“Sabía que no podía arrastrarse ni medio kilómetro. Y sin
embargo quería vivir. Era irrazonable morir después de todo lo que había
sufrido. El destino le pedía demasiado. Y agonizante, se oponía a morir. Quizá
fuese demencia, pero en las garras mismas de la muerte la desafió, y se negó a
desaparecer.”
La vida en el filo. La vida a prueba. La vida queriendo ser un instante más.
El autor coloca a sus personajes en el centro de un decorado
formado por una naturaleza inmisericorde y extrema encarnada por Alaska, donde las cuitas
y motivaciones de sus personajes, animales o seres humanos, se antojan
ridículas. Curioso como hasta en las puertas de la muerte, en la agonía más
extrema, sigue persistiendo el instinto de consevación y esperanza reflejada también en el
comportamiento de los animales antes de morir.
La vida cumple su misión, la de contribuir al mantenimiento
de la especie. “Era la ley de toda la carne. La naturaleza no era bondadosa con
la carne. No le preocupaba esa cosa concreta que se denomina individuo. Su
interés se concentraba en la especie, la raza”.
Parece un punto de vista frío y quirúrjico pero
especialmente en “La ley de la vida” , London consigue transmitir un tono hermosamente humano y emocionante poniendo voz a los pensamientos y recuerdos del anciano
indio abandonado para morir. Impone su marcial resignación.
Retrato de la futilidad de los anhelos humanos, el del desafío a la naturaleza
confiando en las propias fuerzas (“Encender una hoguera”) o el de las pasiones
humanas más pedestres (el saco de oro en “El amor a la vida”). La naturaleza es indomable y sólo somos
títeres en sus manos. Su domesticación es vana ilusión.
Intención moral, la de intentar transmitir el valor real de
lo que nos rodea y de lo que somos.
El lenguaje y el estilo es muy sencillo. De hecho, leí un
par de ellos en inglés sin tener que acudir apenas a la traducción. Aunque tal
vez un poco duros, me parecen ideales para niños. Son entretenidos y tienen fuerza. Fácilmente
exportables a imágenes. De ahí las películas basadas en algunas de sus obras
con historias y lenguajes ciertamente cinematográficos.
Una curiosidad. Sin llegar a los extremos que se recogen en
sus páginas, a cualquiera que haya hecho ultrafondo de verdad, seguro que le
traen a la memoria esos “buenos ratos” perdidos en el monte, emborrachados por
esa bruma mental que te envuelve cuando llevas varias noches sin dormir en medio del esfuerzo.
Sorprendente que el autor de palabras que tan bien
retrataban el instinto de supervivencia, terminara suicidándose con poco más de
cuarenta años. Tal vez pesaron más otras palabras:
“Así era la vida, ¿eh? Una cosa vana y fugaz. Sólo dolía la
vida. No existía dolor en la muerte. Morir era dormir. Representaba cesación,
descanso. Y entonces, ¿por qué no se conformaba con morir?”
De música,
Eddie, claro. Hablamos de
Alaska, hablamos de
Chris.
Para el próximo día, un relato sobre
Charlie Parker de Julio Cortázar, "El perseguidor" de
Julio Cortázar. (Pinchad en el título).
1 de Junio.