que no debería perder actualidad, 30 años después da la sensación de que con el asesinato de Palme se quería liquidar no solamente a una persona molesta –muy molesta cabría añadir- para el imperialismo norteamericano y sus aliados en los 80 del siglo pasado, sino algo más: un modo de vida, de entender la economía, la política y la sociedad. Seguramente no fuera esa la intención que se perseguía con el asesinato de Palme, pero el hecho es que su asesinato coincidió con el claro declive de la socialdemocracia europea, como modelo de un capitalismo industrial desarrollista sensible con las necesidades de la población trabajadora, y el ascenso de las políticas neoliberales. De la socialdemocracia se pasaría social-liberalismo. Ya desde los 70 con el último gobierno laborista británico, y a principios de los 80 con la llegada al poder de Miterrand en Francia, la socialdemocracia europea ya había abandonado el viejo modelo keynesianista, la crisis capitalista jugó a favor del modelo neoliberal, presentado como más eficiente y, sobre todo, como más garantista de los beneficios del gran capital. Las victorias electorales socialdemócratas en el Sur de Europa a principios de los 80, primero en Grecia, y después en el Estado español, dieron poco de si ya, para entonces, el modelo de capitalismo desarrollista socialmente sensible ya se había agotado, mientras políticamente, Reagan en los Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña constituirían una referencia que dominaría el panorama internacional por más de una década.
Sin embargo, Olof Palme no fue un socialdemócrata al uso, quizá ese fue el problema para el imperialismo norteamericano. Definitivamente, sería faltar al rigor si metiéramos en el mismo saco a Palme junto con Willy Brandt, Bruno Kreisky, Miterrand, Felipe González, o Andreas Papandreu, por muy buenas relaciones que Palme mantuviera con todos ellos. La socialdemocracia europea se configuró como el agente político más eficiente del imperialismo norteamericano contra el resurgir del movimiento obrero y el movimiento comunista tras la Segunda Guerra Mundial; a estas alturas, no se puede negar que la combinación, según el país, de cierta sensibilidad social y de represión dio sus frutos. La sensibilidad social se vio favorecida por una situación excepcional que hizo posible altas tasas de crecimiento y desarrollo que, a su vez, dio lugar a una integración, según el país, de la población trabajadora, así como un fuerte consenso social. Por otro lado, la socialdemocracia europea se alinearía sin fisuras importantes con el imperialismo norteamericano, su hostigamiento a la URSS y a las democracias populares europeas y su enconada lucha contra los movimientos antiimperialistas de liberación nacional.
Pero como hemos dicho anteriormente, Palme se separó de esos esquemas, en algunos casos con más intensidad que en otros, pero evidentemente Palme configuró un modelo propio de capitalismo de orientación social para Suecia, así como un papel desligado y, a veces, enfrentado al imperialismo norteamericano en la escena internacional.
“De Vietnam a Nicaragua, de El Salvador a Palestina, del Sáhara a Sudáfrica, a lo largo de toda la superficie del globo, las banderas cuelgan a media asta en cariñosa memoria de este gigante de la justicia que llegó a convertirse en un ciudadano del mundo, un hermano y un camarada de todos los oprimidos”,
Oliver Tambo, presidente del Congreso Nacional Africano, 1986.
“Al fin Suecia ha vuelto a lo que tenía que ser, un país pequeño que no tiene por qué andar metiéndose en los líos de los grandes”.
Declaraciones de un asesor de Ronald Reagan tras el asesinato de Olof Palme recogidas en el libro “¿Pero quién mató a Olof Plame?” de Ramón Miratvillas.
”Es inexplicable que la policía sueca nunca haya investigado a fondo las pistas que apuntan a una conspiración política.”
Gunner Wall, autor del libro “Konspiration Olof Palme”.
El pasado mes de febrero se cumplió el 30 aniversario del asesinato del primer ministro socialdemócrata sueco Olof Palme. Más allá de las fronteras de Suecia, el 30 aniversario del asesinato de Palme no ha suscitado demasiado interés, algo que sorprende por diversos motivos, dada la talla y la importancia internacional del dirigente sueco o el tremendo impacto que tuvo su asesinato, un caso aún no resuelto y que seguramente nunca se resolverá.
