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jueves, 22 de marzo de 2012

Tertulia: "El corazón de las tinieblas"



Se colaron los tres posts del Sáhara. Con dos semanas de retraso, "El corazón de las tinieblas". 

El Congo a finales del Siglo XIX. El proceso de  colonización es un fenómeno difícilmente justificable desde cualquier  punto de vista. Es duro afirmar que en tantos años no fuéramos capaz de exportar ni una cosa buena. Manda cojones. Herederos con derechos a desatar todas las furias, sangre y fuego sobre nuestras tierras. Y en las mismas andamos. A veces hablamos de la época colonial o del proceso de descolonización como si fuera algo del pasado remoto pero todos sabemos que los países desarrollados -ahora también los pujantes- siguen triturando a los pequeños, a los dueños de las materias primas que necesitamos en nuestro hogar cada día. Sigue existiendo la fuerza pura y dura, las guerras, pero hoy también se convive con otras formas de coacción más sutiles. La explotación del hombre por el hombre ha sido una constante desde que desembarcamos en este planeta y a ratos parece que nada hemos avanzado, según en qué tierras, según en qué vidas.

El Congo es un caso especial. Se trató de un genocidio extremo, a la altura de Camboya, de la Alemania nazi, de la Unión Soviética de Stalin, de Armenia. La explotación por parte de la Bélgica de Lepoldo II fue despiadada, con millones de víctimas. Lo escandaloso no fue ya su triste impunidad sino que durante muchos años este monarca pasara por filántropo amante de la humanidad.



Joseph Conrad fue testigo directo del infierno construido por unos hombres para alojar a sus congéneres con el único objetivo de obtener beneficio económico, en este caso encarnado en el marfil. Se mataba y se moría por ello.

El narrador también desembarca en El Congo, encargado de gobernar el barco que río arriba le llevará a lo más profundo de la selva, al "corazón de las tinieblas" . Nada más llegar, es consciente de la realidad de un tierra donde los hombres son explotados hasta la extenuación. Asiste espantado a la escena en que unos hombres, privados no sólo de fuerzas sino también de  voluntad y esperanza,  se convierten en muertos en vida que literalmente se retirarn  a desaparecer en los confines de la selva. Mientras, el hombre blanco lucha por no enfermar. Su única motivación es arrancarle a la tierra sus tesoros.
 
Desde el comienzo, desde que llega a África todo parece irreal, todo transcurre dentro de una atmósfera onírica, como en un mundo rodeado por las brumas de pesadilla. La selva lo cubre todo. La naturaleza primigenia reina en silencio y cualquier empeño de civilización o dominio parece fútil.Sin límites, sin frenos, la selva se muestra como es, feroz y terrible.Aún no conquistada, es capaz de destruir a los hombres que osen intentar dominarla. El libro me trae ecos del también desasogante periplo africano del protagonista de "Viaje al fin de la noche" de Celine.

La prosa de Conrad es recargada, ampulosa, lastrada por la concatenación de adjetivos. A veces quiere ser tan preciso en lo que quiere expresar que se convierte en un bosque demasiado espeso o reiterativo.

El Coronel Kutz.El misterioso personaje que conduce el desarrollo de toda la novela. Apenas interviene y sin embargo, domina la obra. De proporciones míticas, una figura de talla fascinante y de, entendemos, logros sobrehumanos, fuera de la capacidad y del entendimiento humano.Se venera su eficacia pero al mismo tiempo se le teme e incluso se le quiero eliminar. El misterio le rodea.

Se nos sugiere que su comunión con la naturaleza, salvaje y perfecta, ha provocado un grado de lucidez y sabiduría que se concreta es esa frase final justo antes de morir: "¡El horror! ¡El horror!" ¿Acaso hay algo más? Basta  traspasar los límites para llegar al verdadero conocimiento, a destilar la esencia de la vida



"Apocalypse Now". Para nosotros el rostro del Coronel Kurtz siempre será el de Marlon Brando. No sé si sería idea de Coppola trasladar el escenario de la obra a la Guerra de Vietnam o se basó en algún texto previo. En cualquier caso me parece una ocurrencia brillante. Casi cien años después, otra selva, otra forma de explotación, de eliminación, aún más eficaz. La guerra, representada como nunca en el bombardeo con napalm. Una vez más, "¡Exterminad a esos bárbaros!". La imagen de los helicópteros sobre la jungla ardiendo mientras suena "The End" de The Doors es algo tan estéticamente bello como terrible. Con derecho propio en esa pequeña galería representativa del siglo XX, el siglo del horror, sin duda.

Cuando Jim Morrison grabó las voces de "The End", todos los presentes en el estudio fueron conscientes de que habían parido algo muy grande. Me gustan The Doors desde adolescente. Ahora, cuando oigo criticarlos con saña a algunos de los compañeros que más respeto de la blogosfera, me lo replanteo pero es demasiado tarde. Sí, sé que es la onda del afamado crítico Lester Bangs, tan fenomentalmente interpretado por Philip Seymour Hoffman -una vez más-, en "Casi famosos" cuando alude a Jim Morrison como ese payaso borracho. ¿Sobreactuado? ¿Poesía falsa? ¿Quién sabe? A mí me gustan... y mucho.

Para la próxima tertulia, tres relatos muy cortitos de Jack London, sugeridos por Suso: "La ley de la vida", "Amor a la vida" y "Encender una hoguera". Buscáis el título (más PDF) en el google y ya los tenéis. Un mes, 20 de Abril. 

Vale