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2016/06/06

MUJERES RESISTENTES (II): ULRIKE MEHINHOF, PERIODISTA, REVOLUCIONARIA, MUERTA por Anjel Ese

"El cerebro de Ulrike Meinhof fue extirpado de su cráneo en la sala de autopsias sin autorización familiar alguna y encerrado en un frasco de formol para tratar de descubrir entre sus pliegues la raíz del mal. Un típico experimento nazi arropado por un canciller socialdemócrata..."

               Hace cuarenta años Ulrike Marie Meinhof (1934-1976) apareció ahorcada en su celda de la prisión de Stuttgart-Stammheim, Alemania occidental.

Se encontraba en una prisión de alta seguridad y en régimen de aislamiento desde su detención en 1972 junto al resto de los miembros de la Fracción del Ejército Rojo, llamada por el Estado banda Baader-Meinhof, entre los que se encontraban Holger Meins, Andreas Baader, Gudrun Ensslin, Jan Carl Raspe e Ingrid Schubert. Ninguno de ellos salió con vida de la cárcel. Todos murieron en sus celdas de aislamiento, "suicidados" por un Gobierno del Partido Socialdemócrata en coalición con el Partido Liberal. A Holger Meins le llegó la hora en noviembre de 1974. La hora llegó para Ulrike Meinhof el 9 de mayo de 1976, hoy se cumplen cuarenta años del suceso. El turno de Baader, Ensslin y Raspe llegaría en septiembre de 1977, y el de Schubert en octubre del mismo año. Los hombres murieron a balazos. Con las mujeres fueron más considerados: las ahorcaron. El exterminio de la Baader-Meinhof hacía honor a una larga tradición alemana. El Estado alemán, a lo largo de su Historia, pudo tolerar a regañadientes la disidencia individual o colectiva encauzada por el compromiso social. La disidencia intransigente, en cambio, al menos a partir de 1919, empezó a pagarse con la vida.

Meinhof había empezado su carrera como periodista en el cambio de la década de los cincuenta a los sesenta, con la publicación de la revista Konkret. En ella denunciaba las continuas leyes de emergencia de los Gobierno de derecha, de Gran coalición o socialdemócratas que se fueron sucediendo en la República Federal Alemana (RFA) frente a la movilización de los jóvenes estudiantes y, ya a finales de la década de los sesenta, de sectores de obreros al margen de la burocracia sindical. La represión amparada por esas leyes de emergencia se cobraron vidas como la del estudiante Benno Ohnesorg, tiroteado por la Policía en 1967, o la de Rudi Dutschke, dirigente de la Liga de Estudiantes Socialistas, al que un ciudadano de orden disparó en la cabeza en 1968 tras una campaña rabiosa del reaccionario grupo mediático Bild. Cientos de detenciones. Tortura, cárcel contra los que salían a la calle. Este clima llevó a la radicalización extrema de un grupo de jóvenes a los que se unió Meinhof en 1970, que llevaron a cabo atentados y acciones de sabotaje sobre todo contra las bases norteamericanas en la RFA. La guerra de Vietnam se encontraba entonces en su triste apogeo; Alemania occidental colaboraba en el martirio de la población vietnamita, y para el grupo Baader-Meinhof se convirtió en algo prioritario el objetivo de sabotear y denunciar ese genocidio.

El Estado alemán occidental estaba infestado de antiguos dirigentes del Partido Nazi. No sólo los magnates como Thyssen, Krupp o Flick, que habían sostenido las finanzas de Hitler, seguían --y siguen-- controlando la industria alemana, sino que los ministerios, las magistraturas, la Policía y los puestos de la Administración fueron ocupados por antiguos nazis: secretarios de Estado como Globke, ministros como Oberlaender, cancilleres como Kiesinger o presidentes de la República como Luebke habían sido dirigentes nazis. Como lo había sido Hans Martin Schleyer, presidente de la patronal alemana, que bajo el Tercer Reich había sido miembro de las SS, líder de la Liga Antisemita y saqueador de la economía de la Checoslovaquia ocupada. El asesinato de este gran patrón, Schleyer, por la Fracción del Ejército Rojo --que trató de canjearlo sin éxito en 1977 a cambio de la libertad para los presos supervivientes de Stuttgart-Stammheim-- le costó la vida en su celda de aislamiento a Ingrid Schubert en octubre de ese año.