Recopilar todas las teorías que se han lanzado en estos 30 años sobre el asesinato de Olof Palme daría prácticamente para escribir una obra en varios volumenes, y no exageramos. Si descartamos las más inverosímiles, como aquellas que apuntaban al PKK kurdo, a la RAF alemana, a Lisbeth –esposa de Palme-, a las presuntas adicciones del primer ministro, o hasta a la posibilidad de que Palme hubiera sido nada más y nada menos que un agente doble soviético, aun nos quedarían múltiples variantes sobre qué sucedió aquella fría noche del 28 de febrero de 1986 en Estocolmo, por qué y quién o quiénes estuvieron detrás realmente. Hasta el autor de la conocida trilogía de “Millenieum”, Stieg Larsson, ha intervenido en el asunto, hace 2 años, en febrero de 2014 aportó a la policía sueca 15 cajas con documentación que supuestamente reforzaban la autoría del régimen sudafricano del apartheid en connivencia con elementos de la policía y la ultraderecha sueca.
Pero más allá de las circunstancias del crimen y de quién o quiénes estuvieron detrás, un tema sin duda apasionante y que no debería perder actualidad, 30 años después da la sensación de que con el asesinato de Palme se quería liquidar no solamente a una persona molesta –muy molesta cabría añadir- para el imperialismo norteamericano y sus aliados en los 80 del siglo pasado, sino algo más: un modo de vida, de entender la economía, la política y la sociedad. Seguramente no fuera esa la intención que se perseguía con el asesinato de Palme, pero el hecho es que su asesinato coincidió con el claro declive de la socialdemocracia europea, como modelo de un capitalismo industrial desarrollista sensible con las necesidades de la población trabajadora, y el ascenso de las políticas neoliberales. De la socialdemocracia se pasaría social-liberalismo. Ya desde los 70 con el último gobierno laborista británico, y a principios de los 80 con la llegada al poder de Miterrand en Francia, la socialdemocracia europea ya había abandonado el viejo modelo keynesianista, la crisis capitalista jugó a favor del modelo neoliberal, presentado como más eficiente y, sobre todo, como más garantista de los beneficios del gran capital. Las victorias electorales socialdemócratas en el Sur de Europa a principios de los 80, primero en Grecia, y después en el Estado español, dieron poco de si ya, para entonces, el modelo de capitalismo desarrollista socialmente sensible ya se había agotado, mientras políticamente, Reagan en los Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña constituirían una referencia que dominaría el panorama internacional por más de una década.
Sin embargo, Olof Palme no fue un socialdemócrata al uso, quizá ese fue el problema para el imperialismo norteamericano. Definitivamente, sería faltar al rigor si metiéramos en el mismo saco a Palme junto con Willy Brandt, Bruno Kreisky, Miterrand, Felipe González, o Andreas Papandreu, por muy buenas relaciones que Palme mantuviera con todos ellos. La socialdemocracia europea se configuró como el agente político más eficiente del imperialismo norteamericano contra el resurgir del movimiento obrero y el movimiento comunista tras la Segunda Guerra Mundial; a estas alturas, no se puede negar que la combinación, según el país, de cierta sensibilidad social y de represión dio sus frutos. La sensibilidad social se vio favorecida por una situación excepcional que hizo posible altas tasas de crecimiento y desarrollo que, a su vez, dio lugar a una integración, según el país, de la población trabajadora, así como un fuerte consenso social. Por otro lado, la socialdemocracia europea se alinearía sin fisuras importantes con el imperialismo norteamericano, su hostigamiento a la URSS y a las democracias populares europeas y su enconada lucha contra los movimientos antiimperialistas de liberación nacional.
Pero como hemos dicho anteriormente, Palme se separó de esos esquemas, en algunos casos con más intensidad que en otros, pero evidentemente Palme configuró un modelo propio de capitalismo de orientación social para Suecia, así como un papel desligado y, a veces, enfrentado al imperialismo norteamericano en la escena internacional.