"...la labor y posicionamientos de nuestras
asociaciones pacifistas, muy directamente Gesto por la Paz, y con otros
matices, límites y consideraciones Elkarri y luego Lokarri, han sido
complementos ideológico-políticos de la política de represión y negación
político-cultural del Estado."
La lucha ideológica es importante. Soy
de los que piensan que en los últimos tiempos, hemos conocido algo más
que un cambio estratégico. Hemos conocido, en los últimos cuatro años,
una regresión ideológica importante. El cambio de «todo un marco
conceptual» es una muestra de ello. Trataré de explicarme.
Sin embargo, si nos atenemos a cualquier proceso de paz, a cualquier
negociación política; la paz se aborda considerando la existencia de
tres violencias fundamentales: la violencia de la insurgencia, la
violencia estructural y la violencia del Estado. De la violencia de la
insurgencia sabemos todo. Los medios de comunicación españoles y vascos
se encargan de ello. De la violencia estatal sin embargo es peligroso
opinar. Se trata de ocho décadas en las que desde el poder, se ha
impuesto la violencia mediante decenas de miles de detenciones, miles de
torturas, asesinatos policiales y parapoliciales, miles de años de
condenas impuestas por el sistema judicial. Terror cotidiano impuesto
por las policías y agente armados y terror psicológico impuesto por los
medios de comunicación. Pero la peor violencia es la violencia
estructural. Todo el proceso genocida de destrucción de nuestra lengua y
cultura. De la ocupación política en nuestro territorio y de la
asimilación y desarraigo de nuestra población. Esa violencia que nos
niega la nacionalidad, y de los derechos derivados de esa negación. Esa
violencia por la que los ciudadanos y ciudadanas de esta tierra tenemos
radicalmente cercenado nuestro derecho a la autodeterminación y a la
libertad. Esa violencia que siempre nos obliga a la sumisión. Que
condena duramente la libertad de asociación, y de manera especial la
libertad de expresión. Esa violencia que asienta nuestro modo de vida en
la explotación, la aculturización y en la precarización Esa violencia
que impide que diseñemos y gestionemos nuestro porvenir y nuestra
potencial creación. Esa violencia que nos impide ser sujetos colectivos
de historia y de civilización.
Cualquier comparación seria hoy entre el proceso vasco y el proceso
colombiano nos muestra, además, diferencias significativas en su
contenido y en su metodología. El proceso colombiano busca la paz
centrándose en solucionar las «causas» del conflicto y centra la
responsabilidad fundamental en el Estado. El proceso vasco (la
Declaración de Aiete) se centra, en cambio, en las «consecuencias» del
conflicto y dirige la responsabilidad fundamental hacia la insurgencia.
No hablaremos ya del «derecho de rebelión» escrito con letras de oro en el prólogo de la Declaración de los Derechos Humanos.