Ulrike Meinhof es un ejemplo de ese tipo de personas que ponen su cabeza como aval de sus ideas. Contribuyó a contestar a la fuerza con la fuerza. Una fuerza muy leve la suya, sin embargo, frente a la monstruosa maquinaria implacable, metálica e inmisericorde del Estado alemán, al que las acciones de la Baader-Meinhof no le hicieron ni cosquillas. Pero había que dar un escarmiento ejemplar y se dio. Ninguno de los detenidos en 1972 llegarían a escuchar el veredicto del tribunal. Todos fueron ilegalmente ejecutados sin sentencia. Se les había acusado de crímenes al azar. Según el anuario Revista de Zurich de 1977, «la Justicia no posee ninguna prueba formal de la culpabilidad de los detenidos». Pero la Justicia alemana llevó las togas al tinte los días de sus asesinatos y se inhibió en favor de los carceleros, de sus cuerdas y de sus pistolas. El tiempo de las formalidades, al menos en Alemania, hacía décadas que había pasado.

El exterminio carcelario fue una advertencia. La sociedad alemana se replegó. Sin duda, las acciones de la Baader-Meinhof estaban aisladas, y sin duda también, se cargó en su cuenta cualquier atentado, asalto o atraco producido en Alemania occidental entre 1970 y 1972 para aumentar el clima de histeria contra ellos, los "radicales". Involuntariamente se convirtieron en espantajos para la mayoría y en mártires para sí mismos.

Qué más da. Hicieron lo que creían que había que hacer, no lo que se esperaba de ellos, y aceptaron las consecuencias. Unas consecuencias terribles. El cerebro de Ulrike Meinhof fue extirpado de su cráneo en la sala de autopsias sin autorización familiar alguna y encerrado en un frasco de formol --de alta seguridad sin duda, en régimen de aislamiento una vez más-- para tratar de descubrir entre sus pliegues la raíz del mal. Un típico experimento nazi arropado por un canciller socialdemócrata, Helmut Schmidt, recientemente difunto en su decrépita vejez. Si lo que buscaban los verdugos era la raíz del mal, les habría bastado con mirarse al espejo.

En 1962, Meinhof había escrito en la revista Konkret diatribas «contra la ideología de la "colaboración social en la empresa", contra la de la "comunidad nacional" y contra la del "mismo barco" en el que parece que todos navegaríamos». Catorce años después, tras muchos artículos, muchas apariciones públicas, muchas protestas y apenas si algún acto de sabotaje, los dignos herederos del Tercer Reich --que habían ofrecido una recompensa de diez mil marcos por su captura-- le dieron un escarmiento definitivo por haber escrito palabras como ésas. Primero tortura. Luego muerte. Eficacia prusiana: a una cosa le sigue la otra. Ulrike Meinhof: Periodista, revolucionaria, muerta. Cometió el crimen de ser consecuente. El Estado alemán, su verdugo, cometió exactamente el mismo crimen.

Fuente:http://pasabaporaquiymedije.blogspot.com.es/2016/05/ulrike-meinhof-periodista.html

2016/06/01

MUJERES RESISTENTES (I): HELENY GUARIBA, GUERRILLERA BRASILEÑA

Heleny nació en Bebedouro (Sao Paulo) en 1941, tras estudiar filosofía en la universidad de Sao Paulo, trabajaría como profesora y como directora teatral, después conseguiría una beca para estudiar en Europa, trasladándose a Francia y a la República Democrática Alemana, donde sería aprendiz en la compañía de teatro Berliner Ensemble, fundada por el poeta y dramaturgo comunista Bertolt Brecht, a su regreso a Brasil, e influenciada por Brecht, utilizaría el teatro como una herramienta para generar conciencia revolucionaria entre las masas, la instalación de numerosas fábricas en el Sao Paulo de los 60 sería un contexto favorable en el que fundaría el grupo Teatro de la Ciudad, que realizaría representaciones exitosas, con varios miles de asistentes, llegando incluso a ser galardonado por la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Sin embargo, la dictadura silenciaría cualquier tipo de disidencia y la represión era cada vez mas brutal, en 1964 se había producido un golpe de Estado, protagonizado por un sector fascista del ejército aliado con los grandes empresarios y con el apoyo de EEUU, contra el presidente democrático Goulart, que había anunciando medidas progresistas de recuperación de la soberanía nacional, como la nacionalización de la compañía de telefonía, propiedad de la multinacional norteamericana ITT, cuyo presidente era amigo personal del director de la CIA de la época, John McConne ( años después sería fichado por la ITT como pago a sus servicios). El apoyo norteamericano sería tal, que llegarían incluso a enviar al puerto de Santos en São Paulo una flota de navíos (un porta-aviones, seis destructores, cuatro petroleros, un navío para transporte de helicópteros, y escuadrillas de aviones) para apoyar a los golpistas en caso de que la situación se complicara, en la que se denominaría como operación ¨Hermano Sam¨

Heleny entraría a militar en la organización socialista Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), comandada por el ex capitán del ejército Carlos Lamarca, que había desertado junto con otros militares llevándose un camión lleno de armas y municiones para luchar contra la dictadura. La VPR realizaría expropiaciones de bancos para financiar la guerrilla, y atacaría objetivos selectivos dentro de las fuerzas represoras del ejército y la policía, así como secuestros como el del embajador de Suiza, para intercambiarlos por presos políticos.

A finales de 1968, Vanguardia Popular Revolucionaria junto con Acción Libertadora Nacional de Carlos Marighella, ejecutarían al agente de la CIA y oficial del ejército norteamericano llegado de Vietnam, Charles Chandler. La VPR se transformaría poco después tras su reorganización y coordinación con otros grupos, en VAR-Palmares (Vanguardia Armada Revolucionaria), siguiendo la táctica de Marighella consistente en crear muchos grupos armados distintos funcionando de forma autónoma, para dispersar a las fuerzas represivas y desmoralizarlas ante la dificultad de perseguir a una organización fragmentada, evitando que la dictadura concentrara todas sus fuerzas contra un solo blanco. El nombre de Palmares sería en homenaje al ¨quilombo¨ de Palmares, el famoso territorio autónomo liberado de esclavitud tras la rebelión dirigida por el guerrero Zumbí y otros esclavos negros fugitivos, que organizarían una guerrilla contra los portugueses en Brasil.

En 1970 Heleny caería detenida y sería torturada durante la Operación Bandeirante (OBAN), estructura paramilitar clandestina creada por la dictadura, durante las torturas llegarían a aplicarla descargas eléctricas en la vagina, meses después, ya en 1971, sería liberada, pero por poco tiempo, puesto que resultaría nuevamente detenida en Rio de Janeiro en compañía de otro guerrillero, tras esta última detención, no volvería a ser vista, la policía alegó que había sido liberada y que huyó del país, pero otros informes apuntan a que fue ejecutada, su cuerpo nunca apareció, sumándose a la larga lista de desaparecidos durante la dictadura.

La estructura criminal fascista de la Operación Bandeirante (OBAN), recibía donaciones privadas de multinacionales norteamericanas como Ford, General Motors,  y monopolios brasileños como el Grupo Camargo Correa, o Ultragaz, cuyo presidente, el danés naturalizado brasileño Henning Albert Boilesen, además de colaborar con la CIA, acompañaba frecuentemente las sesiones de torturas, muchas de ellas dirigidas por su amigo personal, el oficial Sérgio Paranhos Fleury, uno de los agentes más brutales de la dictadura, responsable de la captura y muerte de Carlos Marighella. El mismo año de la desaparición de Heleny, el criminal Henning Albert, caería acribillado con 19 balazos, por un comando revolucionario, 8 años después, Fleury moriría ahogado en extrañas circunstancias, miles de personas celebraría su muerte al conocer la noticia. 

Muchos de los criminales de la dictadura recibieron instrucción en técnicas de tortura mediante programas del Departamento de Defensa de Estados Unidos a través de la Escuela de las Américas de Panamá, se calcula en unos 20.000 los brasileños que fueron víctima de 20 técnicas distintas de tortura ejercidas por los militares, la propia presidenta actual de Brasil, Dilma Rousseff, fue una de ellas.

El nombre de Heleny bautiza hoy un Centro Cultural en Diadema, São Paulo y también el Teatro Studio Heleny Guariba, en la Plaza Franklin Roosevelt, 184, São Paulo.

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